martes, 25 de agosto de 2026

581. El Otro no es una «conciencia colectiva» y el deseo es metonímico

 Para que una agudeza o chiste tenga lugar, el esquema dual de la comunicación falla. A diferencia de lo «cómico», que es una relación de dos (alguien se ríe de otro que se cayó al suelo), el Witz (chiste) exige la sanción de un tercero: el Otro (con mayúscula).

Lacan (1999) es mordaz al respecto: rechaza frontalmente términos como «conciencia colectiva», calificándolos de nombres «imbéciles y delirantes». El Otro es el lugar del código, el garante de la lengua. Incluso si el sujeto está solo en una isla desierta, el chiste necesita al Otro porque la lengua que posee es prestada de él. Sin la sanción de este garante que decodifica la agudeza, el mensaje se degrada a un simple lapsus o a un ruido sin sentido. El Otro es quien «devuelve la pelota» y dispone el mensaje en el código como una verdad aceptada.

El sentido de un chiste o una frase no es una chispa instantánea; tiene una dimensión de historia, un espesor temporal. Lacan (1999) recurre a la imagen del colchonero y su punto de capitón para explicar cómo se fija el flujo de las palabras. El significante y el significado se deslizan perpetuamente uno sobre otro, y solo ciertos puntos de amarre impiden que el sentido se disuelva en el caos.

Este anclaje funciona bajo la lógica del nachträglich (efecto retroactivo). El sentido de una frase no se entrega palabra por palabra, sino que se ancla cuando la última palabra cierra la trayectoria, uniendo la «boya» (el inicio) con la «punta de la flecha» (el final).

Así pues, la acción del significante en el discurso se caracteriza por un deslizamiento relativo: una corriente (significante) se desplaza sobre la otra (significado) en un entrecruzamiento constante. El espesor temporal tiene que ver con que el discurso requiere tiempo para que la acción del significante surta efecto; no es un evento puntiforme. A esto se suma la sincronía y la diacronía: mientras las palabras fluyen en el tiempo, la posibilidad permanente de sustituir un término por otro (sincronía) sostiene la estructura.

Con relación a lo anterior, habría que decir que, en el corazón de la teoría lacaniana, el deseo es metonímico: siempre es «deseo de otra cosa». Al estar fundado en una falta original —el objeto a perdido—, el deseo se desplaza de un significante a otro sin detenerse nunca. La metáfora, por el contrario, es la sustitución de un significante por otro que produce el advenimiento de un nuevo sentido.

"Asimismo, en el cuarto año de este seminario, quise mostrarles que no hay objeto, salvo metonímico, siendo el objeto del deseo el objeto del deseo del Otro, y el deseo siempre deseo de otra cosa… del mismo modo, no hay sentido, salvo metafórico, al no surgir el sentido sino en la sustitución de un significante por otro significante en la cadena simbólica." (Lacan, 199, p. 104).

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