El enamoramiento consiste, en términos de Freud, “en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual” (Freud, 1914). El ideal sexual puede entonces entrar en relación con el ideal del yo.
El ideal del yo, según Freud, es el sustituto del narcisismo perdido de la infancia, y sobre él recae ahora el amor a sí mismo, de tal modo que el narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones valiosas. En un primer momento, Freud no distingue entre yo ideal e ideal del yo. Pero sí es importante aclarar que cuando Lacan se refiere al «yo ideal», se trata de ese que se origina en la imagen especular del estadio del espejo; es esa promesa de síntesis futura hacia la cual tiende el yo, la ilusión de unidad que está en la base del yo. El yo ideal siempre acompaña al yo en un intento incesante por recobrar, dice Freud, ese original narcisismo infantil. Formado en la identificación primaria, el yo ideal desempeña un papel como fuente de todas las identificaciones secundarias. Entonces, mientras que el yo ideal tiene un estatuto imaginario en Lacan, el ideal del yo tendrá un estatuto simbólico: es una introyección simbólica, es un significante que opera como ideal y que le sirve al sujeto para orientar su posición sexual en el orden simbólico: llegar a ser hombre o mujer.
A partir de lo anterior, Freud va a pensar en formalizar una instancia psíquica particular, que tenga como función “velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal” (Freud, 1914). Freud hace coincidir dicha instancia con la «conciencia moral», la cual permitirá comprender el «delirio de ser observado» que se presenta en la sintomatología de la paranoia. “Los enfermos se quejan de que alguien conoce todos sus pensamientos, observa y vigila sus acciones; son informados del imperio de esta instancia por voces que, de manera característica, les hablan en tercera persona. («Ahora ella piensa de nuevo en eso»; «Ahora él se marcha».)” (Freud). De hecho, concluirá Freud, un poder así, “que observa todas nuestras intenciones, se entera de ellas y las critica” (Freud), existe en todos los sujetos dentro de su vida normal.
Este ideal del yo se forma “de la influencia crítica de los padres, ahora agenciada por las voces, y a la que en el curso del tiempo se sumaron los educadores, los maestros y, como enjambre indeterminado e inabarcable, todas las otras personas del medio (los prójimos, la opinión pública)” (Freud, 1914). Este es el comienzo, en Freud, de la elaboración que lo llevará a introducir el concepto de «superyó» a partir de 1920.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
viernes, 21 de diciembre de 2012
lunes, 10 de diciembre de 2012
358. ¿Por qué se sufre en el amor?
La vida amorosa de los seres humanos es paradigmática de la dimensión imaginaria en los seres humanos, es decir, de la relación del sujeto con su propia imagen. Es por esto toda elección de objeto es una elección narcisista, es decir, que amar es fundamentalmente querer ser amado por el otro, nuestro semejante. La denominación de narcisista está dada por tener como límite o referencia la imagen que el sujeto tiene de sí mismo, la cual se obtiene por una identificación con la propia imagen en el espejo. Esto significa que cuando un sujeto ama a otro, lo que verdaderamente ama es la imagen que encuentra de sí mismo en el otro, ya sea bajo la forma de lo que uno fue, de lo que es, o de lo que quisiera ser. Cuando se ama, se está amando, de una u otra manera, en el otro, algo de sí mismo que ha sido idealizado. Si la imagen que aviva la pasión es cautivadora, es porque aparece próxima a representaciones que tiene el sujeto de sí mismo, y esto es básicamente lo que lo enamora.
El amor narcisista, que no es más que amor a la propia imagen, introduce una dimensión de engaño, en la medida en que se ama a otro en tanto que representa la imagen que un sujeto ha tenido, que tiene o le gustaría llegar a tener de sí mismo. El amor narcisista suele ser, por tanto, egoísta; el sujeto enamorado espera que el otro le corresponda en todo lo que anhela. El amante quiere al otro hecho a su imagen y semejanza, y cuando no se siente correspondido en esto, aparecen las diferencias en la pareja. Cuando el otro no corresponde más a la imagen que se tenía o se esperaba de él, esa imagen cambia, decae, surgen las diferencias y con ellas el sufrimiento en el amor.
«Si buscas amar, prepárate para sufrir», dice una frase popular. Se sufre en el amor porque el otro no es como yo quisiera que fuera. Por esta razón todo amor, por tener una estructura narcisista, conlleva siempre una dosis de sufrimiento. Cuando aparecen esas "pequeñas diferencias" entre los amantes, se presenta el desamor, ya que esas "pequeñas diferencias" suelen ser insoportables. El amor que se sostiene en un enamoramiento así, narcisista, es muy probable que conlleve siempre una gran dosis de displacer. Por lo cual se puede decir que hay algo en la naturaleza misma del amor que lo hace desfavorable al logro de la plena satisfacción.
El amor narcisista, que no es más que amor a la propia imagen, introduce una dimensión de engaño, en la medida en que se ama a otro en tanto que representa la imagen que un sujeto ha tenido, que tiene o le gustaría llegar a tener de sí mismo. El amor narcisista suele ser, por tanto, egoísta; el sujeto enamorado espera que el otro le corresponda en todo lo que anhela. El amante quiere al otro hecho a su imagen y semejanza, y cuando no se siente correspondido en esto, aparecen las diferencias en la pareja. Cuando el otro no corresponde más a la imagen que se tenía o se esperaba de él, esa imagen cambia, decae, surgen las diferencias y con ellas el sufrimiento en el amor.
«Si buscas amar, prepárate para sufrir», dice una frase popular. Se sufre en el amor porque el otro no es como yo quisiera que fuera. Por esta razón todo amor, por tener una estructura narcisista, conlleva siempre una dosis de sufrimiento. Cuando aparecen esas "pequeñas diferencias" entre los amantes, se presenta el desamor, ya que esas "pequeñas diferencias" suelen ser insoportables. El amor que se sostiene en un enamoramiento así, narcisista, es muy probable que conlleve siempre una gran dosis de displacer. Por lo cual se puede decir que hay algo en la naturaleza misma del amor que lo hace desfavorable al logro de la plena satisfacción.
jueves, 22 de noviembre de 2012
357. Narcisismo y amor: "el amor es esencialmente engaño".
Según Freud, la elección de objeto por apuntalamiento caracteriza a la elección de objeto en el hombre, y la elección de objeto narcisista caracteriza al amor de la mujer. Esta es la razón por la que los hombres tienden a amar sobrestimando al objeto sexual, sobrestimación que proviene del narcisismo originario del niño y que da lugar al enamoramiento, en el que se produce un empobrecimiento libidinal del yo que beneficia al objeto. En las mujeres, en cambio, sobreviene un acrecentamiento del narcisismo originario, desfavorable a la conformación de un objeto de amor; en ellas se establece una complacencia consigo mismas que las conduce a amarse, en rigor, sólo a sí mismas. Así pues, su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad.
Paradójicamente, son este tipo de mujeres las que poseen el máximo atractivo para los hombres, debido sobretodo a que “el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto” (Freud, 1914). Ya vimos cómo, en la fase del espejo, se funda este narcisismo por la identificación del sujeto con la imagen especular, lo que le da al sujeto una «congruencia narcisista», una «imagen de inaccesibilidad», una «posición libidinal tan inexpugnable», que es justamente lo que hace al sujeto atractivo. Precisamente, es porque esa imagen se nos presenta como completa, sin fallas, ideal –Yo ideal–, que es cautivadora, que fascina al sujeto: es el poder de lo imaginario, de la imagen especular, sobre el sujeto, y lo que constituye fundamentalmente la dimensión imaginaria en él. Así pues, el narcisismo se constituye en el momento de la captación por el niño de su imagen en el espejo.
Lo dicho sobre el amor de las mujeres, dice Freud que hay que matizarlo, ya que las hay que aman según el modelo masculino, desplegando la correspondiente sobrestimación sexual, así como las mujeres que son muy narcisistas y que encuentran en el hijo la posibilidad de desplegar un pleno amor de objeto. En términos generales se puede decir que el amor es un fenómeno puramente imaginario, de carácter autoerótico y de una estructura fundamentalmente narcisista, ya que es al propio yo al que uno ama en el amor. El amor involucra una reciprocidad imaginaria, ya que “amar es, esencialmente, desear ser amado” (Lacan, 1991). Es esta reciprocidad entre “amar” y “ser amado” lo que constituye la ilusión del amor. El amor es un fantasma ilusorio de fusión con el amado, y como tal, es engañoso. “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño” (Lacan, 1991).
Paradójicamente, son este tipo de mujeres las que poseen el máximo atractivo para los hombres, debido sobretodo a que “el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto” (Freud, 1914). Ya vimos cómo, en la fase del espejo, se funda este narcisismo por la identificación del sujeto con la imagen especular, lo que le da al sujeto una «congruencia narcisista», una «imagen de inaccesibilidad», una «posición libidinal tan inexpugnable», que es justamente lo que hace al sujeto atractivo. Precisamente, es porque esa imagen se nos presenta como completa, sin fallas, ideal –Yo ideal–, que es cautivadora, que fascina al sujeto: es el poder de lo imaginario, de la imagen especular, sobre el sujeto, y lo que constituye fundamentalmente la dimensión imaginaria en él. Así pues, el narcisismo se constituye en el momento de la captación por el niño de su imagen en el espejo.
Lo dicho sobre el amor de las mujeres, dice Freud que hay que matizarlo, ya que las hay que aman según el modelo masculino, desplegando la correspondiente sobrestimación sexual, así como las mujeres que son muy narcisistas y que encuentran en el hijo la posibilidad de desplegar un pleno amor de objeto. En términos generales se puede decir que el amor es un fenómeno puramente imaginario, de carácter autoerótico y de una estructura fundamentalmente narcisista, ya que es al propio yo al que uno ama en el amor. El amor involucra una reciprocidad imaginaria, ya que “amar es, esencialmente, desear ser amado” (Lacan, 1991). Es esta reciprocidad entre “amar” y “ser amado” lo que constituye la ilusión del amor. El amor es un fantasma ilusorio de fusión con el amado, y como tal, es engañoso. “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño” (Lacan, 1991).
miércoles, 7 de noviembre de 2012
356. Pulsiones sexuales, pulsiones yoicas y narcisismo.
Freud somete a examen el valor de los conceptos de «libido yoica» y «libido de objeto», extraídos de la clínica de la neurosis y la psicosis. “La separación de la libido en una que es propia del yo y una endosada a los objetos, es la insoslayable prolongación de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas” (Freud, 1914). Freud va a avalar esta división entre las pulsiones en la medida en que ella responde al distingo popular entre hambre y amor. Además, la separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar la doble función que tiene un individuo de tener a la sexualidad como uno de sus propósitos, a la vez que la de ser un simple apéndice de su plasma germinal, es decir que el sujeto es portador mortal de una sustancia inmortal.
Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.
Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.
La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».
La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).
Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.
Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.
La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».
La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).
miércoles, 24 de octubre de 2012
355. Narcisismo y libido.
Freud se va a apoyar en la vida anímica de los niños y de los pueblos primitivos, para introducir el «narcisismo» como concepto de la teoría de la libido. En aquellos Freud halla rasgos que podrían imputarse al delirio de grandeza: “una sobrestimación del poder de sus deseos y de sus actos psíquicos, la «omnipotencia de los pensamientos», una fe en la virtud ensalmadora de las palabras y una técnica dirigida al mundo exterior, la «magia», que aparece como una aplicación consecuente de las premisas de la manía de grandeza” (Freud, 1914). Freud supone entonces una actitud análoga frente al mundo exterior en los niños, de tal manera que se forma así “la imagen de una originaria investidura libidinal del yo” (Freud), que es cedida después a los objetos. Esta imagen originaria no es otra que la imagen ideal del estadio del espejo, con la que se identifica el sujeto en el proceso de constitución de su Yo.
Así pues, esas irradiaciones de libido que invisten a los objetos, pueden ser emitidas y retiradas de nuevo desde el Yo. Freud establece entonces una oposición entre la «libido yoica» y la «libido de objeto», y establece entre ellas una relación inversamente proporcional: “Cuanto más gasta una, tanto más se empobrece la otra” (Freud, 1914). El paradigma de un estado así es el enamoramiento. En él se observa como el sujeto resigna su narcisismo en favor de la investidura de objeto. Vemos como se reproduce aquí el estadio del espejo, la relación dual especular. Freud diferencia así una energía sexual, la libido -con la que se catectizan los objetos-, de una energía de las pulsiones yoicas. Por un lado están las pulsiones sexuales, y por otro las pulsiones yoicas.
Freud ya había introducido el autoerotismo en este momento de la teoría, y se pregunta sobre su relación con el narcisismo. Como él ha definido al narcisismo como la investidura de la libido en el Yo, ¿qué hacer entonces con el autoerotismo? Freud hace notar que en el individuo no puede haber, desde el comienzo, una unidad comparable al Yo; el Yo es algo que se desarrolla, dice Freud; en efecto, este surge como consecuencia de la identificación del sujeto con su propia imagen en el espejo. Como las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya.
jueves, 11 de octubre de 2012
354. Sobre el concepto de «narcisismo» en Sigmund Freud.
El narcisismo empezó siendo una perversión, y describía “aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual; vale decir, lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena” (Freud, 1914). Pero Freud hace del narcisismo un rasgo de conducta que aparece en muchas personas, de tal manera que “una colocación de la libido definible como narcisismo podía entrar en cuenta en un radio más vasto y reclamar su sitio dentro del desarrollo sexual regular del hombre” (Freud).
A Freud el narcisismo se le presenta como una barrera en el intento de mejorar el estado del sujeto. Freud concluirá que el narcisismo no es sino “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (Freud, 1914). Freud ha establecido hasta este momento una oposición entre las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo, o pulsiones de autoconservación. Pero justamente en este período de 1914 a 1920, él va comprendiendo que las pulsiones del yo son en sí mismas sexuales, lo que lo llevará a establecer un nuevo dualismo pulsional: la oposición entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte –en Mas allá del principio del placer de 1920–.
En cuanto al concepto de libido, Freud lo introdujo desde sus Tres ensayos de teoría sexual, y le fue muy útil en la construcción de su metapsicología –primera tópica–, sobretodo para pensar el aspecto económico de su aparato psíquico. La libido, esa energía sexual del aparato que puede aumentar, decrecer o desplazarse, Freud la introdujo para pensar los afectos en el sujeto, y particularmente, para pensar la angustia. La libido es lo que Lacan va a conceptualizar en términos de goce. En este texto, Freud va a vincular la libido con el narcisismo y la va a llamar «libido del yo».
A partir de la psicosis –la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler)–, Freud va a hablar de un «narcisismo primario», debido a que estos sujetos muestran dos rasgos fundamentales de carácter: “el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas)” (Freud, 1914). Pero Freud observa que, también en la neurosis, el sujeto resigna el vínculo con la realidad, sin que se cancelen los vínculos eróticos con las personas y las cosas. Este vínculo los neuróticos lo siguen conservando en la fantasía; “vale decir –dice Freud–: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos” (Freud). A esto Jung lo llamó «introversión de la libido». En los psicóticos, en cambio –a los cuales Freud llama en este momento «parafrénicos»–, sucede que “retiran realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en su fantasía” (Freud).
Freud se pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza indica aquí el camino: la libido de objeto, la libido sustraída del mundo exterior, es trasladada al yo, lo que hablaría de un estado narcisista del sujeto. La hipótesis de Freud es que el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto, sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido” (Freud, 1914). Por tal razón, el narcisismo que se produce por el replegamiento de las investiduras de objeto, no es sino un «narcisismo secundario», que se edifica sobre la base del «narcisismo primario».
A Freud el narcisismo se le presenta como una barrera en el intento de mejorar el estado del sujeto. Freud concluirá que el narcisismo no es sino “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (Freud, 1914). Freud ha establecido hasta este momento una oposición entre las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo, o pulsiones de autoconservación. Pero justamente en este período de 1914 a 1920, él va comprendiendo que las pulsiones del yo son en sí mismas sexuales, lo que lo llevará a establecer un nuevo dualismo pulsional: la oposición entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte –en Mas allá del principio del placer de 1920–.
En cuanto al concepto de libido, Freud lo introdujo desde sus Tres ensayos de teoría sexual, y le fue muy útil en la construcción de su metapsicología –primera tópica–, sobretodo para pensar el aspecto económico de su aparato psíquico. La libido, esa energía sexual del aparato que puede aumentar, decrecer o desplazarse, Freud la introdujo para pensar los afectos en el sujeto, y particularmente, para pensar la angustia. La libido es lo que Lacan va a conceptualizar en términos de goce. En este texto, Freud va a vincular la libido con el narcisismo y la va a llamar «libido del yo».
A partir de la psicosis –la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler)–, Freud va a hablar de un «narcisismo primario», debido a que estos sujetos muestran dos rasgos fundamentales de carácter: “el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas)” (Freud, 1914). Pero Freud observa que, también en la neurosis, el sujeto resigna el vínculo con la realidad, sin que se cancelen los vínculos eróticos con las personas y las cosas. Este vínculo los neuróticos lo siguen conservando en la fantasía; “vale decir –dice Freud–: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos” (Freud). A esto Jung lo llamó «introversión de la libido». En los psicóticos, en cambio –a los cuales Freud llama en este momento «parafrénicos»–, sucede que “retiran realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en su fantasía” (Freud).
Freud se pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza indica aquí el camino: la libido de objeto, la libido sustraída del mundo exterior, es trasladada al yo, lo que hablaría de un estado narcisista del sujeto. La hipótesis de Freud es que el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto, sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido” (Freud, 1914). Por tal razón, el narcisismo que se produce por el replegamiento de las investiduras de objeto, no es sino un «narcisismo secundario», que se edifica sobre la base del «narcisismo primario».
Etiquetas:
afecto,
angustia,
esquizofrenia,
fantasía,
goce,
libido,
narcisismo,
neurosis,
objeto,
perversión,
psicosis,
pulsión,
pulsión de muerte,
pulsión de vida
miércoles, 26 de septiembre de 2012
353. La agresividad es correlativa al Yo.
Cuando ciertos análisis de finalidad didáctica reducen el encuentro psicoanalítico a una relación dual imaginaria, esta reducción de la cura a un encuentro de «yo a yo» deberá desencadenar la agresividad inherente a toda relación imaginaria. Cuando el paciente ve en su analista una réplica exacta de sí mismo, esto no haría sino generar un “exceso de tensión agresiva” (Lacan, 1984), como la que se presenta entre sujetos que son semejantes o muy parecidos, o entre los que ocupan funciones o cargos que son equivalentes. De lo que se trata, entonces, es de evitar que la intención agresiva del paciente encuentre el apoyo en la persona, en el Yo del analista. La experiencia demuestra que dicha tensión agresiva es característica de la instancia del Yo en el diálogo, en la medida en que éste se soporta en una alineación fundamental, la de la identificación con su propia imagen en el espejo, que lo hace opaco a la reflexión de sí mismo y soporte de un pensamiento paranoico (Lacan, 1984).
Cuando la agresividad es explicada desde el behaviorismo, se produce una mutilación de los datos subjetivos más importantes del sujeto. Éste reduce la agresividad humana a un comportamiento instintivo procedente de nuestra herencia animal. El conductismo, entonces, termina explicando la agresividad humana a partir de un soporte material como el cerebro o los genes, reduciendo el sujeto al organismo, lo cual no permite “concebir la imago, formadora de la identificación” (Lacan, 1984). Para el psicoanálisis, la identificación imaginaria es el mecanismo por el cual se crea el Yo del sujeto en el estadío del espejo. Es la constitución del Yo por identificación con su propia imagen, lo que “estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo” (Lacan), lo cual no hace sino implicar a la agresividad en el campo de lo imaginario, de las relaciones con sus semejantes. “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan).
Es en la fase del espejo donde se presenta esa especie de “encrucijada estructural, en la que debemos acomodar nuestro pensamiento para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos. Esta relación erótica en que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su origen esa organización pasional a la que llamará su yo.” (Lacan, 1984). Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.
Cuando la agresividad es explicada desde el behaviorismo, se produce una mutilación de los datos subjetivos más importantes del sujeto. Éste reduce la agresividad humana a un comportamiento instintivo procedente de nuestra herencia animal. El conductismo, entonces, termina explicando la agresividad humana a partir de un soporte material como el cerebro o los genes, reduciendo el sujeto al organismo, lo cual no permite “concebir la imago, formadora de la identificación” (Lacan, 1984). Para el psicoanálisis, la identificación imaginaria es el mecanismo por el cual se crea el Yo del sujeto en el estadío del espejo. Es la constitución del Yo por identificación con su propia imagen, lo que “estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo” (Lacan), lo cual no hace sino implicar a la agresividad en el campo de lo imaginario, de las relaciones con sus semejantes. “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan).
Es en la fase del espejo donde se presenta esa especie de “encrucijada estructural, en la que debemos acomodar nuestro pensamiento para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos. Esta relación erótica en que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su origen esa organización pasional a la que llamará su yo.” (Lacan, 1984). Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»
En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...
-
La psicopatología psicoanalítica, es decir, el estudio de las enfermedades que afectan la psique de los sujetos, también se pude denominar c...
-
El aprendizaje de todo niño pasa por su vínculo con el Otro significativo -la madre, los cuidadores, la profesora, etc.-, es decir, que pa...
-
Cada vez que se pone en juego en la teoría al falo como el significante que señala la diferencia sexual -los niños lo tienen, las niñas no-,...