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martes, 14 de abril de 2026

566. La culpa y el enojo en la neurosis obsesiva: una lectura psicoanalítica

En la clínica de la neurosis obsesiva, no es infrecuente encontrar sujetos que se ven atrapados en una experiencia paradójica: la emergencia de una culpa frente a la omisión de una acción esperada —por ejemplo, no responder la llamada cotidiana de la madre— y, simultáneamente, la aparición de malestar o enojo cuando dicha acción es efectivamente realizada. Lejos de tratarse de una simple ambivalencia contingente, esta dinámica responde a una lógica estructural.

Desde la perspectiva inaugurada por Freud y reformulada por Lacan, el obsesivo se encuentra en una relación particular con la demanda del Otro. La llamada reiterada de la madre puede leerse no solo como un acto comunicativo, sino como la encarnación de una demanda insistente que interpela al sujeto en su posición de hijo. El no responder a dicha demanda pone en juego la dimensión del superyó, instancia que en la neurosis obsesiva se caracteriza por su severidad. La culpa que emerge no se reduce a un afecto moral consciente, sino que remite a una deuda estructural con el Otro, sostenida por fantasías inconscientes donde la omisión puede adquirir el valor de una falta grave, incluso de consecuencias catastróficas.

Sin embargo, la obediencia a la demanda no resuelve el conflicto. Por el contrario, el acto de responder puede vivirse como una claudicación del deseo propio –“no deseo responder esa llamada”– frente al deseo del Otro. En este punto, la enseñanza de Lacan permite situar cómo el obsesivo intenta preservar una posición de exterioridad respecto del deseo del Otro, evitando quedar completamente capturado por él. Así, el cumplimiento de la demanda genera un retorno afectivo en forma de enojo, irritación o resentimiento, en tanto el sujeto se experimenta como sometido.

Se configura entonces un circuito característico: la demanda del Otro convoca al sujeto a una decisión imposible; la no respuesta genera culpa, mientras que la respuesta produce malestar. Ninguna de las dos posiciones ofrece una salida satisfactoria, lo que revela la estructura de un conflicto que no es del orden de la elección consciente, sino de la economía subjetiva propia de la neurosis obsesiva.

En este contexto, la ambivalencia afectiva —ya señalada por Freud— no debe entenderse como una oscilación accidental entre amor y odio, sino como la coexistencia estructural de ambos términos en relación con el mismo objeto. El amor se expresa en la obediencia y la preocupación; el odio, en la resistencia a la intrusión y en el rechazo a la dependencia.

Así pues, la experiencia de culpa y enojo en situaciones aparentemente triviales pone en evidencia la tensión fundamental entre el deseo del sujeto y la demanda del Otro, así como la dificultad del obsesivo para situarse en una posición que no quede enteramente definida por dicha demanda. Esta tensión, lejos de resolverse en el plano conductual, constituye uno de los núcleos clínicos que orientan la dirección de la cura en el psicoanálisis, la cual apunta a que, como lo enseña Lacan, el sujeto no ceda en su deseo. "De lo único de lo que se puede ser culpable, al menos desde la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo" (Lacan, 1959/60). 

Ceder implica someterse al superyó o a demandas ajenas (como los imperativos del Otro, la madre) generando un conflicto interior de sentimientos, como el que se observa en la neurosis obsesiva. La ética lacaniana invierte el imperativo kantiano: en lugar de renunciar al deseo por la ley, el analista insta al sujeto a no traicionarlo, limitando la sumisión al Otro. Esto no promueve una transgresión ilimitada (como en la ética de Sade), sino fidelidad a lo singular e inconfesable del deseo inconsciente. En la cura analítica, fallar en esto perpetúa el descontento en el sujeto, por esta razón la terapia apunta a que no ceda en su deseo.

Lacan explica en su seminario VII, La ética del psicoanálisis (1959/60), cómo la demanda del Otro, particularmente la materna, se transforma en un imperativo superyoico al inscribirse en el orden simbólico, donde la madre ocupa el lugar de aquel que interpreta y nombra las necesidades del infante, de tal modo que las necesidades biológicas del bebé (hambre, sed) se articulan en el lenguaje a través del Otro materno, el cual las traduce en demandas, sobre todo demandas de amor. Esta demanda siempre excede la necesidad, dejando un resto como deseo.

El superyó surge como heredero de esta demanda alienada, convirtiéndose en un mandato inaudible e implacable que retorna como imperativo, por ejemplo, "¡sé completo!", “eres el ejemplo a seguir”. En la cura, confrontar este superyó implica no ceder en el deseo propio. Así, el analista ocupa el lugar del Otro para que el analizante escuche su propio deseo más allá del imperativo superyoico.

martes, 4 de noviembre de 2025

560. El sujeto no es como se piensa: cinco ideas sorprendentes y contraintuitivas

¿Por qué se piensa lo que se piensa? ¿Por qué se desea lo que se desea y se tropieza una y otra vez con las mismas piedras? El psicoanálisis lacaniano responde a estas preguntas con cinco ideas sorprendentes y contraintuitivas que Miller (2015) exploró en sus seminarios en Caracas y Bogotá. Veamos.

Primero. La mente no es un palacio ordenado, es una casa después de un terremoto. Miller (2015) compara la teoría de Freud no con un palacio, sino con la ciudad de Caracas: un "zaperoco" vibrante, un desorden que creció orgánicamente, lleno de vitalidad y contradicciones. Esta idea es liberadora, ya que enseña que la experiencia de entender al sujeto no es un paseo por un jardín, sino más bien por una casa extraña en la oscuridad, donde inevitablemente se tropezará y se harán "chichones". Esto permite aceptar las contradicciones del sujeto sin buscar una coherencia perfecta que, simplemente, no existe.

Segundo. No es el sujeto el que habla el lenguaje; el sujeto es hablado por el lenguaje. Se cree que el lenguaje es una herramienta que el sujeto usa a voluntad para expresar sus pensamientos. El psicoanálisis invierte radicalmente esta idea: el gran descubrimiento de Freud sobre el inconsciente es, en esencia, que el sujeto es "hablado por el lenguaje" (Miller, 2015).

Cuando el sujeto habla en un análisis, donde se lo invita a decir lo que se le venga a la mente, se revela una estructura que precede al sujeto, que lo moldea y lo constituye. El lenguaje no es un simple vehículo; es la matriz misma donde los pensamientos, deseos y conflictos toman forma, a menudo de maneras que lo sorprenden. Así pues, los lapsus, chistes o actos fallidos no son errores de comunicación. Al contrario, son la prueba de que algo más habla a través de del sujeto. Como decía Lacan, "todo acto fallido es un discurso logrado" del inconsciente. Es el lenguaje mismo revelando una verdad que el sujeto no pretendía decir.

Tercero. El significado de lo que se dice se decide hacia atrás. Se piensa que el sentido de una frase se construye de forma lineal: la primera palabra, luego la segunda, y así sucesivamente. Lacan muestra que la ley del discurso es exactamente la opuesta. Por ejemplo, el remate final de un chiste es lo que resignifica todo lo que se dijo antes, dándole un sentido completamente nuevo e inesperado. De la misma manera, el sentido completo de lo que dice un sujeto solo se fija retroactivamente, desde un punto futuro. 

Esto se aplica a la escala de la vida entera. Un evento que ocurre hoy puede resignificar por completo una experiencia que se tuvo hace veinte años, dándole un sentido que nunca antes tuvo. Esta idea invita al sujeto a permanecer abierto, a aceptar que el significado de sus historias personales nunca está completamente cerrado. La ley propia del discurso es que siempre es a partir del punto que está delante, en retorno, como el sujeto se acerca al sentido de lo que ya se recorrió.

Cuarto. El deseo más profundo del sujeto no busca ser satisfecho. Se vive en una cultura que confunde constantemente la necesidad con el deseo y que promete la satisfacción total como meta última. El psicoanálisis traza una distinción crucial y radical. Una necesidad, como el hambre, se calma con un objeto específico (la comida). Una vez satisfecha, desaparece. El deseo, en el sentido freudiano, funciona de una manera completamente distinta. Miller (2015), siguiendo a Freud y Lacan, lo describe como "indestructible" y "esencialmente insatisfecho".

El deseo nace de una falta que no puede ser colmada, como si faltara una pieza del rompecabezas. Es una falta constitutiva del ser, una falta en ser. Por eso, va en contra de toda la cultura de la autoayuda que promete la plenitud. De hecho, fue la figura de la histérica quien guio a Freud en sus inicios, precisamente porque "es el sujeto en el que la insatisfacción del deseo es más manifiesta". La ética del psicoanálisis, según Lacan, no es lograr la satisfacción, sino algo mucho más complejo: "no ceder en cuanto al deseo". El deseo, en el sentido de Freud, el deseo inconsciente, es un deseo siempre particular para cada sujeto, excéntrico, que no camina en el sentido de la supervivencia y la adaptación; es esencialmente insatisfecho. (Miller, 2015)

Quinto. El verdadero poder no está en hablar, sino en escuchar. Se suele asociar el poder en una conversación con quien habla. Lacan presenta una tesis sorprendente: el poder fundamental, el "poder discrecional", reside en quien escucha. Así pues, el sentido de un discurso no está contenido únicamente en las intenciones del hablante. Es la escucha del oyente lo que le confiere su significado. 

El analista, explica Miller (2015), toma este poder y lo eleva a "una potencia segunda" para guiar la cura. Esto revela la responsabilidad que tiene el analista al ofrecer su escucha, un acto capaz de dar forma a la realidad del otro. No solo el sentido del discurso reside en el que lo escucha, sino que es de su acogida de la que depende quién lo dice.

lunes, 4 de agosto de 2025

557. Sobre el amor de transferencia

Freud se encontró rápidamente con el amor de transferencia en su práctica, y hace de él el motor de la experiencia analítica. Por ser amor lo que le transfiere el paciente al analista, este requiere de todos los cuidados; aquí se pone en juego la ética del analista, el cual no debe responder a las demandas de amor que vendrán por parte del paciente. Si responde a esas demandas, hasta ahí llega la terapia y empieza una relación de pareja igual de desgraciada a todas las demás relaciones de pareja que se dan en el mundo, y esto es contratransferencia. “La transferencia se debe al desplazamiento sobre la persona del analista de un conjunto de sentimientos que se referían originalmente a los personajes fundamentales de la historia del paciente, especialmente a los padres” (Miller, 2003).

Lacan considera a la transferencia como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, junto al inconsciente, la repetición y la pulsión. Él advierte, como Freud, que la trasferencia se presenta como un obstáculo a la cura y distingue tres momentos: el enamoramiento primario que se da al comienzo; un período intermedio, tiempo de frustración, y al final, una fase de satisfacción difícil de interrumpir (Kruger, 2011).

La transferencia, entonces, es una condición necesaria para que se dé un análisis, que, además, debe llegar a su fin, a diferencia del amor cotidiano que se piensa para toda la vida. “La transferencia del lado del amor le otorga al analista todos los poderes, el deseo del analista es la función que impide el abuso de este poder” (Kruger, 2011). En la dirección de la cura el imperativo ético del analista es: "no responder al amor con amor", ya que esto sería responder a la demanda; se trata de un poder, pero con la certeza de que no se hará uso de él. Si bien el amor de transferencia es un amor tan auténtico como el amor que se da en la vida real, su satisfacción sería contraria al desarrollo de la cura. “Lacan sostiene que amar es, esencialmente, querer ser amado. Ser amado no es igual a ser analizado” (Kruger). Si el amor de transferencia se presenta como un obstáculo a la cura, es porque se opone al saber sobre la causa del sufrimiento o el malestar que lleva al paciente a terapia, es decir, se opone a la revelación. “Lacan sostiene que el sujeto desea engañar al analista haciéndose amar por él, proponiendo esa falsedad esencial que es el amor” (Kruger).

Así pues, de la posición que ocupa el analista en la transferencia se deduce su ética. Él debe defraudar la demanda de amor para permitir el acceso al inconsciente y a la pulsión que se ha de manifestar en la transferencia como repetición. “La transferencia es la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente” (Miller, 2013). Entonces, “el analista debe lograr quitarle a la pulsión el maquillaje imaginario del amor. Cuando la transferencia conduce al amor, el deseo del analista es eso que viene a obstaculizarla, para que la pulsión, que es la realidad del inconsciente, se desprenda de ella” (Kruger, 2011). Así pues, el tratamiento analítico sustituye la neurosis del sujeto por una «neurosis de trasferencia», enfermedad artificial que hace asequible al analista lo real en juego en la cura del sujeto. De las reacciones de repetición, que se muestran en la trasferencia, se abre el camino al despertar de los recuerdos, vía regia para que el analizante encuentre la respuesta a la pregunta que lo divide.

lunes, 2 de diciembre de 2024

549. La política del psicoanalista en la cura

En todas las áreas de la vida humana, la cuestión ética consiste en discernir qué conducta es moralmente lícita y cuál no lo es. Esta ética también se manifiesta en el discurso del analista, siendo el fundamento de su práctica clínica, en tanto la posición del psicoanalista está construida sobre el objeto a. Es decir, el objeto a ocupa en el lugar del analista la posición dominante. “Decir ‘dominante’ significa señalar con qué designo, en definitiva, distinguir cada una de las estructuras de estos discursos, dándoles nombres distintos: el universitario, el del amo, el de la histérica y el del analista, según las diversas posiciones de estos términos radicales. Digamos que, a falta de otro valor para este término, llamo dominante a lo que me sirve para nombrar estos discursos.” (Lacan, 1991, p. 45). Por ejemplo, el S1 ocupa la posición dominante en el discurso del amo; el problema surge cuando el analista asume ese lugar dominante: “El analista, por su parte, tiene que representar aquí, de algún modo, el efecto de rechazo del discurso, es decir, el objeto a.” (Lacan, 1991, p. 46).

A partir de lo anterior, surge la pregunta: ¿cuál es la política del analista en la cura? Se puede decir que la política del psicoanálisis tiene tres niveles. Uno de ellos está relacionado con la intención del psicoanálisis; los otros dos, con su extensión. Así, habría que hablar, por un lado, de una política de la cura y, por otro, de una política de la comunidad analítica, incluyendo sus instituciones: Escuelas, asociaciones, etc. Finalmente, también existe una política del psicoanálisis respecto al ámbito público, es decir, la posibilidad de una práctica política del psicoanálisis en el campo social.

“El analista es aún menos libre en lo que denomina estrategia y táctica, es decir, su política, en la cual debería ubicarse más por su falta en ser que por su ser. Dicho de otro modo: su acción sobre el paciente se le escapa junto con la idea que se hace de ella, si no vuelve a tomar su punto de partida en aquello que la hace posible, si no retiene la paradoja en su desmembramiento para revisar desde el principio la estructura por donde toda acción interviene en la realidad.” (Lacan, 1984, p. 569-70). Esto es lo que Lacan nos enseña sobre la política del analista en "La dirección de la cura": se trata de una política que podemos definir como “la política de la falta en ser”, cuya acción no es posible prever en cuanto a sus consecuencias, y que toma en cuenta la estructura de la realidad humana, una realidad estructurada por lo simbólico. El medio natural del ser humano es el lenguaje, y en esa medida podemos vincular política, psicoanálisis y lenguaje.

La política de la cura es, además, una política orientada fundamentalmente al tratamiento de lo real —tratamiento de lo real a través de lo simbólico—, lo que implica considerar el goce, el goce particular del sujeto, aquello que el sujeto considera su bien supremo, aunque le produzca displacer. Introducir el concepto de goce es indispensable si queremos hablar tanto de la política de la cura como de la política del psicoanálisis, e incluso de la política en general, ya que se puede pensar que la estructura del discurso del amo —en la que el significante amo, S1, “es, digamos, para ir al grano, el significante, la función del significante en la que se apoya la esencia del amo” (Lacan, 1991, p. 19)— es equivalente al discurso político; el discurso político es un discurso del amo, donde también interviene necesariamente el goce.

Lacan afirma: “...nada indica cómo impondría el amo su voluntad. Lo que está fuera de duda es que hace falta un consentimiento...” (Lacan, 1991, p. 29). Así, se puede identificar el discurso de la política con el discurso del amo, entendido como aquel que se reduce a un solo significante, es decir, el significante único, que llamamos S1, debe considerarse como el significante que interviene en el origen de cualquier discurso. “...este significante que representa a un sujeto ante otro significante tiene una importancia muy particular, en la medida en que (...) se distinguirá (...) como la articulación del discurso del amo.” (Lacan, 1991, p. 29).

Lacan considera el goce “como un problema de economía política. De ahí la posibilidad de compararlo con la plusvalía marxista. Pero agrega algo no dicho por Marx: la economía política es una economía política de discursos; es decir, lo que distribuyen la economía y la política es cómo circula el goce en un sistema simbólico, a través de la estructura del discurso” (Rabinovich, 1989, p. 14). Esta idea de que hay una economía y una política del discurso, que determinan la distribución del goce, nos permite hablar de una economía del goce del sujeto, es decir, de la forma en que ese sujeto goza de manera particular en la vida.

martes, 30 de julio de 2013

377. «No hay otra resistencia al análisis que la del analista».

A partir de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanalisis, el propósito de Lacan (1981) fue, fundamentalmente, “Volver a traer la experiencia psicoanalítica a la palabra y al lenguaje como a sus fundamentos” (p. 278), sobretodo porque, hasta este momento, lo que Lacan encuentra con respecto a la técnica del psicoanálisis, son desviaciones y extravíos, sobretodo al nivel de la interpretación, de la cual se hizo abuso con la interpretación simbólica –La interpretación simbólica es aquella en que se le atribuyen significados a una representación en virtud de sus relaciones con un sistema preexistente de equivalencias–. Si bien en el período inicial de la experiencia el ofrecimiento de interpretaciones alcanzaba efectos notables con Freud, después los analistas empezaron a advertir que las interpretaciones se habían vuelto menos efectivas y, por tanto, el síntoma persistía.

La tesis de Lacan a este respecto es que la eficacia decreciente de la interpretación se debió a un “cierre” del inconsciente que los propios analistas habían provocado. Como hubo un abuso de las interpretaciones simbólicas, los pacientes adquirían rápidamente la capacidad de predecir con exactitud lo que el analista diría sobre cualquier síntoma o asociación particulares que ellos produjeran en su análisis. También sucedía que los pacientes estaban cada vez más familiarizados con la teoría psicoanalítica, por eso Lacan (1981) habla aquí de la “vulgarización de las nociones freudianas en la conciencia común” (p. 280).

Esto condujo a los analistas a suponer una resistencia por parte del paciente, la cual debía interpretarse para librarse de ella. La psicología del yo, en particular, hizo cada vez más hincapié en superar las resistencias del paciente, basadas en una mala voluntad fundamental por parte de él. Esto conduce, tal y como lo denunció Lacan, a reducir el análisis a una relación dual imaginaria. Para Lacan la resistencia no es una cuestión de mala voluntad del analizante, sino que es algo estructural e inherente al proceso analítico –la resistencia se debe a una incompatibilidad estructural entre el deseo y la palabra, además de que hay una resistencia vinculada al registro del yo: es un efecto del yo, dice Lacan en el Seminario 2–. Por esta razón el analista debe saber distinguir entre las intervenciones orientadas hacia lo imaginario, y las orientadas hacia lo simbólico, y saber cuáles son las apropiadas en cada momento de la cura. Todas estas reflexiones llevaron a Lacan (1981) a determinar que “no hay otra resistencia al análisis que la del propio analista” (p. 235).

miércoles, 9 de enero de 2013

361. Retorno a Freud.

Lacan, desde los comienzos de su enseñanza, invita al debate científico; quiere innovar, sino renovar una teoría que se haya embarcada en un sin número de principios en que cada analista cree fundar su experiencia, haciendo del psicoanálisis una torre de Babel. De aquí su «retorno a Freud», es decir, su retorno a “los conceptos teóricos que Freud forjó en el progreso de su experiencia, pero que, por estar todavía mal criticados y conservar por lo tanto la ambigüedad de la lengua vulgar, se aprovechan de esas resonancias no sin incurrir en malentendidos” (Lacan, 1984, p. 229). Esta es una tarea urgente, dice Lacan: “desbrozar en nociones que se amortiguan en un uso de rutina el sentido que recobran tanto por un retorno a su historia como por una reflexión sobre sus fundamentos subjetivos” (Lacan, p. 230).

La crítica que Lacan lanza a los analistas de su tiempo es bien aguda, y busca, en última instancia, darle su estatuto a la acción del analista, de la cual, dice Lacan, que ha perdido su sentido y que no está lejos de ser considerada como mágica. ¿Cómo explicar la acción del analista en la cura? Esta es la pregunta que Lacan quiere responder, en la medida en que se trata de una acción que no recibe sus efectos sino del sentido.

Su crítica también está dirigida a la concepción que se tiene de la formación del analista. ¿Acaso se trata de una “escuela de conductores que, no contenta con aspirar al privilegio singular de extender la licencia de conductor, (se imagina) estar en situación de controlar la construcción automovilística?” (Lacan, 1984, p. 230). Pero su crítica quiere ir más allá. Lo que pretende Lacan con ella, es llegar a aplicar los principios del psicoanálisis a la propia institución analítica, “o sea, a la concepción que se forjan los psicoanalistas de su papel ante el enfermo, de su lugar en la sociedad de los espíritus, de sus relaciones con sus pares y de su misión de enseñanza”, (Lacan, p. 231). Para remontarse a las causas de la deterioración del discurso analítico, es legítimo, entonces, aplicar el método psicoanalítico a la colectividad que lo sostiene. Lacan será quien abra las ventanas del pensamiento de Freud, para corregir las insuficiencias demasiado evidentes, dice él, que hay en el discurso psicoanalítico.

martes, 24 de julio de 2012

347. Lo real es lo que está velado por el sentido.

Para el psicoanálisis no hay inscripción de la diferencia de los sexos en el inconsciente; esta se inscribe a través del falo. Tampoco hay inscripción en el inconsciente de la muerte, la cual se inscribe vía la castración; estos dos aspectos en el sujeto son puntos de imposible, de real. El inconsciente tiene como eje de su estructura, ese punto de real como imposible. Lacan lo equipara con el ombligo del sueño de Freud, donde las asociaciones podrían perderse ad infinitum, allí donde lalengua, el colmo de lo simbólico, se une con lo real.

Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.

Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que "el sentido siempre es religioso" (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.

569. La falta de objeto en la frustración, la privación y la castración

En su Seminario IV: La relación de objeto (1994), Lacan invita a abandonar la ilusión de una supuesta plenitud y sostiene que la subjetivid...