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167. Autocastigo y mala suerte.

El psicoanálisis también ha verificado la existencia en el ser humano de una voluntad, generalmente inconsciente, por hacerse a una sanción, es decir, por autocastigarse. Y nada mejor que una racha de supuesta “mala suerte” para satisfacer dicha necesidad de castigo. La conciencia moral suele promover su poder sobre el sujeto aprovechando las frustraciones con las que necesariamente se encuentra todo sujeto en la vida. Aquella se comporta de tal manera que si al sujeto le va bien, su conciencia moral es indulgente con él; pero, si lo agobia la desventura, la conciencia moral le impone sacrificios y castigos mediante mortificaciones y recriminaciones.

Puesto que nada se le puede ocultar a la conciencia moral, y mucho menos los deseos que están prohibidos -fundamentalmente el deseo de agredir y abusar sexualmente de otros-, ella busca la manera de que el sujeto sea castigado por esos deseos. Si bien el sujeto se ve obligado a renunciar a la satisfacción de dichos deseos, para el superyó -nombre que le da Freud a la conciencia moral- dicha renuncia no le es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante la mirada vigilante de aquel; sobrevendrá entonces en el sujeto el sentimiento de culpa, el cual, en muchos casos, es inconsciente.

Esta es la gran desventaja que tiene la formación del superyó o de la conciencia moral en el ser humano. Si bien ella sirve para ponerle un límite a todos sus impulsos sexuales y agresivos -lo que a su vez garantiza que se puedan dar los vínculos sociales-, queda en él un sentimiento de culpa que además aumenta en la medida en que el sujeto se esfuerza en obedecer a una moralidad. Se puede entonces establecer una fórmula que diría: a mayor renuncia pulsional, mayores son las exigencias del superyó y mayor será la culpa para el sujeto. Con razón decía Freud que el problema más importante del desarrollo de la humanidad es el sentimiento de culpa.

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