martes, 27 de agosto de 2019

486. Sobre la transferencia de afectos en Freud

¿Se interesa el psicoanálisis en la vida afectiva de los seres humanos? Los que hacen una crítica al psicoanálisis, suponen que él es muy racionalista, ya que invita a pensar, a razonar, a saber sobre la causa del sufrimiento y los síntomas neuróticos -lo cual es cierto-. Pero el mismo Freud decía: "como psicoanalista debo interesarme más por los procesos afectivos que por los intelectuales, más por la vida anímica inconciente que por la conciente" (1914, p. 246). Claro, y sobretodo porque a la cura se entra por la puerta del amor (Miller, 1989). La transferencia misma, ese conjunto de afectos que se presentan entre el paciente y el analista, no es otra cosa que amor; amor de transferencia, la llamó Freud. En efecto, Freud, observa cómo los pacientes transfieren una serie de afectos a la persona del analista, repitiendo "relaciones anteriores con otras figuras, especialmente con los progenitores" (Evans, 1996).

¿Qué mejor texto para explicar esa transfernecia de afectos que el de Sobre la psicología del colegial (1914)? Aquí Freud se ocupa de la transferencia, ya no sobre la persona del analista, sino del profesor. Freud describe en este texto el interés que demuestran los estudiantes hacia sus profesores y cómo aquellos los cortejan o se apartan de ellos, les manifiestan simpatías o antipatías, se fijan en su carácter y provocan intensas revueltas, o simplemente se asume frente a ellos la más total sumisión; se espían sus pequeñas debilidades y se sienten orgullosos por su saber y su sentido de la justicia (Freud).

La explicación en Freud no se deja esperar; él dirá que las actitudes afectivas hacia otras personas, tan relevantes en la posterior conducta de cada sujeto, quedan establecidas en una época temprana de la vida: "Ya en los primeros seis años de la infancia el pequeño ser humano ha consolidado la índole y el tono afectivo de sus vínculos con personas del mismo sexo y del opuesto; a partir de entonces puede desarrollarlos y trasmudarlos siguiendo determinadas orientaciones, pero ya no cancelarlos. Las personas en quienes de esa manera se fija son sus padres y sus hermanos. Todas las que luego conozca devendrán para él unos sustitutos de esos primeros objetos del sentimiento" (Freud, 1914, p. 248-49). Así pues, todas las personas que posteriormente conoce un sujeto -médicos, terapéutas, jefes, educadores y hasta la pareja que se elige-, todas ellas reciben esa herencia de sentimientos que vienen de las primeras relaciones de objeto que se establecen en la primera infancia al lado de los padres y cuidadores.

Así pues, cuando un sujeto siente simpatía o antipatía hacia una persona o su docente, a cuya adquisición ellos han contribuido poco, ese sentimiento no es gratuito; se ha producido una transferencia de afectos desde esos primeros objetos de amor y odio (ambivalencia de sentimientos) que se consolidan en la primera infancia, hacia las personas que se conocen ahora, en el presente; igualmente, "toda la elección posterior de amistades y relaciones amorosas se produce sobre la base de huellas mnémicas que aquellos primeros arquetipos dejaron tras sí" (Freud, 1914, p. 249).

Se comprende ahora lo que sucede en el encuentro con los maestros -y las demás personas que se conocen en la vida adulta-. Ellos se convierten en sustitutos del padre o de la madre y se transfiere sobre ellos el respeto y las expectativas de los padres de aquellos años infantiles, y se empieza a tratarlos como a los padres en casa. Se les dirige sentimientos tiernos o agresivos, es decir, se les sale al encuentro con la ambivalencia de sentimientos que se adquirieron en la familia, y con el auxilio de esta actitud se combate con ellos como se estába habituado a hacerlo con los padres en la primera infancia (Freud, 1914).

miércoles, 10 de julio de 2019

485. El lenguaje, el organismo y la dimensión subjetiva

El psicoanálisis sabe de la importancia de dialogar con el campo de la ciencia, así el psicoanálisis no sea una ciencia natural o positiva. El psicoanálisis tiene claro que no es una ciencia porque las condiciones de reproducibilidad del método científico no son posibles cuando se aborda la subjetividad; el sufrimiento y el malestar de un sujeto no se pueden medir, cuantificar; el significado subjetivo de un síntoma, el significado de una experiencia, un evento significativo para la vida de un sujeto no se puede medir, como tampoco se pueden reproducir las mismas condiciones para un sueño, una interpretación, un acto fallido o un lapsus freudiano. Pero para dialogar con la ciencia se necesita de “científicos que tengan cierta idea de qué es el sujeto de la palabra y del lenguaje que Lacan introdujo como fundamental en la experiencia psicoanalítica” (Bassols, 2012).

Probablemente los científicos más cercanos al psicoanálisis son, paradójicamente, los neurocientíficos, dentro de los cuales hay una gran división: están los que “intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central, son reduccionistas a tope; y los no localizacionistas, los que se dan cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito al sistema nervioso central y algunos se dan cuenta de que eso es el lenguaje” (Bassols, 2012). En efecto, es el Otro del lenguaje, esa dimensión de la que tanto habla el psicoanálisis lacaniano, ese Otro simbólico que funciona en el ser humano como “una suerte de parásito que parasita el sistema nervioso central modificándolo continuamente, cambiando todo el organismo en un cuerpo” (Bassols).

Cambiar el organismo en un cuerpo es lo que permite ubicar al organismo del lado de las neurociencias, y al cuerpo del lado del psicoanálisis; no son lo mismo. Para la ciencia positiva y reduccionista, el cuerpo se puede reducir al organismo, es decir, un conjunto de elementos reales: células, genes, neuronas, etc., y, no es así. El psicoanálisis sabe, por ejemplo, que no es un gen el que determina la homosexualidad, como pretenden mostrarlo algunas noticias pseudocientíficas, pero tampoco un gen determina la heterosexualidad. Si algo sabe el psicoanálisis, desde los tiempos de Freud, es que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual, y “nada en lo real del organismo determina eso, mucho menos un gen” (Basssols, 2012). El sujeto homosexual y el heterosexual se tienen que hacer a un cuerpo homosexual o heterosexual, es decir que tener un pene o una vagina no hace al sujeto hombre o mujer; se llega a ser homosexual o heterosexual, no se nace siendo lo uno o lo otro. Incluso “hay sujetos que no pueden construirse un cuerpo, por ejemplo, los niños autistas que sufren de eso, de no poder construirse un cuerpo de no poderlo localizar en el espacio tridimensional, eso no tiene una causalidad genética, puede haber predisposiciones genéticas no lo dudamos; pero el andamiaje causal que finalmente produce un sujeto autista no puede entenderse sin ese parásito del lenguaje, del que el autista por otra parte, está dando da testimonio continuamente” (Bassols).

Igualmente, los nuevos paradigmas en la ciencia han roto esa unidad denominada «individuo»; ya no se sabe dónde está el individuo, ya que “no está claro dónde empieza el individuo y dónde empieza el ambiente (…) ¿dónde empieza el ambiente?, el ambiente empieza fuera de mi piel o el ambiente empieza ya en ese interior que son partes de mis órganos que están ya en contacto con el ambiente y modificándose continuamente” (Bassols, 2012). Por esta razón, la ciencia de hoy no parte de la idea de un individuo ya constituido funcionando como tal con una identidad; esto es lo que ha llevado a los neurocientíficos a hablar de plasticidad cerebral, es decir que el cerebro es un aparato que se está modificando continuamente, y resulta que –es de lo que se están dando cuenta los investigadores que estudian el cerebro sin reducirlo al organismo– “el mayor agente de modificación del cerebro, entendido como un órgano, es el lenguaje; no tanto la percepción de la realidad, no tanto los estímulos exteriores, sino el lenguaje” (Bassols), y por este camino se produce una intersección, o mejor, una coincidencia entre la neurociencia y el psicoanálisis.

martes, 11 de junio de 2019

484. El «índice subjetivo» Vs. El cientificismo

Las neurociencias andan preocupadas en localizar el lenguaje en el cerebro, o hasta en los genes, como lo sugiere Chomsky, pero no logran localizarlo, como tampoco han logrado localizar eso que se llama conciencia, "eso que la psicología desde siempre ha llamado conciencia, eso que las ciencias cognitivas hoy siguen llamando conciencia o cognición a veces también y que el psicoanálisis desde Freud llamó el yo" (Bassols, 2012). Para el psicoanálisis es claro que la conciencia "no es todo el sujeto, es una parte del sujeto, es esa parte que se sabe o que se cree consciente de sí mismo y que funciona con una identidad más o menos siempre vacilante" (Bassols). En efecto, la consistencia del yo es muy vacilante, desaparece cuando el sujeto duerme, y medio aparece cuando el sujeto se despierta, pero la idea de conciencia es muy vaporosa, pero muy interesante de seguir, "seguir el debate de las neurociencias para localizar esos dos grandes fenómenos fundamentales que son el lenguaje, la palabra y la conciencia" (Bassols).

Tal vez la respuesta a la pregunta a qué es la conciencia nos la de la máquina, aquella que el día de mañana se despierte preguntándose "¿quién soy yo?", tal y como lo proponen contemporáneamente algunas películas del cine de ficción, como Yo robot, Ex-machina, Eva, Her, Yo soy madre, y muchas otras más; hasta Terminator cabría allí. Y en efecto, cuando en esas películas de ficción las máquinas toman conciencia de sí mismas, entran en una especie de crisis existencial, la misma por la que pasan los seres humanos por hacer uso del lenguaje, como le sucedió a Mafalda, quien se preguntaba «¿por qué a mí ha tenido que ocurrirme ser yo?», y "lo declaraba profundamente porque es cierto que ser yo, ser consciente en un mundo, nos inadapta muchísimo a la realidad" (Bassols, 2012). Por hablar y ser consciente de sí, el sujeto empieza a hacerse preguntas por el sentido de su existencia, lo cual se la complica bastante. Esto no sucede con los animales, ni con las máquinas (no todavía); a ellos no les preocupan preguntas como "¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿cuál es mi misión en el mundo?, ¿a qué vine yo a esta vida?", preguntas que el sujeto trata de responder durante todo el transcurso de su vida.

Así pues, esa conciencia que se tiene de sí, ese "índice subjetivo es lo que empieza a sintomatizar nuestra vida de cuarenta mil maneras, empezamos a preguntarnos: qué soy para el Otro, tengo miedo del deseo del Otro, el Otro me puede devorar, el Otro me puede querer, me puede no querer, me puede abandonar, me puede ser infiel y ahí vas al psicoanalista, no vas a IBM. Vas al psicoanalista, es muy importante en efecto que a partir de ahí se puede formular una demanda de tratamiento y no a partir de tengo un cable que no va" (Bassols, 2012).

Las neurociencias insistirán en que hay un cable que no va, y para saber cuál es, pues se pasa a escanear, a hacer imágenes de resonancias magnéticas, tratando de encontrar el sitio exacto de la falla, y si se encuentra dónde el cableado no va bien, "podremos manejarlo un buen día, tú no te preocupes, un día vamos a manejar eso y podremos finalmente resolver ese síntoma de tu sufrimiento" (Bassols, 2012). Aquí es donde entra el boom de la farmacología en esta contemporaneidad; ahora casi que existe la receta médica para cada falla del sujeto, lo cual suena bastante a un control social autoritario. Esto es lo que Bassols (2012) denomina cientificismo, "la idea de cierto uso de la ciencia que llegaría a todos los rincones del ser humano para manejar, intentar reparar, intentar prometer un cierto bien bajo la idea de que manejando nuestro sistema nervioso central vamos a conseguir eliminar el malestar subjetivo", tal y como lo plantean películas como Las mujeres perfectas, Invasión, Fharenheit 451, Vice, Sin límites, Lucy, Gattaca, Matrix, La isla y muchas otras más, incluidos muchos de los capítulos de la serie Black Mirror, historias todas donde se busca el control de los sujetos en base a sustancias químicas, cambios genéticos o fuerzas extraterrestres. Afortunadamente ese «índice subjetivo» del que habla Bassols, no se reduce ni al cerebro, ni a los genes, ni a los cromosomas, ni a nada en el organismo.

martes, 7 de mayo de 2019

483. ¿El inconsciente en el cerebro?

Al inconsciente se lo imagina en el cerebro. Incluso hay toda una corriente del psicoanálisis, el neuropsicoanálisis, "que trata de localizar el mapa del inconsciente en el mapa del cerebro" (Bassols, 2019); pero hay otros neurólogos que van más allá de de esta imaginarización de la psique en el sistema nervioso, es decir, que no reducen el psiquismo al cerebro. Ellos han encontrado que hay algo que no es localizable en el mapa del sistema nervioso del cerebro, y eso no localizable tiene que ver con la singularidad de la experiencia de cada sujeto, es decir, su subjetividad, eso que lo hace único. Eso inlocalizable no es otra cosa que "la experiencia del cuerpo hablante que no puede ser cuantificada o categorizada por la neurociencia actual" (Bassols).

Entonces, localizar en el cerebro toda la singularidad del sujeto no se puede. Muchos neurocientíficos han empezado a sospechar que "la activación de todo el funcionamiento del sistema nervioso sólo es posible a través de la presencia de un otro, de otro sujeto o de un Otro como lenguaje, de la cultura, de la sociedad" (Bassols, 2019). Y esto es justamente lo que enseña el psicoanálisis: que la existencia del sujeto depende de la existencia del Otro, del lenguaje, el cual está, en principio, afuera: el lenguaje preexiste a la existencia del sujeto, pero luego está adentro, inscrito en el cerebro, es más, poniendo a funcionar el cerebro, así como el software pone a funcionar el hardware. Pero cuidado: el sujeto es irreductible al mapeo de las neurociencias.

Se puede hacer, sí, un mapa del cerebro, pero ¿dónde localizamos al que maneja ese mapa, al mapeador? Esto se parece a lo que sucede con Google, cerebro virtual gigante, que tiene el mapeo de toda la información del mundo, pero no sabe nada, ya que cuando se busca información en Google, aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar “la palabra en su estúpida materialidad” (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro; ¡el mapeador no se encuentra en el mapa del cerebro! El problema aquí es que ese Otro que es el lenguaje que pone a funcionar el cerebro, no funda una ciencia positivista, ya que no es cuantificable, controlable, medible.

Los neurólogos han llegado a concluir que el lenguaje cumple con una función cognitiva: gracias al lenguaje el sujeto puede hacer una cartografía de la realidad (Bassols, 2019), es decir, el sujeto puede hacerse una representación del mundo que le rodea y de sí mismo. Pero aquí justamente, el neurólogo se encuentra con un punto de real, el límite de un real "que no puede ser reintegrado en un sistema, en una cartografía de fronteras más o menos establecidas en el cuerpo hablante, y eso que no encaja en la cartografía del cerebro es precisamente el encuentro con el otro del lenguaje; tal vez podamos decir con el Otro del cuerpo, o en todo caso con una dimensión Otra" (Bassols). Precisamente, con Lacan, este es el nuevo objeto de estudio del psicoanálisis: los efectos del lenguaje en el sujeto, es decir, el encuentro particular del sujeto con el lenguaje.

viernes, 29 de marzo de 2019

482. El sujeto de las neurociencias y el sujeto del psicoanálisis

Hay en las neurociencias actuales una división entre los científicos que intentan localizar todas las funciones subjetivas del sujeto, en el sistema nervioso central; se puede decir de ellos que son reduccionistas, positivistas extremos, que suponen la causa de los síntomas psíquicos en algún lugar del cerebro, el cual no anda bien, lugar que se puede localizar con imágenes de resonancias magnéticas, y que una vez localizado, un buen día se puede manejar y así ponerle fin a ese síntoma que hace sufrir al sujeto (Bassols, 2012). Pero existen otros neurocientíficos que se han dado cuenta "de que hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito al sistema nervioso central" (Bassols), y eso que actúa como un parásito en el cerebro es el lenguaje.

Lacan le da al lenguaje un lugar: el lugar del Otro, el Otro simbólico, que no se localiza en ninguna parte, más bien está por todas partes; el lenguaje, entonces, "es una suerte de parásito que parasita el sistema nervioso central modificándolo continuamente, cambiando todo el organismo en un cuerpo" (Bassols, 2014). El organismo se puede poner del lado de la neurociencia, ese que está hecho de un sinnúmero de aparatos: respiratorio, óseo, reproductor, nervioso, etc.; el cuerpo se pone del lado del psicoanálisis, como producto de la intervención del lenguaje sobre el organismo, afectando su funcionamiento, como lo muestran claramente los síntomas histéricos, en los que, como lo dice Freud claramente, se trata de un síntoma que afecta el funcionamiento de los órganos del cuerpo, sin causar una lesión o un daño físico al órgano; por esta razón los médicos positivistas se enfrentan a un enigma cuando el órgano funciona mal, pero las pruebas clínicas salen bien. Así pues, organismo y cuerpo no son lo mismo, y por esa misma razón, el cuerpo no se reduce al organismo, a un conjunto de células, hormonas o neuronas (Bassols).

Ese paradigma cientificista que reduce la subjetividad al organismo es el que publica en los periódicos noticias de la ciencia actual, como por ejemplo, el descubrimiento del gen de la homosexualidad o el gen del autismo, lo cual no deja de ser muy delirante (Bassols, 2012). ¿Se puede imaginar lo que sucedería si fuese cierto que la homosexualidad es causada por un gen "gay"? Sucedería que los homosexuales empezarían a extinguirse, ya que las mujeres en embarazo se harían una amnioscentesis antes de los tres meses de embarazo, un examen para evaluar el material genético del feto, y si se encuentra dicho gen, se puede suponer que la mayoría de estas mujeres abortarían. ¿Qué padre de familia querría que su hijo fuese homosexual? Mejor se desecha antes de que nazca, dirían muchos padres.

El psicoanálisis enseña que "para ser homosexual hay que construirse un cuerpo homosexual, no basta con un organismo, como también para ser heterosexual por otra parte" (Bassols, 2012). Freud lo descubrió desde el momento mismo en que se puso a estudiar la sexualidad humana: es igual de difícil llegar a ser homosexual que heterosexual; "es tan complicado constituirse heterosexual o constituirse como homosexual, hay que hacer un rodeo enorme, nada en lo real del organismo determina eso, mucho menos un gen" (Bassols). Nacer con un pene o con una vagina tampoco hace al sujeto un hombre o una mujer. Para el psicoanálisis, se llega a ser hombre o se llega a ser mujer; no se nace siendo un hombre o una mujer, y nada en el organismo determina esto. Es un asunto puramente psíquico, cosa que los positivistas no logran comprender.

Así pues, para las neurociencias "el inconsciente sería localizable en el cerebro. Neurotransmisores y hormonas son la explicación a todo mal y a todo bien. Está triste: se trata del fallo de un neurotransmisor. Se enamoró: es porque se produjo la liberación de una hormona. Se encuentra deprimido: por supuesto, se trata de la disfunción provocada en el cerebro después del ictus" (Teixidó, 2019). El discurso supuestamente científico de las neurociencias es un discurso muy seductor, debido a que le brinda una explicación a todo malestar, determina la supuesta causa exacta del síntoma psíquico, lo cual no solo tranquiliza al sujeto, sino que le evita pensar en las causas psíquicas de aquel, es decir, lo desresponsabiliza; por eso se dice que el discurso de la ciencia forcluye, borra la subjetividad del sujeto. Y por esta razón se puede concluir que “el sujeto de las neurociencias y del psicoanálisis no es el mismo” (Ubieto, 2019).

jueves, 28 de febrero de 2019

481. ¿Es el sujeto equivalente a una máquina?

¿Se puede dialogar con una máquina? Al parecer, todavía no, pero si se pudiera, como lo hace Theodore Twombly con su sistema operativo en la película Her (Ella), habría que preguntarse si allí, en la máquina, encontraremos un sujeto. Lacan decía que una máquina puede pensar, pero no puede saber nada, es decir, que un sistema cibernético puede manejar mucha información, pero eso no significa que sabe mucho; manejar información no es saber (Bassols, 2012). "Google nos da mucha información, pero es tonta como un cubo; es decir, no sabe nada, dispone de mucha información que nos puede ser muy útil, pero saber, lo que se llama saber, nada" (Bassols).

El saber complica mucho la existencia del sujeto, es algo que le impide adaptarse a la realidad; "lo más óptimo para adaptarse a la realidad es tener información, pero no saber demasiado. Cuando uno sabe demasiado empieza a ser peligroso para el sistema, peligroso incluso para el sistema educativo, especialmente para el sistema educativo que reduce el saber a la información" (Bassols, 2012). En efecto, la información está por todos lados; solo hay que saber dónde hallarla. Pero tener una posición crítica frente a lo que se aprende y lo que se enseña, eso es otra cosa. Esto es lo que hace al sujeto ineducable, ingobernable, difícil de adoctrinar, como pretenden ciertas ideologías políticas contemporáneas, las cuales, a su vez, buscan que el sujeto sea un ignorante para poderlo manipular. El sujeto no es una máquina que se dedica a repetir lo que se le enseña -como sucede con la educación contemporánea-; el sujeto también sabe, es decir, reflexiona, interpreta; digámoslo al revés: para que haya saber, se necesita de la existencia de un sujeto; sin sujeto lo que hay es información. El sujeto es el que le da sentido a la información; éste aparece allí donde la información adquiere alguna significación.

Hay otra cosa que la máquina tampoco puede hacer: gozar, es decir, satisfacer sus pulsiones, y gozar sí que complica la vida del sujeto. Además, para gozar se necesita de un cuerpo, de un organismo vivo, cosa que la máquina no tiene. "Lo que una máquina no podrá hacer nunca, al menos hasta que tengamos noticia de ello, es gozar" (Bassols, 2012). Una máquina no puede dar signos de goce, dar signos de que está gozando, como tampoco da signos de que engaña. Una máquina no engaña, no sabe engañar, cosa que sí sabe hacer el sujeto. El sujeto puede gozar, puede saber y sobre todo que puede fingir que finge (Bassols), es decir, engañar. Las máquinas no engañan; ellas responden adecuadamente y sin mentir a lo que se les solicita; en cambio, si algo sabe hacer el sujeto es mentir, engañar, borrar sus huellas.

"Cuando hay un sujeto las cosas se complican mucho, es cierto, el sujeto está profundamente inadaptado a la realidad, por el hecho de hablar, por el hecho de gozar hablando" (Bassols, 2012). Por esta razón al sujeto se lo encuentra cuando este falla, erra, se equivoca, se tropieza o miente. Un sujeto habla, un sujeto goza, un sujeto desea, y eso lo hace absolutamente distinto de una máquina, de un sistema cibernético. El sistema cibernético es el sistema con el que la psicología cognitiva piensa al ser humano, lo cual es contrario a lo que plantea el psicoanálisis, ya que para este "el sujeto que habla no puede ser reducido a un sistema cibernético" (Bassols) o al cerebro, como lo hacen los neurocientíficos, quienes buscan reducir el inconsciente a una memoria o una huella en el cerebro; por eso, a la hora de pensar "¿quién piensa?", se le complican las cosas: ¿piensa el cerebro?, ¿piensan las neuronas?, ¿acaso éstas gozan? Aquí es donde el psicoanálisis interviene introduciendo su concepto de sujeto, sujeto de la palabra, del lenguaje y del goce (Bassols).

miércoles, 23 de enero de 2019

480. Escrito en el cuerpo

Sigmund Freud, en Más allá del principio del placer, decía que en el psiquismo -esto tan extraño, que no se localiza en ningún lugar, que parece más una función del cerebro- "se encuentran dos terrenos heterogéneos: el cuerpo y el lenguaje. Entre ellos parece no haber un acuerdo total" (González, 2019).

El cuerpo -la representación que el sujeto se hace de sí mismo y de su organismo- pareciera ser algo con lo que el sujeto se encuentra embarazado, es decir, no sabe que hacer con él, dónde ponerlo, manejarlo, de qué manera lo colocarlo, con qué postura, etc. ¡Todo un encarte! "Siempre hay algo del cuerpo que se nos escapa, que va por delante de nosotros, que no podemos nombrar a cabalidad y que no podemos controlar" (González, 2019). Esto se observa en el sin número de tratamientos que le aplicamos al cuerpo, o a cada parte del cuerpo: dietas, ejercicios, cirugías estéticas, bebidas de todo tipo, cremas, ungüentos, maquillajes, fajas, baños; tratamientos para el pelo, el rostro, las piernas, el abdomen, los pies, etc., etc. ¡Cómo nos pesa el cuerpo! Esto no sucede con los animales, los cuales no tienen conciencia de lo que son y cómo son. Son como son y listo. Con el cuerpo el sujeto pareciera tener una insatisfacción permanente, algo no le gusta de él. El ser humano es el único que quiere llegar a ser como otros. En la naturaleza nunca se ve a una gallina queriendo ser como un pavo real, o a un gato queriendo ser como un león, en cambio el sujeto quiere llegar a ser como Ken, como Barbie -solo para dar un ejemplo-, y es capaz de someterse a una serie de cirugias estéticas para lograrlo.

A esto se le suma que el discurso contemporáneo le demanda al sujeto que se identifique con su organismo: ‘eres tu cuerpo’, él te representa (González, 2019), impidiendo que al cuerpo se lo pueda escuchar (un paréntesis: el cuerpo tiene un carácter imaginario; es la imagen que el sujeto se hace de sí mismo. El organismo tiene un carácter real; son los órganos del cuerpo de los cuales el sujeto no tiene una representación, a menos que estudie medicina). Lo más importante que descubre el psicoanálisis con relación al cuerpo es que ¡él habla!, dice cosas que el sujeto calla, por eso es importante "escuchar subjetivamente los “desajustes” de nuestro cuerpo" (González). El cuerpo habla a través de los síntomas que se presentan en el cuerpo, síntomas que lo ponen a funcionar mal; son esos síntomas que no tienen una causa orgánica sino psíquica "y que nos viene a manera de disrupción, de algo que nos parece siempre extraño, como si no fuera nuestro" (González).

El síntoma psíquico que se presenta en el cuerpo, eso que no anda bien en él -un trastorno alimenticio, o digestivo, o del aparato reproductor, o un dolor en alguna parte del cuerpo (hiperalgésia y/o fibromialgia), contracturas, anestesias (frigidez, anorgasmia), mareos, vómitos, dolores de cabeza (migraña), etc.-, eso que no marcha en el cuerpo nos enseña que algo escapa al control del cuerpo; nos hace saber que el cuerpo habla por nosotros, que en el cuerpo, como en un pergamino, algo queda escrito. Escrito en el cuerpo (título de una película de Peter Greenaway), como si, muy a pesar del sujeto, ello hablara. Y en efecto, si el cuerpo habla a través de sus síntomas, es por esa intersección del organismo con el lenguaje. El problema del ser humano con su cuerpo es que se trata de un ser hablante, es decir, un organismo afectado por el lenguaje, esa especie de parásito que toma el organismo como su huésped, produciendo al sujeto, es decir, el psiquismo.

González (2019) se pregunta: "¿qué es esa parte desconocida que sentimos en nuestro cuerpo y que es parte importante de la sensación de no poderlo controlar?" La respuesta es:  "algún evento traumático que nos marcó y que ha quedado reprimido o, también, sin ser hablado" (González), es decir, se trata de una experiencia, casi siempre de la primera infancia, que el sujeto no logro simbolizar, no logró nombrar, precisamente porque se trata de una experiencia que su cuerpo no logra controlar, y que le brindó una extraña satisfacción. Es el encuentro del sujeto con el goce del Otro, una experiencia traumática que el sujeto reprimió, olvidó, y de la que el sujeto no quiere saber nada. El problema aquí es que el sujeto no quiere saber nada de ello, de eso, pero ello no se olvida del sujeto, y retorna -retorno de lo reprimido-, regresa, regresa escrito en el cuerpo, como síntoma psíquico, que pone a funcionar mal al cuerpo, sobretodo si no se lo quiere escuchar.

En los eventos traumáticos "el lenguaje siempre tiene un papel muy importante, el más importante. Se trata de la manera en que las palabras y los silencios en nuestra historia nos han marcado y de cómo nuestro cuerpo ha sido sensible a ello" (González, 2019). Las palabras, el lenguaje, tocan el cuerpo, lo marcan, y ello sale del control del sujeto. "Si aceptamos que al cuerpo no lo podemos controlar quizás podamos escuchar otra cosa: que el traumatismo ocasionado por las palabras que tocan nuestro cuerpo es más importante que cualquier control" (González), control que el sujeto realiza a punta de ejercicio, dietas o batidos verdes. Se trata de una elección entre las demandas imperativas del mercado de controlar el cuerpo o "el descubrimiento, mediante la palabra, de lo que lo más íntimo y singular de nosotros tiene para decirnos" (González).

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

 En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...