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98. El deseo de los padres.

Es muy importante que en una familia haya hijos que sepan que son hijos, que sepan que se llaman así o asá, que sepan lo que quieren, o que crean saberlo, y que, además, sepan lo que quieren hacer cuando sean grandes. Es decir, hijos que, llegado el momento, también puedan casarse, enfrentarse con su sexualidad y que la asuman como un hombre o una mujer. Asumir las consecuencias de la sexualidad es asumir también el niño que vendrá.

Lograr una relación de amor, de deseo y de goce sexual en una pareja, es un proyecto inmenso. ¡Y toda esta tremenda responsabilidad depende completamente de la familia! Es decir, de un padre y una madre y lo que transmiten a los hijos. Lo que pasa es que todo este asunto de llegar a ser alguien responsable del propio destino y de asumir con sensatez una relación de pareja y el nacimiento de un hijo, no es algo que dependa de la buena voluntad de la familia, ni depende de los roles de papá y mamá, ni de la maldad del padre, ni de la simpatía de la madre. Todo esto va a depender de lo que se llama «el deseo de los padres».

El deseo es ese lugar que, antes de que cada ser humano nazca, lo espera al nacer. Es decir, cuando se dice «el lugar que espera al sujeto al nacer», no es la ciudad ni la casa donde nazca, aunque esté también en juego el país y el sitio donde se nace: no es lo mismo nacer en un pueblo que en una ciudad o bajo un puente. Cuando aquí se habla de «lugar», se refiere fundamentalmente al lugar que tiene el niño por nacer en el discurso de los padres, es decir, a su lugar en el deseo de esos padres. En otras palabras, si esos papás desearon o no a sus hijos, si antes de nacer ya hablaban de ellos, si ellos ya existían en el discurso de los papás.

La importancia del deseo en la constitución psíquica de un individuo está en que él es el «motor» de todo lo que haga o no un sujeto en su vida, y justamente es en el lugar del «deseo de los padres» donde habrán o no una serie de condiciones para que el niño advenga como un ser humano «normal», es decir, deseante y responsable de las elecciones que haga en la vida.

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