En la teoría psicoanalítica, lo "olvidado" suele asociarse con lo reprimido, algo que sigue actuando desde el inconsciente. Sin embargo, Lacan introduce un mecanismo mucho más radical: la Verwerfung, que se traduce como "rechazo" o "forclusión". No se trata de algo que se esconde en el inconsciente, sino de algo que nunca fue inscrito en el orden simbólico (el universo del lenguaje y la ley).
La consecuencia de este rechazo primordial es una de las fórmulas más potentes y enigmáticas de Lacan: "todo lo forcluído en el orden simbólico, reaparece en lo real". Lo real aquí no es la realidad cotidiana, sino una erupción cruda y no simbolizada que la perfora desde fuera. Para ilustrarlo, Lacan hace referencia al análisis de Freud del "Hombre de los Lobos": un paciente que, en su infancia, se corta un dedo pero es incapaz de decir nada a su nodriza, a pesar de que era su principal confidente. Ese evento, al no ser simbolizado —no es puesto en palabras—, no es reprimido, sino rechazado (forcluído). Años más tarde, retorna "en lo real" como una alucinación visual. La idea es impactante: sugiere que la realidad misma puede ser perforada por aquello que no se ha logrado inscribir en el universo de significados, manifestándose como un fenómeno alucinatorio.
Para Lacan, la psicosis es un fenómeno fundamentalmente lingüístico. El delirio tiene su propia estructura y lenguaje, con "fenómenos elementales" que, como el detalle de una hoja, revelan la estructura de toda la planta. Un ejemplo clínico es el de una paciente que, en medio de una larga entrevista, finalmente deja escapar un neologismo: la palabra "galopinar". Este término, que no existe en el diccionario, funciona como una "palabra clave" que revela que ella habita un universo lingüístico diferente. Esto reformula la locura no como un comportamiento distante e incomprensible, sino como una crisis en la misma estructura simbólica que constituye la realidad "normal", sugiriendo que la cordura es más frágil y dependiente del lenguaje de lo que se imagina.
Si la locura es un fallo del lenguaje, es porque la relación del sujeto con la fuente misma del lenguaje se ha derrumbado. Para Lacan, esta fuente no es otra persona, sino un lugar simbólico que llama el gran Otro. Es crucial diferenciar al "otro" con minúscula del "Otro" con mayúscula (A). El "otro" (a) es el semejante, el reflejo en el espejo, el compañero con el que el sujeto se compara y compite. El "Otro" (A), con mayúscula, es lo simbólico.
Así pues, el Otro no es una persona, sino un lugar. Es el tesoro de los significantes, el universo del lenguaje, la cultura y la ley que preexiste al sujeto. Se nace en un mundo que ya habla, y es en este "lugar" del Otro donde el yo más íntimo se constituye. Entonces, el Otro es el lugar donde se constituye el yo (je) que habla con el que escucha.
Este Otro es "reconocido, pero no conocido", es la alteridad absoluta que garantiza el valor de la palabra del sujeto, incluso cuando miente. En la psicosis, este circuito fundamental con el gran Otro se rompe. El sujeto ya no dialoga con ese lugar simbólico, sino que queda atrapado en un cara a cara con "pequeños otros" imaginarios (sus dobles, sus perseguidores). La idea es vertiginosa: sugiere que la identidad que se siente como más propia se forja, en realidad, en un espacio exterior al sujeto. (Ver: El Seminario. Libro 3: Las psicosis).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
jueves, 5 de marzo de 2026
564. «Todo lo forcluído en el orden simbólico, reaparece en lo real»
lunes, 2 de febrero de 2026
563. El amor es una ilusión narcisista
En la cultura occidental, el amor romántico es idealizado como la forma más pura de conexión con otra persona. Lacan (1981), sin embargo, en su seminario sobre Los escritos técnicos de Freud (Seminario 1) ofrece una visión mucho menos romántica pero teóricamente más potente.
Siguiendo a Freud, describe el enamoramiento (Verliebtheit) no como una conexión profunda con la alteridad del otro, sino como un fenómeno fundamentalmente narcisista. En el amor, el sujeto no ama al otro por lo que es, sino porque el otro encarna una imagen idealizada del propio yo (Ideal-Ich - Yo ideal). Se ama en el otro la perfección que se anhela para sí mismo. Lacan ilustra este "flechazo" con el personaje de Werther, de Goethe, quien se enamora perdidamente de Lotte en el preciso instante en que la ve cuidando de un niño, una imagen que encarna para él el ideal del amor por apuntalamiento, es decir, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, o sea, a la madre. El sujeto siempre elige a otro según el prototipo de las primeras personas a las que se amó.
Según Freud, la elección de objeto por apuntalamiento caracteriza a la elección de objeto en el hombre, es decir, que el hombre elige a su pareja apoyándose en la imago (prototipos inconscientes que orientan la elección de objeto) que tiene de su madre, por eso su pareja suele parecerse a aquella; en cambio, la elección de objeto narcisista caracteriza al amor de la mujer.
Entonces, para que quede bien claro: en la elección de objeto por apuntalamiento, el sujeto elige una pareja en la medida en que es «como su padre» o «como su madre». La elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre.
Así pues, en el amor se ama al propio yo, al propio yo realizado a nivel imaginario. Aunque esta idea pueda parecer cínica, explica con una claridad asombrosa el poder de la transferencia en el análisis. El analista se convierte en el lienzo perfecto sobre el cual el paciente proyecta su yo ideal. Esta estructura narcisista es la que crea el intenso vínculo —ese amor de transferencia— necesario para que el trabajo analítico sea posible. Es precisamente porque el amor es una ilusión narcisista que puede funcionar como el motor imaginario de una búsqueda que apunta a una verdad más allá de toda ilusión, que es la tarea de todo análisis.
Así pues, el análisis no es un proceso de fortalecimiento del yo, sino de cuestionamiento de sus ilusiones; los vínculos más intensos del sujeto, como el amor y la transferencia, están estructurados sobre un profundo narcisismo.
jueves, 1 de enero de 2026
562. El Yo es engañoso y la transferencia no es un obstáculo
En muchas corrientes psicológicas, y en el sentido común, el "yo" (o ego) es visto como el centro de la personalidad del sujeto, por eso muchas terapias se enfocaron en buscar "fortalecer el yo". Lacan (1953-54) va a invertir radicalmente esta premisa. Para él lejos de ser un aliado, el yo es la fuente principal del autoengaño y la resistencia. El yo cumple más bien una función de "desconocimiento", proceso que se observa bastante bien en la fase del espejo, en la que el sujeto construye una imagen de sí mismo que lo aliena: “yo soy ese otro con el que me identifico”, es decir, “yo soy otro”. El yo no es el director de la obra, sino un actor que ha olvidado que está en un escenario, creyendo ser el personaje que interpreta, y, además, es una construcción del orden imaginario.
La implicación de esta idea es impactante: en el análisis, no se busca fortalecer al yo, sino precisamente analizar lo engañoso que es. El objetivo no es hacer al yo más fuerte, sino permitir que, a través de sus fisuras, emerja una palabra más verdadera del sujeto, una verdad que pertenece al orden simbólico.
Uno de los obstáculos que se presentan en el análisis del sujeto es la transferencia, ese conjunto de sentimientos intensos (amor, odio, admiración) que el paciente proyecta sobre el analista. Lacan, siguiendo a Freud, presenta una idea paradójica: la transferencia no es un simple efecto secundario, sino que emerge precisamente para servir a la resistencia. Cuando el discurso del paciente se acerca a un núcleo doloroso o reprimido, el discurso se apoya en un "movimiento de báscula de la palabra hacia la presencia del oyente" (Lacan, 1953-54). La transferencia aparece como una maniobra para desviar la atención: en lugar de hablar sobre el tema que lo llevó a análisis, el sujeto de repente se vuelve consciente del analista y comienza a hablar sobre él o para él.
Así pues, toda vez que el sujeto se acerca al complejo patógeno, la parte del complejo que puede convertirse en transferencia es la que es impulsada hacia lo consciente, y aquella que el paciente se empecina en defender con la mayor tenacidad. Esta visión transforma por completo la función de la transferencia. De ser un problema a resolver, se convierte en la brújula más precisa del análisis. Su aparición no es un obstáculo, sino una señal inequívoca de que se está exactamente en el lugar donde reside el núcleo del conflicto del sujeto. El obstáculo es, en realidad, el camino.
564. «Todo lo forcluído en el orden simbólico, reaparece en lo real»
En la teoría psicoanalítica, lo "olvidado" suele asociarse con lo reprimido, algo que sigue actuando desde el inconsciente. Sin em...
-
Cada vez que se pone en juego en la teoría al falo como el significante que señala la diferencia sexual -los niños lo tienen, las niñas no-,...
-
El sueño, lo dice Freud (1915-16) claramente, "es un sustituto de algo cuyo saber está presente en el soñante. pero le es inaccesible...
-
El padre alcahuete es el que encubre a su hijo en algo que se quiere ocultar. Este padre suele ser permisivo y prodiga un amor incondicional...