"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en
psicología" (Pérez, 2018). Inclúso esto es válido para los psicólogos:
¿tener un diploma los autoriza para ejercer la clínica? ¿Un conjunto de
materias es suficiente para avalar un acto? El acto analítico, es decir,
el hecho de intervenir a un analizante, es un asunto ético de gran
responsabilidad, por las consecuencias que dicho acto puede tener en el
destino de ese sujeto que se analiza, "acto que se sostiene bajo
transferencia y que, no pocas veces, horroriza a más de uno" (Pérez).
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para
sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas
profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un
consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un
psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro
psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la
clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus
casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la
psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de
la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El
psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe,
todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por
esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de
salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones
por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal,
2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí
donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del
psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a
hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de
homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto
habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana
de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966)
en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso
dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no
pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo
gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón
cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado:
"¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?,
¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es
decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez
que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir,
estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el
psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer,
maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa
más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías
que hace
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
viernes, 19 de enero de 2018
jueves, 14 de diciembre de 2017
467. Cinco modelos de relaciones de pareja
Miller (2003) plantea en el texto La pareja y el amor, cinco tipos de modelos de relación de pareja, a manera de hipótesis, como un ejercicio de reflexión sobre los problemas que se presentan en las relaciones de pareja contemporáneas. El primer modelo él lo denomina «elección de objeto narcisista». En efecto, se trata de esas parejas que se eligen con base a su narcisismo, con base a su amor propio, es decir, eligen al otro en la medida en que ese otro se parece a ellos mismos, o se elige al otro en la medida en que el otro representa lo que se quiere llegar al ser; en este caso el otro funciona como Yo ideal. De hecho Freud mismo plantea que en esta elección de objeto narcisista, se puede elegir al otro en la medida en que ese otro representa lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera llegar a ser. De todos modos, el narcisismo siempre está en juego en la elección del objeto amoroso. Esto es lo que hace a esa elección, algo engañosa, ya que al amar al otro, el sujeto se está amando a sí mismo, de tal manera que cuando un sujeto le dice al otro “como eres de lindo”, faltaría agregar a esa frase, “como yo”: “eres tan lindo, como yo”, “eres tan inteligente, como yo”, y así sucesivamente con cada una de las frases halagadoras que la pareja le dirigen al otro. Así pues, en el amor narcisista la verdad es que el sujeto no ama al otro, sino que se ama a sí mismo en el otro.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
viernes, 24 de noviembre de 2017
466. «No hay progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro»
Ni Freud ni Lacan eran progresistas. Lacan (1975) decía: "No hay
progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro. Como no sabemos
lo que perdimos, creemos que ganamos". Estas palabras evocan las
palabras de Pepe Mujica cuando dice: "No compras con plata. Compras con
el tiempo de tu vida que gastas para conseguirla". Él también dice que
“Ocupamos el templo con el dios Mercado, él nos organiza la economía, la
política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas de
tarjeta la apariencia de felicidad”. En efecto, este es el nombre de la
crisis que vivimos en el mundo de hoy: Capitalismo rampante, ese
discurso que impera en todo lo que hacemos con esa ilusa idea de que
estamos progresando. ¿Progresado hacia dónde? Lo que se observa
verdaderamente es que a mayor progreso, más cerca estamos de la
autodestrucción. Ya lo dijo también Mujica, que parece lacaniano cada
vez que habla del discurso
capitalista: "Si aspiráramos en esta humanidad a consumir como un
americano promedio, son imprescindibles tres planetas para poder vivir".
Y también: "Prometemos una vida de derroche y despilfarro,
que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y
contra la humanidad como futuro”.
Desde 1973 Lacan ya hablaba de la crisis que se vive hoy. Él había entendido la lógica del capitalismo, por eso su conclusión frente a esa máquina demoledora y demoníaca que no tiene freno fue “somos todos proletarios.” ¿Qué significa esto? Que "hay una precarización general, mundial, de cada uno, que corresponde al desarrollo actual del capitalismo y que él ha entendido hace más de 40 años" (Miller, 2009). Incluso, a pesar del desarrollo de la ciencia y la tecnología, que se suma a esa ilusión efímera de progreso de la humanidad, el malestar de la cultura persiste. Ya lo había también previsto Freud en su texto El malestar en la cultura, texto de una actualidad ominosa. "El malestar sigue, no hay liberación" (Miller, 2009). ¿Qué hacer entonces con esta crisis que anticipa un futuro oscuro, tanático, apocalíptico? Dice Mujica: “Hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la automarginación y autoexclusión”. ¿Nacimos solo para consumir, y no para vivir? “Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro” (Mujica).
¿El psicoanálisis piensa en el futuro? Toda persona se piensa a sí misma en el futuro, no sin angustia, hoy exacerbada frente a esa precarización que produce el discurso capitalista. "Hoy los jóvenes conocen esta angustia. Quizás ellos no pueden decirla, pero tienen esta angustia. Es importante permitir a cada uno acercarse para ver de qué se trata esa angustia" (Miller, 2009). Los jóvenes quisieran un porvenir seguro, pero la máquina capitalista produce una paradoja, como la produce con la ilusa idea de progreso y felicidad al consumir: "cuando el capitalismo trabaja cada día más sobre el tema de la seguridad, la inseguridad aumenta. Y de una cierta manera la infelicidad del capitalismo es que cuando empieza a trabajar sobre un punto para suprimirlo, lo refuerza (...) Y la precariedad aumenta en la medida que aumenta la seguridad, la promesa de seguridad". (Miller, 2009). Mujica lo dice así: "El hombrecito promedio a veces sueña con vacaciones y libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día el corazón se para y adiós”.
Desde 1973 Lacan ya hablaba de la crisis que se vive hoy. Él había entendido la lógica del capitalismo, por eso su conclusión frente a esa máquina demoledora y demoníaca que no tiene freno fue “somos todos proletarios.” ¿Qué significa esto? Que "hay una precarización general, mundial, de cada uno, que corresponde al desarrollo actual del capitalismo y que él ha entendido hace más de 40 años" (Miller, 2009). Incluso, a pesar del desarrollo de la ciencia y la tecnología, que se suma a esa ilusión efímera de progreso de la humanidad, el malestar de la cultura persiste. Ya lo había también previsto Freud en su texto El malestar en la cultura, texto de una actualidad ominosa. "El malestar sigue, no hay liberación" (Miller, 2009). ¿Qué hacer entonces con esta crisis que anticipa un futuro oscuro, tanático, apocalíptico? Dice Mujica: “Hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la automarginación y autoexclusión”. ¿Nacimos solo para consumir, y no para vivir? “Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro” (Mujica).
¿El psicoanálisis piensa en el futuro? Toda persona se piensa a sí misma en el futuro, no sin angustia, hoy exacerbada frente a esa precarización que produce el discurso capitalista. "Hoy los jóvenes conocen esta angustia. Quizás ellos no pueden decirla, pero tienen esta angustia. Es importante permitir a cada uno acercarse para ver de qué se trata esa angustia" (Miller, 2009). Los jóvenes quisieran un porvenir seguro, pero la máquina capitalista produce una paradoja, como la produce con la ilusa idea de progreso y felicidad al consumir: "cuando el capitalismo trabaja cada día más sobre el tema de la seguridad, la inseguridad aumenta. Y de una cierta manera la infelicidad del capitalismo es que cuando empieza a trabajar sobre un punto para suprimirlo, lo refuerza (...) Y la precariedad aumenta en la medida que aumenta la seguridad, la promesa de seguridad". (Miller, 2009). Mujica lo dice así: "El hombrecito promedio a veces sueña con vacaciones y libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día el corazón se para y adiós”.
lunes, 30 de octubre de 2017
465. Deseo y capitalismo: «El deseo es la vida del sujeto»
El psicoanálisis denomina «la época del Otro que no existe» a esta época
en la que ni la política, ni la religión, dan respuestas a la pregunta
del sujeto por el sentido de la existencia. Lo que ofrece la cultura
contemporánea, y como imperativo categórico, es el goce: la satisfacción
inmediata en la adquisición y usufructo de un sin número de objetos de
consumo. Esto es lo que hace que el goce sea adictivo y que el sujeto se
vuelva adicto a todo. “El goce es adictivo y las promesas de goce
ilimitado dejan al sujeto profundamente desorientado. Lo vemos en las
mil y una adicciones que empujan hoy a las personas al límite de la
muerte” (Bassols, 2016).
Así, por ejemplo, el joven chino Wui Tai, de 24 años, murió en un
cibercafé de Shanghai luego de jugar un video juego durante 19 horas
seguidas.
Así pues, el sujeto contemporáneo tiene un sentimiento del sinsentido en su existencia. “¿Qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo.” (Soler, 2017) Entonces, lo que fundamentalmente le da un sentido a la vida del sujeto es el deseo. Cuando algo se desea con firmeza, el sinsentido de la vida deja de percibirse, es decir, “el deseo es la vida del sujeto” (Soler).
El problema es que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, ¿por qué? Porque el capitalismo explota el deseo; el mercado promete toda una serie de objetos que colmarían el deseo, desencadenándose ese consumismo desenfrenado del sujeto contemporáneo. Cada vez que se promete al sujeto el último objeto de deseo –el nuevo y rápido celular, el televisor con más resolución, la computadora más potente, etc.– el deseo es relanzado; el mercado hace creer con su propaganda que lo que falta está en el mercado, que se debe comprar ese nuevo objeto para satisfacer el deseo. Esto conduce a una paradoja, y es que, mientras más se consume, el sujeto experimenta más exacerbadamente ese sinsentido de la existencia. El capitalismo se ocupa de lo que vende, por eso explota el Día del Padre, del Niño, del amor y la amistad, Halloween, etc. El capitalismo lo explota todo (Soler, 2017). Entonces, si el sujeto desea, el sinsentido de la vida se deja de percibir, pero deseando todo lo que ofrece el mercado y consumiéndolo, reaparece ese sinsentido de la existencia.
El psicoanálisis busca producir un cambio en el deseo del sujeto, busca tocar el deseo del sujeto permitiéndole reapropiarse de su propio deseo y actuarlo (Soler, 2017). Se trata de un deseo peculiar, singular; no es el deseo de los objetos que ofrece el mercado, que sería un deseo homogenizado, colectivo: todos deseando lo mismo y consumiendo los mismos objetos del mercado. No, aquí se trata de un deseo particular, peculiar, un deseo que lleva al sujeto a pelear, a luchar, a apasionarse por algo singular que termina dándole un sentido a su existencia.
Así pues, el sujeto contemporáneo tiene un sentimiento del sinsentido en su existencia. “¿Qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo.” (Soler, 2017) Entonces, lo que fundamentalmente le da un sentido a la vida del sujeto es el deseo. Cuando algo se desea con firmeza, el sinsentido de la vida deja de percibirse, es decir, “el deseo es la vida del sujeto” (Soler).
El problema es que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, ¿por qué? Porque el capitalismo explota el deseo; el mercado promete toda una serie de objetos que colmarían el deseo, desencadenándose ese consumismo desenfrenado del sujeto contemporáneo. Cada vez que se promete al sujeto el último objeto de deseo –el nuevo y rápido celular, el televisor con más resolución, la computadora más potente, etc.– el deseo es relanzado; el mercado hace creer con su propaganda que lo que falta está en el mercado, que se debe comprar ese nuevo objeto para satisfacer el deseo. Esto conduce a una paradoja, y es que, mientras más se consume, el sujeto experimenta más exacerbadamente ese sinsentido de la existencia. El capitalismo se ocupa de lo que vende, por eso explota el Día del Padre, del Niño, del amor y la amistad, Halloween, etc. El capitalismo lo explota todo (Soler, 2017). Entonces, si el sujeto desea, el sinsentido de la vida se deja de percibir, pero deseando todo lo que ofrece el mercado y consumiéndolo, reaparece ese sinsentido de la existencia.
El psicoanálisis busca producir un cambio en el deseo del sujeto, busca tocar el deseo del sujeto permitiéndole reapropiarse de su propio deseo y actuarlo (Soler, 2017). Se trata de un deseo peculiar, singular; no es el deseo de los objetos que ofrece el mercado, que sería un deseo homogenizado, colectivo: todos deseando lo mismo y consumiendo los mismos objetos del mercado. No, aquí se trata de un deseo particular, peculiar, un deseo que lleva al sujeto a pelear, a luchar, a apasionarse por algo singular que termina dándole un sentido a su existencia.
jueves, 28 de septiembre de 2017
464. El sujeto no se reduce al cerebro
La mereología, "el estudio de las relaciones entre partes, tanto de las partes con el todo, como de las partes con otras partes" (Varzi, 2010), se convierte en una falacia en el momento de abordar el estudio del cerebro. "Adscribir al cerebro capacidades subjetivas sería un ejemplo de falacia mereológica" (Levy Yeyati, 2017). Si bien se le adscriben al cerebro todo tipo de capacidades cognitivas, perceptivas y volitivas, el problema es que el cerebro no es un sujeto: "ver, saber, creer es propio de la experiencia humana, no de los sistemas y aparatos del cuerpo humano" (Levy Yeyati). Reducir el sujeto o la subjetividad humana al cerebro, es un craso error de las neurociencias, a partir del cual piensan que las patologías del individuo responden a daños en el funcionamiento del cerebro, y que basta con corregir esos daños para que el sujeto empiece a funcionar "bien" de nuevo, es decir, piensan que el sujeto se puede arreglar "reseteando" el cerebro o interviniendo su quimismo y funcionamiento eléctrico.
Así pues, si el sujeto padece de algún síntoma, los neuropsicólogos escanean el cerebro haciendo una resonancia magnética; buscan localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”. El problema de las neurociencias es que intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central; no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. El lenguaje, que preexiste al sujeto y constituye un Otro extranjero para él en un primer momento, es una especie de "alienígena" que viene a alienar (valga la redundancia) al sujeto. Es una alienación necesaria si se quiere hacer de ese organismo, de ese sistema nervioso central, un sujeto, un ser humano.
En efecto, Lacan nos ha enseñado que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que una vez se “apodera” del cerebro, trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, incluso patologizándolo, y transformando ese organismo en un cuerpo, es decir, en una representación que hace el sujeto de sí mismo, representación que solo es posible en la medida en que el sujeto hace uso del símbolo, del lenguaje. A partir de ese momento, cuerpo y organismo no son la misma cosa, así las neurociencias sigan pensando que se puede reducir el cuerpo y la subjetividad al organismo (Bassols, 2012).
Lacan siempre rechazó localizar la génesis del trastorno mental en el sistema nervioso (Laurent, 2008), ya que él tenía claro que lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico, cosa que la ciencia y las neurociencias no logran comprender. No hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje y que por lo tanto también es materia–, con esa otra sustancia que es el organismo físico, incluido el cerebro. El psicoanálisis no niega ese soporte físico para la subjetividad que es el cerebro; el problema está en que eso que el psicoanálisis llama «sujeto», es el que determina el sentido, el sentido de todo: de la vida, de las palabras, de los hechos; es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene el «sujeto», ese que funda la subjetividad (Bassols, 2012).
El cerebro, sustancia física, funciona como una memoria; pero así funcione como una memoria, no sabe nada (Bassols, 20012). Esta situación se parece a lo que sucede con Google, el cual es un cerebro virtual gigante: tiene mucha información guardada en sus servidores, en sus “cerebros”, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando se busca una información en Google aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro.
Así pues, si el sujeto padece de algún síntoma, los neuropsicólogos escanean el cerebro haciendo una resonancia magnética; buscan localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”. El problema de las neurociencias es que intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central; no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. El lenguaje, que preexiste al sujeto y constituye un Otro extranjero para él en un primer momento, es una especie de "alienígena" que viene a alienar (valga la redundancia) al sujeto. Es una alienación necesaria si se quiere hacer de ese organismo, de ese sistema nervioso central, un sujeto, un ser humano.
En efecto, Lacan nos ha enseñado que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que una vez se “apodera” del cerebro, trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, incluso patologizándolo, y transformando ese organismo en un cuerpo, es decir, en una representación que hace el sujeto de sí mismo, representación que solo es posible en la medida en que el sujeto hace uso del símbolo, del lenguaje. A partir de ese momento, cuerpo y organismo no son la misma cosa, así las neurociencias sigan pensando que se puede reducir el cuerpo y la subjetividad al organismo (Bassols, 2012).
Lacan siempre rechazó localizar la génesis del trastorno mental en el sistema nervioso (Laurent, 2008), ya que él tenía claro que lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico, cosa que la ciencia y las neurociencias no logran comprender. No hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje y que por lo tanto también es materia–, con esa otra sustancia que es el organismo físico, incluido el cerebro. El psicoanálisis no niega ese soporte físico para la subjetividad que es el cerebro; el problema está en que eso que el psicoanálisis llama «sujeto», es el que determina el sentido, el sentido de todo: de la vida, de las palabras, de los hechos; es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene el «sujeto», ese que funda la subjetividad (Bassols, 2012).
El cerebro, sustancia física, funciona como una memoria; pero así funcione como una memoria, no sabe nada (Bassols, 20012). Esta situación se parece a lo que sucede con Google, el cual es un cerebro virtual gigante: tiene mucha información guardada en sus servidores, en sus “cerebros”, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando se busca una información en Google aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro.
miércoles, 23 de agosto de 2017
463. ¿Cómo trata el psicoanálisis a la religión y al ateísmo?
Freud planteó que la religión es una neurosis colectiva y que la
neurosis es una especie de religión privada. Para Freud, dios es una
expresión del anhelo infantil de tener un padre protector y
todopoderoso, es decir que dios es el sustituto del padre de la primera
infancia; él llegó a calificar la religión como una neurosis obsesiva de
carácter universal. “Dios es tal vez la palabra que ha tenido y sigue
teniendo más poder en la humanidad. Se sigue masacrando en su nombre,
aunque se hagan también en su nombre las acciones más piadosas” (Bassols, 2016). Tanto Freud como Lacan se consideraban ateos, como también lo son científicos tan reconocidos e influyentes como Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson y Richard Dawkins, quien es un decidido activista del ateísmo y tiene una famosa fundación denominada Fundación para la Razón y la Ciencia.
Freud sostenía que la humanidad debía abandonar las religiones y
remplazarlas por la ciencia; para él las religiones tienen como función
proteger al sujeto del dolor psíquico por medio de una construcción
delirante de la realidad, por lo que él clasificaba a las religiones
como unos delirios colectivos de la humanidad.
Pero ser ateo no es una cosa fácil. Es más, para serlo pareciera necesitarse de la idea de dios, es decir, de cierta manera, todos los ateos lo son gracias a dios, a la idea de dios –idea que no es más que una construcción social; todos los niños nacen siendo ateos, de tal manera que los creyentes han sido objeto de un adoctrinamiento tenaz desde su primera infancia; en otras palabras: nadie escogió la religión ni el dios en el que cree–. “El sentido religioso es viral, se extiende y se cuela por todas partes” (Bassols, 2016). Incluso la idea de dios se sigue colando inevitablemente por algunos agujeros de la ciencia, así, por ejemplo, a la hora de pensar qué causó la gran explosión, el Big Bang, que dio origen al universo, como causa de dicha explosión se coloca la mano de dios. Así pues, “no es nada fácil exorcizar a Dios de la ciencia” (Bassols).
Ciencia y religión han sido discursos opuestos, disímiles; el religioso es un discurso cerrado, ortodoxo, dogmático, irrefutable; en cambio, el discurso de la ciencia, si algo lo caracteriza, es que es un discurso abierto, refutable, que se puede cuestionar permanentemente, falible, y por eso cambia permanentemente, aunque a veces lentamente, y en otras ocasiones quedan hechos y leyes universales que son fijos (por ahora), como por ejemplo, la ley de gravedad, o la evolución de las especies, o la ley de incertidumbre de Heisenberg. En un momento se llegó a pensar que el discurso de la ciencia desplazaría al discurso religioso; “Freud, viejo optimista de las Luces, creía que la religión no era más que una ilusión que sería disipada en el futuro por el avance del espíritu científico. Lacan, en absoluto: pensaba, por el contrario, que la verdadera religión, la romana, al final de los tiempos engatusaría a todos, derramando sentido a raudales sobre ese real cada vez más insistente e insoportable que debemos a la ciencia” (Miller, 2005). Al develar la ciencia ese real imposible de soportar, del que tanto habla el psicoanálisis, se hace necesario el discurso religioso para darle sentido a ese sinsentido que revela la ciencia, ese sinsentido que nos enseña que la existencia del ser humano no tiene ningún propósito. Es por esto que, a pesar de los avances de la ciencia, el discurso religioso se ha exacerbado por todos lados.
Entonces, “soy ateo, gracias a dios”; y sin embargo llegar a ser ateo no es para nada difícil; basta con leer la Biblia, o el Corán, etc., pero de manera racional, tomando nota de todas las contradicciones e ideas absurdas que allí se encuentran, y listo. El problema con la mayoría de los creyentes contemporáneos es que creen ciegamente en una ideología sin siquiera haber leído el texto en el que basan su fe. Y muchos otros sí lo leen pero de una manera fundamentalista, al pie de la letra, literalmente, pensando que esa es la palabra de dios, sin interrogarlo o haciendo uso de un pensamiento crítico. Pero quien lea con una lógica racional esos textos, probablemente termine siendo ateo. Ateo también se vuelve el que pasa por experiencias difíciles y se empieza a preguntar “¿por qué me pasa esto a mí?”, sobre todo si es un creyente practicante que espera la benevolencia de un dios protector. Es la experiencia que describe el escritor Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos –sobre la vida y asesinato de su padre Héctor Abad Gómez–, cuando a una de sus hermanas, una bella, juiciosa y devota joven, que rezaba el rosario diariamente, le da un cáncer de piel que la termina matando. O también es fácil volverse ateo si se empiezan a hacer preguntas como: ¿dónde está dios cada vez que se abusa de un niño?, ¿por qué no son “bendecidos y afortunados” todos los creyentes, sino solo algunos, y en muchos casos los más intolerantes, injustos y abyectos?, ¿por qué se mueren las buenas personas y no las malas? En un mundo lleno de injusticias, enfermedades penosas, catástrofes naturales, holocaustos, guerras y masacres, ¿dónde está la mano de dios?
Cabe aclarar que, por supuesto, todas las personas tienen derecho a creer en lo que quieran y afortunadamente Colombia es un país laico, tal y como lo determinó la Constitución de 1991. Ya lo decía claramente el escritor y ateo José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura (1998), “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, en un intento de colonización del otro”.
Pero ser ateo no es una cosa fácil. Es más, para serlo pareciera necesitarse de la idea de dios, es decir, de cierta manera, todos los ateos lo son gracias a dios, a la idea de dios –idea que no es más que una construcción social; todos los niños nacen siendo ateos, de tal manera que los creyentes han sido objeto de un adoctrinamiento tenaz desde su primera infancia; en otras palabras: nadie escogió la religión ni el dios en el que cree–. “El sentido religioso es viral, se extiende y se cuela por todas partes” (Bassols, 2016). Incluso la idea de dios se sigue colando inevitablemente por algunos agujeros de la ciencia, así, por ejemplo, a la hora de pensar qué causó la gran explosión, el Big Bang, que dio origen al universo, como causa de dicha explosión se coloca la mano de dios. Así pues, “no es nada fácil exorcizar a Dios de la ciencia” (Bassols).
Ciencia y religión han sido discursos opuestos, disímiles; el religioso es un discurso cerrado, ortodoxo, dogmático, irrefutable; en cambio, el discurso de la ciencia, si algo lo caracteriza, es que es un discurso abierto, refutable, que se puede cuestionar permanentemente, falible, y por eso cambia permanentemente, aunque a veces lentamente, y en otras ocasiones quedan hechos y leyes universales que son fijos (por ahora), como por ejemplo, la ley de gravedad, o la evolución de las especies, o la ley de incertidumbre de Heisenberg. En un momento se llegó a pensar que el discurso de la ciencia desplazaría al discurso religioso; “Freud, viejo optimista de las Luces, creía que la religión no era más que una ilusión que sería disipada en el futuro por el avance del espíritu científico. Lacan, en absoluto: pensaba, por el contrario, que la verdadera religión, la romana, al final de los tiempos engatusaría a todos, derramando sentido a raudales sobre ese real cada vez más insistente e insoportable que debemos a la ciencia” (Miller, 2005). Al develar la ciencia ese real imposible de soportar, del que tanto habla el psicoanálisis, se hace necesario el discurso religioso para darle sentido a ese sinsentido que revela la ciencia, ese sinsentido que nos enseña que la existencia del ser humano no tiene ningún propósito. Es por esto que, a pesar de los avances de la ciencia, el discurso religioso se ha exacerbado por todos lados.
Entonces, “soy ateo, gracias a dios”; y sin embargo llegar a ser ateo no es para nada difícil; basta con leer la Biblia, o el Corán, etc., pero de manera racional, tomando nota de todas las contradicciones e ideas absurdas que allí se encuentran, y listo. El problema con la mayoría de los creyentes contemporáneos es que creen ciegamente en una ideología sin siquiera haber leído el texto en el que basan su fe. Y muchos otros sí lo leen pero de una manera fundamentalista, al pie de la letra, literalmente, pensando que esa es la palabra de dios, sin interrogarlo o haciendo uso de un pensamiento crítico. Pero quien lea con una lógica racional esos textos, probablemente termine siendo ateo. Ateo también se vuelve el que pasa por experiencias difíciles y se empieza a preguntar “¿por qué me pasa esto a mí?”, sobre todo si es un creyente practicante que espera la benevolencia de un dios protector. Es la experiencia que describe el escritor Héctor Abad Faciolince en su libro El olvido que seremos –sobre la vida y asesinato de su padre Héctor Abad Gómez–, cuando a una de sus hermanas, una bella, juiciosa y devota joven, que rezaba el rosario diariamente, le da un cáncer de piel que la termina matando. O también es fácil volverse ateo si se empiezan a hacer preguntas como: ¿dónde está dios cada vez que se abusa de un niño?, ¿por qué no son “bendecidos y afortunados” todos los creyentes, sino solo algunos, y en muchos casos los más intolerantes, injustos y abyectos?, ¿por qué se mueren las buenas personas y no las malas? En un mundo lleno de injusticias, enfermedades penosas, catástrofes naturales, holocaustos, guerras y masacres, ¿dónde está la mano de dios?
Cabe aclarar que, por supuesto, todas las personas tienen derecho a creer en lo que quieran y afortunadamente Colombia es un país laico, tal y como lo determinó la Constitución de 1991. Ya lo decía claramente el escritor y ateo José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura (1998), “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, en un intento de colonización del otro”.
jueves, 13 de julio de 2017
462. ¿La corrupción es inherente al ser humano?
Esta frase, dicha por uno de los hermanos Nule –“la corrupción es inherente al ser”–, envueltos ellos en uno
de los más famosos casos de corrupción en Colombia, denominado el carrusel de
la contratación, parece ser acertada. Igualmente, Julio César Turbay,
expresidente de Colombia, decía de la corrupción que había que reducirla “a sus
justas proporciones”, y Wiston Churchill, primer ministro del Reino Unido,
también decía que “un mínimo de corrupción sirve de lubricante que beneficia el
funcionamiento de la máquina de la democracia”. Así pues, la corrupción parece
algo estructural, algo constitutivo del ser humano. ¿Por qué? ¿Por qué la
corrupción pareciera hacer parte de la condición humana? Bueno, no solo la
corrupción; también la envidia, el egoísmo, la mentira, la trampa, el engaño,
etc. (H, 2011) La naturaleza humana es compleja, y en el fondo –esto lo sabe
muy bien el psicoanálisis– todos llevamos adentro un demonio.
Se piensa que el ser humano busca su propio bienestar y el de los demás, pero el psicoanálisis verifica, una y otra vez, que lo malo no solo es lo perjudicial y dañino para un sujeto, sino también lo que anhela y lo que en muchas ocasiones le brinda placer. Se trata, por supuesto, de un extraño placer, de una satisfacción que está del lado de la maldad y no del lado del bienestar. Este es el descubrimiento más importante del psicoanálisis: que en todo sujeto hay un empuje, un gusto por el mal; es lo que el psicoanálisis denomina en su teoría como «pulsión de muerte».
Así pues, el demonio, personaje que en la cultura occidental ha encarnado al mal, es situado por el psicoanálisis en un lugar preciso: dentro de cada sujeto. Sólo hay que observar los noticieros de televisión para saber que hay un impulso diabólico en los seres humanos. De aquí la importancia de la ética, es decir, de la enseñanza de los valores éticos dentro de una sociedad, enseñanza nada fácil y llena de dificultades, ya que, de cierta manera, primero están esos impulsos demoníacos en el ser humano que sus valores éticos. ¿Por qué? Porque se trata de impulsos que responden a pasiones sin ningún tipo autocontrol en los seres humanos: su agresividad y sus impulsos sexuales (pulsiones). La ética la concibió Freud como una respuesta a ese impulso inherente que tienen los sujetos hacia el mal; él pensó a la ética como uno de los remedios, como una de las maneras de alcanzar lo que todo el resto del trabajo cultural no puede conseguir: el control de la inclinación de los seres humanos a hacer el mal, a agredirse unos a otros, etc. Él lo denominó «el ensayo terapéutico de la humanidad» contra esa fuerza maligna –léase pulsión de muerte– que lo habita.
Pero, y la corrupción, ¿a qué responde en el ser humano? Bassols (2014) la conecta con la culpa, partiendo de una historia contada por el humorista norteamericano Emo Philips: “Cuando era pequeño rezaba todas las noches para obtener una bicicleta nueva. Luego me di cuenta de que Dios no funciona así. Entonces robé una bicicleta y recé por su perdón”. El problema es que el sujeto contemporáneo, ese que habita hoy el discurso de la ciencia y el discurso capitalista, es "invitado" a satisfacerse con un sin número de objetos que el mercado le ofrece, es decir, es empujado a alcanzar un goce inmediato sin medir las consecuencias. Lo que pareciera no saber el sujeto es que gozar de un objeto –una bicicleta o cualquier otro objeto–, no lo absuelve de un pago, no lo deja impune –aquí es donde cabe la culpa–. Recuérdese que a eso que el psicoanálisis llama «goce» no es otra cosa que esa satisfacción que el sujeto alcanza cuando saca provecho de algún objeto, sea cual fuere éste: una bicicleta, el licor, el cigarrillo, la comida, el dinero, el semejante como objeto sexual, etc.; sacar provecho de un objeto es lo que Marx llamó «plusvalía», y lo que Lacan denominó, ya refiriéndose a la economía psíquica, como «plus de goce».
Así pues, "no hay goce impune. Tu deseo de bicicleta tiene un precio que no puedes negociar" (Bassols, 2014). Por eso si la robas, te sentirás culpable, solo que, si puedes rezar por el perdón, si puedes comprar el perdón, aquí encontramos el principio de toda corrupción (Bassols). Por eso las sociedades donde no se perdona todo, son menos corruptas, y allí donde se es más indulgente, la corrupción campea. Este es uno de los más graves problemas de nuestro país –y de muchos otros–, ese que la prensa denomina «crisis en la justicia penal»: si no se castiga adecuadamente al criminal, se exacerba la criminalidad. Hay que hacerle saber al corrupto que sus actos no tienen perdón, o que debe pagar por ellos. Una justicia efectiva, que sanciona al responsable de un mal de manera rápida y con un castigo que se corresponda con el mal causado, es fundamental si se desea reducir la corrupción y la delincuencia “a sus justas proporciones”, como diría Turbay. Si hay impunidad y/o perdón anticipado, esto lleva a la exacerbación de la corrupción y el delito: “ser pillo si paga” se dice ahora, parodiando una campaña dirigida a estimular la educación superior en estudiantes de bajos recursos.
¿Y por qué se viraliza la corrupción? Bassols (2014) responde: "la creencia en la reciprocidad del goce –si el otro lo hace, yo puedo hacerlo también–, la lógica del virus de la corrupción está asegurada, aún en el mejor de los mundos posibles". Si el otro saca provecho de un objeto, ¿por qué yo no podría también hacerlo? Parece tratarse de un fenómeno puramente especular (fase del espejo), como lo es la agresividad del sujeto; así pues, la agresividad –como la corrupción– es constitutiva de todas las relaciones que se dan entre el sujeto y sus semejantes. Esto se debe al modo de identificación narcisista del sujeto con su propia imagen, el cual, al percibir al otro más “completo” que él, esto desencadena en el sujeto una tensión agresiva con aquel, tensión que se manifiesta como rivalidad, celos, odio y ¡envidia!, envidia que lleva al sujeto a querer gozar del objeto del que el otro goza, "¡y yo no me puedo quedar atrás! O acaso Ud. no sabe quién soy yo?". El corrupto es un avivato, alguien que aprovecha la oportunidad para sacar algún provecho del otro, y cuando esto hace parte de la idiosincrasia de un país –como Colombia–, pues la corrupción campea. La viveza o malicia indígena se transmite en nuestra cultura como valor esencial desde la infancia, con su consigna “el vivo vive del bobo” y “no hay que dar papaya” (García Villegas, 2006); por eso se ve a la mayoría de los miembros de esta sociedad tratando de sacar ventaja, de sacar provecho del otro, más allá de cualquier ética ciudadana. Caso contrario a Japón, país donde un empresario es capaz de dejar de hacer un muy buen negocio si éste no favorece a la persona con la que está negociando; son otros los valores éticos que se trasmiten en esa sociedad, donde se piensa más en el otro que en el beneficio propio.
No sorprende, entonces, “que todos los historiadores que se han interesado en el fenómeno de la corrupción la conciben como un hecho ineliminable e inherente al ser humano, en todas las sociedades y culturas” (Bassols, 2014). La corrupción sería así “un fenómeno inextirpable porque respeta de modo riguroso la ley de reciprocidad” (Brioschi citado por Bassols). Según esta ley, ningún favor es desinteresado y siempre se podrá justificar el gozar de una prebenda ¡sin sentir culpa alguna! Si el otro lo hace –robar una bicicleta–, yo también puedo hacerlo, y sin sentirme culpable, ya que ¡todos lo hacen! Si el otro cobra una coima, o se pasa un semáforo en rojo, pues yo también lo hago, y si todos lo hacen, pues yo tampoco soy responsable, es decir, culpable. Y si además, el Otro –El Otro de la ley– perdona o no castiga debidamente… ¡apague y vámonos! O mejor preguntémonos, antes de robar la bicicleta: “¿por qué querrían ustedes entonces poseer esta bicicleta?” (Bassols).
Se piensa que el ser humano busca su propio bienestar y el de los demás, pero el psicoanálisis verifica, una y otra vez, que lo malo no solo es lo perjudicial y dañino para un sujeto, sino también lo que anhela y lo que en muchas ocasiones le brinda placer. Se trata, por supuesto, de un extraño placer, de una satisfacción que está del lado de la maldad y no del lado del bienestar. Este es el descubrimiento más importante del psicoanálisis: que en todo sujeto hay un empuje, un gusto por el mal; es lo que el psicoanálisis denomina en su teoría como «pulsión de muerte».
Así pues, el demonio, personaje que en la cultura occidental ha encarnado al mal, es situado por el psicoanálisis en un lugar preciso: dentro de cada sujeto. Sólo hay que observar los noticieros de televisión para saber que hay un impulso diabólico en los seres humanos. De aquí la importancia de la ética, es decir, de la enseñanza de los valores éticos dentro de una sociedad, enseñanza nada fácil y llena de dificultades, ya que, de cierta manera, primero están esos impulsos demoníacos en el ser humano que sus valores éticos. ¿Por qué? Porque se trata de impulsos que responden a pasiones sin ningún tipo autocontrol en los seres humanos: su agresividad y sus impulsos sexuales (pulsiones). La ética la concibió Freud como una respuesta a ese impulso inherente que tienen los sujetos hacia el mal; él pensó a la ética como uno de los remedios, como una de las maneras de alcanzar lo que todo el resto del trabajo cultural no puede conseguir: el control de la inclinación de los seres humanos a hacer el mal, a agredirse unos a otros, etc. Él lo denominó «el ensayo terapéutico de la humanidad» contra esa fuerza maligna –léase pulsión de muerte– que lo habita.
Pero, y la corrupción, ¿a qué responde en el ser humano? Bassols (2014) la conecta con la culpa, partiendo de una historia contada por el humorista norteamericano Emo Philips: “Cuando era pequeño rezaba todas las noches para obtener una bicicleta nueva. Luego me di cuenta de que Dios no funciona así. Entonces robé una bicicleta y recé por su perdón”. El problema es que el sujeto contemporáneo, ese que habita hoy el discurso de la ciencia y el discurso capitalista, es "invitado" a satisfacerse con un sin número de objetos que el mercado le ofrece, es decir, es empujado a alcanzar un goce inmediato sin medir las consecuencias. Lo que pareciera no saber el sujeto es que gozar de un objeto –una bicicleta o cualquier otro objeto–, no lo absuelve de un pago, no lo deja impune –aquí es donde cabe la culpa–. Recuérdese que a eso que el psicoanálisis llama «goce» no es otra cosa que esa satisfacción que el sujeto alcanza cuando saca provecho de algún objeto, sea cual fuere éste: una bicicleta, el licor, el cigarrillo, la comida, el dinero, el semejante como objeto sexual, etc.; sacar provecho de un objeto es lo que Marx llamó «plusvalía», y lo que Lacan denominó, ya refiriéndose a la economía psíquica, como «plus de goce».
Así pues, "no hay goce impune. Tu deseo de bicicleta tiene un precio que no puedes negociar" (Bassols, 2014). Por eso si la robas, te sentirás culpable, solo que, si puedes rezar por el perdón, si puedes comprar el perdón, aquí encontramos el principio de toda corrupción (Bassols). Por eso las sociedades donde no se perdona todo, son menos corruptas, y allí donde se es más indulgente, la corrupción campea. Este es uno de los más graves problemas de nuestro país –y de muchos otros–, ese que la prensa denomina «crisis en la justicia penal»: si no se castiga adecuadamente al criminal, se exacerba la criminalidad. Hay que hacerle saber al corrupto que sus actos no tienen perdón, o que debe pagar por ellos. Una justicia efectiva, que sanciona al responsable de un mal de manera rápida y con un castigo que se corresponda con el mal causado, es fundamental si se desea reducir la corrupción y la delincuencia “a sus justas proporciones”, como diría Turbay. Si hay impunidad y/o perdón anticipado, esto lleva a la exacerbación de la corrupción y el delito: “ser pillo si paga” se dice ahora, parodiando una campaña dirigida a estimular la educación superior en estudiantes de bajos recursos.
¿Y por qué se viraliza la corrupción? Bassols (2014) responde: "la creencia en la reciprocidad del goce –si el otro lo hace, yo puedo hacerlo también–, la lógica del virus de la corrupción está asegurada, aún en el mejor de los mundos posibles". Si el otro saca provecho de un objeto, ¿por qué yo no podría también hacerlo? Parece tratarse de un fenómeno puramente especular (fase del espejo), como lo es la agresividad del sujeto; así pues, la agresividad –como la corrupción– es constitutiva de todas las relaciones que se dan entre el sujeto y sus semejantes. Esto se debe al modo de identificación narcisista del sujeto con su propia imagen, el cual, al percibir al otro más “completo” que él, esto desencadena en el sujeto una tensión agresiva con aquel, tensión que se manifiesta como rivalidad, celos, odio y ¡envidia!, envidia que lleva al sujeto a querer gozar del objeto del que el otro goza, "¡y yo no me puedo quedar atrás! O acaso Ud. no sabe quién soy yo?". El corrupto es un avivato, alguien que aprovecha la oportunidad para sacar algún provecho del otro, y cuando esto hace parte de la idiosincrasia de un país –como Colombia–, pues la corrupción campea. La viveza o malicia indígena se transmite en nuestra cultura como valor esencial desde la infancia, con su consigna “el vivo vive del bobo” y “no hay que dar papaya” (García Villegas, 2006); por eso se ve a la mayoría de los miembros de esta sociedad tratando de sacar ventaja, de sacar provecho del otro, más allá de cualquier ética ciudadana. Caso contrario a Japón, país donde un empresario es capaz de dejar de hacer un muy buen negocio si éste no favorece a la persona con la que está negociando; son otros los valores éticos que se trasmiten en esa sociedad, donde se piensa más en el otro que en el beneficio propio.
No sorprende, entonces, “que todos los historiadores que se han interesado en el fenómeno de la corrupción la conciben como un hecho ineliminable e inherente al ser humano, en todas las sociedades y culturas” (Bassols, 2014). La corrupción sería así “un fenómeno inextirpable porque respeta de modo riguroso la ley de reciprocidad” (Brioschi citado por Bassols). Según esta ley, ningún favor es desinteresado y siempre se podrá justificar el gozar de una prebenda ¡sin sentir culpa alguna! Si el otro lo hace –robar una bicicleta–, yo también puedo hacerlo, y sin sentirme culpable, ya que ¡todos lo hacen! Si el otro cobra una coima, o se pasa un semáforo en rojo, pues yo también lo hago, y si todos lo hacen, pues yo tampoco soy responsable, es decir, culpable. Y si además, el Otro –El Otro de la ley– perdona o no castiga debidamente… ¡apague y vámonos! O mejor preguntémonos, antes de robar la bicicleta: “¿por qué querrían ustedes entonces poseer esta bicicleta?” (Bassols).
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