miércoles, 25 de enero de 2012

331. «¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas?»

Las terapias cognitivo-conductuales (TCC) parecen ser hoy el modelo dominante de la terapia-por-la-palabra. Ellas constituyen un nuevo Otro en el campo psi, un Otro "que pide tratamientos más rápidos, menos costosos, enteramente predecibles y cuya terminación y duración pueden ser anticipadas" (Miller, 2005). Ellas también responden, en nuestra sociedad, a un nuevo ideal de conocimiento: el conocimiento total; se trata de un nuevo ideal de cuantificación general de todo lo humano (Miller). ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro?

El psicoanálisis es una práctica especializada que busca "cuestionar todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad" (Miller, 2005). Esto hace que él parezca salvaje, indomable. Por eso para mucha gente, y sobre todo para el Estado, el psicoanálisis es considerado como algo intolerable. En cambio, las TCC parecen responder bastante bien a los intereses, el control y la burocracia del Estado. Lo curioso es que las TCC son un "producto secundario del psicoanálisis mismo. Eso es lo novedoso. Son, en algún sentido, post-analíticas, post-freudianas” (Miller).

En efecto, Aaron Beck, fundador de las TCC, siendo psicoanalista se aburría mucho con sus pacientes y quería tener alguna otra cosa para hacer. Así lo confiesa en las entrevistas que el New York Times y el Washington Post le hicieron en su momento; él era psicoanalista y se aburrió de la práctica analítica. Así pues, las TCC son un subproducto del psicoanálisis norteamericano, subproducto que además tiene una idea de lo que es el lenguaje -ese Otro simbólico tan importante para el psicoanálisis lacaniano-, sólo que consideran que el lenguaje "no es ambiguo, o al menos que el lenguaje puede fácilmente ser utilizado de una manera inequívoca y que puede ser explícito. Por eso, estas terapias creen que es posible tener un acuerdo previo entre paciente y terapista sobre cuál es el problema y como curarlo" (Miller, 2005). Es decir, las TCC tratan el lenguaje como si en él no se diera el malentendido o no hubiese ambigüeades, como una especie de “software” que serviría para “adaptar” al sujeto, por eso piensan que éste –que a su vez es pensado como una máquina–, puede ser programado y reprogramado –puede aprender y desaprender–, pudiendo corregir sus conductas o esquemas maladaptativos, buscando el control y la regulación del sujeto, y coincidiendo así con los propósitos del Estado contemporáneo. Por esto Miller (2005) se pregunta: “¿Aceptará la gente este nivel de control y regulación estatal? ¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas? ¿O lo irán a rechazar?”. Eso dependerá de la actitud de la civilización hacia este nuevo Otro.

martes, 17 de enero de 2012

330. Un niño debe aprender a «destetarse».

Cuando un niño hace preguntas se puede pensar que su desarrollo psíquico va bien; hay que preocuparse cuando un niño no hace preguntas. Si esto sucede, es porque hay algo que el niño todavía no tiene resuelto con relación a ese lugar de objeto que todo niño sostiene en su relación con su madre. Todo niño deseado ocupa el lugar de objeto "maravilloso" en el deseo de su madre, pero es muy importante que todo niño aprenda a sustraerse, a correrse de ese lugar de objeto. Esto sucede cuando la madre es un sujeto que desea, más allá de su hijo, alguna otra cosa –trabajar, estudiar, salir con su marido, etc.-, y no se reduce a ser solo madre, sino que también se muestra como mujer, como sujeto deseante. Cuando una mujer se reduce a ser solo mamá, el niño queda atrapado en su deseo como objeto, situación que le dificulta pasar a ser un sujeto.

“Un niño que no aprende a sustraerse del campo del Otro -su madre-, produce en él una crisis, porque no entiende como es dejar de ser objeto y no morirse en el intento, pues no es completamente un objeto, pero tampoco le resulta tan cómodo ser sujeto; se mantiene en un borde, en un límite que puede ser muy crítico para él, y es allí donde se inventa, quizá de una manera no amable, o mejor, con un síntoma, una forma de sustraerse, en la que tampoco termina de comprender bien como sustraerse sin caer en un riesgo peor” (Arroyave, 2007). Un niño en esta posición, es un niño que no pregunta, y si no pregunta, no o va a poder aprender.

Freud dice que lo que lo primero que debe aprender un niño es a destetarse; no se trata solamente de dejar el seno de la madre, sino, y sobre todo, de dejar de ser un objeto para su madre y empezar a ser sujeto. ¿Qué pasa cuando un niño no aprende en la escuela? Pasa que tiene educadores que le contestan todo, que les responden siempre a todas sus preguntas. Un niño se deja de preguntar cuando siempre tiene alguien que le contesta; “si siempre lo que se hace es obturar la curiosidad, entonces para qué preguntar” (Arroyave, 2007). Para que un niño se pueda seguir preguntando, el Otro, en este caso el maestro, no deben contestarlo todo, no debe saberlo todo.

Si el niño no aprende a lidiar con el deseo materno, esto va a generar en él un síntoma, “y muchas veces en los niños se observan síntomas muy marcados, muy graves, que en realidad no responden a un correlato neurológico, fisiológico, o genético” (Arroyave, 2007). Puede ser que el niño no preste atención, no se quede quieto, se enferme a cada rato, sea agresivo, etc., síntomas que perturban el “normal” desarrollo de la clase. Muchos de estos síntomas son una manifestación en el niño de que él no ha logrado aprender como sustraerse del campo del Otro de una manera tranquila, sin sufrimiento. “El niño está atrapado en la pregunta ¿cómo sustraerme de ese campo en el que la madre todo lo sabe, todo lo puede, todo lo intenta, tiene todas las respuestas? Entonces uno de los mecanismos, aunque deformado y peligroso, para poder sustraerse de ese campo, es enfermarse, formar síntomas” (Arroyave). Frente al deseo del Otro el niño recorre un camino angustioso en el que, en palabras de Lacan, realiza una invención subjetiva que le permite tener un síntoma propio.

martes, 10 de enero de 2012

329. ¿Cómo aprende un niño?

El aprendizaje de todo niño pasa por su vínculo con el Otro significativo -la madre, los cuidadores, la profesora, etc.-, es decir, que para que un niño aprenda cualquier cosa, eso va a tener que ver con la necesidad que tenga ese gran Otro de que el niño hable (Arroyave, 2007), de que le demande, le pida cosas. Un niño no se pone a hablar espontáneamente; tampoco se alimenta o camina de forma natural; ninguna de estas cosas son naturales en los niños. Se necesita de Otro que desee que el niño camine, hable, se alimente (Arroyave).

¿Cómo aprende, entonces, un niño? Un niño aprende en la medida en que su madre -ese Otro significativo- oscile entre hacer de su hijo el objeto que la colma, o dejarlo y desear hacer otras cosas; que la madre oscile entre si su hijo es su objeto maravilloso o que no lo sea tanto. El niño, entonces, va a padecer esta oscilación, padece el tener que dejar de ser ese objeto maravilloso para su madre. Esto es lo que le va a permitir al niño correrse de ese lugar que lo dejaría identificado a ese objeto maravilloso que completa a la madre (identificado al objeto de deseo de la madre: el falo), y se mueva de ese lugar (Arroyave, 2007).

Se necesita, entonces, de una madre que no sepa siempre todo sobre su hijo. Cuando una madre lo sabe todo sobre su hijo, ¿qué va a querer éste? ¿Qué va a querer aprender? El niño queda fijado a ser el objeto que completa a su madre (él es el falo) y no va a desear nada más, y esto es lo peor que le puede pasar a un niño. Por eso, lo primero que aprende un niño es a jugar: juega a sustraerse del campo del Otro; "juega a sustraer un objeto que él oculta del campo de la mirada (del Otro), y este juego va a tener que ver con la presencia o la ausencia de la madre; él la simboliza, la representa a través de esto y la elabora; es la manera en la que él aborda la pérdida de objeto que es él mismo" (Arroyave, 2007) -este es el famoso juego del fort-da que describe Freud en Más allá del principio del placer (1920)-.

Este juego del niño -a sustraerse del campo del Otro- va a estar facilitado por la oscilación de la madre. Si el niño permanece en el lugar de objeto para la madre, él no va a jugar, no va a hablar, no va a aprender. Por eso, el juego del niño nos hace saber que él se está constituyendo como sujeto, es decir, está dejando de ser objeto y está pasando a ser un sujeto. Hay que preocuparse cuando un niño no juega, no habla, no come, es decir, no aprende. Lo que le permite al niño aprender es descubrir que ese Otro -que es su mamá o su cuidador-, no lo sabe todo de él, no sabe qué le pasa, y esto al niño le hace bien, porque así el niño tendrá que dirigirse a otros lugares a preguntar; empezará a demandar y a preguntar sobre todas las cosas. "El preguntar en un niño, es un signo de salud, porque sus primeras preguntas tienen que ver con "lidiar con el deseo materno". Sus primeras preguntas van a ser: ¿Qué quieres mamá? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué soy para ti? ¿Qué significo?" (Arroyave, 2007). Lo que le va a permitir al niño seguir creciendo, aprender y andar por la vida, es que ese gran Otro no lo sepa todo, y sobre todo, que no sepa todo sobre él.

martes, 3 de enero de 2012

328. ¿Desarrollo de la personalidad?

¿Qué es la personalidad? ¿Qué es la persona? La psicología define a la personalidad como un conjunto de características que definen a un sujeto, y abarca sus pensamientos, sentimientos, actitudes, hábitos y conductas que hacen de cada individuo diferente de los demás. La persona se puede pensar, entonces, como la "dueña" de determinada personalidad. La palabra «personalidad» viene del teatro griego antiguo, y significa «máscara». La personalidad es, pues, una especie de máscara que el sujeto se "pone" para desenvolverse en sociedad. Pero esa máscara no solo es una; son varias las máscaras que el sujeto utiliza, unas que son propias y otras que impone la sociedad; por eso el sujeto es "uno" con su familia y "otro" con sus amigos o su mujer. Igualmente hay que tener en cuenta el contexto: el sujeto se comporta de manera diferente en la universidad o el trabajo, que en un  bar o un funeral.


Con respecto al desarrollo de la personalidad, la mayoría de las corrientes psicológicas, junto con el psicoanálisis, piensan que dicho desarrollo comienza desde la más temprana infancia. Freud hizo gran hincapié en la importancia de las experiencias tempranas y lo determinante de los vínculos afectivos del niño con sus cuidadores -lo que él denominó Complejo de Edipo-, a tal punto que él consideraba que ya a los seis años -resuelto el Edipo-, el niño ya tiene constituida su personalidad, y a partir de aquí, no hará más que desenvolverla, incluso, si quiere y puede, enriquecerla. Si bien Freud insinuó un desarrollo jerárquico de la personalidad -por etapas o fases-, Lacan rechaza dicho enfoque jerárquico; él se opone a cualquier meta final del desarrollo de la personalidad, incluso aquellas que tiene por nombre "trascendencia", "iluminación", "conciencia superior", "Uno con el todo". Esto no quiere decir que el desarrollo de la personalidad no continúe en la edad adulta, pero Lacan no se sentía para nada cómodo con la imposición de altos logros o metas a otras personas por parte de la sociedad -que es exactamente lo que ella hace: imponer una serie de ideales o patrones, a los cuales los sujetos se someten para poder "desarrollar" su personalidad: independencia, productividad, sociabilidad, asertividad, etc., etc.-.


Por el contrario, el psicoanálisis apunta a que el sujeto -que no es ni la persona psicológica ni el individuo- llegue a saber cuál es su deseo, qué desea verdaderamente, lo cual puede no coincidir con los ideales que la sociedad contemporánea propone. Quienes mejor nos ilustran sobre el verdadero deseo de un sujeto son los artistas y los científicos, quienes se dedican a desarrollar su arte o sus investigaciones -que es como decir, "desarrollar su personalidad"- a pesar de las imposiciones sociales o culturales. Además, a todo lo anterior sobre la personalidad de un sujeto, habría que sumar lo que el psicoanálisis considera su descubrimiento más importante, y es que los sujetos, muy a su pesar, continúan con su "mal comportamiento", es decir, que hay rasgos de su personalidad que no "encajan" con las demandas sociales ideales, es decir, que a pesar de ser "buenas personas", también son agresivos, o adictos, o perversos en su sexualidad, o mal intencionados, envidiosos, pecadores, glotones, peleadores, imprudentes, chismosos, perfeccionistas, orgullosos, malgeniados, etc. etc. Esta dimensión que también hace parte de la "personalidad" de todo sujeto y que lo lleva "ser" como no quisiera, no es otra que la dimensión pulsional del ser humano: "hay una cosa que se repite en su vida, y siempre es la misma -dice Lacan-, y esa es su verdadera escencia; y esa cosa que se repite, es una cierta manera de gozar".

553. Las clínicas de urgencias subjetivas

Las clínicas de urgencias subjetivas son espacios dedicados a atender crisis emocionales o psíquicas desde una perspectiva psicoanalítica la...