Lacan (1971), en Función y campo de la palabra y del lenguaje,
aísla el principio formal que rige la alianza entre las familias humanas
y lo nombra “Ley primordial”; esta Ley primordial es lo que separa al
mundo humano del mundo animal y, además, esta ley se hace conocer como
siendo idéntica al mundo del lenguaje. Es el lenguaje el que introduce
un principio formal que traza un abismo entre el ser hablante y el
dominio de los seres vivientes, los cuales no tienen posibilidad de
acceder a la palabra ni de inscribirse en el campo del lenguaje.
Así
pues, el lenguaje es la condición esencial de la estructura de la
familia humana. ¿Por qué se encuentra en el lenguaje la condición de la
familia humana? ¿Qué es lo que caracteriza la familia humana? La
diferencia entre la familia humana y la familia animal es que en la
familia humana se pueden nombrar las relaciones de parentesco, y en
función de esa nominación los sujetos se reconocen en un lugar como
hijos de, hermanos de, nietos de, sobrinos de, esposa de o marido de...
entonces, primero se tiene, gracias al lenguaje, el funcionamiento de la
nominación, que permite diferenciar un lugar, una plaza; permite
también diferenciar las generaciones en el hilo de un linaje. Es decir,
que en la familia humana un sujeto encuentra un lugar en el mundo,
pudiéndose contar como hijo, nieto, biznieto o tataranieto; y puede
también construir un árbol genealógico hasta donde hay una inscripción
simbólica (Lacan, 1971).
La Biblia maldice la confusión de
generaciones. ¿Cuándo se produce confusión de generaciones entre los
seres hablantes? Cuando ciertos principios que rigen la diferenciación
de la generación no se cumplen. No es lo mismo tener una inscripción
como sujeto y un lugar en una familia, y un lugar en una generación, que
no tenerlo. El que padece la confusión de generaciones está
absolutamente asignado a un lugar que no le permite asumirse ni como
hombre ni como mujer, ni como sujeto. Entonces, ¿cuál es la condición
formal para la diferenciación de las generaciones? Se sabe que a los
niños les gusta jugar a la familia y ponen en juego el principio
fundamental de organización de ésta, porque el juego en los niños es una
actividad fundamentalmente lógica. Es decir, que los niños juegan,
entre otras cosas, para resolver problemas de orden lógico, así como los
matemáticos los resuelven en una elaboración matemática -los que hacen
un análisis los resuelven en una elaboración analítica-.
Los
problemas de orden lógico con los que los niños se confrontan en su
existencia, los resuelven en el juego; en todo caso, tratan de
articularlos en el juego. Entonces, los niños que juegan a la "familia"
saben muy bien que para construir una familia hay que construir un
conjunto. ¿Qué quiere decir “construir un conjunto”? quiere decir meter
en el interior de un círculo una serie de elementos que están adentro
porque responden todos a una característica, o porque hay un rasgo que
los define como siendo todos miembros de ese conjunto. Por ejemplo, se
puede aislar el conjunto de los rojos, de los verdes, de las frutas, de
las flores, etc.; así pues, en el conjunto de los rojos caen todos los
“X” que se subsumen al nombre rojo (Lacan, 1971).
Ahora bien,
¿cuál es en la familia conyugal el elemento identificatorio que permite
seriar la propiedad identificatoria del grupo familiar? En la familia
conyugal esa propiedad está asegurada por el apellido. El apellido
identifica al grupo familiar y es aquello que se transmite de una
generación a otra por vía patrilineal, es decir, que se transmite de
padre a hijo; es el padre quien hace posible que haya transmisión del
apellido al hijo. Se dirá que el apellido es una mera inscripción civil,
pero la experiencia analítica enseña que aquellos sujetos en cuyo
linaje se encuentra una adulteración del apellido, una mentira con
respecto al apellido, una no inscripción del apellido del padre porque
no reconoció al hijo, esos sujetos llevarán toda la vida la marca de un
defecto a nivel de la identificación simbólica. Más allá de la identidad
civil, que el asegura al sujeto la inscripción, el apellido es un
elemento que depende de una función que en el psicoanálisis lacaniano se
denomina «Nombre-del-Padre».
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
lunes, 20 de abril de 2015
lunes, 6 de abril de 2015
422. La significación edípica.
Lacan (1971), en Función y campo de la palabra y del lenguaje, da
cuenta de la complejidad de la estructura familiar. Esto a partir de la
importancia del lenguaje en lo que se llama «universo humano». Lacan
relee la invención de Freud, el inconsciente, y le da a este una
articulación racional, es decir, la cuestión de saber por qué hay un
inconsciente, de qué está hecho, dónde lo encontramos. Lo que hace Lacan
en el texto mencionado, es leer la estructuración del inconsciente
freudiano a partir de las leyes del lenguaje, lo que lo llevará a su
célebre fórmula «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», es
decir, que la existencia del inconsciente depende de la existencia del
lenguaje.
Ahora bien, ¿qué enseñan las leyes del lenguaje respecto a la familia? Lévi-Strauss, antropólogo estructuralista, se dedicó a estudiar las leyes del parentesco en las sociedades primitivas, para poder determinar a qué corresponde el parentesco y cuál es la ley que lo regula. La pretensión de Lévi-Strauss fue la de demostrar científicamente que el parentesco en las sociedades humanas, está regido por leyes que no son de capricho, sino que son leyes combinatorias y formales, equivalentes a las leyes del lenguaje. Es decir, los intercambios que se producen a nivel de la estructura elemental del parentesco, responden a leyes que rigen ese intercambio; se deduce que esos intercambios están regulados y que responden a una combinatoria, y esas combinaciones responden, a su vez, a las leyes del número, de lo simbólico.
Entonces, cuando un hombre toma a una mujer como esposa y la saca de su núcleo familiar de origen, ese hombre, sin saberlo, y creyendo que hace uso de su libre albedrío, está es respondiendo a una ley combinatoria precisa que se articula en términos de ley numérica matemática. De esa forma el psicoanálisis puede cuestionar la idea de la libertad en la elección de pareja. Hay pues una sobredeterminación simbólica que va más allá de la subjetividad en la elección del compañero amoroso. Todo esto lo que indica es que habría una lógica matemática que viene a fijar los límites de la lógica subjetiva, de la subjetividad; y a esa articulación precisa entre la lógica de una combinatoria simbólica (o numérica) y la lógica de la subjetividad del sujeto, que se orienta en el interior de esa combinatoria, a esa articulación es a lo que se le llama «complejo de Edipo». Habiendo introducido un principio formal que dice que el parentesco está regido por una ley que responde a la ley del número, Lacan deduce la estructura del Edipo como una respuesta subjetiva a esa combinatoria simbólica.
Se puede percibir aquí el esfuerzo de rigor del discurso psicoanalítico lacaniano para atrapar el Edipo freudiano con una forma casi científica, y así terminar con la banalización psicologizante (Lacan, 1971) a la que se había reducido este gran invento freudiano que es el complejo de Edipo. Aquí se trata de estudiar, partiendo de la combinatoria de la elección matrimonial o amorosa, el resultado de por qué un hombre eligió a una mujer o una mujer a un hombre; a esa elección, que resulta de esa aparente constelación de azar o libre albedrío, a esa elección se la llama «significación edípica». Así pues, el Edipo sería la respuesta en el sujeto de las incidencias de las leyes del lenguaje sobre lo real
Ahora bien, ¿qué enseñan las leyes del lenguaje respecto a la familia? Lévi-Strauss, antropólogo estructuralista, se dedicó a estudiar las leyes del parentesco en las sociedades primitivas, para poder determinar a qué corresponde el parentesco y cuál es la ley que lo regula. La pretensión de Lévi-Strauss fue la de demostrar científicamente que el parentesco en las sociedades humanas, está regido por leyes que no son de capricho, sino que son leyes combinatorias y formales, equivalentes a las leyes del lenguaje. Es decir, los intercambios que se producen a nivel de la estructura elemental del parentesco, responden a leyes que rigen ese intercambio; se deduce que esos intercambios están regulados y que responden a una combinatoria, y esas combinaciones responden, a su vez, a las leyes del número, de lo simbólico.
Entonces, cuando un hombre toma a una mujer como esposa y la saca de su núcleo familiar de origen, ese hombre, sin saberlo, y creyendo que hace uso de su libre albedrío, está es respondiendo a una ley combinatoria precisa que se articula en términos de ley numérica matemática. De esa forma el psicoanálisis puede cuestionar la idea de la libertad en la elección de pareja. Hay pues una sobredeterminación simbólica que va más allá de la subjetividad en la elección del compañero amoroso. Todo esto lo que indica es que habría una lógica matemática que viene a fijar los límites de la lógica subjetiva, de la subjetividad; y a esa articulación precisa entre la lógica de una combinatoria simbólica (o numérica) y la lógica de la subjetividad del sujeto, que se orienta en el interior de esa combinatoria, a esa articulación es a lo que se le llama «complejo de Edipo». Habiendo introducido un principio formal que dice que el parentesco está regido por una ley que responde a la ley del número, Lacan deduce la estructura del Edipo como una respuesta subjetiva a esa combinatoria simbólica.
Se puede percibir aquí el esfuerzo de rigor del discurso psicoanalítico lacaniano para atrapar el Edipo freudiano con una forma casi científica, y así terminar con la banalización psicologizante (Lacan, 1971) a la que se había reducido este gran invento freudiano que es el complejo de Edipo. Aquí se trata de estudiar, partiendo de la combinatoria de la elección matrimonial o amorosa, el resultado de por qué un hombre eligió a una mujer o una mujer a un hombre; a esa elección, que resulta de esa aparente constelación de azar o libre albedrío, a esa elección se la llama «significación edípica». Así pues, el Edipo sería la respuesta en el sujeto de las incidencias de las leyes del lenguaje sobre lo real
Etiquetas:
amor,
complejo de Edipo,
elección de objeto,
estructura,
familia,
inconsciente,
lenguaje,
ley,
mujer,
palabra,
real,
significación,
simbólico,
subjetividad
viernes, 20 de marzo de 2015
421. El atravesamiento del fantasma.
¿Qué “lleva” el fantasma fundamental?, se pregunta Lacan (1977).
Responde: “Esto que lleva el fantasma tiene dos nombres, que conciernen a
una y misma sustancia... el deseo y la realidad”. Esto se puede
representar con la banda de Moebius. La realidad la define Lacan
justamente como aquello que está “listo para llevar” en el fantasma. El
deseo no es otra cosa que la esencia de esa realidad, la cual tiene por
función cubrir a dicho deseo.
¿En qué consistiría el atravesamiento del fantasma? El atravesamiento del fantasma es su construcción. Esto significa que atravesar el fantasma implica llegar hasta un punto en que el sujeto construye, extrae un saber sobre su relación con el objeto que le sirve para realizar su fantasma, el objeto a. O para decirlo de otra manera, llegar a saber la forma que él, como sujeto, ha elegido para responder a la falta del Otro, al deseo del Otro, a la castración del Otro, o si se quiere, extraer un saber sobre la manera como el sujeto hace una recuperación del goce perdido, su plus de goce.
El atravesamiento del fantasma implica la caída del objeto a, su separación, lo que tiene como consecuencia un reconocimiento de la castración del Otro, y por lo tanto, de la propia. Reconocer la castración del Otro y extraer un saber sobre la manera como ha respondido el sujeto a ella: he ahí, sobre todo con este segundo paso, lo que se denomina, en una primera aproximación, el atravesamiento y construcción del fantasma fundamental. Es así además como se cumple con la tarea de todo análisis: hacer un tratamiento de lo real por lo simbólico; tratar de que el sujeto le dé nombre, en su fantasma fundamental, al objeto a, objeto en el que condensa lo real de un goce, y con el que tiene la más íntima relación. Construir el fantasma que ya estaba, es nombrarlo, así sea de una manera mítica, ficticia, para sacarlo un poco a la luz y darle la existencia simbólica que no tenía en lo real.
El objeto a, dice Lacan (1977), tiene desde el origen una relación fundamental con el Otro. Él es el resultado de dos operaciones lógicas. Lacan se apoya en los círculos de Euler para representar esas operaciones: 1) la reunión es la ligazón del sujeto al Otro. 2) la intersección es la operación que define al objeto a. El a es la intersección:
Estas dos operaciones son también necesarias para explicar el surgimiento del sujeto. Son operaciones de la realización del sujeto en su dependencia significante al Otro. El Otro aquí es determinante. Lacan llamará, más adelante en su seminario XIV, a la primera operación, alienación, y a la segunda, separación. La alienación es el hecho de que el sujeto está condenado a surgir en el campo del Otro. La separación es la búsqueda, por parte del sujeto, de esa parte de sí mismo para siempre perdida. El objeto a es el resultado de esas dos operaciones lógicas, las cuales, insiste Lacan, deben ser dos.
¿En qué consistiría el atravesamiento del fantasma? El atravesamiento del fantasma es su construcción. Esto significa que atravesar el fantasma implica llegar hasta un punto en que el sujeto construye, extrae un saber sobre su relación con el objeto que le sirve para realizar su fantasma, el objeto a. O para decirlo de otra manera, llegar a saber la forma que él, como sujeto, ha elegido para responder a la falta del Otro, al deseo del Otro, a la castración del Otro, o si se quiere, extraer un saber sobre la manera como el sujeto hace una recuperación del goce perdido, su plus de goce.
El atravesamiento del fantasma implica la caída del objeto a, su separación, lo que tiene como consecuencia un reconocimiento de la castración del Otro, y por lo tanto, de la propia. Reconocer la castración del Otro y extraer un saber sobre la manera como ha respondido el sujeto a ella: he ahí, sobre todo con este segundo paso, lo que se denomina, en una primera aproximación, el atravesamiento y construcción del fantasma fundamental. Es así además como se cumple con la tarea de todo análisis: hacer un tratamiento de lo real por lo simbólico; tratar de que el sujeto le dé nombre, en su fantasma fundamental, al objeto a, objeto en el que condensa lo real de un goce, y con el que tiene la más íntima relación. Construir el fantasma que ya estaba, es nombrarlo, así sea de una manera mítica, ficticia, para sacarlo un poco a la luz y darle la existencia simbólica que no tenía en lo real.
El objeto a, dice Lacan (1977), tiene desde el origen una relación fundamental con el Otro. Él es el resultado de dos operaciones lógicas. Lacan se apoya en los círculos de Euler para representar esas operaciones: 1) la reunión es la ligazón del sujeto al Otro. 2) la intersección es la operación que define al objeto a. El a es la intersección:
Estas dos operaciones son también necesarias para explicar el surgimiento del sujeto. Son operaciones de la realización del sujeto en su dependencia significante al Otro. El Otro aquí es determinante. Lacan llamará, más adelante en su seminario XIV, a la primera operación, alienación, y a la segunda, separación. La alienación es el hecho de que el sujeto está condenado a surgir en el campo del Otro. La separación es la búsqueda, por parte del sujeto, de esa parte de sí mismo para siempre perdida. El objeto a es el resultado de esas dos operaciones lógicas, las cuales, insiste Lacan, deben ser dos.
viernes, 6 de marzo de 2015
420. El fantasma es la respuesta al deseo del Otro.
El Otro, escrito así en mayúscula, representa en el psicoanálisis lo que
vale para todos; puede representar a la cultura, a lo simbólico, o al
Otro primordial, es decir, la madre; “es del imaginario de la madre que
va a depender la estructura subjetiva del niño”. La madre, dice Lacan
(1977), es un personaje cargado de diversas funciones en una relación
tipificada en el registro de la vida del pequeño humano, pero que tiene
una relación con lo más profundo: el Otro del lenguaje. Así pues, el
Otro es también el lugar de la cadena significante, aquella que gobierna
todo lo que se presentifica del sujeto. El Otro del que se trata es
también el discurso del Otro, lugar de la palabra.
Ese objeto que el sujeto le arrebata al Otro -el objeto a-, que le amputa al Otro, marcará su destino de tal manera que veremos a ese sujeto establecer relaciones con el mundo, con las personas, etc., siempre en posición de “soy manipulado por el Otro”. El Otro se presenta así: “te manipulo”. El sujeto que está “listo para llevarlo” toma esto en su fantasma así: “soy manipulado”. El sujeto estará siempre en posición de “hacerse manipular” por el Otro. En el fantasma fundamental siempre se trata de un “hacerse” (hacerse castigar, hacerse violar, hacerse maltratar, etc.). Pero “hacerse manipular”, ¿en qué involucra la mirada, la voz, las heces o el seno, esos objetos a que el sujeto le arrebata al Otro? Lo que puede suceder es que uno de estos objetos, privilegiado por el sujeto, servirá de soporte, tendrá una función de resorte en la recuperación de ese goce perdido bajo la forma del fantasma de “hacerse manipular por el Otro”. O sea que el sujeto se puede hacer manipular bajo la mirada de un semejante. La mirada aquí se hace necesaria para que el sujeto pase a tener una relación con el Otro tal que se haga manipular.
Ahora bien, el “te manipulo”, posición con la que el Otro se presenta, habla de su demanda, demanda del Otro, lo que el Otro le demanda al sujeto y que habla también de su deseo inconsciente, del deseo inconsciente de la madre, el más profundo de todos los deseos, el más enigmático. El fantasma se estructura entonces como una respuesta del sujeto al deseo del Otro, y el objeto en juego, el objeto a, es tomado por el sujeto para responder a esa falta que el Otro le presentifica con su deseo enigmático. El objeto a sirve al sujeto para taponar la falta del Otro, su castración. El fantasma fundamental, si se quiere, es aquello con lo que el sujeto desmiente la castración del Otro, o mejor, es aquello de lo que se sirve para hacer existir la relación sexual que no existe. El fantasma fundamental es así la suplencia de la no existencia de la proporción sexual, y por esto mismo todo fantasma tiene un carácter perverso, porque con él el sujeto hace un desmentido de la castración.
Ese objeto que el sujeto le arrebata al Otro -el objeto a-, que le amputa al Otro, marcará su destino de tal manera que veremos a ese sujeto establecer relaciones con el mundo, con las personas, etc., siempre en posición de “soy manipulado por el Otro”. El Otro se presenta así: “te manipulo”. El sujeto que está “listo para llevarlo” toma esto en su fantasma así: “soy manipulado”. El sujeto estará siempre en posición de “hacerse manipular” por el Otro. En el fantasma fundamental siempre se trata de un “hacerse” (hacerse castigar, hacerse violar, hacerse maltratar, etc.). Pero “hacerse manipular”, ¿en qué involucra la mirada, la voz, las heces o el seno, esos objetos a que el sujeto le arrebata al Otro? Lo que puede suceder es que uno de estos objetos, privilegiado por el sujeto, servirá de soporte, tendrá una función de resorte en la recuperación de ese goce perdido bajo la forma del fantasma de “hacerse manipular por el Otro”. O sea que el sujeto se puede hacer manipular bajo la mirada de un semejante. La mirada aquí se hace necesaria para que el sujeto pase a tener una relación con el Otro tal que se haga manipular.
Ahora bien, el “te manipulo”, posición con la que el Otro se presenta, habla de su demanda, demanda del Otro, lo que el Otro le demanda al sujeto y que habla también de su deseo inconsciente, del deseo inconsciente de la madre, el más profundo de todos los deseos, el más enigmático. El fantasma se estructura entonces como una respuesta del sujeto al deseo del Otro, y el objeto en juego, el objeto a, es tomado por el sujeto para responder a esa falta que el Otro le presentifica con su deseo enigmático. El objeto a sirve al sujeto para taponar la falta del Otro, su castración. El fantasma fundamental, si se quiere, es aquello con lo que el sujeto desmiente la castración del Otro, o mejor, es aquello de lo que se sirve para hacer existir la relación sexual que no existe. El fantasma fundamental es así la suplencia de la no existencia de la proporción sexual, y por esto mismo todo fantasma tiene un carácter perverso, porque con él el sujeto hace un desmentido de la castración.
Etiquetas:
castración,
demanda,
deseo,
discurso,
estructura,
fantasma,
inconsciente,
lenguaje,
madre,
niño,
objeto a,
Otro,
perversión,
relación sexual,
significante,
subjetividad
viernes, 20 de febrero de 2015
419. Objeto «a» minúscula.
Hacerse una idea de lo que es el objeto a puede tener su
dificultad, ya que se trata de un concepto de difícil aprehensión, muy
abstracto, una ficción lacaniana. De él se puede decir que hace parte
del cuerpo, pero no es especularizable. “El término a nos aparecerá mucho menos emparentado con el dominio de lo imaginario. Lo imaginario que se engancha se acumula ahí, el objeto a es de otro estatuto” (Lacan, seminario XIV). Si un sujeto se va a buscar su objeto a en la especularidad de la imagen en el espejo, su cuerpo como totalidad aparecerá allí reflejado, excepto el objeto a. Al cuerpo como completud imaginaria le faltará el a. El objeto a es
un valor lógico que resulta, dice Lacan, de una operación de estructura
lógica, efectuada no sobre lo viviente mismo, no sobre el cuerpo del
sujeto. Es una entidad que del cuerpo no es aprehendida pero que sin
embargo se presta a una operación, a una separación de carácter lógico, y
que Lacan intentará determinar en el Seminario XIV.
“Es el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo profundamente religadas al cuerpo, he ahí de lo que se trata en el objeto a”. Se podría decir que el objeto a se encuentra entre el sujeto y el Otro. El objeto a, en un primer momento, es del Otro, lo aporta el Otro. El sujeto se lo amputa al Otro, en tanto que se trata de un objeto que del Otro se puede separar. En un segundo momento, el objeto a se lo encuentra en medio del sujeto y del Otro. Lacan dirá que para hacer el a hace falta lo “listo para proveerlo”, lo “listo para llevar” (prêt-à-porter). Es un objeto que el Otro provee y que el sujeto se lleva consigo; un objeto que está como servido sobre la mesa y que el sujeto no tiene más que hacer que alcanzarlo con sus manos, embolsillárselo.
Para que el sujeto pueda hacer el fantasma hace falta lo “listo para llevarlo” (Lacan, seminario XIV). Hecho el fantasma, el sujeto puede emplearlo para hacer uso del objeto a, gozar de él, con el fin de recuperar el goce perdido que dicho objeto encarna. Por ejemplo, supongamos que el Otro presenta lo “listo para llevar” de la siguiente manera, el Otro se presenta así: “te manipulo”. El sujeto que está “listo para llevarlo” toma esto en su fantasma así: “soy manipulado”. Este no es un buen ejemplo de lo que es un fantasma fundamental, pero así funciona la lógica del fantasma. El Otro se puede presentar de muchas otras formas, pero lo sustancial aquí es que el objeto a es esencial a la estructura del fantasma y a su lógica. El objeto a es estructurante del fantasma fundamental del sujeto, o sea aquello de lo que depende la posición subjetiva del sujeto y la manera de hacerse a un goce particular, su plus de goce: hacerse manipular, hacerse maltratar, hacerse pegar, etc.
“Es el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo profundamente religadas al cuerpo, he ahí de lo que se trata en el objeto a”. Se podría decir que el objeto a se encuentra entre el sujeto y el Otro. El objeto a, en un primer momento, es del Otro, lo aporta el Otro. El sujeto se lo amputa al Otro, en tanto que se trata de un objeto que del Otro se puede separar. En un segundo momento, el objeto a se lo encuentra en medio del sujeto y del Otro. Lacan dirá que para hacer el a hace falta lo “listo para proveerlo”, lo “listo para llevar” (prêt-à-porter). Es un objeto que el Otro provee y que el sujeto se lleva consigo; un objeto que está como servido sobre la mesa y que el sujeto no tiene más que hacer que alcanzarlo con sus manos, embolsillárselo.
Para que el sujeto pueda hacer el fantasma hace falta lo “listo para llevarlo” (Lacan, seminario XIV). Hecho el fantasma, el sujeto puede emplearlo para hacer uso del objeto a, gozar de él, con el fin de recuperar el goce perdido que dicho objeto encarna. Por ejemplo, supongamos que el Otro presenta lo “listo para llevar” de la siguiente manera, el Otro se presenta así: “te manipulo”. El sujeto que está “listo para llevarlo” toma esto en su fantasma así: “soy manipulado”. Este no es un buen ejemplo de lo que es un fantasma fundamental, pero así funciona la lógica del fantasma. El Otro se puede presentar de muchas otras formas, pero lo sustancial aquí es que el objeto a es esencial a la estructura del fantasma y a su lógica. El objeto a es estructurante del fantasma fundamental del sujeto, o sea aquello de lo que depende la posición subjetiva del sujeto y la manera de hacerse a un goce particular, su plus de goce: hacerse manipular, hacerse maltratar, hacerse pegar, etc.
lunes, 9 de febrero de 2015
418. Fantasma fundamental.
El fantasma fundamental es en la teoría psicoanalítica la manera como el
sujeto se las arregla con el goce, es decir, cómo se las arregla con su
particular manera de hacerse a una satisfacción sexual, asunto este que
es fundamental en la vida de cada ser humano. Para decirlo de otra
manera, se trata, con el fantasma fundamental, de la forma como un
sujeto se la va a pasar, en el transcurso de su vida, tratando de
recuperar el goce que se pierde por su ingreso en lo simbólico. Para
todo hablanteser el goce esta radicalmente perdido; por hablar ya
estamos en falta.
Ese intento de recuperación del goce perdido por parte del sujeto, inaugura una repetición, sobretodo y en tanto que dicha repetición es un intento fallido: el intento por recuperar ese goce fracasa cada vez, fracasa siempre que se lo busca. Hay algo radicalmente perdido, por eso se repite una y otra vez esa experiencia de goce. El goce es aquí un imposible a recuperar y por lo tanto un real. Allí donde hallamos una repetición, algo que insiste en la vida de un sujeto, algo que no puede dejar de hacer (fumar, beber, pelear, comer en exceso, etc.), hay en juego un objeto, un objeto del que podemos decir que encarna la dimensión del goce del sujeto. Esto significa que en ese objeto se condensa dicho goce, por eso la escritura del fantasma fundamental es $ <> a.
El fantasma fundamental reúne en su fórmula dos términos que son heterogéneos. El fantasma es el resultado de la relación que esos dos términos, el sujeto y el objeto a, pueden llegar a tener. Son términos heterogéneos debido a la pertenencia de cada uno a dimensiones diferentes: el sujeto es de lo simbólico y el objeto tiene una dimensión real. La $ tachada o barrada representa la división del sujeto, división que habla de ese descubrimiento freudiano primordial: el inconsciente. El inconsciente divide al sujeto, lo “descompleta”, cada vez que aparece un síntoma sin saber su causa, o dice una barbaridad (un equívoco, un lapsus), u olvida algo que lo tiene “en la punta de la lengua”. El sujeto, lo sabemos, es el sujeto del inconsciente, es el sujeto engendrado por el significante. Si hay sujeto es a partir de que manipulamos significantes.
De lo que se trata en el fantasma fundamental es de lo siguiente: ver si ese sujeto barrado tiene un lazo, una conexión con esa otra cosa que se llama el objeto a; pero ¿Qué es el objeto a? Dice Lacan en su Seminario XIV: “a es un objeto del que extraigo la lógica del fantasma, que consistirá en determinar el estatuto de una relación lógica”. Entonces el estatuto lógico del fantasma está dado por el objeto a; el objeto a funda la lógica del fantasma.
Ese intento de recuperación del goce perdido por parte del sujeto, inaugura una repetición, sobretodo y en tanto que dicha repetición es un intento fallido: el intento por recuperar ese goce fracasa cada vez, fracasa siempre que se lo busca. Hay algo radicalmente perdido, por eso se repite una y otra vez esa experiencia de goce. El goce es aquí un imposible a recuperar y por lo tanto un real. Allí donde hallamos una repetición, algo que insiste en la vida de un sujeto, algo que no puede dejar de hacer (fumar, beber, pelear, comer en exceso, etc.), hay en juego un objeto, un objeto del que podemos decir que encarna la dimensión del goce del sujeto. Esto significa que en ese objeto se condensa dicho goce, por eso la escritura del fantasma fundamental es $ <> a.
El fantasma fundamental reúne en su fórmula dos términos que son heterogéneos. El fantasma es el resultado de la relación que esos dos términos, el sujeto y el objeto a, pueden llegar a tener. Son términos heterogéneos debido a la pertenencia de cada uno a dimensiones diferentes: el sujeto es de lo simbólico y el objeto tiene una dimensión real. La $ tachada o barrada representa la división del sujeto, división que habla de ese descubrimiento freudiano primordial: el inconsciente. El inconsciente divide al sujeto, lo “descompleta”, cada vez que aparece un síntoma sin saber su causa, o dice una barbaridad (un equívoco, un lapsus), u olvida algo que lo tiene “en la punta de la lengua”. El sujeto, lo sabemos, es el sujeto del inconsciente, es el sujeto engendrado por el significante. Si hay sujeto es a partir de que manipulamos significantes.
De lo que se trata en el fantasma fundamental es de lo siguiente: ver si ese sujeto barrado tiene un lazo, una conexión con esa otra cosa que se llama el objeto a; pero ¿Qué es el objeto a? Dice Lacan en su Seminario XIV: “a es un objeto del que extraigo la lógica del fantasma, que consistirá en determinar el estatuto de una relación lógica”. Entonces el estatuto lógico del fantasma está dado por el objeto a; el objeto a funda la lógica del fantasma.
lunes, 26 de enero de 2015
417. El eterno retorno de lo igual.
La repetición es uno de los cuatros conceptos fundamentales del
psicoanálisis introducidos por Freud. Freud la encontró primero en los
fenómenos de trasferencia de los neuróticos, pero él la extendió a la
vida de personas no neuróticas, cuando estas tienen la impresión de ser
víctimas de “un destino que las persiguiera, de un sesgo demoníaco en su
vivenciar” (Freud, 1920). Freud concluye que esa compulsión que se
exterioriza en la vida de todos los sujetos, no es diferente de la
compulsión de repetición de los neuróticos, a pesar de que ellos nunca
presenten los signos de un conflicto neurótico tramitado mediante la
formación de síntoma. El síntoma mismo es una manifestación de dicha
compulsión a la repetición. Este «eterno retorno de lo igual» fue lo
que llevó a Freud a pensar la condición del analizante, su enfermedad,
no como un episodio histórico, sino como un poder actual.
La repetición es lo que hace que la condición patológica del neurótico vaya entrando pieza por pieza dentro del horizonte y del campo de acción de la cura, y mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y actual, es que el análisis se puede realizar como tal. Así como Freud se preguntó «¿Qué repite o actúa el sujeto, en verdad?», Lacan se preguntó sobre el status conceptual que se le debe dar a este término, sobretodo en la vía de responder un problema fundamental para él: “¿el psicoanálisis en sus aspectos paradójicos, singulares, de aporía, puede considerarse, entre nosotros, como constituyentes de una ciencia?” (Lacan, 1977).
Fue a propósito de la experiencia de la transferencia que Freud se aproximó a la repetición; él le abrió a la repetición el camino de la trasferencia para que allí se desplegara con libertad, escenificando para el analista todo el empuje pulsional que permanece escondido en la vida anímica del analizante. De esta forma, el tratamiento analítico sustituye la neurosis del sujeto por una «neurosis de trasferencia», enfermedad artificial que hace asequible al analista lo real en juego en la cura del sujeto. De las reacciones de repetición, que se muestran en la trasferencia, se abre el camino al despertar de los recuerdos, vía regia para que el analizante encuentre la respuesta a la pregunta que lo divide.
Como la repetición fue descubierta en el curso de la experiencia de la transferencia, esto condujo a una serie de malentendidos respecto de la una como de la otra. Por eso Lacan vendrá a decirnos que la transferencia no es una repetición. A partir de esto, su esfuerzo se encaminará a discernir, de la manera más lógica posible, ambos conceptos, de tal manera que la tesis que Lacan tratará de demostrar en su Seminario XII será que «el concepto de repetición nada tiene que ver con el de transferencia».
La repetición es lo que hace que la condición patológica del neurótico vaya entrando pieza por pieza dentro del horizonte y del campo de acción de la cura, y mientras el enfermo lo vivencia como algo real-objetivo y actual, es que el análisis se puede realizar como tal. Así como Freud se preguntó «¿Qué repite o actúa el sujeto, en verdad?», Lacan se preguntó sobre el status conceptual que se le debe dar a este término, sobretodo en la vía de responder un problema fundamental para él: “¿el psicoanálisis en sus aspectos paradójicos, singulares, de aporía, puede considerarse, entre nosotros, como constituyentes de una ciencia?” (Lacan, 1977).
Fue a propósito de la experiencia de la transferencia que Freud se aproximó a la repetición; él le abrió a la repetición el camino de la trasferencia para que allí se desplegara con libertad, escenificando para el analista todo el empuje pulsional que permanece escondido en la vida anímica del analizante. De esta forma, el tratamiento analítico sustituye la neurosis del sujeto por una «neurosis de trasferencia», enfermedad artificial que hace asequible al analista lo real en juego en la cura del sujeto. De las reacciones de repetición, que se muestran en la trasferencia, se abre el camino al despertar de los recuerdos, vía regia para que el analizante encuentre la respuesta a la pregunta que lo divide.
Como la repetición fue descubierta en el curso de la experiencia de la transferencia, esto condujo a una serie de malentendidos respecto de la una como de la otra. Por eso Lacan vendrá a decirnos que la transferencia no es una repetición. A partir de esto, su esfuerzo se encaminará a discernir, de la manera más lógica posible, ambos conceptos, de tal manera que la tesis que Lacan tratará de demostrar en su Seminario XII será que «el concepto de repetición nada tiene que ver con el de transferencia».
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»
En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...
-
La psicopatología psicoanalítica, es decir, el estudio de las enfermedades que afectan la psique de los sujetos, también se pude denominar c...
-
El aprendizaje de todo niño pasa por su vínculo con el Otro significativo -la madre, los cuidadores, la profesora, etc.-, es decir, que pa...
-
Cada vez que se pone en juego en la teoría al falo como el significante que señala la diferencia sexual -los niños lo tienen, las niñas no-,...
