Lacan va a distinguir entre la demanda simple y la demanda de amor. La
demanda simple es la demanda de satisfacción de una necesidad –alimento,
calor, etc.–. En cambio, la demanda de amor es demanda de nada,
““demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice
Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder””
(Miller, 2011). ¿Por qué el sujeto demanda la ausencia del Otro? Porque
la presencia del Otro solo adquiere valor en la medida en que ha estado
ausente, en la medida en que no está. De aquí que esas parejas que están
siempre presentes, el uno al lado del otro, terminan en el hastío y el
aburrimiento; no hay el anhelo de ver al otro, de demandar su presencia.
“La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de
su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su
existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir
simplemente: “Aquí estoy”” (Miller). Así pues, si el Otro dice “aquí
estoy”, su presencia solo adquiere valor en la medida en que no está. Es
porque no está que en verdad vale algo. “Por eso Lacan, en su Seminario
XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor.
En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está”
(Miller).
Entonces, por un lado tenemos la demanda del objeto
que satisface la necesidad –hambre, sed, etcétera–, y por el otro lado
tenemos la demanda de amor, la cual “apunta radicalmente a la nada –un
simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la
demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda simple es
algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una
amalgama entre algo y nada” (Miller, 2011). Ese objeto del deseo que se
presenta en esta conjunción, es lo que Lacan llamará objeto a.
Ahora bien, mientras que la demanda de amor apunta a la nada, el deseo
se relaciona con algo en el Otro, algo enigmático, y en ese sentido
puede ser angustiante (Miller).
“El deseo, según la fórmula que
Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú:
involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que
pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso
no conocida por ese Otro” (Miller, 2011). El nombre que Miller le da a
esa zona ominosa del Otro es el de “extimidad”. Mientras que el amor
depende de los signos de amor del Otro, el deseo está estimulado por
algo que se despega del Otro: el objeto causa del deseo, el objeto a.
Si bien el amor y el deseo tienen la misma estructura –los dos hablan
de una falta, hablan de una nada en el sujeto–, Lacan los opone:
mientras que en el amor el sujeto está sometido al Otro, el deseo está
ligado a algo que se desprende de ese Otro, “algo que Lacan llamará la
causa del deseo” (Miller).
Así pues, con la causa del deseo, ese enigmático objeto a,
el sujeto no queda sujetado al Otro, demandando la presencia del Otro y
buscando sus signos de amor. El deseo, en cambio, "es una relativa
emancipación respecto de los signos de amor” (Miller, 2011). Pero
cuidado: un deseo decidido por el Otro no se preocupa por los signos de
amor, y eso puede no estar bien, ya que un deseo decidido no excusa
todo. “A deseo decidido, amor tanto más cortés” (Miller).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
jueves, 15 de diciembre de 2016
martes, 22 de noviembre de 2016
454. Amar: entre la falta y el signo de amor.
El problema del amor es que se aprende a amar demasiado temprano en la
vida –cuando se es un infante–, y en un mal lugar: al lado de los
padres. Esto es lo que hace al amor un tanto traumático para los seres
humanos. El primer gran objeto de amor es la madre. “Para ambos sexos
eso empieza con la madre” (Miller, 2011).
Entre el niño y la madre se establece, entonces, un vínculo que es
fundamental para la constitución subjetiva del niño: la dependencia de
amor. Dicho vínculo se sostiene en una falta fundamental: la de esa
madre en la medida en que ella ha subjetivado su castración –“no lo
tengo, el falo”–; por eso, para el psicoanálisis, solo puede amar aquel
que se siente en falta, el sujeto castrado, quien es fundamentalmente el
sujeto neurótico.
Así pues, amar es dar lo que no se tiene, amar es reconocer la falta y dársela al otro; amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008). Pero en el amor también cuentan el arte y la manera: “si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional” (Miller, 2011). Por eso al amor hay que rodearlo de una suerte de ceremonia: hay que cortejar al otro, hacer un rito para dar lo que no se tiene, esa nada tan deliciosa (Miller).
De aquí la importancia de que el amante no se presente tan completo, sino más bien incompleto. Los sujetos que en el amor se presentan completos –autosuficientes, independientes, autónomos– ni aman ni son amados, ya que el amor está siempre del lado de la falta. Para ser amado, hay que presentarse en falta, incompleto, con un agujero que haga posible que se desencadene el amor en el otro: “es que lo veo muy desvalido”, “es que no sabe escoger su ropa”; “es que es un poco tonta”: ¡una falta, una pequeña! ¡Cualquiera que esta sea!
Además, “para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor” (Miller, 2011). Las mujeres siempre están en la búsqueda de los signos de amor en el otro, por eso ellas se dedica a espiar: revisan el móvil, la libreta, la ropa, buscando que ese signo de amor no se dirija a otra. El problema es que el signo de amor es frágil, fugaz, y además diferente de la prueba de amor. “La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones” (Miller). Es decir, renunciar a lo que se tiene es una muy buena prueba de amor: renunciar a otras mujeres, a los amigos, etc. Siempre que se ama a otro, hay sacrificios, renuncias. Y enseguida, hay que dar un signo, una señal que le haga saber a esa mujer que se eligió, que se la ama.
Así pues, amar es dar lo que no se tiene, amar es reconocer la falta y dársela al otro; amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008). Pero en el amor también cuentan el arte y la manera: “si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional” (Miller, 2011). Por eso al amor hay que rodearlo de una suerte de ceremonia: hay que cortejar al otro, hacer un rito para dar lo que no se tiene, esa nada tan deliciosa (Miller).
De aquí la importancia de que el amante no se presente tan completo, sino más bien incompleto. Los sujetos que en el amor se presentan completos –autosuficientes, independientes, autónomos– ni aman ni son amados, ya que el amor está siempre del lado de la falta. Para ser amado, hay que presentarse en falta, incompleto, con un agujero que haga posible que se desencadene el amor en el otro: “es que lo veo muy desvalido”, “es que no sabe escoger su ropa”; “es que es un poco tonta”: ¡una falta, una pequeña! ¡Cualquiera que esta sea!
Además, “para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor” (Miller, 2011). Las mujeres siempre están en la búsqueda de los signos de amor en el otro, por eso ellas se dedica a espiar: revisan el móvil, la libreta, la ropa, buscando que ese signo de amor no se dirija a otra. El problema es que el signo de amor es frágil, fugaz, y además diferente de la prueba de amor. “La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones” (Miller). Es decir, renunciar a lo que se tiene es una muy buena prueba de amor: renunciar a otras mujeres, a los amigos, etc. Siempre que se ama a otro, hay sacrificios, renuncias. Y enseguida, hay que dar un signo, una señal que le haga saber a esa mujer que se eligió, que se la ama.
jueves, 20 de octubre de 2016
453. El retorno de las sectas.
A pesar del progreso de la ciencia, que unida a la economía del mercado
ha exacerbado el consumismo en la sociedad, se sigue observando un
retorno, con mucha fuerza, de las sectas religiosas. Llámense iglesias
cristianas o estados que defienden una religión, todas consideran que
son depositarias de una verdad absoluta -incluidas las religiones
tradicionales-. "No hay, por supuesto, sino una verdad (y) para
preservar esa verdad están listos para hacer la guerra y para armar
cruzadas" (Nominé, 2008), como, por ejemplo, hacer terrorismo en países
considerados enemigos del Islam, o hacer marchas en defensa de la
supuesta familia tradicional (madre-padre-hijos) y en contra de la
inclusión y respeto de las minorías, como la comunidad LGTBI, una de las
más vilipendiadas por esas, las nuevas cruzadas religiosas.
Esa verdad absoluta, esa que sostiene el discurso religioso, cualquiera que este sea, ha sido desestabilizada por el discurso de la ciencia; “lo que caracteriza la ciencia es que se pasa el tiempo poniendo en duda y examinando sus verdades. Lo que era verdad ayer se revela hoy como error y así sucesivamente” (Nominé, 2008). Esto ha llevado a una especie de crisis existencial planetaria: ya no hay nada seguro, ni verdad última, ni saber absoluto sobre las cosas, ni garantes de la verdad definitiva; paradójicamente, esa situación, esa misma crisis existencial, es la que ha llevado a la aparición de nuevas sectas, iglesias cristianas y evangélicas de todo tipo, y al fanatismo religioso extremo, como el de ciertas corrientes del Islam. ¿Por qué? Porque frente al sinsentido que introduce el dudar de toda verdad, el ser humano necesita de certidumbres que le den sentido a su existencia, y ¿quién lo hace de la mejor manera sino el discurso religioso? En efecto, este discurso tiene como función fundamental el darle sentido a la vida del ser humano; es por esto que Lacan (2001) dice que “el sentido siempre es religioso”.
Así pues, el sujeto contemporáneo, que padece de esa falta de sentido en su existencia, se deja fácilmente seducir por estos “sistemas arcaicos del pensamiento, que mezclan magia, religión y ciencia, pues son los ingredientes de la mayor parte de las actuales sectas. Al mezclar magia, religión y ciencia, la secta restaura el antiguo estatuto de la Verdad Única” (Nominé, 2008). El problema de esto es que esa fabricación de sentido exacerbado a la que se dedica el sujeto adoctrinado en el discurso religioso, hace de él un débil mental, es decir, un ignorante, un imbécil, un idiota útil para los propósitos de dominio y rentabilidad de dichas sectas; un sujeto incapaz de ser crítico y de hacer uso de un pensamiento lógico, sensato y racional.
Esa verdad absoluta, esa que sostiene el discurso religioso, cualquiera que este sea, ha sido desestabilizada por el discurso de la ciencia; “lo que caracteriza la ciencia es que se pasa el tiempo poniendo en duda y examinando sus verdades. Lo que era verdad ayer se revela hoy como error y así sucesivamente” (Nominé, 2008). Esto ha llevado a una especie de crisis existencial planetaria: ya no hay nada seguro, ni verdad última, ni saber absoluto sobre las cosas, ni garantes de la verdad definitiva; paradójicamente, esa situación, esa misma crisis existencial, es la que ha llevado a la aparición de nuevas sectas, iglesias cristianas y evangélicas de todo tipo, y al fanatismo religioso extremo, como el de ciertas corrientes del Islam. ¿Por qué? Porque frente al sinsentido que introduce el dudar de toda verdad, el ser humano necesita de certidumbres que le den sentido a su existencia, y ¿quién lo hace de la mejor manera sino el discurso religioso? En efecto, este discurso tiene como función fundamental el darle sentido a la vida del ser humano; es por esto que Lacan (2001) dice que “el sentido siempre es religioso”.
Así pues, el sujeto contemporáneo, que padece de esa falta de sentido en su existencia, se deja fácilmente seducir por estos “sistemas arcaicos del pensamiento, que mezclan magia, religión y ciencia, pues son los ingredientes de la mayor parte de las actuales sectas. Al mezclar magia, religión y ciencia, la secta restaura el antiguo estatuto de la Verdad Única” (Nominé, 2008). El problema de esto es que esa fabricación de sentido exacerbado a la que se dedica el sujeto adoctrinado en el discurso religioso, hace de él un débil mental, es decir, un ignorante, un imbécil, un idiota útil para los propósitos de dominio y rentabilidad de dichas sectas; un sujeto incapaz de ser crítico y de hacer uso de un pensamiento lógico, sensato y racional.
martes, 13 de septiembre de 2016
452. Identificación sexual y discurso de género.
La fundadora de la radio por satélite Sirius XM, Martine Rothblatt,
sujeto transgénero, dice que “la gente puede elegir cualquier género
que quiera (…) la separación por géneros es una ficción construida. El
género es en realidad un continuo y contiene toda una gama del hombre a
la mujer (…) puedo cambiarme de género tan a menudo como cambio de
peinado”. Incluso dice que hay tantas posiciones sexuales en el mundo,
como sujetos.
Rothblatt tiene toda la razón, si pensamos que el género es una construcción simbólica, es decir, cultural. Sabemos que el término «género» hace parte del discurso de las en ciencias sociales, con el que se alude al «conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres». Básicamente se refiere a «los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres» (OMS), y esto es una invención cultural, de cada pueblo, época o sociedad. Si bien hay determinantes e imperativos sociales que hacen que el sujeto se comporte de una u otra manera, para el psicoanálisis existe un asunto decisivo a la hora de adoptar una posición sexual: la identificación, que es una elección del sujeto. Así pues, un niño varón pudo haber sido educado como tal: su cuarto se pintó de azul, se le vistió como un hombresito, se le regalaron autos en lugar de muñecas, etc., pero él, llegado a sus siete o nueve años, o siente que «es» una niña, o quiere ser como las niñas: vestir como ellas, comportarse como ellas, etc. (como sucede con el personaje de la película francesa «Mi vida en rosa») Igual puede suceder con una niña: ser educada como tal y ella comportarse o sentirse como un varoncito. ¿Por qué sucede esto?
La identificación es el proceso psíquico que se pone en juego en los sujetos en el momento de decidir su posición sexual como hombre o como mujer, independientemente de su sexo biológico. Esto significa, a su vez, que no es la biología, ni las hormonas, ni los genes, ni el cerebro, el que determina la posición sexual del sujeto. La posición sexual de es una conquista del sujeto, que no solo depende del tipo de cultura en la que nace y que determina el género, sino que depende, sobretodo, del tipo de vínculos intersubjetivos que el sujeto establece con los primeros objetos de amor y deseo -sus padres- en su primera infancia. Para el psicoanálisis es fundamental, para la determinación de la posición sexual, el vínculo afectivo que el sujeto establece con sus padres, ya que ellos son los que le transmiten, gracias al lenguaje, con sus enunciados y sus enunciaciones, con sus dichos y sus decires, cuál es el lugar que él ocupa en el deseo de aquellos, lo cual determinará su posición subjetiva, incluida su identidad sexual: si se siente ser como un hombre o como una mujer, independientemente de que tenga un pene o una vagina. Se trata de una determinación psíquica, ya no genética o ambiental (cultural), sino que la posición sexual de los hijos se corresponde con el tipo de vínculo y de padres que el sujeto ha tenido en su primera infancia. “Los procesos de identificación, que permiten a cada sujeto representarse sexuado, son procesos de lenguaje. Nos definimos por categorías de lenguaje y de pensamiento que son la realidad en la que creemos.” (Brousse, 2015).
Así pues, el psicoanálisis trata la cuestión del género por la vía de las identificaciones, identificaciones que se presentan bien temprano en la vida y al lado de las personas con las que establecemos vínculos afectivos muy fuertes: nuestros cuidadores (padres). El género, entonces, “está vehiculizado por identificaciones sexuales concernientes a dos registros” (Brousse, 2015): el registro imaginario y el simbólico. Por lo tanto, ser hombre y ser mujer no son sino seres de discurso. “El discurso es lo que constituye el lazo social que es el lazo sexuado. Constituye un verdadero manual, en una sociedad dada, en una época dada, de los modos de satisfacción permitidos o prohibidos.” (Brousse). Lo que define «ser un hombre» y «ser una mujer» es el orden de lo simbólico, el cual determina una serie de “categorías de discurso que prescriben lugares, roles sociales, así como modos de gozar diferenciados.” (Brousse). Estas son identificaciones impuestas por la cultura, que dicen o indican cómo debe ser un hombre y cómo debe ser una mujer (discurso de género). Pero estas identificaciones son secundarias con respecto a esa identificación que se da en los primeros años de la infancia, durante el Complejo de Edipo, y que determinan si el sujeto se siente «ser» un hombre o «ser» una mujer, identificación que puede no corresponderse después con el discurso de género, y que hace que el sujeto adopte una posición diversa a la esperada. Y más aún hoy, cuando el Otro de la cultura ya no tiene la misma consistencia que tenía años atrás; ese Otro se ha vuelto también diverso y ya no impone una única manera de «ser hombre» o «ser mujer», como lo hacía antes (los hombres en el trabajo, las mujeres en la casa, por ejemplo).
Pero “este movimiento de diversificación no se efectúa sin caos ni violencia. Jacques-Alain Miller, en una intervención en el VIII Congreso de la AMP, desarrollaba en qué los sujetos contemporáneos están «desbrujulados». Estos cambios de paradigmas del discurso se acompañan en efecto de deseos nuevos y síntomas inéditos.” (Brousse, 2015). Teniendo entonces en cuenta todo lo anterior, con respecto a los determinantes culturales (discurso de género) y la posición o identidad sexual del sujeto (por la vía de una identificación), se puede entender lo que Lacan (1974) dijo en su Seminario XXI: «El ser sexuado no se autoriza sino de sí mismo… y de algunos otros, es en ese sentido que hay elección». (Brousse).
Rothblatt tiene toda la razón, si pensamos que el género es una construcción simbólica, es decir, cultural. Sabemos que el término «género» hace parte del discurso de las en ciencias sociales, con el que se alude al «conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres». Básicamente se refiere a «los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres» (OMS), y esto es una invención cultural, de cada pueblo, época o sociedad. Si bien hay determinantes e imperativos sociales que hacen que el sujeto se comporte de una u otra manera, para el psicoanálisis existe un asunto decisivo a la hora de adoptar una posición sexual: la identificación, que es una elección del sujeto. Así pues, un niño varón pudo haber sido educado como tal: su cuarto se pintó de azul, se le vistió como un hombresito, se le regalaron autos en lugar de muñecas, etc., pero él, llegado a sus siete o nueve años, o siente que «es» una niña, o quiere ser como las niñas: vestir como ellas, comportarse como ellas, etc. (como sucede con el personaje de la película francesa «Mi vida en rosa») Igual puede suceder con una niña: ser educada como tal y ella comportarse o sentirse como un varoncito. ¿Por qué sucede esto?
La identificación es el proceso psíquico que se pone en juego en los sujetos en el momento de decidir su posición sexual como hombre o como mujer, independientemente de su sexo biológico. Esto significa, a su vez, que no es la biología, ni las hormonas, ni los genes, ni el cerebro, el que determina la posición sexual del sujeto. La posición sexual de es una conquista del sujeto, que no solo depende del tipo de cultura en la que nace y que determina el género, sino que depende, sobretodo, del tipo de vínculos intersubjetivos que el sujeto establece con los primeros objetos de amor y deseo -sus padres- en su primera infancia. Para el psicoanálisis es fundamental, para la determinación de la posición sexual, el vínculo afectivo que el sujeto establece con sus padres, ya que ellos son los que le transmiten, gracias al lenguaje, con sus enunciados y sus enunciaciones, con sus dichos y sus decires, cuál es el lugar que él ocupa en el deseo de aquellos, lo cual determinará su posición subjetiva, incluida su identidad sexual: si se siente ser como un hombre o como una mujer, independientemente de que tenga un pene o una vagina. Se trata de una determinación psíquica, ya no genética o ambiental (cultural), sino que la posición sexual de los hijos se corresponde con el tipo de vínculo y de padres que el sujeto ha tenido en su primera infancia. “Los procesos de identificación, que permiten a cada sujeto representarse sexuado, son procesos de lenguaje. Nos definimos por categorías de lenguaje y de pensamiento que son la realidad en la que creemos.” (Brousse, 2015).
Así pues, el psicoanálisis trata la cuestión del género por la vía de las identificaciones, identificaciones que se presentan bien temprano en la vida y al lado de las personas con las que establecemos vínculos afectivos muy fuertes: nuestros cuidadores (padres). El género, entonces, “está vehiculizado por identificaciones sexuales concernientes a dos registros” (Brousse, 2015): el registro imaginario y el simbólico. Por lo tanto, ser hombre y ser mujer no son sino seres de discurso. “El discurso es lo que constituye el lazo social que es el lazo sexuado. Constituye un verdadero manual, en una sociedad dada, en una época dada, de los modos de satisfacción permitidos o prohibidos.” (Brousse). Lo que define «ser un hombre» y «ser una mujer» es el orden de lo simbólico, el cual determina una serie de “categorías de discurso que prescriben lugares, roles sociales, así como modos de gozar diferenciados.” (Brousse). Estas son identificaciones impuestas por la cultura, que dicen o indican cómo debe ser un hombre y cómo debe ser una mujer (discurso de género). Pero estas identificaciones son secundarias con respecto a esa identificación que se da en los primeros años de la infancia, durante el Complejo de Edipo, y que determinan si el sujeto se siente «ser» un hombre o «ser» una mujer, identificación que puede no corresponderse después con el discurso de género, y que hace que el sujeto adopte una posición diversa a la esperada. Y más aún hoy, cuando el Otro de la cultura ya no tiene la misma consistencia que tenía años atrás; ese Otro se ha vuelto también diverso y ya no impone una única manera de «ser hombre» o «ser mujer», como lo hacía antes (los hombres en el trabajo, las mujeres en la casa, por ejemplo).
Pero “este movimiento de diversificación no se efectúa sin caos ni violencia. Jacques-Alain Miller, en una intervención en el VIII Congreso de la AMP, desarrollaba en qué los sujetos contemporáneos están «desbrujulados». Estos cambios de paradigmas del discurso se acompañan en efecto de deseos nuevos y síntomas inéditos.” (Brousse, 2015). Teniendo entonces en cuenta todo lo anterior, con respecto a los determinantes culturales (discurso de género) y la posición o identidad sexual del sujeto (por la vía de una identificación), se puede entender lo que Lacan (1974) dijo en su Seminario XXI: «El ser sexuado no se autoriza sino de sí mismo… y de algunos otros, es en ese sentido que hay elección». (Brousse).
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sábado, 13 de agosto de 2016
451. «Nada une más a un grupo que un enemigo común»
Esa verdad absoluta, que sostiene el discurso religiosos, cualquiera que este sea, ha sido desestabilizada por el discurso de la ciencia; “lo que caracteriza la ciencia es que se pasa el tiempo poniendo en duda y examinando sus verdades. Lo que era verdad ayer se revela hoy como error y así sucesivamente” (Nominé, 2008). Esto ha llevado a una especie de crisis existencial planetaria: ya no hay nada seguro, ni verdad última, ni saber absoluto sobre las cosas, ni garantes de la verdad definitiva; paradójicamente, esto es lo que ha llevado a la aparición de nuevas sectas, iglesias cristianas de todo tipo, y al fanatismo religioso extremo, como el de ciertas corrientes del Islam. ¿Por qué? Porque frente al sinsentido de la existencia que introduce el dudar de toda verdad, el ser humano necesita de certidumbres que le den sentido a su vida, y quién lo hace de la mejor manera, es el discurso religioso; se deja seducir inclusive por “sistemas arcaicos del pensamiento, que mezclan magia, religión y ciencia, pues son los ingredientes de la mayor parte de las actuales sectas. Al mezclar magia, religión y ciencia, la secta restaura el antiguo estatuto de la Verdad Única” (Nominé). Esto era precisamente lo que pensaba Lacan, a diferencia de Freud, quien creía que “la religión no era más que una ilusión que sería disipada en el futuro por el avance del espíritu científico” (Miller, 2005). Lacan en absoluto pensaba así; él tenía claro que la religión “engatusaría a todos, derramando sentido a raudales sobre ese real cada vez más insistente e insoportable que debemos a la ciencia” (Miller, 2005).
Esta situación, tan contemporánea a una época donde se esperaba que la racionalidad científica desplazara los discursos mágicos y esotéricos, puede ser vista como una regresión de la cultura, en la que la lucha por sostener esa verdad absoluta, que cada religión dice poseer, lleva a los fenómenos de intolerancia que cada vez más se exacerban en todo el mundo. “Cada religión es una religión de amor para quienes engloba y cada una está dispuesta a mostrarse cruel e intolerante para aquellos que no la reconocen” (Nominé, 2008).
viernes, 8 de julio de 2016
450. «La fraternidad es siempre segregativa»
La caída de las grandes ideales ha tenido diversos efectos en la subjetividad del hombre contemporáneo; van desde el surgimiento de sectas e iglesias de todo tipo en el mundo, hasta la multiplicación de aplicaciones en los celulares. En efecto, ante la falta de asideros, en la actualidad nos orientamos tanto con las supuestas certezas que ofrecen las sectas, como con los celulares. “Los objetos de la técnica son asideros que sirven para no perdernos por completo. La caída de las grandes ideologías se sustituye por la multiplicación de las aplicaciones, pequeños genios mágicos que utilizamos para parchear los agujeros de la existencia.” (Dessal, 2015).
La secta religiosa –léase iglesias evangélicas, satánicas, cienciología, santerismo, Osho, cuáqueros, rastafaris, nueva era, etc.– lo que hace es restaurar el estatuto de la verdad única, estatuto que quebrantó el discurso de la ciencia, el cual se caracteriza por poner en duda toda verdad, incluso sus propias verdades. “En la secta la certeza toma el sitio de la verdad” (Nominé, 2008). Así pues, el dios-padre antiguo, trastornado por el discurso científico, es sustituido por gurús, pastores carismáticos o padres sustitutivos.
La secta –o iglesia– se constituye por el hecho de que cada miembro sitúa al líder en el lugar del objeto ideal; esto es lo que funda la identificación entre los miembros del grupo a partir de la identificación con ese objeto ideal, de tal manera que “es el amor al jefe lo que constituye el principio de los vínculos entre los miembros” (Nominé, 2008).
El problema aquí es que cada secta o religión, dueña y señora de la verdad única, unida por el amor entre sus miembros, será necesariamente cruel e intolerante con todos aquellos que no la reconozcan, con todos aquellos que no crean en su verdad. No hay personas más intolerantes que los verdaderos creyentes. Además, “nada une más a un grupo como un buen enemigo común. Cuando el enemigo común desaparece la cohesión del grupo resulta amenazada” (Nominé, 2008). Este es el origen del fanatismo religioso, ese que ha hecho de las religiones en el mundo, las causantes de las peores barbaries de la humanidad, desde las cruzadas a comienzo del siglo X, hasta el terrorismo islámico del siglo XXI.
Así pues, “la fraternidad es siempre segregativa” (Soler, 2015), hostil y hasta vengativa; los hermanos unidos en una única verdad, que se reconocen entre sí como hermanos miembros de una misma comunidad, unidos por el amor del líder, hacen de aquellos que no comparten su ideología, sus enemigos.
La secta religiosa –léase iglesias evangélicas, satánicas, cienciología, santerismo, Osho, cuáqueros, rastafaris, nueva era, etc.– lo que hace es restaurar el estatuto de la verdad única, estatuto que quebrantó el discurso de la ciencia, el cual se caracteriza por poner en duda toda verdad, incluso sus propias verdades. “En la secta la certeza toma el sitio de la verdad” (Nominé, 2008). Así pues, el dios-padre antiguo, trastornado por el discurso científico, es sustituido por gurús, pastores carismáticos o padres sustitutivos.
La secta –o iglesia– se constituye por el hecho de que cada miembro sitúa al líder en el lugar del objeto ideal; esto es lo que funda la identificación entre los miembros del grupo a partir de la identificación con ese objeto ideal, de tal manera que “es el amor al jefe lo que constituye el principio de los vínculos entre los miembros” (Nominé, 2008).
El problema aquí es que cada secta o religión, dueña y señora de la verdad única, unida por el amor entre sus miembros, será necesariamente cruel e intolerante con todos aquellos que no la reconozcan, con todos aquellos que no crean en su verdad. No hay personas más intolerantes que los verdaderos creyentes. Además, “nada une más a un grupo como un buen enemigo común. Cuando el enemigo común desaparece la cohesión del grupo resulta amenazada” (Nominé, 2008). Este es el origen del fanatismo religioso, ese que ha hecho de las religiones en el mundo, las causantes de las peores barbaries de la humanidad, desde las cruzadas a comienzo del siglo X, hasta el terrorismo islámico del siglo XXI.
Así pues, “la fraternidad es siempre segregativa” (Soler, 2015), hostil y hasta vengativa; los hermanos unidos en una única verdad, que se reconocen entre sí como hermanos miembros de una misma comunidad, unidos por el amor del líder, hacen de aquellos que no comparten su ideología, sus enemigos.
viernes, 17 de junio de 2016
449. La causalidad psíquica no es causalidad física.
Lacan, en su texto Acerca de la causalidad psíquica, "rechaza localizar en el sistema nervioso la génesis del trastorno mental" (Laurent, 2008);
esto porque, para el psicoanálisis, lo mental es diferente a lo
orgánico, a lo físico. Esto es algo que la ciencia, y particularmente
las neurociencias, no logran comprender: no hay que confundir esa
sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje–, con
esa otra sustancia física que es el organismo, el cerebro. Mientras que
la neuropsiquiatría se ha dedicado a describir la "actividad psíquica"
del cerebro, el psicoanálisis determina otro típo de causalidad para los
trastornos del sujeto; ya no una causalidad orgánica, sino subjetiva,
sobretodo allí donde se presenta el sujeto del inconsciente: en "el
fallo, el defecto, la falta" (Miller citado por Laurent). En efecto, el
psicoanálisis va a encontrar al sujeto allí donde –digámoslo de esta
manera– el "sistema" falla, allí donde el sujeto erra, se equivoca, se
tropieza –piénsese por ejemplo en los actos fallidos y en los síntomas–.
"Lacan opone a "la actividad psíquica, repetición del funcionamiento
neuronal", la "cadena bastarda de destino e inercia, de golpes de dados y
estupor, de falsos éxitos y encuentros desconocidos que constituye el
texto corriente de una vida humana"" (Lacan (1966) citado por Laurent)
Así pues, los fenómenos clínicos observados en la neurósis, y más aún en las psicosis, como lo es, por ejemplo, la alucinación, se observa que lo que se pone en juego es "una significación personal que apunta al sujeto" (Laurent, 2008), es decir que "la locura es vivida íntegra en el registro del sentido" (Lacan (1966) citado por Laurent). Y el sentido, la significación, ¿dónde se localiza en el cerebro? El psicoanálisis no niega para nada que hay un soporte físico –el cerebro– donde los significantes –trazas materiales– dejan una huella –huella mnémica–, así como también el significante –materia fónica– puede quedar inscrito en una grabadora, o en un cuaderno, o en un computador; el problema es que ¡los significantes no son significados! (Bassols, 2012), es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene esa extraña "sustancia" a la que llamamos «sujeto», que es la que funda la subjetividad.
El cerebro es una sustancia física donde se puede guardar mucha información; se parece, entonces, a un disco duro de un computador (siendo, por supuesto, mucho más complejo el cerebro que un disco duro); pero el cerebro funciona como una memoria, solo que no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google, que parece un cerebro virtual gigante: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando Ud. busca una información en Google y coloca significantes en el buscador, aparecen un sin número de resultados. ¿Esto por qué? ¡Porque una palabra no tiene un solo sentido! Un significante es polivalente, tiene múltiples significados. Esto es lo que hace a Google bruto; Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller).
Entonces, ¿qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. ¿Entonces quién? Pues, ¡el sujeto!
Es por todo lo anterior que el psicoanálisis dice que, para los trastornos mentales –no todos, por supuesto– hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica. ¿Dónde se localiza esta causa si el psiquismo si no es objetivable? El gran pecado de la ciencia positivista es que piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis, en cambio, ubica la causa de la subjetividad –del psiquismo–, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo; el lenguaje funciona como una especie de "parásito" que afecta el funcionamiento del organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa o cuando se enamora: ¡hay que ver cómo se afecta el quimismo del cerebro cuando este se enamora! Así pues, la materialidad del inconsciente, del sujeto del inconsciente, "está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir" (Laurent, 2008). Por eso la causalidad psíquica que plantea el psicoanálisis es distinta a la que plantea la psicología, es opuesta a la de "los principios de funcionamiento del sistema nervioso, que competen a las leyes de la biología y la física" (Laurent).
Así pues, los fenómenos clínicos observados en la neurósis, y más aún en las psicosis, como lo es, por ejemplo, la alucinación, se observa que lo que se pone en juego es "una significación personal que apunta al sujeto" (Laurent, 2008), es decir que "la locura es vivida íntegra en el registro del sentido" (Lacan (1966) citado por Laurent). Y el sentido, la significación, ¿dónde se localiza en el cerebro? El psicoanálisis no niega para nada que hay un soporte físico –el cerebro– donde los significantes –trazas materiales– dejan una huella –huella mnémica–, así como también el significante –materia fónica– puede quedar inscrito en una grabadora, o en un cuaderno, o en un computador; el problema es que ¡los significantes no son significados! (Bassols, 2012), es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene esa extraña "sustancia" a la que llamamos «sujeto», que es la que funda la subjetividad.
El cerebro es una sustancia física donde se puede guardar mucha información; se parece, entonces, a un disco duro de un computador (siendo, por supuesto, mucho más complejo el cerebro que un disco duro); pero el cerebro funciona como una memoria, solo que no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google, que parece un cerebro virtual gigante: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando Ud. busca una información en Google y coloca significantes en el buscador, aparecen un sin número de resultados. ¿Esto por qué? ¡Porque una palabra no tiene un solo sentido! Un significante es polivalente, tiene múltiples significados. Esto es lo que hace a Google bruto; Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller).
Entonces, ¿qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. ¿Entonces quién? Pues, ¡el sujeto!
Es por todo lo anterior que el psicoanálisis dice que, para los trastornos mentales –no todos, por supuesto– hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica. ¿Dónde se localiza esta causa si el psiquismo si no es objetivable? El gran pecado de la ciencia positivista es que piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis, en cambio, ubica la causa de la subjetividad –del psiquismo–, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo; el lenguaje funciona como una especie de "parásito" que afecta el funcionamiento del organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa o cuando se enamora: ¡hay que ver cómo se afecta el quimismo del cerebro cuando este se enamora! Así pues, la materialidad del inconsciente, del sujeto del inconsciente, "está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir" (Laurent, 2008). Por eso la causalidad psíquica que plantea el psicoanálisis es distinta a la que plantea la psicología, es opuesta a la de "los principios de funcionamiento del sistema nervioso, que competen a las leyes de la biología y la física" (Laurent).
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