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443. «La meta de toda vida es la muerte»

En la clínica psicoanalítica nos encontramos con que los analizantes no recuerdan, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que más bien lo actúan. El sujeto no reproduce como recuerdo aquello que reprimió y olvidó, sino que lo repite como acción; y lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace, es decir, inconscientemente. Por ejemplo: el paciente no recuerda haber sido desafiante e incrédulo frente a la autoridad de los padres; en cambio, se comporta de esa manera frente al jefe, sus profesores o figuras de autoridad en general (Freud, 1914).

Ese comportamiento que el sujeto repite inconscientemente, es lo que Freud denominó «compulsión a la repetición»; pero ella es muy importante en la clínica, porque dicha compulsión es la que nos permite acceder “a la comprensión de las conductas de fracaso, de los libretos repetitivos de los que se ven a veces prisioneros los sujetos, que les dan la sensación de ser los juguetes de un destino perverso” (Chemama & Vandermersch, 2004).

Freud (1920) se pregunta: “¿de qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición?” (p. 36). Respuesta: “Una pulsión sería entonces un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas; sería una suerte de elasticidad orgánica o, si se quiere, la exteriorización de la inercia en la vida orgánica” (pág. 36). Entonces, lo que Freud va a suponer, con respecto a las pulsiones, es que ellas son de naturaleza conservadora, es decir, que tienden a alcanzar “un estado antiguo, inicial, que lo vivo abandonó una vez y al que aspira a regresar” (pág. 38); por lo tanto, todos los organismos vivos tienden a la muerte, aspiran regresar a lo inorgánico; “no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo.” (pág. 38). Esta tendencia de las pulsiones a reducir completamente las tensiones, es decir, devolver al organismo al estado inorgánico, es lo que lleva a Freud a hablar de la «pulsión de muerte».

Entonces, la pulsión reprimida siempre está aspirando a alcanzar su satisfacción plena, que no es otra cosa que alcanzar ese estado inorgánico. Lo que más le interesa a Freud de esta compulsión de repetir, es su relación con la trasferencia y la resistencia. Él advierte que “la trasferencia misma es sólo una pieza de repetición, y la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo sobre el médico: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente” (Freud, 1914, pág. 152). El sujeto, por tanto, se entregará a la compulsión de repetir, sustituyendo al impulso de recordar, no sólo en la relación con el terapeuta, sino en todas las demás actividades y vínculos de la vida. Digámoslo al revés: si el sujeto no puede o se resiste a recordar lo reprimido, esta situación da lugar al actuar; incluso podríamos concluir que esta compulsión a la repetición es la forma que tiene el sujeto de recordar (Freud).

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