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166. Conciencia moral y agresividad.

La conciencia moral del sujeto se forma a partir de la introyección o incorporación dentro de sí de la inclinación agresiva propia del ser humano. La introyección de la agresividad en el sujeto se constituye así, en la principal herramienta de la que se vale la cultura para volver inofensivo el gusto que tienen los individuos por agredirse unos a otros. El problema es que, como conciencia moral, la agresividad está lista para ejercer contra el sujeto, la misma severidad agresiva que ella habría satisfecho de buena gana en sus semejantes. (Freud, 1930)

El psicoanálisis designa como conciencia de culpa a la tensión que se produce entre esa parte del Yo que ha interiorizado la agresividad -es decir, la instancia del superyó-, y el Yo que quiere expresar sin restricciones su cuota de agresividad. Con este mecanismo de “meter adentro” el peligroso gusto del sujeto por la violencia, la cultura coarta el impulso agresivo y lo debilita, quedando el individuo bajo una especie de vigilancia permanente. Esa instancia situada en su interior no es otra que su conciencia moral, la cual, a la manera de una voz interior, le va diciendo si lo que quiere hacer o lo que hace, esta mal o bien hecho.

Es justamente a ese sentimiento de culpa al que los creyentes le dicen pecado. Pero el superyó introduce una paradoja en el campo de la ética. Es una paradoja que Freud expone en El malestar en la cultura (1930), y que consiste en que hay sujetos que se sienten culpables a pesar de que no han hecho nada malo o a pesar de ser buenas y de seguir una vida recta y consecuente con sus creencias religiosas o sus ideales. Esto se debe a que dichas personas perciben en ellas, muchas veces de manera inconsciente, el propósito de obrar mal, de tal manera que la intención o el deseo de obrar mal, pasa a ser considerado como equivalente a la práctica de la agresión o la maldad.

El psicoanálisis ha encontrado que, en el ser humano, su conciencia moral presenta esta peculiaridad de carácter paradójico: ella se vuelve mucho más severa en la medida en que el sujeto es cada vez más virtuoso; para decirlo de otra manera, aquellos que más se acercan a la santidad son los que con más tenacidad se reprochan sus errores, faltas o pecados. Así pues, una conciencia moral más severa y vigilante sería el rasgo característico del hombre virtuoso.

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