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114. ¿Democracia familiar?

En los años '50 se presentó un cambio en las familias norteamericanas -es de Norteamérica de donde se importan los modelos de educación vigentes aquí- que consistió en la introducción de la democracia dentro de la familia. «Democracia familiar», se la llamó, y se basó en la idea de que los niños pequeños son básicamente sensatos y buenos, y perfectamente capaces de resolver su propio destino. Pero sólo el más insensato de los padres puede pensar que esto sea así. Un niño no sabe lo que quiere en la vida; él necesita de límites, orientación y guía permanente. A partir de dicha democracia familiar controlar a un hijo se denominó «autoritarismo», y se rechazó a los padres como «antidemocráticos».

El castigo empezó a ser visto como una forma de abuso contra la niñez, generador de traumas y otros supuestos problemas psicológicos. Por eso hoy parece escandaloso hablar de sancionar a los hijos, sobretodo porque con el discurso de los derechos humanos y el de los derechos del niño, pareciera un delito intervenir sobre ellos. Éstos hasta hacen uso de dichos derechos para reclamarle a los padres por su proceder, cuando les imponen algún límite a sus conductas. Ser un buen padre se ha vuelto equivalente a dejar a los hijos hacer lo que les dé la gana. Pues bien, ya se sabe cuales han sido los estragos, no solo en Norteamérica, sino también aquí en nuestra sociedad, de ese estilo de educación.

Los padres deben fijar límites razonables a la conducta de su hijo para que él adquiera control sobre sus propios impulsos. Los hijos que se muestran seguros y decididos en la vida son hijos de padres que son firmes en su autoridad y en el manejo de su familia -lo cual no significa que haya que ser autoritario, tirano o déspota- , y que exigen el cumplimiento de las reglas. Dichos hijos también tienen un mayor respeto y afecto por sus padres.

Si los padres no asumen la responsabilidad de fijar y hacer cumplir con las normas y los límites, reducirán en sus hijos la capacidad para desarrollar un control de sus impulsos. La disciplina es necesaria; ayuda a que el sujeto se haga responsable de las consecuencias de sus propios actos.

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