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lunes, 27 de marzo de 2023

528. «El inconsciente es ante todo algo que se lee»

Es claro que hay cierto tipo de síntomas que no atañen a la medicina, ya que su causalidad no es orgánica, sino psíquica; síntomas analíticos y no síntomas médicos. Se trata de síntomas que se curan por la revelación de su causa, es decir, “que aparecen y se mantienen en el sujeto por el hecho de que su causa está presente en él y le es a la vez desconocida. El psicoanálisis considera que en ese caso el poder patógeno de la causa desaparece desde el momento en que es revelada, es decir enunciada explícitamente. Basta descubrir la causa para que ésta pierda su estatuto, su poder” (Miller, 2023). Así pues, el psicoanálisis supone que hay síntomas cuya causa es un enunciado que perdura en el sujeto sin poder ser formulado por él. Esto es lo que Freud llamó represión; hay una subsistencia subjetiva de enunciados indecibles por el sujeto.

Ese enunciado indecible, causa del síntoma, “es asimilable a un enunciado escrito en el sujeto y que no se podría leer cómo habría que hacerlo” (Miller, 2023). Por tanto, lo que Freud llamó inconsciente es equivalente a un texto escrito indescifrable, significantes sin significados. Así pues, el inconsciente es ante todo algo que se lee, tal y como lo señaló Lacan. Lo primero que leyó Freud fueron sus sueños. “Freud pensó el psicoanálisis a partir de esto: que esos relatos siempre pueden ser leídos de una manera que les restituya una coherencia y una significación” (Miller).

Para leer el síntoma, el sueño, el lapsus, el acto fallido, el olvido, se necesita de la asociación libre, el método propiamente analítico; es decir, el paciente debe ser “capaz de suministrar el texto que hay que leer, interpretar, e incluso hay que leerlo de diferentes maneras” (Miller, 2023). En análisis, el sujeto podrá decir todas sus ocurrencias sin hacerse cargo de lo que dice; podrá hablar de odios, deseos, temores, pensamientos en los que no se reconoce y que rechaza, sin cargar con eso: “No estoy ahí, soy inocente, no soy yo”.

Pero el análisis no es solo producir enunciados de los que el sujeto no se hace cargo; esos enunciados le conciernen; el sujeto puede no reconocerse en sus enunciados, pero sí está ahí a pesar de todo. Éste es el sujeto del inconsciente, ese que termina reconociéndose en lo que dice: sus odios, sus temores, sus deseos. Es en esto que consiste la lectura del inconsciente, y “a partir de la variedad de esas lecturas se recompone, se aísla poco a poco el texto que se dice y que se lee sin saberlo. A partir de la palabra se recompone el escrito inconsciente. A partir de esas lecturas, se recompone el enunciado indecible” (Miller, 2023). Dicho lo indecible, los síntomas desaparecen.

jueves, 5 de junio de 2014

399. Repetición y tyché.

La referencia esencial de la repetición es la escritura, y esta es la razón para que se pueda vincular el síntoma a la modalidad de la necesidad. El síntoma es definido entonces por Lacan como «lo que no deja de escribirse», lo cual permite captar la dimensión de la repetición en él, y hace necesaria la referencia a la escritura. La repetición, al igual que el inconsciente, también nos presenta dos caras: una simbólica y otra que es real. La repetición como retorno de lo reprimido es la vertiente simbólica de la repetición, que se funda en el automatón del inconsciente, o en el inconsciente automatón. La repetición en su vertiente real no tiene que ver con esta repetición simbólica, sino con la tyché (Miller, 2002).

La tyché tiene que ver con lo real como encuentro, es decir, con el trauma, y lo traumático de un sujeto es siempre algo inasimilable: el goce sexual. Precisamente, la repetición no es otra cosa que la huida del sujeto de ese real sexual que es inasimilable. A medida que el sujeto se aproxima a lo real, la repetición es una huida a fin de no encontrar ese real. Por eso Miller (2002) corrige, si se puede decir así, la definición de Lacan de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, diciendo que “...lo real es lo que vuelve al mismo lugar donde el sujeto, en tanto piensa, no lo encuentra, lo evita: esta en el mismo lugar en tanto el sujeto lo evita.” (p. 55).

El tratamiento de lo real por lo simbólico se hace con la interpretación. Y la interpretación necesita, primero, que la transferencia ya esté instalada en el dispositivo, y segundo, que el inconsciente haya tenido tiempo para realizarse, es decir que el inconsciente no se realiza de un solo golpe. El inconsciente necesita de una regularidad –las sesiones mismas del análisis– para que ocurra lo que se llama el acontecimiento imprevisto. Un acontecimiento imprevisto es un acontecimiento que importa, que no se borra, que transforma lo real en un saber; es el acontecimiento mismo del inconsciente, y a esto hay que darle tiempo para escucharlo (Dassen, 2000). El ritmo mismo de las sesiones de análisis, se da a partir de las irrupciones del inconsciente, es decir, que ese inconsciente, a partir de las escansiones, se va convirtiendo en un saber, un saber que cifra un goce particular: la realización sexual.

Una sesión orientada por lo real hace que un analista dirija el tiempo de la sesión. Pero las sesiones cortas no funcionan si el analista no puede leer los efectos de sus actos; las sesiones cortas no son tampoco un estándar, ni un ideal. Las sesiones cortas, dice Dassen (2000), tienen una estructura homóloga a la del inconsciente. Hay sujetos que necesitan un tiempo fijo de la sesión, y otros que necesitan ser movilizados gracias a las sesiones de duración variable –p. ej. En el caso de un obsesivo homeostático: hay que interferir esa homeostasis, reventar el goce masturbatorio del obsesivo, citándolo con cierta variabilidad–.

jueves, 6 de junio de 2013

372. El síntoma está estructurado como un lenguaje.

El inconsciente es el discurso del Otro. Es lo que enseñó Freud desde la Traumdeutung, en donde muestra claramente “que el sueño tiene la estructura de una frase, o más bien, si hemos de atenernos a su letra, de un rébus [acertijos gráficos], es decir de una escritura...” (Lacan, 1981, p. 257). También otras «formaciones del inconsciente» enseñan claramente que el discurso del sujeto es el discurso del Otro, es decir, que dichas formaciones, como el acto fallido –del que Lacan dice que es un discurso logrado– y el lapsus, designan al inconsciente como el efecto sobre el sujeto de la palabra que le es dirigida desde otro lugar, desde «otra escena» –lugar psíquico con el que Freud describió al inconsciente–. Así pues, el gran Otro es el lugar desde donde está constituida la palabra, palabra que está, por tanto, determinada desde ese lugar. Esta es la razón por la que “el síntoma [así como todas las formaciones del inconsciente] se resuelve por entero en un análisis del lenguaje, porque él mismo está estructurado como un lenguaje, porque es lenguaje cuya palabra debe ser librada.” (Lacan, p. 258).

La sobredeterminación se constituye así, en una característica general de las formaciones del inconsciente. Lacan dirá entonces que “...para admitir un síntoma, sea o no neurótico, en la psicopatología psicoanalítica, Freud exige el mínimo de sobredeterminación que constituye un doble sentido, símbolo de un conflicto difunto que terminó más allá de su función en un conflicto presente no menos simbólico...”. (Lacan, 1981, p. 258). La razón de ello es que el síntoma se halla «estructurado como un lenguaje», y por consiguiente constituido por deslizamientos y superposiciones de sentido; jamás es el signo unívoco de un contenido inconsciente único, de igual modo que la palabra no puede reducirse a una señal. El resorte propio del inconsciente lo vamos a encontrar, entonces, en la naturaleza misma del lenguaje, y “es en el orden de existencia de sus combinaciones, es decir en el lenguaje concreto [...], donde reside todo lo que el análisis revela al sujeto como su inconsciente.” (Lacan, p. 258).

miércoles, 19 de enero de 2011

228. Significante y lectura del inconsciente.

El inconsciente es lo que se lee, y el síntoma psicoanalizable, ya sea normal o patológico, está sostenido, por tal razón, por una estructura que es idéntica a la estructura del lenguaje. En el texto inconsciente de un sujeto, Lacan descubre los efectos de la metáfora y de la metonimia, es decir, los mismos mecanismos descritos por Freud como los del inconsciente. “Es bien evidente -dice Lacan- que en el discurso analítico no se trata de otra cosa, no se trata sino de lo que se lee, de lo que se lee más allá de lo que se ha incitado al sujeto a decir, que no es tanto, como dije la última vez, decirlo todo, sino decir cualquier cosa, sin vacilar ante las necedades que se puedan decir”. (1985, p. 38)

Ahora bien, es la lectura del inconsciente la que funda en el psicoanálisis un método de investigación propio, un método que se adecua al objeto del psicoanálisis, es decir, el inconsciente mismo. Pero dicha metodología no se reduce únicamente al dispositivo analítico, en el cual el analista está a la escucha de las formaciones del inconsciente, es decir, está atento a «leer» el discurso del analizante, en lo que dice de más o dice de menos. Dice Lacan: “Si algo puede introducirnos en la dimensión de lo escrito como tal, es el percatarnos de que el significado no tiene nada que ver con los oídos, sino sólo con la lectura, la lectura de lo que uno escucha de significante. El significado no es lo que se escucha. Lo que se escucha es el significante. El significado es el efecto del significante”. (1985, p. 38)

El «significante» es una dimensión que fue introducida a partir de la lingüística. La lingüística introduce en la palabra una disociación gracias a la cual se funda la distinción entre significante y significado. Ella, de cierta manera, divide lo que, sin embargo, parece ir de suyo: que cuando se habla eso conlleva el significado. Pero, “Distinguir la dimensión del significante cobra relieve sólo si se postula que lo que se oye no tiene ninguna relación con lo que significa. Este es un acto que sólo puede instituirse con un discurso, el discurso científico”. (Lacan, 1985, p. 40) Es gracias al discurso de la ciencia, a su instauración en el pensamiento de los hombres, que el significante se pueda postular sin tener ninguna relación con el significado. Con el discurso de la ciencia se hace posible vaciar el contenido de un concepto, de un significante, para llenarlo de contenido, para hacerlo significar otra cosa. Esto es lo que se espera que se produzca en un análisis: “En el discurso analítico, se trata siempre de lo siguiente: a lo que se enuncia como significante se le da una lectura diferente de lo que significa”. (p. 49) Esta es la razón por la cual lo que los analistas leen es, por ejemplo, el lapsus, en la medida en que es como lapsus que significa algo, es decir, que puede leerse de una infinidad de maneras distintas.

lunes, 10 de enero de 2011

225. ¿Qué es la interpretación analítica?

¿Qué es la interpretación analítica?, se pregunta Miller en su texto Los signos del goce (1998), y responde citando a Lacan en Aun: “«[...] a lo que se enuncia como significante se le da una lectura diferente de lo que significa».” Y agrega: “Por referencia a la escritura, ustedes dan a lo que se enuncia de significante en la palabra una lectura distinta que el efecto de significación. De modo que Lacan puede formular esa enormidad de que el inconsciente es, ante todo, lo que se lee.” (p. 281). Así pues, formular que el inconsciente es ante todo lo que se lee, es formular que es del orden de lo que se escribe.

Hacer del inconsciente escritura, cifrado, es lo que va a permitir acceder al goce del sujeto. El síntoma mismo es un modo de gozar del sujeto; “...es un modo de gozar del inconsciente en tanto el inconsciente determina al sujeto”. (Miller, 1998, p. 289). El síntoma tiene entonces dos caras: una cara significante y una cara de goce; en el síntoma el significante está confundido con el goce. Como el goce reside en el cifrado del inconsciente, Lacan va a recurrir al signo, al concepto de signo, signo que se puede definir como el significante con sus efectos de significado, pero que también es letra cuando se considera el goce que produce con el cifrado.

El significante más el goce (S1–a) conforman el síntoma en la medida en que él está articulado a un proceso de escritura; por esta razón la clave del síntoma no está en el desciframiento que puede hacer el Otro del síntoma. La clave del síntoma está en su escritura, en la letra que él es. La interpretación del analista ha de apuntar a otra cosa distinta a la de descifrar el síntoma. Así como el paciente está del lado del habla en el análisis –en el análisis sólo se puede hablar–, el analista está del lado de la escritura, “...del lado del analista hay escritura.” (Miller, 1998, p. 297). De tal modo que la interpretación se hace con referencia a lo escrito y por medio del equívoco. “Desde esta perspectiva, la interpretación es la respuesta de la escritura a la palabra”. (Miller, p.297).

martes, 4 de enero de 2011

224. Significante, letra e interpretación.

El inconsciente, el cual se interpreta, es decir, se descifra, hace cifras, y goza de ello. Hay pues un gozar del inconsciente mediante el ciframiento. Y existe una relación inversamente proporcional entre el ciframiento con el que goza el inconsciente y el desciframiento del inconsciente. Es decir que el significante, cuando es descifrado, cede su goce al dejarse descifrar. Pero, atención, esto hace de la práctica del desciframiento, una práctica de goce. En el análisis hay un goce del desciframiento, que puede hacer del análisis algo infinito, que no termina -como le sucede a los junguianos interpretando los sueños de sus pacientes-. Siempre es posible descifrar una y otra vez, sin fin, al inconsciente que goza de cifrar. ¿Qué hacer entonces?

“...el cifrado –cito a Miller (1998)–, es un término de pura escritura. Por consiguiente, cuando tenemos que hablar de cifrado, ya no hablamos simplemente de los efectos de significación sino de la adquisición de sentido.” Y agrega un poco más adelante: “Desde el momento en que el lenguaje se estudia a partir de la escritura y no de la palabra, se plantea la pregunta por el modo en que algo adquiere sentido y por el lugar donde lo adquiere.” (p. 280). A partir de aquí podemos establecer una diferenciación entre «significación» y «sentido», diferenciación que es difícil de establecer a partir del texto de Lacan Función y campo de la palabra...

El significante tiene como función producir significaciones. En cambio la letra, “...es el significante considerado fuera de su función de producir significaciones.” (Miller, 1998, p. 280). Hay pues, dos estatutos del significante: el significante como productor de significaciones, y el significante por fuera de esta función. La letra es el nombre que adquiere el significante por fuera de la función de producir significaciones. A partir de aquí distinguimos, a su vez, letra y significante.

La letra se escribe, y por escribirse es que se puede diferenciar una palabra que suene igual a otra. Una palabra homofónica a otra sólo se puede distinguir a partir de la escritura. De aquí que la interpretación como equívoco se refiere justamente a la escritura. “En este sentido –dice Miller (1998)–, la interpretación es una lectura, en tanto que capta la escritura en el campo del lenguaje a partir de la palabra.” (p.281). Por ejemplo, en un paciente que dice, hablando de su adolescencia, que recuerda el momento en que le nació el “bello público”, lapsus en el que sustituye a “vello púbico”, sólo es posible distinguir el significante “bello” con “b”, del significante “vello” con “v” gracias a la escritura, si lo que hacemos con nuestra escucha es leer al inconsciente.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

222. El inconsciente es una máquina para cifrar.

Lacan, en sus últimas elaboraciones sobre el síntoma, lo va a vincular, no con la palabra, sino con la escritura. La escritura tiene un efecto contrario al de la palabra -la cual seduce con su producción de sentido-. Lacan va a decir –como se puede ver en el Informe de Roma–, que con el síntoma se trata también de lectura, de escritura. Miller (1998) lo dice así: “«Así, si el síntoma puede leerse, es porque él mismo está ya inscrito en un proceso de escritura»” (p. 277). Hay pues un proceso de palabra con el síntoma, pero Lacan va a enfatizar ahora su dimensión de escritura. Así pues, el síntoma no se agota en su efecto de significación, como significado del Otro, como mensaje del Otro. El efecto de significación del síntoma también conlleva un efecto de goce. Y agrega Miller (1998): “Por el hecho de que este efecto está implicado en el síntoma analizable debe serle referido un proceso de escritura”. (p. 277).

Todo proceso de lectura reclama un proceso de escritura. La escritura tiene como propiedad que toma al lenguaje fuera del sentido. La escritura es el carácter ideográfico, es el símbolo matemático, es el dibujo, son los nudos. Es decir que la estructura del lenguaje incluye en ella también una dimensión de escritura. Pensar el síntoma como un signo llevará a Lacan a pensar el inconsciente ya no determinado por la estructura de la palabra, sino por la función de lo escrito. A partir de aquí el inconsciente se lo puede concebir como un saber cifrado, por eso la interpretación se puede definir como desciframiento del inconsciente.

El cifrado es introducido por Lacan para pensar, justamente, el efecto de goce de la letra. Miller (1998) entonces se pregunta ¿por qué el inconsciente cifra?, ¿por qué el inconsciente no dice las cosas como son? ¿Por qué se dice siempre de manera indirecta? ¿Por qué demanda ser descifrado?

La tesis de Freud, según Miller (1998), es que hay elementos que son reprimidos, pero lo reprimido retorna, y entre la represión y el retorno de lo reprimido, hay ciframiento. El inconsciente es una máquina hecha para cifrar, para escribir, pero existe un elemento que es incifrable, es decir, que no se puede cifrar: La relación sexual. Esto significa que la relación sexual es rechazada de lo simbólico, es forcluida de lo simbólico, y por ser forcluida, reaparece de alguna manera en lo real. Y eso que retorna en lo real no es otra cosa que el síntoma.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

217. La pulsión es gramática del lenguaje.

La letra, dice Lacan en el seminario 21 Los nombres del padre, es en cierto modo inherente al pasaje a lo Real, de tal modo que a la letra, como a la escritura, hay que situarlas en el orden de lo real, y por lo tanto, comparten la falta de sentido -mientras que el sentido es simbólico, el sin-sentido es real-. La letra revela en el discurso lo que se llama la gramática, y la gramática es lo que del lenguaje sólo se revela en lo escrito. De aquí que Freud haya intuido que la pulsión es gramática. Cuando Freud quiere articular la pulsión, recurre a la gramática del lenguaje y lo que ella representa; él no puede hacer ninguna otra cosa más que pasar por la estructura gramatical. No es más que en el mundo de lenguaje donde la pulsión puede tomar su función dominante.

La pulsión va a ser presentada por Lacan como una trayectoria, como un circuito. En este circuito la pulsión se origina en una zona erógena, gira en torno al objeto y vuelve de regreso a la zona erógena. Las zonas erógenas son los lugares en el cuerpo donde la pulsión se hace presente. Este circuito está estructurado por las tres voces gramaticales: 1. la voz activa, que con el ejemplo de la pulsión escópica sería «ver». 2. la voz reflexiva, que alude al «verse», y 3. la voz pasiva, que indica el «ser visto». Los primeros dos tiempos, las voces activa y reflexiva, son autoeróticos, en la medida en que les falta un sujeto. Sólo en el tercer tiempo -la voz pasiva- en el que la pulsión completa su circuito, aparece, dice Lacan en el seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, “un sujeto nuevo”. Aunque el tercer tiempo del circuito pulsional es pasivo, la pulsión es esencialmente activa, razón por la cual Lacan describe el tercer tiempo no como «ser visto», sino como «hacerse ver». Incluso las fases que suponemos que son pasivas de la pulsión, como por ejemplo el masoquismo, suponen un gran esfuerzo activo.

Lacan, entonces, describe a la pulsión como una trayectoria que circunscribe el objeto, y esa trayectoria es, en última instancia, significante y simbólica. A esta cara significante de la pulsión se opone una cara real, que apunta directamente al goce. Lacan la ilustra con el ejemplo de la boca que se da un beso a sí misma, de tal manera que la verdadera finalidad de la pulsión es obtener la satisfacción, sin que importe para nada el objeto de la pulsión.

martes, 14 de diciembre de 2010

216. El síntoma-goce es una letra que se lee.

Como el efecto de significado no es lo más problemático del síntoma, es decir, su desciframiento, su interpretación, Lacan se va a fijar en el efecto de goce del síntoma, eso que hace lo más real del síntoma. Como el inconsciente cifra el goce en el síntoma, Lacan lo va a vincular con la escritura, con el cifrado, por lo tanto, el efecto-goce del síntoma está emparentado, no con el significante, sino con la letra que se cifra.

La letra es el significante por fuera de su función de producir significaciones; en este sentido, la letra se distingue del significante en la medida en que este último es productor de sentido. Como la letra no produce significación, esto la hace indescifrable. El síntoma-goce en Lacan, es una letra no descifrable, que no tiene un sentido a descifrar, sino que es un trazo, una marca, una cifra que indica el goce. Como elemento de lo real, la letra en sí carece de sentido.

Es por este papel que cumple la letra en el inconsciente, por lo que el analista no debe concentrarse en el sentido o la significación de la palabra o el discurso del analizante, sino que se debe fijar en las propiedades formales de dicho discurso; tiene que leer la palabra del analizante como si fuera un texto, tomar literalmente su discurso. Dice Lacan en su seminario Aun : “La letra es algo que se lee. Hasta parece que se lee a raíz de la palabra misma. Se lee, y literalmente. Pero justamente no es lo mismo leer una letra y leer. Es bien evidente que en el discurso analítico no se trata de otra cosa, no se trata sino de lo que se lee, de lo que se lee más allá de lo que se ha incitado al sujeto a decir, que no es tanto, como dije la última vez, decirlo todo, sino decir cualquier cosa, sin vacilar ante las necedades que se puedan decir.” (Lacan, 2004).

jueves, 4 de noviembre de 2010

192. El discurso de la ciencia y la forclusión del sujeto.

El saber de la ciencia es un saber formal, un saber escrito, un saber de lógica formal que implica un manejo de la escritura. El saber científico se expone todo en fórmulas, que además hacen posible su transmisión. Esta es la razón por la que es un saber universal; todos los químicos, los biólogos o los físicos del mundo hablan el mismo idioma: el idioma de las matemáticas, de las fórmulas matemáticas. La matemática es el lenguaje de la ciencia, un lenguaje que es lógico y formal, y que implica siempre una escritura. A su vez, el discurso científico se vuelve un discurso repetitivo; por todo el mundo se repiten las fórmulas de la ciencia.

Gracias al discurso de la ciencia, la verdad sobre la vida, la existencia y el ser, buscada durante siglos por la religión o la filosofía, queda reducida a la lógica formal como atributo del saber, es decir, sin dialectización. Esto es lo que distingue al discurso moderno, al discurso de la ciencia: Es un discurso matematizado y lógico, que reduce lo real a la escritura, produciendo una reducción, un vaciamiento de sentido, en la que también queda excluida la posición subjetiva del científico (Brousse, 2000). Sólo basta con sentarse a hablar con un neuropsicólogo sobre cualquier aspecto humano, y se podrán dar cuenta que la conversación termina o queda cerrada una vez que se llega a la causalidad fisiológica del comportamiento; es el rechazo de la dialéctica en nombre de la ciencia. Porque la ciencia lo dice, eso debe ser así.

Este saber-escritura del discurso de la ciencia, del cual dice Lacan que rechaza y excluye la dinámica de la verdad, es decir, que excluye la verdad como efecto de los enunciados del sujeto o como resultado del deseo del sujeto, ese rechazo radical de la subjetividad -a lo que el psicoanálisis llama forclusión del sujeto- como efecto del discurso de la ciencia, se opone el discurso del psicoanálisis. Y lo hace de una manera muy sencilla: no le da la palabra a los genes o al cerebro, ya que estos no hablan; se la da al sujeto, el único objeto examinado por la ciencia que se puede preguntar “¿qué o quién soy yo?”, “¿qué deseo?”, “¿soy hombre o soy mujer?”.

Los teóricos del cerebro-máquina pretenden, en la contemporaneidad, transformar a la ciencia en religión y considerar al hombre como un autómata, pero el psicoanálisis sabe que el sufrimiento psíquico del sujeto no se cura a punta de medicamentos y terapias adaptativas. La muerte, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconsciente, la relación con el otro, es lo que le da forma a la subjetividad, la cual excede ampliamente la constitución biológica.

569. La falta de objeto en la frustración, la privación y la castración

En su Seminario IV: La relación de objeto (1994), Lacan invita a abandonar la ilusión de una supuesta plenitud y sostiene que la subjetivid...