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111. Ética del bien y agresividad.

La agresividad en el ser humano es una pasión mortífera, que se opone a la civilidad -la agresividad animal obedece al instinto de conservación o de territorialidad de la especie-. El ser humano suele encontrar una satisfacción inconsciente en sus actos violentos, satisfacción que en muchas ocasiones tiene un carácter sexual, ya sea sádico -cuando alguien encuentra "placer" o satisfacción con el sufrimiento de otro- o masoquista -cuando lo encuentra en el propio sufrimiento-. El vínculo de la crueldad con la sexualidad se establece en el ser humano desde su infancia, y desde ese momento hay que empezar a reprimirla.

Una ética del bien, basada en valores e ideales sociales y que busca adoctrinar a los sujetos basándose en modelos a imitar (como los sujetos que se llegan a considerar la medida de la realidad en la que el otro debe encajar), desconoce de manera radical el deseo particular del sujeto. Los seres humanos no suelen desear lo que quieren o necesitan. Un adolescente puede querer ser un hombre de bien, y, sin embargo, se maneja mal a pesar de que sabe que no debe hacerlo; «yo sé que hago mal, pero no puedo dejar de hacerlo». Se porta mal a su pesar, lo que define uno de tantos comportamientos donde se evidencia esa satisfacción en el mal, ese empuje a lo peor que habita al ser humano y que se repite una y otra vez.

El ideal educativo de uniformar a los hombres, convertirlos en personas razonables y justas, fracasa frente a esa complacencia irracional en la agresividad. El orgulloso afán de moldear al otro a imagen y semejanza del modelo, inscribe en el seno mismo de la ética del ideal (o del modelo a imitar) un movimiento de malestar que adopta un carácter «agresivo» para el sujeto, al desconocérsele su singularidad -es decir que el sujeto agrede a aquel que no reconoce su deseo-. Esto demuestra que, aunque el mal es lo peor, el bien tampoco es lo mejor, pues en su nombre también se maltrata, se tortura y se mata -piensese, por ejemplo, en las "limpiezas sociales" que realizan supuestos "ciudadanos de bien"-. En lugar de educar en nombre del bien y de la felicidad del hijo, los padres deberían preocuparse por transmitir un tipo de responsabilidad subjetiva con relación a las consecuencias de los actos de cada uno.

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