En la fase del espejo, por la que pasa el infante entre los seis y dieciocho meses de edad, encontramos una “gestalt propia de la agresión en el hombre” (Lacan, 1984). En dicha fase el infante ve su reflejo en el espejo como una totalidad, en contraste con la falta de coordinación del cuerpo real; este contraste es experimentado como una tensión agresiva entre la imagen especular y el cuerpo real del sujeto, ya que la completud de la imagen amenaza al cuerpo con la fragmentación; es decir, el infante percibe su imagen en el espejo como completa, y la completud de esa imagen es amenazante para el él porque le recuerda su “incompletud”, su falta de coordinación motriz, surgiendo entre él y su imagen una tensión agresiva.
Así es como Lacan ubica a la agresividad como constitutiva de todas las relaciones duales entre el yo y el semejante. Es gracias a esta estructura que se pueden comprender tanto los celos mortíferos de los niños para con sus hermanos –de los cuales San Agustín nos da una imagen ejemplar–, como la rivalidad, la envidia e intenciones agresivas entre los seres humanos. Es decir, la agresividad hace parte de toda relación del sujeto con su semejante y está ligada, también, a lo simbólico. Si la agresividad está ligada a lo simbólico, es en la medida en que lo imaginario está estructurado por lo simbólico. Mientras que lo imaginario se caracteriza por relaciones duales, lo característico de lo simbólico son estructuras triádicas, de tal manera que la relación intersubjetiva esta siempre mediada por un tercer término que es lo simbólico. De aquí que se haya hecho tanto énfasis, aún hoy, en el diálogo como una posibilidad de renunciar a la agresividad. Hay que advertir, eso sí, que “el fracaso de la dialéctica verbal no ha hecho sino demostrarse con harta frecuencia” (Lacan, 1984), como sucede frecuentemente entre parejas, vecinos, rivales o enemigos que se sientan a dialogar.
En el dispositivo analítico el psicoanalista se ofrece al diálogo analítico, pero la posición del aquel en el dispositivo es el de “un personaje tan despojado como sea posible de características individuales; nos borramos, salimos del campo donde podría percibirse este interés, esta simpatía, esta reacción que busca el que habla en el rostro del interlocutor, evitamos toda manifestación de nuestros gustos personales, ocultamos lo que puede delatarnos, nos despersonalizamos, y tendemos a esa meta que es representar para el otro un ideal de impasibilidad.” (Lacan, 1984) ¿Por qué el psicoanalista hace esto? Precisamente para no establecer con al analizante una relación dual que evite una emboscada de su reacción hostil, sobre todo cuando el analista adopta la posición, siempre tentadora, de “jugar al profeta”. A esta situación Lacan la denominó «contragolpe agresivo a la caridad», asunto éste que no debe ya asombrarnos, en la medida en que el psicoanálisis ha sabido muy bien denunciar “los resortes agresivos escondidos en todas las actividades llamadas filantrópicas” (Lacan, 1984), las cuales no hacen sino exacerbar esa “resistencia del amor propio, para tomar este término en toda la profundidad que le dio La Rochefoucauld y que a menudo se confiesa así: "No puedo aceptar el pensamiento de ser liberado por otro que por mí mismo"” (Lacan).
Ahora bien, no se trata para nada de evitar la aparición de la agresividad en el dispositivo. Ella se pone en juego en “la transferencia negativa, que es nudo inaugural del drama analítico” (Lacan, 1984), es decir que representa en el paciente la transferencia imaginaria sobre la persona del analista de una de las imagos más o menos arcaicas del sujeto. En la histeria el mecanismo es “extremadamente simple”: el sujeto se identifica con “la constelación de los rasgos más desagradables” (Lacan) que realizaba para él el objeto de una pasión, como puede ser la imago paterna. En la neurosis obsesiva, el asunto es más complicado, ya que “su estructura está particularmente destinada a camuflar, a desplazar, a negar, a dividir y a amortiguar la intención agresiva” (Lacan). Así pues, mientras que en la histeria la agresividad se manifiesta fácilmente con el apoyo en una identificación, en la obsesión se la oculta bajo una serie de fortificaciones defensivas. “En cuanto al papel de la intención agresiva en la fobia, es por decirlo así, manifiesto” (Lacan).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
jueves, 13 de septiembre de 2012
jueves, 6 de septiembre de 2012
351. Violencia y agresividad: la intención agresiva.
Lacan abordó el tema de la «agresividad» en su texto La agresividad en psicoanálisis aspirando a hacer un uso científico de este concepto en la clínica, no solo para explicar hechos de la realidad y de la experiencia humana, sino, sobre todo, para aclarar ese concepto que Freud denominó «pulsión de muerte», probablemente el más importante de los conceptos freudianos, sin el cual, como lo indica Lacan en La significación del falo, no es posible entender la doctrina freudiana en su totalidad.
¿Qué lugar darle a la noción de agresividad en la economía psíquica? (Lacan, 1984) Lo primero que nos aclara Lacan en el texto citado, es que, cuando se habla de la agresividad en la experiencia analítica, ella se presenta como una “presión intencional”, es decir que, con respecto a la agresividad, Lacan hablará siempre de una «intención agresiva». Y hace un listado de los momentos en la que ella aparece en el dispositivo analítico: se la lee en el sentido simbólico de los síntomas, está implícita en la finalidad las conductas del sujeto, se la encuentra “en las fallas de su acción”, en la confesión de los sus fantasmas privilegiados y en los sueños. También se la encuentra “en la modulación reivindicadora que sostiene a veces todo el discurso, en sus suspensiones, sus vacilaciones, sus inflexiones y sus lapsus, en las inexactitudes del relato, las irregularidades en la aplicación de la regla, los retrasos en las sesiones, las ausencias calculadas, a menudo en las recriminaciones, los reproches, los temores fantasmáticos, las reacciones emocionales de ira, las demostraciones con finalidad intimidante” (Lacan, 1984). En cambio, aclara Lacan, que cuando se trata de la violencia propiamente dicha, esta es muy rara cuando en el dispositivo se privilegia el diálogo. Así pues, Lacan diferencia la agresividad –como intención– de la agresión, refiriendo esta última sólo a los actos violentos.
No por ser una intención, la agresividad deja de ser eficaz. Dice Lacan que se la comprueba "en la acción formadora de un individuo sobre las personas de su dependencia: la agresividad intencional roe, mina, disgrega, castra; conduce a la muerte” (Lacan, 1984). Ella tampoco es menos eficaz por la vía de la expresividad: “un padre severo intimida por su sola presencia y la imagen del castigador apenas necesita enarbolarse para que el niño la forme. Resuena más lejos que ningún estrago” (Lacan, 1984). Estos son apuntes clínicos que Lacan ilustra para mostrar los efectos tan dañinos que puede llegar a tener dicha intención agresiva, tanto si se trata de la agresividad de una madre viril hacia sus hijos, como la de un padre severo que intimida con su sola presencia. Se trata justamente de imagos –dice Lacan– y tienen una función formadora en el sujeto, es decir, actúan como estereotipos que influyen sobre el modo que el sujeto tiene de relacionarse con los otros, y el psicoanálisis es quien mejor ha develado la realidad concreta que representan dichas imagos.
Estas imagos cumplen, entonces, una función al nivel de la intención agresiva: actúan como “vectores” que la orientan, y Lacan da como ejemplo una imago que hace parte de la estructura misma de la subjetividad humana: la imago del cuerpo fragmentado. “Son las imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo... los ritos del tatuaje, de la incisión, de la circuncisión en las sociedades primitivas...” (Lacan, 1984), y todas aquellas imágenes que se escucha de la fabulación y los juegos de los niños entre dos y cinco años.
¿Qué lugar darle a la noción de agresividad en la economía psíquica? (Lacan, 1984) Lo primero que nos aclara Lacan en el texto citado, es que, cuando se habla de la agresividad en la experiencia analítica, ella se presenta como una “presión intencional”, es decir que, con respecto a la agresividad, Lacan hablará siempre de una «intención agresiva». Y hace un listado de los momentos en la que ella aparece en el dispositivo analítico: se la lee en el sentido simbólico de los síntomas, está implícita en la finalidad las conductas del sujeto, se la encuentra “en las fallas de su acción”, en la confesión de los sus fantasmas privilegiados y en los sueños. También se la encuentra “en la modulación reivindicadora que sostiene a veces todo el discurso, en sus suspensiones, sus vacilaciones, sus inflexiones y sus lapsus, en las inexactitudes del relato, las irregularidades en la aplicación de la regla, los retrasos en las sesiones, las ausencias calculadas, a menudo en las recriminaciones, los reproches, los temores fantasmáticos, las reacciones emocionales de ira, las demostraciones con finalidad intimidante” (Lacan, 1984). En cambio, aclara Lacan, que cuando se trata de la violencia propiamente dicha, esta es muy rara cuando en el dispositivo se privilegia el diálogo. Así pues, Lacan diferencia la agresividad –como intención– de la agresión, refiriendo esta última sólo a los actos violentos.
No por ser una intención, la agresividad deja de ser eficaz. Dice Lacan que se la comprueba "en la acción formadora de un individuo sobre las personas de su dependencia: la agresividad intencional roe, mina, disgrega, castra; conduce a la muerte” (Lacan, 1984). Ella tampoco es menos eficaz por la vía de la expresividad: “un padre severo intimida por su sola presencia y la imagen del castigador apenas necesita enarbolarse para que el niño la forme. Resuena más lejos que ningún estrago” (Lacan, 1984). Estos son apuntes clínicos que Lacan ilustra para mostrar los efectos tan dañinos que puede llegar a tener dicha intención agresiva, tanto si se trata de la agresividad de una madre viril hacia sus hijos, como la de un padre severo que intimida con su sola presencia. Se trata justamente de imagos –dice Lacan– y tienen una función formadora en el sujeto, es decir, actúan como estereotipos que influyen sobre el modo que el sujeto tiene de relacionarse con los otros, y el psicoanálisis es quien mejor ha develado la realidad concreta que representan dichas imagos.
Estas imagos cumplen, entonces, una función al nivel de la intención agresiva: actúan como “vectores” que la orientan, y Lacan da como ejemplo una imago que hace parte de la estructura misma de la subjetividad humana: la imago del cuerpo fragmentado. “Son las imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo... los ritos del tatuaje, de la incisión, de la circuncisión en las sociedades primitivas...” (Lacan, 1984), y todas aquellas imágenes que se escucha de la fabulación y los juegos de los niños entre dos y cinco años.
jueves, 23 de agosto de 2012
350. «Lalengua» y lo real.
Con el concepto de lalengua –esa amalgama entre lo simbólico y lo real– Lacan abre otra dimensión, “en tanto que hay leyes del lenguaje pero no hay leyes de la dispersión y de la diversidad de las lenguas” (Miller, 2012). Lo anterior significa que cada lengua está conformada por contingencias, por azar. Esto también le da al inconsciente una nueva dimensión: la del inconsciente como intérprete de "lo real" (Miller). Pero si lo real es lo que no tiene sentido, si lo real es lo que queda por fuera del sentido, entonces ¿cómo se lo interpreta? Lo que un sujeto hace en un análisis personal, llevado hasta sus últimas consecuencias, es decantar un núcleo, “un pobre real, que se desdibuja como el puro encuentro con lalengua y sus efectos de goce en el cuerpo (…) Y ese encuentro de lalengua y del cuerpo no responde a ninguna ley previa, es contingente y siempre aparece perverso” (Miller).
Lo real lacaniano no es equivalente a lo real de la ciencia; se trata más bien de un real contingente, en tanto que responde a la falta de una ley natural que le de consistencia a la relación entre los sexos. Ese real que se nombra diciendo «no existe la proporción sexual», es un agujero en el saber (Miller, 2012), se trata de un real que alude al sexo como ausente. La fórmula lacaniana «No hay relación sexual», da cuenta de ese real imposible de verbalizar y de cifrar. “La verbalización del sexo, como un lugar vacío da cuenta de que en el inconsciente hay algo que no se inscribe” (Miller). Y si hay algo que se observa en la contemporaneidad, es ese desorden creciente de la relación entre los sexos, entre hombres y mujeres. Así pues, “en el siglo XXI se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y sin sentido” (Miller). Ese inconsciente real ya no es más intencional, no responde más a una interpretación del sentido que se halla reprimido, sino que este inconsciente real “se encuentra bajo la modalidad del "Así es". Que, se puede decir, es como nuestro "Amén"” (Miller). El deseo del analista en la cura apunta, entonces, a llegar a ese real, a reducir al sujeto a su real y liberarlo del sentido, ya que se trata de “un real despojado de sentido” (Miller). Y la lalengua es precisamente eso: una cadena significante sin efecto de sentido (Miller, 2003).
Lalengua no es el lenguaje; mientras el lenguaje está del lado de lo simbólico, de la estructura, lalengua está más del lado de lo real, de los efectos de lo real sobre el cuerpo. La estructura del lenguaje no es más que una elucubración de saber sobre lalengua (Miller, 2008). Dice Miller en su curso La orientación lacaniana: “El concepto de lalengua está destinado a destruir al psicoanálisis sólido. Es ya un concepto que anuncia que la palabra es del orden de la secreción, que es un fluido lingüístico. Es lo que anuncia ya que el significante no es más que el producto del discurso científico sobre lalengua" (Curso del 12 de marzo de 2008). El significante en su estatuto de letra y separado del sentido, es lo que Lacan va a llamar lalengua, “un saber que se presenta como una huella, un trazo, como una escritura de lo que fue nuestra relación originaria con la lengua materna” (García, 2009), marca del goce en el cuerpo.
Lo real lacaniano no es equivalente a lo real de la ciencia; se trata más bien de un real contingente, en tanto que responde a la falta de una ley natural que le de consistencia a la relación entre los sexos. Ese real que se nombra diciendo «no existe la proporción sexual», es un agujero en el saber (Miller, 2012), se trata de un real que alude al sexo como ausente. La fórmula lacaniana «No hay relación sexual», da cuenta de ese real imposible de verbalizar y de cifrar. “La verbalización del sexo, como un lugar vacío da cuenta de que en el inconsciente hay algo que no se inscribe” (Miller). Y si hay algo que se observa en la contemporaneidad, es ese desorden creciente de la relación entre los sexos, entre hombres y mujeres. Así pues, “en el siglo XXI se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y sin sentido” (Miller). Ese inconsciente real ya no es más intencional, no responde más a una interpretación del sentido que se halla reprimido, sino que este inconsciente real “se encuentra bajo la modalidad del "Así es". Que, se puede decir, es como nuestro "Amén"” (Miller). El deseo del analista en la cura apunta, entonces, a llegar a ese real, a reducir al sujeto a su real y liberarlo del sentido, ya que se trata de “un real despojado de sentido” (Miller). Y la lalengua es precisamente eso: una cadena significante sin efecto de sentido (Miller, 2003).
Lalengua no es el lenguaje; mientras el lenguaje está del lado de lo simbólico, de la estructura, lalengua está más del lado de lo real, de los efectos de lo real sobre el cuerpo. La estructura del lenguaje no es más que una elucubración de saber sobre lalengua (Miller, 2008). Dice Miller en su curso La orientación lacaniana: “El concepto de lalengua está destinado a destruir al psicoanálisis sólido. Es ya un concepto que anuncia que la palabra es del orden de la secreción, que es un fluido lingüístico. Es lo que anuncia ya que el significante no es más que el producto del discurso científico sobre lalengua" (Curso del 12 de marzo de 2008). El significante en su estatuto de letra y separado del sentido, es lo que Lacan va a llamar lalengua, “un saber que se presenta como una huella, un trazo, como una escritura de lo que fue nuestra relación originaria con la lengua materna” (García, 2009), marca del goce en el cuerpo.
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jueves, 16 de agosto de 2012
349. Hay un gran desorden en lo real.
Crece en este siglo lo que Freud llamó "el malestar en la cultura" y que Lacan descifró como los callejones sin salida de la civilización (Miller, 2012). Son dos los factores históricos, dos los discursos que han cambiado de manera radical al mundo: el discurso de la ciencia y el discurso capitalista. Estos dos discursos, que prevalecen en la contemporaneidad, "han empezado a destruir la estructura tradicional de la experiencia humana" (Miller). Es por esto que en el discurso del psicoanálisis se dice que el orden simbólico ha cambiado, que el Nombre del Padre, piedra angular del orden simbólico, se ha resquebrajado. Por la combinación de los dos discursos, el de la ciencia y el del capitalismo, el Nombre del Padre se ha devaluado (Miller).
El Nombre del Padre ha terminado por ser nada más que un sinthome, es decir, algo que suple un agujero, y ese agujero no es otro que "la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, la especie de los seres vivientes que hablan" (Miller, 2012). Lo anterior significa que todos los seres humanos "padecen de la misma carencia de saber respecto de qué hacer con la sexualidad" (Miller). Esta ausencia de saber la comparten las tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión; y por lo tanto, esto "sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico" (Miller).
Ese agujero en el saber -la inexistencia de la proporción sexual entre hombres y mujeres- es lo que el psicoanálisis denomina "lo real". Y lo que se revela ahora, en pleno siglo XXI, es que hay un gran desorden en lo real. Dice Miller (2012) en la presentación del tema para el congreso de la AMP en el 2014 que “la naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”, es decir que lo real se confundía con la naturaleza y se podía definir, como lo hizo Lacan, como «lo que vuelve al mismo lugar»; lo real era garantía del orden simbólico (Miller). La naturaleza se define por estar ordenada, a tal punto que, desde la antigüedad, se pensaba que todo orden en lo humano debía imitar al orden natural; incluso la familia, como formación natural, servía de modelo a la puesta en orden de los grupos humanos (Miller).
Con la entrada del Dios Cristiano, el orden natural seguía vigente, en tanto que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. Aún hoy, la Iglesia Católica sigue su lucha para proteger ese orden natural, en asuntos como la reproducción, la sexualidad, la familia, etc. Pero esto es una causa perdida, porque todo el mundo siente que ya no hay más orden en la naturaleza, en lo real (Miller, 2012). Desde el momento en que surgió el discurso de la ciencia, ese orden natural empezó a ser tocado. Y con el discurso capitalista y su avidez por la ganancia, ese orden empezó a ser destruido. El capitalismo y la ciencia “se han combinado para hacer desaparecer a la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todas partes según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que se pueda recuperar una idea de armonía” (Miller). A partir de la combinación de esos dos discursos, la civilización ya no será nunca más la misma.
El Nombre del Padre ha terminado por ser nada más que un sinthome, es decir, algo que suple un agujero, y ese agujero no es otro que "la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, la especie de los seres vivientes que hablan" (Miller, 2012). Lo anterior significa que todos los seres humanos "padecen de la misma carencia de saber respecto de qué hacer con la sexualidad" (Miller). Esta ausencia de saber la comparten las tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión; y por lo tanto, esto "sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico" (Miller).
Ese agujero en el saber -la inexistencia de la proporción sexual entre hombres y mujeres- es lo que el psicoanálisis denomina "lo real". Y lo que se revela ahora, en pleno siglo XXI, es que hay un gran desorden en lo real. Dice Miller (2012) en la presentación del tema para el congreso de la AMP en el 2014 que “la naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”, es decir que lo real se confundía con la naturaleza y se podía definir, como lo hizo Lacan, como «lo que vuelve al mismo lugar»; lo real era garantía del orden simbólico (Miller). La naturaleza se define por estar ordenada, a tal punto que, desde la antigüedad, se pensaba que todo orden en lo humano debía imitar al orden natural; incluso la familia, como formación natural, servía de modelo a la puesta en orden de los grupos humanos (Miller).
Con la entrada del Dios Cristiano, el orden natural seguía vigente, en tanto que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. Aún hoy, la Iglesia Católica sigue su lucha para proteger ese orden natural, en asuntos como la reproducción, la sexualidad, la familia, etc. Pero esto es una causa perdida, porque todo el mundo siente que ya no hay más orden en la naturaleza, en lo real (Miller, 2012). Desde el momento en que surgió el discurso de la ciencia, ese orden natural empezó a ser tocado. Y con el discurso capitalista y su avidez por la ganancia, ese orden empezó a ser destruido. El capitalismo y la ciencia “se han combinado para hacer desaparecer a la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todas partes según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que se pueda recuperar una idea de armonía” (Miller). A partir de la combinación de esos dos discursos, la civilización ya no será nunca más la misma.
viernes, 10 de agosto de 2012
348. El nudo borromeo.
Lacan introduce la topología del nudo borromeo para poder pensar la estructura del lenguaje y sus efectos sobre el sujeto. “Esa estructura es diferente de la espacialización de la circunferencia o de la esfera en la que algunos se complacen en esquematizar los límites de lo vivo y de su medio: responde más bien a ese grupo relacional que la lógica simbólica designa topológicamente como un anillo.” (Lacan, 2001, p.308). Este interés de Lacan en la topología le permite expresar la estructura del sujeto por medios no intuitivos o imaginarios, y es lo que lo llevará al establecimiento del nudo borromeo para pensar el orden simbólico y sus interrelaciones con lo real y lo imaginario.
Cada uno de los tres registros que Lacan propone para pensar la estructura que determina al sujeto –lo que podríamos denominar su aparato psíquico, una tercera tópica después de las dos que introdujo Freud–, es decir, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, los podemos definir así: lo real se vincula con lo impensable y lo imposible –lo real es lo imposible de de saber y lo imposible de soportar para el sujeto–; lo simbólico lo podemos definir como el lugar del equívoco y soporte del inconsciente y su estructura –el inconsciente está estructurado como un lenguaje–; y lo imaginario como el reino de la imagen que el sujeto se da de sí y reino del sentido.
Lacan insistirá en que sólo hay una manera de dar común medida a estos tres registros, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo. El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres anillos es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados, pero en el nudo borromeo, si de tres se rompe uno, se liberan los tres anillos; es un hecho de consistencia del nudo borromeo, dice Lacan en su seminario 22, RSI. A su vez, estos tres registros implican tres efectos, producidos por la relación borromea que sostienen: un efecto de sentido, un efecto de goce, y un efecto llamado de no-relación sexual. El síntoma será aquello que contendrá, él mismo, estos tres efectos: tiene un sentido, condensa un goce y suple la no-existencia de la relación sexual. El nudo será lo que añada una consistencia a esos tres efectos.
El nudo borromeo también le sirvió a Lacan para “presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable sobre la forma del nudo borromeo.” [Miller y Laurent. El otro que no existe y sus comités de ética. Lección inaugural]. El nudo borromeo es un objeto que no es semblante, es real; es un objeto con el que Lacan quiso manifestar lo real propio del psicoanálisis. Así pues, la orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis –insiste Miller– es mantener la orientación hacia lo real.
Cada uno de los tres registros que Lacan propone para pensar la estructura que determina al sujeto –lo que podríamos denominar su aparato psíquico, una tercera tópica después de las dos que introdujo Freud–, es decir, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, los podemos definir así: lo real se vincula con lo impensable y lo imposible –lo real es lo imposible de de saber y lo imposible de soportar para el sujeto–; lo simbólico lo podemos definir como el lugar del equívoco y soporte del inconsciente y su estructura –el inconsciente está estructurado como un lenguaje–; y lo imaginario como el reino de la imagen que el sujeto se da de sí y reino del sentido.
Lacan insistirá en que sólo hay una manera de dar común medida a estos tres registros, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo. El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres anillos es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados, pero en el nudo borromeo, si de tres se rompe uno, se liberan los tres anillos; es un hecho de consistencia del nudo borromeo, dice Lacan en su seminario 22, RSI. A su vez, estos tres registros implican tres efectos, producidos por la relación borromea que sostienen: un efecto de sentido, un efecto de goce, y un efecto llamado de no-relación sexual. El síntoma será aquello que contendrá, él mismo, estos tres efectos: tiene un sentido, condensa un goce y suple la no-existencia de la relación sexual. El nudo será lo que añada una consistencia a esos tres efectos.
El nudo borromeo también le sirvió a Lacan para “presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable sobre la forma del nudo borromeo.” [Miller y Laurent. El otro que no existe y sus comités de ética. Lección inaugural]. El nudo borromeo es un objeto que no es semblante, es real; es un objeto con el que Lacan quiso manifestar lo real propio del psicoanálisis. Así pues, la orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis –insiste Miller– es mantener la orientación hacia lo real.
martes, 24 de julio de 2012
347. Lo real es lo que está velado por el sentido.
Para el psicoanálisis no hay inscripción de la diferencia de los sexos en el inconsciente; esta se inscribe a través del falo. Tampoco hay inscripción en el inconsciente de la muerte, la cual se inscribe vía la castración; estos dos aspectos en el sujeto son puntos de imposible, de real. El inconsciente tiene como eje de su estructura, ese punto de real como imposible. Lacan lo equipara con el ombligo del sueño de Freud, donde las asociaciones podrían perderse ad infinitum, allí donde lalengua, el colmo de lo simbólico, se une con lo real.
Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.
Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que "el sentido siempre es religioso" (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.
Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.
Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que "el sentido siempre es religioso" (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.
lunes, 9 de julio de 2012
346. Cientificismo Vs. ciencia ó ¿psicoanálisis Vs. ciencia?
Hay que distinguir entre el cientificismo y la ciencia, no son la misma cosa. El cientificismo se puede definir como "la idea de cierto uso de la ciencia que llegaría a todos los rincones del ser humano para manejar, intentar prometer un cierto bien bajo la idea de que manejando nuestro sistema nervioso central vamos a conseguir eliminar el malestar subjetivo" (Bassols, 2012). Se trata de un objetivismo positivista que cree que todo se puede controlar y/o explicar a partir del funcionamiento del organismo del sujeto. Se trata de un autoritarismo científico que está produciendo efectos desbastadores (Bassols).
El diálogo de psicoanálisis con la ciencia es muy importante; el psicoanálisis no es anticientífico, es más, Freud tenía una clara aspiración científica; quiso hacer del psicoanálisis una ciencia y lo ubicó dentro de las ciencias naturales y no en las ciencias humanas. El problema es que su concepto más importante, la pulsión -el impulso sexual de los seres humanos- no es un concepto biológico; tampoco es un concepto antibiológico. El psicoanálisis no desconoce la biología; sabe que el sujeto posee un organismo, un sistema nervioso central, etc. Freud mismo reconoce que sin cerebro no hay psiquismo. Si el psicoanálisis está del lado de las ciencias de la naturaleza es porque las ideas del psicoanálisis comportan un grado de indeterminación, es decir, que al igual que cualquier otro discurso científico, su saber es incompleto y modificable. La pulsión es más bien un concepto a-biológico, es decir, está ligado a lo biológico pero, a su vez, señala el límite de la determinación biológica sobre el sujeto. En el sujeto se puede decir que hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica, pero, ¿dónde localizar el psiquismo si no es objetivable?
Para conversar con la ciencia, el psicoanálisis necesita de científicos que tengan cierta idea de lo que es el sujeto: un sujeto que depende radicalmente del lenguaje. Pero justamente ese sujeto de la palabra y el lenguaje es el que el objetivismo positivista busca borrar, eliminar. Así pues, a nivel de las neurociencia se encuentran dos posiciones diferentes: están los neurocientíficos que "intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nerviosos central, son reduccionistas a tope" (Bassols, 2012), y están los que no son localizacionistas; son los que se han dado cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva que no se puede localizar en el cerebro, algo que es exterior al sujeto y que actúa como una especie de parásito del sistema nerviosos central, y algunos neurólogos se han dado cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols).
Entonces, mientras que el cientificismo piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo -al cerebro, a los genes, a las hormonas, etc.-, el psicoanálisis ubica la causa de la subjetividad, del psiquismo, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa. Justamente, por el borramiento de esa dimensión psíquica, es que la ciencia termina delirando cuando dice que la homosexualidad depende de un gen -un gen gay-. El psicoanálisis sabe que no se nace homosexual, que el sujeto llega a serlo, y que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual. El psicoanálisis sabe que la posición sexual no depende del organismo, que no depende de tener un órgano reproductor masculino o femenino, ni de que el organismo produzca hormonas masculinas o femeninas. Nada en lo real del organismo determina la posición sexual, es decir, el hecho de que un sujeto se sienta ser un hombre o una mujer; y ningún científico serio estaría dispuesto a sostener esto (Bassols, 2012); no hay un gen de la homosexualidad como tampoco lo hay del autismo, de la psicosis o de la infidelidad. Así pues, "no todo lo que se nos vende bajo el modo de ciencia es tal" (Bassols); la ciencia no es una especie de saber absoluto, ni puede ser tan determinista como pretende serlo.
El diálogo de psicoanálisis con la ciencia es muy importante; el psicoanálisis no es anticientífico, es más, Freud tenía una clara aspiración científica; quiso hacer del psicoanálisis una ciencia y lo ubicó dentro de las ciencias naturales y no en las ciencias humanas. El problema es que su concepto más importante, la pulsión -el impulso sexual de los seres humanos- no es un concepto biológico; tampoco es un concepto antibiológico. El psicoanálisis no desconoce la biología; sabe que el sujeto posee un organismo, un sistema nervioso central, etc. Freud mismo reconoce que sin cerebro no hay psiquismo. Si el psicoanálisis está del lado de las ciencias de la naturaleza es porque las ideas del psicoanálisis comportan un grado de indeterminación, es decir, que al igual que cualquier otro discurso científico, su saber es incompleto y modificable. La pulsión es más bien un concepto a-biológico, es decir, está ligado a lo biológico pero, a su vez, señala el límite de la determinación biológica sobre el sujeto. En el sujeto se puede decir que hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica, pero, ¿dónde localizar el psiquismo si no es objetivable?
Para conversar con la ciencia, el psicoanálisis necesita de científicos que tengan cierta idea de lo que es el sujeto: un sujeto que depende radicalmente del lenguaje. Pero justamente ese sujeto de la palabra y el lenguaje es el que el objetivismo positivista busca borrar, eliminar. Así pues, a nivel de las neurociencia se encuentran dos posiciones diferentes: están los neurocientíficos que "intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nerviosos central, son reduccionistas a tope" (Bassols, 2012), y están los que no son localizacionistas; son los que se han dado cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva que no se puede localizar en el cerebro, algo que es exterior al sujeto y que actúa como una especie de parásito del sistema nerviosos central, y algunos neurólogos se han dado cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols).
Entonces, mientras que el cientificismo piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo -al cerebro, a los genes, a las hormonas, etc.-, el psicoanálisis ubica la causa de la subjetividad, del psiquismo, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa. Justamente, por el borramiento de esa dimensión psíquica, es que la ciencia termina delirando cuando dice que la homosexualidad depende de un gen -un gen gay-. El psicoanálisis sabe que no se nace homosexual, que el sujeto llega a serlo, y que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual. El psicoanálisis sabe que la posición sexual no depende del organismo, que no depende de tener un órgano reproductor masculino o femenino, ni de que el organismo produzca hormonas masculinas o femeninas. Nada en lo real del organismo determina la posición sexual, es decir, el hecho de que un sujeto se sienta ser un hombre o una mujer; y ningún científico serio estaría dispuesto a sostener esto (Bassols, 2012); no hay un gen de la homosexualidad como tampoco lo hay del autismo, de la psicosis o de la infidelidad. Así pues, "no todo lo que se nos vende bajo el modo de ciencia es tal" (Bassols); la ciencia no es una especie de saber absoluto, ni puede ser tan determinista como pretende serlo.
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