Cuando Freud describe al Ello lo hace diciendo que es la parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad. "Nos aproximamos al ello con comparaciones, lo llamamos un caos, una caldera llena de excitaciones borboteantes. Imaginamos que en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión (...) Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es todo en el Ello" (Freud, 1932/36). Si el extremo del Ello está abierto hacia lo somático, es porque las pulsiones sexuales tienen como fuente, las zonas erógenas del cuerpo. Y cuando él habla de investiduras pulsionales, se está refiriendo a la libido, es decir, a la fuerza como se manifiesta la pulsión, la energía psíquica de las pulsiones sexuales que se ponen en juego en lo que se desea, en las aspiraciones amorosas, energía que puede aumentar o decrecer, y ser desplazada en el inconsciente; cuando el psicoanálisis habla de afectos, sentimientos o emociones, está refiriéndose a la carga libidinal que los objetos y/o las representaciones llevan con ellos.
Con la represión, la excitación producida por las pulsiones (la libido) queda libre en el inconsciente; Freud llama proceso psíquico primario a los procesos que ocurren en el inconsciente en los que la excitación producida por la tensión pulsional circula libremente, pudiéndose transferir, desplazar o condensar en otras representaciones ese afecto asociado a las representaciones reprimidas. Así es como se forma, por ejemplo, el síntoma en el sujeto. La tarea de ligar la excitación pulsional Freud la llamó proceso psíquico secundario. En el proceso primario la energía psíquica, los afectos, la libido, fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra; en el proceso secundario, la energía es «ligada» a una representación.
La energía de las pulsiones son, entonces, investiduras de afecto (libido), las cuales piden ser descargadas, aliviadas, porque mientras no se descarguen, producen tensión. Las demandas pulsionales producen, en el psiquismo, tensión, displacer, y el alivio de las se experimenta con placer. El placer se experimenta siempre cuando hay alivio de una tensión psíquica (principio del placer). Ahora bien, esas investiduras de afecto, en la búsqueda del alivio de la tensión que crean, producen desplazamientos y condensaciones. Estos son los dos principios descubiertos por Freud y que le atribuye al inconsciente; esto significa que el inconsciente, el Ello, no es caótico; él responde a dos leyes, dos reglas, dos principios en su funcionamiento: la condensación y el desplazamiento; condensación y desplazamiento de las investiduras de afecto que quedan libres de las representaciones a las que van unidas, después de que han sido reprimidas.
Lacan se da cuenta, gracias al desarrollo de la lingüística moderna -con la que no contaba Freud cuando describía el funcionamiento del aparato psíquico- que esos dos principios que operan en el inconsciente responden a los tropos que operan en el lenguaje, es decir, que el uso de las palabra en el lenguaje, lo que llamamos tropos, específicamente la metáfora y la metonimia, son equivalentes a la condensación y el desplazamiento, los dos principios con los que funciona el inconsciente freudiano. Esto es lo que lleva a Lacan a establecer que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», es decir, el lenguaje, lo simbólico, funcionan exactamente igual que el inconsciente.
En lingüística, un tropo es la sustitución de una expresión por otra cuyo sentido es figurado; es lo que sucede con la metáfora y la metonimia. La metáfora no es otra cosa que la sustitución de un significante por otro (p. ej. «las perlas de tu boca»), y la metonimia es la conexión de un significante a otro; es la sustitución de una representación por otra, con la que se mantiene una relación de contigüidad (p. ej. «en su vida cargó muchas cruces», refiriéndose al sufrimiento, o «es uro corazón», refiriéndose a lo bondadoso que es). Pues bien, esta sustitución de un significante por otro, de una representación por otra, se aplica ¡a todas las formaciones del inconsciente! El síntoma psíquico es eso: la sustitución de una representación por otra que ha sido reprimida. Lo mismo sucede con el olvido, los sueños, los actos fallidos (lapsus) y los chistes (juegos de palabras). Cuando Freud habló de condensación y desplazamiento, Lacan habló de metáfora y metonimia, por eso el inconsciente deja de ser una caldera llena de excitaciones borboteantes y pasa a estar estructurado como el lenguaje.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
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lunes, 31 de octubre de 2022
viernes, 29 de enero de 2016
442. El proceso psíquico primario y secundario, y la compulsión demoníaca.
El carácter pulsional de la compulsión a la repetición tiene que ver,
precisamente, con ese empuje que hace tender al organismo a satisfacer
sus impulsos sexuales; en otras palabras, el concepto de pulsión es
introducido por Freud para nombrar, en el ser humano, esos impulsos
sexuales que lo habitan, en la medida en que estos no responden a ningún
instinto. Las pulsiones sexuales tienen como fuente la excitación
corporal de una zona erógena del cuerpo, y su fin es el alivio de la
tensión que produce dicha excitación con la ayuda de un objeto
(Laplanche & Pontalis, 1996).
Freud (1920) explica que la tarea del aparato psíquico consiste en ligar la excitación producida por las pulsiones que entran en operación en el proceso psíquico primario. Freud llama proceso psíquico primario a los procesos que ocurren en el inconsciente en los que la excitación producida por la tensión pulsional circula libremente. Así pues, los procesos que se despliegan en el inconsciente son radicalmente distintos de los que ocurren en los sistemas preconsciente y consciente; en el inconsciente las investiduras se trasfieren, se desplazan y se condensan de manera libre y fácilmente, cosa que no sucede en los otros dos sistemas. La tarea de ligar la excitación pulsional Freud la llamó proceso psíquico secundario. Entonces, en el proceso primario, “la energía psíquica fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra según los mecanismos del desplazamiento y de la condensación” (Laplanche & Pontalis, 1996); en el proceso secundario, la energía es «ligada» a una representación, lo que la hace más estable y controlable, de tal manera que la satisfacción es aplazada, es decir, el alivio de la tensión es aplazado, lo cual permite al aparato psíquico evaluar las distintas vías probables para alcanzar la satisfacción pulsional. A esta última tarea del aparato psíquico es a lo que se la llama principio de realidad. (Laplanche & Pontalis, 1996). Freud (1920/1979) advierte que “El fracaso de esta ligazón provocaría una perturbación análoga a la neurosis traumática; sólo tras una ligazón lograda podría establecerse el imperio irrestricto del principio de placer (y de su modificación en el principio de realidad). Pero, hasta ese momento, el aparato anímico tendría la tarea previa de dominar o ligar la excitación, desde luego que no en oposición al principio de placer, pero independientemente de él y en parte sin tomarlo en cuenta.” (Freud).
Resumiendo: si la tensión pulsional no se liga, esta tenderá a repetirse, más allá del principio del placer, y si se liga, pues se controla y se buscará suprimirla, bajo la égida del principio de realidad; en otras palabras: lo que no se puede recordar retorna bajo la forma de la repetición; hay algo que se repite en la vida del sujeto de lo cual él es, en la mayoría de los casos, inconsciente. Recuérdese que el principio del placer tiene como único objetivo aliviar la tensión producida en el aparato psíquico por la excitación pulsional, exitación que es vivida por el sujeto como displacentera –el displacer va ligado al aumento de las cantidades de excitación–; y el alivio de toda tensión experimentada en el cuerpo, siempre se percibirá como placentera –el placer va ligado a la disminución de dicha tensión–. Resulta pues claro que la compulsión a repetir los episodios del período infantil que han sido traumáticos y que han sido olvidados, nos enseña que “las huellas mnémicas reprimidas de sus vivencias del tiempo primordial no subsisten en su interior (en el del sujeto) en el estado ligado, y aun, en cierta medida, son insusceptibles del proceso secundario” (Freud, 1920), lo cual no es sino la emergencia de esa compulsión demoníaca.
Freud (1920) explica que la tarea del aparato psíquico consiste en ligar la excitación producida por las pulsiones que entran en operación en el proceso psíquico primario. Freud llama proceso psíquico primario a los procesos que ocurren en el inconsciente en los que la excitación producida por la tensión pulsional circula libremente. Así pues, los procesos que se despliegan en el inconsciente son radicalmente distintos de los que ocurren en los sistemas preconsciente y consciente; en el inconsciente las investiduras se trasfieren, se desplazan y se condensan de manera libre y fácilmente, cosa que no sucede en los otros dos sistemas. La tarea de ligar la excitación pulsional Freud la llamó proceso psíquico secundario. Entonces, en el proceso primario, “la energía psíquica fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra según los mecanismos del desplazamiento y de la condensación” (Laplanche & Pontalis, 1996); en el proceso secundario, la energía es «ligada» a una representación, lo que la hace más estable y controlable, de tal manera que la satisfacción es aplazada, es decir, el alivio de la tensión es aplazado, lo cual permite al aparato psíquico evaluar las distintas vías probables para alcanzar la satisfacción pulsional. A esta última tarea del aparato psíquico es a lo que se la llama principio de realidad. (Laplanche & Pontalis, 1996). Freud (1920/1979) advierte que “El fracaso de esta ligazón provocaría una perturbación análoga a la neurosis traumática; sólo tras una ligazón lograda podría establecerse el imperio irrestricto del principio de placer (y de su modificación en el principio de realidad). Pero, hasta ese momento, el aparato anímico tendría la tarea previa de dominar o ligar la excitación, desde luego que no en oposición al principio de placer, pero independientemente de él y en parte sin tomarlo en cuenta.” (Freud).
Resumiendo: si la tensión pulsional no se liga, esta tenderá a repetirse, más allá del principio del placer, y si se liga, pues se controla y se buscará suprimirla, bajo la égida del principio de realidad; en otras palabras: lo que no se puede recordar retorna bajo la forma de la repetición; hay algo que se repite en la vida del sujeto de lo cual él es, en la mayoría de los casos, inconsciente. Recuérdese que el principio del placer tiene como único objetivo aliviar la tensión producida en el aparato psíquico por la excitación pulsional, exitación que es vivida por el sujeto como displacentera –el displacer va ligado al aumento de las cantidades de excitación–; y el alivio de toda tensión experimentada en el cuerpo, siempre se percibirá como placentera –el placer va ligado a la disminución de dicha tensión–. Resulta pues claro que la compulsión a repetir los episodios del período infantil que han sido traumáticos y que han sido olvidados, nos enseña que “las huellas mnémicas reprimidas de sus vivencias del tiempo primordial no subsisten en su interior (en el del sujeto) en el estado ligado, y aun, en cierta medida, son insusceptibles del proceso secundario” (Freud, 1920), lo cual no es sino la emergencia de esa compulsión demoníaca.
viernes, 8 de abril de 2011
288. La operación de reducción al final de análisis.
El pase -y el final de un análisis-, tiene como objetivo que el sujeto, con el fantasma fundamental y/o con el síntoma -sinthome-, logre decir lo imposible; se produce en este momento, lo que se puede denominar, una «reducción» como operación analítica, reducción que se dirige al objeto a. Esta operación de reducción que realiza el psicoanálisis se logra gracias al «bien decir» analítico. “El bien decir analítico -dice Miller- apunta a la reducción...” (1998, p. 24). El bien decir es constituyente de la ética del psicoanálisis, y adquiere toda su relevancia en este punto, en la medida en que la «reducción» es una palabra usada por Freud a propósito del Witz. Dice Miller (1998):
“(La reducción) Es la operación que consiste en explicitar, en descomponer y enumerar los componentes que entran en la producción del efecto propio del chiste. En el chiste paradojalmente, la operación reducción se produce a partir de un texto más largo que el chiste y que en sí mismo no es un chiste, es un texto plano en el cual esos elementos condensados por los mecanismos del chiste se aíslan unos de otros. En la cura la operación reducción no es esa, podemos incluso decir que es una operación inversa. El sujeto analizante, de hecho, trae a la cura los elementos de su historia, los vuelca, los enumera, puede hasta contarlos, pero la operación de reducción sólo se produce si a partir de los elementos de esa biografía surge alguna cosa que se parezca al Witz.” (p. 24-25).
Es decir, que la operación de reducción es la condensación de todos los elementos de la historia del sujeto en un bien decir como el del chiste. De aquí que Lacan compare el pase con el Witz, de tal manera que él “identifica la estructura del pase con la del chiste” (Miller, 1998, p. 25). ¿Por qué? Porque en el pase de lo que se trata es de que el sujeto formule en un bien decir su relación con el goce, su relación con el objeto plus de goce, que no es otra cosa que la fórmula de su fantasma: ($ - a), de tal manera que dicha reducción incida sobre el sujeto y afecte su modo de satisfacción pulsional. Pues bien, esto último es justamente la finalidad del dispositivo del pase, y lo que funda una política del Witz aplicable, no solamente al pase, sino también a todo final de análisis.
lunes, 28 de marzo de 2011
277. El semblante es lo opuesto a lo real.
El semblante, en el psicoanálisis lacaniano, es todo lo que es opuesto a lo real, por lo tanto, el semblante está del lado del ser del analista. El ser es algo que está del lado del semblante y no del lado de lo real, por eso dice Miller (2002) en su texto La naturaleza de los semblantes que el semblante es el antónimo, lo opuesto a lo real, y que el ser está del lado del semblante. Es por esto que el sentido exacto de la condensación lacaniana de parêtre es paraître-être, es parecer-ser. Así pues, el ser no se opone al parecer, sino que se confunde con él. Éste es el valor que se le debe dar -dice Miller- a esa otra condensación lacaniana de par(l)être (ser-hablante). El parlêtre no es, por tanto, una simple abreviación de la expresión «ser hablante». Esta condensación atribuye al hombre un ser de semblante, de parecer.
Si el semblante es lo opuesto a lo real, cómo pensar entonces si hay semblantes en lo real. Para responder esta pregunta hay que tener en cuenta que la oposición semblante-real no existía antes en la naturaleza, es decir, que el semblante no era opuesto a lo real. Lacan, según Miller (2002), advierte que el semblante está en la naturaleza, que la naturaleza hace abundar los semblantes, y da como ejemplo el arco iris; pero ésto vuelve más sutil la oposición semblante-real.
La oposición semblante-real sólo se hace evidente a partir del discurso de la ciencia, es decir, que si existe el semblante en la naturaleza, eso no quiere decir que exista lo real en la naturaleza. El uso del término real en Lacan implica que no hay real en la naturaleza; lo real es más bien algo que adviene cuando los semblantes están ordenados, de tal modo que llegan a determinar, a señalar, lo imposible. Lo real es, pues, una consecuencia de lo imposible, y lo imposible es lo que el saber de la ciencia localiza gracias a sus demostraciones, en la medida en que la ciencia señala lo imposible de saber, demuestra los límites del saber. Lo que Lacan en un primer momento denominó como lo real, no es otra cosa que lo imposible de saber.
domingo, 31 de octubre de 2010
190. El inconsciente cifra.
El síntoma psíquico, en el psicoanálisis, responde a un conflicto psíquico entre dos fuerzas en conflicto: las demandas pulsionales -que buscan satisfacer los impulsos de la pulsión sexual- y las demandas de la cultura -que le ponen límite a dichos impulsos-. El psicoanálisis, entonces, se ocupa de esclarecer dicho conflicto entre fuerzas represoras y fuerzas reprimidas por medio de la interpretación, es decir que descifra los síntomas psíquicos. Pero antes de pensar en cómo descifrar el síntoma, hay que preguntarse por las razones por las cuales el inconsciente cifra, es decir, por qué no dice las cosas como son (Miller, 1998). De hecho, si el inconsciente dijera las cosas como son, pues no habría inconsciente. ¿Por qué el inconsciente dice las cosas de manera indirecta? Si el inconsciente disfraza, distorsiona, encubre y cifra, con ayuda de la condensación y el desplazamiento -sus dos leyes fundamentales- es a causa de la represión. Ésta consiste en que algo es rechazado de la conciencia y retorna diferente, y hay aquí un juego de cifrado por parte del inconsciente -el inconsciente, recordémoslo, lo podemos definir como es un saber no sabido por el sujeto-.
En este punto podemos volver a retomar la tesis del psicoanálisis que dice que «no hay relación sexual», porque si hay un elemento que en el inconsciente no ha podido ser cifrado, un elemento incifrable, eso es la proporción sexual (Miller, 1998). Si en el inconsciente hay un elemento que no ha podido ser inscrito, que no a podido escribirse o nombrarse, eso es la diferencia sexual entre los sexos. En el inconsciente sólo existe un significante para nombrar la direrencia sexual : el falo, y los sujetos la nombran diciendo: los niños lo tienen, las niñas no lo tienen.
Justamente, la tesis de Lacan respecto al síntoma es que él se presenta allí donde la relación sexual es rechazada de lo simbólico, allí donde es imposible de cifrar, de inscribir esa relación en el inconsciente. En su reemplazo, lo que encontramos es la cifra fálica, el falo como significante del goce. Por eso tenemos síntomas: porque la relación sexual no existe, porque la relación sexual es imposible de cifrar, de inscribir en el inconsciente. Y al inconsciente Lacan lo comienza a considerar, al final de su obra, como un saber que se cifra, es decir que hay un goce en el cifrado, que el goce está en el cifrado, y en este cifrado es que consiste el goce del inconsciente (Miller, 1998). Y el goce es aquello que le brinda una satisfacción al sujeto; entonces ¿hay que acabar con el síntoma sabiendo que esta es la forma como un sujeto obtiene una satisfacción, un goce, en la vida? Sobre este punto es que recae, actualmente, gran parte de teoría sobre el final del análisis en el psicoanálisis lacaniano.
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