Hasta el día de hoy, no existen evidencias científicas "de que eso que llamamos TDAH sea algo rigurosamente establecido desde el punto de vista científico. Ni marcadores biológicos ni evidencias genéticas" (Ubieto, 2018). En efecto, el mismo DSM IV dice lo siguiente: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir que no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. Entones, ¿por qué se sigue diagnosticando el trastorno de hiperactividad? El inventor de este término, Leon Eisenberg, dijo poco antes de morir, a sus 87 años, que el TDAH es una enfermedad ficticia, que él la inventó para responder a un síntoma que se viralizaba a mediados del siglo XX. Se trata de niños que encuentran dificultades para aprender, porque son inquietos, no prestan atención, no obedecen, son distraídos, es decir, niños que hacen demandas que habría que atender con inmediatez, antes de que hagan un berrinche. Probablemente los niños no harían berrinche si los padres no corren a atender sus demandas. Así de simple.
El TDAH es un síntoma que se presenta fundamentalmente en el contexto educativo, ya que este le hace a los niños un sinnúmero de demandas: atención, obediencia, quietud, disciplina, etc. Pero, ¿qué niño no es inquieto? "La agitación y el movimiento son propios de la infancia y no tienen, en ellos mismos, nada de patológico" (Ubieto, 2018). Los niños inquietos, es decir, casi todos, enfrentan una serie de dudas e inquietudes que son normales durante su desarrollo, "preguntas del tipo ¿qué lugar tengo yo en ésta familia? ¿Qué soy, como hijo, en el deseo de mis padres? ¿Perderé su amor si les fallo o me confronto a ellos? ¿Por qué prefieren a mi hermano/a?" (Ubieto). Todo niño se ve enfrentado a resolver estas preguntas que tienen que ver con su ser y su existencia dentro de una familia o contexto que lo acoja y le brinde lo necesario, no solo para sobrevivir, sino, sobretodo, que le brinde amor. Lo más importante para todo niño, desde el momento que nace, es sentirse amado.
Para responder esas preguntas que los angustia y los agita, el niño recurre a sus recursos simbólicos, es decir, el lenguaje y la palabra; pero si estos recursos son precarios, "sea por la edad u por otras razones, siempre les queda el paso al acto, “hablar con el cuerpo” para encontrar alguna respuesta o al menos tranquilizarse" (Ubieto, 2018). En efecto, en ocasiones, cuando el niño está muy agitado y no se calma, estamos frente a un niño que sufre por algo, algo a lo que le falta ponerle palabras; por eso hay que buscar la manera de escucharlo. "Allí es donde debemos poner nuestros esfuerzos clínicos y, cuando sea necesario, recurrir a la medicación" (Ubieto). Lacan ya lo había señalado en «Dos notas sobre el niño»: la posición del niño responde a lo que hay de sintomático en la pareja; de cierta manera, el niño es el síntoma de los padres, es el síntoma de lo que no marcha en la relación de pareja.
Para los padres es un alivio que su hijo necio, que no se queda quieto y hace berrinches, sea diagnosticado con TDAH, ya que esto los desresponsabiliza de lo que le puede estar pasando al niño; y a su vez, el niño queda desresponsabilizado de su comportamiento hiperactivo: «no soy yo, es mi trastorno». No deja de ser un alivio para todos "reducir todo este embrollo a una cuestión objetiva y localizada en el cerebro o el cuerpo, como cualquier enfermedad" (Ubieto, 2018); pero como ya vimos, no hay evidencias científicas que den cuenta de dicho trastorno, por más que los neuropsicólogos así lo afirmen, mostrando los escaners o electroencefalogramas del niño. Ya Lacan lo advertía, en 1946: "los riesgos futuros no vendrían de la indocilidad de las personas sino de la pasión por etiquetar y reducir las complejidades humanas a categorías simples" (Ubieto). Lo que pasa es que a los neuropsicólogos se les olvida que lo subjetivo existe e insiste, que la subjetividad no se reduce al cerebro. ¿Qué es lo subjetivo? Pues lo psíquico, el psiquismo, eso tan extraño que llamamos la «psique» y que es el objeto de estudio de la psicología, eso que no se localiza en ningún lugar del cerebro, así se necesite de este para funcionar. Si el psiquismo y la subjetividad se redujera al cerebro, los psicólogos estudiarían medicina y la psicología no existiría.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
martes, 17 de julio de 2018
miércoles, 20 de junio de 2018
473. El derecho a la singularidad
El psicoanálisis nos enseña que aquello que enferma al ser humano de
forma radical es la ausencia de la relación sexual; esto significa que
“nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada
uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como
su complemento” (Miller, 2011). Uno de los aspectos más importantes que
el psicoanálisis ha dilucidado sobre el sujeto es que «la relación
sexual no existe». ¿Esto qué significa? Que entre los sexos no hay
proporción sexual; que los hombres no están hechos para las mujeres y
las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y
mujeres hay una falla esencial que es la no inscripción simbólica de la
relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del
Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de
escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos,
lo cual funda ese desencuentro permanente entre ellos. Además, “la
ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de
terapéutica como retorno a la salud mental” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
martes, 29 de mayo de 2018
472. El hombre es un animal enfermo
El hombre es, evidentemente, un animal enfermo; "la enfermedad no es
para él un accidente, sino que le es intrínseca, que forma parte de su
ser, de lo que podemos definir como su esencia" (Miller, 2011).
Así pues, "pertenece a la esencia del hombre ser enfermo, hay una falla
esencial que le impide estar completamente sano. Nunca lo está"
(Miller). Esto es algo que el psicoanálisis nos enseña permanentemente:
el ser humano carece de una armonía con su naturaleza. El ser humano es
un ser desnaturalizado, y lo es fundamentalmente por ser un ser pensante,
racional, que hace uso de símbolos para hacerse una representación del
mundo y de sí mismo. Esto es lo que fundamentalmente lo diferencia de
los animales: el hacer uso del lenguaje. El ser humano es un
hablanteser.
Entonces, nada de lo que haga el ser humano es natural, porque es un ser reflexivo. "Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí" (Miler, 2011). ¿Qué enseña el psicoanálisis sobre este «sí mismo»? Que está hecho de goce, es decir, que ese «sí mismo», su ser más profundo, no es otra cosa que su plus de gozar. ¿Y esto que es? Es la forma particular que tiene cada sujeto de satisfacer sus impulsos sexuales y agresivos, esos dos impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de autocontrol. El control de los impulsos sexuales y agresivos -lo que Freud llamó pulsión de vida y pulsión de muerte- viene siempre de afuera, de la cultura, que le demanda al sujeto la renuncia a esos impulsos para poder vivir en comunidad, lo cual no deja de crearle al sujeto un cierto malestar: el malestar en la cultura.
El psicoanálisis invita a cada sujeto, uno por uno, llegar a conocer, llegar a saber sobre ese «sí mismo»; en eso consiste un psicoanálisis: que el sujeto se acerque a este en sí, y "alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis" (Miller, 2011), una profunda limpieza, o mejor, un profundo conocimiento de ese «sí mismo». Elucidar el plus de gozar en que reside la sustancia del sujeto es el objetivo de todo análisis -eso que se denomina en la teoría lacaniana su fantasma fundamental-.
Entonces, nada de lo que haga el ser humano es natural, porque es un ser reflexivo. "Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí" (Miler, 2011). ¿Qué enseña el psicoanálisis sobre este «sí mismo»? Que está hecho de goce, es decir, que ese «sí mismo», su ser más profundo, no es otra cosa que su plus de gozar. ¿Y esto que es? Es la forma particular que tiene cada sujeto de satisfacer sus impulsos sexuales y agresivos, esos dos impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de autocontrol. El control de los impulsos sexuales y agresivos -lo que Freud llamó pulsión de vida y pulsión de muerte- viene siempre de afuera, de la cultura, que le demanda al sujeto la renuncia a esos impulsos para poder vivir en comunidad, lo cual no deja de crearle al sujeto un cierto malestar: el malestar en la cultura.
El psicoanálisis invita a cada sujeto, uno por uno, llegar a conocer, llegar a saber sobre ese «sí mismo»; en eso consiste un psicoanálisis: que el sujeto se acerque a este en sí, y "alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis" (Miller, 2011), una profunda limpieza, o mejor, un profundo conocimiento de ese «sí mismo». Elucidar el plus de gozar en que reside la sustancia del sujeto es el objetivo de todo análisis -eso que se denomina en la teoría lacaniana su fantasma fundamental-.
miércoles, 25 de abril de 2018
471. ¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto?
Si bien es cierto que un neurótico puede tener rasgos perversos −de
hecho, todo neurótico los tiene−, una histérica tener rasgos obsesivos y
un obsesivo tener rasgos psicopáticos, los rasgos no hacen la
estructura psíquica. La estructura clínica responde a la posición
subjetiva del sujeto, y se diagnostica a través de la escucha de sus
dichos; por esta razón la clínica psicoanalítica es una clínica de la
escucha, diferente a la clínica psiquiátrica que es una clínica de la
mirada, la cual observa los signos y los síntomas de la enfermedad para
establecer el diagnóstico del síndrome o el trastorno. La clínica
psicoanalítica, si bien tiene en cuenta estos aspectos de la clínica
psiquiátrica, hace énfasis en lo que el sujeto tiene para decir sobre
sus relaciones con sus semejantes, su trabajo, el amor, su propio
sufrimiento, etc. El psicoanálisis sabe que es muy diferente la forma de
ver y de relacionarse con el mundo de un paranoico, de un obsesivo, de
un perverso, de un histérico o de un esquizofrénico. Saber y entender
cuál es la posición subjetiva de un sujeto en el mundo −su estructura
psíquica, su posición subjetiva como neurótico, psicótico o perverso−,
determina también la forma como se va a intervenir, su tratamiento −si
lo hay−.
¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).
Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.
La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.
¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).
Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.
La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.
martes, 27 de marzo de 2018
470. El sujeto es producto de un malentendido.
Lacan ha enseñado que el malentendido hace parte de la comunicación humana, es constitutivo de ella, de tal manera que el sujeto puede ser responsable de lo que dice, pero no de lo que el Otro escuche o entienda. Esto se da porque el sentido de lo que se dice, no lo determina el hablante, sino el otro que escucha. Esto rompe con cualquier teoría de la comunicación.
Incluso Lacan (1980) llega a decir que el sujeto es producto de un malentendido, y esto constituye el trauma del nacimiento. ¿Por qué el sujeto es producto de un malentendido? Porque es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua. Hombres y mujeres no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido. A veces ni siquiera se escuchan entre ellos, por eso la reproducción resulta siendo un malentendido consumado, malentendido que el cuerpo del sujeto vehiculizará con dicha reproducción. Así pues “El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido” (Lacan). El cuerpo es el fruto de un linaje, de una ascendencia familiar, y buena parte de sus desgracias se debe a que ese cuerpo ya nadaba, ya estaba sumergido en el malentendido tanto como le era posible (Lacan). Es decir, se trata de un cuerpo -el cuerpo de un sujeto- del cual ya se hablaba en la familia, ya se decían y se pensaban un montón de cosas sobre él, y eso no es sin consecuencias.Es lo que hereda el sujeto: ese malentendido en el lenguaje de sus padres y su familia. "El malentendido ya está desde antes, en la medida en que forman parte de ese bello legado desde antes, o más bien forman parte del parloteo de sus ascendientes" (Lacan). ¡Y esto es el inconsciente!
“No hay otro traumatismo del nacimiento que nacer como deseado”, dice Lacan (1980). Y producto de un malentendido que es estructural, propio de las relaciones de pareja, si es que se le puede llamar a esto “relación”. El psicoanálisis enseña que la relación sexual no existe, es decir, que no hay proporción entre los sexos; entre ellos lo que hay es un malentendido estructural permanente. ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay un malentendido fundamental, una falla esencial, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese malentendido permanente entre ellos.
Miller (1999) indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19). Hay algo que falla y entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre los sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Y el psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Lacan lo dice así: “En cuanto al psicoanálisis, su hazaña es explotar el malentendido” (1980).
Incluso Lacan (1980) llega a decir que el sujeto es producto de un malentendido, y esto constituye el trauma del nacimiento. ¿Por qué el sujeto es producto de un malentendido? Porque es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua. Hombres y mujeres no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido. A veces ni siquiera se escuchan entre ellos, por eso la reproducción resulta siendo un malentendido consumado, malentendido que el cuerpo del sujeto vehiculizará con dicha reproducción. Así pues “El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido” (Lacan). El cuerpo es el fruto de un linaje, de una ascendencia familiar, y buena parte de sus desgracias se debe a que ese cuerpo ya nadaba, ya estaba sumergido en el malentendido tanto como le era posible (Lacan). Es decir, se trata de un cuerpo -el cuerpo de un sujeto- del cual ya se hablaba en la familia, ya se decían y se pensaban un montón de cosas sobre él, y eso no es sin consecuencias.Es lo que hereda el sujeto: ese malentendido en el lenguaje de sus padres y su familia. "El malentendido ya está desde antes, en la medida en que forman parte de ese bello legado desde antes, o más bien forman parte del parloteo de sus ascendientes" (Lacan). ¡Y esto es el inconsciente!
“No hay otro traumatismo del nacimiento que nacer como deseado”, dice Lacan (1980). Y producto de un malentendido que es estructural, propio de las relaciones de pareja, si es que se le puede llamar a esto “relación”. El psicoanálisis enseña que la relación sexual no existe, es decir, que no hay proporción entre los sexos; entre ellos lo que hay es un malentendido estructural permanente. ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay un malentendido fundamental, una falla esencial, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese malentendido permanente entre ellos.
Miller (1999) indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19). Hay algo que falla y entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre los sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Y el psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Lacan lo dice así: “En cuanto al psicoanálisis, su hazaña es explotar el malentendido” (1980).
lunes, 26 de febrero de 2018
469. Sobre el diagnóstico de la estructura clínica.
Para hacer el diagnóstico de la estructura, el psicoanalista no se fija
en la conducta del paciente, ni en su inteligencia o su bondad, o si
tiene buenas costumbres o viste de forma extravagante, no; “Seríamos muy
inocentes si a juzgar por cómo viste un analizante podríamos elaborar
un diagnóstico de estructura” (Pérez, 2018). El diagnóstico de la
estructura la hace el analista escuchando al paciente. Por eso se dice
que la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, opuesta a la
clínica médica, que es una clínica de la mirada: ir a ver qué tiene el
paciente: dónde le duele, qué lesión tiene, a qué responde su malestar:
un virus, una bacteria, etc.
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
viernes, 19 de enero de 2018
468. ¡No estaba pensando, estaba gozando!
"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en
psicología" (Pérez, 2018). Inclúso esto es válido para los psicólogos:
¿tener un diploma los autoriza para ejercer la clínica? ¿Un conjunto de
materias es suficiente para avalar un acto? El acto analítico, es decir,
el hecho de intervenir a un analizante, es un asunto ético de gran
responsabilidad, por las consecuencias que dicho acto puede tener en el
destino de ese sujeto que se analiza, "acto que se sostiene bajo
transferencia y que, no pocas veces, horroriza a más de uno" (Pérez).
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
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