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6. Sobre la aplicación de sanciones a los hijos.

Al aplicar un castigo no es necesario pegarle al hijo para hacer que obedezca; esto es posible si no ha habido un desfallecimiento de la función paterna; esta hace referencia a que el padre pueda ejercer la autoridad de manera firme, consistente y justa.

Lo que más teme un niño es perder el amor del padre, debido a su dependencia afectiva -dependencia de amor-. Al aplicar un castigo, hay que transmitirle al niño que está en juego la pérdida de dicho amor. Esto no consiste en decir que no se le ama, sino en hacerle saber que se está enojado por la falta cometida. Si la sanción tiene efecto, se debe al amor y respeto que el hijo le pueda tener a sus padres. Si un hombre transgrede una norma, debe recibir un castigo, para que no vuelva a cometer la falta y asuma una responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El castigo es ejemplar si sirve de escarmiento.

Los padres, a nombre de una pedagogía liberal, se han vuelto alcahuetas; no ponen límites a la conducta de sus hijos; se los ve impotentes para transmitir un respeto por la ley. El castigo no debe ser caprichoso, se debe corresponder a la falta cometida. Es importante ser justo en el momento de aplicarlo; igualmente, quien lo reciba debe sentirse culpable, es decir, responsable. El castigo debe ser significativo; el sujeto debe sentir que se le priva de algo. Por eso el mejor método de castigo en los niños es retirarle aquello que anhelan o que les gusta hacer.

Quien aplique la sanción debe estar investido de autoridad y hacerlo con firmeza, sin ceder en pesares; se debe transmitir la idea de que se está hablando en serio. Es importante aplicar el castigo prometido y no cambiarlo por otro menos severo. Además, los padres no deben desautorizarse entre sí y estar de acuerso en las sanciones que imponen a sus hijos. Si la autoridad desfallece en estos puntos, se estimula la irresponsabilidad de los hijos sobre las consecuencias de sus actos.

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