En 1952, Lacan era el hombre que se imponía para suceder a Nacht en la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de París [S.P.P.]. El 17 de junio de este año se inicia la crisis que conducirá a una división en el seno de la S.P.P. y la creación de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis [S.F.P.]. Habiendo sido elegido director del Instituto en diciembre y presidente de la sociedad el 20 de enero de 1953, Lacan renuncia a su mandato el 16 de junio de este año, después de soportar la presión de Nacht y sus partidarios, quienes promovían la idea de una escisión dentro de la Sociedad.
Lagache, Dolto y Favez–Boutonier dimiten de la S.P.P. y junto con Blanche, Reverchon–Jouve y Jacques Lacan, crearán la nueva Sociedad Francesa de Psicoanálisis [S.F.P.]. El reconocimiento por parte de la Asociación Psicoanalítica Internacional [I.P.A.] se convirtió para la naciente S.F.P. en uno de sus objetivos primordiales, pero el 6 de julio de 1953 la misma I.P.A. informa a Lacan, pocos días antes del Congreso de Londres, que se lo considera renunciante a la organización internacional, y que se lo censura a él y a los otros separatistas.
En Julio de ese año, la S.F.P. decide, entonces, reunirse en Roma para escuchar el informe de Lacan sobre Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, texto crucial y subversivo, probablemente el que más consecuencias ha tenido sobre el discurso psicoanalítico desde 1953, y que inaugura la elaboración de Lacan sobre lo simbólico como lugar de constitución del sujeto del inconsciente.
El «discurso de Roma», informe con el que el propio Lacan dice haber entrado de lleno en el campo del psicoanálisis, hacía parte de la crítica que Lacan dirigía a los analistas de su época, que pretendían regular de manera autoritaria la formación del psicoanalista, desalentando cualquier nueva iniciativa e investigación que se presentara como opuesta a la opinión de los doctos, quienes no hacían sino cumplir con la autoridad heredada por Freud.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
lunes, 31 de diciembre de 2012
viernes, 21 de diciembre de 2012
359. El Ideal del Yo: origen del Superyó.
El enamoramiento consiste, en términos de Freud, “en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual” (Freud, 1914). El ideal sexual puede entonces entrar en relación con el ideal del yo.
El ideal del yo, según Freud, es el sustituto del narcisismo perdido de la infancia, y sobre él recae ahora el amor a sí mismo, de tal modo que el narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones valiosas. En un primer momento, Freud no distingue entre yo ideal e ideal del yo. Pero sí es importante aclarar que cuando Lacan se refiere al «yo ideal», se trata de ese que se origina en la imagen especular del estadio del espejo; es esa promesa de síntesis futura hacia la cual tiende el yo, la ilusión de unidad que está en la base del yo. El yo ideal siempre acompaña al yo en un intento incesante por recobrar, dice Freud, ese original narcisismo infantil. Formado en la identificación primaria, el yo ideal desempeña un papel como fuente de todas las identificaciones secundarias. Entonces, mientras que el yo ideal tiene un estatuto imaginario en Lacan, el ideal del yo tendrá un estatuto simbólico: es una introyección simbólica, es un significante que opera como ideal y que le sirve al sujeto para orientar su posición sexual en el orden simbólico: llegar a ser hombre o mujer.
A partir de lo anterior, Freud va a pensar en formalizar una instancia psíquica particular, que tenga como función “velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal” (Freud, 1914). Freud hace coincidir dicha instancia con la «conciencia moral», la cual permitirá comprender el «delirio de ser observado» que se presenta en la sintomatología de la paranoia. “Los enfermos se quejan de que alguien conoce todos sus pensamientos, observa y vigila sus acciones; son informados del imperio de esta instancia por voces que, de manera característica, les hablan en tercera persona. («Ahora ella piensa de nuevo en eso»; «Ahora él se marcha».)” (Freud). De hecho, concluirá Freud, un poder así, “que observa todas nuestras intenciones, se entera de ellas y las critica” (Freud), existe en todos los sujetos dentro de su vida normal.
Este ideal del yo se forma “de la influencia crítica de los padres, ahora agenciada por las voces, y a la que en el curso del tiempo se sumaron los educadores, los maestros y, como enjambre indeterminado e inabarcable, todas las otras personas del medio (los prójimos, la opinión pública)” (Freud, 1914). Este es el comienzo, en Freud, de la elaboración que lo llevará a introducir el concepto de «superyó» a partir de 1920.
El ideal del yo, según Freud, es el sustituto del narcisismo perdido de la infancia, y sobre él recae ahora el amor a sí mismo, de tal modo que el narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones valiosas. En un primer momento, Freud no distingue entre yo ideal e ideal del yo. Pero sí es importante aclarar que cuando Lacan se refiere al «yo ideal», se trata de ese que se origina en la imagen especular del estadio del espejo; es esa promesa de síntesis futura hacia la cual tiende el yo, la ilusión de unidad que está en la base del yo. El yo ideal siempre acompaña al yo en un intento incesante por recobrar, dice Freud, ese original narcisismo infantil. Formado en la identificación primaria, el yo ideal desempeña un papel como fuente de todas las identificaciones secundarias. Entonces, mientras que el yo ideal tiene un estatuto imaginario en Lacan, el ideal del yo tendrá un estatuto simbólico: es una introyección simbólica, es un significante que opera como ideal y que le sirve al sujeto para orientar su posición sexual en el orden simbólico: llegar a ser hombre o mujer.
A partir de lo anterior, Freud va a pensar en formalizar una instancia psíquica particular, que tenga como función “velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal” (Freud, 1914). Freud hace coincidir dicha instancia con la «conciencia moral», la cual permitirá comprender el «delirio de ser observado» que se presenta en la sintomatología de la paranoia. “Los enfermos se quejan de que alguien conoce todos sus pensamientos, observa y vigila sus acciones; son informados del imperio de esta instancia por voces que, de manera característica, les hablan en tercera persona. («Ahora ella piensa de nuevo en eso»; «Ahora él se marcha».)” (Freud). De hecho, concluirá Freud, un poder así, “que observa todas nuestras intenciones, se entera de ellas y las critica” (Freud), existe en todos los sujetos dentro de su vida normal.
Este ideal del yo se forma “de la influencia crítica de los padres, ahora agenciada por las voces, y a la que en el curso del tiempo se sumaron los educadores, los maestros y, como enjambre indeterminado e inabarcable, todas las otras personas del medio (los prójimos, la opinión pública)” (Freud, 1914). Este es el comienzo, en Freud, de la elaboración que lo llevará a introducir el concepto de «superyó» a partir de 1920.
lunes, 10 de diciembre de 2012
358. ¿Por qué se sufre en el amor?
La vida amorosa de los seres humanos es paradigmática de la dimensión imaginaria en los seres humanos, es decir, de la relación del sujeto con su propia imagen. Es por esto toda elección de objeto es una elección narcisista, es decir, que amar es fundamentalmente querer ser amado por el otro, nuestro semejante. La denominación de narcisista está dada por tener como límite o referencia la imagen que el sujeto tiene de sí mismo, la cual se obtiene por una identificación con la propia imagen en el espejo. Esto significa que cuando un sujeto ama a otro, lo que verdaderamente ama es la imagen que encuentra de sí mismo en el otro, ya sea bajo la forma de lo que uno fue, de lo que es, o de lo que quisiera ser. Cuando se ama, se está amando, de una u otra manera, en el otro, algo de sí mismo que ha sido idealizado. Si la imagen que aviva la pasión es cautivadora, es porque aparece próxima a representaciones que tiene el sujeto de sí mismo, y esto es básicamente lo que lo enamora.
El amor narcisista, que no es más que amor a la propia imagen, introduce una dimensión de engaño, en la medida en que se ama a otro en tanto que representa la imagen que un sujeto ha tenido, que tiene o le gustaría llegar a tener de sí mismo. El amor narcisista suele ser, por tanto, egoísta; el sujeto enamorado espera que el otro le corresponda en todo lo que anhela. El amante quiere al otro hecho a su imagen y semejanza, y cuando no se siente correspondido en esto, aparecen las diferencias en la pareja. Cuando el otro no corresponde más a la imagen que se tenía o se esperaba de él, esa imagen cambia, decae, surgen las diferencias y con ellas el sufrimiento en el amor.
«Si buscas amar, prepárate para sufrir», dice una frase popular. Se sufre en el amor porque el otro no es como yo quisiera que fuera. Por esta razón todo amor, por tener una estructura narcisista, conlleva siempre una dosis de sufrimiento. Cuando aparecen esas "pequeñas diferencias" entre los amantes, se presenta el desamor, ya que esas "pequeñas diferencias" suelen ser insoportables. El amor que se sostiene en un enamoramiento así, narcisista, es muy probable que conlleve siempre una gran dosis de displacer. Por lo cual se puede decir que hay algo en la naturaleza misma del amor que lo hace desfavorable al logro de la plena satisfacción.
El amor narcisista, que no es más que amor a la propia imagen, introduce una dimensión de engaño, en la medida en que se ama a otro en tanto que representa la imagen que un sujeto ha tenido, que tiene o le gustaría llegar a tener de sí mismo. El amor narcisista suele ser, por tanto, egoísta; el sujeto enamorado espera que el otro le corresponda en todo lo que anhela. El amante quiere al otro hecho a su imagen y semejanza, y cuando no se siente correspondido en esto, aparecen las diferencias en la pareja. Cuando el otro no corresponde más a la imagen que se tenía o se esperaba de él, esa imagen cambia, decae, surgen las diferencias y con ellas el sufrimiento en el amor.
«Si buscas amar, prepárate para sufrir», dice una frase popular. Se sufre en el amor porque el otro no es como yo quisiera que fuera. Por esta razón todo amor, por tener una estructura narcisista, conlleva siempre una dosis de sufrimiento. Cuando aparecen esas "pequeñas diferencias" entre los amantes, se presenta el desamor, ya que esas "pequeñas diferencias" suelen ser insoportables. El amor que se sostiene en un enamoramiento así, narcisista, es muy probable que conlleve siempre una gran dosis de displacer. Por lo cual se puede decir que hay algo en la naturaleza misma del amor que lo hace desfavorable al logro de la plena satisfacción.
jueves, 22 de noviembre de 2012
357. Narcisismo y amor: "el amor es esencialmente engaño".
Según Freud, la elección de objeto por apuntalamiento caracteriza a la elección de objeto en el hombre, y la elección de objeto narcisista caracteriza al amor de la mujer. Esta es la razón por la que los hombres tienden a amar sobrestimando al objeto sexual, sobrestimación que proviene del narcisismo originario del niño y que da lugar al enamoramiento, en el que se produce un empobrecimiento libidinal del yo que beneficia al objeto. En las mujeres, en cambio, sobreviene un acrecentamiento del narcisismo originario, desfavorable a la conformación de un objeto de amor; en ellas se establece una complacencia consigo mismas que las conduce a amarse, en rigor, sólo a sí mismas. Así pues, su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad.
Paradójicamente, son este tipo de mujeres las que poseen el máximo atractivo para los hombres, debido sobretodo a que “el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto” (Freud, 1914). Ya vimos cómo, en la fase del espejo, se funda este narcisismo por la identificación del sujeto con la imagen especular, lo que le da al sujeto una «congruencia narcisista», una «imagen de inaccesibilidad», una «posición libidinal tan inexpugnable», que es justamente lo que hace al sujeto atractivo. Precisamente, es porque esa imagen se nos presenta como completa, sin fallas, ideal –Yo ideal–, que es cautivadora, que fascina al sujeto: es el poder de lo imaginario, de la imagen especular, sobre el sujeto, y lo que constituye fundamentalmente la dimensión imaginaria en él. Así pues, el narcisismo se constituye en el momento de la captación por el niño de su imagen en el espejo.
Lo dicho sobre el amor de las mujeres, dice Freud que hay que matizarlo, ya que las hay que aman según el modelo masculino, desplegando la correspondiente sobrestimación sexual, así como las mujeres que son muy narcisistas y que encuentran en el hijo la posibilidad de desplegar un pleno amor de objeto. En términos generales se puede decir que el amor es un fenómeno puramente imaginario, de carácter autoerótico y de una estructura fundamentalmente narcisista, ya que es al propio yo al que uno ama en el amor. El amor involucra una reciprocidad imaginaria, ya que “amar es, esencialmente, desear ser amado” (Lacan, 1991). Es esta reciprocidad entre “amar” y “ser amado” lo que constituye la ilusión del amor. El amor es un fantasma ilusorio de fusión con el amado, y como tal, es engañoso. “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño” (Lacan, 1991).
Paradójicamente, son este tipo de mujeres las que poseen el máximo atractivo para los hombres, debido sobretodo a que “el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto” (Freud, 1914). Ya vimos cómo, en la fase del espejo, se funda este narcisismo por la identificación del sujeto con la imagen especular, lo que le da al sujeto una «congruencia narcisista», una «imagen de inaccesibilidad», una «posición libidinal tan inexpugnable», que es justamente lo que hace al sujeto atractivo. Precisamente, es porque esa imagen se nos presenta como completa, sin fallas, ideal –Yo ideal–, que es cautivadora, que fascina al sujeto: es el poder de lo imaginario, de la imagen especular, sobre el sujeto, y lo que constituye fundamentalmente la dimensión imaginaria en él. Así pues, el narcisismo se constituye en el momento de la captación por el niño de su imagen en el espejo.
Lo dicho sobre el amor de las mujeres, dice Freud que hay que matizarlo, ya que las hay que aman según el modelo masculino, desplegando la correspondiente sobrestimación sexual, así como las mujeres que son muy narcisistas y que encuentran en el hijo la posibilidad de desplegar un pleno amor de objeto. En términos generales se puede decir que el amor es un fenómeno puramente imaginario, de carácter autoerótico y de una estructura fundamentalmente narcisista, ya que es al propio yo al que uno ama en el amor. El amor involucra una reciprocidad imaginaria, ya que “amar es, esencialmente, desear ser amado” (Lacan, 1991). Es esta reciprocidad entre “amar” y “ser amado” lo que constituye la ilusión del amor. El amor es un fantasma ilusorio de fusión con el amado, y como tal, es engañoso. “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño” (Lacan, 1991).
miércoles, 7 de noviembre de 2012
356. Pulsiones sexuales, pulsiones yoicas y narcisismo.
Freud somete a examen el valor de los conceptos de «libido yoica» y «libido de objeto», extraídos de la clínica de la neurosis y la psicosis. “La separación de la libido en una que es propia del yo y una endosada a los objetos, es la insoslayable prolongación de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas” (Freud, 1914). Freud va a avalar esta división entre las pulsiones en la medida en que ella responde al distingo popular entre hambre y amor. Además, la separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar la doble función que tiene un individuo de tener a la sexualidad como uno de sus propósitos, a la vez que la de ser un simple apéndice de su plasma germinal, es decir que el sujeto es portador mortal de una sustancia inmortal.
Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.
Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.
La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».
La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).
Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.
Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.
La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».
La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).
miércoles, 24 de octubre de 2012
355. Narcisismo y libido.
Freud se va a apoyar en la vida anímica de los niños y de los pueblos primitivos, para introducir el «narcisismo» como concepto de la teoría de la libido. En aquellos Freud halla rasgos que podrían imputarse al delirio de grandeza: “una sobrestimación del poder de sus deseos y de sus actos psíquicos, la «omnipotencia de los pensamientos», una fe en la virtud ensalmadora de las palabras y una técnica dirigida al mundo exterior, la «magia», que aparece como una aplicación consecuente de las premisas de la manía de grandeza” (Freud, 1914). Freud supone entonces una actitud análoga frente al mundo exterior en los niños, de tal manera que se forma así “la imagen de una originaria investidura libidinal del yo” (Freud), que es cedida después a los objetos. Esta imagen originaria no es otra que la imagen ideal del estadio del espejo, con la que se identifica el sujeto en el proceso de constitución de su Yo.
Así pues, esas irradiaciones de libido que invisten a los objetos, pueden ser emitidas y retiradas de nuevo desde el Yo. Freud establece entonces una oposición entre la «libido yoica» y la «libido de objeto», y establece entre ellas una relación inversamente proporcional: “Cuanto más gasta una, tanto más se empobrece la otra” (Freud, 1914). El paradigma de un estado así es el enamoramiento. En él se observa como el sujeto resigna su narcisismo en favor de la investidura de objeto. Vemos como se reproduce aquí el estadio del espejo, la relación dual especular. Freud diferencia así una energía sexual, la libido -con la que se catectizan los objetos-, de una energía de las pulsiones yoicas. Por un lado están las pulsiones sexuales, y por otro las pulsiones yoicas.
Freud ya había introducido el autoerotismo en este momento de la teoría, y se pregunta sobre su relación con el narcisismo. Como él ha definido al narcisismo como la investidura de la libido en el Yo, ¿qué hacer entonces con el autoerotismo? Freud hace notar que en el individuo no puede haber, desde el comienzo, una unidad comparable al Yo; el Yo es algo que se desarrolla, dice Freud; en efecto, este surge como consecuencia de la identificación del sujeto con su propia imagen en el espejo. Como las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya.
jueves, 11 de octubre de 2012
354. Sobre el concepto de «narcisismo» en Sigmund Freud.
El narcisismo empezó siendo una perversión, y describía “aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual; vale decir, lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena” (Freud, 1914). Pero Freud hace del narcisismo un rasgo de conducta que aparece en muchas personas, de tal manera que “una colocación de la libido definible como narcisismo podía entrar en cuenta en un radio más vasto y reclamar su sitio dentro del desarrollo sexual regular del hombre” (Freud).
A Freud el narcisismo se le presenta como una barrera en el intento de mejorar el estado del sujeto. Freud concluirá que el narcisismo no es sino “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (Freud, 1914). Freud ha establecido hasta este momento una oposición entre las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo, o pulsiones de autoconservación. Pero justamente en este período de 1914 a 1920, él va comprendiendo que las pulsiones del yo son en sí mismas sexuales, lo que lo llevará a establecer un nuevo dualismo pulsional: la oposición entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte –en Mas allá del principio del placer de 1920–.
En cuanto al concepto de libido, Freud lo introdujo desde sus Tres ensayos de teoría sexual, y le fue muy útil en la construcción de su metapsicología –primera tópica–, sobretodo para pensar el aspecto económico de su aparato psíquico. La libido, esa energía sexual del aparato que puede aumentar, decrecer o desplazarse, Freud la introdujo para pensar los afectos en el sujeto, y particularmente, para pensar la angustia. La libido es lo que Lacan va a conceptualizar en términos de goce. En este texto, Freud va a vincular la libido con el narcisismo y la va a llamar «libido del yo».
A partir de la psicosis –la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler)–, Freud va a hablar de un «narcisismo primario», debido a que estos sujetos muestran dos rasgos fundamentales de carácter: “el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas)” (Freud, 1914). Pero Freud observa que, también en la neurosis, el sujeto resigna el vínculo con la realidad, sin que se cancelen los vínculos eróticos con las personas y las cosas. Este vínculo los neuróticos lo siguen conservando en la fantasía; “vale decir –dice Freud–: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos” (Freud). A esto Jung lo llamó «introversión de la libido». En los psicóticos, en cambio –a los cuales Freud llama en este momento «parafrénicos»–, sucede que “retiran realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en su fantasía” (Freud).
Freud se pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza indica aquí el camino: la libido de objeto, la libido sustraída del mundo exterior, es trasladada al yo, lo que hablaría de un estado narcisista del sujeto. La hipótesis de Freud es que el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto, sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido” (Freud, 1914). Por tal razón, el narcisismo que se produce por el replegamiento de las investiduras de objeto, no es sino un «narcisismo secundario», que se edifica sobre la base del «narcisismo primario».
A Freud el narcisismo se le presenta como una barrera en el intento de mejorar el estado del sujeto. Freud concluirá que el narcisismo no es sino “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (Freud, 1914). Freud ha establecido hasta este momento una oposición entre las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo, o pulsiones de autoconservación. Pero justamente en este período de 1914 a 1920, él va comprendiendo que las pulsiones del yo son en sí mismas sexuales, lo que lo llevará a establecer un nuevo dualismo pulsional: la oposición entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte –en Mas allá del principio del placer de 1920–.
En cuanto al concepto de libido, Freud lo introdujo desde sus Tres ensayos de teoría sexual, y le fue muy útil en la construcción de su metapsicología –primera tópica–, sobretodo para pensar el aspecto económico de su aparato psíquico. La libido, esa energía sexual del aparato que puede aumentar, decrecer o desplazarse, Freud la introdujo para pensar los afectos en el sujeto, y particularmente, para pensar la angustia. La libido es lo que Lacan va a conceptualizar en términos de goce. En este texto, Freud va a vincular la libido con el narcisismo y la va a llamar «libido del yo».
A partir de la psicosis –la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler)–, Freud va a hablar de un «narcisismo primario», debido a que estos sujetos muestran dos rasgos fundamentales de carácter: “el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas)” (Freud, 1914). Pero Freud observa que, también en la neurosis, el sujeto resigna el vínculo con la realidad, sin que se cancelen los vínculos eróticos con las personas y las cosas. Este vínculo los neuróticos lo siguen conservando en la fantasía; “vale decir –dice Freud–: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos” (Freud). A esto Jung lo llamó «introversión de la libido». En los psicóticos, en cambio –a los cuales Freud llama en este momento «parafrénicos»–, sucede que “retiran realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en su fantasía” (Freud).
Freud se pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza indica aquí el camino: la libido de objeto, la libido sustraída del mundo exterior, es trasladada al yo, lo que hablaría de un estado narcisista del sujeto. La hipótesis de Freud es que el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto, sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido” (Freud, 1914). Por tal razón, el narcisismo que se produce por el replegamiento de las investiduras de objeto, no es sino un «narcisismo secundario», que se edifica sobre la base del «narcisismo primario».
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miércoles, 26 de septiembre de 2012
353. La agresividad es correlativa al Yo.
Cuando ciertos análisis de finalidad didáctica reducen el encuentro psicoanalítico a una relación dual imaginaria, esta reducción de la cura a un encuentro de «yo a yo» deberá desencadenar la agresividad inherente a toda relación imaginaria. Cuando el paciente ve en su analista una réplica exacta de sí mismo, esto no haría sino generar un “exceso de tensión agresiva” (Lacan, 1984), como la que se presenta entre sujetos que son semejantes o muy parecidos, o entre los que ocupan funciones o cargos que son equivalentes. De lo que se trata, entonces, es de evitar que la intención agresiva del paciente encuentre el apoyo en la persona, en el Yo del analista. La experiencia demuestra que dicha tensión agresiva es característica de la instancia del Yo en el diálogo, en la medida en que éste se soporta en una alineación fundamental, la de la identificación con su propia imagen en el espejo, que lo hace opaco a la reflexión de sí mismo y soporte de un pensamiento paranoico (Lacan, 1984).
Cuando la agresividad es explicada desde el behaviorismo, se produce una mutilación de los datos subjetivos más importantes del sujeto. Éste reduce la agresividad humana a un comportamiento instintivo procedente de nuestra herencia animal. El conductismo, entonces, termina explicando la agresividad humana a partir de un soporte material como el cerebro o los genes, reduciendo el sujeto al organismo, lo cual no permite “concebir la imago, formadora de la identificación” (Lacan, 1984). Para el psicoanálisis, la identificación imaginaria es el mecanismo por el cual se crea el Yo del sujeto en el estadío del espejo. Es la constitución del Yo por identificación con su propia imagen, lo que “estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo” (Lacan), lo cual no hace sino implicar a la agresividad en el campo de lo imaginario, de las relaciones con sus semejantes. “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan).
Es en la fase del espejo donde se presenta esa especie de “encrucijada estructural, en la que debemos acomodar nuestro pensamiento para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos. Esta relación erótica en que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su origen esa organización pasional a la que llamará su yo.” (Lacan, 1984). Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.
Cuando la agresividad es explicada desde el behaviorismo, se produce una mutilación de los datos subjetivos más importantes del sujeto. Éste reduce la agresividad humana a un comportamiento instintivo procedente de nuestra herencia animal. El conductismo, entonces, termina explicando la agresividad humana a partir de un soporte material como el cerebro o los genes, reduciendo el sujeto al organismo, lo cual no permite “concebir la imago, formadora de la identificación” (Lacan, 1984). Para el psicoanálisis, la identificación imaginaria es el mecanismo por el cual se crea el Yo del sujeto en el estadío del espejo. Es la constitución del Yo por identificación con su propia imagen, lo que “estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo” (Lacan), lo cual no hace sino implicar a la agresividad en el campo de lo imaginario, de las relaciones con sus semejantes. “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo” (Lacan).
Es en la fase del espejo donde se presenta esa especie de “encrucijada estructural, en la que debemos acomodar nuestro pensamiento para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos. Esta relación erótica en que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su origen esa organización pasional a la que llamará su yo.” (Lacan, 1984). Así pues, el Yo se cristalizará junto con esa tensión agresiva que es interna al sujeto, conflicto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y que lo lleva a una permanente competencia agresiva con su semejante.
jueves, 13 de septiembre de 2012
352. La agresividad es constitutiva de las relaciones humanas.
En la fase del espejo, por la que pasa el infante entre los seis y dieciocho meses de edad, encontramos una “gestalt propia de la agresión en el hombre” (Lacan, 1984). En dicha fase el infante ve su reflejo en el espejo como una totalidad, en contraste con la falta de coordinación del cuerpo real; este contraste es experimentado como una tensión agresiva entre la imagen especular y el cuerpo real del sujeto, ya que la completud de la imagen amenaza al cuerpo con la fragmentación; es decir, el infante percibe su imagen en el espejo como completa, y la completud de esa imagen es amenazante para el él porque le recuerda su “incompletud”, su falta de coordinación motriz, surgiendo entre él y su imagen una tensión agresiva.
Así es como Lacan ubica a la agresividad como constitutiva de todas las relaciones duales entre el yo y el semejante. Es gracias a esta estructura que se pueden comprender tanto los celos mortíferos de los niños para con sus hermanos –de los cuales San Agustín nos da una imagen ejemplar–, como la rivalidad, la envidia e intenciones agresivas entre los seres humanos. Es decir, la agresividad hace parte de toda relación del sujeto con su semejante y está ligada, también, a lo simbólico. Si la agresividad está ligada a lo simbólico, es en la medida en que lo imaginario está estructurado por lo simbólico. Mientras que lo imaginario se caracteriza por relaciones duales, lo característico de lo simbólico son estructuras triádicas, de tal manera que la relación intersubjetiva esta siempre mediada por un tercer término que es lo simbólico. De aquí que se haya hecho tanto énfasis, aún hoy, en el diálogo como una posibilidad de renunciar a la agresividad. Hay que advertir, eso sí, que “el fracaso de la dialéctica verbal no ha hecho sino demostrarse con harta frecuencia” (Lacan, 1984), como sucede frecuentemente entre parejas, vecinos, rivales o enemigos que se sientan a dialogar.
En el dispositivo analítico el psicoanalista se ofrece al diálogo analítico, pero la posición del aquel en el dispositivo es el de “un personaje tan despojado como sea posible de características individuales; nos borramos, salimos del campo donde podría percibirse este interés, esta simpatía, esta reacción que busca el que habla en el rostro del interlocutor, evitamos toda manifestación de nuestros gustos personales, ocultamos lo que puede delatarnos, nos despersonalizamos, y tendemos a esa meta que es representar para el otro un ideal de impasibilidad.” (Lacan, 1984) ¿Por qué el psicoanalista hace esto? Precisamente para no establecer con al analizante una relación dual que evite una emboscada de su reacción hostil, sobre todo cuando el analista adopta la posición, siempre tentadora, de “jugar al profeta”. A esta situación Lacan la denominó «contragolpe agresivo a la caridad», asunto éste que no debe ya asombrarnos, en la medida en que el psicoanálisis ha sabido muy bien denunciar “los resortes agresivos escondidos en todas las actividades llamadas filantrópicas” (Lacan, 1984), las cuales no hacen sino exacerbar esa “resistencia del amor propio, para tomar este término en toda la profundidad que le dio La Rochefoucauld y que a menudo se confiesa así: "No puedo aceptar el pensamiento de ser liberado por otro que por mí mismo"” (Lacan).
Ahora bien, no se trata para nada de evitar la aparición de la agresividad en el dispositivo. Ella se pone en juego en “la transferencia negativa, que es nudo inaugural del drama analítico” (Lacan, 1984), es decir que representa en el paciente la transferencia imaginaria sobre la persona del analista de una de las imagos más o menos arcaicas del sujeto. En la histeria el mecanismo es “extremadamente simple”: el sujeto se identifica con “la constelación de los rasgos más desagradables” (Lacan) que realizaba para él el objeto de una pasión, como puede ser la imago paterna. En la neurosis obsesiva, el asunto es más complicado, ya que “su estructura está particularmente destinada a camuflar, a desplazar, a negar, a dividir y a amortiguar la intención agresiva” (Lacan). Así pues, mientras que en la histeria la agresividad se manifiesta fácilmente con el apoyo en una identificación, en la obsesión se la oculta bajo una serie de fortificaciones defensivas. “En cuanto al papel de la intención agresiva en la fobia, es por decirlo así, manifiesto” (Lacan).
Así es como Lacan ubica a la agresividad como constitutiva de todas las relaciones duales entre el yo y el semejante. Es gracias a esta estructura que se pueden comprender tanto los celos mortíferos de los niños para con sus hermanos –de los cuales San Agustín nos da una imagen ejemplar–, como la rivalidad, la envidia e intenciones agresivas entre los seres humanos. Es decir, la agresividad hace parte de toda relación del sujeto con su semejante y está ligada, también, a lo simbólico. Si la agresividad está ligada a lo simbólico, es en la medida en que lo imaginario está estructurado por lo simbólico. Mientras que lo imaginario se caracteriza por relaciones duales, lo característico de lo simbólico son estructuras triádicas, de tal manera que la relación intersubjetiva esta siempre mediada por un tercer término que es lo simbólico. De aquí que se haya hecho tanto énfasis, aún hoy, en el diálogo como una posibilidad de renunciar a la agresividad. Hay que advertir, eso sí, que “el fracaso de la dialéctica verbal no ha hecho sino demostrarse con harta frecuencia” (Lacan, 1984), como sucede frecuentemente entre parejas, vecinos, rivales o enemigos que se sientan a dialogar.
En el dispositivo analítico el psicoanalista se ofrece al diálogo analítico, pero la posición del aquel en el dispositivo es el de “un personaje tan despojado como sea posible de características individuales; nos borramos, salimos del campo donde podría percibirse este interés, esta simpatía, esta reacción que busca el que habla en el rostro del interlocutor, evitamos toda manifestación de nuestros gustos personales, ocultamos lo que puede delatarnos, nos despersonalizamos, y tendemos a esa meta que es representar para el otro un ideal de impasibilidad.” (Lacan, 1984) ¿Por qué el psicoanalista hace esto? Precisamente para no establecer con al analizante una relación dual que evite una emboscada de su reacción hostil, sobre todo cuando el analista adopta la posición, siempre tentadora, de “jugar al profeta”. A esta situación Lacan la denominó «contragolpe agresivo a la caridad», asunto éste que no debe ya asombrarnos, en la medida en que el psicoanálisis ha sabido muy bien denunciar “los resortes agresivos escondidos en todas las actividades llamadas filantrópicas” (Lacan, 1984), las cuales no hacen sino exacerbar esa “resistencia del amor propio, para tomar este término en toda la profundidad que le dio La Rochefoucauld y que a menudo se confiesa así: "No puedo aceptar el pensamiento de ser liberado por otro que por mí mismo"” (Lacan).
Ahora bien, no se trata para nada de evitar la aparición de la agresividad en el dispositivo. Ella se pone en juego en “la transferencia negativa, que es nudo inaugural del drama analítico” (Lacan, 1984), es decir que representa en el paciente la transferencia imaginaria sobre la persona del analista de una de las imagos más o menos arcaicas del sujeto. En la histeria el mecanismo es “extremadamente simple”: el sujeto se identifica con “la constelación de los rasgos más desagradables” (Lacan) que realizaba para él el objeto de una pasión, como puede ser la imago paterna. En la neurosis obsesiva, el asunto es más complicado, ya que “su estructura está particularmente destinada a camuflar, a desplazar, a negar, a dividir y a amortiguar la intención agresiva” (Lacan). Así pues, mientras que en la histeria la agresividad se manifiesta fácilmente con el apoyo en una identificación, en la obsesión se la oculta bajo una serie de fortificaciones defensivas. “En cuanto al papel de la intención agresiva en la fobia, es por decirlo así, manifiesto” (Lacan).
jueves, 6 de septiembre de 2012
351. Violencia y agresividad: la intención agresiva.
Lacan abordó el tema de la «agresividad» en su texto La agresividad en psicoanálisis aspirando a hacer un uso científico de este concepto en la clínica, no solo para explicar hechos de la realidad y de la experiencia humana, sino, sobre todo, para aclarar ese concepto que Freud denominó «pulsión de muerte», probablemente el más importante de los conceptos freudianos, sin el cual, como lo indica Lacan en La significación del falo, no es posible entender la doctrina freudiana en su totalidad.
¿Qué lugar darle a la noción de agresividad en la economía psíquica? (Lacan, 1984) Lo primero que nos aclara Lacan en el texto citado, es que, cuando se habla de la agresividad en la experiencia analítica, ella se presenta como una “presión intencional”, es decir que, con respecto a la agresividad, Lacan hablará siempre de una «intención agresiva». Y hace un listado de los momentos en la que ella aparece en el dispositivo analítico: se la lee en el sentido simbólico de los síntomas, está implícita en la finalidad las conductas del sujeto, se la encuentra “en las fallas de su acción”, en la confesión de los sus fantasmas privilegiados y en los sueños. También se la encuentra “en la modulación reivindicadora que sostiene a veces todo el discurso, en sus suspensiones, sus vacilaciones, sus inflexiones y sus lapsus, en las inexactitudes del relato, las irregularidades en la aplicación de la regla, los retrasos en las sesiones, las ausencias calculadas, a menudo en las recriminaciones, los reproches, los temores fantasmáticos, las reacciones emocionales de ira, las demostraciones con finalidad intimidante” (Lacan, 1984). En cambio, aclara Lacan, que cuando se trata de la violencia propiamente dicha, esta es muy rara cuando en el dispositivo se privilegia el diálogo. Así pues, Lacan diferencia la agresividad –como intención– de la agresión, refiriendo esta última sólo a los actos violentos.
No por ser una intención, la agresividad deja de ser eficaz. Dice Lacan que se la comprueba "en la acción formadora de un individuo sobre las personas de su dependencia: la agresividad intencional roe, mina, disgrega, castra; conduce a la muerte” (Lacan, 1984). Ella tampoco es menos eficaz por la vía de la expresividad: “un padre severo intimida por su sola presencia y la imagen del castigador apenas necesita enarbolarse para que el niño la forme. Resuena más lejos que ningún estrago” (Lacan, 1984). Estos son apuntes clínicos que Lacan ilustra para mostrar los efectos tan dañinos que puede llegar a tener dicha intención agresiva, tanto si se trata de la agresividad de una madre viril hacia sus hijos, como la de un padre severo que intimida con su sola presencia. Se trata justamente de imagos –dice Lacan– y tienen una función formadora en el sujeto, es decir, actúan como estereotipos que influyen sobre el modo que el sujeto tiene de relacionarse con los otros, y el psicoanálisis es quien mejor ha develado la realidad concreta que representan dichas imagos.
Estas imagos cumplen, entonces, una función al nivel de la intención agresiva: actúan como “vectores” que la orientan, y Lacan da como ejemplo una imago que hace parte de la estructura misma de la subjetividad humana: la imago del cuerpo fragmentado. “Son las imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo... los ritos del tatuaje, de la incisión, de la circuncisión en las sociedades primitivas...” (Lacan, 1984), y todas aquellas imágenes que se escucha de la fabulación y los juegos de los niños entre dos y cinco años.
¿Qué lugar darle a la noción de agresividad en la economía psíquica? (Lacan, 1984) Lo primero que nos aclara Lacan en el texto citado, es que, cuando se habla de la agresividad en la experiencia analítica, ella se presenta como una “presión intencional”, es decir que, con respecto a la agresividad, Lacan hablará siempre de una «intención agresiva». Y hace un listado de los momentos en la que ella aparece en el dispositivo analítico: se la lee en el sentido simbólico de los síntomas, está implícita en la finalidad las conductas del sujeto, se la encuentra “en las fallas de su acción”, en la confesión de los sus fantasmas privilegiados y en los sueños. También se la encuentra “en la modulación reivindicadora que sostiene a veces todo el discurso, en sus suspensiones, sus vacilaciones, sus inflexiones y sus lapsus, en las inexactitudes del relato, las irregularidades en la aplicación de la regla, los retrasos en las sesiones, las ausencias calculadas, a menudo en las recriminaciones, los reproches, los temores fantasmáticos, las reacciones emocionales de ira, las demostraciones con finalidad intimidante” (Lacan, 1984). En cambio, aclara Lacan, que cuando se trata de la violencia propiamente dicha, esta es muy rara cuando en el dispositivo se privilegia el diálogo. Así pues, Lacan diferencia la agresividad –como intención– de la agresión, refiriendo esta última sólo a los actos violentos.
No por ser una intención, la agresividad deja de ser eficaz. Dice Lacan que se la comprueba "en la acción formadora de un individuo sobre las personas de su dependencia: la agresividad intencional roe, mina, disgrega, castra; conduce a la muerte” (Lacan, 1984). Ella tampoco es menos eficaz por la vía de la expresividad: “un padre severo intimida por su sola presencia y la imagen del castigador apenas necesita enarbolarse para que el niño la forme. Resuena más lejos que ningún estrago” (Lacan, 1984). Estos son apuntes clínicos que Lacan ilustra para mostrar los efectos tan dañinos que puede llegar a tener dicha intención agresiva, tanto si se trata de la agresividad de una madre viril hacia sus hijos, como la de un padre severo que intimida con su sola presencia. Se trata justamente de imagos –dice Lacan– y tienen una función formadora en el sujeto, es decir, actúan como estereotipos que influyen sobre el modo que el sujeto tiene de relacionarse con los otros, y el psicoanálisis es quien mejor ha develado la realidad concreta que representan dichas imagos.
Estas imagos cumplen, entonces, una función al nivel de la intención agresiva: actúan como “vectores” que la orientan, y Lacan da como ejemplo una imago que hace parte de la estructura misma de la subjetividad humana: la imago del cuerpo fragmentado. “Son las imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo... los ritos del tatuaje, de la incisión, de la circuncisión en las sociedades primitivas...” (Lacan, 1984), y todas aquellas imágenes que se escucha de la fabulación y los juegos de los niños entre dos y cinco años.
jueves, 23 de agosto de 2012
350. «Lalengua» y lo real.
Con el concepto de lalengua –esa amalgama entre lo simbólico y lo real– Lacan abre otra dimensión, “en tanto que hay leyes del lenguaje pero no hay leyes de la dispersión y de la diversidad de las lenguas” (Miller, 2012). Lo anterior significa que cada lengua está conformada por contingencias, por azar. Esto también le da al inconsciente una nueva dimensión: la del inconsciente como intérprete de "lo real" (Miller). Pero si lo real es lo que no tiene sentido, si lo real es lo que queda por fuera del sentido, entonces ¿cómo se lo interpreta? Lo que un sujeto hace en un análisis personal, llevado hasta sus últimas consecuencias, es decantar un núcleo, “un pobre real, que se desdibuja como el puro encuentro con lalengua y sus efectos de goce en el cuerpo (…) Y ese encuentro de lalengua y del cuerpo no responde a ninguna ley previa, es contingente y siempre aparece perverso” (Miller).
Lo real lacaniano no es equivalente a lo real de la ciencia; se trata más bien de un real contingente, en tanto que responde a la falta de una ley natural que le de consistencia a la relación entre los sexos. Ese real que se nombra diciendo «no existe la proporción sexual», es un agujero en el saber (Miller, 2012), se trata de un real que alude al sexo como ausente. La fórmula lacaniana «No hay relación sexual», da cuenta de ese real imposible de verbalizar y de cifrar. “La verbalización del sexo, como un lugar vacío da cuenta de que en el inconsciente hay algo que no se inscribe” (Miller). Y si hay algo que se observa en la contemporaneidad, es ese desorden creciente de la relación entre los sexos, entre hombres y mujeres. Así pues, “en el siglo XXI se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y sin sentido” (Miller). Ese inconsciente real ya no es más intencional, no responde más a una interpretación del sentido que se halla reprimido, sino que este inconsciente real “se encuentra bajo la modalidad del "Así es". Que, se puede decir, es como nuestro "Amén"” (Miller). El deseo del analista en la cura apunta, entonces, a llegar a ese real, a reducir al sujeto a su real y liberarlo del sentido, ya que se trata de “un real despojado de sentido” (Miller). Y la lalengua es precisamente eso: una cadena significante sin efecto de sentido (Miller, 2003).
Lalengua no es el lenguaje; mientras el lenguaje está del lado de lo simbólico, de la estructura, lalengua está más del lado de lo real, de los efectos de lo real sobre el cuerpo. La estructura del lenguaje no es más que una elucubración de saber sobre lalengua (Miller, 2008). Dice Miller en su curso La orientación lacaniana: “El concepto de lalengua está destinado a destruir al psicoanálisis sólido. Es ya un concepto que anuncia que la palabra es del orden de la secreción, que es un fluido lingüístico. Es lo que anuncia ya que el significante no es más que el producto del discurso científico sobre lalengua" (Curso del 12 de marzo de 2008). El significante en su estatuto de letra y separado del sentido, es lo que Lacan va a llamar lalengua, “un saber que se presenta como una huella, un trazo, como una escritura de lo que fue nuestra relación originaria con la lengua materna” (García, 2009), marca del goce en el cuerpo.
Lo real lacaniano no es equivalente a lo real de la ciencia; se trata más bien de un real contingente, en tanto que responde a la falta de una ley natural que le de consistencia a la relación entre los sexos. Ese real que se nombra diciendo «no existe la proporción sexual», es un agujero en el saber (Miller, 2012), se trata de un real que alude al sexo como ausente. La fórmula lacaniana «No hay relación sexual», da cuenta de ese real imposible de verbalizar y de cifrar. “La verbalización del sexo, como un lugar vacío da cuenta de que en el inconsciente hay algo que no se inscribe” (Miller). Y si hay algo que se observa en la contemporaneidad, es ese desorden creciente de la relación entre los sexos, entre hombres y mujeres. Así pues, “en el siglo XXI se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y sin sentido” (Miller). Ese inconsciente real ya no es más intencional, no responde más a una interpretación del sentido que se halla reprimido, sino que este inconsciente real “se encuentra bajo la modalidad del "Así es". Que, se puede decir, es como nuestro "Amén"” (Miller). El deseo del analista en la cura apunta, entonces, a llegar a ese real, a reducir al sujeto a su real y liberarlo del sentido, ya que se trata de “un real despojado de sentido” (Miller). Y la lalengua es precisamente eso: una cadena significante sin efecto de sentido (Miller, 2003).
Lalengua no es el lenguaje; mientras el lenguaje está del lado de lo simbólico, de la estructura, lalengua está más del lado de lo real, de los efectos de lo real sobre el cuerpo. La estructura del lenguaje no es más que una elucubración de saber sobre lalengua (Miller, 2008). Dice Miller en su curso La orientación lacaniana: “El concepto de lalengua está destinado a destruir al psicoanálisis sólido. Es ya un concepto que anuncia que la palabra es del orden de la secreción, que es un fluido lingüístico. Es lo que anuncia ya que el significante no es más que el producto del discurso científico sobre lalengua" (Curso del 12 de marzo de 2008). El significante en su estatuto de letra y separado del sentido, es lo que Lacan va a llamar lalengua, “un saber que se presenta como una huella, un trazo, como una escritura de lo que fue nuestra relación originaria con la lengua materna” (García, 2009), marca del goce en el cuerpo.
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jueves, 16 de agosto de 2012
349. Hay un gran desorden en lo real.
Crece en este siglo lo que Freud llamó "el malestar en la cultura" y que Lacan descifró como los callejones sin salida de la civilización (Miller, 2012). Son dos los factores históricos, dos los discursos que han cambiado de manera radical al mundo: el discurso de la ciencia y el discurso capitalista. Estos dos discursos, que prevalecen en la contemporaneidad, "han empezado a destruir la estructura tradicional de la experiencia humana" (Miller). Es por esto que en el discurso del psicoanálisis se dice que el orden simbólico ha cambiado, que el Nombre del Padre, piedra angular del orden simbólico, se ha resquebrajado. Por la combinación de los dos discursos, el de la ciencia y el del capitalismo, el Nombre del Padre se ha devaluado (Miller).
El Nombre del Padre ha terminado por ser nada más que un sinthome, es decir, algo que suple un agujero, y ese agujero no es otro que "la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, la especie de los seres vivientes que hablan" (Miller, 2012). Lo anterior significa que todos los seres humanos "padecen de la misma carencia de saber respecto de qué hacer con la sexualidad" (Miller). Esta ausencia de saber la comparten las tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión; y por lo tanto, esto "sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico" (Miller).
Ese agujero en el saber -la inexistencia de la proporción sexual entre hombres y mujeres- es lo que el psicoanálisis denomina "lo real". Y lo que se revela ahora, en pleno siglo XXI, es que hay un gran desorden en lo real. Dice Miller (2012) en la presentación del tema para el congreso de la AMP en el 2014 que “la naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”, es decir que lo real se confundía con la naturaleza y se podía definir, como lo hizo Lacan, como «lo que vuelve al mismo lugar»; lo real era garantía del orden simbólico (Miller). La naturaleza se define por estar ordenada, a tal punto que, desde la antigüedad, se pensaba que todo orden en lo humano debía imitar al orden natural; incluso la familia, como formación natural, servía de modelo a la puesta en orden de los grupos humanos (Miller).
Con la entrada del Dios Cristiano, el orden natural seguía vigente, en tanto que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. Aún hoy, la Iglesia Católica sigue su lucha para proteger ese orden natural, en asuntos como la reproducción, la sexualidad, la familia, etc. Pero esto es una causa perdida, porque todo el mundo siente que ya no hay más orden en la naturaleza, en lo real (Miller, 2012). Desde el momento en que surgió el discurso de la ciencia, ese orden natural empezó a ser tocado. Y con el discurso capitalista y su avidez por la ganancia, ese orden empezó a ser destruido. El capitalismo y la ciencia “se han combinado para hacer desaparecer a la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todas partes según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que se pueda recuperar una idea de armonía” (Miller). A partir de la combinación de esos dos discursos, la civilización ya no será nunca más la misma.
El Nombre del Padre ha terminado por ser nada más que un sinthome, es decir, algo que suple un agujero, y ese agujero no es otro que "la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, la especie de los seres vivientes que hablan" (Miller, 2012). Lo anterior significa que todos los seres humanos "padecen de la misma carencia de saber respecto de qué hacer con la sexualidad" (Miller). Esta ausencia de saber la comparten las tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión; y por lo tanto, esto "sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico" (Miller).
Ese agujero en el saber -la inexistencia de la proporción sexual entre hombres y mujeres- es lo que el psicoanálisis denomina "lo real". Y lo que se revela ahora, en pleno siglo XXI, es que hay un gran desorden en lo real. Dice Miller (2012) en la presentación del tema para el congreso de la AMP en el 2014 que “la naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”, es decir que lo real se confundía con la naturaleza y se podía definir, como lo hizo Lacan, como «lo que vuelve al mismo lugar»; lo real era garantía del orden simbólico (Miller). La naturaleza se define por estar ordenada, a tal punto que, desde la antigüedad, se pensaba que todo orden en lo humano debía imitar al orden natural; incluso la familia, como formación natural, servía de modelo a la puesta en orden de los grupos humanos (Miller).
Con la entrada del Dios Cristiano, el orden natural seguía vigente, en tanto que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. Aún hoy, la Iglesia Católica sigue su lucha para proteger ese orden natural, en asuntos como la reproducción, la sexualidad, la familia, etc. Pero esto es una causa perdida, porque todo el mundo siente que ya no hay más orden en la naturaleza, en lo real (Miller, 2012). Desde el momento en que surgió el discurso de la ciencia, ese orden natural empezó a ser tocado. Y con el discurso capitalista y su avidez por la ganancia, ese orden empezó a ser destruido. El capitalismo y la ciencia “se han combinado para hacer desaparecer a la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todas partes según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que se pueda recuperar una idea de armonía” (Miller). A partir de la combinación de esos dos discursos, la civilización ya no será nunca más la misma.
viernes, 10 de agosto de 2012
348. El nudo borromeo.
Lacan introduce la topología del nudo borromeo para poder pensar la estructura del lenguaje y sus efectos sobre el sujeto. “Esa estructura es diferente de la espacialización de la circunferencia o de la esfera en la que algunos se complacen en esquematizar los límites de lo vivo y de su medio: responde más bien a ese grupo relacional que la lógica simbólica designa topológicamente como un anillo.” (Lacan, 2001, p.308). Este interés de Lacan en la topología le permite expresar la estructura del sujeto por medios no intuitivos o imaginarios, y es lo que lo llevará al establecimiento del nudo borromeo para pensar el orden simbólico y sus interrelaciones con lo real y lo imaginario.
Cada uno de los tres registros que Lacan propone para pensar la estructura que determina al sujeto –lo que podríamos denominar su aparato psíquico, una tercera tópica después de las dos que introdujo Freud–, es decir, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, los podemos definir así: lo real se vincula con lo impensable y lo imposible –lo real es lo imposible de de saber y lo imposible de soportar para el sujeto–; lo simbólico lo podemos definir como el lugar del equívoco y soporte del inconsciente y su estructura –el inconsciente está estructurado como un lenguaje–; y lo imaginario como el reino de la imagen que el sujeto se da de sí y reino del sentido.
Lacan insistirá en que sólo hay una manera de dar común medida a estos tres registros, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo. El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres anillos es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados, pero en el nudo borromeo, si de tres se rompe uno, se liberan los tres anillos; es un hecho de consistencia del nudo borromeo, dice Lacan en su seminario 22, RSI. A su vez, estos tres registros implican tres efectos, producidos por la relación borromea que sostienen: un efecto de sentido, un efecto de goce, y un efecto llamado de no-relación sexual. El síntoma será aquello que contendrá, él mismo, estos tres efectos: tiene un sentido, condensa un goce y suple la no-existencia de la relación sexual. El nudo será lo que añada una consistencia a esos tres efectos.
El nudo borromeo también le sirvió a Lacan para “presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable sobre la forma del nudo borromeo.” [Miller y Laurent. El otro que no existe y sus comités de ética. Lección inaugural]. El nudo borromeo es un objeto que no es semblante, es real; es un objeto con el que Lacan quiso manifestar lo real propio del psicoanálisis. Así pues, la orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis –insiste Miller– es mantener la orientación hacia lo real.
Cada uno de los tres registros que Lacan propone para pensar la estructura que determina al sujeto –lo que podríamos denominar su aparato psíquico, una tercera tópica después de las dos que introdujo Freud–, es decir, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, los podemos definir así: lo real se vincula con lo impensable y lo imposible –lo real es lo imposible de de saber y lo imposible de soportar para el sujeto–; lo simbólico lo podemos definir como el lugar del equívoco y soporte del inconsciente y su estructura –el inconsciente está estructurado como un lenguaje–; y lo imaginario como el reino de la imagen que el sujeto se da de sí y reino del sentido.
Lacan insistirá en que sólo hay una manera de dar común medida a estos tres registros, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo. El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres anillos es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados, pero en el nudo borromeo, si de tres se rompe uno, se liberan los tres anillos; es un hecho de consistencia del nudo borromeo, dice Lacan en su seminario 22, RSI. A su vez, estos tres registros implican tres efectos, producidos por la relación borromea que sostienen: un efecto de sentido, un efecto de goce, y un efecto llamado de no-relación sexual. El síntoma será aquello que contendrá, él mismo, estos tres efectos: tiene un sentido, condensa un goce y suple la no-existencia de la relación sexual. El nudo será lo que añada una consistencia a esos tres efectos.
El nudo borromeo también le sirvió a Lacan para “presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable sobre la forma del nudo borromeo.” [Miller y Laurent. El otro que no existe y sus comités de ética. Lección inaugural]. El nudo borromeo es un objeto que no es semblante, es real; es un objeto con el que Lacan quiso manifestar lo real propio del psicoanálisis. Así pues, la orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis –insiste Miller– es mantener la orientación hacia lo real.
martes, 24 de julio de 2012
347. Lo real es lo que está velado por el sentido.
Para el psicoanálisis no hay inscripción de la diferencia de los sexos en el inconsciente; esta se inscribe a través del falo. Tampoco hay inscripción en el inconsciente de la muerte, la cual se inscribe vía la castración; estos dos aspectos en el sujeto son puntos de imposible, de real. El inconsciente tiene como eje de su estructura, ese punto de real como imposible. Lacan lo equipara con el ombligo del sueño de Freud, donde las asociaciones podrían perderse ad infinitum, allí donde lalengua, el colmo de lo simbólico, se une con lo real.
Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.
Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que "el sentido siempre es religioso" (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.
Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.
Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que "el sentido siempre es religioso" (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.
lunes, 9 de julio de 2012
346. Cientificismo Vs. ciencia ó ¿psicoanálisis Vs. ciencia?
Hay que distinguir entre el cientificismo y la ciencia, no son la misma cosa. El cientificismo se puede definir como "la idea de cierto uso de la ciencia que llegaría a todos los rincones del ser humano para manejar, intentar prometer un cierto bien bajo la idea de que manejando nuestro sistema nervioso central vamos a conseguir eliminar el malestar subjetivo" (Bassols, 2012). Se trata de un objetivismo positivista que cree que todo se puede controlar y/o explicar a partir del funcionamiento del organismo del sujeto. Se trata de un autoritarismo científico que está produciendo efectos desbastadores (Bassols).
El diálogo de psicoanálisis con la ciencia es muy importante; el psicoanálisis no es anticientífico, es más, Freud tenía una clara aspiración científica; quiso hacer del psicoanálisis una ciencia y lo ubicó dentro de las ciencias naturales y no en las ciencias humanas. El problema es que su concepto más importante, la pulsión -el impulso sexual de los seres humanos- no es un concepto biológico; tampoco es un concepto antibiológico. El psicoanálisis no desconoce la biología; sabe que el sujeto posee un organismo, un sistema nervioso central, etc. Freud mismo reconoce que sin cerebro no hay psiquismo. Si el psicoanálisis está del lado de las ciencias de la naturaleza es porque las ideas del psicoanálisis comportan un grado de indeterminación, es decir, que al igual que cualquier otro discurso científico, su saber es incompleto y modificable. La pulsión es más bien un concepto a-biológico, es decir, está ligado a lo biológico pero, a su vez, señala el límite de la determinación biológica sobre el sujeto. En el sujeto se puede decir que hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica, pero, ¿dónde localizar el psiquismo si no es objetivable?
Para conversar con la ciencia, el psicoanálisis necesita de científicos que tengan cierta idea de lo que es el sujeto: un sujeto que depende radicalmente del lenguaje. Pero justamente ese sujeto de la palabra y el lenguaje es el que el objetivismo positivista busca borrar, eliminar. Así pues, a nivel de las neurociencia se encuentran dos posiciones diferentes: están los neurocientíficos que "intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nerviosos central, son reduccionistas a tope" (Bassols, 2012), y están los que no son localizacionistas; son los que se han dado cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva que no se puede localizar en el cerebro, algo que es exterior al sujeto y que actúa como una especie de parásito del sistema nerviosos central, y algunos neurólogos se han dado cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols).
Entonces, mientras que el cientificismo piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo -al cerebro, a los genes, a las hormonas, etc.-, el psicoanálisis ubica la causa de la subjetividad, del psiquismo, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa. Justamente, por el borramiento de esa dimensión psíquica, es que la ciencia termina delirando cuando dice que la homosexualidad depende de un gen -un gen gay-. El psicoanálisis sabe que no se nace homosexual, que el sujeto llega a serlo, y que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual. El psicoanálisis sabe que la posición sexual no depende del organismo, que no depende de tener un órgano reproductor masculino o femenino, ni de que el organismo produzca hormonas masculinas o femeninas. Nada en lo real del organismo determina la posición sexual, es decir, el hecho de que un sujeto se sienta ser un hombre o una mujer; y ningún científico serio estaría dispuesto a sostener esto (Bassols, 2012); no hay un gen de la homosexualidad como tampoco lo hay del autismo, de la psicosis o de la infidelidad. Así pues, "no todo lo que se nos vende bajo el modo de ciencia es tal" (Bassols); la ciencia no es una especie de saber absoluto, ni puede ser tan determinista como pretende serlo.
El diálogo de psicoanálisis con la ciencia es muy importante; el psicoanálisis no es anticientífico, es más, Freud tenía una clara aspiración científica; quiso hacer del psicoanálisis una ciencia y lo ubicó dentro de las ciencias naturales y no en las ciencias humanas. El problema es que su concepto más importante, la pulsión -el impulso sexual de los seres humanos- no es un concepto biológico; tampoco es un concepto antibiológico. El psicoanálisis no desconoce la biología; sabe que el sujeto posee un organismo, un sistema nervioso central, etc. Freud mismo reconoce que sin cerebro no hay psiquismo. Si el psicoanálisis está del lado de las ciencias de la naturaleza es porque las ideas del psicoanálisis comportan un grado de indeterminación, es decir, que al igual que cualquier otro discurso científico, su saber es incompleto y modificable. La pulsión es más bien un concepto a-biológico, es decir, está ligado a lo biológico pero, a su vez, señala el límite de la determinación biológica sobre el sujeto. En el sujeto se puede decir que hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica, pero, ¿dónde localizar el psiquismo si no es objetivable?
Para conversar con la ciencia, el psicoanálisis necesita de científicos que tengan cierta idea de lo que es el sujeto: un sujeto que depende radicalmente del lenguaje. Pero justamente ese sujeto de la palabra y el lenguaje es el que el objetivismo positivista busca borrar, eliminar. Así pues, a nivel de las neurociencia se encuentran dos posiciones diferentes: están los neurocientíficos que "intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nerviosos central, son reduccionistas a tope" (Bassols, 2012), y están los que no son localizacionistas; son los que se han dado cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva que no se puede localizar en el cerebro, algo que es exterior al sujeto y que actúa como una especie de parásito del sistema nerviosos central, y algunos neurólogos se han dado cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols).
Entonces, mientras que el cientificismo piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo -al cerebro, a los genes, a las hormonas, etc.-, el psicoanálisis ubica la causa de la subjetividad, del psiquismo, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa. Justamente, por el borramiento de esa dimensión psíquica, es que la ciencia termina delirando cuando dice que la homosexualidad depende de un gen -un gen gay-. El psicoanálisis sabe que no se nace homosexual, que el sujeto llega a serlo, y que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual. El psicoanálisis sabe que la posición sexual no depende del organismo, que no depende de tener un órgano reproductor masculino o femenino, ni de que el organismo produzca hormonas masculinas o femeninas. Nada en lo real del organismo determina la posición sexual, es decir, el hecho de que un sujeto se sienta ser un hombre o una mujer; y ningún científico serio estaría dispuesto a sostener esto (Bassols, 2012); no hay un gen de la homosexualidad como tampoco lo hay del autismo, de la psicosis o de la infidelidad. Así pues, "no todo lo que se nos vende bajo el modo de ciencia es tal" (Bassols); la ciencia no es una especie de saber absoluto, ni puede ser tan determinista como pretende serlo.
jueves, 28 de junio de 2012
345. Lo que no cesa de no escribirse.
El sujeto que habla está inmerso en lo simbólico; como un pez en el agua, está habitado por significantes. El significante es una traza material, es lineal, es decir, ocupa un tiempo y un espacio, por eso es posible ir a buscarlo en el cerebro, en las huellas mnémicas que de algún modo o de alguna manera se inscriben en la materia gris. Es un poco lo que están encontrando ahora los neurocientíficos cuando escanean el cerebro con la resonancia magnética: que este responde de determinada manera a ciertos estímulos de palabras, que ciertas áreas del cerebro se activan cuando el sujeto escucha determinadas palabras, el problema es que se activan las mismas zonas frente a palabras opuestas, de tal manera que el sentido de las palabras no está localizado en el cerebro. Si bien el significante es una traza material, el significante también es la presencia de una ausencia y, además, puede tener muchos sentidos, puede significar cualquier cosa. Es decir que una palabra no tiene un solo sentido, y el sentido se le escapa al cerebro. El cerebro parece más bien memorizar los significantes, tal y como lo hacen los computadores, pero se le escapa el sentido. Parodiando a Miller (2007), el computador sería inteligente si pudieran dar cuenta de las significaciones, por eso, cuando se busca un dato con el buscador del computador, éste arroja un montón de información allí donde encuentra el significante, pero es al sujeto al que le toca darle sentido a esa información que resulta de la búsqueda de una palabra. Esta es la razón por la que un significante solo, no significa nada.
Que un significante pueda significar cualquier cosa, significa que "los significantes no son signos, no son simplemente signos" (Bassols, 2012). Así, por ejemplo, el humo es signo de que hay fuego; hay una relación unívoca entre el humo y el fuego. El problema es que el significante no tiene una relación unívoca con el significado; un significante puede significar cualquier cosa, y además, el significante es una huella borrada, y "sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas" (Bassols). Los animales no pueden borrar sus huellas, no pueden engañar; los seres humanos sí. Allí donde alguien ha borrado su huella, ahí vamos a encontrar un sujeto del lenguaje, y como el sujeto y el lenguaje funcionan por huellas borradas, esto se vuelve un problema para las neurociencias, que andan buscando huellas en el cerebro (Bassols).
Ahora bien, eso que "está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas" (Bassols, 2012), es lo que Lacan llamó lo real; es decir, la categoría de real en el psicoanálisis no es lo que se percibe, no es la realidad, sino que "es aquello que no cesa de no representarse, es aquello que no cesa de no escribirse en lo que recordamos, percibimos, etc." (Bassols). Es lo que Freud denominó trauma cuando estudió la sexualidad humana, ya que es en la sexualidad donde eso que no cesa de no escribirse se hace más presente.
Bassols (1912) en su conferencia Psicoanálisis, sujeto y neuro-ciencias nos da un muy buen ejemplo para explicar esta definición de real que da Lacan como «lo que no cesa de no escribirse». Cuando el 11 de marzo de 2004 explotaron unas bombas en los trenes de Madrid, algunos psicoanalistas de la ciudad se ofrecieron a escuchar a las personas que quisieran hablar de esta experiencia tan traumática, y lo que encontraron es que, si bien el estallido de las bombas fué muy traumático, "lo que quedaba, lo que se repetía, lo que volvía una y otra vez, era algo que no había llegado a ocurrir" (Bassols): el no poder ayudar a la persona que estaba al lado, el no poder salir del lugar, el no haber tomado el tren anterior y así haberse salvado, etc. Es decir, que lo verdaderamente traumático para el sujeto, es lo que no llegó a ocurrir, "lo que no dejaba de no ocurrir" (Bassols).
martes, 19 de junio de 2012
344. R.S.I.
En 1974-75, Lacan dedicó el seminario XXII a los registros de lo simbólico, lo imaginario y lo real. Para Lacan, toda la realidad humana, la subjetividad, el psiquismo, está organizada por estos tres órdenes. Como era necesario ligar estos tres registros, que son heterogéneos entre sí, se le hace necesario introducir el nudo borromeo, el cual se constituirá en la solución que permitirá anudar estos tres registros que son desiguales. Los primeros aportes de Lacan se centran en la dimensión Imaginaria del sujeto. Así pues, en los Escritos, los tres grandes artículos sobre lo Imaginario -La agresividad en psicoanálisis, El estadio del espejo y Acerca de la causalidad psíquica- están incluidos en un apartado que Lacan, en 1966, denominó "De nuestros antecedentes". Esto porque él consideraba que el verdadero comienzo de su obra es el llamado «Discurso de Roma», es decir, el artículo titulado Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, momento que marca la entrada de Lacan en el campo del psicoanálisis.
Con respecto al orden Imaginario, la formulación de Lacan del estadio del espejo toma las experiencias del psicólogo Wallon sobre el reconocimiento de sí mismo que hace el niño frente al espejo, incorporando de este modo a la imagen de sí. Lacan parte, para el abordaje de esta fase, de la influencia crucial, inestimable, de la imagen narcisista; él ubicará a la percepción, a la imagen, a lo imaginario, bajo la égida del yo narcisista freudiano. A esta experiencia de Wallon sobre el reconocimiento en el espejo, por parte del niño, de su propia imagen, Lacan le agrega dos elementos que no estaban a disposición de Freud: uno proviene de la etología -la respuesta instintiva de los animales a la percepción de ciertas imágenes-, y el otro de la embriología humana -la prematuración en la que nace el feto humano-. Lacan articulará la prematuración con el Hiflosigkeit, el desamparo freudiano, -véase Inhibición, síntoma y angustia, y el Proyecto de psicología para neurólogos-. El desamparo freudiano es el término que subyace a la prematuración. A esto Lacan agrega un nuevo dato: la maduración precoz de la visión respecto de los demás sentidos, lo que permite la formación de una imagen anticipada de unidad, que adelanta y supera la coordinación motora del niño. Esta «discordancia», como la llama Lacan, entre motricidad y visión, marca a la cría de la especie de allí en más, como condenada a las formaciones de lo imaginario, de la imagen, de lo visual.
Con respecto al orden Simbólico, las fuentes más conocidas en Lacan son la lingüística saussuriana y la antropología de Lévi-Strauss, con su idea de la "eficacia simbólica" y el énfasis en el peso estructural de las leyes de parentesco. Se podría decir que el desarrollo del orden simbólico en Lacan se resume en un cambio de palabras, el que va del lenguaje a «lalengua» (en una sola palabra), a la que Lacan hace el objeto de una disciplina particular que bautizará «lingüistería». Lalengua es aquello que en el inconsciente subvierte al lenguaje; lalengua será el punto central de la teoría de lo simbólico al final de su obra. Esta lalengua la escribe así para suprimir el artículo universal “La”, por tanto, hay una lalengua porque cada lalengua es única y no universalizable. Cada inconsciente de cada sujeto, uno por uno, tiene una estructura de lalengua intraducible al de otro; el analista, dice Lacan, debe ser dócil al inconsciente del paciente, en el sentido de tratar de entender cuál es lalengua en juego de ese sujeto en particular.
Con respecto a lo Real, en Lacan se trata de un término que se opone al de realidad, es decir, lo real no es la realidad. En la primera época surgen confusiones, sobre todo en los primeros seminarios, donde a veces usa indistintamente uno u otro término sin diferenciarlos. Lo real, sin embargo, empieza a esclarecerse en los Seminarios II y III, donde aparece, no ya como aquello que el psicoanálisis no puede alcanzar porque es un real externo a la palabra, sino como aquello que vuelve siempre al mismo lugar. Tenemos aquí dos de las más importantes definiciones de lo real en el psicoanálisis lacaniano: lo real como «lo que está por fuera de lo simbólico», aquello que no se puede representar, y lo real como «lo que vuelve siempre al mismo lugar». Hay una complicación cuando Lacan pasa a definir «lo real como imposible». Lo real como imposible es la tercera definición importante de lo real en el lacanismo. Lacan dará un punto de real como imposible, común a toda la especie humana en tanto que hablante: El punto de imposible común a toda la especie humana es «la pérdida de naturalidad de los sexos» y, por tanto, la no-complementariedad del hombre y la mujer, la no-complementariedad soñada, que haría Uno al hombre y a la mujer. Es lo que conocemos con la fórmula «no hay relación sexual».
Con respecto al orden Imaginario, la formulación de Lacan del estadio del espejo toma las experiencias del psicólogo Wallon sobre el reconocimiento de sí mismo que hace el niño frente al espejo, incorporando de este modo a la imagen de sí. Lacan parte, para el abordaje de esta fase, de la influencia crucial, inestimable, de la imagen narcisista; él ubicará a la percepción, a la imagen, a lo imaginario, bajo la égida del yo narcisista freudiano. A esta experiencia de Wallon sobre el reconocimiento en el espejo, por parte del niño, de su propia imagen, Lacan le agrega dos elementos que no estaban a disposición de Freud: uno proviene de la etología -la respuesta instintiva de los animales a la percepción de ciertas imágenes-, y el otro de la embriología humana -la prematuración en la que nace el feto humano-. Lacan articulará la prematuración con el Hiflosigkeit, el desamparo freudiano, -véase Inhibición, síntoma y angustia, y el Proyecto de psicología para neurólogos-. El desamparo freudiano es el término que subyace a la prematuración. A esto Lacan agrega un nuevo dato: la maduración precoz de la visión respecto de los demás sentidos, lo que permite la formación de una imagen anticipada de unidad, que adelanta y supera la coordinación motora del niño. Esta «discordancia», como la llama Lacan, entre motricidad y visión, marca a la cría de la especie de allí en más, como condenada a las formaciones de lo imaginario, de la imagen, de lo visual.
Con respecto al orden Simbólico, las fuentes más conocidas en Lacan son la lingüística saussuriana y la antropología de Lévi-Strauss, con su idea de la "eficacia simbólica" y el énfasis en el peso estructural de las leyes de parentesco. Se podría decir que el desarrollo del orden simbólico en Lacan se resume en un cambio de palabras, el que va del lenguaje a «lalengua» (en una sola palabra), a la que Lacan hace el objeto de una disciplina particular que bautizará «lingüistería». Lalengua es aquello que en el inconsciente subvierte al lenguaje; lalengua será el punto central de la teoría de lo simbólico al final de su obra. Esta lalengua la escribe así para suprimir el artículo universal “La”, por tanto, hay una lalengua porque cada lalengua es única y no universalizable. Cada inconsciente de cada sujeto, uno por uno, tiene una estructura de lalengua intraducible al de otro; el analista, dice Lacan, debe ser dócil al inconsciente del paciente, en el sentido de tratar de entender cuál es lalengua en juego de ese sujeto en particular.
Con respecto a lo Real, en Lacan se trata de un término que se opone al de realidad, es decir, lo real no es la realidad. En la primera época surgen confusiones, sobre todo en los primeros seminarios, donde a veces usa indistintamente uno u otro término sin diferenciarlos. Lo real, sin embargo, empieza a esclarecerse en los Seminarios II y III, donde aparece, no ya como aquello que el psicoanálisis no puede alcanzar porque es un real externo a la palabra, sino como aquello que vuelve siempre al mismo lugar. Tenemos aquí dos de las más importantes definiciones de lo real en el psicoanálisis lacaniano: lo real como «lo que está por fuera de lo simbólico», aquello que no se puede representar, y lo real como «lo que vuelve siempre al mismo lugar». Hay una complicación cuando Lacan pasa a definir «lo real como imposible». Lo real como imposible es la tercera definición importante de lo real en el lacanismo. Lacan dará un punto de real como imposible, común a toda la especie humana en tanto que hablante: El punto de imposible común a toda la especie humana es «la pérdida de naturalidad de los sexos» y, por tanto, la no-complementariedad del hombre y la mujer, la no-complementariedad soñada, que haría Uno al hombre y a la mujer. Es lo que conocemos con la fórmula «no hay relación sexual».
viernes, 1 de junio de 2012
343. ¿Dónde está el lenguaje? ¿En el cerebro?
Los neurocientíficos contemporáneos parten de la idea de que el sistema nerviosos central es algo maleable; es lo que denominan plasticidad neuronal, es decir, el cerebro es un organismo vivo que se va modificando continuamente, y los neurólogos han encontrado que el mayor agente de modificación del cerebro es… ¡el lenguaje! (Bassols, 2012). El lenguaje, las palabras, son el agente que más modifica el cerebro; “existir en un campo del lenguaje como existimos sólo los seres humanos, nos está modificando cada día, nos está transformando cada día de una manera que ningún estímulo físico podrá hacer” (Bassols).
Pero, ¿y dónde está el lenguaje? Hay una vertiente localizacionista en las neurociencias que pretende localizar el lenguaje en el cerebro, pero el lenguaje está en todos lados; el ser humano vive en el campo del lenguaje. ¿Y dónde está el saber? -saber que existe y se transmite gracias al lenguaje-. Los síntomas de la histeria nos enseñan que “ahí se articula un saber más allá de la conciencia” (Bassols, 2012). El saber se inscribe en el cuerpo a través de un síntoma, un síntoma que grita una verdad no sabida por el sujeto. La histérica no habla, calla, reprime algo de lo que no quiere saber, y entonces su cuerpo habla por ella. Se trata de un saber que está más allá de la conciencia del sujeto, como el que aparece en los sueños.
En efecto, el lenguaje funciona como un software, pero ¿se puede localizar en el cerebro, en los genes? Esto último funciona mas bien como un hardware, pero entonces, ¿dónde localizamos el lenguaje? Freud, en su Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), tenía una intuición: “que las relaciones con el lenguaje está inscrito en las neuronas (…) el lenguaje, las cosas escuchadas, las cosas que han marcado mi vida están inscritas en las neuronas de alguna manera” (Bassols, 2012), lo cual se parece bastante a lo que dicen las neurociencias hoy. ¿Se puede reducir el inconsciente a una huella mnémica inscrita en el sistema nervioso central? No era lo que Freud pensaba; es verdad que el sujeto está habitado por el lenguaje, por significantes, pero los significantes no son signos. Los signos son unívocos, por eso los significantes no tienen nada que ver con éstos, porque el significante es polivalente; “un significante, voy a decirlo así, es una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas” (Bassols). Los animales dejan huellas, pero no pueden borrarlas como los seres humanos, no pueden engañar. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro (…) cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).
¿Qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. Y entonces, ¿dónde está el lenguaje, el cual está hecho de significantes? Pues ¡está en todas partes! Es un lugar, el lugar del Otro, de lo simbólico, de la palabra; “el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar; eso quiere decir que el lugar no hay que buscarlo necesariamente en el cerebro, por supuesto que también hay aparato del lenguaje en el cerebro. Pero Freud se dio cuenta muy pronto (que) el sprache apparat, el aparato del lenguaje, el aparato psíquico me está rodeando continuamente, estamos habitados, estamos sumergidos en un campo del lenguaje” (Bassols, 2012).
Pero, ¿y dónde está el lenguaje? Hay una vertiente localizacionista en las neurociencias que pretende localizar el lenguaje en el cerebro, pero el lenguaje está en todos lados; el ser humano vive en el campo del lenguaje. ¿Y dónde está el saber? -saber que existe y se transmite gracias al lenguaje-. Los síntomas de la histeria nos enseñan que “ahí se articula un saber más allá de la conciencia” (Bassols, 2012). El saber se inscribe en el cuerpo a través de un síntoma, un síntoma que grita una verdad no sabida por el sujeto. La histérica no habla, calla, reprime algo de lo que no quiere saber, y entonces su cuerpo habla por ella. Se trata de un saber que está más allá de la conciencia del sujeto, como el que aparece en los sueños.
En efecto, el lenguaje funciona como un software, pero ¿se puede localizar en el cerebro, en los genes? Esto último funciona mas bien como un hardware, pero entonces, ¿dónde localizamos el lenguaje? Freud, en su Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), tenía una intuición: “que las relaciones con el lenguaje está inscrito en las neuronas (…) el lenguaje, las cosas escuchadas, las cosas que han marcado mi vida están inscritas en las neuronas de alguna manera” (Bassols, 2012), lo cual se parece bastante a lo que dicen las neurociencias hoy. ¿Se puede reducir el inconsciente a una huella mnémica inscrita en el sistema nervioso central? No era lo que Freud pensaba; es verdad que el sujeto está habitado por el lenguaje, por significantes, pero los significantes no son signos. Los signos son unívocos, por eso los significantes no tienen nada que ver con éstos, porque el significante es polivalente; “un significante, voy a decirlo así, es una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas” (Bassols). Los animales dejan huellas, pero no pueden borrarlas como los seres humanos, no pueden engañar. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro (…) cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).
¿Qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. Y entonces, ¿dónde está el lenguaje, el cual está hecho de significantes? Pues ¡está en todas partes! Es un lugar, el lugar del Otro, de lo simbólico, de la palabra; “el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar; eso quiere decir que el lugar no hay que buscarlo necesariamente en el cerebro, por supuesto que también hay aparato del lenguaje en el cerebro. Pero Freud se dio cuenta muy pronto (que) el sprache apparat, el aparato del lenguaje, el aparato psíquico me está rodeando continuamente, estamos habitados, estamos sumergidos en un campo del lenguaje” (Bassols, 2012).
domingo, 27 de mayo de 2012
342. Neurociencias y psicoanálisis.
No se puede dialogar con una máquina; no todavía, y quién sabe si más adelante. Lacan decía que una máquina puede pensar, pero no puede saber. Un sistema cibernético -que es como ahora piensan las neurociencias al sujeto- puede manejar muchísima información, pero no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Como dice Miller (2007), Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia; ¿la razón? Que una palabra no tiene un solo sentido, y el sentido se le escapa a Google, que cifra pero no descifra. "Es la palabra en su estúpida materialidad lo que memoriza" (Miller), y el sujeto que consulta es el que tiene que encontrar en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él. "Google sería inteligente si se pudieran contar las significaciones. Pero no se puede" (Miller). Manejar información no es saber; Google da mucha información, pero es bruta.
Saber es otra cosa; saber complica mucho la existencia, hasta el punto de desadaptarnos de la realidad (Bassols, 2012). Por eso el idiota es un sujeto feliz; Freud mismo lo decía: «Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo». En cambio, al sujeto que sabe, se le complica la vida, la existencia. Además, al saber se le suma otra cosa que complica aún más la vida: el goce. Y una máquina ni sabe, ni da signos de que está gozando. El sujeto puede saber, puede gozar y goza de lo que dice. Y por el hecho de gozar hablando, el sujeto está profundamente inadaptado a la realidad (Bassols), de tal manera que lo simbólico, el lenguaje, carcome lo real, hasta el punto de llevarnos a hacernos desaparecer… si nos descuidamos -por ahora todo indica que vamos hacia nuestra propia autodestrucción-.
Hablar, gozar y desear nos lleva a una dimensión distinta al sistema cibernético, sistema con el que piensa al ser humano la psicología cognitiva. Pero el sujeto, por hablar, por desear, no puede ser reducido a una máquina, al organismo, al cerebro. Nadie ha visto a un cerebro funcionar por sí mismo; se necesita de todo un andamiaje, se necesita de un cuerpo, y del medio ambiente, que es el que pone a funcionar todo esto (Bassols, 2012). Además, se trata de un organismo vivo, y cuando se habla de vida, se habla de algo que goza. Se necesita estar vivo para gozar. Y la vida, ¿qué es? La biología no ha podido definir del todo qué es lo vivo. ¿Qué es la vida? Todavía no se sabe que es lo que hace que algo sea un organismo vivo (Bassols).
¿Qué hace viva a una célula nerviosa? El sistema nerviosos central está hecho de células vivas, pero, ¿qué hace que una célula piense? Y no solo piensa, sino que goza. Aquí es donde se puede hallar un punto de encuentro entre el psicoanálisis y las neurociencias, las cuales están tratando de resolver todas estas preguntas, preguntas que introducen al sujeto de la palabra y el lenguaje, y al sujeto del goce (Bassols, 2012). Las neurociencias buscan localizar esos dos fenómenos que son fundamentales en el sujeto: el lenguaje, la palabra y la conciencia. “¿Qué hace que un conjunto más o menos organizado de células finalmente un buen día diga: “soy consciente”?” (Bassols). ¿Una máquina podrá llegar a ser consciente? ¿Podrá despertarse un día y decir “soy consciente de mi mismo y me llamo yo”? Es la ficción de la película «Yo, robot (2004)», pero cuando este robot toma conciencia de sí, inmediatamente se desadapta de la realidad. Aparece la subjetividad y el sujeto empieza a sintomatizar su vida; empieza a hacerse un montón de preguntas: qué soy para el Otro, qué quiere el Otro de mi, qué sentido tiene mi existencia, será que me ama, o no me ama, etc.
Si padeces de algún síntoma, llegan las neurociencias y te escanean, te hacen una resonancia magnética, tratando de localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”, ya que algo no anda bien en tu cerebro. Las neurociencias, entonces, intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central, y no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. Pues bien, con Lacan hemos aprendido que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, y transformando el organismo en un cuerpo. Cuerpo y organismo no son la misma cosa, pero las neurociencias piensan que se puede reducir el cuerpo al organismo (Bassols).
martes, 15 de mayo de 2012
341. Llamar a una mujer «puta» es difamarla (o de por qué somos infieles).
Difamar a alguien es desacreditarlo o ponerlo en bajo concepto o estima (RAE). ¿Por qué se difama a una mujer cuando se la llama «puta», «mujer fácil» o «perra»? Porque está en juego una condición de amor que opera en el hombre cuando se interesa en una mujer. Esa condición de amor -que hace que un hombre elija a una mujer y viceversa- consiste en que "la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto, es una versión de la exigencia de que la mujer no sea toda para poder reconocerla como mujer" (Miller, 1989, p. 28).
¿Cómo llega una mujer a ser no-toda, condición para que la reconozcan como mujer? En las contribuciones de Freud a la psicología del amor, en la primera de ellas -denominada Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910)-, se trata de un sujeto que tiene como condición amorosa que la mujer en cuestión sea de otro hombre (Miller, 1989), pertenezca a otro hombre. Esto se articula con la segunda de las contribuciones de Freud a la psicología del amor -titulada Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912)-, condición que, dice Freud, no se encuentra sin la primera; esa condición consiste en que la mujer en cuestión sea una mujer no muy fiel, es decir, que sea una mujer de mala reputación -mala reputación- (Miller). Esta degradación de la vida amorosa es constitutiva de la sexualidad humana, y de manera particular en el hombre; éste suele dividir su objeto de amor en dos: dirige su ternura hacía la compañera «oficial» -esposa o novia-, y su deseo hacia otra mujer -amante, prostituta u objeto degradado-.
Entonces, la mujer que pertenece al Otro -al marido, al novio- cumple con las dos condiciones de amor: la del tercero perjudicado y la de ser una mujer de mala reputación, siempre y cuando ella se presente como siendo no-toda para su marido. El marido, dice Miller (1989), no es un doble del sujeto, sino que se trata de alguien que es necesario "en tanto es el que tiene derecho a la mujer en cuestión" (Miller, p. 26). El marido tiene el derecho de su lado, ya que, legalmente, su mujer le pertenece; es el propietario legítimo de la mujer. Aquí la mujer aparece como un bien, una posesión, a la cual tiene derecho su marido, ese Otro que tiene la ley de su lado (Miller). Acá se introduce una disyunción entre el derecho y el goce.
Para el hombre que se fija en esta mujer no-toda, es fundamental estar en una relación ilegítima, de tal manera que "la condición del acceso al goce es no tener derecho a; tener derecho a una mujer mata el goce" (Miller, 1989, p. 26). Esta es la razón por la que el matrimonio mata el goce, porque el matrimonio es una ceremonia legal en la que cada uno de los desposados pasa a pertenecer -como bien, como objeto- al otro. Y la cuestión central con esto es que "tener derecho legal a una mujer asegura que el goce, el goce de ella, estará en otro lugar" (Miller). ¿En qué lugar? ¡Con otro que no sea el marido! Esto es lo que explica la infidelidad femenina: como "sólo se puede tener acceso al goce a través de la infracción de la ley" (Miller), ella, cuyo goce escapa a la legalidad, se va a gozar... con otro. Y por esto, haciendo una censura moral de su comportamiento, se la llama «puta». Pero al llamarla así se la está difamando, porque de lo que se trata aquí es de esta condición amorosa: que la mujer no sea toda para el sujeto. Es por esto que un hombre se fija en ella, y lo que explica a su vez la infidelidad masculina: la escisión que hace del objeto amoroso entre objeto tierno y objeto degradado, más la condición de que haya un tercero perjudicado.
¿Cómo llega una mujer a ser no-toda, condición para que la reconozcan como mujer? En las contribuciones de Freud a la psicología del amor, en la primera de ellas -denominada Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910)-, se trata de un sujeto que tiene como condición amorosa que la mujer en cuestión sea de otro hombre (Miller, 1989), pertenezca a otro hombre. Esto se articula con la segunda de las contribuciones de Freud a la psicología del amor -titulada Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912)-, condición que, dice Freud, no se encuentra sin la primera; esa condición consiste en que la mujer en cuestión sea una mujer no muy fiel, es decir, que sea una mujer de mala reputación -mala reputación- (Miller). Esta degradación de la vida amorosa es constitutiva de la sexualidad humana, y de manera particular en el hombre; éste suele dividir su objeto de amor en dos: dirige su ternura hacía la compañera «oficial» -esposa o novia-, y su deseo hacia otra mujer -amante, prostituta u objeto degradado-.
Entonces, la mujer que pertenece al Otro -al marido, al novio- cumple con las dos condiciones de amor: la del tercero perjudicado y la de ser una mujer de mala reputación, siempre y cuando ella se presente como siendo no-toda para su marido. El marido, dice Miller (1989), no es un doble del sujeto, sino que se trata de alguien que es necesario "en tanto es el que tiene derecho a la mujer en cuestión" (Miller, p. 26). El marido tiene el derecho de su lado, ya que, legalmente, su mujer le pertenece; es el propietario legítimo de la mujer. Aquí la mujer aparece como un bien, una posesión, a la cual tiene derecho su marido, ese Otro que tiene la ley de su lado (Miller). Acá se introduce una disyunción entre el derecho y el goce.
Para el hombre que se fija en esta mujer no-toda, es fundamental estar en una relación ilegítima, de tal manera que "la condición del acceso al goce es no tener derecho a; tener derecho a una mujer mata el goce" (Miller, 1989, p. 26). Esta es la razón por la que el matrimonio mata el goce, porque el matrimonio es una ceremonia legal en la que cada uno de los desposados pasa a pertenecer -como bien, como objeto- al otro. Y la cuestión central con esto es que "tener derecho legal a una mujer asegura que el goce, el goce de ella, estará en otro lugar" (Miller). ¿En qué lugar? ¡Con otro que no sea el marido! Esto es lo que explica la infidelidad femenina: como "sólo se puede tener acceso al goce a través de la infracción de la ley" (Miller), ella, cuyo goce escapa a la legalidad, se va a gozar... con otro. Y por esto, haciendo una censura moral de su comportamiento, se la llama «puta». Pero al llamarla así se la está difamando, porque de lo que se trata aquí es de esta condición amorosa: que la mujer no sea toda para el sujeto. Es por esto que un hombre se fija en ella, y lo que explica a su vez la infidelidad masculina: la escisión que hace del objeto amoroso entre objeto tierno y objeto degradado, más la condición de que haya un tercero perjudicado.
lunes, 30 de abril de 2012
340. El goce es lo opuesto al placer.
En el psicoanálisis, goce y placer son fundamentalmente opuestos. El placer tiene que ver con lo que hace desaparecer la tensión, de tal manera que el placer es lo que le pone un límite al goce. El goce, en cambio, "es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor, y sabemos que es sólo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo aparece velada" (Lacan citado por Rodríguez, 2006).
Lo que Freud llamó “principio del placer”, no es otra cosa que reducción de una tensión; se experimenta tensión antes de presentar un examen, y se siente un descanso -placer-, cuando se sale de ese compromiso. El paradigma del placer es el orgasmo: es la máxima experiencia de placer en el momento en que hay alivio de la tensión sexual -la cual está del lado del goce-. El goce, el cual se experimenta en el cuerpo -se necesita de un cuerpo para que haya goce-, es algo del orden de la tensión, del dolor, del malestar, del displacer, es decir, del forzamiento. Mientras el placer no se fuerza, el goce gasta (Rodríguez, 2006), gasta y desgasta al sujeto -es la expresión de la pulsión de muerte-. Así pues, se habla de goce en el psicoanálisis cuando comienza a aparecer el dolor, cuando se experimenta malestar en el cuerpo. Sólo cuando aparecer el dolor, el cuerpo se empieza a experimentar; por ejemplo, los intestinos pasan inadvertidos hasta que se producen retortijones. (Rodríguez).
El cuerpo, entonces, goza, y goza de sí mismo, de tal manera que se podría decir que el goce que experimenta el sujeto es un goce autista, un goce que tiene como causa el significante, es decir, el hecho de que el organismo es atravesado, inundado por el lenguaje. El significante es algo que limita el goce; esto se observa claramente con el goce fálico. El goce fálico, el goce que se localiza en el pene, está limitado por el significante. Junto al goce fálico, que está localizado, está el goce Otro, un goce que es infinito, ilimitado. Se trata aquí de un goce del que "no se puede dar cuenta; es un goce inefable que no pueden transmitir, no lo pueden expresar en palabras" (Rodríguez, 2006). El goce fálico identifica al hombre, y el goce Otro identifica a la mujer... y al psicótico, ya que el psicótico se constituye en objeto del goce del Otro.
Junto a lo dicho hasta aquí sobre el goce, Lacan también va a desarrollar el tema del goce del Otro como fantasma neurótico. "Es uno de los fantasmas neuróticos más lamentables, más graves para las sociedades: buena parte del racismo, de las guerras, de las luchas o encontronazos sociales tiene que ver con esa ilusión neurótica de que, mientras uno no goza, el otro sí goza" (Rodríguez, 2006).
Lo que Freud llamó “principio del placer”, no es otra cosa que reducción de una tensión; se experimenta tensión antes de presentar un examen, y se siente un descanso -placer-, cuando se sale de ese compromiso. El paradigma del placer es el orgasmo: es la máxima experiencia de placer en el momento en que hay alivio de la tensión sexual -la cual está del lado del goce-. El goce, el cual se experimenta en el cuerpo -se necesita de un cuerpo para que haya goce-, es algo del orden de la tensión, del dolor, del malestar, del displacer, es decir, del forzamiento. Mientras el placer no se fuerza, el goce gasta (Rodríguez, 2006), gasta y desgasta al sujeto -es la expresión de la pulsión de muerte-. Así pues, se habla de goce en el psicoanálisis cuando comienza a aparecer el dolor, cuando se experimenta malestar en el cuerpo. Sólo cuando aparecer el dolor, el cuerpo se empieza a experimentar; por ejemplo, los intestinos pasan inadvertidos hasta que se producen retortijones. (Rodríguez).
El cuerpo, entonces, goza, y goza de sí mismo, de tal manera que se podría decir que el goce que experimenta el sujeto es un goce autista, un goce que tiene como causa el significante, es decir, el hecho de que el organismo es atravesado, inundado por el lenguaje. El significante es algo que limita el goce; esto se observa claramente con el goce fálico. El goce fálico, el goce que se localiza en el pene, está limitado por el significante. Junto al goce fálico, que está localizado, está el goce Otro, un goce que es infinito, ilimitado. Se trata aquí de un goce del que "no se puede dar cuenta; es un goce inefable que no pueden transmitir, no lo pueden expresar en palabras" (Rodríguez, 2006). El goce fálico identifica al hombre, y el goce Otro identifica a la mujer... y al psicótico, ya que el psicótico se constituye en objeto del goce del Otro.
Junto a lo dicho hasta aquí sobre el goce, Lacan también va a desarrollar el tema del goce del Otro como fantasma neurótico. "Es uno de los fantasmas neuróticos más lamentables, más graves para las sociedades: buena parte del racismo, de las guerras, de las luchas o encontronazos sociales tiene que ver con esa ilusión neurótica de que, mientras uno no goza, el otro sí goza" (Rodríguez, 2006).
viernes, 13 de abril de 2012
339. Dialéctica del amo y el esclavo y circuito de reconocimiento.
Si el deseo humano es el deseo del Otro, esto introduce la dimensión del reconocimiento: el deseo es en última instancia, dice Kojève, deseo de reconocimiento. Lacan adopta esta tesis que viene de Hegel y explica como, para lograr el reconocimiento deseado, el sujeto tiene que arriesgar su propia vida en una «lucha de puro prestigio». El deseo humano está mediado por el deseo de otro que dirige su deseo hacia un objeto. A partir de este momento, se desea lo que el otro desea, y el sujeto puede hacer que el otro reconozca su derecho a poseer ese objeto. Es humano desear lo que otros desean, por el sólo hecho de que ellos lo desean.
En esa lucha por puro prestigio en el que el sujeto se debate por el reconocimiento de su deseo por parte de otro, en esta situación, decía, cada uno debe querer dar muerte al otro, único camino para resolver la confrontación por el objeto de deseo. Aquí no hay acuerdo posible, de tal modo que en esta relación dual aparece un "o yo o el otro" esencial que, según Hegel, se resuelve en la división entre el amo y el esclavo: “el amo se enfrenta con la muerte y el esclavo cede ante el riesgo de la muerte, porque reconoce al otro pero no es reconocido por él.” (Miller, 1998. p.52).
A partir de aquí Lacan va a fundar un «circuito de reconocimiento» que va más allá de la posición variable del amo y del esclavo, en la que el amo, por no reconocer a nadie, no es reconocido en su humanidad ni siquiera por el esclavo. Así pues, el sujeto necesita reconocer al otro para poder ser reconocido por él. La identidad del sujeto emerge en el reconocimiento que el otro le devuelve. Aquí se puede ver la vertiente simbólica del deseo en el deseo de reconocimiento, en la medida en que se introduce un pacto entre los sujetos.
Así pues, Lacan introduce una fórmula general del deseo, que diría que el deseo es deseo de reconocimiento del deseo; se trata aquí de un deseo que tiene como único objeto y única satisfacción, el ser reconocido por el otro. Es un deseo sin sustancia, evanescente, que depende profundamente del reconocimiento. Entonces a la pregunta ¿qué es el deseo?, la respuesta es: deseo de hacer reconocer el deseo. “El propio deseo no es nada más que el reconocimiento del deseo” (Miller, 1998. p.55).
En esa lucha por puro prestigio en el que el sujeto se debate por el reconocimiento de su deseo por parte de otro, en esta situación, decía, cada uno debe querer dar muerte al otro, único camino para resolver la confrontación por el objeto de deseo. Aquí no hay acuerdo posible, de tal modo que en esta relación dual aparece un "o yo o el otro" esencial que, según Hegel, se resuelve en la división entre el amo y el esclavo: “el amo se enfrenta con la muerte y el esclavo cede ante el riesgo de la muerte, porque reconoce al otro pero no es reconocido por él.” (Miller, 1998. p.52).
A partir de aquí Lacan va a fundar un «circuito de reconocimiento» que va más allá de la posición variable del amo y del esclavo, en la que el amo, por no reconocer a nadie, no es reconocido en su humanidad ni siquiera por el esclavo. Así pues, el sujeto necesita reconocer al otro para poder ser reconocido por él. La identidad del sujeto emerge en el reconocimiento que el otro le devuelve. Aquí se puede ver la vertiente simbólica del deseo en el deseo de reconocimiento, en la medida en que se introduce un pacto entre los sujetos.
Así pues, Lacan introduce una fórmula general del deseo, que diría que el deseo es deseo de reconocimiento del deseo; se trata aquí de un deseo que tiene como único objeto y única satisfacción, el ser reconocido por el otro. Es un deseo sin sustancia, evanescente, que depende profundamente del reconocimiento. Entonces a la pregunta ¿qué es el deseo?, la respuesta es: deseo de hacer reconocer el deseo. “El propio deseo no es nada más que el reconocimiento del deseo” (Miller, 1998. p.55).
miércoles, 4 de abril de 2012
338. El carácter del neurótico obsesivo.
El carácter, ese conjunto de cualidades propias de una persona, que
la distingue por su modo de ser u obrar, es un tema que Freud desarrolló
en su texto Carácter y erotismo anal (1908). Freud aborda allí tres
rasgos del carácter del neurótico obsesivo -el orden, la avaricia y la
terquedad- y explica cómo se forman éstos a partir de mecanismos
psíquicos como las formaciones reactivas (expresión opuesta a la de un
deseo reprimido que el sujeto evita expresar) y la sublimación (orientar
la pulsión sexual hacia objetos de la cultura). El neurótico obsesivo,
entonces, fue un sujeto que, en su infancia, gozaba de metas sexuales en
la zona erógena del ano. Como las excitaciones provenientes de las
zonas erógenas -como las del ano- se vuelven inutilizables para metas
sexuales en nuestra civilización actual, se crean en la vida psíquica
formaciones reactivas como la vergüenza, el asco y la moral -denominados
por Freud diques psíquicos, en cuanto que se oponen a la activación de
la satisfacción sexual pulsional- (Freud, 1976). Por tanto, en los
rasgos de carácter que presentan los antiguos poseedores del erotismo
anal, es decir, los neuróticos obsesivos, se verán los efectos de esas
formaciones reactivas y la sublimación: orden, avaricia y terquedad.
Pero el orden, la avaricia y la obstinación no son las únicas características del neurótico obsesivo. También se caracteriza por la procrastinación (aplazar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes), la ubicuidad (querer presenciarlo todo) y la oblatividad (la entrega al deseo del Otro), que hace del obsesivo un sujeto que rebaja su deseo a la demanda del Otro, presentándose como muy complaciente -"le pertenezco", "hay que cumplir con el patrón"-, o mejor, con una gran pasión por la esclavitud (García, 2007). Esto lo hace un trabajador leal, que gusta del trabajo forzado. Esto mismo es lo que hace que él espere la muerte del Amo, con la ilusión de que su vida recién comenzará cuando muera su jefe.
También el obsesivo suele renegar de la muerte; se suele sentir culpable de todo -es un sujeto muy moralista-; su deseo se suele manifestar como deseo de lo imposible (la imposible satisfacción del deseo del Otro); suele sostener una eterna deuda que no paga, y es cruel y déspota con las personas que ama; le cuenta sobremanera manifestar sus sentimientos, por eso parece tener un "corazón de piedra"; si manifiesta sus sentimientos, se presenta como un sujeto en falta, y si algo aterra al obsesivo, es mostrarse castrado, en falta. Por esta misma razón es que no reconoce fácilmente sus errores, presentándose terco y obstinado en sus argumentos -"yo tengo la razón, el que se equivoca eres tu"-. Suele ser también un sujeto narcisista y, por tanto, rechaza con vehemencia las diferencias -"los que no están conmigo, están contra mi"-. Sus preguntas existenciales se dirigen al ser y la muerte y, finalmente, la pregunta estructural del obsesivo bordea una imposibilidad lógica: "¿cómo ser padre sin matar a mi padre?" (García, 2007).
Pero el orden, la avaricia y la obstinación no son las únicas características del neurótico obsesivo. También se caracteriza por la procrastinación (aplazar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes), la ubicuidad (querer presenciarlo todo) y la oblatividad (la entrega al deseo del Otro), que hace del obsesivo un sujeto que rebaja su deseo a la demanda del Otro, presentándose como muy complaciente -"le pertenezco", "hay que cumplir con el patrón"-, o mejor, con una gran pasión por la esclavitud (García, 2007). Esto lo hace un trabajador leal, que gusta del trabajo forzado. Esto mismo es lo que hace que él espere la muerte del Amo, con la ilusión de que su vida recién comenzará cuando muera su jefe.
También el obsesivo suele renegar de la muerte; se suele sentir culpable de todo -es un sujeto muy moralista-; su deseo se suele manifestar como deseo de lo imposible (la imposible satisfacción del deseo del Otro); suele sostener una eterna deuda que no paga, y es cruel y déspota con las personas que ama; le cuenta sobremanera manifestar sus sentimientos, por eso parece tener un "corazón de piedra"; si manifiesta sus sentimientos, se presenta como un sujeto en falta, y si algo aterra al obsesivo, es mostrarse castrado, en falta. Por esta misma razón es que no reconoce fácilmente sus errores, presentándose terco y obstinado en sus argumentos -"yo tengo la razón, el que se equivoca eres tu"-. Suele ser también un sujeto narcisista y, por tanto, rechaza con vehemencia las diferencias -"los que no están conmigo, están contra mi"-. Sus preguntas existenciales se dirigen al ser y la muerte y, finalmente, la pregunta estructural del obsesivo bordea una imposibilidad lógica: "¿cómo ser padre sin matar a mi padre?" (García, 2007).

jueves, 22 de marzo de 2012
337. La función de «la otra mujer» en la histeria.
En la neurosis histérica es frecuente encontrar a «la otra mujer», es decir, otra mujer que entra a jugar un determinado papel en la relación de la histérica con su pareja, conformándose un triángulo en el que esa otra desempeña una función con relación a su partenaire. La histérica suele demandarle a su pareja –esposo, novio–, ser la única en la vida de él; ¿cómo explicar la intervención de una tercera persona, si es justamente de eso de lo que ella se queja?
La otra mujer desempeña un rol fundamental en la estructura clínica de la neurosis histérica. La pregunta inconsciente –fantasmática– que sostiene la histérica es: “¿qué es ser una mujer?”, pregunta que ella se hace porque ella, en el paso por el complejo de castración, por no tener el falo, queda del lado del ser. El problema con la diferencia sexual es que sólo existe un significante para señalar dicha diferencia: el falo. Entonces, responder la pregunta por «qué es ser un hombre» parece, en principio, fácil: ser hombre es tener el falo, pero, ¿cómo respondemos la pregunta por «qué es ser mujer»? Así pues, la diferencia fundamental entre hombres y mujeres es esa diferencia radical entre el ser y el tener; la diferencia sexual se inscribe en el inconsciente en términos fálicos, como una presencia-ausencia -los niños tienen falo, las niñas no lo tienen-. Ese "no lo tengo" de la mujer es lo que la lleva a preguntarse «¿qué es ser una mujer?».
Pero la histérica no solo se pregunta por su ser de mujer, también se pregunta por su sexualidad: «¿soy hombre o soy mujer?». Y para responder estas preguntas es que se hace necesaria la intervención de «la otra mujer», para poder dar una respuesta singular a esos interrogantes. De ahí que el rol de esa «otra» sea tan determinante en la subjetividad de la histérica. Esa «otra mujer» encarna para la histérica la respuesta a «¿qué es ser una mujer?», y su interés por ella puede llevarla, incluso, a seducirla… ¡como un hombre! En efecto, –y esta es una de las primeras observaciones que hace Freud sobre la histeria–, la histérica suele personificar a un hombre, identificándose con él; seduce entonces a «la otra» hasta el punto, inclusive, de tener un encuentro sexual –homosexual– con ella, sin ser verdaderamente una lesbiana. Por eso Lacan sostiene en su seminario Las relaciones de objeto que la histérica es alguien cuyo objeto es homosexual, “la histérica aborda este objeto homosexual por identificación con alguien del otro sexo” (Lacan, 1991). Así pues, la histérica se identifica al hombre para, desde allí, dirigirse hacia otra mujer que le dará respuesta a su pregunta fantasmática. Incluso en su fantasma, la histérica suele ofrecer otra mujer al hombre y, muchas veces, esa es una condición para alcanzar el orgasmo: fantasear que él está con otra. La histérica se ofrece al hombre como si fuera otra, fantasía de la cual su marido no sabe nada: No sabe que él se acuesta con «otra», esa que sabe lo que es ser una mujer.
La otra mujer desempeña un rol fundamental en la estructura clínica de la neurosis histérica. La pregunta inconsciente –fantasmática– que sostiene la histérica es: “¿qué es ser una mujer?”, pregunta que ella se hace porque ella, en el paso por el complejo de castración, por no tener el falo, queda del lado del ser. El problema con la diferencia sexual es que sólo existe un significante para señalar dicha diferencia: el falo. Entonces, responder la pregunta por «qué es ser un hombre» parece, en principio, fácil: ser hombre es tener el falo, pero, ¿cómo respondemos la pregunta por «qué es ser mujer»? Así pues, la diferencia fundamental entre hombres y mujeres es esa diferencia radical entre el ser y el tener; la diferencia sexual se inscribe en el inconsciente en términos fálicos, como una presencia-ausencia -los niños tienen falo, las niñas no lo tienen-. Ese "no lo tengo" de la mujer es lo que la lleva a preguntarse «¿qué es ser una mujer?».
Pero la histérica no solo se pregunta por su ser de mujer, también se pregunta por su sexualidad: «¿soy hombre o soy mujer?». Y para responder estas preguntas es que se hace necesaria la intervención de «la otra mujer», para poder dar una respuesta singular a esos interrogantes. De ahí que el rol de esa «otra» sea tan determinante en la subjetividad de la histérica. Esa «otra mujer» encarna para la histérica la respuesta a «¿qué es ser una mujer?», y su interés por ella puede llevarla, incluso, a seducirla… ¡como un hombre! En efecto, –y esta es una de las primeras observaciones que hace Freud sobre la histeria–, la histérica suele personificar a un hombre, identificándose con él; seduce entonces a «la otra» hasta el punto, inclusive, de tener un encuentro sexual –homosexual– con ella, sin ser verdaderamente una lesbiana. Por eso Lacan sostiene en su seminario Las relaciones de objeto que la histérica es alguien cuyo objeto es homosexual, “la histérica aborda este objeto homosexual por identificación con alguien del otro sexo” (Lacan, 1991). Así pues, la histérica se identifica al hombre para, desde allí, dirigirse hacia otra mujer que le dará respuesta a su pregunta fantasmática. Incluso en su fantasma, la histérica suele ofrecer otra mujer al hombre y, muchas veces, esa es una condición para alcanzar el orgasmo: fantasear que él está con otra. La histérica se ofrece al hombre como si fuera otra, fantasía de la cual su marido no sabe nada: No sabe que él se acuesta con «otra», esa que sabe lo que es ser una mujer.
viernes, 16 de marzo de 2012
336. ¿Qué es lo que en la experiencia analítica se revela como lo más real?
El sujeto llega a análisis con una queja, la cual termina por anudarse a los más allegados, a la familia; el analizante siempre establece una relación entre su sufrimiento y la familia, y pone siempre en evidencia un cierto número de episodios, esencialmente palabras, "dichos que han tenido una incidencia determinante para el sujeto" (Miller, 1998). El analizante también termina hablando de su vida amorosa, de cómo elige el objeto de amor y cómo separa ese objeto de amor del objeto de deseo; en todo caso, el analizante siempre hace aparecer una cierta infelicidad en lo que concierne a la relación entre ambos sexos. Pero, de todo lo que dice un analizante, emergen, con una especial intensidad, "situaciones que le producen una particular satisfacción" (Miller), lo que en el psicoanálisis lacaniano se llama el fantasma fundamental. Es lo que Freud aisló como una situación de satisfacción vinculada a una frase y a un escenario; se trata de una experiencia de satisfacción fundamental para el sujeto.
"Las situaciones fantasmáticas aparecen como islas que emergen del mar de un monólogo, que es esencialmente el monólogo de la queja" (Miller, 1998). La asociación libre, a la que invita la experiencia analítica, se transforma, poco a poco, en una experiencia de lo que Lacan llama “la falta en ser”; la escucha del analista y su puntuación van disolviendo las identidades del sujeto y le van mostrando lo ilusorias que son; al mismo tiempo, el sentido se va diluyendo hasta el punto en el que queda un resto invariable, que va emergiendo progresivamente (Miller).
En el interior de síntoma hay una satisfacción que queda, "una satisfacción inconsciente que se manifiesta con un displacer aparente" (Miller, 1998). Freud lo percibió, desde los comienzos del psicoanálisis: la satisfacción inconsciente que hay en el síntoma, satisfacción que está del lado del malestar, del displacer, del sufrimiento, y que es lo que Lacan llamó "goce". Freud entonces percibió que detrás del displacer que produce el síntoma, se esconde una satisfacción inconsciente. Es a esa satisfacción inconsciente a la que apunta el psicoanálisis: a ese goce que es una satisfacción que no da placer; "el goce es una satisfacción que puede ser compatible con el displacer" (Miller). Este goce es el que se hace patente en el fantasma, fantasma que le da al sujeto una identidad de goce; "es en este lugar donde se revela lo más real de su ser" (Miller).
El analizante, a medida que avanza en su análisis, estará en condiciones de reconocer, no solamente qué no dice o qué sería necesario decir, sino que también llegará a no entender más lo que él mismo dice; finalmente, al suspender toda acepción sobre la significación, surgirá, en su opacidad, el goce inconsciente de su propio sufrimiento (Miller, 1998). Así es como el sujeto aísla el significante que hace enigma. "La neurosis consiste precisamente en la interpretación de este significante enigmático vinculado al goce inconsciente" (Miller). De aquí en más, de lo que se trata es de que el sujeto aprenda a proceder con este real, que el sujeto considere que ya sabe qué hacer con lo real, y no se apasione más por el enigma que él le produce.
"Las situaciones fantasmáticas aparecen como islas que emergen del mar de un monólogo, que es esencialmente el monólogo de la queja" (Miller, 1998). La asociación libre, a la que invita la experiencia analítica, se transforma, poco a poco, en una experiencia de lo que Lacan llama “la falta en ser”; la escucha del analista y su puntuación van disolviendo las identidades del sujeto y le van mostrando lo ilusorias que son; al mismo tiempo, el sentido se va diluyendo hasta el punto en el que queda un resto invariable, que va emergiendo progresivamente (Miller).
En el interior de síntoma hay una satisfacción que queda, "una satisfacción inconsciente que se manifiesta con un displacer aparente" (Miller, 1998). Freud lo percibió, desde los comienzos del psicoanálisis: la satisfacción inconsciente que hay en el síntoma, satisfacción que está del lado del malestar, del displacer, del sufrimiento, y que es lo que Lacan llamó "goce". Freud entonces percibió que detrás del displacer que produce el síntoma, se esconde una satisfacción inconsciente. Es a esa satisfacción inconsciente a la que apunta el psicoanálisis: a ese goce que es una satisfacción que no da placer; "el goce es una satisfacción que puede ser compatible con el displacer" (Miller). Este goce es el que se hace patente en el fantasma, fantasma que le da al sujeto una identidad de goce; "es en este lugar donde se revela lo más real de su ser" (Miller).
El analizante, a medida que avanza en su análisis, estará en condiciones de reconocer, no solamente qué no dice o qué sería necesario decir, sino que también llegará a no entender más lo que él mismo dice; finalmente, al suspender toda acepción sobre la significación, surgirá, en su opacidad, el goce inconsciente de su propio sufrimiento (Miller, 1998). Así es como el sujeto aísla el significante que hace enigma. "La neurosis consiste precisamente en la interpretación de este significante enigmático vinculado al goce inconsciente" (Miller). De aquí en más, de lo que se trata es de que el sujeto aprenda a proceder con este real, que el sujeto considere que ya sabe qué hacer con lo real, y no se apasione más por el enigma que él le produce.
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sábado, 10 de marzo de 2012
335. Al inconsciente se lo lee en la escucha.
Al inconsciente se lo lee, pero se lo lee en la escucha; “te escucho” es la condición necesaria para poder hacer una lectura del inconsciente; “si no hay un “le escucho” no hay un psicoanálisis” (Miller, 1998). El “te escucho” del analista es muy distinto al “te escucho” de la telefonista, del profesor, del juez que quiere recoger su testimonio, etc. “El “te escucho” del analista es una invitación a lo que se llama la asociación libre, significa que estás liberado de la puntuación y que el analista se encarga de la puntuación” (Miller).
Así pues, dice Miller (1998), el orificio más importante del cuerpo del analista en su práctica es la oreja. Los orificios del cuerpo tienen gran importancia para el psicoanálisis; Freud consideraba esos orificios como concentradores de libido, de goce. “La propiedad más importante de la oreja, como orificio del cuerpo, en el psicoanálisis, es el hecho de que tiene la propiedad especial de no poderse cerrar naturalmente” (Miller). Aunque el analista está detrás del analizante, éste sabe que sus orejas están abiertas. El “te escucho” del analista tiene como objetivo lograr que el sujeto aprenda también a escucharse. Aprender a escucharse hablar introduce en la sesión analítica al gran Otro impersonal, pero esto no es posible sin la presencia del analista.
Al sujeto histérico, por ejemplo, no le interesa hablarle a un muerto; él necesita asegurarse que el Otro sea viviente, y además, se debe asegurar de que el analista no es perfecto. “En el análisis el sujeto histérico necesita verificar que el Otro analítico esté vivo, y por eso recibir de este Otro signos de vida y de deseo” (Miller, 1998). Es por esto que el analista debe dar algunos signos de vida, y a veces eso implica conducir un análisis cara a cara, y no por esto deja de ser un verdadero análisis, a pesar de que el dispositivo sea modificado. “También la modificación cara a cara se impone en los casos de psicosis, cuando la función misma del gran Otro no se sostiene” (Miller), por eso es importante no librar a un sujeto psicótico al gran Otro invisible, porque eso podría desencadenar la psicosis.
El “te escucho” del analista va acompañado del silencio; “para que el paciente hable y sea escuchado es necesario que el Otro, el analista, se quede mudo” (Miller, 1998). Así pues, la experiencia analítica se parece más a un monólogo del lado del analizante, y del lado del analista lo hay es puntuación, puntuación que hace legible al inconsciente. El monólogo del analizante se dirige a un Otro permisivo, tolerante, que deja hablar o que hace hablar (Miller). ¿Qué dice el analizante en este monólogo? Algo del orden de la queja: se trata de un sufrimiento, se trata de un dolor, que es lo que va a constituir el síntoma, y el síntoma es, a su vez, eso que no va, eso que no anda bien en el sujeto y que él quiere cambiar. Por eso también se puede decir que en el monólogo del analizante aparece el ser del sujeto, es decir, lo que él quiere llegar a ser; aparece lo que él es y le disgusta, y lo que él quiere llegar a ser; así pues, el síntoma también responde a una discrepancia del sujeto en su distancia con un ideal (Miller).
Así pues, dice Miller (1998), el orificio más importante del cuerpo del analista en su práctica es la oreja. Los orificios del cuerpo tienen gran importancia para el psicoanálisis; Freud consideraba esos orificios como concentradores de libido, de goce. “La propiedad más importante de la oreja, como orificio del cuerpo, en el psicoanálisis, es el hecho de que tiene la propiedad especial de no poderse cerrar naturalmente” (Miller). Aunque el analista está detrás del analizante, éste sabe que sus orejas están abiertas. El “te escucho” del analista tiene como objetivo lograr que el sujeto aprenda también a escucharse. Aprender a escucharse hablar introduce en la sesión analítica al gran Otro impersonal, pero esto no es posible sin la presencia del analista.
Al sujeto histérico, por ejemplo, no le interesa hablarle a un muerto; él necesita asegurarse que el Otro sea viviente, y además, se debe asegurar de que el analista no es perfecto. “En el análisis el sujeto histérico necesita verificar que el Otro analítico esté vivo, y por eso recibir de este Otro signos de vida y de deseo” (Miller, 1998). Es por esto que el analista debe dar algunos signos de vida, y a veces eso implica conducir un análisis cara a cara, y no por esto deja de ser un verdadero análisis, a pesar de que el dispositivo sea modificado. “También la modificación cara a cara se impone en los casos de psicosis, cuando la función misma del gran Otro no se sostiene” (Miller), por eso es importante no librar a un sujeto psicótico al gran Otro invisible, porque eso podría desencadenar la psicosis.
El “te escucho” del analista va acompañado del silencio; “para que el paciente hable y sea escuchado es necesario que el Otro, el analista, se quede mudo” (Miller, 1998). Así pues, la experiencia analítica se parece más a un monólogo del lado del analizante, y del lado del analista lo hay es puntuación, puntuación que hace legible al inconsciente. El monólogo del analizante se dirige a un Otro permisivo, tolerante, que deja hablar o que hace hablar (Miller). ¿Qué dice el analizante en este monólogo? Algo del orden de la queja: se trata de un sufrimiento, se trata de un dolor, que es lo que va a constituir el síntoma, y el síntoma es, a su vez, eso que no va, eso que no anda bien en el sujeto y que él quiere cambiar. Por eso también se puede decir que en el monólogo del analizante aparece el ser del sujeto, es decir, lo que él quiere llegar a ser; aparece lo que él es y le disgusta, y lo que él quiere llegar a ser; así pues, el síntoma también responde a una discrepancia del sujeto en su distancia con un ideal (Miller).
miércoles, 22 de febrero de 2012
334. La puntuación hace legible al inconsciente.
Lacan decía que "la puntuación decide el sentido”, de tal manera que se puede pensar que el psicoanalista tiene como función en la cura, ponerle la puntuación al "texto" que trae el analizante. La Biblia, en un comienzo, no tenía puntuación alguna, de tal manera que el texto bíblico era una fuente de ambigüedad permanente. "La puntuación dada a una continuidad significante cambia el sentido, pero cuando se cambia la puntuación, el sentido también se renueva, y a veces es un trastorno total, y si se pone una mala puntuación el sentido se desvanece o se altera" (Miller, 1998).
En la experiencia analítica, lo que hace que el inconsciente se vuelva legible es la puntuación. "Es fundamentalmente la puntuación lo que agrega, introduce o desplaza el analista. El psicoanalista agrega al habla una puntuación, y se podría decir que la interpretación analítica es esencialmente un hecho de puntuación (...) lo más importante de la interpretación no es el contenido comunicado por el analista, sino la forma; es decir, la puntuación –que puede ser casi invisible en la palabra– llevada por el analista" (Miller, 1998); así pues, el resorte de la interpretación analítica es del registro de la puntuación agregada a la palabra del paciente.
La interpretación "puede ser un simple sí dicho por el analista, puede ser, para el analista, el simple hecho de gruñir en un momento dado; puede ser la simple repetición de un enunciado del paciente, que corresponde precisamente a la introducción de un efecto de comillas en la palabra del paciente; (...) el analista repite una frase del paciente y por el simple hecho de repetirlo es equivalente a ponerlo entre comillas; hacer una citación, y la interrupción de la sesión –con los analistas que practican las sesiones de tiempo variable– también puede tener valor de puntuación de lo que ha sido dicho" (Miller, 1998); de tal manera que el analista es como un editor de la palabra, no solamente alguien que escucha, sino también alguien que edita.
La tarea del analista en la experiencia analítica es poner al sujeto en la posición de escucharse hablar, y esto es lo mínimo de la puntuación analítica; "la puntuación analítica conduce a un sujeto a escucharse hablar" (Miller 1998). Además, la puntuación es la responsable de que aparezca un sentido distinto, algo nuevo que el analizante no había visto o no había tenido en cuenta. Así pues, "la puntuación finalmente es responsable del inconsciente" (Miller), es decir, la puntuación constituye el inconsciente como algo legible. Si esto es así, se puede pensar que si el inconsciente se vuelve legible, es porque se vuelve un escrito; "cuando el inconsciente se vuelve escrito (...) se constituye como legible" (Miller).
En la experiencia analítica, lo que hace que el inconsciente se vuelva legible es la puntuación. "Es fundamentalmente la puntuación lo que agrega, introduce o desplaza el analista. El psicoanalista agrega al habla una puntuación, y se podría decir que la interpretación analítica es esencialmente un hecho de puntuación (...) lo más importante de la interpretación no es el contenido comunicado por el analista, sino la forma; es decir, la puntuación –que puede ser casi invisible en la palabra– llevada por el analista" (Miller, 1998); así pues, el resorte de la interpretación analítica es del registro de la puntuación agregada a la palabra del paciente.
La interpretación "puede ser un simple sí dicho por el analista, puede ser, para el analista, el simple hecho de gruñir en un momento dado; puede ser la simple repetición de un enunciado del paciente, que corresponde precisamente a la introducción de un efecto de comillas en la palabra del paciente; (...) el analista repite una frase del paciente y por el simple hecho de repetirlo es equivalente a ponerlo entre comillas; hacer una citación, y la interrupción de la sesión –con los analistas que practican las sesiones de tiempo variable– también puede tener valor de puntuación de lo que ha sido dicho" (Miller, 1998); de tal manera que el analista es como un editor de la palabra, no solamente alguien que escucha, sino también alguien que edita.
La tarea del analista en la experiencia analítica es poner al sujeto en la posición de escucharse hablar, y esto es lo mínimo de la puntuación analítica; "la puntuación analítica conduce a un sujeto a escucharse hablar" (Miller 1998). Además, la puntuación es la responsable de que aparezca un sentido distinto, algo nuevo que el analizante no había visto o no había tenido en cuenta. Así pues, "la puntuación finalmente es responsable del inconsciente" (Miller), es decir, la puntuación constituye el inconsciente como algo legible. Si esto es así, se puede pensar que si el inconsciente se vuelve legible, es porque se vuelve un escrito; "cuando el inconsciente se vuelve escrito (...) se constituye como legible" (Miller).
viernes, 10 de febrero de 2012
333. ¿Es la tristeza una enfermedad?
La depresión es un afecto que no es material sino psíquico, un sufrimiento del alma, pero hoy en día, a la menor fatiga, tristeza o pequeña caída existencial se la considera una patología que hay que curar con urgencia (Miller, 2007), y de inmediato se piensa en medicalizarla, tratarla con alguna droga; la reina aquí es la fluoxetina. ¿Quién quiere erradicar médicamente la depresión? La burocracia sanitaria internacional que está al servicio de la industria farmacéutica. Y para apoyar este "tratamiento", están las encuestas: el 95 % de las personas ha padecido anualmente unos seis episodios de tristeza y de pérdida de la estima de sí. No es extraño, entonces, que la OMS prediga que en el 2020, la depresión será la segunda causa de invalidez en el mundo después de las enfermedades cardiovasculares (Miller). Lo que sigue a esto es el aumento en el consumo de antidepresivos y psicotrópicos en todo el planeta.
Entonces, lo que antes era considerado como "un mal momento que había que pasar, una caída anímica, un duelo difícil, es desde ahora en más "una enfermedad"" (Miller, 2007). Además, la propaganda médica, con sus folletos pagados por los laboratorios farmacéuticos, obliga a la gente a interpretar estos sentimientos en el sentido de que son una enfermedad. Detrás de todo esto hay un paradigma, que tiene que ver con la forma como es pensado el hombre contemporáneo: como si fuera una máquina (Miller). Si la máquina no funciona bien, entonces disfunciona, y se debe intervenir urgentemente, respondiendo, a su vez, a la demanda que hace la cultura contemporánea de que el hombre debe ser feliz. Nunca como antes se piensa que el ser humano tiene como única misión en la vida el ser feliz, ¿qué hacer entonces con los sentimientos de tristeza?
Dice Miller (2007) que "la tristeza en inherente a la especie humana. Si es una enfermedad, entonces la humanidad misma es una enfermedad! es muy posible que seamos una infección del planeta. Era por otra parte la idea de Lacan. Desde el origen de los tiempos, nos destruimos a nosotros mismos, y nuestro entorno por añadidura. Si queremos curar esto, entramos en la biotecnología, se va a tratar de producir otra especie, mucho mejor. Una especie asexuada y muda. En ese momento, nos portaremos como es debido!". ¿Se pueden ver las consecuencias de ese paradigma?
Para el psicoanálisis un sujeto se deprime “cuando está enfermo de la verdad. Si uno no quiere deprimirse, hay que asumir la verdad, su verdad” (Miller, 2007). Vivir la vida sin mentir es el antidepresivo más poderoso.
Entonces, lo que antes era considerado como "un mal momento que había que pasar, una caída anímica, un duelo difícil, es desde ahora en más "una enfermedad"" (Miller, 2007). Además, la propaganda médica, con sus folletos pagados por los laboratorios farmacéuticos, obliga a la gente a interpretar estos sentimientos en el sentido de que son una enfermedad. Detrás de todo esto hay un paradigma, que tiene que ver con la forma como es pensado el hombre contemporáneo: como si fuera una máquina (Miller). Si la máquina no funciona bien, entonces disfunciona, y se debe intervenir urgentemente, respondiendo, a su vez, a la demanda que hace la cultura contemporánea de que el hombre debe ser feliz. Nunca como antes se piensa que el ser humano tiene como única misión en la vida el ser feliz, ¿qué hacer entonces con los sentimientos de tristeza?
Dice Miller (2007) que "la tristeza en inherente a la especie humana. Si es una enfermedad, entonces la humanidad misma es una enfermedad! es muy posible que seamos una infección del planeta. Era por otra parte la idea de Lacan. Desde el origen de los tiempos, nos destruimos a nosotros mismos, y nuestro entorno por añadidura. Si queremos curar esto, entramos en la biotecnología, se va a tratar de producir otra especie, mucho mejor. Una especie asexuada y muda. En ese momento, nos portaremos como es debido!". ¿Se pueden ver las consecuencias de ese paradigma?
Para el psicoanálisis un sujeto se deprime “cuando está enfermo de la verdad. Si uno no quiere deprimirse, hay que asumir la verdad, su verdad” (Miller, 2007). Vivir la vida sin mentir es el antidepresivo más poderoso.
viernes, 3 de febrero de 2012
332. Lo que piensa el psicoanálisis de las terapias comportamentales.
El conductismo inició con Watson, quien partió de la idea de que no hay
que ocuparse de la “caja negra”, es decir, de los pensamientos que la
gente tiene en la cabeza, sino de lo observable, los comportamientos. A
Watson se le suma luego Pavlov y su famoso "condicionamiento operante":
un perro babosea frente al alimento, se asocia un timbre a la
presentación de su comida, y en un tercer tiempo, bastará con tocar el
timbre para que el perro babosee. Luego vendrá Skinner, quien en los
años 30 domestica ratas y palomas: “las domestica recompensándolas
cuando su comportamiento es el que se espera de ellas. De ahí, pasa a la
domesticación humana” (Miller, 2005).
Skinner pensaba que "no nos podemos pagar el lujo de ser libres", por eso escribió una novela titulada Walden Two (1948); se trata de la posibilidad de crear una comunidad basada en las leyes del conductismo, es decir, dirigida por entrenadores y planificadores que tiran de los hilos de sus marionetas desde la más tierna edad (Miller, 2005). La obra de Skinner fue considerada como "siniestra" por el New York Times de esa época. En México existe una localidad, llamada Los Horcones, situada en el Municipio de La Colorada (en el Estado de Sonora), que vive bajo las ideas skinnerianas acerca del conductismo y su ingeniería de la conducta; tiene una población de no más de ¡15 habitantes!
Luego, con Beck, el conductismo, “una pobre vieja cosa” (Miller, 2005) se vistió con el nuevo traje del cognitivismo. Ahora sí se interesaron en esa “caja negra”, pero con el modelo aportado por la informática: el ser humano es equivalente a un computador, al que se le puede programar o desprogramar, y los problemas del sujeto tienen que ver con la transmisión y almacenaje de la información dentro del cerebro, de tal manera que si el sujeto funciona mal, esto se debe a que adquirió una serie de “esquemas maladaptativos tempranos”, los cuales se pueden corregir, es decir, reprogramar. El tratamiento de los pacientes, por tanto, se reduce a un tratamiento de la información y las personas, bajo este modelo, son consideradas como máquinas.
Para saber si el sujeto tiene esos “esquemas”, se hacen entonces encuestas, y con ellas, cálculos, frecuencias, probabilidades, distribuciones, etc. Se extienden las encuestas a poblaciones numerosas por la vía administrativa, y se pasa a ser epidemiólogo (Miller, 20005). El fundamento del cognitivismo es suponer un sujeto transparente a sí mismo, que responde las encuestas o los test que se le aplican donde corresponde, sin ningún obstáculo (Miller). Se trata de nuevo ideal de conocimiento, un conocimiento total; un nuevo ideal de cuantificación de todo lo humano; una “cuantificación enloquecida, que es un puro simulacro del discurso científico” (Miller, 2009), que se extiende por todas partes y busca recubrir todos los aspectos de la vida. ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro en el campo de las psicoterapias? El psicoanálisis, que es un tratamiento que consiste en hablar libremente y no en hacer encuestas a los pacientes, que cuestiona “todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad” (Miller), tendrá que reinventarse, sin renunciar a volver legible el goce que prevalece para cada sujeto.
Skinner pensaba que "no nos podemos pagar el lujo de ser libres", por eso escribió una novela titulada Walden Two (1948); se trata de la posibilidad de crear una comunidad basada en las leyes del conductismo, es decir, dirigida por entrenadores y planificadores que tiran de los hilos de sus marionetas desde la más tierna edad (Miller, 2005). La obra de Skinner fue considerada como "siniestra" por el New York Times de esa época. En México existe una localidad, llamada Los Horcones, situada en el Municipio de La Colorada (en el Estado de Sonora), que vive bajo las ideas skinnerianas acerca del conductismo y su ingeniería de la conducta; tiene una población de no más de ¡15 habitantes!
Luego, con Beck, el conductismo, “una pobre vieja cosa” (Miller, 2005) se vistió con el nuevo traje del cognitivismo. Ahora sí se interesaron en esa “caja negra”, pero con el modelo aportado por la informática: el ser humano es equivalente a un computador, al que se le puede programar o desprogramar, y los problemas del sujeto tienen que ver con la transmisión y almacenaje de la información dentro del cerebro, de tal manera que si el sujeto funciona mal, esto se debe a que adquirió una serie de “esquemas maladaptativos tempranos”, los cuales se pueden corregir, es decir, reprogramar. El tratamiento de los pacientes, por tanto, se reduce a un tratamiento de la información y las personas, bajo este modelo, son consideradas como máquinas.
Para saber si el sujeto tiene esos “esquemas”, se hacen entonces encuestas, y con ellas, cálculos, frecuencias, probabilidades, distribuciones, etc. Se extienden las encuestas a poblaciones numerosas por la vía administrativa, y se pasa a ser epidemiólogo (Miller, 20005). El fundamento del cognitivismo es suponer un sujeto transparente a sí mismo, que responde las encuestas o los test que se le aplican donde corresponde, sin ningún obstáculo (Miller). Se trata de nuevo ideal de conocimiento, un conocimiento total; un nuevo ideal de cuantificación de todo lo humano; una “cuantificación enloquecida, que es un puro simulacro del discurso científico” (Miller, 2009), que se extiende por todas partes y busca recubrir todos los aspectos de la vida. ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro en el campo de las psicoterapias? El psicoanálisis, que es un tratamiento que consiste en hablar libremente y no en hacer encuestas a los pacientes, que cuestiona “todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad” (Miller), tendrá que reinventarse, sin renunciar a volver legible el goce que prevalece para cada sujeto.
miércoles, 25 de enero de 2012
331. «¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas?»
Las terapias cognitivo-conductuales (TCC) parecen ser hoy el modelo
dominante de la terapia-por-la-palabra. Ellas constituyen un nuevo Otro
en el campo psi, un Otro "que pide tratamientos más rápidos, menos
costosos, enteramente predecibles y cuya terminación y duración pueden
ser anticipadas" (Miller, 2005). Ellas también responden, en nuestra
sociedad, a un nuevo ideal de conocimiento: el conocimiento total; se
trata de un nuevo ideal de cuantificación general de todo lo humano
(Miller). ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro?
El psicoanálisis es una práctica especializada que busca "cuestionar todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad" (Miller, 2005). Esto hace que él parezca salvaje, indomable. Por eso para mucha gente, y sobre todo para el Estado, el psicoanálisis es considerado como algo intolerable. En cambio, las TCC parecen responder bastante bien a los intereses, el control y la burocracia del Estado. Lo curioso es que las TCC son un "producto secundario del psicoanálisis mismo. Eso es lo novedoso. Son, en algún sentido, post-analíticas, post-freudianas” (Miller).
En efecto, Aaron Beck, fundador de las TCC, siendo psicoanalista se aburría mucho con sus pacientes y quería tener alguna otra cosa para hacer. Así lo confiesa en las entrevistas que el New York Times y el Washington Post le hicieron en su momento; él era psicoanalista y se aburrió de la práctica analítica. Así pues, las TCC son un subproducto del psicoanálisis norteamericano, subproducto que además tiene una idea de lo que es el lenguaje -ese Otro simbólico tan importante para el psicoanálisis lacaniano-, sólo que consideran que el lenguaje "no es ambiguo, o al menos que el lenguaje puede fácilmente ser utilizado de una manera inequívoca y que puede ser explícito. Por eso, estas terapias creen que es posible tener un acuerdo previo entre paciente y terapista sobre cuál es el problema y como curarlo" (Miller, 2005). Es decir, las TCC tratan el lenguaje como si en él no se diera el malentendido o no hubiese ambigüeades, como una especie de “software” que serviría para “adaptar” al sujeto, por eso piensan que éste –que a su vez es pensado como una máquina–, puede ser programado y reprogramado –puede aprender y desaprender–, pudiendo corregir sus conductas o esquemas maladaptativos, buscando el control y la regulación del sujeto, y coincidiendo así con los propósitos del Estado contemporáneo. Por esto Miller (2005) se pregunta: “¿Aceptará la gente este nivel de control y regulación estatal? ¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas? ¿O lo irán a rechazar?”. Eso dependerá de la actitud de la civilización hacia este nuevo Otro.
El psicoanálisis es una práctica especializada que busca "cuestionar todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad" (Miller, 2005). Esto hace que él parezca salvaje, indomable. Por eso para mucha gente, y sobre todo para el Estado, el psicoanálisis es considerado como algo intolerable. En cambio, las TCC parecen responder bastante bien a los intereses, el control y la burocracia del Estado. Lo curioso es que las TCC son un "producto secundario del psicoanálisis mismo. Eso es lo novedoso. Son, en algún sentido, post-analíticas, post-freudianas” (Miller).
En efecto, Aaron Beck, fundador de las TCC, siendo psicoanalista se aburría mucho con sus pacientes y quería tener alguna otra cosa para hacer. Así lo confiesa en las entrevistas que el New York Times y el Washington Post le hicieron en su momento; él era psicoanalista y se aburrió de la práctica analítica. Así pues, las TCC son un subproducto del psicoanálisis norteamericano, subproducto que además tiene una idea de lo que es el lenguaje -ese Otro simbólico tan importante para el psicoanálisis lacaniano-, sólo que consideran que el lenguaje "no es ambiguo, o al menos que el lenguaje puede fácilmente ser utilizado de una manera inequívoca y que puede ser explícito. Por eso, estas terapias creen que es posible tener un acuerdo previo entre paciente y terapista sobre cuál es el problema y como curarlo" (Miller, 2005). Es decir, las TCC tratan el lenguaje como si en él no se diera el malentendido o no hubiese ambigüeades, como una especie de “software” que serviría para “adaptar” al sujeto, por eso piensan que éste –que a su vez es pensado como una máquina–, puede ser programado y reprogramado –puede aprender y desaprender–, pudiendo corregir sus conductas o esquemas maladaptativos, buscando el control y la regulación del sujeto, y coincidiendo así con los propósitos del Estado contemporáneo. Por esto Miller (2005) se pregunta: “¿Aceptará la gente este nivel de control y regulación estatal? ¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas? ¿O lo irán a rechazar?”. Eso dependerá de la actitud de la civilización hacia este nuevo Otro.
martes, 17 de enero de 2012
330. Un niño debe aprender a «destetarse».
Cuando un niño hace preguntas se puede pensar que su desarrollo
psíquico va bien; hay que preocuparse cuando un niño no hace preguntas.
Si esto sucede, es porque hay algo que el niño todavía no tiene resuelto
con relación a ese lugar de objeto que todo niño sostiene en su
relación con su madre. Todo niño deseado ocupa el lugar de objeto
"maravilloso" en el deseo de su madre, pero es muy importante que todo
niño aprenda a sustraerse, a correrse de ese lugar de objeto. Esto
sucede cuando la madre es un sujeto que desea, más allá de su hijo,
alguna otra cosa –trabajar, estudiar, salir con su marido, etc.-, y no
se reduce a ser solo madre, sino que también se muestra como mujer, como
sujeto deseante. Cuando una mujer se reduce a ser solo mamá, el niño
queda atrapado en su deseo como objeto, situación que le dificulta pasar
a ser un sujeto.
“Un niño que no aprende a sustraerse del campo del Otro -su madre-, produce en él una crisis, porque no entiende como es dejar de ser objeto y no morirse en el intento, pues no es completamente un objeto, pero tampoco le resulta tan cómodo ser sujeto; se mantiene en un borde, en un límite que puede ser muy crítico para él, y es allí donde se inventa, quizá de una manera no amable, o mejor, con un síntoma, una forma de sustraerse, en la que tampoco termina de comprender bien como sustraerse sin caer en un riesgo peor” (Arroyave, 2007). Un niño en esta posición, es un niño que no pregunta, y si no pregunta, no o va a poder aprender.
Freud dice que lo que lo primero que debe aprender un niño es a destetarse; no se trata solamente de dejar el seno de la madre, sino, y sobre todo, de dejar de ser un objeto para su madre y empezar a ser sujeto. ¿Qué pasa cuando un niño no aprende en la escuela? Pasa que tiene educadores que le contestan todo, que les responden siempre a todas sus preguntas. Un niño se deja de preguntar cuando siempre tiene alguien que le contesta; “si siempre lo que se hace es obturar la curiosidad, entonces para qué preguntar” (Arroyave, 2007). Para que un niño se pueda seguir preguntando, el Otro, en este caso el maestro, no deben contestarlo todo, no debe saberlo todo.
Si el niño no aprende a lidiar con el deseo materno, esto va a generar en él un síntoma, “y muchas veces en los niños se observan síntomas muy marcados, muy graves, que en realidad no responden a un correlato neurológico, fisiológico, o genético” (Arroyave, 2007). Puede ser que el niño no preste atención, no se quede quieto, se enferme a cada rato, sea agresivo, etc., síntomas que perturban el “normal” desarrollo de la clase. Muchos de estos síntomas son una manifestación en el niño de que él no ha logrado aprender como sustraerse del campo del Otro de una manera tranquila, sin sufrimiento. “El niño está atrapado en la pregunta ¿cómo sustraerme de ese campo en el que la madre todo lo sabe, todo lo puede, todo lo intenta, tiene todas las respuestas? Entonces uno de los mecanismos, aunque deformado y peligroso, para poder sustraerse de ese campo, es enfermarse, formar síntomas” (Arroyave). Frente al deseo del Otro el niño recorre un camino angustioso en el que, en palabras de Lacan, realiza una invención subjetiva que le permite tener un síntoma propio.
“Un niño que no aprende a sustraerse del campo del Otro -su madre-, produce en él una crisis, porque no entiende como es dejar de ser objeto y no morirse en el intento, pues no es completamente un objeto, pero tampoco le resulta tan cómodo ser sujeto; se mantiene en un borde, en un límite que puede ser muy crítico para él, y es allí donde se inventa, quizá de una manera no amable, o mejor, con un síntoma, una forma de sustraerse, en la que tampoco termina de comprender bien como sustraerse sin caer en un riesgo peor” (Arroyave, 2007). Un niño en esta posición, es un niño que no pregunta, y si no pregunta, no o va a poder aprender.
Freud dice que lo que lo primero que debe aprender un niño es a destetarse; no se trata solamente de dejar el seno de la madre, sino, y sobre todo, de dejar de ser un objeto para su madre y empezar a ser sujeto. ¿Qué pasa cuando un niño no aprende en la escuela? Pasa que tiene educadores que le contestan todo, que les responden siempre a todas sus preguntas. Un niño se deja de preguntar cuando siempre tiene alguien que le contesta; “si siempre lo que se hace es obturar la curiosidad, entonces para qué preguntar” (Arroyave, 2007). Para que un niño se pueda seguir preguntando, el Otro, en este caso el maestro, no deben contestarlo todo, no debe saberlo todo.
Si el niño no aprende a lidiar con el deseo materno, esto va a generar en él un síntoma, “y muchas veces en los niños se observan síntomas muy marcados, muy graves, que en realidad no responden a un correlato neurológico, fisiológico, o genético” (Arroyave, 2007). Puede ser que el niño no preste atención, no se quede quieto, se enferme a cada rato, sea agresivo, etc., síntomas que perturban el “normal” desarrollo de la clase. Muchos de estos síntomas son una manifestación en el niño de que él no ha logrado aprender como sustraerse del campo del Otro de una manera tranquila, sin sufrimiento. “El niño está atrapado en la pregunta ¿cómo sustraerme de ese campo en el que la madre todo lo sabe, todo lo puede, todo lo intenta, tiene todas las respuestas? Entonces uno de los mecanismos, aunque deformado y peligroso, para poder sustraerse de ese campo, es enfermarse, formar síntomas” (Arroyave). Frente al deseo del Otro el niño recorre un camino angustioso en el que, en palabras de Lacan, realiza una invención subjetiva que le permite tener un síntoma propio.
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