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147. Adolescentes desorientados y sin media naranja.

Un signo visible de la entrada de un joven en la pubertad, es la aparición de los caracteres sexuales secundarios -cambia la voz en los varones, crecen los senos y se ensanchan las caderas en las mujeres, se desarrollan definitivamente los órganos sexuales de ambos sexos, etc.-; pero, igualmente, no deja de observarse una desorientación en la que está sumida todo ser humano respecto de lo sexual. Esa desorientación pone en evidencia al menos dos aspectos fundamentales de la vida sexual humana: primero, que no hay un «objeto» determinado para el «impulso» sexual (pulsión), y segundo, que no hay complementariedad a nivel sexual.

Que no hay «objeto» se observa cuando los adolescentes dudan sobre si le gustan los hombres o las mujeres. Que un hombre se orienten hacia una mujer y viceversa, no es algo seguro en la vida sexual de un sujeto, como tampoco hay seguridad sobre su «identidad» sexual -sentirse hombre o mujer-, ya que ella no depende del cerebro, las hormonas o el «sexo biológico».

El sexo biológico -tener un pene o una vagina- nada tiene que ver con el «sexo psicológico»; sentirse hombre o mujer es una conquista del sujeto que depende más de su historia como ser humano -desde la infancia- que de su organismo. Y aún, elegir un compañero sexual, es independiente de la posición sexual conquistada; por esta razón un hombre varonil puede ser homosexual y uno amanerado, ser heterosexual; la posición sexual y la elección de un compañero no coinciden en el ser humano.

El segundo aspecto -que la adolescencia sea un momento en la vida en el que se presentifica algo del orden de una desarmonía sexual- significa, en términos sencillos, que ninguna mujer nació para un hombre y ningun hombre nació para alguna mujer, es decir, que nadie nace con su «media naranja» asegurada. Es más: ¡que no hay media naranja!. Nada ni nadie le puede asegurar a un adolescente que su relación de pareja va a durar de por vida. Más bien, lo que se observa en ellos son amores fugaces, semanales, que ejemplifican claramente que no hay entre los seres humanos una complementariedad al nivel de los sexos.

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