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2. El padre y la ley.

Para vivir en comunidad las personas necesitan de normas que ordenen estos vínculos, pues el género humano nace sin un mecanismo de autorregulación de sus impulsos agresivos y sexuales, fundamentalmente. Los padres son, en primera instancia, los únicos responsables de la transmisión de la normatividad, y por tanto, en sus manos está la posibilidad de que su hijo sea un ser civilizado.

El padre, como representante de la ley dentro de la familia, está llamado a ejercer la autoridad. La autoridad, para que sea eficaz en sus propósitos, debe ser practicada con firmeza, coherencia, consistencia y justicia, lo cual no es siempre sencillo.

El no ejercicio de la autoridad, tanto como su ejercicio, tiene enormes consecuencias sobre un ser humano. Si las personas que representan la autoridad se muestran inseguras, culposas o indecisas en el momento de poner límites a sus hijos, o lo hacen de una manera caprichosa o desatinada, esto tendrá como efecto el que se pierda la función de la autoridad: transmitir un respeto y un cuidado por las normas que rigen la sociedad. Las consecuencias de este descuido será, entonces, la falta de dicho respeto hacia las figuras que la representan.

¿Qué padre conviene a la familia para ejercer la autoridad? Se necesita de un padre que tenga una posición transparente ante los actos de ley, un padre que a su vez respete y haga respetar la ley. Un padre severo, exigente y disciplinado no estaría mal, si se entiende su rigurosidad, no como sinónimo de dictadura, sino como fidelidad en el acatamiento de la ley.

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