martes, 23 de junio de 2026

574. El fetiche como «objeto pantalla» frente a la angustia

¿Por qué esta sociedad se aferra con tanta ferocidad a los objetos de consumo? En el Seminario IV: La relación de objeto (1956–1957), Lacan desarrolla la función del «fetiche» como respuesta a la angustia ante la falta; lo concibe, en efecto, como una “protección contra la angustia” frente al abismo de la castración. El fetiche opera como un objeto pantalla que se sitúa en el borde mismo del vacío para velarlo, permitiendo al sujeto eludir el encuentro con esa falta radical constitutiva del sujeto.

En la actualidad, los dispositivos tecnológicos funcionan como fetiches sofisticados. El gadget promete erigirse en complemento perfecto del “agujero en la realidad”, ocultando la fragilidad constitutiva del sujeto tras una interfaz reluciente. Sin embargo, como todo fetiche, está destinado a la obsolescencia, pues ningún objeto puede suturar una falta de orden estructural.

“El fetiche cumple en la teoría analítica una función de protección contra la angustia… el objeto tiene cierta función de complemento con respecto a algo que se presenta como un agujero, incluso como un abismo en la realidad” (Lacan, 1995, p. 215).

Para el sujeto, asumir la falta no implica un gesto de pesimismo, sino una apertura hacia una forma distinta de autonomía. La búsqueda incesante del “objeto que lo complete” constituye, más bien, una modalidad de servidumbre que conduce a la melancolía o al consumo compulsivo.

Cuando el sujeto reconoce que el objeto está perdido de antemano, el vacío deja de experimentarse como un abismo y puede devenir un espacio de posibilidad. La falta se revela entonces como el motor del deseo, aquello que permite su desplazamiento y la creación de algo nuevo. Solo cuando se abandona el intento de colmar la falta constitutiva de la existencia, se hace posible habitarla de manera creativa.

Si el objeto que el sujeto busca está, desde siempre, perdido, ¿qué ocurriría si dejara de intentar recuperarlo y comenzara, en cambio, a escribir, amar o construir algo nuevo a partir de ese vacío?

lunes, 15 de junio de 2026

573. El Falo y el amor: amar es dar lo que no se tiene

En el Seminario IV: La relación de objeto, Lacan (1956-1957) desarrolla la función del falo como significante del deseo de la madre y la posición del niño en esa economía. Lo primero que se aclara allí es que, en el psicoanálisis, el falo no es el pene: el pene es el órgano biológico, mientras que el falo es un significante imaginario. ¿Por qué, en un principio, imaginario? Por la famosa "tríada imaginaria" que Lacan (1994) utiliza para describir el primer tiempo del Edipo: madre-hijo-falo, en el que el niño, en su etapa temprana, no solo desea a la madre como objeto de amor y deseo, sino que desea ser el objeto de deseo de la madre, aquel que completa su falta, la falta de la madre, su castración.

Cuando una madre tiene un hijo, lo ha deseado y esperado, porque el niño llega como sustituto de otra cosa: ella, siendo niña, esperaba recibir un hijo de su padre como sustituto del falo que no tiene, y así sustituye el deseo del falo por el deseo de un hijo. El niño se identifica con el objeto de deseo de la madre y, por tanto, desea ser el falo que le falta a la madre, es decir, desea ser aquello que la colme. Esta es la primera manifestación de que "el deseo del sujeto es el deseo del Otro": no se desean cosas, se desea ser el objeto de deseo del Otro, el objeto que llene la falta de aquel a quien se ama, la madre.

"Para la madre, el niño está lejos de ser sólo el niño, porque es también el falo, constituye una discordancia imaginaria, y se plantea la cuestión de saber cómo se introduce al niño en ella" (Lacan, 1994, p. 184).

En esa relación madre-hijo, el amor se pone en juego como aquello que viene a colmar esa falta. En la dialéctica de la frustración, Lacan explica que cuando un objeto (un juguete, un dulce) se ofrece no para saciar una necesidad, sino como un signo, se transforma en un don de amor. Así pues, el valor del objeto reside en que representa la voluntad del Otro de desprenderse de algo. Se ama, entonces, cuando el sujeto es capaz de ofrecer su propia falta al otro. Lacan hace saber que el amor verdadero reside en la capacidad del sujeto de reconocerse en falta, castrado. El don de amor tiene, por tanto, un carácter simbólico, ya que lo que se da no colma, sino que señala un vínculo de amor.

El primer gran objeto de amor es, entonces, la madre: "Para ambos sexos eso empieza con la madre" (Miller, 2011). Entre el niño y la madre se establece, así, un vínculo fundamental para la constitución subjetiva del niño: la dependencia de amor. Dicho vínculo se sostiene en una falta fundamental, la de esa madre, en la medida en que ella ha subjetivado su castración —"no lo tengo, el falo"—; por eso, para el psicoanálisis, solo puede amar aquel que se siente en falta, el sujeto castrado, quien es fundamentalmente el sujeto neurótico.

Así pues, amar es dar lo que no se tiene; amar es reconocer la falta y dársela al otro. Amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008).

miércoles, 3 de junio de 2026

572. Sobre la técnica de interpretación de los sueños en Freud

 En La interpretación de los sueños (Freud, 1979 [1900], Amorrortu), el autor hace referencia a otros tipos de interpretaciones, fundamentalmente para enmarcar, formalizar y distinguir su propio método. Así, cuando menciona la interpretación alegórica y anagógica, lo hace para diferenciarse de H. Silberer, quien sostenía que todo sueño —o al menos muchos de ellos— reclama dos interpretaciones diferentes con una relación fija entre sí. Una de esas interpretaciones, Silberer la llama psicoanalítica: aquella que atribuye al sueño un sentido de carácter infantil-sexual. La otra, que considera más importante, es la anagógica, y remite a pensamientos más serios y profundos que el trabajo del sueño habría tomado como material. Sin embargo, Silberer no demostró esta tesis en ningún momento mediante una serie de sueños analizados en ambas direcciones. Para Freud, tal hecho no existe: la mayoría de los sueños no demandan sobreinterpretación y son, en particular, insusceptibles de interpretación anagógica. En Silberer, como en otros empeños teóricos, Freud advierte una inequívoca tendencia a velar las condiciones básicas de la formación del sueño y a desviar el interés de sus raíces pulsionales.

Freud comprobó que el trabajo del sueño puede tomar de la vida de vigilia una serie de pensamientos abstractos e insusceptibles de figuración directa, y volverlos sueño apoderándose de algún otro material de pensamiento que mantiene con ellos una relación laxa —a menudo alegórica (p. 518)—, pues ofrece menores dificultades a la figuración. La interpretación de un sueño así es proporcionada por el propio soñante, y la interpretación correcta del material subyacente debe buscarse con los medios técnicos que Freud establece para la interpretación de los sueños.

Respecto de si todo sueño es interpretable, Freud responde que no, dado que en el trabajo de interpretación se tienen en contra los poderes psíquicos responsables de la desfiguración del sueño.

Freud denomina «interpretación diferida» a aquella que se realiza sobre sueños olvidados y recordados posteriormente, o sobre sueños que fueron interpretados de manera incompleta o no interpretados en su momento. Freud descubre que, cuando ha transcurrido mucho tiempo, la interpretación se vuelve más sencilla que cuando el sueño está fresco, probablemente porque ya se han superado muchas de las resistencias que en aquella época la perturbaban. Freud solía interpretar con sus pacientes sueños de años anteriores con el mismo éxito que los recientes, pues el sueño se comporta como un síntoma neurótico: en un psiconeurótico se esclarecen tanto los primeros síntomas de su sufrimiento, hace tiempo superados, como los que todavía subsisten (p. 516).

Sobre la técnica de interpretación propiamente dicha, Freud recomienda comenzar investigando las vivencias diurnas que suscitaron el sueño, por ser este el camino más directo (p. 182). No es posible interpretar el sueño de otro si este no quiere revelar los pensamientos inconscientes que subyacen al contenido onírico. No obstante, existe cierta clase de sueños que casi todos hemos tenido de manera similar y de los que cabe suponer que tienen en todos el mismo significado: son los sueños típicos (p. 252 y ss.), como aparecer desnudo o la muerte de seres queridos. El trabajo de interpretación busca descubrir los pensamientos oníricos ocultos tras el sueño mediante los procesos de condensación, desplazamiento y figuración —la transformación de un pensamiento en imagen visual—. Freud advierte que nunca podremos estar seguros de haber interpretado un sueño de manera exhaustiva (p. 287). Esta advertencia contrasta, sin embargo, con la posibilidad de otorgarle un sentido completo al sueño; el propio Freud llega incluso a recomendar realizar una síntesis al ejecutar la interpretación, componiendo los pensamientos oníricos descubiertos y reconstruyendo desde ellos la formación del sueño (p. 316).

En el análisis de un sueño, Freud exige abandonar toda escala de valoración de la certidumbre; pero cuando se tropieza con una duda o con un elemento desdibujado del contenido onírico, lo trata como certeza plena: la duda no es más que un retoño más directo de uno de los pensamientos oníricos proscritos. La parte del sueño sustraída al análisis es siempre la más importante y conduce por el camino más corto a la solución del sueño. Este modo de proceder resulta muy revelador sobre la forma en que el inconsciente se manifiesta —o, para decirlo con Lacan, la manera en que el inconsciente se abre a nuestra mirada—, lo que contrasta enormemente con el propósito de La interpretación de los sueños, que busca otorgarle un sentido pleno al sueño, cerrando así el inconsciente.

Nadie puede esperar que la interpretación de sus sueños le caiga del cielo. La interpretación de un sueño no siempre se consuma de un golpe: hay que trabajar con empeño, sofrenando durante ese proceso toda crítica, todo preconcepto y todo compromiso afectivo o intelectual. Freud también denomina «interpretación fraccionada» aquella en la que, luego de haberse interrumpido un encadenamiento de ocurrencias que no aportan al sentido del sueño, emerge en otra sesión un nuevo fragmento del contenido onírico que atrae la atención y abre un nuevo estrato de pensamientos. La labor interpretativa, sostiene Freud, no termina cuando se tiene en manos una interpretación completa, plena de sentido, coherente y que dé razón de todos los elementos del contenido del sueño, pues para ese mismo sueño puede existir otra interpretación —una sobreinterpretación— que se le haya escapado. El trabajo del sueño se vale de expresiones multívocas para "matar siete moscas de un solo golpe", como el sastrecillo del cuento. Aquí se advierte una vacilación en Freud: cuando responde a Silberer sobre la interpretación alegórica y anagógica, sostiene que la mayoría de los sueños no demandan sobreinterpretación, mientras que en este punto señala que ella es posible. El propio Freud parece reconocer que otorgarle un sentido pleno a los sueños cierra el inconsciente, y que este se manifiesta más bien allí donde el discurso del sujeto falla, duda, presenta incongruencias o se vuelve borroso.

Freud agrega que, aun en los sueños mejor interpretados, es preciso dejar a menudo un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí parte una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Ese es el ombligo del sueño (p. 519): el lugar en el que este se asienta en lo desconocido. Desde ese punto más espeso del tejido de pensamientos se eleva el deseo como el hongo de su micelio. Este ombligo del sueño constituye el límite principal —un límite real, diríamos con Lacan— que Freud encuentra al trabajo de interpretación.

575. La relación de objeto y la estructura de la falta

En el Seminario IV de Jacques Lacan, titulado La relación de objeto , esta no se presenta como una etapa evolutiva de la maduración instint...