Así como es posible establecer una distinción entre el semblante y lo real, también habría que construir una oposición entre lo verdadero y lo real (Miller, 2002). Esta diferencia es importante establecerla porque el síntoma mismo tiene una cara del lado de lo real, y otra del lado de lo verdadero, que es el aspecto simbólico del síntoma. Es la distinción entre el síntoma como semblante, el cual es variable en la medida en que depende de la acogida que le dé el Otro, y el síntoma como real, el síntoma fundamental del sujeto.
Miller (2002) se pregunta, entonces, ¿qué es un verdadero síntoma?, a lo que responde: “Es mejor ser pragmático que fundamentalista con el síntoma, es decir, el analista no debe ser demasiado siervo de la verdad y dedicarse a buscar cuál es el verdadero síntoma, cuáles los falsos, porque por ejemplo, en la histeria de todos modos no va a encontrar nada con eso, pues todos son verdaderos y falsos: es la verdad mentirosa encarnada. En la neurosis obsesiva tampoco sirve, porque sería echar sobre sí la duda encarnada por el paciente. Lo que implico en esta frase es el pragmatismo, es decir, la elección del síntoma a trabajar abre la puerta que da al camino del análisis. El acento que pongo sobre lo real –no hay clínica sin real articulado al no hay clínica sin ética– implica que en este punto la ética sería una ética pragmática, no absolutista. Por eso el síntoma mas útil es el síntoma creado por el analista, uno que lo incluya en su definición, porque encarna ya al síntoma como discurso del Otro. Cuando es a partir de una puntuación sobre un rasgo sintomático desconocido o poco puesto de relieve por el sujeto, es cuando da los mejores resultados, pues instala la dimensión del inconsciente y el analista se apropia de algo del sujeto supuesto saber.” (p. 26–27).
Un verdadero síntoma es, pues, aquel que es creado por el analista gracias a su intervención, apuntando siempre a lo real. Para poder dar con el verdadero síntoma, se hace necesario dirigir la mirada hacia la repetición. La repetición es la manifestación del inconsciente en todo sujeto, es la característica general de la cadena significante. La transferencia es, de cierta manera, una forma muy especial de repetición, es decir, es la repetición dentro de la cura analítica. La transferencia es definida por Lacan como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente. Se podría decir entonces que el inconsciente tiene dos caras: una cara que se abre al Sujeto–supuesto–Saber, resorte de la transferencia y apertura al desciframiento de los significantes, es decir, apertura al Otro; este inconsciente es el que irrumpe a modo de efectos como el lapsus; es el punto de tyché, del azar, de pulsación del inconsciente. La otra cara del inconsciente es la de la compulsión a la repetición; es el automatón mismo del inconsciente. Es por esta vertiente que hay algo del inconsciente que se liga a lo real; en el análisis se lleva al paciente a esa reducción que hace posible que lo más real del sujeto puede ser alcanzado.
La repetición es lo que introduce en la experiencia analítica el registro de lo permanente, de lo idéntico, de «más de lo mismo», dice Miller (2002). Esto es lo que hace que la repetición, bajo la forma del síntoma, se separe de las otras formaciones del inconsciente, las cuales son evasivas, se desvanecen sin repetirse. El síntoma permanece, lo que habla de una temporalidad muy distinta a la del sueño, el lapsus, el olvido o el acto fallido, los cuales se esfuman fácilmente, y si el analista no los atrapa en el instante de su aparición, ellos se pierden.
Hay pues, como lo indica Miller (2002), un inconsciente–hallazgo y un inconsciente repetición, lo cual es “una nueva visión de la oposición, inicialmente, planteada por Lacan, entre palabra vacía y palabra plena. (...) ...la palabra vacía es la palabra de la repetición; es la palabra como un ritornello que funciona sin captar hallazgos; del lado de la palabra plena, estaba la posibilidad del invento, de lo nuevo.” (p. 52).
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
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viernes, 23 de mayo de 2014
viernes, 22 de marzo de 2013
366. El Yo es frustración en su esencia.
Lacan dirá que la palabra en el psicoanálisis es el único modo de acceso a la verdad sobre el deseo del sujeto, y sólo un tipo particular de palabra conduce a esta verdad: una palabra sin control consciente, conocida con el nombre de «asociación libre». Dice Lacan de ella que “se trata sin duda de un trabajo, y tanto que ha podido decirse que exige un aprendizaje y aun llegar a ver en ese aprendizaje el valor formador de ese trabajo” (Lacan, 1984, p. 238).
Lacan se dedica, entonces, a examinar lo que sucede con ese trabajo, y dice que en el despliegue de esa «palabra vacía», se revela una frustración que es inherente al discurso mismo del sujeto. El sujeto, a medida que despliega su discurso, “se adentra [...] en una desposesión más y más grande de ese ser de sí mismo con respecto al cual, a fuerza de pinturas sinceras que no por ello dejan menos incoherente la idea, de rectificaciones que no llegan a desprender su esencia, de apuntalamientos y de defensas que no impiden a su estatua tambalearse, de abrazos narcisistas que se hacen soplo al animarlo, acaba por reconocer que ese ser no fue nunca sino su obra en lo imaginario y que esa obra defrauda en él toda certidumbre.” (Lacan, 1984, p. 239).
Dicho de otra manera, el sujeto despliega en su palabra vacía, un ser que no es sino imaginario, lo cual habla de una «enajenación fundamental», que no es otra que la alineación que es consecuencia del proceso por el cual el yo se constituye mediante la identificación con el semejante, fundando su narcisismo; es por esto que el ego, el Yo, “es frustración en su esencia” (Lacan, 1984, p. 239). “Es frustración no de un deseo del sujeto, sino de un objeto donde su deseo está enajenado y que, cuanto más se elabora, tanto más se ahonda para el sujeto la enajenación de su gozo." (p. 240).
Frustración de un objeto: la imagen en el espejo en la que el sujeto se aliena, “único objeto que está al alcance del analista, (...) es la relación imaginaria que le liga al sujeto en cuanto yo” (Lacan, 1984, p. 243). Esta imagen ideal, termina siempre frustrando al sujeto, por no poder satisfacerse completamente con ella. A este nivel, dice Lacan, no hay respuesta adecuada. La agresividad no se deja esperar, ya que estamos en el plano imaginario.
Como a este nivel de la «palabra vacía» se despliega la seducción y el galanteo afectivos, tanto como la intelectualización, Lacan advierte aquí que el analista debe darse cuenta de estas formas que adquiere el discurso en la palabra vacía, ya que ellas pueden ser leídas como resistencias al análisis, es decir, señuelos imaginarios del yo. Lacan critica aquí a los analistas que toman el reino afectivo, ese que se despliega fácilmente como carnada en la palabra vacía, como si fuera primario respecto del intelectual. Para Lacan dicha oposición no es válida. La cura analítica se basa en el orden simbólico, el cual trasciende la oposición entre afecto e intelecto.
Lacan se dedica, entonces, a examinar lo que sucede con ese trabajo, y dice que en el despliegue de esa «palabra vacía», se revela una frustración que es inherente al discurso mismo del sujeto. El sujeto, a medida que despliega su discurso, “se adentra [...] en una desposesión más y más grande de ese ser de sí mismo con respecto al cual, a fuerza de pinturas sinceras que no por ello dejan menos incoherente la idea, de rectificaciones que no llegan a desprender su esencia, de apuntalamientos y de defensas que no impiden a su estatua tambalearse, de abrazos narcisistas que se hacen soplo al animarlo, acaba por reconocer que ese ser no fue nunca sino su obra en lo imaginario y que esa obra defrauda en él toda certidumbre.” (Lacan, 1984, p. 239).
Dicho de otra manera, el sujeto despliega en su palabra vacía, un ser que no es sino imaginario, lo cual habla de una «enajenación fundamental», que no es otra que la alineación que es consecuencia del proceso por el cual el yo se constituye mediante la identificación con el semejante, fundando su narcisismo; es por esto que el ego, el Yo, “es frustración en su esencia” (Lacan, 1984, p. 239). “Es frustración no de un deseo del sujeto, sino de un objeto donde su deseo está enajenado y que, cuanto más se elabora, tanto más se ahonda para el sujeto la enajenación de su gozo." (p. 240).
Frustración de un objeto: la imagen en el espejo en la que el sujeto se aliena, “único objeto que está al alcance del analista, (...) es la relación imaginaria que le liga al sujeto en cuanto yo” (Lacan, 1984, p. 243). Esta imagen ideal, termina siempre frustrando al sujeto, por no poder satisfacerse completamente con ella. A este nivel, dice Lacan, no hay respuesta adecuada. La agresividad no se deja esperar, ya que estamos en el plano imaginario.
Como a este nivel de la «palabra vacía» se despliega la seducción y el galanteo afectivos, tanto como la intelectualización, Lacan advierte aquí que el analista debe darse cuenta de estas formas que adquiere el discurso en la palabra vacía, ya que ellas pueden ser leídas como resistencias al análisis, es decir, señuelos imaginarios del yo. Lacan critica aquí a los analistas que toman el reino afectivo, ese que se despliega fácilmente como carnada en la palabra vacía, como si fuera primario respecto del intelectual. Para Lacan dicha oposición no es válida. La cura analítica se basa en el orden simbólico, el cual trasciende la oposición entre afecto e intelecto.
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