Una de las formulaciones más célebres y enigmáticas de Lacan (2003) sintetiza la naturaleza del amor en su relación con el inconsciente. Lejos de ser la entrega de una riqueza o la oferta de una posesión, el amor se articula como una donación paradójica: "El amor es dar lo que no se tiene. Verán cómo esto surge igualmente en una de las espiras esenciales de aquello por lo que tendremos que pasar en nuestro comentario" (p. 23).
Esta definición descansa sobre una ignorancia fundamental que atraviesa a ambos participantes de la pareja amorosa. El amante (erastés) es el sujeto del deseo, definido por la falta; sin embargo, no sabe qué le falta y actúa movido por una ignorancia inconsciente. El amado (erómenos) es el objeto que supuestamente encierra algo valioso, pero tampoco sabe qué guarda ni qué constituye su atractivo.
Por lo tanto, el amor no consiste en una correspondencia armónica entre la necesidad de uno y la riqueza del otro. Entre el amante y el amado no hay coincidencia directa: lo que le falta a uno no es lo que está escondido en el otro. El amor habita precisamente en esa «hiancia» o grieta estructural.
Esta ignorancia transforma la máxima filosófica clásica. Mientras que la tradición socrática del «conócete a ti mismo» promovía una pedagogía en la que el saber sobre el ser podía ser extraído y poseído plenamente, el psicoanálisis desplaza el acento hacia el «no saber». Al final del recorrido analítico (télos), el sujeto no encuentra la plenitud de un saber sobre sí mismo, sino la revelación ineludible de una falta irreducible: la castración.
Para explicar la dinámica del afecto con rigor algebraico, Lacan (2003), en el Seminario 8: La transferencia (1960-1961), recurre al marco del amor griego en El banquete de Platón y define el amor como una metáfora significante, es decir, un proceso de sustitución de funciones. Así pues, en la economía del amor clásico se distinguen dos posiciones: el erastés (el amante), sujeto activo del deseo, determinado por la falta inconsciente; y el erómenos (el amado), objeto amado (tà paidiká), depositario del tesoro oculto (agalma), aunque ignorante de su valor.
La significación del amor se produce mediante un momento de «báscula» o reversión: surge precisamente cuando la función del erastés (el sujeto de la falta) sustituye a la del erómenos (el objeto amado) y ocupa su lugar. En el discurso de Fedro en El banquete, esta sustitución se ilustra a través de tres figuras mitológicas. Orfeo, considerado un «blandengue» por los dioses, descendió a los infiernos por Eurídice, pero regresó con las manos vacías; los dioses, para castigarlo por no haberse mostrado dispuesto a sacrificar verdaderamente su ser, no le devolvieron a su mujer real, sino solo un fantasma. Alcestis, quien encarna la posición del amante (erastés), suplanta a su esposo, el rey Admeto, ante la demanda de la muerte y entrega su propia vida en su lugar. Aquiles, por último, siendo el amado (erómenos), imberbe y mucho más joven que Patroclo (el amante), realiza el acto más sublime: elige conscientemente la muerte para vengar a Patroclo. Lo maravilloso para los dioses es que quien ocupaba la posición pasiva de amado asuma heroicamente la función activa del amante.