jueves, 27 de febrero de 2014

391. La ciencia de lo real.

Es gracias al discurso de la ciencia, a su instauración en el pensamiento de los hombres, que se hizo posible que el significante se pudiera postular sin tener ninguna relación con el significado. Con el discurso de la ciencia se hace posible vaciar el contenido de un concepto, de un significante, para llenarlo de contenido, para hacerlo significar otra cosa. Esto es lo que se espera que se produzca en un análisis: “En el discurso analítico, se trata siempre de lo siguiente: a lo que se enuncia como significante se le da una lectura diferente de lo que significa” (Lacan, 1985.  p. 49). Esta es la razón por la cual lo que los analistas leen es, por ejemplo, el lapsus, en la medida en que es como lapsus que significa algo, es decir, que puede leerse de una infinidad de maneras distintas.

El «significante» es una dimensión que fue introducida a partir de la lingüística. La lingüística introduce en la palabra una disociación gracias a la cual se funda la distinción entre significante y significado. Ella, de cierta manera, divide lo que, sin embargo, parece ir de suyo: que cuando se habla eso conlleva el significado. Pero, “Distinguir la dimensión del significante cobra relieve sólo si se postula que lo que se oye no tiene ninguna relación con lo que significa. Este es un acto que sólo puede instituirse con un discurso, el discurso científico” (Lacan, 1985.  p. 40).

La ciencia es entonces un saber que a través de la vía de lo imposible, toca lo real. Por esta razón es que la ciencia pasó a denominarse en Lacan «ciencia de lo real». Es a partir del discurso de la ciencia que se puede establecer una oposición entre el semblante y lo real. “El uso idiosincrásico del término real de Lacan que se expandió comporta que no hay real en la naturaleza, que lo real adviene cuando los semblantes están ordenados, coordinados de modo tal que llegan a prescribir lo imposible” (Miller, 1999, p. 7). Lo real es, pues, una consecuencia de lo imposible, y lo imposible es un «lugar» que el saber de la ciencia «localiza» gracias a sus demostraciones; es lo que Lacan denominó, en un primer momento, lo real como tal.

“El hecho de que lo real tome el sentido de ser una consecuencia de lo imposible permite visualizar que el ser es algo diferente a lo real” (Miller, 1999, p. 7). ¿Qué significa que el analista es semblante de lo real? Si bien el discurso de la ciencia escinde semblante y real, no se puede decir que el semblante no tenga nada que ver con lo real, pero si hay algo que el psicoanálisis demuestra es que, con respecto a lo sexual, ¡no hay semblante! “...la fórmula «No hay relación sexual» implica que no hay semblante sexual, que no hay relación sexual a nivel de lo real" (Miller).

miércoles, 12 de febrero de 2014

390. No hay saber sobre los sexos.

Es más que evidente que hay saber en lo real, y ese saber está esperando al científico, al descubridor, para ser develado. Hay un saber a la espera, enterrado u oculto, que haría pensar que no hay nada nuevo bajo el sol. Igual sucede con el inconsciente: los significantes van saliendo de esa supuesta “bolsa”, el saber va saliendo de ahí, del Otro como tesoro de los significantes, no importa que no se lo localice en ningún lugar específico. El psicoanálisis es entonces una práctica que desentierra el saber que está ahí. Es más, si no se supone que hay saber –esto es el Sujeto–supuesto–Saber–, el dispositivo analítico no arranca (Miller, 1999).

La ficción del Sujeto supuesto Saber hace arrancar el dispositivo. El final del dispositivo, el final de la cura es: no hay todo el saber, no hay saber sobre los sexos. Un análisis demuestra que no es cierto que el saber estaba ahí; por lo menos un saber no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: la relación sexual. Es el límite del Sujeto supuesto Saber, su falsedad, su falla, la objeción al Sujeto supuesto Saber (Miller, 1999). Si la transferencia asegura que hay saber a la espera o supuesto, la constatación de la falta de un saber es lo que abre las puertas a la invención. Esta es la vía para el acto analítico. En este punto toca inventar. La vía de llegada del acto analítico es la invención y la pequeña invención del análisis es un saber hacer con el síntoma. Donde no hay saber viene un saber hacer que no sea del orden de la repetición.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 1999). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.

viernes, 31 de enero de 2014

389. Síntoma, real y relación sexual.

Al síntoma, en el psicoanálisis, lo podemos definir como el significante en cuanto tiene una incidencia de goce en el cuerpo. El síntoma es lo que conecta al significante con el cuerpo. De esta manera, en esta nueva perspectiva de Lacan, el síntoma no solamente mortifica al cuerpo, sino que lo vivifica, lo hace gozar. Es la dimensión de causa de goce del significante: el cuerpo vivificado por el significante. El cuerpo mortificado es el cuerpo simbolizado, y el cuerpo vivo es el cuerpo real, cuerpo que goza. Hay pues dos efectos del significante en el cuerpo: la mortificación y la producción de un plus de goce. Es a esta incidencia de goce sobre el cuerpo por el significante a lo que Lacan va a llamar el síntoma. El síntoma muestra la relación que existe entre el significante y lo real, es decir, el goce. Dicho síntoma es el "hueso de un análisis" (Miller, 1998), eso que permanece como modo de gozar del sujeto y que es incurable, es decir, real.

“No hay clínica sin real” sentencia Miller (1999). Se trata siempre de un real imposible de soportar en el caso de un síntoma, pero también se puede decir que se trata de un real imposible de nombrar, de escribir: eso es la relación sexual. Miller indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19).

La ciencia demuestra que hay saber en lo real, es decir, que no hace falta suponer la mano de Dios porque hay leyes, leyes físicas y naturales. “...todo pasa como si los fenómenos conocieran las fórmulas: esto es lo que Lacan llama saber en lo real, una versión de la afirmación de Galileo de que la naturaleza habla en lenguaje matemático.” (Miller, 1999, p.28). Que hay saber en lo real es el horizonte de la demostración del psicoanálisis. El psicoanálisis busca demostrar que hay un saber que falta en lo real: que no todo está escrito o que es matematizable.

Hay un saber que la ciencia no puede resolver y es que no hay modo de saber qué es un sexo para el otro. Esto es un agujero real en el Otro, en lo simbólico. Cómo arreglárselas con el otro sexo no está escrito en las leyes de la naturaleza; Miller (1999) dice que es algo no escrito en lo real. Hay algo que falla: entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “...hay algo en la relación entre lo sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Basta que alguien recurra a un psicoanalista y va a hablar de eso que no anda. El psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Muchos llegan a pensar que ese problema desaparece si hay igualdad entre los sexos. Esa igualdad es excelente a muchos niveles, a nivel jurídico y social, por ejemplo, pero a nivel del amor... ¿esto sigue siendo vigente? Esto es algo serio, porque si las cuestiones del amor desaparecen de la vida de los hombres y las mujeres, el psicoanálisis desaparecería (Miller).

lunes, 13 de enero de 2014

388. Lo real en la clínica de las psicosis y las neurosis.

En la clínica de la psicosis es donde más claramente se puede formalizar ese real en juego en la teoría lacaniana. Se lo ubica en la alucinación psicótica, la cual tiene para el sujeto un carácter de certeza. Certeza y real se vinculan estrechamente en la clínica de la psicosis, pero precisamente esto es lo que da luces a la clínica de la neurosis: allí también se trata de encontrar un punto de certeza. Mientras que el psicótico empieza su delirio con un punto de certeza, el neurótico empieza su análisis sin certeza alguna: lleno de dudas y preguntas sobre su ser o sobre su existencia.

El fenómeno elemental, presente en las psicosis, enseña claramente de qué se trata cuando en el psicoanálisis se habla de lo real. En el psicótico el fenómeno elemental es algo imposible de negar y traduce para él la emergencia de una certeza. Así como el delirio en la psicosis es una producción de saber de ese punto de real inamovible, el síntoma neurótico, como envoltura formal simbólica que es, recubre también ese punto de real del sujeto, que, tanto en la psicosis como en la neurosis, es incurable. Lo incurable, entonces, es otro nombre de lo real en el psicoanálisis.

Si el inconsciente mismo tiene algo de real, es porque él se impone por su regularidad, por el retorno una y otra vez de los mismos significantes: esto es la repetición. Es porque hay este real de la repetición por lo que un sujeto va a análisis. Esta repetición insistente en el aparato psíquico es lo que Miller (1998) denomina «el hueso de un análisis». Es porque hay repetición que se percibe y se puede aislar ese real, real que Lacan representa con la letra a minúscula. El objeto a es el hueso de la cura, y su producto también, como producto del inconsciente, es decir, como eso que se separa del automatón del inconsciente. La operación del análisis debe dirigirse hacia este objeto, hacia la caída, separación o reducción de este objeto, lo cual solo se produce si surge algo parecido al Witz (el chiste). El Witz aquí es ese enunciado esencial del sujeto en el que convergen todos sus enunciados; es el significante amo del destino del sujeto. El análisis conducirá, de este modo, al atravesamiento del fantasma, es decir, a la formulación de este significante amo y a la caída del objeto a.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

387. Clínica de lo real.

Como el síntoma es la presencia de lo real del inconsciente, es decir, que vale como un real, por esto Miller (1999) habla de la «clínica de lo real» como lo imposible de soportar; en efecto, y el síntoma es eso que el sujeto no soporta y que lo puede llevar a consultar a un psicoanalista. Habría entonces una clínica de la obsesión en la que lo real se presenta, por ejemplo, en el síntoma de la duda, en el síntoma mismo de la obsesión, como eso que el sujeto no logra hacer desaparecer, eso de lo cual el sujeto no logra deshacerse. En la histeria ese real se presenta, por ejemplo, en la mentira del histérico, en la falsedad, en esa demanda de la verdad que en ocasiones es tan exacerbada en la histérica, que vive pendiente de los signos de amor del otro, para estar segura de que es amada (Miller). Esto vale como real en la medida en que eso insiste en el sujeto; es algo que se le impone al sujeto, que se le presenta a pesar suyo; es algo que insiste, así el sujeto no lo quiera. Es algo de lo que el sujeto no se puede abstener.

El síntoma en el psicoanálisis coincide entonces también, con algo que el sujeto se ve empujado a hacer, así le produzca preocupación o vergüenza, pero que, definitivamente, no puede privarse de hacer. Se trata de una voluntad que le puede y que lo domina sin que sirvan para nada las razones, los consejos o el saber. El síntoma esta en el sujeto del lado de «lo que no puede dejar de hacer»: el sujeto sabe que fumar, beber, pelear o comer en exceso le hace daño, pero saber esto no le sirve de nada, porque lo sigue haciendo muy a su pesar.

Esta hiancia real que es el síntoma, es ocupada precisamente por la pulsión. La pulsión designa un nivel que se puede llamar acéfalo, un punto donde el pensamiento y la razón ya no funcionan ni operan más. La pulsión es como un cuerpo sin cabeza; un nivel donde, para todos los seres humanos, hay suspensión del pensamiento y queda anulada la razón.

Allí donde el síntoma insiste, se repite, vuelve siempre al mismo lugar, se puede decir que la pulsión está en juego. La pulsión designa un nivel donde su empuje -ante el cual toda persona está indefensa- resulta del hecho de que el ser humano, por hablar, ha perdido sus instintos, y en su lugar viene la pulsión a ocupar ese lugar vacío dejado el instinto.

jueves, 12 de diciembre de 2013

386. Lo real del inconsciente: su discontinuidad.

Hay una impotencia de lo simbólico para reducir lo real. Esto significa que el trabajo del inconsciente tiene un límite, y que la cura misma tiene un límite. Ese límite es lo que Miller (1999) denomina «la experiencia de lo real en la cura». El inconsciente es definido por Lacan a partir de la estructura del lenguaje; se trata de un inconsciente regido por la ley de la palabra, que, como se ve en Función y campo de la palabra..., es la ley del reconocimiento: toda palabra, dice Miller, da una identidad al sujeto, quien recibe su propio mensaje desde el lugar del Otro en forma invertida. Junto a la ley de reconocimiento hay también la ley de la cadena significante, en la cual hay una combinación de significantes a partir de la metáfora y la metonimia; es el automatón del inconsciente. Este inconsciente ordenado, regularizado y legalizado, va a ser descrito “al revés”, como lo indica Miller, en el seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. El inconsciente no solamente tiene un aspecto combinatorio y sistemático, sino que también tiene una dimensión de disfuncionamiento, “al que no se puede escapar” (Miller, 1999, p. 14). Y agrega Miller: “El inconsciente se manifiesta a través de un disfuncionamiento, como algo que no funciona, algo que fracasa a través de lo irregular, a través de lo discontinuo...” (p. 14), lo que conducirá a Lacan a oponer la ley a la causa. Nos encontramos aquí con dos caras del inconsciente: una simbólica, la de la estructura, y otra real, la del disfuncionamiento.

La ley está del lado de la continuidad, en cambio la causa la ubicamos en el lugar de una discontinuidad, de una hiancia. A partir de aquí para Lacan importará más la causa que la ley, le importará más la causa del deseo que la ley del deseo. Más importante que lo sistemático es “el agujero en el cual, eventualmente, se produce el hallazgo, donde no es el sujeto quien encuentra, sino que, en cierto modo, es encontrado por la palabra, con un efecto de sorpresa.” (Miller, 1999, p. 14).

A partir de este énfasis en la causa, Lacan va a acentuar la sorpresa, la hiancia, la discontinuidad en el inconsciente; se trata aquí de una hiancia misteriosa, inexplicable, que Lacan sitúa entre la causa y el efecto, haciendo del concepto de causalidad algo esencialmente problemático. A su vez, la función de lo imaginario se puede pensar como lo que viene a llenar esa hiancia, recubriendo la división del sujeto y presentando un sentido de unidad y completud. Pero la escisión del sujeto es irreductible, es decir, es real.

Lacan pasará a pensar el inconsciente como un fenómeno transitorio y evasivo. Las formaciones del inconsciente aparecerán en un tiempo de apertura y cierre del inconsciente, bajo la forma de una pulsación que sorprende al sujeto. “...esta hiancia corresponde a algo que es del orden de lo no realizado, que no es irreal ni real sino no realizado; que no es ser, que no es nada, que es un real que querría realizarse.” (Miller, 1999, p. 15). Pero entre las formaciones del inconsciente, hay una que se distingue por apartarse de este funcionamiento discontinuo: el síntoma. El síntoma posee una continuidad temporal; es como la presencia de lo real del inconsciente. Así pues, todo síntoma vale como un real, tanto si se trata de un síntoma obsesivo o un síntoma histérico.

viernes, 29 de noviembre de 2013

385. «Para un hombre, la mujer es un síntoma»

El sujeto tiene, en principio, dos tipos de partenaire: uno simbólico, el gran Otro, y otro imaginario, el pequeño otro, el semejante. Pero Miller (199) argumenta que a esta dupla le hace falta un tercer partenaire: el partener–síntoma. Este tercer partener es una consecuencia de la reflexión lacaniana sobre qué tipo de partenaire es una mujer para el hombre. La mujer es, a nivel imaginario, un partenaire–imagen, en la medida en que le puede dar prestigio al hombre. A nivel simbólico la mujer es un partenaire–superyó, en la medida en que ella ocupa un lugar de exigencia. Pero tanto a nivel imaginario como a nivel simbólico, la mujer no existe. A nivel imaginario no existe porque la mujer, para un hombre, no es un semejante. La imagen del cuerpo femenino es diferente a la del hombre, lo cual se traduce en el encuentro del sujeto con la castración a nivel del descubrimiento de la diferencia sexual anatómica.

A nivel simbólico la mujer tampoco existe; el Otro completo no existe precisamente porque en el Otro hay una falta, y esa falta se traduce por la falta de un significante que escriba la proporción sexual. “...es a partir de estas consideraciones que Lacan fue, finalmente llevado a la fórmula: «para un hombre, la mujer es un síntoma»” (Miller, 1999, p. 10). El partenaire–síntoma es el nivel real que hacía falta para complementar el partenaire–simbólico y el partenaire–imaginario –lo que constituye el nudo borromeo–.

El partenaire–síntoma es lo que introduce la reflexión de lo real en la clínica. Lo real en la clínica es lo que se manifiesta con una cierta inercia, un peso consistente, un punto que se repite, que insiste, que es irreductible. Ese peso de lo real en la clínica es lo que llevó a Lacan a dudar de los efectos de verdad sobre el sujeto. Es de los efectos de verdad que se espera un cambio subjetivo en el sujeto, pero lo real, poco a poco, en la experiencia analítica, y por tanto en la teoría, va a demostrar que es más fuerte que lo simbólico (Miller, 1999).

En un primer momento Lacan era optimista de lo simbólico, como aquello que lograba doblegar a lo real, pero hacia el final de su trabajo, lo real se resiste a obedecer a lo simbólico, es decir que “lo real es más fuerte que el semblante” (Miller, 1999, p. 11), entendiendo al semblante como lo opuesto a lo real, es decir, a lo simbólico y lo imaginario juntos.

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

 En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...