martes, 20 de julio de 2010

113. La autoridad en la familia y la escuela.

El respeto por la autoridad es garantía de que un ser humano ingrese a la sociedad, es decir, que participe como miembro de una comunidad. Si dicha comunidad es la familia, allí se debe transmitir a los hijos una serie de normas que hacen posible la convivencia, y esa transmisión la hace una autoridad, es decir, los padres en la medida en que la encarnan.

La autoridad es el ejercicio de un poder sobre los hijos, un poder que se funda sobre el amor, es decir, que los hijos sólo respetan la autoridad de los padres que aman. Si no hay amor entre padres e hijos, no habrá respeto por la autoridad. Pero si hay sólo amor, es decir, un amor exagerado y alcahueta -amor que puede llegar a ser muy dañino-, entonces los padres fácilmente dejan de ejercer su autoridad, lo que no deja de traer consecuencias en el sujeto.

Por ejemplo, muchos de los problemas disciplinarios dentro de la institución educativa tienen su origen en la falta de respeto hacia la autoridad paterna. En este tipo de situaciones se genera una confusión en los alumnos, pues allí donde perciben que sus padres son permisivos, el colegio no lo es, convirtiéndose este en una institución tirana y torturadora; ante esto los hijos y sus padres suelen adoptar la posición de víctimas, lo que se convierte en una excusa para no cambiar los comportamientos perturbadores.

Hay que ejercer una autoridad dentro del hogar y en la escuela, porque los hijos necesitan límites, normas y reglas que les permitan organizar su vida y orientar sus relaciones con otros seres humanos. La autoridad es constitutiva de la organización familiar; su fracaso tiene enormes consecuencias en la posición subjetiva de los hijos frente a los actos de ley y el respeto de las normas. La familia es el lugar privilegiado donde los seres humanos aprehenden e introyectan dicho respeto, y la única condición para que este aprendizaje se dé, es que los padres, papá y mamá, se hagan respetar. Cuando esa introyección de la autoridad no acontece, vendrán entonces los problemas disciplinarios con los que se enfrentan los hijos en la escuela.

sábado, 17 de julio de 2010

112. Violencia o castigo.

Con la ley 294 del 16 de Julio de 1996, quien maltrate física, psíquica o sexualmente a cualquiera de los miembros de su núcleo familiar, será sancionado con penas que van entre uno y dos años de prisión, y multas entre uno y dieciséis salarios mínimos. Esta ley señala que toda persona que en el contexto de la familia sea víctima de daño físico, psíquico, amenaza, ofensa, o cualquier otra forma de ataque, puede pedir al juez de familia medidas de protección inmediata.

La violencia dentro de la familia suele ser silenciada, debido a que se trata de una de las instituciones sociales más privada, es decir, que en ella se guardan secretos. Algunos padres y esposas tienden a minimizar este problema y a considerarlo normal; inclusive hay parejas que solo pueden permanecer unidas bajo condiciones de maltrato al otro, lo que ambos cónyuges consienten sin ver en ello alguna anormalidad.

La violencia no es sólo física, sino también psicológica. Esta última es una de las más comunes y que menos se denuncia. En ningún momento se debe confundir el juego brusco y el castigo físico con la violencia. Es verdad que no es necesario tocarle un solo pelo a un niño para que este obedezca y respete a sus padres y las normas, lo que depende en gran medida de cómo ellos manejan la autoridad y transmiten un sentido de responsabilidad sobre los actos y sus consecuencias.

En ocasiones se hace necesario el recurso al castigo físico -unas nalgadas, por ejemplo- para poner límite a una conducta indeseable por parte de un hijo. Dicho castigo se debe aplicar de tal manera que resulte ejemplar, es decir, que al niño no haya que castigarlo de nuevo por lo que ha hecho, de tal manera que él comprenda de una vez, que lo que hizo mal no se puede volver a repetir. El respeto del hijo por la autoridad de los padres es aquí crucial y depende del padre hacerse respetar. Cuando se castiga físicamente a un niño una y otra vez por las mismas cosas, algo está fallando en la aplicación de la sanción y por lo tanto en la autoridad de los padres. Cuando el castigo se vuelve repetitivo, se convierte en abuso y agresión.

viernes, 16 de julio de 2010

111. Ética del bien y agresividad.

La agresividad en el ser humano es una pasión mortífera, que se opone a la civilidad -la agresividad animal obedece al instinto de conservación o de territorialidad de la especie-. El ser humano suele encontrar una satisfacción inconsciente en sus actos violentos, satisfacción que en muchas ocasiones tiene un carácter sexual, ya sea sádico -cuando alguien encuentra "placer" o satisfacción con el sufrimiento de otro- o masoquista -cuando lo encuentra en el propio sufrimiento-. El vínculo de la crueldad con la sexualidad se establece en el ser humano desde su infancia, y desde ese momento hay que empezar a reprimirla.

Una ética del bien, basada en valores e ideales sociales y que busca adoctrinar a los sujetos basándose en modelos a imitar (como los sujetos que se llegan a considerar la medida de la realidad en la que el otro debe encajar), desconoce de manera radical el deseo particular del sujeto. Los seres humanos no suelen desear lo que quieren o necesitan. Un adolescente puede querer ser un hombre de bien, y, sin embargo, se maneja mal a pesar de que sabe que no debe hacerlo; «yo sé que hago mal, pero no puedo dejar de hacerlo». Se porta mal a su pesar, lo que define uno de tantos comportamientos donde se evidencia esa satisfacción en el mal, ese empuje a lo peor que habita al ser humano y que se repite una y otra vez.

El ideal educativo de uniformar a los hombres, convertirlos en personas razonables y justas, fracasa frente a esa complacencia irracional en la agresividad. El orgulloso afán de moldear al otro a imagen y semejanza del modelo, inscribe en el seno mismo de la ética del ideal (o del modelo a imitar) un movimiento de malestar que adopta un carácter «agresivo» para el sujeto, al desconocérsele su singularidad -es decir que el sujeto agrede a aquel que no reconoce su deseo-. Esto demuestra que, aunque el mal es lo peor, el bien tampoco es lo mejor, pues en su nombre también se maltrata, se tortura y se mata -piensese, por ejemplo, en las "limpiezas sociales" que realizan supuestos "ciudadanos de bien"-. En lugar de educar en nombre del bien y de la felicidad del hijo, los padres deberían preocuparse por transmitir un tipo de responsabilidad subjetiva con relación a las consecuencias de los actos de cada uno.

jueves, 15 de julio de 2010

110. El tratamiento de la agresividad.

La agresividad es algo que se opone a la convivencia humana y a los ideales de una sociedad; por lo general se la explica como una expresión de la animalidad en el hombre o como una pérdida de los valores humanos. Por esto las instituciones más representativas de la sociedad, así como los medios de comunicación, impulsan campañas destinadas a rescatar valores y tradiciones perdidas, pero estas no detienen la violencia -expresión de la agresividad- y en ocasiones ella parece exacerbarse.

La agresividad en el ser humano no es instintiva, ni algo de su animalidad (los animales en general se comportan mucho más pacíficamente que el hombre), ni es una degradación de los valores. El ser humano nace sin ningún mecanismo de autorregulación de sus impulsos sexuales y agresivos. En el fondo, todo sujeto, por más bondadoso que sea, alberga en él deseos de humillar, maltratar y explotar a su prójimo cuando no sea visto.

La agresividad es algo que hace parte de la estructura misma del hombre; se instala en él como una forma privilegiada para hacerse reconocer por los otros, lo que lo lleva a una lucha a muerte con sus semejantes por puro prestigio: «o yo, o el otro», «primero yo y después los demás», «o es mío o no es de nadie». De aquí surgen toda una serie de comportamientos, no sólo los agresivos, sino también los de ostentación, rivalidad, competencia, celos, envidia, deseos de muerte, etc.

El tratamiento de la agresividad por el ideal reduce su comprensión y condiciona su manejo a campañas que no van más allá de un reforzamiento de valores y derechos. Si bien esta estrategia se opone a la fuerza reivindicando el civismo, deja a un lado la pregunta por el sujeto que interviene en un acto violento, ya sea como víctima o victimario. Es decir, se deja sin responder la pregunta de por qué hay sujetos que encuentran satisfacción siendo agresivos y otros siendo agredidos. Esto significa que el sujeto que aparece como víctima, en muchos casos tiene la responsabilidad en lo que le está pasando, ya que se comporta como si le agradara ser objeto de alguna agresión.

miércoles, 14 de julio de 2010

109. Rendimiento académico y deseo de saber.

No progresar en el estudio, no rendir lo suficiente, no aprovechar lo enseñado, perder exámenes constantemente, etc., se debe tanto a factores relacionados con la falta de una disciplina de estudio, como con una «inhibición en el pensamiento» (no recordar lo que ya se sabe) que merma las capacidades intelectuales del alumno. A lo anterior hay que agregar toda una serie de factores que también pueden llegar a afectar el buen rendimiento académico: condiciones psicológicas o subjetivas, condiciones familiares, físicas, métodos de estudio, el estado de salud del sujeto, etc.

Las condiciones psicológicas han estado referidas principalmente a la «motivación» e interés que pueda tener el alumno por el estudio. Se habla mucho de la motivación como factor psicológico que influye sobre el aprendizaje, y que los problemas en el rendimiento académico se deberían a la falta de una buena motivación. Pedagógicamente hablando, la motivación significa proporcionar motivos, estimular la «voluntad» de aprender, despertar el interés, pero el interés en el estudio, ¿es un asunto de voluntad y motivación? ¿Qué es en última instancia lo que pone en movimiento a un sujeto?

Lo que pone en movimiento a un sujeto es el «deseo», y si hay voluntad y se está motivado por el estudio es porque hay deseo de aprender. Hay una dificultad con el deseo de aprender, y es que ¡sólo se transmite en la medida en que haya otro sujeto (el profesor y/o los padres de familia) que también demuestre un deseo de saber! El deseo es algo que se transmite de un sujeto a otro por la vía de una transferencia de trabajo, es decir, porque hay alguien interesado en saber.

El deseo es también el que orienta el interés, otro de los factores importantes en el aprendizaje. El interés es una fuente primaria y fundamental de la motivación. Ha sido definido como el sentimiento agradable o desagradable producido por una idea u objeto con el poder de captar y mantener la atención (En Freud el interés no es otra cosa que la libido). Pero por más motivación que haya para el estudio por parte de profesores y padres, por más interesante que se le haga a un estudiante determinada idea u objeto, si no hay el deseo (de aprender) tampoco habrá rendimiento en el estudio.

martes, 13 de julio de 2010

108. Educar para el fracaso con disciplina.

La educación no solo debe enseñar a conquistar unos ideales y valores, sino también a hacer soportable y aceptable el fracaso. En la vida no siempre se gana ni las cosas salen como se quieren. Vivimos en un mundo competitivo en donde somos objeto de agresiones e injusticias. Se necesita de una educación que prepare al alumno para estas cosas. Las dificultades suelen ser fructíferas si se enfrentan y se les saca provecho; habría que colocar una seria duda sobre todo lo que se considere fácil (tareas fáciles, dinero fácil, vida fácil, etc.).

Si bien de un lado hay que educar para el fracaso, del otro lado está el educar con exigencia, con disciplina y con diálogo. Si bien el diálogo es el instrumento al que hay que recurrir cada vez que hay dificultades con los hijos y alumnos, este no siempre garantiza alcanzar algún acuerdo. Se necesita, más allá de la buena voluntad de las partes, del deseo decidido por darle solución a las dificultades. Además, sólo se puede dialogar con quien reconozca sus errores; no se puede conversar con quien no entiende razones o se muestre terco al sostener sus propios puntos de vista, y mucho menos con quien cree tener siempre la razón.

Cuando el diálogo se agota, entonces hay que recurrir a la ley, a la norma, a la exigencia y a la sanción. Y esto vale tanto dentro como por fuera de la familia, es decir, en la escuela y la sociedad. Por esto el maestro y los padres de familia, en su función de agentes de la ley, son también generadores de malestar en el alumno y en los hijos, por lo que representan de exigencia y dificultad para aquellos. Pero el esfuerzo, la exigencia y la disciplina son necesarias para tener una relación productiva con el saber y con la comunidad en general. Sin un nivel de exigencia adecuado, los niños y jóvenes no rendirán lo esperado y no se asumirán como miembros responsables de una comunidad. Detentar ante la juventud una autoridad clara y segura, capaz de exigir disciplina, orden, y un respeto por la ley, es contribuir a que se supere el despotismo y la tiranía que actualmente exhibe.

domingo, 11 de julio de 2010

107. La ley y la educación.

Las prohibiciones y los límites tienen un esencial carácter positivo y formativo. La ley es condición de la libertad y del «deseo», así como la disciplina, lo es de la responsabilidad y el orden. Establecer un límite define un campo de posibilidades al brindar unas reglas para obrar y comunicarse con los demás. Asumir la ley es reconocer que no se está solo. La ley, en tanto instancia tercera, es la que media en todas las relaciones de nuestra vida. Las normas y pactos sociales son los que regulan los vínculos laborales, de amistad y sexuales de todos los seres humanos. La ley es un poder que cobra a cada cual una cuota de sacrificio para poder vivir en sociedad.

La inscripción de la ley y la exigencia de una disciplina es un asunto de malestar para todo sujeto sometido a ellas. Aquel que hace respetar la norma o exige disciplina generará inevitablemente descontento. Esta molestia es el costo que todo sujeto debe pagar para gozar de los beneficios de vivir en comunidad. Ser agente de la ley o ser quien exige disciplina, implica estar investido de una autoridad que es reconocida y respetada.

El adulto actual, padre o maestro, no parece comprometido con su papel de agente de la ley y le da temor ser exigente. Muestra de ello es su ansiosa búsqueda por ser el compañero de sus hijos o el amigo de sus alumnos. Con esta actitud se destituyen de su lugar y pierden autoridad. Cuestionar la supuesta «fraternidad paterna» o la «amistad profesoral» no es negar que entre padres e hijos o profesores y alumnos puedan y deban darse relaciones de diálogo, cordialidad y respeto. Pero padres y maestros, en tanto agentes de la ley, no son semejantes a su prole y a sus discípulos. La semejanza e igualdad esta bien para la amistad, pero regirse por esta fantasía de igualación, negándose a ejercer una autoridad, termina por diluir el necesario sometimiento del hijo y del alumno a la ley, y de paso, se degrada la figura del padre y del maestro, los cuáles se quedan sin piso para exigir de aquellos el cumplimiento de una disciplina y el respeto por la autoridad (Gallo, 1998).

586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

 En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más ...