martes, 30 de marzo de 2021

503. Una nueva metapsicología: lo real, lo simbólico y lo imaginario

La tesis de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, reafirmada con la idea de que el lenguaje es la condición del inconsciente, junto al principio esencial de que no hay relación sexual, es decir, no hay proporción entre los sexos, se constituyen en la base para pensar una novedosa visión de la metapsicología freudiana, constituida por tres registros: lo real, lo simbólico y lo imaginario, conceptos desarrollados en el Seminario R.S.I. de 1974-1975. Los tres registros fueron representados a través del nudo borromeo, solución que permitió anudarlos siendo tan heterogéneos.

Para Lacan, toda la realidad humana, es decir, su subjetividad, su psiquismo, está organizada por estos tres órdenes. Los primeros aportes de Lacan se centran en la dimensión Imaginaria del sujeto, así pues, en los Escritos, los tres grandes artículos sobre lo Imaginario -La agresividad en psicoanálisis, El estadio del espejo y Acerca de la causalidad psíquica- están incluidos en un apartado que Lacan, en 1966, denominó "De nuestros antecedentes". Esto porque él consideraba que el verdadero comienzo de su obra es el llamado «discurso de Roma», es decir, el artículo titulado Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, momento que marca la entrada de Lacan y de lo simbólico, en el campo del psicoanálisis.

Con respecto al orden imaginario, todo girará en torno a la denominada «fase del espejo»; allí Lacan toma las experiencias del psicólogo Wallon sobre el reconocimiento que hace el niño de sí mismo frente al espejo. Lacan parte, para el abordaje de este período, de un elemento psicoanalítico central: la influencia crucial, inestimable, de la imagen narcisista, del narcisismo freudiano. Él ubicará a la imagen, bajo la égida del yo narcisista freudiano. A esta experiencia de Wallon sobre el reconocimiento que hace el niño en el espejo de su propia imagen, Lacan le agregará, dos elementos que no estaban a disposición de Freud: uno proviene de la etología, del estudio de los instintos animales, y el otro de la embriología humana.

Con respecto al orden simbólico, las fuentes más conocidas en Lacan son: la lingüística saussuriana y la antropología de Lévi-Strauss, con su idea de la "eficacia simbólica" y el énfasis en el peso estructural de las leyes de parentesco. El desarrollo del orden simbólico en Lacan se resume en un cambio de palabras, el que va del lenguaje a «lalengua» (en una sola palabra), a la que Lacan hace el objeto de una disciplina particular que bautizará «lingüistería». Lalengua es aquello que en el inconsciente subvierte al lenguaje; lalengua será el punto central de la teoría de lo simbólico al final de su obra. Esta lalengua –lo dice Lacan en el Seminario XX– la escribe así para suprimir el artículo universal “La”. Por tanto, hay que decir que hay una lalengua porque cada lalengua es única y no universalizable. Por esto, cada inconsciente de cada sujeto, uno por uno, tiene una estructura de lalengua intraducible al de otro.

Con respecto a lo real, en Lacan se trata de un término que se opone al de realidad, es decir, lo real no es la realidad. En la primera época surgen confusiones, sobre todo en los primeros seminarios, donde a veces usa indistintamente uno u otro término sin diferenciarlos. Lo real, sin embargo, empieza a esclarecerse al final del Seminario II y III, donde aparece, no ya como aquello que el psicoanálisis no puede alcanzar porque es un real externo a la palabra, al sujeto de la palabra, etc., sino como aquello que vuelve siempre al mismo lugar. Tenemos aquí dos de las más importantes definiciones de lo real en el psicoanálisis lacaniano: lo real como «lo que está por fuera de lo simbólico», aquello que no se puede representar, y lo real como «lo que vuelve siempre al mismo lugar».

La tercera definición de lo real en Lacan es «lo real como lo imposible». El paso de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, a lo real como imposible, entraña un cambio de paradigma. Aunque, nuevamente, una definición no anula a la otra, ambas son válidas, como sucede con muchas de las elaboraciones de Lacan en el transcurso de su obra; por lo tanto, hay que pensar que está haciendo una nueva articulación. Lo real como imposible ya define algo de la relación del sujeto respecto de sí mismo, un punto que no es posible de ser resuelto, que no tiene solución. Si es un problema sin solución, no se trata de que el sujeto se sienta impotente o capaz de resolverlo, porque el imposible no es asunto de impotencia. Cuando un problema no tiene solución, no tiene solución; el sujeto no puede cambiar ese real que no tiene solución. Por esta razón, la cura analítica la podemos definir como «el paso de la impotencia a lo imposible». Es un hecho que el sujeto, al comenzar una cura, desea cambiar muchas o algunas cosas de su vida; es esta la razón que lo lleva a consultar. Pero, si bien en el trascurso de su análisis habrá cambios, podrá cambiar algunas de esas cosas; hay otra que definitivamente no podrá cambiar, por más que quiera: eso que no cambia, eso que vuelve siempre igual, imposible de cambiar, eso es lo real.

Lacan dará un punto de real como imposible, común a toda la especie humana en tanto que hablante. El punto de imposible común a toda la especie humana es «la pérdida de naturalidad de los sexos» y, por tanto, la no-complementariedad del hombre y la mujer, la no-complementariedad soñada, que haría Uno al hombre y a la mujer. Es lo que conocemos con la fórmula «no hay relación sexual». La obra de Lacan se cierra en 1981; sus últimas palabras, en el seminario de Caracas, fueron: «mis tres no son el Ello, Yo y Superyó, sino lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real».
 

jueves, 25 de febrero de 2021

502. Los límites de la sesión analítica virtual

¿Qué diferencia una sesión analítica de una conversación mantenida a través de cualquier sistema de comunicación a distancia? El contacto a distancia existe desde la invención del teléfono; ahora se hacen videollamadas y videoconferencias. Miller (1999) dice al respecto que "eso va a continuar, a multiplicarse, será omnipresente. Pero, ¿llegará la presencia virtual a tener una incidencia fundamental en la sesión analítica? No. Verse y hablarse, eso no hace una sesión analítica. En la sesión, dos están juntos, sincronizados, pero no están allí para verse, como lo manifiesta el uso del diván. La copresencia en carne y hueso es necesaria, aunque solo fuera para hacer surgir la no-relación sexual".

Para Miller (1999) es claro que, para el psicoanálisis, la presencia real del analista y el analizante, es lo que garantiza la puesta en juego de lo real que se presenta en el dispositivo de diferentes maneras, todo lo que tiene que ver con la repetición en la transferencia y lo real de la no relación sexual. Es decir que la presencia de los actores del dispositivo en un mismo lugar, "es consustancial a la sesión analítica como puesta en acto del discurso analítico" (Panés, 2020). Esto, por tanto, le pone un límite a los modos de presencia virtuales que la tecnología ofrece.

Pero, ¿qué hacer entonces con el confinamiento al que obliga una pandemia? La virtualidad se convierte en la única vía de comunicación entre analistas y analizantes. No es algo nuevo, como ya se indicó. El uso del teléfono, desde finales del siglo XIX, ha permitido la comunicación entre analista y analizante, sobre todo cuando la presencia real ha sido temporalmente imposible (Panés, 2020). Pero el uso de este y otros dispositivos son excepcionales; son como una especie de paréntesis cuando ya se ha constituido una transferencia o como algo preliminar a un encuentro en el que se espera que aquella se instale.

Así pues, la pandemia actual "no debe constituirse en una alteración permanente del dispositivo analítico" (Panés, 2020), pero dadas las circunstancias que aquella ha generado -la imposibilidad de encuentros reales-, la sesión analítica virtual "no tiene una naturaleza esencialmente diferente" (Panés). Si hay diferencias, estas se ponen en juego con relación a la incorporación de la imagen en las comunicaciones virtuales, la cual puede constituirse en un posible obstáculo que hay que tratar en la dimensión del caso por caso. Pero esto puede ser equivalente a lo que sucede en la presencialidad. Sabemos que hay pacientes que no soportan recostarse en el diván y necesitan de la presencia del analista, es decir, necesitan verlo de frente, saber que los están escuchando (sucede eventualmente con las pacientes histéricas) "El diván es sin duda el objeto emblemático del psicoanálisis. Pero al mismo tiempo, no es el diván lo que define al psicoanálisis. Hay análisis que se realizan perfectamente cara a cara, con el paciente sentado en una silla. Para algunos pacientes, incluso es necesario que sea así. Por ejemplo, cuando el diván adquiere el significado: estar a merced del otro, entregarse al capricho del otro" (Miller, 1999). Entonces, ¿cómo proceder con las videollamadas? Tal vez haciendo uso solo de la voz, al fin y al cabo, el uso del diván en el dispositivo analítico tiene que ver con que el analizante se vuelva un puro hablante; la sesión analítica no está hecha para verse, por eso se hace uso del diván; además, el uso de este le da énfasis a lo simbólico, a la palabra, más que a lo imaginario, a la imagen, que se puede constituir en un distractor.

En todo caso, está bien atender a los pacientes que lo han pedido de manera virtual; esto no impide para nada que haya efectos analíticos. Incluso es pertinente escuchar a los pacientes que demandan que la sesión sea exclusivamente por vía telefónica, en la medida en que la mirada del otro le puede resultar inquietante (Panés, 2020). Téngase pues, muy en cuenta, que la comunicación virtual se inscribe como una excepción en el contexto de una transferencia ya constituida. Cuando el primer encuentro con el analista se produce por la vía virtual, habrá que pensar qué dificultades se plantean aquí (Panés). La gran dificultad de la que alerta Miller con el uso de la virtualidad, es que ésta, al no haber co-presencia en carne y hueso del analista y el paciente, esto sabotea el surgimiento de la no relación sexual. "Si saboteamos lo real, la paradoja se desvanece. Todos los modos de presencia virtual, incluso los más sofisticados, se enfrentarán a esto" (Miller, 1999).

miércoles, 13 de enero de 2021

501. «No hay manera de partir de un hilo que no sea ideológico»

A la ideología la encontramos detrás de los ideales de felicidad, de autonomía e independencia de las personas, que ha llevado a un individualismo rampante en esta hipermodernidad, muerte del humanismo y fin de la solidaridad. La ideología también está detrás del emprendimiento al que invita hoy el neoliberalismo: ser el jefe de sí mismo, o mejor, ser esclavo de sí mismo. Aquí en Colombia está la ideología del narcotráfico, del avivato, de la malicia indígena, que ha llevado al país, desde hace treinta años, a ser un narcoestado. Y esa ideología del narco responde claramente a esa otra ideología dominante y universal en esta contemporaneidad, que no es otra que la del capitalismo salvaje y depredador, que está llevando a la humanidad a su autodestrucción; basta con ver todo lo que está sucediendo con la destrucción del medio ambiente y el calentamiento global, incluida la pandemia del covid-19. El mundo pasó el año pasado el punto de no retorno; el momento de tomar medidas ya pasó y esta ideología depredadora no cambia, no termina, sigue adelante.

Lacan también habla de la ideología de la ciencia como una «ideología de la supresión del sujeto», y se puede hablar también de una ideología de la psicología, que se corresponde con esa ideología de la ciencia, y que "reduce el sujeto al Yo de la conciencia" (Bassols, 2020); es una ideología que suprime al sujeto (el sujeto del inconsciente) "al igualarlo al Yo de la conciencia o de la cognición" (Bassols). ¿Queda, entonces, el psicoanálisis, exento de todo fundamento ideológico?

La respuesta de Bassols (2020) a esa pregunta es no, y cita para ello a Lacan en «L’étourdit», en donde define el punto de partida de su enseñanza: «Es por ello que parto de un hilo —ideológico, no tengo elección—, con el que se teje la experiencia instituida por Freud. ¿En nombre de qué lo rechazaría yo, si este hilo proviene de la trama que mejor se ha puesto a prueba para sostener juntas las ideologías de un tiempo que es el mío? ¿En nombre del goce? Pero precisamente, mi hilo se caracteriza por alejarse de él: es incluso el principio del discurso psicoanalítico tal como, él mismo, se articula».

Así pues, la crítica lacaniana a la ideología se complejiza, debido a que "no habría manera de partir de un hilo que no fuera ideológico cuando se trata de la experiencia del psicoanálisis" (Bassols, 2020). Cada época está marcada por ideologías, así como también la política también lo está. Así pues, "el psicoanálisis no podría (...) inscribirse fuera del tejido que forman los discursos de su época, no podría pretender ser extraterritorial, a-ideológico" (Bassols). Lo que sí puede hacer el discurso psicoanalítico, es "mantenerse alejado de las posiciones de goce que sostienen a los otros discursos, y saber hacerse su desecho (...) la posición ideológica del discurso del psicoanalista se separa necesariamente de las formas de goce que suponen los otros discursos" (Bassols). De ahí la importancia de que el psicoanálisis haga, permanentemente, una lectura de la subjetividad de la época.

sábado, 28 de noviembre de 2020

500. ¿Tiene la ideología un lugar en el psicoanálisis?

¿Estaría el discurso y la experiencia del psicoanálisis exentos de ideología? ¿La función y el deseo del analista están por "fuera de cualquier posición ideológica en nombre de una supuesta y siempre dudosa neutralidad? (...) ¿Puede hacer el analista una intervención fuera de cualquier ideología?" (Bassols, 2020). La ideología se puede definir como "el conjunto de ideas que cada uno tiene sobre un sistema de vínculos —económicos, sociales y finalmente siempre políticos— para preservarlos, transformarlos, restaurarlos o también subvertirlos" (Bassols). Como observador de acontecimientos políticos y sociales, ¿la posición del psicoanalista es la de un observador neutral?

Se podría decir que todas las intervenciones de los psicoanalistas en los medios de comunicación son necesariamente ideológicas, ya que "más que actuar, el sujeto es actuado por la ideología que atraviesa las diferentes instituciones y realidades sobre las que se asienta y configura su día a día" (Cano citado por Bassols, 2020). ¿Y las intervenciones dentro del dispositivo analítico? No habría entonces neutralidad por parte del psicoanalista en sus intervenciones, ya que su posición es irreductible con relación a "las formas simbólicas que ordenan la vida, las «formas de gozar» como solemos decir" (Bassols).

No es posible resguardarse de las ideologías que son dominantes en el discurso de los hombres. La misma IPA se vio en apuros, haciendo un llamado a la «neutralidad» de la institución, cuando Freud pedía un apoyo para los analistas judíos perseguidos por el Tercer Reich. "La atribución de una ideología al analista está a la orden del día y no es seguro que se pueda sacar de encima este sambenito con el silencio de su «neutralidad» (...) La «neutralidad» ha sido (...) la túnica de Neso con la que los analistas han pensado resguardarse de toda ideología, una túnica ardiente de ideología finalmente. Y no de las mejores." (Bassols, 2020).

Mientras que Freud se mantuvo al margen en estos asuntos, Lacan y Miller han implicado al psicoanálisis en la política. Miller, por ejemplo, dirigió a la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis) en el año 2017 contra el posible ascenso al gobierno francés del partido de ideología xenófoba y de inspiración fascista de Marine Le Pen. Por tanto, ¿se puede hacer una acción lacaniana exenta de cualquier ideología? Así pues, toda posición del analista deberá, desde entonces, pensarse como una posición ideológica, por eso es tan pertinente la pregunta que se hace Bassols (2020): "¿Cuál es el lugar de la ideología en el discurso del psicoanalista?"; pero también, ¿cuál es la ideología con la que se identifica o que conviene a la práctica del psicoanálisis?

viernes, 9 de octubre de 2020

499. La relación de la transferencia con la docta ignorancia

Dice Miller (1997) en su texto Introducción al método psicoanalítico, que la ignorancia tiene una muy importante función en la experiencia analítica, una función operativa. Y no se trata de la ignorancia pura, sino de la ignorancia docta. La "docta ignorantia" es una expresión usada por varios filósofos, especialmente por Agustín de Hipona (354-430), Buenaventura de Fidanza (1221-1274) y principalmente por Nicolás de Cusa (1401-1464), teólogo y filósofo considerado el padre de la filosofía alemana y personaje clave en la transición del pensamiento medieval al del Renacimiento, uno de los primeros filósofos de la modernidad. Con esa expresión ellos querían significar la actitud prudente y humilde del sabio, ante los grandes problemas del Universo y los límites del conocimiento humano.

Así pues, la ignorancia docta es "la ignorancia de alguien que sabe cosas, pero que voluntariamente ignora hasta cierto punto su saber para dar lugar a lo nuevo que va a ocurrir" (Miller, 1997). Esto es algo muy importante con relación a la posición del analista en la experiencia analítica: él debe ignorar su saber, dejar a un lado todo su saber, todo lo que sabe, para darle cabida al saber del inconsciente y a la transferencia. Freud mismo lo indicaba: se debe recibir a cada paciente, como si fuera el primero.

Esto significa que un analista que se presenta con una posición de "sabiondo", que cree sabérselas todas, que se dedica a hacerle saber al paciente todo lo que sabe, es un analista que no le va a dar cabida a lo nuevo que va a ocurrir en el dispositivo analítico. Son muchas las experiencias terapéuticas de la psicología que invitan al psicólogo a presentarse como "el que sabe", y él se dedica a dar indicaciones, recetas, consejos, a dirigir la conciencia de sus pacientes como si supiera lo que este necesita, o cómo debe conducirse en la vida. La experiencia analítica enseña que una posición así en un terapeuta, hace sentir al paciente como un estúpido, un tonto, un ignorante, y rápidamente abandona la terapia por la molestia causada por ese psicólogo en esa posición de "sabio". Y es algo que se sabe: no hay nadie más fastidioso y aborrecido que un sujeto que cree que se las sabe todas.

Miller (1997) indica claramente cómo la función operativa de la ignorancia es la misma que la de la transferencia, la misma que la de la constitución del Sujeto supuesto Saber. Así pues, el Sujeto supuesto Saber, resorte de la transferencia, "no se constituye a partir del saber sino que se constituye a partir de la ignorancia" (Miller). Los pacientes suelen preguntar al analista si los entienden; "Dr., ¿Ud. me entiende?", y la mejor respuesta a esta pregunta es: "no, no entiendo lo que Ud. me quiere decir, ¿me lo puede explicar de nuevo? ¿Qué quiere Ud. decir con eso”? Esta es la posición del analista desde la docta ignorancia; es un poco como hacerse el "tonto", o hacerse el "bobo", aquel que no entiende lo que el otro quiere decir. Así pues, para garantizar la instalación de la transferencia la posición del analista es la de hacer entender "que no sabemos con anterioridad lo que el paciente quiere decir, pero suponemos que quiere decir otra cosa" (Miller). Esto es casi que un axioma en la experiencia analítica, que todo analista debe tener en cuenta: el paciente es siempre alguien que quiere decir alguna otra cosa. En todo lo que dice, el sujeto siempre quiere decir algo de más; y esa "alguna otra cosa", y ese "algo de más" no es otra cosa que el inconsciente, ese saber no sabido por el sujeto.

Entonces, que quede claro, "la suposición de saber no está vinculada al saber constituido, porque si hay saber constituido, no hay ninguna necesidad de suposición" (Miller, 1997); si se sabe que alguien sabe (valga la redundancia), no hay que suponer un saber, por eso la docta ignorancia es la que facilita la instalación de la transferencia en la medida en que hay suposición de saber. Y para que esto opere, se necesita de una función esencial del analista: la función del malentendido. "A veces un paciente busca a un analista para, finalmente, saber si alguien puede entender lo que él dice. Con todo, no es posible convencer al paciente de nuestra capacidad de entender si no es a través de la introducción sistemática del malentendido. Por ejemplo, a través de la introducción de la pregunta: "Pero ... ¿qué quiere decir usted con eso?"" (Miller). ¡Esta es la pregunta que introduce la dimensión del Sujeto supuesto Saber! Es mostrándole al paciente que no se le entiende, que no se entiende lo que quiere decir, que se introduce al sujeto en el hecho de que él mismo no se entiende, es decir, que él no sabe lo que dice. Esta es una dimensión muy importante que se debe hacer surgir en el dispositivo analítico: ""Yo (el paciente), no sé lo que digo". Y, en este sentido, el lugar de la enunciación es el propio lugar del inconsciente" (Miller).

"No saber lo que se dice" es la posición natural de todo sujeto, y al mismo tiempo, eso es el inconsciente. Cuando un paciente se queja de que nadie lo entiende, en realidad quien no se entiende es el propio sujeto, y por eso se lo invita a asociar libremente con la consigna "¿qué quiere decir usted con eso?", haciendo uso de la función del malentendido. La asociación libre es una especie de automalentendido; "y es por este motivo que la pasión analítica es la pasión de la ignorancia" (Miller, 1997). Así pues, a lo que invita el dispositivo analítico, es a que el paciente escuche lo que dice, tome consciencia de lo que quiere decir.

viernes, 28 de agosto de 2020

498. ¿El ser humano será mejor persona después de la pandemia?

 La historia de la civilización lo que demuestra es que “lo esencial de la condición humana parece mantenerse y lo que ha evolucionado han sido los medios que permiten hacer bien y hacer mal” (Alfonso Wals, 2020). La misma Hannah Ahrendt ya había advertido en su texto La banalidad del mal, que cualquiera puede ejercer el mal en determinadas condiciones. Por lo tanto, no se puede esperar que una pandemia transforme a la humanidad; tal vez lo que se puede esperar, y eso que, con mucha dificultad, es que aquella ponga en juego “la responsabilidad de cada uno” (Alfonso Wals).

Freud (1930) ya había advertido en su texto El malestar en la cultura que existe en el hombre una tendencia nativa “a la maldad, a la agresión, a la destrucción y también, por ende, a la crueldad” (Freud citado por Alfonso Wals, 2020).  Pero, ojo, la maldad no es la única respuesta del ser humano; hay otras que están del lado de la solidaridad y la resistencia de los sujetos frente a esta pandemia.

Algo que sí les ha recordado la pandemia a los seres humanos, es que ellos no son dueños de todo. “A fuerza de dejarnos convencer por el capitalismo de que podemos comprar todo y que tenemos derecho a todo, creíamos que nada malo nos puede pasar” (Alfonso Wals, 2020). ¿Volverá el sujeto a ser ese consumidor voraz que espera que sea el discurso capitalista después de la pandemia? El consumo de los recursos naturales continuará; es más, hay quienes piensan que esta pandemia es un efecto de la destrucción del medio ambiente, y, por lo tanto, vendrán más.

El ser humano no será mejor después de esta catástrofe. “No creo que se trate de que debamos ser pesimistas, pero sí de asumir la responsabilidad de cada uno en lo que se construya en adelante” (Alfonso Wals, 2020). Y, además, hay que estar atentos e esa “nueva normalidad”, en la que es muy posible que el establecimiento haga reformas laborales, en la salud, en la banca, etc., que restarán más derechos a los sujetos contemporáneos.

¿Y de la subversión política, qué? “La subversión se refiere a un acto que produce cambios con relación a las coordenadas simbólico-imaginarias. No se trata de revolución” (Alfonso Wals, 2020). Lacan establece una gran diferencia entre la revolución y la subversión. Para él, la revolución es volver a caer en el discurso del amo; es como dar una vuelta a las cosas de 360°. Y Miller (citado por Alfonso Wals) aclara lo siguiente: “El psicoanálisis es llevado a poner en valor lo que puede llamar las invariantes antropológicas más que a ubicar esperanzas en los cambios de orden político (…) El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo, lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado, a saber: que va en contra de las identificaciones, los ideales, los significantes amo...”.

viernes, 31 de julio de 2020

497. Sobre el desarrollo de la teoría freudiana

Los primero que encuentra Freud en el abordaje de los síntomas de la histeria, es que los pacientes habían olvidado hechos ocurridos en su vida; Freud (1925) se da cuenta de que "todo lo olvidado había sido penoso de algún modo: produjo terror, dolor, o fue vergonzoso para las exigencias de la personalidad" (p. 28). Esto es lo que lo lleva a introducir el concepto de «represión», como ese esfuerzo de desalojo de la conciencia de representaciones que le causan algún malestar al sujeto; "era una novedad, nunca se había discernido en la vida anímica nada que se le pareciese. Evidentemente se trataba de un mecanismo de defensa primario, comparable a un intento de huida" (Freud, p. 29). Eso reprimido pasa entonces a ser «inconsciente». Represión e inconsciente se constituyen en los conceptos que fundan la teoría psicoanalítica.

Ahora bien, el problema con la represión, como mecanismo de defensa primario, es que fracasa. Siempre hay un retorno de lo reprimido, bajo la forma de síntomas, que no son otra cosa que formaciones de compromiso, producto del conflicto psíquico entre los impulsos rechazados que buscan salir a la luz (las pulsiones que buscan su satisfacción) y la conciencia (que reprime aquello que se le hace indeseable). "La doctrina de la represión se convirtió en el pilar fundamental para el entendimiento de las neurosis" (Freud, 1925, p. 29).

La introducción de lo inconsciente lleva a Freud (1925) a concebir el aparato psíquico "como edificado a partir de cierto número de instancias o sistemas, de cuya recíproca relación se habla con expresiones espaciales, a pesar de lo cual no se busca referirla a la anatomía real del cerebro" (p. 31). Esto es lo que se denomina el punto de vista tópico del aparato psíquico, dividido en tres instancias: consciente, preconsciente (que nos es otra cosa que una memoria latente) y el inconsciente.

El análisis de los síntomas patógenos en el sujeto, llevaron a Freud (1925) a las épocas más tempranas de la vida de los enfermos, hasta llegar a la primera infancia, y allí se encontró con que esas vivencias infantiles reprimidas siempre involucraban "excitaciones sexuales y de la reacción frente a estas" (p. 32). Esto de la sexualidad infantil resultó ser toda una novedad en su época, y al mismo tiempo "una contradicción a uno de los más arraigados prejuicios de los seres humanos. En efecto, se consideraba «inocente» a la infancia, exenta de concupiscencias sexuales, y que la lucha contra el demonio «sensualidad» se entablaba sólo con la pubertad" (p. 32).

El descubrimiento de la sexualidad infantil se constituyó en todo un escándalo y desautorización universal, al cual Freud (1925) no cedió. Él tenía la certeza de que "la función sexual arranca desde el comienzo mismo de la vida y ya en la infancia se exterioriza en importantes fenómenos" (p. 32). Incluso él llega a la conclusión de que los síntomas neuróticos no necesariamente se anudaban vivencias reales, sino y sobretodo a fantasías de deseo, "y que para la neurosis valía más la realidad psíquica que la material" (p. 32). Esas fantasías de los pacientes son las que llevaron a Freud a hablar del «complejo de Edipo», es decir, los vínculos afectivos que el niño establece con sus cuidadores: "el varoncito concentra sus deseos sexuales en la persona de la madre y desarrolla mociones hostiles hacia el padre en calidad de rival" (p. 34).

Con el estudio de la sexualidad infantil, Freud introduce el concepto de «pulsión», nombre que él le da a los impulsos sexuales del sujeto en la medida en que dichos impulsos no responden a un instinto sexual, como sucede en los animales. Las pulsiones, entonces, que están presentes desde el comienzo de la vida, primero apuntaladas en otras funciones de importancia vital (comer, defecar) y que luego se independizan de estas, van a depender de las zonas erógenas del cuerpo, zonas que cuando se estimulan producen una ganancia de placer y que emergen en pares de opuestos (sadismo-masoquismo, pulsión de ver-pulsión de exhibición). Así pues, la pulsión no es solo una, sino que son varias (pulsiones parciales) y cada una por separado busca procurarse una ganancia de placer que, la mayoría de las veces, encuentran su objeto en el cuerpo propio (autoerotismo) (Freud, 1925, p. 34).

Por último, Freud se va a encontrar, estudiando la sexualidad infantil, conque "sólo el genital masculino desempeñaba un papel en ella, pues el femenino no había sido descubierto (he llamado a esto el primado fálico). La oposición entre los sexos todavía no recibía en esa época los nombres de masculino o femenino, sino: en posesión de un pene o castrado" (p. 35). Esto es lo que Freud (1925) denominará «complejo de castración», el cual tendrá gran significatividad en la formación del carácter y la neurosis del sujeto.

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

 En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...