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60. Egoísmo y altruismo.

El ser humano suele reivindicar para sí mismo una libertad individual siempre anhelada, pero esta suele experimentar una serie de limitaciones en virtud del desarrollo cultural. La libertad individual no parece hacer parte de los patrimonios de la cultura. De hacer cumplir esas limitaciones -que se traducen en normas, leyes y reglamentos impuestos a los seres humanos para que puedan vivir en comunidad-, se encarga la justicia, y ninguno de sus integrantes estará exento de ajustarse a ella. Por esto el esfuerzo libertario de ciertos sujetos se dirige contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o contra ella en general. Pero el conflicto existente entre la libertad individual y la denominada voluntad de la masa, tiene en la cultura un carácter permanente. ¿Será posible hallar un equilibrio entre las demandas de los sujetos y las exigencias culturales de la comunidad?

Tanto la evolución cultural como el desarrollo del sujeto son procesos de gran importancia para toda la humanidad. El primer paso en el progreso cultural consistió en la reunión de seres humanos aislados en una comunidad. Por tal razón, el objetivo de la cultura es fundamentalmente la introducción del sujeto en una sociedad que permanece unida por sus vínculos de amor y trabajo. Pero el objetivo primordial del desarrollo individual, la búsqueda de la felicidad, no coincide totalmente con el propósito cultural.

En el ser humano se observan dos aspiraciones opuestas: un afán por alcanzar la dicha, que suele ser egoísta, y un afán de reunirse con los demás en la comunidad y que se denomina altruista. En el desarrollo individual el acento recae sobre el anhelo egoísta de dicha; la aspiración cultural se convierte, por tanto, en una exigencia y una limitación para los deseos egoístas de los sujetos, y así la meta de la felicidad es colocada en un segundo plano. Al parecer, la creación de una comunidad se lograría mejor si no hiciera falta preocuparse por la felicidad particular de los sujetos.

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