Lacan ha enseñado que el malentendido hace parte de la comunicación humana, es constitutivo de ella, de tal manera que el sujeto puede ser responsable de lo que dice, pero no de lo que el Otro escuche o entienda. Esto se da porque el sentido de lo que se dice, no lo determina el hablante, sino el otro que escucha. Esto rompe con cualquier teoría de la comunicación.
Incluso Lacan (1980) llega a decir que el sujeto es producto de un malentendido, y esto constituye el trauma del nacimiento. ¿Por qué el sujeto es producto de un malentendido? Porque es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua. Hombres y mujeres no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido. A veces ni siquiera se escuchan entre ellos, por eso la reproducción resulta siendo un malentendido consumado, malentendido que el cuerpo del sujeto vehiculizará con dicha reproducción. Así pues “El cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido” (Lacan). El cuerpo es el fruto de un linaje, de una ascendencia familiar, y buena parte de sus desgracias se debe a que ese cuerpo ya nadaba, ya estaba sumergido en el malentendido tanto como le era posible (Lacan). Es decir, se trata de un cuerpo -el cuerpo de un sujeto- del cual ya se hablaba en la familia, ya se decían y se pensaban un montón de cosas sobre él, y eso no es sin consecuencias.Es lo que hereda el sujeto: ese malentendido en el lenguaje de sus padres y su familia. "El malentendido ya está desde antes, en la medida en que forman parte de ese bello legado desde antes, o más bien forman parte del parloteo de sus ascendientes" (Lacan). ¡Y esto es el inconsciente!
“No hay otro traumatismo del nacimiento que nacer como deseado”, dice Lacan (1980). Y producto de un malentendido que es estructural, propio de las relaciones de pareja, si es que se le puede llamar a esto “relación”. El psicoanálisis enseña que la relación sexual no existe, es decir, que no hay proporción entre los sexos; entre ellos lo que hay es un malentendido estructural permanente. ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay un malentendido fundamental, una falla esencial, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese malentendido permanente entre ellos.
Miller (1999) indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19). Hay algo que falla y entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre los sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Y el psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Lacan lo dice así: “En cuanto al psicoanálisis, su hazaña es explotar el malentendido” (1980).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
martes, 27 de marzo de 2018
lunes, 26 de febrero de 2018
469. Sobre el diagnóstico de la estructura clínica.
Para hacer el diagnóstico de la estructura, el psicoanalista no se fija
en la conducta del paciente, ni en su inteligencia o su bondad, o si
tiene buenas costumbres o viste de forma extravagante, no; “Seríamos muy
inocentes si a juzgar por cómo viste un analizante podríamos elaborar
un diagnóstico de estructura” (Pérez, 2018). El diagnóstico de la
estructura la hace el analista escuchando al paciente. Por eso se dice
que la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, opuesta a la
clínica médica, que es una clínica de la mirada: ir a ver qué tiene el
paciente: dónde le duele, qué lesión tiene, a qué responde su malestar:
un virus, una bacteria, etc.
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.
El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.
En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.
Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).
viernes, 19 de enero de 2018
468. ¡No estaba pensando, estaba gozando!
"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en
psicología" (Pérez, 2018). Inclúso esto es válido para los psicólogos:
¿tener un diploma los autoriza para ejercer la clínica? ¿Un conjunto de
materias es suficiente para avalar un acto? El acto analítico, es decir,
el hecho de intervenir a un analizante, es un asunto ético de gran
responsabilidad, por las consecuencias que dicho acto puede tener en el
destino de ese sujeto que se analiza, "acto que se sostiene bajo
transferencia y que, no pocas veces, horroriza a más de uno" (Pérez).
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
Definitivamente, un par de sellos en un diploma no es suficiente para sostener una actividad (Pérez, 2018), y esto vale tambien para muchas profesiones. Tampoco es suficiente para recibir pacientes en un consultorio, sobretodo si se trata de hacer psicoanálisis. Por eso un psicoanalista se forma en el diván, haciendose un análisis con otro psicoanalista. También necesita, por supuesto, tener un saber sobre la clínica, y no solo la clínica psicoanalítica, y hacer supervisión de sus casos una vez se autorice a atender pacientes.
En muchos aspectos el psicoanálisis es contrario a los propósitos de la psicología, empezando porque es un discurso que "subvierte al sujeto de la certeza, esto es, al «pienso, luego existo»" (Pérez, 2018). El psicoanálisis esta hecho para interrogar al sujeto en todo lo que sabe, todo lo que cree y los ideales con los que se orienta en la vida. Por esta misma razón, el psicoanálisis también cuestiona los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal, 2014).
Al subvertir al sujeto, el psicoanálisis sabe que él llega a ser allí donde no piensa. "Soy donde no me pienso" es el cogito del psicoanálisis, por eso su acto no apunta al reforzamiento del yo, ni a hacer al sujeto feliz, ni a la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica; el psicoanálisis más bien apunta a que el sujeto habite el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana de una manera menos tonta (Dessal, 2014).
Para el psicoanálisis pensar y ser son antinómicos, por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al cogito cartesiano al decir «pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso». Decir que “soy allí donde no pienso” es decir que “soy allí donde yo gozo”; por tanto, “allí donde yo gozo, no pienso”, por eso el sujeto pierde la cabeza, pierde la razón cuando está gozando y solo empieza a pensar después de que ha gozado: "¿yo por qué hice esto si sabía que estaba mal?", "¿qué me ha pasado?, ¿por qué perdí el control?, ¡quedé como un tonto, como un bobo!"; es decir, el sujeto se queja de todas las tonterías que ha hecho una vez que recupera la razón; ¡no estaba pensando, estaba gozando!, es decir, estaba satisfaciendo sus impulsos sexuales y agresivos, eso que el psicoanálisis llama pulsión. El sujeto se entrega al goce -beber, comer, maltratar, pegar, consumir, fumar, tener sexo, etc.- y ya no piensa más; probablemente si se sentara a pensar, no haría todas las tonterías que hace
jueves, 14 de diciembre de 2017
467. Cinco modelos de relaciones de pareja
Miller (2003) plantea en el texto La pareja y el amor, cinco tipos de modelos de relación de pareja, a manera de hipótesis, como un ejercicio de reflexión sobre los problemas que se presentan en las relaciones de pareja contemporáneas. El primer modelo él lo denomina «elección de objeto narcisista». En efecto, se trata de esas parejas que se eligen con base a su narcisismo, con base a su amor propio, es decir, eligen al otro en la medida en que ese otro se parece a ellos mismos, o se elige al otro en la medida en que el otro representa lo que se quiere llegar al ser; en este caso el otro funciona como Yo ideal. De hecho Freud mismo plantea que en esta elección de objeto narcisista, se puede elegir al otro en la medida en que ese otro representa lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera llegar a ser. De todos modos, el narcisismo siempre está en juego en la elección del objeto amoroso. Esto es lo que hace a esa elección, algo engañosa, ya que al amar al otro, el sujeto se está amando a sí mismo, de tal manera que cuando un sujeto le dice al otro “como eres de lindo”, faltaría agregar a esa frase, “como yo”: “eres tan lindo, como yo”, “eres tan inteligente, como yo”, y así sucesivamente con cada una de las frases halagadoras que la pareja le dirigen al otro. Así pues, en el amor narcisista la verdad es que el sujeto no ama al otro, sino que se ama a sí mismo en el otro.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
Esta elección de objeto narcisista se sostiene en la relación especular que todo sujeto sostiene con sus semejantes. Casi que responde a la consigna: “mientras más parecido a mí, más lo amo”. Esta relación especular (se le denomina así por la fase del espejo, por la relación que establece el sujeto con su propia imagen en el espejo y que constituye el «Yo» por una identificación con esa imagen) es lo que explica que se sienta afinidad por personas semejantes al sujeto; es más, la mayoría de los amigos lo son porque se parecen al sujeto y difícilmente éste acepta como amigos a personas que son diferentes a él. Las relaciones amorosas sostenidas en el narcisismo son las más lábiles; fácilmente terminan o se rompen en el momento en que aparecen las pequeñas diferencias; cuando el otro ya no es más como el sujeto creía que era, empieza el desamor, la incompatibilidad y lo insoportable que se vuelve el otro para el sujeto. Cuando las parejas se llegan a conocer verdaderamente, aparecerán esas “pequeñas diferencias” que harán al otro insoportable; de aquí la importancia de conocer muy bien al otro y no dejarse llevar por lo engañosa que es esa imagen de perfección del otro que aparece al comienzo de toda relación. Si la relación solo se sostiene en el narcisismo, al aparecer las diferencias, esto llevará al rompimiento de la relación, lo que es bastante común en las relaciones amorosas entre actores y modelos.
El segundo modelo de pareja introduce, junto a esa relación imaginaria (narcisista), una función «simbólica» (Miller, 2003). Se trata de “la identificación a uno de los padres sosteniendo los elementos narcisistas” (p. 19). Es lo que Freud denominó elección de objeto por apuntalamiento. Consiste en que se elige una pareja en la medida en que es «como el padre» o «como la madre» del sujeto. Aquí, entonces, la elección de objeto se apoya en el hecho de que la pareja elegida se parece al padre, en el caso de las mujeres, o a la madre, en el caso de los hombres. Por supuesto, esta elección sucede de forma inconsciente y muchas veces solo después el sujeto se da cuenta de lo parecida que es su pareja ya sea a su madre o a su padre. Esta referencia edípica ayuda a consolidar la relación de pareja.
El tercer modelo es denominado por Miller (2003) como el «modelo fantasmático». Consiste en que la pareja responde al fantasma fundamental del sujeto, es decir, la pareja ocupa el lugar del objeto de satisfacción sexual (goce) en el fantasma del sujeto. Un ejemplo de ello es cuando a un hombre le gusta tratar mal, con palabras soeces, a una mujer, en el momento del encuentro sexual, y se encuentra con una mujer a la que le gusta que la traten mal y hasta le demanda a su pareja que le diga “perra”, “puta”, etc., sin lo cual esta mujer, y ese hombre, no alcanzarían fácilmente el éxtasis sexual; y además, se puede tratar de un ejecutivo modelo, y ella una dama de la alta sociedad, y hasta feminista, solo que en la cama le gusta que le digan “puta”. El fantasma fundamental se pone en juego en esa elección de objeto fantasmática a raíz de encontrar en el otro un rasgo físico, un “divino detalle”, una nimiedad (cualidad o defecto que se observa en el otro) que hace que se desencadene la pasión sexual por el otro. “A veces uno podría decir que las mejores parejas son las parejas fantasmáticas, en las que una cierta complementariedad -aunque sea en el dolor- está asegurada” (p. 19). Este tipo de parejas tienen un apego mucho mayor el uno por el otro, a tal punto que es lo que se denomina en el lenguaje vulgar “encoñamiento”, o si se trata del esposo que se va con otra, se dice de él que está “enyerbado”, y no es eso, sino que el otro ocupa en el fantasma del sujeto el lugar de objeto.
El cuarto modelo se denomina «modelo sintomático» (Miller, 2003). Es el mismo modelo fantasmático pero, “en este caso, se pone en evidencia que el escenario implica un disfuncionamiento” (p. 20), es decir, el otro se vuelve un síntoma para el sujeto, lo que se denomina en el lenguaje lacaniano el parternaire-síntoma. Algo del otro, incluso su goce, su manera de alcanzar la satisfacción sexual, se le hace insoportable al sujeto. Y esto es el síntoma: lo imposible de soportar, solo que, como el otro ocupa el lugar de objeto en el fantasma del sujeto, eso une mucho a la pareja, y entonces es difícil dejarlo, separarse de él. Aquí encontramos todas esas parejas que se quejan del otro (su maltrato, por ejemplo), pero no lo pueden dejar; lo siguen amando o siguen muy apegadas a él a pesar de lo imposible de soportar que es el otro; o se separan pero al poco tiempo regresan, y asi se la pasan: separándose y volviendo a estar juntos, sobretodo porque a nivel de su fantasma encuentran esa cierta complementariedad (léase satisfacción sexual) que los une irremediablemente.
El quinto y último modelo involucra “la perspectiva misma del parternaire-síntoma” (Miller, 2003, p20), pero incluye la dimensión del amor propiamente dicha, ese amor que se abre al Otro en la medida en que se trata del Otro que no tiene, del Otro en falta. “El amor es lo que diferencia al parternaire de un puro síntoma” (p. 20); esto es lo que le permite a la pareja, dice Miller, proyectar el síntoma afuera. Aquí encontramos esas parejas que, a pesar de tener un imposible de soportar, uno de ellos excusa o justifica al otro por el amor que siente por él. Es el caso, por ejemplo, del padre de familia que se toma sus tragos el fin de semana y se pone necio o escucha música a alto volumen; los hijos se quejan de él y hasta le dicen a la mamá que por qué no se separa, y la mamá les responde justificando su actuar: “su papá podrá ser un borrachito necio y cansón, pero es mi borrachito; háganme el favor de no molestarlo”.
viernes, 24 de noviembre de 2017
466. «No hay progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro»
Ni Freud ni Lacan eran progresistas. Lacan (1975) decía: "No hay
progreso. Lo que se gana de un lado se pierde del otro. Como no sabemos
lo que perdimos, creemos que ganamos". Estas palabras evocan las
palabras de Pepe Mujica cuando dice: "No compras con plata. Compras con
el tiempo de tu vida que gastas para conseguirla". Él también dice que
“Ocupamos el templo con el dios Mercado, él nos organiza la economía, la
política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas de
tarjeta la apariencia de felicidad”. En efecto, este es el nombre de la
crisis que vivimos en el mundo de hoy: Capitalismo rampante, ese
discurso que impera en todo lo que hacemos con esa ilusa idea de que
estamos progresando. ¿Progresado hacia dónde? Lo que se observa
verdaderamente es que a mayor progreso, más cerca estamos de la
autodestrucción. Ya lo dijo también Mujica, que parece lacaniano cada
vez que habla del discurso
capitalista: "Si aspiráramos en esta humanidad a consumir como un
americano promedio, son imprescindibles tres planetas para poder vivir".
Y también: "Prometemos una vida de derroche y despilfarro,
que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y
contra la humanidad como futuro”.
Desde 1973 Lacan ya hablaba de la crisis que se vive hoy. Él había entendido la lógica del capitalismo, por eso su conclusión frente a esa máquina demoledora y demoníaca que no tiene freno fue “somos todos proletarios.” ¿Qué significa esto? Que "hay una precarización general, mundial, de cada uno, que corresponde al desarrollo actual del capitalismo y que él ha entendido hace más de 40 años" (Miller, 2009). Incluso, a pesar del desarrollo de la ciencia y la tecnología, que se suma a esa ilusión efímera de progreso de la humanidad, el malestar de la cultura persiste. Ya lo había también previsto Freud en su texto El malestar en la cultura, texto de una actualidad ominosa. "El malestar sigue, no hay liberación" (Miller, 2009). ¿Qué hacer entonces con esta crisis que anticipa un futuro oscuro, tanático, apocalíptico? Dice Mujica: “Hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la automarginación y autoexclusión”. ¿Nacimos solo para consumir, y no para vivir? “Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro” (Mujica).
¿El psicoanálisis piensa en el futuro? Toda persona se piensa a sí misma en el futuro, no sin angustia, hoy exacerbada frente a esa precarización que produce el discurso capitalista. "Hoy los jóvenes conocen esta angustia. Quizás ellos no pueden decirla, pero tienen esta angustia. Es importante permitir a cada uno acercarse para ver de qué se trata esa angustia" (Miller, 2009). Los jóvenes quisieran un porvenir seguro, pero la máquina capitalista produce una paradoja, como la produce con la ilusa idea de progreso y felicidad al consumir: "cuando el capitalismo trabaja cada día más sobre el tema de la seguridad, la inseguridad aumenta. Y de una cierta manera la infelicidad del capitalismo es que cuando empieza a trabajar sobre un punto para suprimirlo, lo refuerza (...) Y la precariedad aumenta en la medida que aumenta la seguridad, la promesa de seguridad". (Miller, 2009). Mujica lo dice así: "El hombrecito promedio a veces sueña con vacaciones y libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día el corazón se para y adiós”.
Desde 1973 Lacan ya hablaba de la crisis que se vive hoy. Él había entendido la lógica del capitalismo, por eso su conclusión frente a esa máquina demoledora y demoníaca que no tiene freno fue “somos todos proletarios.” ¿Qué significa esto? Que "hay una precarización general, mundial, de cada uno, que corresponde al desarrollo actual del capitalismo y que él ha entendido hace más de 40 años" (Miller, 2009). Incluso, a pesar del desarrollo de la ciencia y la tecnología, que se suma a esa ilusión efímera de progreso de la humanidad, el malestar de la cultura persiste. Ya lo había también previsto Freud en su texto El malestar en la cultura, texto de una actualidad ominosa. "El malestar sigue, no hay liberación" (Miller, 2009). ¿Qué hacer entonces con esta crisis que anticipa un futuro oscuro, tanático, apocalíptico? Dice Mujica: “Hemos nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la automarginación y autoexclusión”. ¿Nacimos solo para consumir, y no para vivir? “Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro” (Mujica).
¿El psicoanálisis piensa en el futuro? Toda persona se piensa a sí misma en el futuro, no sin angustia, hoy exacerbada frente a esa precarización que produce el discurso capitalista. "Hoy los jóvenes conocen esta angustia. Quizás ellos no pueden decirla, pero tienen esta angustia. Es importante permitir a cada uno acercarse para ver de qué se trata esa angustia" (Miller, 2009). Los jóvenes quisieran un porvenir seguro, pero la máquina capitalista produce una paradoja, como la produce con la ilusa idea de progreso y felicidad al consumir: "cuando el capitalismo trabaja cada día más sobre el tema de la seguridad, la inseguridad aumenta. Y de una cierta manera la infelicidad del capitalismo es que cuando empieza a trabajar sobre un punto para suprimirlo, lo refuerza (...) Y la precariedad aumenta en la medida que aumenta la seguridad, la promesa de seguridad". (Miller, 2009). Mujica lo dice así: "El hombrecito promedio a veces sueña con vacaciones y libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día el corazón se para y adiós”.
lunes, 30 de octubre de 2017
465. Deseo y capitalismo: «El deseo es la vida del sujeto»
El psicoanálisis denomina «la época del Otro que no existe» a esta época
en la que ni la política, ni la religión, dan respuestas a la pregunta
del sujeto por el sentido de la existencia. Lo que ofrece la cultura
contemporánea, y como imperativo categórico, es el goce: la satisfacción
inmediata en la adquisición y usufructo de un sin número de objetos de
consumo. Esto es lo que hace que el goce sea adictivo y que el sujeto se
vuelva adicto a todo. “El goce es adictivo y las promesas de goce
ilimitado dejan al sujeto profundamente desorientado. Lo vemos en las
mil y una adicciones que empujan hoy a las personas al límite de la
muerte” (Bassols, 2016).
Así, por ejemplo, el joven chino Wui Tai, de 24 años, murió en un
cibercafé de Shanghai luego de jugar un video juego durante 19 horas
seguidas.
Así pues, el sujeto contemporáneo tiene un sentimiento del sinsentido en su existencia. “¿Qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo.” (Soler, 2017) Entonces, lo que fundamentalmente le da un sentido a la vida del sujeto es el deseo. Cuando algo se desea con firmeza, el sinsentido de la vida deja de percibirse, es decir, “el deseo es la vida del sujeto” (Soler).
El problema es que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, ¿por qué? Porque el capitalismo explota el deseo; el mercado promete toda una serie de objetos que colmarían el deseo, desencadenándose ese consumismo desenfrenado del sujeto contemporáneo. Cada vez que se promete al sujeto el último objeto de deseo –el nuevo y rápido celular, el televisor con más resolución, la computadora más potente, etc.– el deseo es relanzado; el mercado hace creer con su propaganda que lo que falta está en el mercado, que se debe comprar ese nuevo objeto para satisfacer el deseo. Esto conduce a una paradoja, y es que, mientras más se consume, el sujeto experimenta más exacerbadamente ese sinsentido de la existencia. El capitalismo se ocupa de lo que vende, por eso explota el Día del Padre, del Niño, del amor y la amistad, Halloween, etc. El capitalismo lo explota todo (Soler, 2017). Entonces, si el sujeto desea, el sinsentido de la vida se deja de percibir, pero deseando todo lo que ofrece el mercado y consumiéndolo, reaparece ese sinsentido de la existencia.
El psicoanálisis busca producir un cambio en el deseo del sujeto, busca tocar el deseo del sujeto permitiéndole reapropiarse de su propio deseo y actuarlo (Soler, 2017). Se trata de un deseo peculiar, singular; no es el deseo de los objetos que ofrece el mercado, que sería un deseo homogenizado, colectivo: todos deseando lo mismo y consumiendo los mismos objetos del mercado. No, aquí se trata de un deseo particular, peculiar, un deseo que lleva al sujeto a pelear, a luchar, a apasionarse por algo singular que termina dándole un sentido a su existencia.
Así pues, el sujeto contemporáneo tiene un sentimiento del sinsentido en su existencia. “¿Qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo.” (Soler, 2017) Entonces, lo que fundamentalmente le da un sentido a la vida del sujeto es el deseo. Cuando algo se desea con firmeza, el sinsentido de la vida deja de percibirse, es decir, “el deseo es la vida del sujeto” (Soler).
El problema es que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, ¿por qué? Porque el capitalismo explota el deseo; el mercado promete toda una serie de objetos que colmarían el deseo, desencadenándose ese consumismo desenfrenado del sujeto contemporáneo. Cada vez que se promete al sujeto el último objeto de deseo –el nuevo y rápido celular, el televisor con más resolución, la computadora más potente, etc.– el deseo es relanzado; el mercado hace creer con su propaganda que lo que falta está en el mercado, que se debe comprar ese nuevo objeto para satisfacer el deseo. Esto conduce a una paradoja, y es que, mientras más se consume, el sujeto experimenta más exacerbadamente ese sinsentido de la existencia. El capitalismo se ocupa de lo que vende, por eso explota el Día del Padre, del Niño, del amor y la amistad, Halloween, etc. El capitalismo lo explota todo (Soler, 2017). Entonces, si el sujeto desea, el sinsentido de la vida se deja de percibir, pero deseando todo lo que ofrece el mercado y consumiéndolo, reaparece ese sinsentido de la existencia.
El psicoanálisis busca producir un cambio en el deseo del sujeto, busca tocar el deseo del sujeto permitiéndole reapropiarse de su propio deseo y actuarlo (Soler, 2017). Se trata de un deseo peculiar, singular; no es el deseo de los objetos que ofrece el mercado, que sería un deseo homogenizado, colectivo: todos deseando lo mismo y consumiendo los mismos objetos del mercado. No, aquí se trata de un deseo particular, peculiar, un deseo que lleva al sujeto a pelear, a luchar, a apasionarse por algo singular que termina dándole un sentido a su existencia.
jueves, 28 de septiembre de 2017
464. El sujeto no se reduce al cerebro
La mereología, "el estudio de las relaciones entre partes, tanto de las partes con el todo, como de las partes con otras partes" (Varzi, 2010), se convierte en una falacia en el momento de abordar el estudio del cerebro. "Adscribir al cerebro capacidades subjetivas sería un ejemplo de falacia mereológica" (Levy Yeyati, 2017). Si bien se le adscriben al cerebro todo tipo de capacidades cognitivas, perceptivas y volitivas, el problema es que el cerebro no es un sujeto: "ver, saber, creer es propio de la experiencia humana, no de los sistemas y aparatos del cuerpo humano" (Levy Yeyati). Reducir el sujeto o la subjetividad humana al cerebro, es un craso error de las neurociencias, a partir del cual piensan que las patologías del individuo responden a daños en el funcionamiento del cerebro, y que basta con corregir esos daños para que el sujeto empiece a funcionar "bien" de nuevo, es decir, piensan que el sujeto se puede arreglar "reseteando" el cerebro o interviniendo su quimismo y funcionamiento eléctrico.
Así pues, si el sujeto padece de algún síntoma, los neuropsicólogos escanean el cerebro haciendo una resonancia magnética; buscan localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”. El problema de las neurociencias es que intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central; no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. El lenguaje, que preexiste al sujeto y constituye un Otro extranjero para él en un primer momento, es una especie de "alienígena" que viene a alienar (valga la redundancia) al sujeto. Es una alienación necesaria si se quiere hacer de ese organismo, de ese sistema nervioso central, un sujeto, un ser humano.
En efecto, Lacan nos ha enseñado que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que una vez se “apodera” del cerebro, trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, incluso patologizándolo, y transformando ese organismo en un cuerpo, es decir, en una representación que hace el sujeto de sí mismo, representación que solo es posible en la medida en que el sujeto hace uso del símbolo, del lenguaje. A partir de ese momento, cuerpo y organismo no son la misma cosa, así las neurociencias sigan pensando que se puede reducir el cuerpo y la subjetividad al organismo (Bassols, 2012).
Lacan siempre rechazó localizar la génesis del trastorno mental en el sistema nervioso (Laurent, 2008), ya que él tenía claro que lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico, cosa que la ciencia y las neurociencias no logran comprender. No hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje y que por lo tanto también es materia–, con esa otra sustancia que es el organismo físico, incluido el cerebro. El psicoanálisis no niega ese soporte físico para la subjetividad que es el cerebro; el problema está en que eso que el psicoanálisis llama «sujeto», es el que determina el sentido, el sentido de todo: de la vida, de las palabras, de los hechos; es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene el «sujeto», ese que funda la subjetividad (Bassols, 2012).
El cerebro, sustancia física, funciona como una memoria; pero así funcione como una memoria, no sabe nada (Bassols, 20012). Esta situación se parece a lo que sucede con Google, el cual es un cerebro virtual gigante: tiene mucha información guardada en sus servidores, en sus “cerebros”, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando se busca una información en Google aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro.
Así pues, si el sujeto padece de algún síntoma, los neuropsicólogos escanean el cerebro haciendo una resonancia magnética; buscan localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”. El problema de las neurociencias es que intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central; no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. El lenguaje, que preexiste al sujeto y constituye un Otro extranjero para él en un primer momento, es una especie de "alienígena" que viene a alienar (valga la redundancia) al sujeto. Es una alienación necesaria si se quiere hacer de ese organismo, de ese sistema nervioso central, un sujeto, un ser humano.
En efecto, Lacan nos ha enseñado que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que una vez se “apodera” del cerebro, trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, incluso patologizándolo, y transformando ese organismo en un cuerpo, es decir, en una representación que hace el sujeto de sí mismo, representación que solo es posible en la medida en que el sujeto hace uso del símbolo, del lenguaje. A partir de ese momento, cuerpo y organismo no son la misma cosa, así las neurociencias sigan pensando que se puede reducir el cuerpo y la subjetividad al organismo (Bassols, 2012).
Lacan siempre rechazó localizar la génesis del trastorno mental en el sistema nervioso (Laurent, 2008), ya que él tenía claro que lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico, cosa que la ciencia y las neurociencias no logran comprender. No hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje y que por lo tanto también es materia–, con esa otra sustancia que es el organismo físico, incluido el cerebro. El psicoanálisis no niega ese soporte físico para la subjetividad que es el cerebro; el problema está en que eso que el psicoanálisis llama «sujeto», es el que determina el sentido, el sentido de todo: de la vida, de las palabras, de los hechos; es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene el «sujeto», ese que funda la subjetividad (Bassols, 2012).
El cerebro, sustancia física, funciona como una memoria; pero así funcione como una memoria, no sabe nada (Bassols, 20012). Esta situación se parece a lo que sucede con Google, el cual es un cerebro virtual gigante: tiene mucha información guardada en sus servidores, en sus “cerebros”, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando se busca una información en Google aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro.
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