viernes, 29 de abril de 2022

517. ¿Cómo funciona el lenguaje en el sujeto?

El neurótico es un ser atrapado en su inconsciente, es decir, "alienado a un yo que desconoce esa segunda escena que transcurre a sus espaldas y que condiciona su vida" (Dessal, 2015), la «otra escena» de la que habló Freud, esa que determina lo que hacemos, pensamos y decimos, la mayoría de las veces en contra del bienestar del sujeto. 

La alienación de la que va a hablar Lacan es la alienación del lenguaje en el sujeto. "Lacan llegó a la raíz del asunto cuando postuló una concepción inédita del lenguaje, una concepción que estaba implícita en la obra de Freud pero que nadie había comprendido antes (Dessal, 2015). Lacan rompe la unión ilusoria que la lingüística moderna estableció entre el significante y el significado. Lacan le va a dar una primacía al significante sobre el significado: la letra S mayúscula, encima de una barra, como la que se utiliza cuando se escribe una fracción, y debajo de la barra la letra s minúscula. "Eso es el alma de la palabra: la barra que separa la materialidad fónica de su significado" (Dessal). Esos dos elementos ya no forman más una unidad; este, se podría decir, es el aporte de Lacan a la lingüística sausseriana: los elementos que componen el signo lingüístico no van juntos, van separados en el uso que hacemos del lenguaje, y además, uno prima sobre el otro.

Como muy bien lo indica Dessal (2015), con el ejemplo sobre la palabra mujer, el significado no va pegado al significante: "Si yo digo la palabra mujer, por ejemplo, parece obvio que eso remite a un sujeto del género femenino. La materialidad varía según las lenguas, pero el significado no cambia. Puedo decir woman, o donna o femme. En todo caso, el objeto al que remite parece ser el mismo. Sin embargo, no es así. La palabra mujer no tiene un significado absoluto y universal. Remite a lo que en psiquiatría denominamos significación personal, es decir, que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor".

Hay pues, una independencia, una separación del significado respecto del significante; esto es lo que hace al lenguaje mágico y maldito a la vez: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, pueda significar cualquier otra cosa; es lo que nos lo enseña la poesía y la literatura: una palabra puede significar cualquier cosa. Esta es la condición poética del ser humano, es decir, "que fabrica significados cuando habla, sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal. 2015). El aspecto maldito del lenguaje tiene que ver con el malentendido, el cual está siempre presente cuando hacemos uso del lenguaje. El sentido de lo que se dice no depende del emisor, sino del receptor; como decía Lacan, «Ud. puede saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó». "Es por eso que alguien puede decir soy una mujer dentro de un cuerpo de hombre. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que cuando se nombra a sí mismo, los términos mujer y hombre designan para él significados personales, que no pueden comprenderse a la luz del sentido común" (Dessal).

¿Cómo funciona entonces el lenguaje? La respuesta que da el psicoanálisis es que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla, nadie sabe lo que dice. El psicoanálisis se dedica a explotar esa propiedad humana, el sinsentido que habita en todo lo que decimos, y que hace que la comunicación humana "no sea un intercambio recíproco de mensajes comprensibles, sino un malentendido crónico disfrazado de un entendimiento aparente" (Dessal, 2015). Por eso se puede decir que la realidad no existe en un sentido universal del concepto, sino que lo que existe es una ficción en la que cada uno vive, ficción fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. "La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal). Es lo que nos enseña la asociación libre, el método creado por Freud y que funda la técnica psicoanalítica: que el sujeto termina enredándose los pies, "diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir" (Dessal). El lenguaje funciona, pues, como una máquina regida por leyes que no son de capricho, sino que son leyes combinatorias y formales propias, las leyes del lenguaje a las que queda sometido el sujeto y sobre las que él no tiene ninguna incidencia.

lunes, 28 de marzo de 2022

516. ¿Qué es la libido?

La libido, dice Freud (1916-17) es la fuerza como se manifiesta la pulsión sexual. La pulsión es el nombre que le da Freud a los impulsos sexuales del ser humano, en la medida en que dichos impulsos no responden un instinto sexual. Mientras que la pulsión es el empuje de los impulsos sexuales, el cual es constante, la libido, como fuerza de la pulsión, se puede medir en términos de cantidad. Este es el denominado aspecto económico del aparato psíquico, y la economía, como todo estudio económico, habla de cantidades. En este caso, ¿cantidad de qué? Freud dirá: de energía psíquica o sexual.

Este aspecto económico del aparato psíquico se suma a otros dos aspectos que describe Freud de dicho aparato: el aspecto tópico, la división del psiquismo humano en tres instancias, que en su primera tópica se refiere a las instancias consciente, preconsciente e inconsciente; y el aspecto dinámico, el cual tiene que ver con el paso de las representaciones o el contenido del sujeto (ideas, pensamientos, recuerdos, experiencias) de la conciencia al inconsciente y viceversa.

Freud describe, entonces, a la libido como una energía psíquica de las pulsiones sexuales, y se pone en juego en lo que se desea, en las aspiraciones amorosas, lo cual da cuenta de la presencia de la manifestación de lo sexual en la vida psíquica. Es la energía de lo que se puede englobar bajo el nombre de amor, el Eros de Platón (es la energía del Eros). El término latino libido significa «deseo», «ganas», «aspiración»; es la manifestación en la vida psíquica de la pulsión sexual; es la energía «de esas pulsiones relacionadas con todo lo que se puede comprender bajo el nombre de amor» (Chemama, 1996).

La libido es, pues, un concepto cuantitativo (aspecto «económico» del aparato psíquico, como ya se indicó), en la medida en que es una energía que puede aumentar o decrecer, y ser desplazada. La libido (el amor, el afecto) más la pulsión (empuje, impulso sexual) es lo que Lacan denomina «goce». La libido, entonces, en última instancia no es más que el «interés» que le pone cada sujeto a sus objetos. Cuando un sujeto le presta interés a un objeto, lo ha libidinizado o catectizado, es decir, lo ha cargado de libido. Si un sujeto se interesa en un objeto (una persona o un objeto material, como un automóvil o un celular), lo está cargando de interés, de libido. Igualmente, un sujeto puede descatectizar, es decir, dejar de interesarse en un objeto o interesarse muy poco, por lo tanto su libido es nula o poca. Por lo tanto, cuando el psicoanálisis habla de afectos, sentimientos o emociones, está refiriéndose a la carga libidinal que los objetos y/o las representaciones llevan con ellos.

El término libido se ha popularizado bastante en los discursos psicológicos, en particular en la sexología; por eso es que los pacientes hablan de que tienen la libido baja, refiriéndose a la falta de interés sexual en sus objetos; su pareja, por ejemplo. Igualmente, cada una de nuestras representaciones (ideas, pensamientos, recuerdos, experiencias) están cargadas de libido, es decir, tienen una significación afectiva relevante para el sujeto. Con la represión, la excitación producida por las pulsiones (la libido) queda libre en el inconsciente; Freud llama proceso psíquico primario a los procesos que ocurren en el inconsciente en los que la excitación producida por la tensión pulsional circula libremente, pudiéndose transferir, desplazar o condensar en otras representaciones ese afecto asociado a las representaciones reprimidas. Así es como se forma, por ejemplo, el síntoma en el sujeto. La tarea de ligar la excitación pulsional Freud la llamó proceso psíquico secundario. En el proceso primario la energía psíquica, los afectos, la libido, fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra; en el proceso secundario, la energía es «ligada» a una representación.

martes, 22 de febrero de 2022

515. El concepto de trauma psíquico en el psicoanálisis

Para muchas personas y profesionales del área de la salud, incluso de las ciencias exactas (biología, física, química, etc.), pareciera inconcebible que pudiese haber en los seres humanos un trauma psíquico ya que este no deja ninguna evidencia o causa orgánica, pero si no hay una lesión real en el cuerpo, ¿por qué sufren las personas?

Lo que no entienden dichos profesionales y un sin número de personas, aún en pleno siglo XXI, es que lo psíquico es algo muy distinto a lo orgánico, y que el sufrimiento de las personas es absolutamente subjetivo. Al respecto, lo que enseña el psicoanálisis es que somos seres descosidos, que carecemos de orden y padecemos de toda una serie de trabas que son las que nos hacen, precisamente, seres humanos. Si en algo insiste el psicoanálisis, es que, al sujeto del inconsciente, ese que sufre por algún trauma psíquico, lo vamos a encontrar en “el fallo, el defecto, la falta” (Miller como se citó en Laurent, 2008, párr. 3).

Como bien señalan Uribe et al (2017), en un artículo publicado en la revista Poiésis, lo primero que hace Freud al formalizar el sufrimiento humano, es distinguir el trauma psíquico del trauma físico: "el concepto de trauma psíquico tiene su origen en la Obra de Freud a partir de una analogía que este autor establece con el viejo y conocido concepto médico de trauma físico, es decir, el accidente en el que se produce un golpe que causa un daño o lesión en un órgano de la anatomía, produciendo el signo observable (concepto médico), el traumatismo que se observa en el cuerpo físico" (p. 198).

En efecto, Freud equipara los traumas psíquicos a los traumas físicos, al fin y al cabo, él fue un médico interesado en estudiar las enfermedades nerviosas –es decir, la causalidad psíquica de dichas enfermedades–, solo que "en los primeros no se evidencia una marca o signo observable en el cuerpo, pues no se trata de un golpe que deja marcas, se trata de vivencias, experiencias de la vida cotidiana, situaciones en las que se produce un “herida narcisista”, una herida en el alma o psique, que por ende no es observable y solo se la puede escuchar" (Uribe et al, 2017, p. 198).

Así pues, todo trauma psíquico se relaciona con sucesos que fijan una huella emocional en el sujeto, pudiéndole dejar como consecuencia, un trastorno psíquico que se puede manifestar en síntomas, inhibiciones o angustia (ataques de pánico). Aunque la palabra «trauma», como ya se mencionó, es tomada del discurso de la medicina, aludiendo a lesiones en el cuerpo que involucran un órgano o un tejido, provocadas por un agente exterior, un trauma psíquico produce un daño ¡en el alma!, ¡en el corazón!, y por eso es absolutamente subjetivo.

Ahora bien, lo que sucede con el trauma psíquico es que lo que puede ser traumático para un sujeto, no lo es para otro; esto no sucede con los traumas físicos, los cuales siempre producen una lesión en el organismo. Se ha insistido en que el trauma psíquico es subjetivo y particular; sólo se puede saber si un evento ha sido traumático para un sujeto por los efectos que le produce.

En suma, todos los seres humanos hemos pasado por experiencias traumáticas desde el comienzo de nuestras vidas, puesto que hay un sin número de circunstancias que pueden provocarnos algún tipo de conmoción emocional. Por ejemplo, un abuso sexual en la niñez no deja de ser traumático para cualquier sujeto, pero la gravedad de dicho acontecimiento dependerá de cómo lo subjetive cada persona. Por eso es tan polémica una frase pronunciada por un sacerdote de los Estados Unidos: «La pedofilia no mata a nadie, el aborto sí» (Página 12, 14 de febrero de 2020, párr. 4); evidentemente es desconocer el trauma psíquico que puede dejar en un niño el abuso sexual, es un total despropósito. Seguramente muchos de los que escucharon semejante desatino, habrán pensado: “mejor muerto que abusado”.

(Este artículo fue publicado originalmente en el Blog Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó).

jueves, 20 de enero de 2022

514. «El analista debe ser dócil a lo trans»

¿Qué hacer con lo trans? Miller (2021) en su texto Dócil a lo trans advierte que el analista debe ser dócil a lo trans así como Freud lo fue con el discurso histérico (Bassols, 2021), para aprender lo que dichos sujetos tienen para enseñarnos sobre la sexualidad humana. ¿Qué nos enseñan? Algo que el psicoanálisis ya había advertido: no hay saber sobre los sexos. Con relación a la identidad sexual, todos estamos extraviados; la posición sexual es una conquista del sujeto. El sexo biológico no es el que determina la identidad sexual, como todavía lo siguen pensando muchos discursos, como el discurso médico y el religioso, los cuales ya son anacrónicos con respecto a lo que sucede hoy con la diversidad sexual. Por eso, mejor preguntar, ¿por qué tanta diversidad en esta contemporaneidad? La respuesta del psicoanálisis a esta pregunta tiene que ver con lo que Miller planteó como la época donde el Otro no existe y de la caída del Nombre del Padre, es decir, ya no operan más esos ideales (significantes amo) que gobernaban y guiaban las identificaciones del sujeto para responder la pregunta quién soy yo.

Anteriormente, hasta comienzos del siglo XX, para responder esa pregunta los sujetos se fijaban, por ejemplo, en la figura paterna, figura ideal y de autoridad, un referente firme que le permitía al niño saber cómo ser un hombre. La autoridad de la imago paterna era un referente universal; el padre era un ideal social, modelo edípico, garantía última del orden social, y por lo tanto, la norma de la identidad social (lo mismo vale para la mujer con la imago materna, esa madre que tenía como ideal llegar a ser madre y ocuparse de los cuidados de su hogar, por ejemplo). Pero ha habido una declinación del padre, un desfallecimiento de la figura paterna, declinación de la figura paterna que se inició con la llegada del discurso de la ciencia, discurso que puso en cuestión el poder, no solo del padre, sino de todos los referentes ideales de la sociedad patriarcal. “Lacan ya se dio cuenta en los años cuarenta del declive imparable de esta imago y del propio patriarcado, pero no para pensar que lo que venía después sería necesariamente mejor. Más bien: del padre a lo peor” (Bassols, 2021). Esto no significa que haya que volver a lo anterior, no; esa mítica autoridad paterna ya no se puede recuperar; la imago paterna ha declinado para siempre, para bien o para mal, lo cual ha modificado las relaciones laborales, sociales, familiares, de género y hasta el psiquismo de los hombres contemporáneos. Es un hecho, ya estamos en otro momento que hay que comprender.

La diversidad sexual es uno de los efectos del desfallecimiento del padre; el sujeto queda extraviado frente a la pregunta ¿quién soy?, pregunta que no responde el cuerpo biológico. Es decir que lo trans y el discurso de género “viene a llenar el vacío que abre la pregunta ¿qué es lo que quieres?” (Bassols, 2021). El surgimiento de la diversidad sexual devela una verdad: nunca ha habido garantía para el sujeto para saber cuál es su identidad sexual, su posición sexual: ¿soy hombre o soy mujer? En efecto, anteriormente se sabía claramente que era ser un hombre y una mujer; con el desfallecimiento de los ideales que soportaban esa respuesta, ya nadie sabe quién es, qué quiere. De cierta manera ahora todos somos trans, un poco como se conduce la moda hoy; ya no hay una moda estándar, única, como sucedía anteriormente, sino una gran diversidad a nivel de la moda. Anteriormente, en los años 20´ y 30´, los hombres vestían de saco, pantalón y sombrero, y las mujeres usaban elegantes vestidos; ahora ya no hay modas fijas, duraderas, y son muy variadas.

Volviendo a los trans; ellos nos enseñan que “hay que volver a interrogar lo que creemos entender sobre la sexualidad, sobre las identificaciones, sobre la diferencia entre los sexos, para actualizarlo y transmitirlo de una manera lo más clara posible” (Bassols, 2021). Cuando un niño o una niña de cinco años dice «yo soy una niña o soy un niño», ¿qué hacer ahí? Hay un proyecto de ley en Francia que propone que “sujetos entre los doce y los dieciséis años pueden pedir un tratamiento hormonal (o quirúrgico) sin consentimiento de los padres, sólo por intermedio de un representante legal que toma el enunciado yo soy un hombre o yo soy una mujer como una verdad sobre la que no hace falta preguntar nada” (Bassols). ¿Y si el sujeto se arrepiente después de sus tratamientos? “Cambiar al Padre por la testosterona no es necesariamente más benéfico. El paraíso soñado por el discurso trans puede ser un infierno para algunos sujetos.” (Bassols).

Lo que propone el psicoanálisis es preguntar, hacer un profundo análisis de lo que quiere decir para cada sujeto singular afirmar que es un hombre o una mujer. La ley que se propone deja por fuera al sujeto del inconsciente, al sujeto de la palabra y del goce. “La cuestión es fundamental si consideramos, ya desde Freud, que la pubertad supone un reinicio de la vida sexual del sujeto, que el encuentro con lo real del goce del cuerpo implica poner patas para arriba todo el andamiaje de las identificaciones en las que se sostiene su relación con el goce. Y es un tiempo para comprender que, hay que decirlo, hoy se extiende en muchos casos varias décadas en la vida del sujeto. Conocemos ya muchos casos de desencanto, incluso de experiencias trágicas, en sujetos que no han encontrado lo que esperaban y que no han sido escuchados antes en su singularidad. ¿Cómo hacer con esto una ley para todos?” (Bassols).

El psicoanálisis propone que cuantas menos leyes, mejor. “Es algo que Spinoza tenía claro: quien pretende regularlo todo por medio de leyes, produce estragos. Cuanto más se quiere legislar sobre las costumbres, sobre las formas de goce, más efectos negativos se producen en lo social. Precisamente por lo delicado que es la relación del sujeto con el sexo —complicado porque es singular, porque el deseo del sujeto está siempre fuera de la norma—, querer hacer una norma jurídica sobre las identidades sexuales, ya de entrada es una cuestión que hay que interrogar. Cuanto menos legislemos, mejor (…) Cuando se trata del goce, no hay modo de encontrar una norma jurídica que funcione como una ley del Otro que valga para todos. Hay que ir necesariamente uno por uno. Por lo tanto, es necesario ver caso por caso qué quiere decir un deseo trans. La impostura es querer regular normativamente una relación del sujeto con su cuerpo y con el goce sin escucharlo en su singularidad” (Bassols, 2021).

Por lo anterior es que, cuando un adolescente consulta por su identidad sexual o por un deseo trans, es fundamental poner por delante de la ley, a la palabra. Hay que preguntar por el momento en que apareció ese deseo y en qué coyuntura se produjo. “Hay que distinguir si se trata de una posición que es resultado de una forclusión de cualquier vínculo simbólico con el sexo, o si se trata de estrategias de identificación simbólica ante la aparición de un goce extraño” (Bassols, 2021), es decir, llegar a saber si se trata de una neurosis o de una psicosis, y acompañar al sujeto en su singularidad y sus preguntas.

lunes, 27 de diciembre de 2021

513. El sentido del humor es signo de una buena “salud mental”

Aunque desde el psicoanálisis se plantean serias dudas sobre la posibilidad de que el sujeto alcance un estado de ‘salud mental’ completo[1], en la medida en que “cada uno tiene su vena de loco” (Miller, 2013, párr. 3), existe una manera de defenderse de las adversidades que trae la existencia, es decir, de ser menos chiflado, “un intento desesperado de nuestro psiquismo por evitar el displacer” (Ríos Madrid, 2006, párr. 1).

Siempre he pensado que el sentido del humor es un signo de buena ‘salud mental’, sobre todo si el sujeto también se ríe de sí mismo:

"El humor es un recurso para ganar el placer a pesar de los afectos penosos que lo estorban; se introduce en lugar de ese desarrollo de afecto, lo reemplaza. Su condición está dada frente a una situación en que de acuerdo con nuestros hábitos estamos tentados a desprender un afecto penoso, y he ahí que influyen sobre nosotros ciertos motivos para sofocar ese afecto in statu nascendi" (Freud como se citó en Ríos Madrid, 2006, párr. 13).

Así pues, gracias al sentido del humor –del cual dice Freud (como se citó en Ríos Madrid, 2006) es una operación psíquica “elevada” apreciable en los grandes pensadores–, el sujeto se defiende de afectos que le pueden causar algún tipo de displacer. Esta es la razón por la que “tras el placer del humor suelen encontrarse entre otros, sentimientos como desprecio, indignación, enojo, dolor y ternura” (Ríos Madrid, 2006, párr. 18).

El mecanismo que Freud descubre detrás de la comicidad de un sujeto es el desplazamiento de afectos asociados a una representación penosa, de tal manera que dicho afecto se asocia con otra cosa que resulta cómica, y que puede terminar contagiando a algún otro receptor, produciéndose así el efecto humorístico (Ríos Madrid, 2006). Lo interesante de este asunto es que, si el sujeto no recurre al humor para defenderse de un afecto que le causa displacer, lo que resulta de ello es una psiconeurosis, es decir, un penoso síntoma psíquico que resultaría mucho más molesto que hacer un chiste sobre la situación que perturba. Es por esta razón que “el humor puede concebirse como la más elevada de esas operaciones (psíquicas) defensivas” (Ríos Madrid, 2006, párr. 19), en la que aquello que venía a producirle displacer al sujeto, termina produciéndole placer.

Entonces, “el humor puede entenderse como una ‘operación defensiva’; con tal defensa busca el yo sustraerse de aquello que es sentido como peligroso o displacentero, provenga del interior o del exterior” (Ríos Madrid, 2006, párr. 22); es un recurso con el que cuentan los sujetos, con una chispa de inteligencia, para enfrentar las situaciones difíciles de la existencia.

"Con su defensa frente a la posibilidad de sufrir, ocupa un lugar dentro de la gran serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos ha desplegado a fin de sustraerse de la compulsión del padecimiento, una serie que se inicia con la neurosis y culmina en el delirio, y en la que se incluyen la embriaguez, el abandono de sí, el éxtasis" (Freud como se citó en Ríos Madrid, 2006, párr. 40).

Así pues, el sentido del humor es una salida nada desdeñable frente al sufrimiento inherente a la vida humana (Ríos Madrid, 2006).

(Este artículo fue publicado originalmente en el Blog Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó)

miércoles, 17 de noviembre de 2021

512. El sarcasmo es el arma cuando no se tienen balas

Si bien Freud poco o casi nada se refirió al sarcasmo en su texto El chiste y su relación con el inconsciente (1905/1991), si se refirió al chiste tendencioso, el cual, mirándolo de cerca, se puede deducir, sin llegar a contradicciones, que se trata efectivamente del sarcasmo. Según la RAE (2019), el sarcasmo es una “burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo”; y Freud (1905/1991), cuando se refiere al chiste tendencioso, sobretodo hablando del humor de los judíos durante el Holocausto Nazi, dice que "es harto común que circunstancias exteriores estorben el denuesto o la réplica ultrajante, tanto que se advierte una muy notable preferencia en el uso del chiste tendencioso para posibilitar la agresión o la crítica a personas encumbradas que reclamen autoridad. El chiste figura entonces una revuelta contra esa autoridad, un liberarse de la presión que ella ejerce. En esto reside también el atractivo de la caricatura, que nos hace reír aún siendo mala, sólo porque le adjudicamos el mérito de revolverse contra la autoridad. Si tenemos en cuenta que el chiste tendencioso es apropiadísimo para atacar lo grande, digno y poderoso que inhibiciones internas o circunstancias externas ponen a salvo de un rebajamiento directo…" (como se citó en Ríos Madrid, 2006, párr. 22).

Ya que Freud se refiere aquí también a la caricatura, coincide con la definición del caricaturista colombiano X-tian (22 de abril de 2020), publicada en un trino: “La caricatura existe para bajar del pedestal a toda figura de poder. Sea jefe, policía, guerrillero, alcalde, presidente, obispo, Papa y hasta al mismísimo dueño de Zoom” (párr. 1).

En todo caso, se puede hacer una diferenciación entre ironía y sarcasmo (léase chiste tendencioso); la RAE (2019) define la ironía como una “expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada” (párr. 3). En efecto, Freud (1905/1991), dice de ella que no es exactamente un chiste, que es una técnica que hace uso de la figuración por lo contrario (p. 70). Más adelante en su texto explicita: "Me refiero a la ironía, que se aproxima mucho al chiste y se incluye entre las subvariedades de la comicidad. Su esencia consiste en enunciar lo contrario de lo que uno se propone comunicar al otro, pero ahorrándole la contradicción mediante el artificio de darle a entender, por el tono tic la voz, los gestos acompañantes o pequeños indicios estilísticos —cuando uno se expresa por escrito—, que en verdad uno piensa lo contrario de lo que ha enunciado. La ironía sólo es aplicable cuando el otro está preparado para escuchar lo contrario, y por ende no puede dejar de mostrar su inclinación a contradecir. A consecuencia de este condicionamiento, la ironía está particularmente expuesta al peligro de no ser entendida" (pp. 166-167).

Así pues, la ironía se refiere a lo contrario de lo que sucede o se dice, y tiene una intención más humorística; en cambio, el sarcasmo, que se puede inscribir como un derivado de la ironía, es un comentario en forma de burla que apunta a ridiculizar, humillar o insultar a otra persona, como bien lo indica Ríos (2006), el “chiste tendencioso (…) puede ser considerado como una manera disimulada, culturalmente aceptada, y socialmente bien vista, de expresar el odio, la agresividad, el desprecio sentido por el otro” (párr. 12).

El sarcasmo entonces, está al servicio de las tendencias sexuales y agresivas que habitan al ser humano, pero con él se logra sustituir la hostilidad activa y violenta –la cual le brindaría al sujeto un alivio pulsional más intenso- por el insulto de la palabra (Ríos, 2006). La palabra le brinda al sujeto un alivio, que Freud citando a un autor inglés, señala así “el primero que en vez de arrojar una flecha al enemigo le lanzó un insulto fue el fundador de la civilización; de este modo la palabra es el sustituto de la acción, y en ciertas circunstancias el único sustituto” (como se citó en Ríos, 2006, párr. 19).

Ahora bien, cuando Freud (como se citó en Ríos, 2006) habla del sarcasmo que los judíos le dirigían a sus verdugos durante el Holocausto, alude a la palabra como “arma”: “los judíos esgrimieron su arsenal humorístico, su afamado ´buen humor´ como ´arma´, usaron las palabras como dardos que lanzaban contra todo el aparato nazi; a través del chiste expresaron el odio, el desprecio que sentían por aquellos que los sometían” (párr. 24). Por esta razón es que podemos decir que, haciendo uso de las palabras, con el sarcasmo, por ejemplo, el lenguaje se constituye en un camino opuesto a la acción, pudiendo expresar así impulsos y deseos que están vedados por agentes internos (la conciencia moral) o externos (las prohibiciones culturales), de tal manera que podemos afirmar, entonces, que el sarcasmo es el arma cuando no se tienen balas. Y por supuesto, mejor que las balas, el sarcasmo.

Recuérdese que Freud consideraba el humor como una de las actividades intelectuales más elevadas, “la más elevada de esas operaciones defensivas” (Freud, 1905/1991), refiriéndose a los mecanismos que utilizan los sujetos para defenderse de la represión de aquellos impulsos sexuales y agresivos. Por eso escuchamos frecuentemente esa frase que dice «lo bonito del sarcasmo es que los inteligentes entienden y los idiotas se ofenden».

(Este artículo fue publicado originalmente en el Blog Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó).

jueves, 28 de octubre de 2021

511. Lo que el psicoanálisis enseña sobre cómo sancionar a los hijos

¿Cómo ponerle límites a las conductas indeseables de los niños? Es una pregunta que la psicología y la pedagogía han estado respondiendo desde hace ya bastante tiempo, recomendando y utilizando toda una serie de técnicas; sobre todo haciendo uso de métodos conductistas, creados por Skinner, y que se basan en el reforzamiento positivo (recompensas o premios) y negativo (eventualmente castigos, pero más apropiadamente, eliminar algo negativo tras la conducta deseada) para que los niños aprendan a comportarse como es debido (Figueroa, 2020).

El psicoanálisis ofrece un método de intervención de los comportamientos indeseables de los hijos, que tiene que ver con el vínculo afectivo que el niño establece con sus padres. Lo primero que hay que decir sobre dichos castigos, es que a un niño no hay que tocarle ni un pelo para sancionar su comportamiento. En efecto, el castigo físico es deplorable como método de intervención para corregir a los niños. La clave, en la que hace énfasis el psicoanálisis, para intervenir el comportamiento indeseable del niño, es el vínculo amoroso que todo niño establece con sus cuidadores. Esto significa que, si no hay un vínculo amoroso entre el niño y sus padres o cuidadores, éstos no podrán intervenir adecuadamente para corregir al hijo. Un niño que no ama a sus padres, no los respetará, y no hará caso a las sanciones que estos le dispongan. Es más, lo más seguro es que la respuesta del niño sea agresividad y desprecio hacia sus cuidadores.

Antes de explicar cómo proceder con el niño para sancionar sus conductas indeseables, hay que decir que, en un principio él no sabe distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Esa distinción le llega al niño desde el exterior, pero debe haber un motivo poderoso para que se someta a ese influjo exterior. Freud (1980/1929) dice que dicho motivo se lo encuentra en el desvalimiento y la dependencia del niño hacia sus padres; “su mejor designación es la angustia frente a la pérdida de amor. Si pierde el amor del otro, de quien depende, queda también desprotegido frente a diversas clases de peligros, y sobre todo frente al peligro de que este ser hiperpotente le muestre su superioridad en la forma del castigo. Por consiguiente, lo malo es en un comienzo, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida de amor; y es preciso evitarlo por la angustia frente a esa pérdida. Importa poco que ya se haya hecho algo malo o solo se lo quiera hacer; en ambos casos, el peligro se cierne solamente cuando la autoridad lo descubre (…)” (Freud, 1980/1929, p. 120).

Resumiendo: la clave para que el niño cambie su comportamiento es la angustia que él experimenta ante la pérdida del amor de sus padres. Esto pareciera cruel, cruel para el niño, hacerle saber que, si no cambia su comportamiento, está en juego la pérdida del amor de sus padres, pero es el mecanismo más efectivo para que el niño cambie su comportamiento. Es por esto que se necesita del amor, de este vínculo afectivo con los padres, para que ellos puedan intervenir, con autoridad, el comportamiento indeseable de su hijo. Además, es más cruel para la vida de un niño enfrentar su proceso de socialización sin tener un control de sus comportamientos indeseables para la colectividad; un niño que hace lo que le venga en gana, va a sufrir mucho al enfrentarse a la sociedad. Por eso es tan importante que los padres pongan límite a sus impulsos, sobre todo los agresivos y los sexuales.

Paso entonces a explicar cómo pueden intervenir los padres para corregir a su hijo. Ante un comportamiento indeseable los padres están llamados a actuar, ojalá en el momento mismo en el que el niño es descubierto manejándose mal. Los padres le tienen que hacer saber a su hijo que lo que está haciendo tiene que terminar –por ejemplo, pegarle a su hermanito– y para eso se tienen que mostrar muy enojados, eso sí, sin tocarle un solo pelo; no hay que pegarle ni maltratarlo físicamente, basta con que se muestren muy enojados con él, es decir, basta con hacerle saber que, si se sigue comportando mal, está en juego la pérdida del amor de sus padres. Esto es muy importante, por eso los padres deben privar al niño de todos los gestos afectivos que le demuestran, es decir, no solo mostrarse enojados –lo cual puede ser un semblante que los padres adoptan–, sino retirarle al niño todo su afecto –no más caricias, besitos, palabras dulces, abrazos, etc.– hasta que el niño cambie su comportamiento –deje de pegarle a su hermanito–. Solo un padre que ama a sus hijos podrá ejercer su autoridad sobre ellos. Pasados unos días, los padres podrán de nuevo volver a manifestar su afecto al niño, haciéndole saber que se ha estado manejando muy bien. Si esa demostración de enojo la acompañan con privar también al niño de una actividad o un juguete que es de todo su interés –asistir a clases de fútbol, por ejemplo, o la consola de videojuegos–, el resultado será, no solamente muy efectivo, sino muy rápido: la próxima vez que el niño le quiera pegar a su hermanito, lo pensará dos veces, ya que sabe del enojo de sus padres y el riesgo de perder el amor de estos, y la privación de su actividad o juguete favorito.

Para terminar, es importante mencionar dos errores que comenten los padres en la aplicación de las sanciones a los hijos: primero, castigan al niño en la mañana, y en la tarde ya están demostrando su afecto y su amor al niño –recuérdese que los padres se deben mostrar enojados, así sea una actuación o un semblante, hasta que el niño haya cambiado su comportamiento indeseable; el niño debe tener muy claro que, por su mal comportamiento, está en riesgo la pérdida de amor de los padres–, y segundo, le quitan la actividad o el juguete hoy, y al día siguiente se lo están devolviendo. Cuando esto sucede, el niño ya sabe quién es el que tiene “la sartén por el mango”, y los padres pierden su autoridad.

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

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