viernes, 26 de octubre de 2018

477. ¿Qué es ser un canalla?

El psicoanálisis piensa, como lo piensa de Hannah Arendt , que si las personas son llevadas a experimentar determinadas circunstancias, ellas pueden llegar a ejercer el mal; hasta la persona aparentemente más buena, puede llegar a realizar los actos más crueles y horribles hacia otras bajo determinadas circunstancias. Esto significa que todos los seres humanos llevan por dentro a un asesino en potencia, a un torturador, a un ser maligno. El diablo no está afuera, en el exterior, sino que está dentro de cada uno de nosotros. Solo basta ver un noticiero en un país como Colombia para saberlo: explotación sexual, trata de blancas, abusos sexuales, pederastia, violaciones, asesinatos, torturas, desapariciones, feminicidios, maltrato intrafamiliar, etc. La lista es larga. Esto no significa, para nada, que todos los seres humanos serían capaces de cometer las mismas atrocidades. "No hay ninguna razón para pensar que una persona que nos pueda parecer totalmente inocente, responsable, magnífica persona, bajo ciertas circunstancias, que a lo mejor no las va a encontrar nunca, pero no sabemos si la vida puede conducirlo a que en una determinada coyuntura cometa algo que le pueda resultar inimaginable" (Dessal, 2018). Pero esto no la hace ser un canalla.

"Un canalla es aquella persona que es capaz efectivamente de discernir su relación con el mal y de ejercerlo sin ninguna clase de escrúpulos morales" (Dessal, 2018). Al canalla le gusta hacer el mal, "es el mal por el mal" (Dessal), lo cual lo aleja de las personas que llegan a realizar actos violentos en nombre de una ideología. En nombre de Dios, o de una raza pura, o de los principios de un partido político, un sujeto puede llegar a hacer actos repudiables, pero esto no lo hace un canalla. "Un canalla es aquel que asume el ejercicio del mal ni siquiera amparándose en una determinada ideología" (Dessal).

El canalla es un sujeto que distingue el bien del mal, "es alguien que actúa con consciencia del mal y sin necesidad de sentirse legitimado más que en su propio goce" (Dessal, 2018). En efecto, este es probablemente el descubrimiento más importante del psicoanálisis: llegar a saber que los seres humanos encuentran una gran satisfacción haciendo el mal. Pero canallas tampoco son los sujetos que, haciéndole algún mal a otro, se sienten culpables o responsables por lo que han hecho. El canalla "es alguien que no tiene escrúpulos de ningún tipo", y por lo tanto no experimenta ninguna culpa por lo que ha hecho.

En este sentido, el canalla se acerca a la descripción que hace el discurso psiquiátrico del psicópata, o por lo menos coinciden en que ambos carecen de sentimiento de culpa. Casi que se podría decir que todo psicópata es un canalla, pero no todo canalla es necesariamente un psicópata. El canalla no se constituye en una entidad clínica; "canallas podemos encontrarlos en todo el espectro clínico. Los neuróticos, los perversos, los psicóticos" (Dessal, 2018). De los perversos también se podría decir que son canallas, solo que algunos de ellos eventualmente pueden experimentar algo de culpa frente a sus actos.

Entonces, ¿qué es lo que distingue verdaderamente a un canalla? Dessal (2018) responde que "canalla es aquel que se afirma, digamos, en el goce que ejerce sin ninguna clase de responsabilidad ni de limitación, que es consciente de ello, y que no le importa en absoluto las consecuencias que eso tenga para los otros". Además, el canalla es un sujeto que no se cuestiona frente a su propio accionar, no se relaciona con su propio inconsciente, y por lo tanto, no demanda un análisis.

martes, 25 de septiembre de 2018

476. El complejo de castración

La investigación sexual de los niños es una de las características más importantes de la sexualidad infantil. Ella comienza bien temprano en la infancia, antes del tercer año de vida, dice Freud (1916/17), y no arranca de la diferencia sexual, que nada significa para los niños, ya que el niño, por lo menos el niño varón, atribuye a ambos sexos el mismo genital: el masculino. A este período de la vida del niño Freud lo denominó «fase fálica», la cual sería la tercera fase del desarrollo psicosexual del niño, después de la fase oral y la fase sádico anal, y antes de la fase genital.

Durante la fase fálica, entonces, los genitales de ambos sexos no desempeñan ningún papel, sino solo el masculino. "Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados" (Freud, 1940, p. 152), y solo interesa, a niños y niñas, el genital masculino, es decir, el falo, ya que es el que pueden observar claramente. Por lo tanto, niños y niñas parten de la «premisa universal del pene», es decir, de la suposición de la presencia del genital masculino en todos los seres humanos. En los niños esto es muy claro, pero ¿por qué en las niñas también? Porque cuando las niñas descubren la diferencia sexual, ellas la subjetivan pensando que a ellas les falta el falo, es decir, que a ellas o no les dieron uno, o se lo quitaron, o no les creció. La referencia es entonces a la presencia del falo en todos los niños.

¿Cómo subjetiva el niño varón la diferencia sexual? El dirá que hay seres en el mundo que les falta lo que él sí tiene, lo cual para él es algo amenazante; al ver que hay seres en el mundo que no tienen pene, él supone que lo han perdido o que se lo han cortado; él se va a angustiar por esto, y a esto Freud (1916) lo llamó «angustia de castración». Entonces, al descubrir el niño varón que una hermanita o una compañera de juegos no tiene idénticos genitales a los de él, la primera reacción del niño será "desmentir el testimonio de sus sentidos, pues no puede concebir un ser humano semejante a él que carezca de esa parte que tanto aprecia" (Freud, 1916/17, p. 290).

Entonces, hasta ahora tenemos lo siguiente: Freud llama «complejo de castración» al encuentro de los niños con la diferencia sexual anatómica. ¿Cómo subjetivan niños y niñas la diferencia sexual? ¿Cómo inscriben la diferencia sexual en el psiquismo? Niños y niñas subjetivan dicha diferencia diciendo: "los niños tienen pene, las niñas... no tienen pene"; nunca los niños y las niñas subjetivan la diferencia sexual diciendo: "los niños tienen pene y las niñas tienen vagina". Subjetivar el pene significa que este recibe por parte del sujeto, una significación. La significación que le da el sujeto al pene es lo que hace de él el falo. El falo es, entonces, el nombre que recibe el pene una vez éste ha sido significantizado, es decir, subjetivado por el sujeto. Y la forma como subjetivan niños y niñas al falo es: “está o no está”. Es cuestión de tener o no tener.

Como ya se indicó, los genitales femeninos a esta edad del niño (entre tres y cinco años) son ignorados, no tienen ninguna importancia, ya que lo que pesa en los niños es lo que observan, lo que ven; “hasta hoy -dice Miller (2002)- es un hecho que un tengo esencial, primordial, recae sobre el pene” (pág. 153), recae sobre eso que se ve, y lo que ven niños y niñas es que hay seres que tienen algo que a los otros les falta; es así como se subjetiva ese tener o no tener un pene, es así como se subjetiva la diferencia sexual en ambos sexos. Por eso lo que Freud llamó «castración» es una castración simbólica; no es una castración real: a nadie se le corta nada; la falta de pene que se introduce en la niña es simbólica.

Así pues, todo infante suele creer que todos los seres del mundo tienen un solo genital, el masculino. Tanto para la niña como para el niño, sólo el genital masculino es tenido en cuenta a la hora de establecer la diferencia sexual. El genital femenino, como ya se dijo, no significa nada para ellos; se le puede explicar la diferencia sexual a una niña diciéndole que los niños tienen pene y las niñas vagina, pero esto no le dice nada. Lo que sí le dice algo es lo que ella observa: que hay seres que tienen un apéndice que ella no. Igual el niño: en el momento de su encuentro con la diferencia sexual, el niño no puede creer lo que ve: que existen seres que no tienen lo que él sí tiene.

Entonces, en un primer momento, el niño tiene la creencia de que todos tienen pene. “Así como soy yo, así debe ser todo el mundo”. No existe en la psiquis del niño la posibilidad de que alguien no lo tenga. En un segundo momento el pene es algo presente en los niños pero que falta en las niñas; entonces él piensa que puede perderlo; considera que la niña no lo tiene porque lo perdió. A su vez, la niña considera que el varón, por tener un pene, es completo, y que ella ha sido privada de ese órgano, que no se le dio. Esto la lleva a sentirse incompleta, inclusive inferior al niño, entonces va a desear querer tener uno, tener un pene. A este deseo Freud lo llamó «envidia del pene»; esto lleva a muchas niñas a comportarse como los niños: empiezan a orinar de pie, o a jugar los juegos de los niños: fútbol, etc. Ella tampoco se resigna a no tener lo que el niño sí tiene, y desea uno para ella.

El tener el falo no es ninguna ventaja para los hombres, ya que temen perderlo -angustia de castración-; por eso se dedican a cuidar lo que tienen: su pene, su dinero, su mujer, esa con la que hacen ostentación de lo que tienen, al igual que con su moto, su automóvil o sus lujos, ostentación que los hace ver como unos idiotas. Las mujeres no tienen falo, pero desean tener uno -envidia del pene-; para eso recurren a sustituir simbólicamente el falo por otros objetos: un hijo por ejemplo (Brodsky, 2004). Así pues, a las mujeres les va mejor: como no tienen nada que perder, no padecen de la angustia de castración. Esto las hace más aguerridas y más decididas con lo que desean en la vida.

Por último: el complejo de castración vale para ambos sexos, solo que niños y niñas lo viven de una manera diferente: los niños temen perder lo que tienen, las niñas, en cambio, desean uno para ellas. Estas dos posiciones, en unos y otras, tendrá enormes consecuencias en la posición subjetiva como hombres y como mujeres.

viernes, 31 de agosto de 2018

475. Las tres respuestas del niño al deseo de la madre

El psicoanálisis lacaniano nos enseña sobre los tres lugares que puede ocupar el niño frente al deseo de la madre. El deseo de la madre se constituye en uno de los elementos clave en la relación del niño con un Otro significativo; el otro elemento es el Nombre del Padre, esta función simbólica que se separa del padre de familia y que hace posible la sustitución de la ley caprichosa de la madre, por la ley simbólica representada en la prohibición del incesto. Las tres posiciones del niño frente al deseo de la madre son: el niño como falo, el niño como síntoma y el niño como objeto en el fantasma de la madre. Cada una de estas posiciones determinan la estructura clínica del sujeto: perversión, neurosis y psicosis respectivamente.

El niño como falo de la madre es un niño que responde con una identificación al objeto de deseo de la madre: el falo, es decir, que la madre hace de él su objeto maravilloso, poniéndolo por encima del padre. Se trata de madres que sustituyen el deseo por el padre, o cualquier otro deseo, por el deseo por su hijo; su hijo se constituye en el bien más preciado, más que cualquier otra cosa. Se trata aquí de madres que suelen ser muy sobreprotectoras y alcahuetas con sus hijos, que hacen todo por ellos, y que hacen con ellos lo que se les antoja, es decir, dictan sobre ellos una ley absolutamente caprichosa. El destino para ese niño identificado al objeto de deseo la madre es la perversión, ya que, en esa posición, al lado de una madre que no se muestra en falta, deseante, sino como completa y satisfecha con su posesión -su hijo-, no hay lugar para la castración de ese niño, es decir, para la inscripción de la falta que lo hará un sujeto deseante. Cuando una mujer se reduce a ser solo mamá, el niño queda atrapado en su deseo como objeto fálico, situación que le dificulta el poder pasar a ser un sujeto a cabalidad.

El niño como síntoma de la madre tiene que ver, más específicamente, con el niño que se constituye como síntoma de sus padres; y esto es algo estructural, es decir, el niño es producto de ese malentendido estructural que se da entre los padres, ya que el niño es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua, que difícilmente se ponen de acuerdo; hombres y mujeres parecen de especies diferentes, ya que no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido, y el niño, se puede decir así, es producto de ese malentendido, es decir, un síntoma de la pareja parental. El niño se constituye, entonces, en un síntoma de los problemas y las dificultades que se presentan entre los padres, así pues, en muchos casos los síntomas neuróticos de los niños son la respuesta a ese malentendido estructural que hay en la pareja parental. Y casi que se podría concluir que todo sujeto neurótico es un síntoma de la relación de pareja.

Y el niño como objeto del fantasma de la madre es, en este caso, el niño que no es un objeto maravilloso, deseado, sino más bien un objeto de desecho. Esta situación se da cuando el niño no encuentra un lugar en el deseo del Otro, no encuentra un espacio en el deseo de la madre. El niño, aquí ya no se encuentra frente a un Otro deseante, en falta, sino que más bien se encuentra frente a un Otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como puro objeto de ese goce. Esto lo que produce es que el Nombre del Padre, ese significante fundamental que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”, queda rechazado, forcluído, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho.

martes, 17 de julio de 2018

474. «La agitación y el movimiento son propios de la infancia»

Hasta el día de hoy, no existen evidencias científicas "de que eso que llamamos TDAH sea algo rigurosamente establecido desde el punto de vista científico. Ni marcadores biológicos ni evidencias genéticas" (Ubieto, 2018). En efecto, el mismo DSM IV dice lo siguiente: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir que no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. Entones, ¿por qué se sigue diagnosticando el trastorno de hiperactividad? El inventor de este término, Leon Eisenberg, dijo poco antes de morir, a sus 87 años, que el TDAH es una enfermedad ficticia, que él la inventó para responder a un síntoma que se viralizaba a mediados del siglo XX. Se trata de niños que encuentran dificultades para aprender, porque son inquietos, no prestan atención, no obedecen, son distraídos, es decir, niños que hacen demandas que habría que atender con inmediatez, antes de que hagan un berrinche. Probablemente los niños no harían berrinche si los padres no corren a atender sus demandas. Así de simple.

El TDAH es un síntoma que se presenta fundamentalmente en el contexto educativo, ya que este le hace a los niños un sinnúmero de demandas: atención, obediencia, quietud, disciplina, etc. Pero, ¿qué niño no es inquieto? "La agitación y el movimiento son propios de la infancia y no tienen, en ellos mismos, nada de patológico" (Ubieto, 2018). Los niños inquietos, es decir, casi todos, enfrentan una serie de dudas e inquietudes que son normales durante su desarrollo, "preguntas del tipo ¿qué lugar tengo yo en ésta familia? ¿Qué soy, como hijo, en el deseo de mis padres? ¿Perderé su amor si les fallo o me confronto a ellos? ¿Por qué prefieren a mi hermano/a?" (Ubieto). Todo niño se ve enfrentado a resolver estas preguntas que tienen que ver con su ser y su existencia dentro de una familia o contexto que lo acoja y le brinde lo necesario, no solo para sobrevivir, sino, sobretodo, que le brinde amor. Lo más importante para todo niño, desde el momento que nace, es sentirse amado.

Para responder esas preguntas que los angustia y los agita, el niño recurre a sus recursos simbólicos, es decir, el lenguaje y la palabra; pero si estos recursos son precarios, "sea por la edad u por otras razones, siempre les queda el paso al acto, “hablar con el cuerpo” para encontrar alguna respuesta o al menos tranquilizarse" (Ubieto, 2018). En efecto, en ocasiones, cuando el niño está muy agitado y no se calma, estamos frente a un niño que sufre por algo, algo a lo que le falta ponerle palabras; por eso hay que buscar la manera de escucharlo. "Allí es donde debemos poner nuestros esfuerzos clínicos y, cuando sea necesario, recurrir a la medicación" (Ubieto). Lacan ya lo había señalado en «Dos notas sobre el niño»: la posición del niño responde a lo que hay de sintomático en la pareja; de cierta manera, el niño es el síntoma de los padres, es el síntoma de lo que no marcha en la relación de pareja.

Para los padres es un alivio que su hijo necio, que no se queda quieto y hace berrinches, sea diagnosticado con TDAH, ya que esto los desresponsabiliza de lo que le puede estar pasando al niño; y a su vez, el niño queda desresponsabilizado de su comportamiento hiperactivo: «no soy yo, es mi trastorno». No deja de ser un alivio para todos "reducir todo este embrollo a una cuestión objetiva y localizada en el cerebro o el cuerpo, como cualquier enfermedad" (Ubieto, 2018); pero como ya vimos, no hay evidencias científicas que den cuenta de dicho trastorno, por más que los neuropsicólogos así lo afirmen, mostrando los escaners o electroencefalogramas del niño. Ya Lacan lo advertía, en 1946: "los riesgos futuros no vendrían de la indocilidad de las personas sino de la pasión por etiquetar y reducir las complejidades humanas a categorías simples" (Ubieto). Lo que pasa es que a los neuropsicólogos se les olvida que lo subjetivo existe e insiste, que la subjetividad no se reduce al cerebro. ¿Qué es lo subjetivo? Pues lo psíquico, el psiquismo, eso tan extraño que llamamos la «psique» y que es el objeto de estudio de la psicología, eso que no se localiza en ningún lugar del cerebro, así se necesite de este para funcionar. Si el psiquismo y la subjetividad se redujera al cerebro, los psicólogos estudiarían medicina y la psicología no existiría.

miércoles, 20 de junio de 2018

473. El derecho a la singularidad

El psicoanálisis nos enseña que aquello que enferma al ser humano de forma radical es la ausencia de la relación sexual; esto significa que “nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como su complemento” (Miller, 2011). Uno de los aspectos más importantes que el psicoanálisis ha dilucidado sobre el sujeto es que «la relación sexual no existe». ¿Esto qué significa? Que entre los sexos no hay proporción sexual; que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y mujeres hay una falla esencial que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos, lo cual funda ese desencuentro permanente entre ellos. Además, “la ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de terapéutica como retorno a la salud mental” (Miller).

El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).

El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).

martes, 29 de mayo de 2018

472. El hombre es un animal enfermo

El hombre es, evidentemente, un animal enfermo; "la enfermedad no es para él un accidente, sino que le es intrínseca, que forma parte de su ser, de lo que podemos definir como su esencia" (Miller, 2011). Así pues, "pertenece a la esencia del hombre ser enfermo, hay una falla esencial que le impide estar completamente sano. Nunca lo está" (Miller). Esto es algo que el psicoanálisis nos enseña permanentemente: el ser humano carece de una armonía con su naturaleza. El ser humano es un ser desnaturalizado, y lo es fundamentalmente por ser un ser pensante, racional, que hace uso de símbolos para hacerse una representación del mundo y de sí mismo. Esto es lo que fundamentalmente lo diferencia de los animales: el hacer uso del lenguaje. El ser humano es un hablanteser.

Entonces, nada de lo que haga el ser humano es natural, porque es un ser reflexivo. "Este es un modo de decir que está alejado de sí mismo, que le resulta problemático coincidir consigo mismo, que su esencia es no coincidir con su ser, que su para sí se aleja de su en sí" (Miler, 2011). ¿Qué enseña el psicoanálisis sobre este «sí mismo»? Que está hecho de goce, es decir, que ese «sí mismo», su ser más profundo, no es otra cosa que su plus de gozar. ¿Y esto que es? Es la forma particular que tiene cada sujeto de satisfacer sus impulsos sexuales y agresivos, esos dos impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de autocontrol. El control de los impulsos sexuales y agresivos -lo que Freud llamó pulsión de vida y pulsión de muerte- viene siempre de afuera, de la cultura, que le demanda al sujeto la renuncia a esos impulsos para poder vivir en comunidad, lo cual no deja de crearle al sujeto un cierto malestar: el malestar en la cultura.

El psicoanálisis invita a cada sujeto, uno por uno, llegar a conocer, llegar a saber sobre ese «sí mismo»; en eso consiste un psicoanálisis: que el sujeto se acerque a este en sí, y "alcanzarlo sólo puede ser el resultado de una severa ascesis" (Miller, 2011), una profunda limpieza, o mejor, un profundo conocimiento de ese «sí mismo». Elucidar el plus de gozar en que reside la sustancia del sujeto es el objetivo de todo análisis -eso que se denomina en la teoría lacaniana su fantasma fundamental-.

miércoles, 25 de abril de 2018

471. ¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto?

Si bien es cierto que un neurótico puede tener rasgos perversos −de hecho, todo neurótico los tiene−, una histérica tener rasgos obsesivos y un obsesivo tener rasgos psicopáticos, los rasgos no hacen la estructura psíquica. La estructura clínica responde a la posición subjetiva del sujeto, y se diagnostica a través de la escucha de sus dichos; por esta razón la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, diferente a la clínica psiquiátrica que es una clínica de la mirada, la cual observa los signos y los síntomas de la enfermedad para establecer el diagnóstico del síndrome o el trastorno. La clínica psicoanalítica, si bien tiene en cuenta estos aspectos de la clínica psiquiátrica, hace énfasis en lo que el sujeto tiene para decir sobre sus relaciones con sus semejantes, su trabajo, el amor, su propio sufrimiento, etc. El psicoanálisis sabe que es muy diferente la forma de ver y de relacionarse con el mundo de un paranoico, de un obsesivo, de un perverso, de un histérico o de un esquizofrénico. Saber y entender cuál es la posición subjetiva de un sujeto en el mundo −su estructura psíquica, su posición subjetiva como neurótico, psicótico o perverso−, determina también la forma como se va a intervenir, su tratamiento −si lo hay−.

¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).

Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.

La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

 En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...