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323. La renegación de la castración en la perversión.


Dice Lacan en su texto De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis (1975), que todo el problema de las perversiones consiste en concebir cómo un niño, en su relación con su madre, se identifica con el objeto imaginario de este deseo, en tanto que ella lo simboliza en el falo. En efecto, ya se trate de una estructura perversa -o de un rasgo de perversión en un sujeto neurótico-, siempre está en juego este primer tiempo del Edipo, en el que el niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo -él es el falo-, y la madre, por tener el objeto de su deseo -el falo-, es una madre fálica.

El paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que es la perversión en la que se ve más claramente el mecanismo de la renegación, mecanismo psíquico que produce la estructura perversa; la tesis de Freud en su texto Fetichismo (1927) es que el objeto fetiche es el sustituto del pene de la madre, es decir que el fetiche está en el lugar del falo. El sujeto perverso reniega de la castración materna y se hace a un objeto fetiche para protegerse de la angustia que le produce la castración de la madre. El propósito del fetiche es, entonces, permitir la renegación de la castración; como sustituto del pene materno le permite seguir creyendo al sujeto que éste existe (Bleichmar, 1980), que a la madre no le falta nada. El objeto fetiche se constituye en el niño en el instante en que, espiando o mirando a su madre, en el momento en que ella se viste, se desviste o se baña, “se «cristaliza» el último momento en que la mujer podía ser considerada como fálica” (Bleichmar, 1980, p. 96); en ese momento se elige como fetiche el pie, la ropa interior, el vello púbico, un lunar, una parte del cuerpo o de la ropa de la mujer; se trata de una contingencia en el momento en el que el niño vive su complejo de castración..

Cuando el niño se enfrenta a la diferencia sexual -complejo de castración- y descubre que a las niñas les falta eso que él si tiene -el falo-, dice Freud que se produce en el niño varón una «angustia de castración»; él, entonces, se protege de la amenaza de la castración repudiando, desmintiendo, renegando de la ausencia de pene en la niña, en la mujer, pero sobretodo, en la madre. Para el niño todas las mujeres están castradas, excepto su madre; ella está completa, no le falta nada. Por eso la renegación de la castración se pone en juego, sobre todo, al lado de una madre que se presenta así a su hijo: como completa, fálica. En la estructura perversa -la cual es fundamentalmente masculina, ya que el que padece de una angustia de castración es el niño; es él el que posee el falo, y por lo tanto, el que teme perderlo-, en la perversión, decía, siempre se encontrará al falo -al falo imaginario- cerca del sujeto, al "alcance de la mano", cumpliendo la función de protegerlo de la angustia de castración.

Se reniega, entonces, de la ausencia de pene en la mujer; el niño, al percibir la diferencia sexual, teme perder lo que tiene -angustia de castración-. El perverso es un sujeto que sabe de la castración, pero procede a sustituir la falta de pene por su presencia -como en el caso del fetichismo-, renegando de aquella; el perverso, entonces, afirmará que la mujer tiene pene. Se rechaza una realidad -la ausencia de pene- a través de la afirmación de la opuesta -“la mujer no está castrada”-; por eso la renegación de la castración en la perversión es una especie de “si, pero no”: “si, la mujer está castrada, pero no, no lo está para nada”; así pues, como bien lo indica Freud, la renegación es el rechazo del reconocimiento de la falta de pene en la mujer.

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