La tesis de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, reafirmada con la idea de que el lenguaje es la condición del inconsciente, junto al principio esencial de que no hay relación sexual, es decir, no hay proporción entre los sexos, se constituyen en la base para pensar una novedosa visión de la metapsicología freudiana, constituida por tres registros: lo real, lo simbólico y lo imaginario, conceptos desarrollados en el Seminario R.S.I. de 1974-1975. Los tres registros fueron representados a través del nudo borromeo, solución que permitió anudarlos siendo tan heterogéneos.
Para Lacan, toda la realidad humana, es decir, su subjetividad, su psiquismo, está organizada por estos tres órdenes. Los primeros aportes de Lacan se centran en la dimensión Imaginaria del sujeto, así pues, en los Escritos, los tres grandes artículos sobre lo Imaginario -La agresividad en psicoanálisis, El estadio del espejo y Acerca de la causalidad psíquica- están incluidos en un apartado que Lacan, en 1966, denominó "De nuestros antecedentes". Esto porque él consideraba que el verdadero comienzo de su obra es el llamado «discurso de Roma», es decir, el artículo titulado Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, momento que marca la entrada de Lacan y de lo simbólico, en el campo del psicoanálisis.
Con respecto al orden imaginario, todo girará en torno a la denominada «fase del espejo»; allí Lacan toma las experiencias del psicólogo Wallon sobre el reconocimiento que hace el niño de sí mismo frente al espejo. Lacan parte, para el abordaje de este período, de un elemento psicoanalítico central: la influencia crucial, inestimable, de la imagen narcisista, del narcisismo freudiano. Él ubicará a la imagen, bajo la égida del yo narcisista freudiano. A esta experiencia de Wallon sobre el reconocimiento que hace el niño en el espejo de su propia imagen, Lacan le agregará, dos elementos que no estaban a disposición de Freud: uno proviene de la etología, del estudio de los instintos animales, y el otro de la embriología humana.
Con respecto al orden simbólico, las fuentes más conocidas en Lacan son: la lingüística saussuriana y la antropología de Lévi-Strauss, con su idea de la "eficacia simbólica" y el énfasis en el peso estructural de las leyes de parentesco. El desarrollo del orden simbólico en Lacan se resume en un cambio de palabras, el que va del lenguaje a «lalengua» (en una sola palabra), a la que Lacan hace el objeto de una disciplina particular que bautizará «lingüistería». Lalengua es aquello que en el inconsciente subvierte al lenguaje; lalengua será el punto central de la teoría de lo simbólico al final de su obra. Esta lalengua –lo dice Lacan en el Seminario XX– la escribe así para suprimir el artículo universal “La”. Por tanto, hay que decir que hay una lalengua porque cada lalengua es única y no universalizable. Por esto, cada inconsciente de cada sujeto, uno por uno, tiene una estructura de lalengua intraducible al de otro.
Con respecto a lo real, en Lacan se trata de un término que se opone al de realidad, es decir, lo real no es la realidad. En la primera época surgen confusiones, sobre todo en los primeros seminarios, donde a veces usa indistintamente uno u otro término sin diferenciarlos. Lo real, sin embargo, empieza a esclarecerse al final del Seminario II y III, donde aparece, no ya como aquello que el psicoanálisis no puede alcanzar porque es un real externo a la palabra, al sujeto de la palabra, etc., sino como aquello que vuelve siempre al mismo lugar. Tenemos aquí dos de las más importantes definiciones de lo real en el psicoanálisis lacaniano: lo real como «lo que está por fuera de lo simbólico», aquello que no se puede representar, y lo real como «lo que vuelve siempre al mismo lugar».
La tercera definición de lo real en Lacan es «lo real como lo imposible». El paso de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, a lo real como imposible, entraña un cambio de paradigma. Aunque, nuevamente, una definición no anula a la otra, ambas son válidas, como sucede con muchas de las elaboraciones de Lacan en el transcurso de su obra; por lo tanto, hay que pensar que está haciendo una nueva articulación. Lo real como imposible ya define algo de la relación del sujeto respecto de sí mismo, un punto que no es posible de ser resuelto, que no tiene solución. Si es un problema sin solución, no se trata de que el sujeto se sienta impotente o capaz de resolverlo, porque el imposible no es asunto de impotencia. Cuando un problema no tiene solución, no tiene solución; el sujeto no puede cambiar ese real que no tiene solución. Por esta razón, la cura analítica la podemos definir como «el paso de la impotencia a lo imposible». Es un hecho que el sujeto, al comenzar una cura, desea cambiar muchas o algunas cosas de su vida; es esta la razón que lo lleva a consultar. Pero, si bien en el trascurso de su análisis habrá cambios, podrá cambiar algunas de esas cosas; hay otra que definitivamente no podrá cambiar, por más que quiera: eso que no cambia, eso que vuelve siempre igual, imposible de cambiar, eso es lo real.
Lacan dará un punto de real como imposible, común a toda la especie humana en tanto que hablante. El punto de imposible común a toda la especie humana es «la pérdida de naturalidad de los sexos» y, por tanto, la no-complementariedad del hombre y la mujer, la no-complementariedad soñada, que haría Uno al hombre y a la mujer. Es lo que conocemos con la fórmula «no hay relación sexual». La obra de Lacan se cierra en 1981; sus últimas palabras, en el seminario de Caracas, fueron: «mis tres no son el Ello, Yo y Superyó, sino lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real».
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
martes, 30 de marzo de 2021
503. Una nueva metapsicología: lo real, lo simbólico y lo imaginario
jueves, 25 de febrero de 2021
502. Los límites de la sesión analítica virtual
¿Qué diferencia una sesión analítica de una conversación mantenida a través de cualquier sistema de comunicación a distancia? El contacto a distancia existe desde la invención del teléfono; ahora se hacen videollamadas y videoconferencias. Miller (1999) dice al respecto que "eso va a continuar, a multiplicarse, será omnipresente. Pero, ¿llegará la presencia virtual a tener una incidencia fundamental en la sesión analítica? No. Verse y hablarse, eso no hace una sesión analítica. En la sesión, dos están juntos, sincronizados, pero no están allí para verse, como lo manifiesta el uso del diván. La copresencia en carne y hueso es necesaria, aunque solo fuera para hacer surgir la no-relación sexual".
Para Miller (1999) es claro que, para el psicoanálisis, la presencia real del analista y el analizante, es lo que garantiza la puesta en juego de lo real que se presenta en el dispositivo de diferentes maneras, todo lo que tiene que ver con la repetición en la transferencia y lo real de la no relación sexual. Es decir que la presencia de los actores del dispositivo en un mismo lugar, "es consustancial a la sesión analítica como puesta en acto del discurso analítico" (Panés, 2020). Esto, por tanto, le pone un límite a los modos de presencia virtuales que la tecnología ofrece.
Pero, ¿qué hacer entonces con el confinamiento al que obliga una pandemia? La virtualidad se convierte en la única vía de comunicación entre analistas y analizantes. No es algo nuevo, como ya se indicó. El uso del teléfono, desde finales del siglo XIX, ha permitido la comunicación entre analista y analizante, sobre todo cuando la presencia real ha sido temporalmente imposible (Panés, 2020). Pero el uso de este y otros dispositivos son excepcionales; son como una especie de paréntesis cuando ya se ha constituido una transferencia o como algo preliminar a un encuentro en el que se espera que aquella se instale.
Así pues, la pandemia actual "no debe constituirse en una alteración permanente del dispositivo analítico" (Panés, 2020), pero dadas las circunstancias que aquella ha generado -la imposibilidad de encuentros reales-, la sesión analítica virtual "no tiene una naturaleza esencialmente diferente" (Panés). Si hay diferencias, estas se ponen en juego con relación a la incorporación de la imagen en las comunicaciones virtuales, la cual puede constituirse en un posible obstáculo que hay que tratar en la dimensión del caso por caso. Pero esto puede ser equivalente a lo que sucede en la presencialidad. Sabemos que hay pacientes que no soportan recostarse en el diván y necesitan de la presencia del analista, es decir, necesitan verlo de frente, saber que los están escuchando (sucede eventualmente con las pacientes histéricas) "El diván es sin duda el objeto emblemático del psicoanálisis. Pero al mismo tiempo, no es el diván lo que define al psicoanálisis. Hay análisis que se realizan perfectamente cara a cara, con el paciente sentado en una silla. Para algunos pacientes, incluso es necesario que sea así. Por ejemplo, cuando el diván adquiere el significado: estar a merced del otro, entregarse al capricho del otro" (Miller, 1999). Entonces, ¿cómo proceder con las videollamadas? Tal vez haciendo uso solo de la voz, al fin y al cabo, el uso del diván en el dispositivo analítico tiene que ver con que el analizante se vuelva un puro hablante; la sesión analítica no está hecha para verse, por eso se hace uso del diván; además, el uso de este le da énfasis a lo simbólico, a la palabra, más que a lo imaginario, a la imagen, que se puede constituir en un distractor.
En todo caso, está bien atender a los pacientes que lo han pedido de manera virtual; esto no impide para nada que haya efectos analíticos. Incluso es pertinente escuchar a los pacientes que demandan que la sesión sea exclusivamente por vía telefónica, en la medida en que la mirada del otro le puede resultar inquietante (Panés, 2020). Téngase pues, muy en cuenta, que la comunicación virtual se inscribe como una excepción en el contexto de una transferencia ya constituida. Cuando el primer encuentro con el analista se produce por la vía virtual, habrá que pensar qué dificultades se plantean aquí (Panés). La gran dificultad de la que alerta Miller con el uso de la virtualidad, es que ésta, al no haber co-presencia en carne y hueso del analista y el paciente, esto sabotea el surgimiento de la no relación sexual. "Si saboteamos lo real, la paradoja se desvanece. Todos los modos de presencia virtual, incluso los más sofisticados, se enfrentarán a esto" (Miller, 1999).
miércoles, 13 de enero de 2021
501. «No hay manera de partir de un hilo que no sea ideológico»
A la ideología la encontramos detrás de los ideales de felicidad, de
autonomía e independencia de las personas, que ha llevado a un
individualismo rampante en esta hipermodernidad, muerte del humanismo y
fin de la solidaridad. La ideología también está detrás del
emprendimiento al que invita hoy el neoliberalismo: ser el jefe de sí
mismo, o mejor, ser esclavo de sí mismo. Aquí en Colombia está la
ideología del narcotráfico, del avivato, de la malicia indígena, que ha
llevado al país, desde hace treinta años, a ser un narcoestado. Y esa
ideología del narco responde claramente a esa otra ideología dominante y
universal en esta contemporaneidad, que no es otra que la del
capitalismo salvaje y depredador, que está llevando a la humanidad a su
autodestrucción; basta con ver todo lo que está sucediendo con la
destrucción del medio ambiente y el calentamiento global, incluida la
pandemia del covid-19. El mundo pasó el año pasado el punto de no
retorno; el momento de tomar medidas ya pasó y esta ideología
depredadora no cambia, no termina, sigue adelante.
Lacan también
habla de la ideología de la ciencia como una «ideología de la supresión
del sujeto», y se puede hablar también de una ideología de la
psicología, que se corresponde con esa ideología de la ciencia, y que
"reduce el sujeto al Yo de la conciencia" (Bassols, 2020); es una
ideología que suprime al sujeto (el sujeto del inconsciente) "al
igualarlo al Yo de la conciencia o de la cognición" (Bassols). ¿Queda,
entonces, el psicoanálisis, exento de todo fundamento ideológico?
La
respuesta de Bassols (2020) a esa pregunta es no, y cita para ello a
Lacan en «L’étourdit», en donde define el punto de partida de su
enseñanza: «Es por ello que parto de un hilo —ideológico, no tengo
elección—, con el que se teje la experiencia instituida por Freud. ¿En
nombre de qué lo rechazaría yo, si este hilo proviene de la trama que
mejor se ha puesto a prueba para sostener juntas las ideologías de un
tiempo que es el mío? ¿En nombre del goce? Pero precisamente, mi hilo se
caracteriza por alejarse de él: es incluso el principio del discurso
psicoanalítico tal como, él mismo, se articula».
Así pues, la
crítica lacaniana a la ideología se complejiza, debido a que "no habría
manera de partir de un hilo que no fuera ideológico cuando se trata de
la experiencia del psicoanálisis" (Bassols, 2020). Cada época está
marcada por ideologías, así como también la política también lo está.
Así pues, "el psicoanálisis no podría (...) inscribirse fuera del tejido
que forman los discursos de su época, no podría pretender ser
extraterritorial, a-ideológico" (Bassols). Lo que sí puede hacer el
discurso psicoanalítico, es "mantenerse alejado de las posiciones de
goce que sostienen a los otros discursos, y saber hacerse su desecho
(...) la posición ideológica del discurso del psicoanalista se separa
necesariamente de las formas de goce que suponen los otros discursos"
(Bassols). De ahí la importancia de que el psicoanálisis haga,
permanentemente, una lectura de la subjetividad de la época.
sábado, 28 de noviembre de 2020
500. ¿Tiene la ideología un lugar en el psicoanálisis?
¿Estaría el discurso y la experiencia del psicoanálisis exentos de
ideología? ¿La función y el deseo del analista están por "fuera de
cualquier posición ideológica en nombre de una supuesta y siempre dudosa
neutralidad? (...) ¿Puede hacer el analista una intervención fuera de
cualquier ideología?" (Bassols, 2020).
La ideología se puede definir como "el conjunto de ideas que cada uno
tiene sobre un sistema de vínculos —económicos, sociales y finalmente
siempre políticos— para preservarlos, transformarlos, restaurarlos o
también subvertirlos" (Bassols). Como observador de acontecimientos
políticos y sociales, ¿la posición del psicoanalista es la de un
observador neutral?
Se podría decir que todas las intervenciones
de los psicoanalistas en los medios de comunicación son necesariamente
ideológicas, ya que "más que actuar, el sujeto es actuado por la
ideología que atraviesa las diferentes instituciones y realidades sobre
las que se asienta y configura su día a día" (Cano citado por Bassols,
2020). ¿Y las intervenciones dentro del dispositivo analítico? No habría
entonces neutralidad por parte del psicoanalista en sus intervenciones,
ya que su posición es irreductible con relación a "las formas
simbólicas que ordenan la vida, las «formas de gozar» como solemos
decir" (Bassols).
No es posible resguardarse de las ideologías
que son dominantes en el discurso de los hombres. La misma IPA se vio en
apuros, haciendo un llamado a la «neutralidad» de la institución,
cuando Freud pedía un apoyo para los analistas judíos perseguidos por el
Tercer Reich. "La atribución de una ideología al analista está a la
orden del día y no es seguro que se pueda sacar de encima este sambenito
con el silencio de su «neutralidad» (...) La «neutralidad» ha sido
(...) la túnica de Neso con la que los analistas han pensado
resguardarse de toda ideología, una túnica ardiente de ideología
finalmente. Y no de las mejores." (Bassols, 2020).
Mientras que
Freud se mantuvo al margen en estos asuntos, Lacan y Miller han
implicado al psicoanálisis en la política. Miller, por ejemplo, dirigió a
la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis) en el año 2017 contra el
posible ascenso al gobierno francés del partido de ideología xenófoba y
de inspiración fascista de Marine Le Pen. Por tanto, ¿se puede hacer una
acción lacaniana exenta de cualquier ideología? Así pues, toda posición
del analista deberá, desde entonces, pensarse como una posición
ideológica, por eso es tan pertinente la pregunta que se hace Bassols
(2020): "¿Cuál es el lugar de la ideología en el discurso del
psicoanalista?"; pero también, ¿cuál es la ideología con la que se
identifica o que conviene a la práctica del psicoanálisis?
viernes, 9 de octubre de 2020
499. La relación de la transferencia con la docta ignorancia
Dice Miller
(1997) en su texto Introducción al método psicoanalítico, que la
ignorancia tiene una muy importante función en la experiencia analítica, una
función operativa. Y no se trata de la ignorancia pura, sino de la ignorancia
docta. La "docta ignorantia" es una expresión usada por varios
filósofos, especialmente por Agustín de Hipona (354-430), Buenaventura de
Fidanza (1221-1274) y principalmente por Nicolás de Cusa (1401-1464), teólogo y
filósofo considerado el padre de la filosofía alemana y personaje clave en la
transición del pensamiento medieval al del Renacimiento, uno de los primeros
filósofos de la modernidad. Con esa expresión ellos querían significar la
actitud prudente y humilde del sabio, ante los grandes problemas del Universo y
los límites del conocimiento humano.
Así pues, la ignorancia docta es "la ignorancia de alguien que sabe cosas,
pero que voluntariamente ignora hasta cierto punto su saber para dar lugar a lo
nuevo que va a ocurrir" (Miller, 1997). Esto es algo muy importante con
relación a la posición del analista en la experiencia analítica: él debe
ignorar su saber, dejar a un lado todo su saber, todo lo que sabe, para darle
cabida al saber del inconsciente y a la transferencia. Freud mismo lo indicaba:
se debe recibir a cada paciente, como si fuera el primero.
Esto significa que un analista que se presenta con una posición de
"sabiondo", que cree sabérselas todas, que se dedica a hacerle saber
al paciente todo lo que sabe, es un analista que no le va a dar cabida a lo
nuevo que va a ocurrir en el dispositivo analítico. Son muchas las experiencias
terapéuticas de la psicología que invitan al psicólogo a presentarse como
"el que sabe", y él se dedica a dar indicaciones, recetas, consejos,
a dirigir la conciencia de sus pacientes como si supiera lo que este necesita,
o cómo debe conducirse en la vida. La experiencia analítica enseña que una
posición así en un terapeuta, hace sentir al paciente como un estúpido, un
tonto, un ignorante, y rápidamente abandona la terapia por la molestia causada
por ese psicólogo en esa posición de "sabio". Y es algo que se sabe:
no hay nadie más fastidioso y aborrecido que un sujeto que cree que se las sabe
todas.
Miller (1997) indica claramente cómo la función operativa de la ignorancia es
la misma que la de la transferencia, la misma que la de la constitución del
Sujeto supuesto Saber. Así pues, el Sujeto supuesto Saber, resorte de la
transferencia, "no se constituye a partir del saber sino que se constituye
a partir de la ignorancia" (Miller). Los pacientes suelen preguntar al
analista si los entienden; "Dr., ¿Ud. me entiende?", y la mejor
respuesta a esta pregunta es: "no, no entiendo lo que Ud. me quiere decir,
¿me lo puede explicar de nuevo? ¿Qué quiere Ud. decir con eso”? Esta es la
posición del analista desde la docta ignorancia; es un poco como hacerse el
"tonto", o hacerse el "bobo", aquel que no entiende lo que
el otro quiere decir. Así pues, para garantizar la instalación de la
transferencia la posición del analista es la de hacer entender "que no
sabemos con anterioridad lo que el paciente quiere decir, pero suponemos que
quiere decir otra cosa" (Miller). Esto es casi que un axioma en la
experiencia analítica, que todo analista debe tener en cuenta: el paciente es
siempre alguien que quiere decir alguna otra cosa. En todo lo que dice, el
sujeto siempre quiere decir algo de más; y esa "alguna otra cosa", y
ese "algo de más" no es otra cosa que el inconsciente, ese saber no
sabido por el sujeto.
Entonces, que quede claro, "la suposición de saber no está vinculada al
saber constituido, porque si hay saber constituido, no hay ninguna necesidad de
suposición" (Miller, 1997); si se sabe que alguien sabe (valga la
redundancia), no hay que suponer un saber, por eso la docta ignorancia es la
que facilita la instalación de la transferencia en la medida en que hay
suposición de saber. Y para que esto opere, se necesita de una función esencial
del analista: la función del malentendido. "A veces un paciente busca a un
analista para, finalmente, saber si alguien puede entender lo que él dice. Con
todo, no es posible convencer al paciente de nuestra capacidad de entender si
no es a través de la introducción sistemática del malentendido. Por ejemplo, a
través de la introducción de la pregunta: "Pero ... ¿qué quiere decir
usted con eso?"" (Miller). ¡Esta es la pregunta que introduce la
dimensión del Sujeto supuesto Saber! Es mostrándole al paciente que no se le
entiende, que no se entiende lo que quiere decir, que se introduce al sujeto en
el hecho de que él mismo no se entiende, es decir, que él no sabe lo que dice.
Esta es una dimensión muy importante que se debe hacer surgir en el dispositivo
analítico: ""Yo (el paciente), no sé lo que digo". Y, en este
sentido, el lugar de la enunciación es el propio lugar del inconsciente"
(Miller).
"No saber lo que se dice" es la posición natural de todo sujeto, y al
mismo tiempo, eso es el inconsciente. Cuando un paciente se queja de que nadie
lo entiende, en realidad quien no se entiende es el propio sujeto, y por eso se
lo invita a asociar libremente con la consigna "¿qué quiere decir usted
con eso?", haciendo uso de la función del malentendido. La asociación
libre es una especie de automalentendido; "y es por este motivo que la
pasión analítica es la pasión de la ignorancia" (Miller, 1997). Así pues,
a lo que invita el dispositivo analítico, es a que el paciente escuche lo que
dice, tome consciencia de lo que quiere decir.
viernes, 28 de agosto de 2020
498. ¿El ser humano será mejor persona después de la pandemia?
La historia de la civilización lo que demuestra es que “lo esencial de
la condición humana parece mantenerse y lo que ha evolucionado han sido
los medios que permiten hacer bien y hacer mal” (Alfonso Wals, 2020). La
misma Hannah Ahrendt ya había advertido en su texto La banalidad del mal,
que cualquiera puede ejercer el mal en determinadas condiciones. Por lo
tanto, no se puede esperar que una pandemia transforme a la humanidad;
tal vez lo que se puede esperar, y eso que, con mucha dificultad, es que
aquella ponga en juego “la responsabilidad de cada uno” (Alfonso Wals).
Freud (1930) ya había advertido en su texto El malestar en la cultura
que existe en el hombre una tendencia nativa “a la maldad, a la
agresión, a la destrucción y también, por ende, a la crueldad” (Freud
citado por Alfonso Wals, 2020). Pero, ojo, la maldad no es la única
respuesta del ser humano; hay otras que están del lado de la solidaridad
y la resistencia de los sujetos frente a esta pandemia.
Algo que
sí les ha recordado la pandemia a los seres humanos, es que ellos no
son dueños de todo. “A fuerza de dejarnos convencer por el capitalismo
de que podemos comprar todo y que tenemos derecho a todo, creíamos que
nada malo nos puede pasar” (Alfonso Wals, 2020). ¿Volverá el sujeto a
ser ese consumidor voraz que espera que sea el discurso capitalista
después de la pandemia? El consumo de los recursos naturales continuará;
es más, hay quienes piensan que esta pandemia es un efecto de la
destrucción del medio ambiente, y, por lo tanto, vendrán más.
El
ser humano no será mejor después de esta catástrofe. “No creo que se
trate de que debamos ser pesimistas, pero sí de asumir la
responsabilidad de cada uno en lo que se construya en adelante” (Alfonso
Wals, 2020). Y, además, hay que estar atentos e esa “nueva normalidad”,
en la que es muy posible que el establecimiento haga reformas
laborales, en la salud, en la banca, etc., que restarán más derechos a
los sujetos contemporáneos.
¿Y de la subversión política, qué?
“La subversión se refiere a un acto que produce cambios con relación a
las coordenadas simbólico-imaginarias. No se trata de revolución”
(Alfonso Wals, 2020). Lacan establece una gran diferencia entre la
revolución y la subversión. Para él, la revolución es volver a caer en
el discurso del amo; es como dar una vuelta a las cosas de 360°. Y
Miller (citado por Alfonso Wals) aclara lo siguiente: “El psicoanálisis
es llevado a poner en valor lo que puede llamar las invariantes
antropológicas más que a ubicar esperanzas en los cambios de orden
político (…) El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es
subversivo, lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado, a
saber: que va en contra de las identificaciones, los ideales, los
significantes amo...”.
viernes, 31 de julio de 2020
497. Sobre el desarrollo de la teoría freudiana
Los primero
que encuentra Freud en el abordaje de los síntomas de la histeria, es que los
pacientes habían olvidado hechos ocurridos en su vida; Freud (1925) se da
cuenta de que "todo lo olvidado había sido penoso de algún modo: produjo
terror, dolor, o fue vergonzoso para las exigencias de la personalidad"
(p. 28). Esto es lo que lo lleva a introducir el concepto de «represión», como
ese esfuerzo de desalojo de la conciencia de representaciones que le causan
algún malestar al sujeto; "era una novedad, nunca se había discernido en
la vida anímica nada que se le pareciese. Evidentemente se trataba de un
mecanismo de defensa primario, comparable a un intento de huida" (Freud,
p. 29). Eso reprimido pasa entonces a ser «inconsciente». Represión e
inconsciente se constituyen en los conceptos que fundan la teoría
psicoanalítica.
Ahora bien, el problema con la represión, como mecanismo de defensa primario,
es que fracasa. Siempre hay un retorno de lo reprimido, bajo la forma de
síntomas, que no son otra cosa que formaciones de compromiso, producto del
conflicto psíquico entre los impulsos rechazados que buscan salir a la luz (las
pulsiones que buscan su satisfacción) y la conciencia (que reprime aquello que
se le hace indeseable). "La doctrina de la represión se convirtió en el
pilar fundamental para el entendimiento de las neurosis" (Freud, 1925, p.
29).
La introducción de lo inconsciente lleva a Freud (1925) a concebir el aparato
psíquico "como edificado a partir de cierto número de instancias o
sistemas, de cuya recíproca relación se habla con expresiones espaciales, a
pesar de lo cual no se busca referirla a la anatomía real del cerebro" (p.
31). Esto es lo que se denomina el punto de vista tópico del aparato psíquico,
dividido en tres instancias: consciente, preconsciente (que nos es otra cosa
que una memoria latente) y el inconsciente.
El análisis de los síntomas patógenos en el sujeto, llevaron a Freud (1925) a
las épocas más tempranas de la vida de los enfermos, hasta llegar a la primera
infancia, y allí se encontró con que esas vivencias infantiles reprimidas
siempre involucraban "excitaciones sexuales y de la reacción frente a
estas" (p. 32). Esto de la sexualidad infantil resultó ser toda una
novedad en su época, y al mismo tiempo "una contradicción a uno de los más
arraigados prejuicios de los seres humanos. En efecto, se consideraba
«inocente» a la infancia, exenta de concupiscencias sexuales, y que la lucha
contra el demonio «sensualidad» se entablaba sólo con la pubertad" (p.
32).
El descubrimiento de la sexualidad infantil se constituyó en todo un escándalo
y desautorización universal, al cual Freud (1925) no cedió. Él tenía la certeza
de que "la función sexual arranca desde el comienzo mismo de la vida y ya
en la infancia se exterioriza en importantes fenómenos" (p. 32). Incluso
él llega a la conclusión de que los síntomas neuróticos no necesariamente se
anudaban vivencias reales, sino y sobretodo a fantasías de deseo, "y que
para la neurosis valía más la realidad psíquica que la material" (p. 32).
Esas fantasías de los pacientes son las que llevaron a Freud a hablar del
«complejo de Edipo», es decir, los vínculos afectivos que el niño establece con
sus cuidadores: "el varoncito concentra sus deseos sexuales en la persona
de la madre y desarrolla mociones hostiles hacia el padre en calidad de
rival" (p. 34).
Con el estudio de la sexualidad infantil, Freud introduce el concepto de
«pulsión», nombre que él le da a los impulsos sexuales del sujeto en la medida
en que dichos impulsos no responden a un instinto sexual, como sucede en los
animales. Las pulsiones, entonces, que están presentes desde el comienzo de la
vida, primero apuntaladas en otras funciones de importancia vital (comer,
defecar) y que luego se independizan de estas, van a depender de las zonas
erógenas del cuerpo, zonas que cuando se estimulan producen una ganancia de
placer y que emergen en pares de opuestos (sadismo-masoquismo, pulsión de
ver-pulsión de exhibición). Así pues, la pulsión no es solo una, sino que son
varias (pulsiones parciales) y cada una por separado busca procurarse una
ganancia de placer que, la mayoría de las veces, encuentran su objeto en el
cuerpo propio (autoerotismo) (Freud, 1925, p. 34).
Por último, Freud se va a encontrar, estudiando la sexualidad infantil, conque
"sólo el genital masculino desempeñaba un papel en ella, pues el femenino
no había sido descubierto (he llamado a esto el primado fálico). La oposición
entre los sexos todavía no recibía en esa época los nombres de masculino o
femenino, sino: en posesión de un pene o castrado" (p. 35). Esto es lo que
Freud (1925) denominará «complejo de castración», el cual tendrá gran
significatividad en la formación del carácter y la neurosis del sujeto.
586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»
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