El sujeto del que se ocupa el psicoanálisis no es ni el individuo ni la persona psicológica. De hecho, el concepto mismo de "sujeto" sirve para diferenciar radicalmente al psicoanálisis de la psicología. Esta categoría es necesaria debido a la relación que el psicoanálisis establece entre el ser humano y el lenguaje. Para el psicoanálisis, el lenguaje es lo que posibilita la existencia del sujeto; el sujeto es, en esencia, un efecto del lenguaje. El acto de hablar es lo que distingue de forma tajante al ser humano de los animales; el mundo simbólico es exclusivo del ser humano, quien depende de él y está sometido a él. Incluso, la existencia del lenguaje permite que un mudo pueda comunicarse y que un ciego pueda "ver".
El ser humano tiene, por tanto, una relación fundamental con el lenguaje. Todo lo que lo rodea y su mundo están estructurados, organizados y dependen directamente del símbolo. Gracias al lenguaje, un sujeto puede llegar a un lugar o regresar a su hogar, lo que refleja una dependencia radical. Es mediante el lenguaje que el sujeto puede formarse una representación del mundo y de sí mismo. Al nacer, solo existe un organismo dotado de un sistema nervioso (el cerebro), que sirve como base para recibir el lenguaje. Sin embargo, es el lenguaje el que permite que el sujeto, una vez constituido, pueda organizar su percepción, pensamiento y acciones. El organismo, por sí solo, no tiene una representación de sí mismo: no sabe quién es, qué sexo tiene, a qué familia pertenece o en qué lugar del mundo vive. Toda esta información le será transmitida y adquirida gracias al lenguaje. Cuando un sujeto es capaz de representarse a sí mismo y al mundo, se dice que se ha "humanizado", lo que es posible solo a través de lo simbólico. Un organismo humano sin lenguaje sería comparable a una planta con pies o a un mono sin pelo ni cola. Para el psicoanálisis, el entorno natural del ser humano es el lenguaje, y el sujeto es su producto.
El sujeto solo existe como efecto del lenguaje. Este es lo que le permite adquirir un conocimiento sobre sí mismo y sobre el mundo que lo rodea, saber que, en última instancia, conforma la realidad del sujeto. Lo simbólico es el espacio en el que una persona puede ser representada, ya sea por su nombre, apellido, nacionalidad, etc., como parte de la comunidad humana.
Cuando se dice que el sujeto solo puede existir como efecto del lenguaje, se refiere a que en el ámbito simbólico el sujeto puede encontrar una representación de sí mismo. Sin embargo, al mismo tiempo, lo simbólico no ofrece ninguna garantía sobre lo que el sujeto es en esencia. Si un sujeto se pregunta "¿quién soy yo?" –lo que puede hacer precisamente porque es un ser hablante–, solo podrá responder a esta pregunta porque habita el lenguaje. Pero en el lenguaje, la respuesta solo será en términos de saber, no en términos de ser. Gracias al lenguaje, el sujeto podrá responder: "soy fulano de tal, hijo de tal, mi profesión es esta o aquella, soy hombre o mujer, etc.". Así, a la pregunta "¿quién soy yo verdaderamente?" solo se obtendrán respuestas sustitutas: soy esto, aquello o lo otro, lo que implica que el ser del sujeto está ausente. Así, por el hecho de hablar, por estar atravesado por el lenguaje, se introduce en el sujeto una falta fundamental en su ser.
El lenguaje no ofrece al sujeto ninguna garantía de lo que es, no asegura su ser; el sujeto solo puede aparecer en él como una representación significante, es decir, no es más que una pura y simple representación. Por ello, podemos hablar de una "falta de ser". Esto significa que el sujeto del psicoanálisis no solo es un efecto del lenguaje, sino también un sujeto en falta, un sujeto que, al hablar, ha perdido su ser.
El ser, en el psicoanálisis, es aquello que escapa, aquello que queda fuera de la representación significante y, por lo tanto, no se puede captar ni conocer. El ser se convierte en algo irreductible al saber, algo que no se puede conocer y que habita el lugar del desconocimiento, el lugar del no-saber.
«COITERACIONES»
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
lunes, 3 de marzo de 2025
552. Sujeto, lenguaje y falta de ser
martes, 4 de febrero de 2025
551. ¿Cuáles son las formaciones del inconsciente?
En psicoanálisis, las "formaciones del inconsciente" se refieren a manifestaciones o productos del inconsciente que revelan su contenido y dinámica. Dichas formaciones tienen que ver con lo que se dice, y lo que se dice en un análisis es lo que no se sabe. El análisis consiste en decir lo que hay “entre las líneas” y que aflora en las formaciones del inconsciente, en el sueño, el lapsus, los actos fallidos, el olvido, los síntomas psíquicos, estos “primeros objetos científicos” (Lacan, 2010, p. 90) de la experiencia freudiana en los que se interesa el psicoanálisis “en tanto que ponen en juego el deseo” (Miller, 2005). En todo momento entonces, la experiencia de la cura “consiste en mostrar al sujeto que dice más que lo que cree decir” (Miller).
Una de las de las formaciones del inconsciente son los sueños. Freud consideraba los sueños como la "vía regia" para llegar a lo inconsciente, proponiendo que son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos. Es decir, los sueños actúan como una manifestación indirecta de deseos inconscientes; en ellos se realizan deseos inconscientes reprimidos, siempre, así se trate de sueños extraños, abstractos, ilógicos o pesadillas.
Otra de las importantes formaciones del inconsciente son los lapsus, que abarcan errores al hablar, escribir o leer, también revelan deseos o conflictos inconscientes que los causan. En cuanto a los chistes, Freud descubrió que el humor y los juegos de palabras permiten expresar pensamientos y deseos reprimidos de manera socialmente aceptable. A través de comentarios graciosos o bromas, se burla la censura psíquica, permitiendo que lo reprimido se exprese.
Los síntomas neuróticos son, probablemente, la más importante formación del inconsciente, ya que son los que llevan a sujeto a terapia, por el malestar que les causa. Ya se trate de síntomas que afecten el cuerpo (como en la histeria) o el pensamiento (como en la neurosis obsesiva), ellos siempre surgen de conflictos psíquicos inconscientes no resueltos. Estos síntomas son una formación de compromiso entre dos fuerzas en conflicto: lo reprimido y lo represor. Todas estas manifestaciones son expresiones indirectas, disfrazadas o desplazadas, de deseos, pensamientos y conflictos reprimidos que el yo consciente no puede o no quiere manejar.
El psicoanalista, guiado por su conocimiento sobre el síntoma y su aspecto oculto (donde genera sufrimiento mientras proporciona una satisfacción desconocida), evita caer en el "furor sanandi" que Freud señaló en su época. Aunque el paciente inicialmente busca dejar de sufrir, el psicoanálisis, “fuera del ámbito de la psicología y el autocontrol” (Miller, 2005), reconoce el valor del síntoma como lo más íntimo del paciente, y no se trata simplemente de eliminarlo. “El análisis se enfoca en ese punto donde, en su dolor, el sujeto encuentra satisfacción” (Miller), lo que se denomina en la teoría como «goce». Así, el psicoanálisis, como un tratamiento personalizado, permite al sujeto comprender su participación en el desorden que lo aqueja, asumiendo la responsabilidad de su deseo, incluso de aquel que resulta difícil de admitir.
Freud descubrió que el mecanismo de represión utilizado para desalojar de la conciencia lo que genera conflicto siempre fracasa. Esto significa que "lo reprimido" retorna inevitablemente, saliendo a la luz a pesar de los intentos del sujeto por mantenerlo oculto. Gracias a que lo reprimido retorna, es que tenemos noticia de lo inconsciente reprimido.
Este retorno es lo que da lugar a las ya denominadas "formaciones del inconsciente", que incluyen también los olvidos de asuntos relevantes para el sujeto, como el olvido de citas, nombres, fechas importantes, las llaves en el trabajo o la billetera en la casa, etc.; los sueños que como ya se vio, son realizaciones de deseos reprimidos; los actos fallidos, como el conocido "lapsus linguae", donde se sustituye un nombre o palabra por otra, pero también todo tipo de “accidentes”: tropezones, caídas, machucones, derramar líquidos, dejar caer objetos, etc. Freud descubre que hay un motivo inconsciente que causa estos accidentes. Los chistes, que permiten hablar de temas sexuales o agresivos burlando la censura psíquica, y los síntomas neuróticos, que afectan el cuerpo en la histeria y el pensamiento en la neurosis obsesiva.
El psicoanálisis explica el retorno de lo reprimido como un proceso mediante el cual los deseos, pensamientos y recuerdos, relegados al inconsciente por su contenido conflictivo o inaceptable para el yo consciente, encuentran formas de manifestarse indirectamente. Esto ocurre porque el material reprimido conserva su energía (libido) y busca expresarse, aunque sea de manera disfrazada o simbólica. Por eso Freud afirmaba que el síntoma es una satisfacción sexual sustitutiva.
El retorno de lo reprimido subraya la existencia y el impacto del inconsciente en la vida psíquica y el comportamiento de los sujetos. La tarea del psicoanalista es hacer consciente lo reprimido, con el fin de resolver el conflicto entre lo reprimido y lo represor, lo cual alivia los síntomas.
martes, 7 de enero de 2025
550. «No hay ética más que del bien decir»
Podemos identificar la política del psicoanálisis con su ética, una ética orientada a los psicoanalistas y a su posición en la clínica. "No hay clínica sin ética", afirma Miller, y podríamos añadir: "y esta ética es, precisamente, su política" (1991, p. 122-34). A su vez, la ética del psicoanálisis se define como la ética del «bien decir». Lacan introduce este concepto en Televisión, en 1973. El «bien decir» lo plantea como una nueva formulación de la ética psicoanalítica. "No hay ética más que del bien decir".
La ética del psicoanálisis no es una ética como la de los filósofos, no es una ética universal válida para todos. Es una ética de lo particular. Tampoco se trata de una doctrina de valores o normas que señalen dónde está el bien del sujeto. El bien decir no indica dónde está el bien; el psicoanálisis no es un directorio de conciencia ni un manual de conductas para la vida. Es una ética que se corresponde con la práctica del psicoanálisis, que no opera sino a través de la palabra en el campo del lenguaje. En este sentido, es una ética relativa al discurso.
Cualquier ética implica un juicio sobre el acto y supone una elección que se da dentro de un campo ya estructurado, un discurso determinado por el tipo de lazo social que une a los sujetos parlantes. La elección ética de cada sujeto se enmarca dentro del discurso en el que se inserta. Por lo tanto, podríamos pensar que a cada uno de los cuatro discursos le corresponde una ética particular.
El bien decir trata de que el sujeto se encuentre en el inconsciente, en tanto este está estructurado como un lenguaje. Que el sujeto se reconozca en los efectos que la simple combinatoria de los significantes determina, es decir, en la realidad de la experiencia analítica, donde «ello habla». Encontrarse en los efectos de la combinatoria significante significa no perder de vista lo real, orientarse hacia eso para producir, en el decir, algo de lo real del sujeto. La ética del psicoanálisis se organiza en torno a lo real, pero no se trata de decir lo real, porque lo real es precisamente lo imposible de decir.
El bien decir también se refiere a la palabra en tanto que funda un hecho: es la palabra que produce un acto y modifica al sujeto en sus dichos y en su relación con lo real. Este acto se orienta hacia la rectificación del goce, al nivel mismo de la pulsión. “El bien decir (le bien dire) no es el decir bello (beau dire), no es el decir elegante, refinado o literario; no se trata de oratoria ni de retórica. No es un significante ‘bueno’, sino que se refiere más bien a un lugar, a una posición subjetiva, más que a los enunciados. La ética del psicoanálisis se sitúa del lado de la enunciación y no del lado de los enunciados.” (Rubio, 2018)
Así, del lado del analista, el bien decir concierne a la interpretación, y es lo que le permitirá operar con su acto, es decir, afectar el deseo del Otro. “Del lado del analizante, el bien decir también está presente. La regla fundamental, la regla de decirlo todo, introduce la incompatibilidad entre el deseo y la palabra, introduce el medio decir de la verdad, pero también el bien decir como un imperativo ético para el analizante. La ética del analizante se formula, tanto para Freud como para Lacan, en la frase Wo Es war, soll Ich werden; llegar por el decir allí donde eso estaba.” (Rubio, 2018).
lunes, 2 de diciembre de 2024
549. La política del psicoanalista en la cura
A partir de lo anterior, surge la pregunta: ¿cuál es la política del analista en la cura? Se puede decir que la política del psicoanálisis tiene tres niveles. Uno de ellos está relacionado con la intención del psicoanálisis; los otros dos, con su extensión. Así, habría que hablar, por un lado, de una política de la cura y, por otro, de una política de la comunidad analítica, incluyendo sus instituciones: Escuelas, asociaciones, etc. Finalmente, también existe una política del psicoanálisis respecto al ámbito público, es decir, la posibilidad de una práctica política del psicoanálisis en el campo social.
“El analista es aún menos libre en lo que denomina estrategia y táctica, es decir, su política, en la cual debería ubicarse más por su falta en ser que por su ser. Dicho de otro modo: su acción sobre el paciente se le escapa junto con la idea que se hace de ella, si no vuelve a tomar su punto de partida en aquello que la hace posible, si no retiene la paradoja en su desmembramiento para revisar desde el principio la estructura por donde toda acción interviene en la realidad.” (Lacan, 1984, p. 569-70). Esto es lo que Lacan nos enseña sobre la política del analista en "La dirección de la cura": se trata de una política que podemos definir como “la política de la falta en ser”, cuya acción no es posible prever en cuanto a sus consecuencias, y que toma en cuenta la estructura de la realidad humana, una realidad estructurada por lo simbólico. El medio natural del ser humano es el lenguaje, y en esa medida podemos vincular política, psicoanálisis y lenguaje.
La política de la cura es, además, una política orientada fundamentalmente al tratamiento de lo real —tratamiento de lo real a través de lo simbólico—, lo que implica considerar el goce, el goce particular del sujeto, aquello que el sujeto considera su bien supremo, aunque le produzca displacer. Introducir el concepto de goce es indispensable si queremos hablar tanto de la política de la cura como de la política del psicoanálisis, e incluso de la política en general, ya que se puede pensar que la estructura del discurso del amo —en la que el significante amo, S1, “es, digamos, para ir al grano, el significante, la función del significante en la que se apoya la esencia del amo” (Lacan, 1991, p. 19)— es equivalente al discurso político; el discurso político es un discurso del amo, donde también interviene necesariamente el goce.
Lacan afirma: “...nada indica cómo impondría el amo su voluntad. Lo que está fuera de duda es que hace falta un consentimiento...” (Lacan, 1991, p. 29). Así, se puede identificar el discurso de la política con el discurso del amo, entendido como aquel que se reduce a un solo significante, es decir, el significante único, que llamamos S1, debe considerarse como el significante que interviene en el origen de cualquier discurso. “...este significante que representa a un sujeto ante otro significante tiene una importancia muy particular, en la medida en que (...) se distinguirá (...) como la articulación del discurso del amo.” (Lacan, 1991, p. 29).
Lacan considera el goce “como un problema de economía política. De ahí la posibilidad de compararlo con la plusvalía marxista. Pero agrega algo no dicho por Marx: la economía política es una economía política de discursos; es decir, lo que distribuyen la economía y la política es cómo circula el goce en un sistema simbólico, a través de la estructura del discurso” (Rabinovich, 1989, p. 14). Esta idea de que hay una economía y una política del discurso, que determinan la distribución del goce, nos permite hablar de una economía del goce del sujeto, es decir, de la forma en que ese sujeto goza de manera particular en la vida.
jueves, 14 de noviembre de 2024
548. La lógica del fantasma: el «fantasma fundamental»
El décimo cuarto seminario de Lacan se titula La lógica del fantasma, un título que puede parecer paradójico o discordante, ya que el fantasma remite a la imaginación o, como lo expresa Lacan, al registro de lo Imaginario, mientras que la lógica es una manipulación de símbolos que, según Lacan, pertenece al registro Simbólico (Miller, 2023). El fantasma tiene un triple estatuto: primero, como ensueño, es decir, las ensoñaciones que el sujeto elabora en solitario, estando consciente, y que ajusta según sus preferencias.
El segundo estatuto es más delicado: "es el fantasma como medio de goce, un goce solitario también aquí. Son las imágenes, pensamientos, frases y escenarios que suscitan y acompañan la masturbación" (Miller, 2023). El tercer estatuto es el más complejo; se refiere al fantasma inconsciente, al fantasma fundamental que estructura la vida mental del sujeto y que se revela en el proceso de la cura psicoanalítica.
Lacan formula el fantasma con una notación simbólica: la letra S mayúscula barrada ($), un rombo (◊), y, del otro lado, la letra a minúscula. El $ representa al sujeto, el rombo indica un conjunto de relaciones, y la a minúscula es un objeto: ($◊a). El $ es el sujeto constituido por el inconsciente (el sujeto del inconsciente). "El inconsciente está formado por pensamientos en los que el sujeto no puede decir 'Yo' [Je]. Eso es lo que constituye el inconsciente. Como dice Lacan: 'Pienso allí donde no soy', lo que expresa el significado del $” (Miller, 2023).
El rombo (◊), en el contexto del fantasma fundamental, significa que el sujeto está fascinado y fijado por ese objeto a minúscula, mientras que él mismo está en proceso de desaparición (fading); es decir, el sujeto puede borrarse mientras queda hipnotizado por este objeto. Pero ¿qué es el objeto a? Se trata de lo que en psicoanálisis se denomina el objeto parcial: un objeto separado del cuerpo que concentra la máxima intensidad del goce (un plus de goce) (Miller, 2023).
"Freud identificó dos de estos objetos: el objeto oral y el objeto anal, que son bien conocidos. Lacan añadió dos más: la mirada, que destaca en la psicosis, donde el sujeto puede sentir que es vigilado constantemente, y la voz, que también se manifiesta en primer plano en la psicosis, donde el sujeto escucha voces en su cabeza" (Miller, 2023). Hay un quinto objeto en juego: el falo, pero como un objeto ausente. Lacan señala que no existe un objeto fálico, por lo que lo representa con la letra griega -φ (menos fi), ya que el falo está marcado por la castración.
La lógica del fantasma en Lacan se refiere a la combinación de símbolos, como en las matemáticas, dado que Lacan aspiraba a convertir el psicoanálisis en una ciencia, por lo que emula este método inventando un álgebra para formular los conceptos clave de Freud. Esto es lo que hace con el fantasma. “Lacan crea fórmulas imitando las matemáticas, pero llega a algo fundamental en este seminario: afirma que hay una cosa que no puede ser formulada, y es el acto sexual” (Miller, 2023).
“La relación sexual no existe", afirma Lacan, lo que significa que no hay normas sexuales universales; en la sexualidad humana no existe una regla que la rija. “Es decir, en lo real, en lo inconsciente, no hay ninguna prescripción sobre el sexo” (Miller, 2023). En los animales, por ejemplo, sí hay normas sexuales, donde el partenaire está siempre especificado: el objeto sexual de cada animal es el sexo opuesto de su misma especie. ¿Y en los seres humanos? No existe una norma sexual, sino "normas sociales que ocupan ese lugar y nos indican qué se debería hacer con el sexo y cuál sería la forma adecuada de gozar" (Miller, 2023).
Freud no logró definir lo masculino y lo femenino en el psicoanálisis. La biología, por su parte, sí: a nivel microscópico, se sabe que los hombres producen espermatozoides y las mujeres óvulos; y en términos cromosómicos, las mujeres tienen el cromosoma XX y los hombres el XY. Este es un real en el sentido biológico, pero no es el mismo real en el sentido que le otorga Lacan (Miller, 2023). Así, existe una indeterminación sexual, y por eso puede surgir toda una variedad de posiciones subjetivas y modos de goce que hoy en día se denominan "género".
martes, 8 de octubre de 2024
547. Etiología sexual de los síntomas neuróticos
La asociación libre es la técnica psicoanalítica por excelencia, en la cual los pacientes hablan sin restricciones sobre sus pensamientos y sentimientos, sin reprimir ni censurar nada. Este método permitió a Freud acceder al inconsciente sin recurrir a la hipnosis. Así, la asociación libre consiste en que el paciente hable libremente sobre cualquier cosa que le venga a la mente, sin filtros, con el objetivo de que pensamientos, recuerdos y emociones inconscientes emerjan a la conciencia para ser explorados y comprendidos.
Mediante el uso de la hipnosis y posteriormente de la asociación libre, Freud descubrió que los síntomas de los pacientes histéricos estaban vinculados a escenas impactantes, pero olvidadas, de su vida: escenas traumáticas, emocionalmente dolorosas para el paciente. Freud escribió en 1914: "Dirigíamos la atención del enfermo directamente a la escena traumática en la que el síntoma se había originado, intentábamos identificar en ella el conflicto psíquico y liberar el afecto reprimido. Así descubrimos el proceso psíquico característico de las neurosis, que más tarde llamé regresión". La regresión, según Freud (1914), significa regresar al pasado: "Las asociaciones de los enfermos retrocedían desde las escenas que se buscaba esclarecer hasta vivencias anteriores, obligando al análisis a ocuparse del pasado para corregir el presente".
En 1925, Freud señaló que, al abordar los síntomas de la histeria, lo primero que encontró fue que los pacientes habían olvidado hechos significativos de su vida. Se dio cuenta de que "todo lo olvidado había sido doloroso de alguna manera: produjo miedo, sufrimiento o fue vergonzoso para las exigencias de la personalidad". Esta observación llevó a Freud a introducir el concepto de "represión", que describió como el esfuerzo por expulsar de la conciencia representaciones que generan malestar en el sujeto. "La doctrina de la represión es ahora el pilar fundamental sobre el que descansa el edificio del psicoanálisis, su componente esencial" (Freud).
El análisis de los síntomas patológicos condujo a Freud a las primeras etapas de la vida de los pacientes, llegando a la infancia, donde descubrió que esas vivencias reprimidas siempre involucraban "excitaciones sexuales y la reacción frente a ellas". El descubrimiento de la sexualidad infantil generó un gran escándalo y rechazo, pero Freud mantuvo su postura. Estaba convencido de que la función sexual comienza al inicio mismo de la vida y se manifiesta en la infancia en fenómenos importantes. "Las fuerzas impulsoras de la neurosis tienen su origen en la vida sexual" (Freud, 1914).
Así, cuando Freud habla de la "etiología sexual de los síntomas neuróticos", se refiere a la idea de que los conflictos psíquicos, que se manifiestan como síntomas, tienen su origen en experiencias sexuales reprimidas, constituyendo la causa fundamental o etiología de los síntomas neuróticos. Según Freud, tanto los síntomas de la histeria, que afectan el funcionamiento físico, como los de la neurosis obsesiva, que afectan el pensamiento, tienen sus raíces en experiencias traumáticas o deseos sexuales inconscientes que el sujeto ha reprimido debido a conflictos internos con su conciencia o yo. Esto se ejemplifica claramente en la película *Un método peligroso*, donde Sabina, la protagonista, sufre un síntoma conversivo relacionado con una escena traumática de su infancia, que logra hacer consciente gracias a la terapia psicoanalítica de Jung. (La histeria de conversión se refiere a la manifestación de problemas emocionales o psicológicos reprimidos a través de alteraciones físicas, como parálisis, ceguera, convulsiones o dificultades para hablar, sin explicación neurológica o médica).
En su teoría, Freud (1916) argumenta que la represión de estos impulsos o deseos, especialmente los relacionados con la sexualidad infantil, genera una tensión o conflicto interno que se manifiesta a través de los síntomas neuróticos. Por ello, afirmó que "los síntomas neuróticos son satisfacciones sexuales sustitutivas". Estos síntomas no son una expresión directa del conflicto sexual, sino una especie de sustituto o "compromiso" entre el impulso reprimido y las defensas del yo, que intentan mantener el conflicto fuera de la conciencia.
lunes, 9 de septiembre de 2024
546. ¿Los Don Juanes son unos cobardes?
¿Por qué los hombres son cobardes? Porque, a diferencia de las mujeres, los hombres tienen algo que proteger: el órgano que, en el cuerpo, encarna el significante fálico. Un hombre es dueño de algo que debe salvaguardar. “Es esencialmente un dueño; gestionará mejor o peor su propiedad, pero está condicionado por ella” (Miller, 2010). Las mujeres, en cambio, no tienen nada que perder, lo que las hace “corajudas”, poseedoras de un coraje sin límite, feroz, dispuestas a luchar como sea. “Se puede ver a la más miedosa de las mujeres convertirse, de pronto, en una heroína” (Miller).
El hombre puede parecer que manda, pero en realidad es el esclavo, el siervo. “Lo es porque, de manera estructural, quien sale siervo de esa lucha es quien debe proteger algo” (Miller, 2010). La mujer, por otro lado, está en la posición estructural de amo, porque no tiene nada que proteger: no tiene el falo. Esto las hace insensatas, caprichosas. Existe una función errática en la voluntad de la mujer, una voluntad sin reglas, mientras que el hombre depende de normas; es la autoridad —el Nombre-del-Padre es la autoridad—. “La dominación femenina se desprende de un discurso histérico, es decir, de una posición de amo sin reglas que denuncia al falso amo (que es el hombre)” (Miller).
Los hombres son tan cobardes que hasta ocultan su cobardía. “En el campo del saber polemizan, subrayan errores de tipografía en las tesis o, más avanzados, cuando realmente están inquietos por su virilidad, se vuelven militares” (Miller, 2010). Así lo señala Lacan en su texto “La psiquiatría inglesa y la guerra”: los oficiales compensan cierta debilidad en la cama al convertirse en militares. “Buscan las insignias de oficiales de la virilidad precisamente para huir del otro campo de batalla, el campo de batalla fundamental: el campo de batalla entre hombres y mujeres” (Miller). De esta forma, se evita el enfrentamiento con el Otro sexo.
El horror a la feminidad —al Otro que está castrado— explica el miedo al padre. El miedo al padre cubre ese horror. “Es mejor tener miedo al padre para no revelar que el verdadero horror es hacia la feminidad” (Miller, 2010). Esto nos lleva al tema de Don Juan. Don Juan encarnaría la figura de, al menos, un hombre que no teme a la feminidad y por ello hace una serie con las mujeres, una suma de mujeres. Sin embargo, si Don Juan sigue buscando, es porque nunca encuentra lo que busca. “Esto supone que Don Juan busca el falo que una mujer tendría y que nunca lo encuentra, por lo que continúa buscando. Busca a la mujer con falo, de tal manera que no tiene miedo” (Miller). ¿Por qué busca a la mujer con falo? Porque, en el fondo, está buscando a la madre primaria, a la madre completa, a la madre fálica. “Don Juan es el hijo que se apropia de todas las mujeres del padre de *Tótem y tabú*, que roba al padre todas sus mujeres, pero bajo la forma de la serie” (Miller).
Lacan constata que, en el origen del donjuanismo, hay un padre herido en su potencia, un padre aminorado que, a su vez, hace pareja con una madre fálica. El supuesto coraje de Don Juan en la relación de los sexos se paga con un miedo fundamental al padre (Miller, 2010).
552. Sujeto, lenguaje y falta de ser
El sujeto del que se ocupa el psicoanálisis no es ni el individuo ni la persona psicológica. De hecho, el concepto mismo de "sujeto...
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El padre alcahuete es el que encubre a su hijo en algo que se quiere ocultar. Este padre suele ser permisivo y prodiga un amor incondicional...
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La estructura del lenguaje nos somete a la lógica de la diferencia significante, la cual es siempre una diferencia binaria. “La cuestión de ...