Freud, hablando de la importancia que tiene en el tratamiento el hecho
de recordar lo que hay reprimido en el sujeto, se da cuenta de que
aquello que resulta ser lo más esencial, el sujeto no logra recordarlo, y
más bien se ve forzado a repetirlo. Así pues, el sujeto, en lugar de
recordar lo reprimido, lo repite en calidad de fragmento del pasado. Eso
que el sujeto repite "tiene siempre por contenido un fragmento de la
vida sexual infantil y, por tanto, del complejo de Edipo y sus
ramificaciones; y regularmente se juega {se escenifica} en el terreno de
la trasferencia, esto es, de la relación con el médico (Freud, 1920).
Así
pues, los neuróticos tienden a repetir algo que han reprimido en lugar
de recordarlo, y esta repetición se presenta en la trasferencia
establecida con el terapeuta. Se trata de situaciones indeseadas,
situaciones afectivas dolorosas que los sujetos reaniman con gran
habilidad, como si se tratara de una nueva vivencia. Se trata, dice
Freud (1920), de la acción de pulsiones que estaban destinadas a
conducir a la satisfacción; pero ya en aquel momento no la produjeron,
sino que conllevaron únicamente displacer. Esa experiencia se la repite a
pesar del sujeto; una compulsión esfuerza a ello (Freud).
Ahora
bien, ese fenómeno repetitivo que se presenta bajo trasferencia en el
dispositivo clínico, también se lo encuentra en la vida cotidiana de
cualquier sujeto (Freud, 1920). Es decir, esa repetición de situaciones
olvidadas y que no se recuerdan, no es sólo un asunto del sujeto
neurótico, ni del dispositivo clínico, sino que es algo que le puede
suceder a cualquier persona y en cualquier situación en la que establece
un vínculo con sus semejantes. En ella "hace la impresión de un destino
que las persiguiera, de un sesgo demoníaco en su vivenciar; y desde el
comienzo el psicoanálisis juzgó que ese destino fatal era autoinducido y
estaba determinado por influjos de la temprana infancia" (Freud, 1920,
pág. 21)
En efecto, se trata, como lo subraya Freud (1920), de un
destino fatal y demoníaco, una repetición maldita, lo que él denominó
«compulsión a la repetición». Freud (1920) nos va a dar una serie de
ejemplos que muestran claramente ese destino fatal que se presenta en
los seres humanos, y que por esta razón él se atreve a llamar, también,
«compulsión de destino»: "individuos en quienes toda relación humana
lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos (por disímiles
que sean en lo demás) se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y
entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la
ingratitud; hombres en quienes toda amistad termina con la traición del
amigo; otros que en su vida repiten incontables veces el acto de elevar a
una persona a la condición de eminente autoridad para sí mismos o aun
para el público, y tras el lapso señalado la destronan para sustituirla
por una nueva; amantes cuya relación tierna con la mujer recorre siempre
las mismas fases y desemboca en idéntico final, etc. Este «eterno
retorno de lo igual» nos asombra poco cuando se trata de una conducta
activa de tales personas y podemos descubrir el rasgo de carácter que
permanece igual en ellas, exteriorizándose forzosamente en la repetición
de idénticas vivencias. Nos sorprenden mucho más los casos en que la
persona parece vivenciar pasivamente algo sustraído a su poder, a
despecho de lo cual vivencia una y otra vez la repetición del mismo
destino." (págs. 21-22).
Ese eterno retorno de lo mismo es lo que
hace de esta compulsión de destino algo absolutamente demoníaco, algo
del orden de una fatalidad ineludible e implacable.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
jueves, 17 de diciembre de 2015
viernes, 4 de diciembre de 2015
439. El sujeto es una fábrica de sentido.
A pesar de que el discurso de la ciencia ha avanzado a pasos agigantados
en la cultura contemporánea y se ha constituido en un discurso que
impera y gobierna el destino de los seres humanos, lo mismo ha sucedido
con el discurso religioso. Se llegó a pensar que el discurso científico
sustituiría al religioso, en la medida en que el pensamiento racional de
la ciencia iría desplazando al pensamiento mágico, supersticioso e
irracional de la religión, pero esto no es lo que ha sucedido; mientras
más ha avanzado la ciencia, más se ha exacerbado el discurso religioso.
¿Por qué ha sucedido esto?
La respuesta a esta pregunta la avizoraron, primero Freud, y después Lacan. Lo diré sucintamente: el sinsentido que introduce el discurso de la ciencia, al explicar racionalmente la causa de los fenómenos naturales, empuja a los seres humanos a llenar de sentido ese "vacío" que deja la racionalidad científica, en la medida en que ha acabado con los mitos, las leyendas, las fábulas, las ilusiones y hasta las tradiciones de los seres humanos. Para Lacan el sentido es la debilidad mental del hombre, pero a pesar de esto, los seres humanos fabrican sentido permanentemente (Dessal, 2015), sobretodo allí donde el sin sentido de la existencia se exacerba. “Antes esa fábrica estaba regulada por las directrices superiores (…). Ahora cada uno fabrica a su antojo, todo vale y nada sirve sino para sumergirnos aún más en ese goce tonto que da contenido a nuestras pequeñas miserias de la vida cotidiana” (Dessal). Esta es la razón por la que se ha visto aparecer, por todos lados, sectas de todo tipo –evangélicas, cristianas, satánicas; cienciología, santerismo, Osho, cuáqueros, rastafaris, nueva era, nuwaubianismo, etc., etc.-, o se ha visto el surgimiento de un fanatismo religioso radical en las religiones tradicionales, particularmente con cierta corriente del Islam. Lo anterior demuestra cómo vivimos en “un mundo en el que la carretera principal está cortada, y la gente anda extraviada por caminos comarcales y sendas perdidas” (Dessal), lo que habla claramente de ese declive de la imago paterna que ya había dilucidado Lacan.
¿Cómo responde el psicoanálisis a esa fabricación de sentido exacerbado al que se dedica el ser humano contemporáneo? El problema con el sentido es que “el sentido siempre es religioso” (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, a producir sentido, sino a reducirlo, a decantarlo, es decir, apunta a ese real que señala un sinsentido en el sujeto. Por eso Lacan sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de dedicarse a fabricar sentido. “Sufrimos de un exceso de sentido, y a la vez tenemos la sensación de que nos falta un Sentido con mayúsculas. El psicoanálisis procura liberarnos de ese tormento de darle significado a todo, librarnos del goce de vivir en la historieta que nos contamos cada día para justificar nuestra vida. Un psicoanálisis sirve entre otras cosas para detenerse menos en el sentido y pasar al acto, al acto transformador, al acto que opera y nos vuelve operativos para obrar.” (Dessal, 2015).
La respuesta a esta pregunta la avizoraron, primero Freud, y después Lacan. Lo diré sucintamente: el sinsentido que introduce el discurso de la ciencia, al explicar racionalmente la causa de los fenómenos naturales, empuja a los seres humanos a llenar de sentido ese "vacío" que deja la racionalidad científica, en la medida en que ha acabado con los mitos, las leyendas, las fábulas, las ilusiones y hasta las tradiciones de los seres humanos. Para Lacan el sentido es la debilidad mental del hombre, pero a pesar de esto, los seres humanos fabrican sentido permanentemente (Dessal, 2015), sobretodo allí donde el sin sentido de la existencia se exacerba. “Antes esa fábrica estaba regulada por las directrices superiores (…). Ahora cada uno fabrica a su antojo, todo vale y nada sirve sino para sumergirnos aún más en ese goce tonto que da contenido a nuestras pequeñas miserias de la vida cotidiana” (Dessal). Esta es la razón por la que se ha visto aparecer, por todos lados, sectas de todo tipo –evangélicas, cristianas, satánicas; cienciología, santerismo, Osho, cuáqueros, rastafaris, nueva era, nuwaubianismo, etc., etc.-, o se ha visto el surgimiento de un fanatismo religioso radical en las religiones tradicionales, particularmente con cierta corriente del Islam. Lo anterior demuestra cómo vivimos en “un mundo en el que la carretera principal está cortada, y la gente anda extraviada por caminos comarcales y sendas perdidas” (Dessal), lo que habla claramente de ese declive de la imago paterna que ya había dilucidado Lacan.
¿Cómo responde el psicoanálisis a esa fabricación de sentido exacerbado al que se dedica el ser humano contemporáneo? El problema con el sentido es que “el sentido siempre es religioso” (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, a producir sentido, sino a reducirlo, a decantarlo, es decir, apunta a ese real que señala un sinsentido en el sujeto. Por eso Lacan sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de dedicarse a fabricar sentido. “Sufrimos de un exceso de sentido, y a la vez tenemos la sensación de que nos falta un Sentido con mayúsculas. El psicoanálisis procura liberarnos de ese tormento de darle significado a todo, librarnos del goce de vivir en la historieta que nos contamos cada día para justificar nuestra vida. Un psicoanálisis sirve entre otras cosas para detenerse menos en el sentido y pasar al acto, al acto transformador, al acto que opera y nos vuelve operativos para obrar.” (Dessal, 2015).
viernes, 20 de noviembre de 2015
438. «La locura es consustancial a la condición humana»
¿Por qué los sujetos están todos locos? Porque cada sujeto tiene sus
singularidades, y estas estorban, fastidian o molestan a los demás. Esa
singularidad es el modo como cada sujeto alcanza la satisfacción de sus
pulsiones sexuales -esos peculiares "gustos" que encuentran los sujetos
en ciertas actividades y que pueden llegar a parecer bastante extrañas a
otros, y que van, por ejemplo, desde comerse las uñas, hasta torturar
animales; desde pelearse con la pareja cada fin de semana, hasta
maltratar a los padres; desde tomarse unos tragos diariamente, hasta
tener relaciones sexuales riegosas con desconocidos; desde lavarse las
manos cada vez que se saluda, hasta elegir como pareja a un abusador o a
un mantenido; etc., etc., etc.-; esta extraña satisfación que los
sujetos encuentran en el malestar -lo que el psicoanálisis llama «goce»-
es un asunto bastante amplio en posibilidades y mortífero para el
sujeto. Esto porque el sujeto, el sujeto neurótico, alienado al
inconsciente que lo determina, que condiciona su vida, lo hace la
mayoría de las veces en contra de su bienestar (Dessal, 2015) -lo que el psicoanálisis denomina «pulsión de muerte»-.
Si bien "la locura es consustancial a la condición humana" (Dessal, 2015), hay un tipo de locura que, siendo también singular, es la locura del psicótico; "todos locos", sí, pero dentro de ese universal hay el loco de verdad. Para Lacan la locura fue su primera escuela, y gracias a ella, pudo postular una concepción inédita del lenguaje: él rompe "la unión ilusoria entre el significante y el significado" (Dessal, 2015), separarando la materialidad fónica del significante, del significado. Esto significa que cada sujeto tiene una significación personal de lo que escucha, es decir, "que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor" (Dessal).
"Esa independencia del significado respecto del significante (la diversidad material según las distintas lenguas), es la propiedad mágica y maldita del lenguaje humano: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, más allá de su sentido inmediato" (Dessal, 2015). Esto es lo que hace que cada sujeto sea siempre un poco loco, porque fabrica significados permanentemente cada vez que habla, "sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal).
En efecto, el psicoanálisis enseña "que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla" (Dessal, 2015), que hay un sinsentido en todo lo que decimos y un malentendido permanente en la comunicación. Es lo que nos muestra la regla del método psicoanalítico, la asociación libre, que le solicita al sujeto decir todas sus ocurrencias sin censurarlas; esto conduce al sujeto “irremediablemente a su locura personal, a enredarse los pies diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir” (Dessal). Así pues, si todos estamos locos, es " porque no existe la realidad, en el sentido universal del concepto, sino la ficción en la que cada uno vive, y que está fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal).
Si bien "la locura es consustancial a la condición humana" (Dessal, 2015), hay un tipo de locura que, siendo también singular, es la locura del psicótico; "todos locos", sí, pero dentro de ese universal hay el loco de verdad. Para Lacan la locura fue su primera escuela, y gracias a ella, pudo postular una concepción inédita del lenguaje: él rompe "la unión ilusoria entre el significante y el significado" (Dessal, 2015), separarando la materialidad fónica del significante, del significado. Esto significa que cada sujeto tiene una significación personal de lo que escucha, es decir, "que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor" (Dessal).
"Esa independencia del significado respecto del significante (la diversidad material según las distintas lenguas), es la propiedad mágica y maldita del lenguaje humano: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, más allá de su sentido inmediato" (Dessal, 2015). Esto es lo que hace que cada sujeto sea siempre un poco loco, porque fabrica significados permanentemente cada vez que habla, "sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal).
En efecto, el psicoanálisis enseña "que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla" (Dessal, 2015), que hay un sinsentido en todo lo que decimos y un malentendido permanente en la comunicación. Es lo que nos muestra la regla del método psicoanalítico, la asociación libre, que le solicita al sujeto decir todas sus ocurrencias sin censurarlas; esto conduce al sujeto “irremediablemente a su locura personal, a enredarse los pies diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir” (Dessal). Así pues, si todos estamos locos, es " porque no existe la realidad, en el sentido universal del concepto, sino la ficción en la que cada uno vive, y que está fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal).
viernes, 6 de noviembre de 2015
437. ¿Cómo se forma un psicoanalista?
"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en psicología" (Pérez, 2015).
El problema es que muchos egresados de los programas de psicología se
autorizan como analistas, o hacen uso del dispositivo analítico como una
herramienta más de intervención, o van a terapia durante un mes y ya se
creen autorizados a psicoanalizar a otros, o hacen uso de un diván sin
conocer el sentido de este mueble: ¡tener un diván en el consultorio no
los hace psicoanalistas! Un diploma de pregrado o posgrado tampoco hace
al psicoanalista, como si sucede con otras profesiones, como la
psicología, el derecho, la medicina, etc. También existen profesiones
que no requieren de títulos, pero si bien el psicoanálisis no requiere
de uno, si demanda un gran compromiso y esfuerzo, sobre todo a nivel
ético. Si bien "el psicoanálisis no es una psicología" (Pérez, 2015),
tampoco es una filosofía o una ontología, aunque, paradójicamente, el
psicoanálisis también aborda temas relacionados con estos discursos. Lo
anterior no significa tampoco que el psicoanálisis no haga parte del
campo "psi"; es más, el psicoanálisis es fundador de ese campo del
conocimiento interesado en estudiar el psiquismo y el comportamiento del
ser humano.
¿Qué es entonces el psicoanálisis? El psicoanálisis es una práctica clínica que busca tratar el sufrimiento del sujeto atravesado por sus síntomas; su herramienta de trabajo es la palabra del sujeto (Pérez, 2015). El psicoanálisis también es un método de investigación y un saber teórico formalizado sobre la condición humana. ¿Cómo se forma entonces un psicoanalista? Un analista es producto de su propio análisis, es decir, un psicoanalista se forma en un proceso de análisis personal con otro psicoanalista, un proceso que suele ser largo y dispendioso; al psicoanalista también lo forma el estudio de la clínica y la teoría psicoanalítica, y el control o supervisión que hace de sus casos una vez se autoriza a atender sus propios pacientes. Estos son los tres pilares de la formación de un psicoanalista: su análisis, sus estudios y la supervisión. La formación del psicoanalista se parece a la del músico: ¡es para toda la vida!
El psicoanálisis es una terapéutica distinta de las demás, así pues, el analista no hace sugestión ni da consejos. Freud rechaza las técnicas de la hipnosis porque se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión. ¿Y los consejos, desde dónde se dan? Pues desde el saber del sujeto, sus experiencias, sus prejuicios e incluso desde las estadísticas que dan los estudios "científicos", es decir, se dan desde lo que denomina el psicoanálisis, el fantasma del sujeto. Para dar consejos, ni siquiera se necesita estudiar psicología. Si un psicólogo se dedica en su práctica a aconsejar o a dirigir la conciencia de sus pacientes, ha perdido su tiempo estudiando, porque esto es lo que hace una madre con sus hijos: aconsejarlos, indicarles el "buen camino". Un terapeuta no debe comportarse como un padre u un buen amigo, porque si así lo hace, está interviniendo desde su propio fantasma, esa Otra escena que guía sus decisiones y su destino; el fantasma es, en otras palabras, la manera como el sujeto ve e interpreta el mundo que le rodea, con sus prejuicios, esquemas mentales y paradigmas adquiridos en la educación recibida, lo que se denomina vulgarmente «psicología del sentido común». Es por esto que un analista, "debe "olvidar lo que sabe": tiene la obligación de olvidarlo" (Pérez, 2015) ¡y hacerse psicoanalizar!
¿Qué es entonces el psicoanálisis? El psicoanálisis es una práctica clínica que busca tratar el sufrimiento del sujeto atravesado por sus síntomas; su herramienta de trabajo es la palabra del sujeto (Pérez, 2015). El psicoanálisis también es un método de investigación y un saber teórico formalizado sobre la condición humana. ¿Cómo se forma entonces un psicoanalista? Un analista es producto de su propio análisis, es decir, un psicoanalista se forma en un proceso de análisis personal con otro psicoanalista, un proceso que suele ser largo y dispendioso; al psicoanalista también lo forma el estudio de la clínica y la teoría psicoanalítica, y el control o supervisión que hace de sus casos una vez se autoriza a atender sus propios pacientes. Estos son los tres pilares de la formación de un psicoanalista: su análisis, sus estudios y la supervisión. La formación del psicoanalista se parece a la del músico: ¡es para toda la vida!
El psicoanálisis es una terapéutica distinta de las demás, así pues, el analista no hace sugestión ni da consejos. Freud rechaza las técnicas de la hipnosis porque se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión. ¿Y los consejos, desde dónde se dan? Pues desde el saber del sujeto, sus experiencias, sus prejuicios e incluso desde las estadísticas que dan los estudios "científicos", es decir, se dan desde lo que denomina el psicoanálisis, el fantasma del sujeto. Para dar consejos, ni siquiera se necesita estudiar psicología. Si un psicólogo se dedica en su práctica a aconsejar o a dirigir la conciencia de sus pacientes, ha perdido su tiempo estudiando, porque esto es lo que hace una madre con sus hijos: aconsejarlos, indicarles el "buen camino". Un terapeuta no debe comportarse como un padre u un buen amigo, porque si así lo hace, está interviniendo desde su propio fantasma, esa Otra escena que guía sus decisiones y su destino; el fantasma es, en otras palabras, la manera como el sujeto ve e interpreta el mundo que le rodea, con sus prejuicios, esquemas mentales y paradigmas adquiridos en la educación recibida, lo que se denomina vulgarmente «psicología del sentido común». Es por esto que un analista, "debe "olvidar lo que sabe": tiene la obligación de olvidarlo" (Pérez, 2015) ¡y hacerse psicoanalizar!
viernes, 23 de octubre de 2015
436. La época de la idiotez generalizada.
En el primero de sus seminarios, Lacan decía, hablando del hombre
contemporáneo, que este “prefiere resolver las cosas en términos de
conducta, adaptación, moral de grupo y otras pamplinas” (Lacan, citado por López, 2015).
Hay pues una banalidad del pensamiento en el mundo de hoy. Vivimos una
época de idiotez generalizada, la cual se observa tanto en las letras de
las canciones de reggaetón, como en la forma de escribir sin tener en
cuenta las reglas de gramática, pasando por los videos donde la gente se
hace famosa haciendo estupideces en las que exponen hasta la vida,
etc.; los ejemplos son tan infinitos como la misma “pelotudez” humana.
Ya lo había dicho Albert Einstein (1879-1955), "hay dos cosas infinitas:
el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro".
El mismo discurso científico también parece caer en esa trivialidad del pensamiento al reducir los problemas humanos a causas genéticas o neurológicas; igualmente el campo de la psicología, la cual busca la adaptación o normalización del sujeto: hacerlo “funcional”. Así pues, el saber contemporáneo parece dejar de lado “«la experiencia de la verdad» en su sentido más fuerte, aquella de la que el sujeto sale transformado, habiendo visto algo de sí mismo que hasta entonces desconocía” (López, 2015).
Todo este saber científico, que reduce el sujeto a una cifra, tiene, al parecer, un propósito, que responde a su vez a una política del discurso imperante: “que la experiencia de la verdad desaparezca, que el sujeto quede excluido de la responsabilidad de su propia vida, que se transforme en un objeto de estudio, como las ratas de laboratorio, sobre el cual la ciencia impone su mirada y la ideología de la evaluación, su compulsión a reducirlo a cifras medibles” (López, 2015). Esta es la razón por la que el sujeto termina eludiendo las grandes preguntas sobre la condición humana: “¿Por qué deseamos aquello que es más contrario a nuestros ideales? ¿Cómo es que sentimos una insatisfacción imposible de colmar y al mismo tiempo encontramos una satisfacción en el sufrimiento? ¿Por qué hoy amamos y mañana odiamos?” (López), preguntas que llevaron a Freud y a Lacan a postular los conceptos de pulsión de muerte y de goce.
Se vive pues una época que “odia las preguntas y no soporta el enigma” (López, 2015), época a la que el psicoanálisis se resiste sosteniendo una “ética de la interrogación del sujeto” (López), una ética de los “porqués”, una ética que no aniquile las preguntas existenciales del sujeto, que no destruya su subjetividad. “Privado de la posibilidad de preguntar, el ser hablante se deshumaniza y queda reducido a una piltrafa” (López).
La experiencia psicoanalítica es una experiencia solo para los que son capaces de interrogarse sobre aquello que se revela como lo más horroroso del sujeto, un horror que también se presenta en él como “«horror a saber» sobre la castración como ausencia de relación sexual” (López, 2015). Lacan apuesta por la emergencia, en el sujeto, de un deseo de saber inédito, un saber atravesado por lo imposible de saber: un resto de real que no se resuelve por la vía del saber. “Ni el estudio del genoma humano, ni el del cerebro podrán franquear esta barrera. El análisis propone aceptar la castración como el límite del saber, pero sin ahorrarnos el esfuerzo de llevar el saber hasta su límite” (López).
Ahora bien, si ese horror al saber es consustancial al ser humano, ¿por qué hablar de una crisis del saber en la actualidad? Lo que se observa en el mundo de hoy es que “los dispositivos científicos, técnicos, políticos y culturales en general, van a contrapelo de las grandes preguntas porque ofrecen infinidad de medios para taponarlas. Entonces, tenemos un sujeto cada vez más autista en un medio plagado de falsas respuestas” (López, 2015). La sociedad contemporánea se está transformando en “una máquina de rendimiento autista” (Byung-Chul Han, citado por López).
Así pues, el sujeto moderno “no alienta el lazo social sino la separación, pues cada uno vive encerrado en su fatiga más propia sin interrogarse por la causa del deseo” (López, 2015). Ese nuevo imperativo que circula hoy por todas partes en el discurso actual, la competitividad y/o el emprendimiento –imperativo superyóico-, desaloja las preguntas del sujeto por su existencia, y coloca en su lugar la adoración por los resultados y las evidencias (López). ¡Todos hiperactivos! es la consigna del mundo contemporáneo, en la que el sujeto “se alimenta de múltiples fuentes de información en una deriva metonímica sin fin”: La navegación online es su paradigma. Y a esto se le suma ese “exceso de objetos de goce” (López) que ayudan al sujeto a escapar de su aburrimiento, taponando su falta de ser.
Esta pasión por la ignorancia que se observa hoy, implica un rechazo generalizado del saber del inconsciente. Los sujetos, atiborrados de información, caen en una anorexia con respecto a las verdaderas preguntas de la existencia (López, 2015). Afortunadamente, mientras existan psicoanalistas y personas que se interrogan por la causa de su sufrimiento, el psicoanálisis seguirá existiendo, pero se puede llegar a extinguir si se sigue en la vía de que “todo sea comunicable, calculable y visible (…) Por fortuna hay algo incalculable en el ser hablante que impide reducirlo a un algoritmo y, por ello mismo, le da una oportunidad para cambiar.” (López).
El mismo discurso científico también parece caer en esa trivialidad del pensamiento al reducir los problemas humanos a causas genéticas o neurológicas; igualmente el campo de la psicología, la cual busca la adaptación o normalización del sujeto: hacerlo “funcional”. Así pues, el saber contemporáneo parece dejar de lado “«la experiencia de la verdad» en su sentido más fuerte, aquella de la que el sujeto sale transformado, habiendo visto algo de sí mismo que hasta entonces desconocía” (López, 2015).
Todo este saber científico, que reduce el sujeto a una cifra, tiene, al parecer, un propósito, que responde a su vez a una política del discurso imperante: “que la experiencia de la verdad desaparezca, que el sujeto quede excluido de la responsabilidad de su propia vida, que se transforme en un objeto de estudio, como las ratas de laboratorio, sobre el cual la ciencia impone su mirada y la ideología de la evaluación, su compulsión a reducirlo a cifras medibles” (López, 2015). Esta es la razón por la que el sujeto termina eludiendo las grandes preguntas sobre la condición humana: “¿Por qué deseamos aquello que es más contrario a nuestros ideales? ¿Cómo es que sentimos una insatisfacción imposible de colmar y al mismo tiempo encontramos una satisfacción en el sufrimiento? ¿Por qué hoy amamos y mañana odiamos?” (López), preguntas que llevaron a Freud y a Lacan a postular los conceptos de pulsión de muerte y de goce.
Se vive pues una época que “odia las preguntas y no soporta el enigma” (López, 2015), época a la que el psicoanálisis se resiste sosteniendo una “ética de la interrogación del sujeto” (López), una ética de los “porqués”, una ética que no aniquile las preguntas existenciales del sujeto, que no destruya su subjetividad. “Privado de la posibilidad de preguntar, el ser hablante se deshumaniza y queda reducido a una piltrafa” (López).
La experiencia psicoanalítica es una experiencia solo para los que son capaces de interrogarse sobre aquello que se revela como lo más horroroso del sujeto, un horror que también se presenta en él como “«horror a saber» sobre la castración como ausencia de relación sexual” (López, 2015). Lacan apuesta por la emergencia, en el sujeto, de un deseo de saber inédito, un saber atravesado por lo imposible de saber: un resto de real que no se resuelve por la vía del saber. “Ni el estudio del genoma humano, ni el del cerebro podrán franquear esta barrera. El análisis propone aceptar la castración como el límite del saber, pero sin ahorrarnos el esfuerzo de llevar el saber hasta su límite” (López).
Ahora bien, si ese horror al saber es consustancial al ser humano, ¿por qué hablar de una crisis del saber en la actualidad? Lo que se observa en el mundo de hoy es que “los dispositivos científicos, técnicos, políticos y culturales en general, van a contrapelo de las grandes preguntas porque ofrecen infinidad de medios para taponarlas. Entonces, tenemos un sujeto cada vez más autista en un medio plagado de falsas respuestas” (López, 2015). La sociedad contemporánea se está transformando en “una máquina de rendimiento autista” (Byung-Chul Han, citado por López).
Así pues, el sujeto moderno “no alienta el lazo social sino la separación, pues cada uno vive encerrado en su fatiga más propia sin interrogarse por la causa del deseo” (López, 2015). Ese nuevo imperativo que circula hoy por todas partes en el discurso actual, la competitividad y/o el emprendimiento –imperativo superyóico-, desaloja las preguntas del sujeto por su existencia, y coloca en su lugar la adoración por los resultados y las evidencias (López). ¡Todos hiperactivos! es la consigna del mundo contemporáneo, en la que el sujeto “se alimenta de múltiples fuentes de información en una deriva metonímica sin fin”: La navegación online es su paradigma. Y a esto se le suma ese “exceso de objetos de goce” (López) que ayudan al sujeto a escapar de su aburrimiento, taponando su falta de ser.
Esta pasión por la ignorancia que se observa hoy, implica un rechazo generalizado del saber del inconsciente. Los sujetos, atiborrados de información, caen en una anorexia con respecto a las verdaderas preguntas de la existencia (López, 2015). Afortunadamente, mientras existan psicoanalistas y personas que se interrogan por la causa de su sufrimiento, el psicoanálisis seguirá existiendo, pero se puede llegar a extinguir si se sigue en la vía de que “todo sea comunicable, calculable y visible (…) Por fortuna hay algo incalculable en el ser hablante que impide reducirlo a un algoritmo y, por ello mismo, le da una oportunidad para cambiar.” (López).
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viernes, 9 de octubre de 2015
435. Sobre la técnica psicoanalítica.
Siempre es pertinente preguntarse por la técnica psicoanalítica, es
decir, por el qué hacer cuando se recibe a un paciente en el
consultorio. Lo primero que hay que tener en cuenta es que “no hay
ningún punto técnico en el análisis que no se vincule con la cuestión
ética” (Miller, 1997, p. 13). En al análisis las cuestiones técnicas son
siempre cuestiones éticas por una razón muy precisa: porque el análisis
va dirigido al sujeto. Como bien lo dice Miller, “la categoría de
sujeto no es una categoría técnica” (1997), sino una categoría ética.
En la experiencia psicoanalítica de orientación lacaniana, no hay estándares ni patrones, pero sí hay principios de la práctica, los cuales se transmiten fundamentalmente a través del propio análisis y de la supervisión de los casos clínicos (Miller, 1997), pero también es importante hacer el esfuerzo de hacer transmisión de dichos principios formalizándolos en la teoría. Esto abarca tanto desde cómo se recibe a un paciente, hasta cómo es un final de análisis; desde que se hace con la demanda del paciente, hasta cómo se tramita la transferencia.
Miller (1997) plantea tres niveles para la entrada en análisis: la avaluación clínica, que abarca un diagnóstico preliminar de la estructura clínica del sujeto que demanda un análisis, es decir, si se trata de un neurótico, un perverso o un psicótico o prepsicótico; la localización subjetiva del sujeto, es decir, la posición que el paciente asume en su relación con su queja y sus síntomas; y la introducción al inconsciente, que tiene que ver con cómo el analista contribuye en el aprendizaje, por parte del paciente, del bien-decir, es decir, de cómo aproxima al paciente a decir lo que desea.
Así pues, la localización subjetiva no es sólo una avaluación de la posición del sujeto, sino también un acto ético del analista, en el que hay una reformulación de la demanda del paciente, un cuestionamiento de su deseo y una rectificación subjetiva. La rectificación subjetiva, uno de los aspectos más importantes en el momento de entrar en análisis, consiste en pasar de quejarse de los otros, para empezar a quejarse de sí mismo. Por lo general, la posición “normal” de todo sujeto neurótico, es quejarse de los demás. El acto analítico consiste en “implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja” (Miller, 1997, p. 70).
Entre los principios que rigen la práctica clínica psicoanalítica están: estudiar el saber clínico y utilizarlo en la experiencia –lo cual abarca el diagnóstico en base a las estructuras clínicas–; es esencial localizar el sujeto de la enunciación –y distinguirlo del sujeto del enunciado–; no comprender al paciente –lo que se denomina principio de comprensión–; y cansar al deseo del sujeto –lo que es una política del psicoanálisis–.
En la experiencia psicoanalítica de orientación lacaniana, no hay estándares ni patrones, pero sí hay principios de la práctica, los cuales se transmiten fundamentalmente a través del propio análisis y de la supervisión de los casos clínicos (Miller, 1997), pero también es importante hacer el esfuerzo de hacer transmisión de dichos principios formalizándolos en la teoría. Esto abarca tanto desde cómo se recibe a un paciente, hasta cómo es un final de análisis; desde que se hace con la demanda del paciente, hasta cómo se tramita la transferencia.
Miller (1997) plantea tres niveles para la entrada en análisis: la avaluación clínica, que abarca un diagnóstico preliminar de la estructura clínica del sujeto que demanda un análisis, es decir, si se trata de un neurótico, un perverso o un psicótico o prepsicótico; la localización subjetiva del sujeto, es decir, la posición que el paciente asume en su relación con su queja y sus síntomas; y la introducción al inconsciente, que tiene que ver con cómo el analista contribuye en el aprendizaje, por parte del paciente, del bien-decir, es decir, de cómo aproxima al paciente a decir lo que desea.
Así pues, la localización subjetiva no es sólo una avaluación de la posición del sujeto, sino también un acto ético del analista, en el que hay una reformulación de la demanda del paciente, un cuestionamiento de su deseo y una rectificación subjetiva. La rectificación subjetiva, uno de los aspectos más importantes en el momento de entrar en análisis, consiste en pasar de quejarse de los otros, para empezar a quejarse de sí mismo. Por lo general, la posición “normal” de todo sujeto neurótico, es quejarse de los demás. El acto analítico consiste en “implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja” (Miller, 1997, p. 70).
Entre los principios que rigen la práctica clínica psicoanalítica están: estudiar el saber clínico y utilizarlo en la experiencia –lo cual abarca el diagnóstico en base a las estructuras clínicas–; es esencial localizar el sujeto de la enunciación –y distinguirlo del sujeto del enunciado–; no comprender al paciente –lo que se denomina principio de comprensión–; y cansar al deseo del sujeto –lo que es una política del psicoanálisis–.
viernes, 25 de septiembre de 2015
434. El psicoanálisis: una nueva manera de hacer lazo social.
Freud y Lacan empezaron sus obras preguntándose por el malestar en el
individuo y terminaron interrogándose por el malestar que proviene de
los vínculos sociales. En el momento de mayor madurez de su producción
teórica, cada uno produjo una reflexión sobre el vínculo social y
dejaron ideas que apuntan a la intervención de los síntomas sociales.
La subversión que produce la obra de Freud en el campo de los discursos y las prácticas que se ocupan del sujeto, tiene una dimensión teórica y una práctica. La dimensión teórica consiste en el descubrimiento del inconsciente; la dimensión práctica consiste en la creación de una nueva clase de vínculo social que no existía hasta entonces: el vínculo del analista con el analizante en el dispositivo analítico.
El descubrimiento freudiano del inconsciente no solamente tendrá efectos para la explicación de la psicología individual, sino que será una herramienta útil para construir una teoría de la cultura y arrojar una luz lateral, que permite iluminar las verdades psicológicas cifradas en algunas producciones culturales como la religión, el mito, el chiste, la producción artística, etc. Freud también mostrará que el psicoanálisis es un potente instrumento para contribuir a la reflexión de los vínculos sociales y algunos de sus síntomas, como la guerra, la enajenación en los fenómenos de masas, las neurosis colectivas, y la infelicidad en la civilización.
Bajo la consigna de un retorno al espíritu de la investigación freudiana, Jacques Lacan acomete una segunda fundación del psicoanálisis. En 1968, el mismo año en que los estudiantes y los obreros franceses se tomaron las calles de París para protestar y denunciar que algo estaba haciendo síntoma en el lazo social, Lacan estaba impartiendo un seminario con un título un poco extraño para algunos: El revés del psicoanálisis. Pero más extraño era, para muchos, el problema del que se ocupaba él en aquel momento: «El vínculo social».
En este seminario Lacan sorprende una vez más a su auditorio con una producción inédita en la que articula todos sus rendimientos teóricos anteriores. En ella introduce el término «discurso», como una nueva noción en su edificio conceptual, al cual define como “modo de hacer lazo social” (Lacan, 1992). El autor propone allí que todos los vínculos sociales se pueden explicar a partir de cuatro estructuras o matrices básicas. Tres de ellas ya existían antes del psicoanálisis: “el discurso del amo”, “el discurso universitario”, y “el discurso de la histérica”. “El discurso psicoanalítico”, según Lacan, es una nueva manera de hacer lazo social, que se introduce en el mundo a partir de Freud.
La subversión que produce la obra de Freud en el campo de los discursos y las prácticas que se ocupan del sujeto, tiene una dimensión teórica y una práctica. La dimensión teórica consiste en el descubrimiento del inconsciente; la dimensión práctica consiste en la creación de una nueva clase de vínculo social que no existía hasta entonces: el vínculo del analista con el analizante en el dispositivo analítico.
El descubrimiento freudiano del inconsciente no solamente tendrá efectos para la explicación de la psicología individual, sino que será una herramienta útil para construir una teoría de la cultura y arrojar una luz lateral, que permite iluminar las verdades psicológicas cifradas en algunas producciones culturales como la religión, el mito, el chiste, la producción artística, etc. Freud también mostrará que el psicoanálisis es un potente instrumento para contribuir a la reflexión de los vínculos sociales y algunos de sus síntomas, como la guerra, la enajenación en los fenómenos de masas, las neurosis colectivas, y la infelicidad en la civilización.
Bajo la consigna de un retorno al espíritu de la investigación freudiana, Jacques Lacan acomete una segunda fundación del psicoanálisis. En 1968, el mismo año en que los estudiantes y los obreros franceses se tomaron las calles de París para protestar y denunciar que algo estaba haciendo síntoma en el lazo social, Lacan estaba impartiendo un seminario con un título un poco extraño para algunos: El revés del psicoanálisis. Pero más extraño era, para muchos, el problema del que se ocupaba él en aquel momento: «El vínculo social».
En este seminario Lacan sorprende una vez más a su auditorio con una producción inédita en la que articula todos sus rendimientos teóricos anteriores. En ella introduce el término «discurso», como una nueva noción en su edificio conceptual, al cual define como “modo de hacer lazo social” (Lacan, 1992). El autor propone allí que todos los vínculos sociales se pueden explicar a partir de cuatro estructuras o matrices básicas. Tres de ellas ya existían antes del psicoanálisis: “el discurso del amo”, “el discurso universitario”, y “el discurso de la histérica”. “El discurso psicoanalítico”, según Lacan, es una nueva manera de hacer lazo social, que se introduce en el mundo a partir de Freud.
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