El psicoanálisis nos enseña que aquello que enferma al ser humano de
forma radical es la ausencia de la relación sexual; esto significa que
“nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada
uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como
su complemento” (Miller, 2011). Uno de los aspectos más importantes que
el psicoanálisis ha dilucidado sobre el sujeto es que «la relación
sexual no existe». ¿Esto qué significa? Que entre los sexos no hay
proporción sexual; que los hombres no están hechos para las mujeres y
las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y
mujeres hay una falla esencial que es la no inscripción simbólica de la
relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del
Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de
escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos,
lo cual funda ese desencuentro permanente entre ellos. Además, “la
ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de
terapéutica como retorno a la salud mental” (Miller).
El discurso
imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la
idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud
mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto
del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de
dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud
mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud
mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el
psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su
vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver
con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El
discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo
objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la
exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un
derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de
cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la
experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su
singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda
intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es
“estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los
ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de
esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el
mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere
el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación,
la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación
experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto
es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado:
por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al
discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar
lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado
del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el
derecho a la singularidad” (Miller).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
miércoles, 20 de junio de 2018
martes, 29 de mayo de 2018
472. El hombre es un animal enfermo
El hombre es, evidentemente, un animal enfermo; "la enfermedad no es
para él un accidente, sino que le es intrínseca, que forma parte de su
ser, de lo que podemos definir como su esencia" (Miller, 2011).
Así pues, "pertenece a la esencia del hombre ser enfermo, hay una falla
esencial que le impide estar completamente sano. Nunca lo está"
(Miller). Esto es algo que el psicoanálisis nos enseña permanentemente:
el ser humano carece de una armonía con su naturaleza. El ser humano es
un ser desnaturalizado, y lo es fundamentalmente por ser un ser pensante,
racional, que hace uso de símbolos para hacerse una representación del
mundo y de sí mismo. Esto es lo que fundamentalmente lo diferencia de
los animales: el hacer uso del lenguaje. El ser humano es un
hablanteser.
Entonces, nada de lo que haga el ser humano es natural, porque es un ser reflexivo. "Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí" (Miler, 2011). ¿Qué enseña el psicoanálisis sobre este «sí mismo»? Que está hecho de goce, es decir, que ese «sí mismo», su ser más profundo, no es otra cosa que su plus de gozar. ¿Y esto que es? Es la forma particular que tiene cada sujeto de satisfacer sus impulsos sexuales y agresivos, esos dos impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de autocontrol. El control de los impulsos sexuales y agresivos -lo que Freud llamó pulsión de vida y pulsión de muerte- viene siempre de afuera, de la cultura, que le demanda al sujeto la renuncia a esos impulsos para poder vivir en comunidad, lo cual no deja de crearle al sujeto un cierto malestar: el malestar en la cultura.
El psicoanálisis invita a cada sujeto, uno por uno, llegar a conocer, llegar a saber sobre ese «sí mismo»; en eso consiste un psicoanálisis: que el sujeto se acerque a este en sí, y "alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis" (Miller, 2011), una profunda limpieza, o mejor, un profundo conocimiento de ese «sí mismo». Elucidar el plus de gozar en que reside la sustancia del sujeto es el objetivo de todo análisis -eso que se denomina en la teoría lacaniana su fantasma fundamental-.
Entonces, nada de lo que haga el ser humano es natural, porque es un ser reflexivo. "Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí" (Miler, 2011). ¿Qué enseña el psicoanálisis sobre este «sí mismo»? Que está hecho de goce, es decir, que ese «sí mismo», su ser más profundo, no es otra cosa que su plus de gozar. ¿Y esto que es? Es la forma particular que tiene cada sujeto de satisfacer sus impulsos sexuales y agresivos, esos dos impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de autocontrol. El control de los impulsos sexuales y agresivos -lo que Freud llamó pulsión de vida y pulsión de muerte- viene siempre de afuera, de la cultura, que le demanda al sujeto la renuncia a esos impulsos para poder vivir en comunidad, lo cual no deja de crearle al sujeto un cierto malestar: el malestar en la cultura.
El psicoanálisis invita a cada sujeto, uno por uno, llegar a conocer, llegar a saber sobre ese «sí mismo»; en eso consiste un psicoanálisis: que el sujeto se acerque a este en sí, y "alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis" (Miller, 2011), una profunda limpieza, o mejor, un profundo conocimiento de ese «sí mismo». Elucidar el plus de gozar en que reside la sustancia del sujeto es el objetivo de todo análisis -eso que se denomina en la teoría lacaniana su fantasma fundamental-.
miércoles, 25 de abril de 2018
471. ¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto?
Si bien es cierto que un neurótico puede tener rasgos perversos −de
hecho, todo neurótico los tiene−, una histérica tener rasgos obsesivos y
un obsesivo tener rasgos psicopáticos, los rasgos no hacen la
estructura psíquica. La estructura clínica responde a la posición
subjetiva del sujeto, y se diagnostica a través de la escucha de sus
dichos; por esta razón la clínica psicoanalítica es una clínica de la
escucha, diferente a la clínica psiquiátrica que es una clínica de la
mirada, la cual observa los signos y los síntomas de la enfermedad para
establecer el diagnóstico del síndrome o el trastorno. La clínica
psicoanalítica, si bien tiene en cuenta estos aspectos de la clínica
psiquiátrica, hace énfasis en lo que el sujeto tiene para decir sobre
sus relaciones con sus semejantes, su trabajo, el amor, su propio
sufrimiento, etc. El psicoanálisis sabe que es muy diferente la forma de
ver y de relacionarse con el mundo de un paranoico, de un obsesivo, de
un perverso, de un histérico o de un esquizofrénico. Saber y entender
cuál es la posición subjetiva de un sujeto en el mundo −su estructura
psíquica, su posición subjetiva como neurótico, psicótico o perverso−,
determina también la forma como se va a intervenir, su tratamiento −si
lo hay−.
¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).
Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.
La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.
¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).
Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.
La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.
martes, 27 de marzo de 2018
470. El sujeto es producto de un malentendido.
Lacan ha enseñado que el malentendido hace parte de la comunicación humana, es constitutivo de ella, de tal manera que el sujeto puede ser responsable de lo que dice, pero no de lo que el Otro escuche o entienda. Esto se da porque el sentido de lo que se dice, no lo determina el hablante, sino el otro que escucha. Esto rompe con cualquier teoría de la comunicación.
Incluso Lacan (1980) llega a decir que el sujeto es producto de un malentendido, y esto constituye el trauma del nacimiento. ¿Por qué el sujeto es producto de un malentendido? Porque es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua. Hombres y mujeres no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido. A veces ni siquiera se escuchan entre ellos, por eso la reproducción resulta siendo un malentendido consumado, malentendido que el cuerpo del sujeto vehiculizará con dicha reproducción. Así pues “El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido” (Lacan). El cuerpo es el fruto de un linaje, de una ascendencia familiar, y buena parte de sus desgracias se debe a que ese cuerpo ya nadaba, ya estaba sumergido en el malentendido tanto como le era posible (Lacan). Es decir, se trata de un cuerpo -el cuerpo de un sujeto- del cual ya se hablaba en la familia, ya se decían y se pensaban un montón de cosas sobre él, y eso no es sin consecuencias.Es lo que hereda el sujeto: ese malentendido en el lenguaje de sus padres y su familia. "El malentendido ya está desde antes, en la medida en que forman parte de ese bello legado desde antes, o más bien forman parte del parloteo de sus ascendientes" (Lacan). ¡Y esto es el inconsciente!
“No hay otro traumatismo del nacimiento que nacer como deseado”, dice Lacan (1980). Y producto de un malentendido que es estructural, propio de las relaciones de pareja, si es que se le puede llamar a esto “relación”. El psicoanálisis enseña que la relación sexual no existe, es decir, que no hay proporción entre los sexos; entre ellos lo que hay es un malentendido estructural permanente. ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay un malentendido fundamental, una falla esencial, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese malentendido permanente entre ellos.
Miller (1999) indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19). Hay algo que falla y entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre los sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Y el psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Lacan lo dice así: “En cuanto al psicoanálisis, su hazaña es explotar el malentendido” (1980).
Incluso Lacan (1980) llega a decir que el sujeto es producto de un malentendido, y esto constituye el trauma del nacimiento. ¿Por qué el sujeto es producto de un malentendido? Porque es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua. Hombres y mujeres no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido. A veces ni siquiera se escuchan entre ellos, por eso la reproducción resulta siendo un malentendido consumado, malentendido que el cuerpo del sujeto vehiculizará con dicha reproducción. Así pues “El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido” (Lacan). El cuerpo es el fruto de un linaje, de una ascendencia familiar, y buena parte de sus desgracias se debe a que ese cuerpo ya nadaba, ya estaba sumergido en el malentendido tanto como le era posible (Lacan). Es decir, se trata de un cuerpo -el cuerpo de un sujeto- del cual ya se hablaba en la familia, ya se decían y se pensaban un montón de cosas sobre él, y eso no es sin consecuencias.Es lo que hereda el sujeto: ese malentendido en el lenguaje de sus padres y su familia. "El malentendido ya está desde antes, en la medida en que forman parte de ese bello legado desde antes, o más bien forman parte del parloteo de sus ascendientes" (Lacan). ¡Y esto es el inconsciente!
“No hay otro traumatismo del nacimiento que nacer como deseado”, dice Lacan (1980). Y producto de un malentendido que es estructural, propio de las relaciones de pareja, si es que se le puede llamar a esto “relación”. El psicoanálisis enseña que la relación sexual no existe, es decir, que no hay proporción entre los sexos; entre ellos lo que hay es un malentendido estructural permanente. ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay un malentendido fundamental, una falla esencial, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese malentendido permanente entre ellos.
Miller (1999) indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19). Hay algo que falla y entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre los sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Y el psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Lacan lo dice así: “En cuanto al psicoanálisis, su hazaña es explotar el malentendido” (1980).
lunes, 26 de febrero de 2018
469. Sobre el diagnóstico de la estructura clínica.
Para hacer el diagnóstico de la estructura, el psicoanalista no se fija
en la conducta del paciente, ni en su inteligencia o su bondad, o si
tiene buenas costumbres o viste de forma extravagante, no; “Seríamos muy
inocentes si a juzgar por cómo viste un analizante podríamos elaborar
un diagnóstico de estructura” (Pérez, 2018). El diagnóstico de la
estructura la hace el analista escuchando al paciente. Por eso se dice
que la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, opuesta a la
clínica médica, que es una clínica de la mirada: ir a ver qué tiene el
paciente: dónde le duele, qué lesión tiene, a qué responde su malestar:
un virus, una bacteria, etc.
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
viernes, 19 de enero de 2018
468. ¡No estaba pensando, estaba gozando!
"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en
psicología" (Pérez, 2018). Inclúso esto es válido para los psicólogos:
¿tener un diploma los autoriza para ejercer la clínica? ¿Un conjunto de
materias es suficiente para avalar un acto? El acto analítico, es decir,
el hecho de intervenir a un analizante, es un asunto ético de gran
responsabilidad, por las consecuencias que dicho acto puede tener en el
destino de ese sujeto que se analiza, "acto que se sostiene bajo
transferencia y que, no pocas veces, horroriza a más de uno" (Pérez).
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
jueves, 14 de diciembre de 2017
467. Cinco modelos de relaciones de pareja
Miller (2003) plantea en el texto La pareja y el amor, cinco tipos de modelos de relación de pareja, a manera de hipótesis, como un ejercicio de reflexión sobre los problemas que se presentan en las relaciones de pareja contemporáneas. El primer modelo él lo denomina «elección de objeto narcisista». En efecto, se trata de esas parejas que se eligen con base a su narcisismo, con base a su amor propio, es decir, eligen al otro en la medida en que ese otro se parece a ellos mismos, o se elige al otro en la medida en que el otro representa lo que se quiere llegar al ser; en este caso el otro funciona como Yo ideal. De hecho Freud mismo plantea que en esta elección de objeto narcisista, se puede elegir al otro en la medida en que ese otro representa lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera llegar a ser. De todos modos, el narcisismo siempre está en juego en la elección del objeto amoroso. Esto es lo que hace a esa elección, algo engañosa, ya que al amar al otro, el sujeto se está amando a sí mismo, de tal manera que cuando un sujeto le dice al otro “como eres de lindo”, faltaría agregar a esa frase, “como yo”: “eres tan lindo, como yo”, “eres tan inteligente, como yo”, y así sucesivamente con cada una de las frases halagadoras que la pareja le dirigen al otro. Así pues, en el amor narcisista la verdad es que el sujeto no ama al otro, sino que se ama a sí mismo en el otro.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
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