Dice Miller
(1997) en su texto Introducción al método psicoanalítico, que la
ignorancia tiene una muy importante función en la experiencia analítica, una
función operativa. Y no se trata de la ignorancia pura, sino de la ignorancia
docta. La "docta ignorantia" es una expresión usada por varios
filósofos, especialmente por Agustín de Hipona (354-430), Buenaventura de
Fidanza (1221-1274) y principalmente por Nicolás de Cusa (1401-1464), teólogo y
filósofo considerado el padre de la filosofía alemana y personaje clave en la
transición del pensamiento medieval al del Renacimiento, uno de los primeros
filósofos de la modernidad. Con esa expresión ellos querían significar la
actitud prudente y humilde del sabio, ante los grandes problemas del Universo y
los límites del conocimiento humano.
Así pues, la ignorancia docta es "la ignorancia de alguien que sabe cosas,
pero que voluntariamente ignora hasta cierto punto su saber para dar lugar a lo
nuevo que va a ocurrir" (Miller, 1997). Esto es algo muy importante con
relación a la posición del analista en la experiencia analítica: él debe
ignorar su saber, dejar a un lado todo su saber, todo lo que sabe, para darle
cabida al saber del inconsciente y a la transferencia. Freud mismo lo indicaba:
se debe recibir a cada paciente, como si fuera el primero.
Esto significa que un analista que se presenta con una posición de
"sabiondo", que cree sabérselas todas, que se dedica a hacerle saber
al paciente todo lo que sabe, es un analista que no le va a dar cabida a lo
nuevo que va a ocurrir en el dispositivo analítico. Son muchas las experiencias
terapéuticas de la psicología que invitan al psicólogo a presentarse como
"el que sabe", y él se dedica a dar indicaciones, recetas, consejos,
a dirigir la conciencia de sus pacientes como si supiera lo que este necesita,
o cómo debe conducirse en la vida. La experiencia analítica enseña que una
posición así en un terapeuta, hace sentir al paciente como un estúpido, un
tonto, un ignorante, y rápidamente abandona la terapia por la molestia causada
por ese psicólogo en esa posición de "sabio". Y es algo que se sabe:
no hay nadie más fastidioso y aborrecido que un sujeto que cree que se las sabe
todas.
Miller (1997) indica claramente cómo la función operativa de la ignorancia es
la misma que la de la transferencia, la misma que la de la constitución del
Sujeto supuesto Saber. Así pues, el Sujeto supuesto Saber, resorte de la
transferencia, "no se constituye a partir del saber sino que se constituye
a partir de la ignorancia" (Miller). Los pacientes suelen preguntar al
analista si los entienden; "Dr., ¿Ud. me entiende?", y la mejor
respuesta a esta pregunta es: "no, no entiendo lo que Ud. me quiere decir,
¿me lo puede explicar de nuevo? ¿Qué quiere Ud. decir con eso”? Esta es la
posición del analista desde la docta ignorancia; es un poco como hacerse el
"tonto", o hacerse el "bobo", aquel que no entiende lo que
el otro quiere decir. Así pues, para garantizar la instalación de la
transferencia la posición del analista es la de hacer entender "que no
sabemos con anterioridad lo que el paciente quiere decir, pero suponemos que
quiere decir otra cosa" (Miller). Esto es casi que un axioma en la
experiencia analítica, que todo analista debe tener en cuenta: el paciente es
siempre alguien que quiere decir alguna otra cosa. En todo lo que dice, el
sujeto siempre quiere decir algo de más; y esa "alguna otra cosa", y
ese "algo de más" no es otra cosa que el inconsciente, ese saber no
sabido por el sujeto.
Entonces, que quede claro, "la suposición de saber no está vinculada al
saber constituido, porque si hay saber constituido, no hay ninguna necesidad de
suposición" (Miller, 1997); si se sabe que alguien sabe (valga la
redundancia), no hay que suponer un saber, por eso la docta ignorancia es la
que facilita la instalación de la transferencia en la medida en que hay
suposición de saber. Y para que esto opere, se necesita de una función esencial
del analista: la función del malentendido. "A veces un paciente busca a un
analista para, finalmente, saber si alguien puede entender lo que él dice. Con
todo, no es posible convencer al paciente de nuestra capacidad de entender si
no es a través de la introducción sistemática del malentendido. Por ejemplo, a
través de la introducción de la pregunta: "Pero ... ¿qué quiere decir
usted con eso?"" (Miller). ¡Esta es la pregunta que introduce la
dimensión del Sujeto supuesto Saber! Es mostrándole al paciente que no se le
entiende, que no se entiende lo que quiere decir, que se introduce al sujeto en
el hecho de que él mismo no se entiende, es decir, que él no sabe lo que dice.
Esta es una dimensión muy importante que se debe hacer surgir en el dispositivo
analítico: ""Yo (el paciente), no sé lo que digo". Y, en este
sentido, el lugar de la enunciación es el propio lugar del inconsciente"
(Miller).
"No saber lo que se dice" es la posición natural de todo sujeto, y al
mismo tiempo, eso es el inconsciente. Cuando un paciente se queja de que nadie
lo entiende, en realidad quien no se entiende es el propio sujeto, y por eso se
lo invita a asociar libremente con la consigna "¿qué quiere decir usted
con eso?", haciendo uso de la función del malentendido. La asociación
libre es una especie de automalentendido; "y es por este motivo que la
pasión analítica es la pasión de la ignorancia" (Miller, 1997). Así pues,
a lo que invita el dispositivo analítico, es a que el paciente escuche lo que
dice, tome consciencia de lo que quiere decir.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
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viernes, 9 de octubre de 2020
499. La relación de la transferencia con la docta ignorancia
lunes, 26 de noviembre de 2018
478. «No todo lo que llevamos dentro es agradable»
El psicoanálisis nos enseña algo que al sujeto le cuesta mucho reconocer: "no todo lo que llevamos dentro es agradable" (Dessal, 2018).
Esto contradice el discurso que impera socialmente y que invita a sacar
lo mejor de nosotros mismos, o de ser cada día mejores personas, o que
los seres humanos somos bellas personas, etc. La verdad es que no vamos a
ser mejores personas, ni vamos a superar esa parte de nosotros mismos
que permanente nos boicotea. Hay algo oscuro dentro de nosotros muy
difícil o imposible de cambiar, y lo mejor que podemos hacer con esa
parte oscura -eso que el psicoanálisis llama síntoma-, es enfrentarlo.
"Reconocer nuestros problemas, nuestros dramas, de no darles la espalda.
Eso vuelve la vida un poco más digna. Reconciliarnos con la verdad de
que no todo lo que llevamos dentro es agradable" (Dessal).
Ese lado oscuro que todo sujeto tiene, su demonio interno, eso que el psicoanálisis denomina la pulsión, también contradice "esa ideología que reina actualmente de que los seres humanos siempre pueden encontrar la felicidad" (Dessal, 2018). Ser feliz se ha convertido en algo imperioso en la sociedad contemporánea; "se promueve la idea de que la felicidad está al alcance de todo el mundo" (Dessal), siempre y cuando seas alguien que se ha adaptado al "sistema", ese
"conjunto ordenado de normas y procedimientos que regulan el funcionamiento de un grupo o colectividad" (Diccionario de Google). Además, la felicidad en esta sociedad de consumo, se asocia con la idea de poseer bienes y comprar. Ya lo indicó Bauman (2016) claramente: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda". Con un agravante: si no se responde a esta demanda imperiosa de consumir, el sujeto pasa a ser un fracasado, un perdedor. Y en efecto, así se sienten muchos de los sujetos que no logran hacerse a los bienes que los ricos sí, lo que los conduce a endeudarse o buscar la manera de hacer dinero fácil. Esto conduce al sujeto contemporáneo a un círculo vicioso sin fin: trabajar para consumir, para endeudarse, lo cual obliga a seguir trabajando para pagar las deudas que no terminan, como un barril sin fondo, y en eso se va la vida. Ya lo dijo Mujica (2016): "No compras con plata. Compras con el tiempo de tu vida que gastas para conseguirla". Así pues, es una falacia pensar que todo el mundo, si se lo propone, podría ser feliz (Dessal).
El psicoanálisis sabe que el sujeto no puede resolver muchas cosas; "en análisis, se analizan los síntomas pero se llega a un punto en el que se tropieza con un límite" (Dessal, 2018). Ese límite marca la infelicidad del sujeto, eso que, por más que se lo proponga, no logra cambiar; eso que insiste, que se sigue repitiendo y que señala lo desagradable que hay dentro de él y que lo boicotea. La terapia psicoanalítica le va a permitir al sujeto cambiar la forma en la que ese síntoma, ese dolor, ese sufrimiento opera en su vida. Se puede modificar la relación del sujeto con ese síntoma último que se sabe que está ahí y que no puede cambiar, pero con el que se puede y se tiene que aprender a convivir (Dessal), su partener-síntoma.
Ese lado oscuro que todo sujeto tiene, su demonio interno, eso que el psicoanálisis denomina la pulsión, también contradice "esa ideología que reina actualmente de que los seres humanos siempre pueden encontrar la felicidad" (Dessal, 2018). Ser feliz se ha convertido en algo imperioso en la sociedad contemporánea; "se promueve la idea de que la felicidad está al alcance de todo el mundo" (Dessal), siempre y cuando seas alguien que se ha adaptado al "sistema", ese
"conjunto ordenado de normas y procedimientos que regulan el funcionamiento de un grupo o colectividad" (Diccionario de Google). Además, la felicidad en esta sociedad de consumo, se asocia con la idea de poseer bienes y comprar. Ya lo indicó Bauman (2016) claramente: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda". Con un agravante: si no se responde a esta demanda imperiosa de consumir, el sujeto pasa a ser un fracasado, un perdedor. Y en efecto, así se sienten muchos de los sujetos que no logran hacerse a los bienes que los ricos sí, lo que los conduce a endeudarse o buscar la manera de hacer dinero fácil. Esto conduce al sujeto contemporáneo a un círculo vicioso sin fin: trabajar para consumir, para endeudarse, lo cual obliga a seguir trabajando para pagar las deudas que no terminan, como un barril sin fondo, y en eso se va la vida. Ya lo dijo Mujica (2016): "No compras con plata. Compras con el tiempo de tu vida que gastas para conseguirla". Así pues, es una falacia pensar que todo el mundo, si se lo propone, podría ser feliz (Dessal).
El psicoanálisis sabe que el sujeto no puede resolver muchas cosas; "en análisis, se analizan los síntomas pero se llega a un punto en el que se tropieza con un límite" (Dessal, 2018). Ese límite marca la infelicidad del sujeto, eso que, por más que se lo proponga, no logra cambiar; eso que insiste, que se sigue repitiendo y que señala lo desagradable que hay dentro de él y que lo boicotea. La terapia psicoanalítica le va a permitir al sujeto cambiar la forma en la que ese síntoma, ese dolor, ese sufrimiento opera en su vida. Se puede modificar la relación del sujeto con ese síntoma último que se sabe que está ahí y que no puede cambiar, pero con el que se puede y se tiene que aprender a convivir (Dessal), su partener-síntoma.
miércoles, 20 de junio de 2018
473. El derecho a la singularidad
El psicoanálisis nos enseña que aquello que enferma al ser humano de
forma radical es la ausencia de la relación sexual; esto significa que
“nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada
uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como
su complemento” (Miller, 2011). Uno de los aspectos más importantes que
el psicoanálisis ha dilucidado sobre el sujeto es que «la relación
sexual no existe». ¿Esto qué significa? Que entre los sexos no hay
proporción sexual; que los hombres no están hechos para las mujeres y
las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y
mujeres hay una falla esencial que es la no inscripción simbólica de la
relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del
Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de
escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos,
lo cual funda ese desencuentro permanente entre ellos. Además, “la
ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de
terapéutica como retorno a la salud mental” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
viernes, 4 de marzo de 2016
444. ¿Qué es lo que repite el sujeto?
Freud se ve empujado a formular una lógica distinta que la del principio
del placer, en la medida en que ésta no explicaba ciertos fenómenos de
la clínica psicoanalítica; él, entonces, se ve llevado a preguntarse por
qué los sujetos se ven forzados a repetir indefectiblemente ciertos
actos o escenas que le son dolorosas, si tales repeticiones no les
procuran placer. Incluso, esto llevó a Freud a hablar de una fuerza
«demoníaca», de una compulsión de destino que hace parte de la
subjetividad humana. (Kauffman, 1996).
Freud (1914) se pregunta, entonces, qué es lo que repite o actúa el sujeto; su respuesta es: “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter. Y además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas” (Freud, 1914).
Freud (1926) explica, pues, como el sujeto neurótico busca la cancelación del pasado, de su historia, reprimiéndola; pero esa misma tendencia es lo que explica la compulsión de repetición: “Lo que no ha acontecido de la manera en que habría debido de acuerdo con el deseo es anulado repitiéndolo de un modo diverso de aquel en que aconteció.” (Freud). El propósito de la terapia psicoanalítica es que el sujeto logre cancelar sus represiones, “él recupera su poder sobre el ello reprimido y puede hacer que las mociones pulsionales discurran como si ya no existieran las antiguas situaciones de peligro” (Freud).
Eso que el sujeto reprime tiene el valor de trauma, así pues, la repetición sería una consecuencia del trauma, y al mismo tiempo, “una vana tentativa por anularlo, una manera también de hacer algo con él. (…) Su retorno incesante -en forma de imágenes, de sueños, de puestas en acto- tiene precisamente esa función: intentar dominarlo integrándolo a la organización simbólica del sujeto. La función de la repetición es por lo tanto recomponer el trauma («recomponer una fractura», como se dice).” (Chemama & Vandermersch, 2004).
Freud (1914) se pregunta, entonces, qué es lo que repite o actúa el sujeto; su respuesta es: “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter. Y además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas” (Freud, 1914).
Freud (1926) explica, pues, como el sujeto neurótico busca la cancelación del pasado, de su historia, reprimiéndola; pero esa misma tendencia es lo que explica la compulsión de repetición: “Lo que no ha acontecido de la manera en que habría debido de acuerdo con el deseo es anulado repitiéndolo de un modo diverso de aquel en que aconteció.” (Freud). El propósito de la terapia psicoanalítica es que el sujeto logre cancelar sus represiones, “él recupera su poder sobre el ello reprimido y puede hacer que las mociones pulsionales discurran como si ya no existieran las antiguas situaciones de peligro” (Freud).
Eso que el sujeto reprime tiene el valor de trauma, así pues, la repetición sería una consecuencia del trauma, y al mismo tiempo, “una vana tentativa por anularlo, una manera también de hacer algo con él. (…) Su retorno incesante -en forma de imágenes, de sueños, de puestas en acto- tiene precisamente esa función: intentar dominarlo integrándolo a la organización simbólica del sujeto. La función de la repetición es por lo tanto recomponer el trauma («recomponer una fractura», como se dice).” (Chemama & Vandermersch, 2004).
viernes, 6 de noviembre de 2015
437. ¿Cómo se forma un psicoanalista?
"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en psicología" (Pérez, 2015).
El problema es que muchos egresados de los programas de psicología se
autorizan como analistas, o hacen uso del dispositivo analítico como una
herramienta más de intervención, o van a terapia durante un mes y ya se
creen autorizados a psicoanalizar a otros, o hacen uso de un diván sin
conocer el sentido de este mueble: ¡tener un diván en el consultorio no
los hace psicoanalistas! Un diploma de pregrado o posgrado tampoco hace
al psicoanalista, como si sucede con otras profesiones, como la
psicología, el derecho, la medicina, etc. También existen profesiones
que no requieren de títulos, pero si bien el psicoanálisis no requiere
de uno, si demanda un gran compromiso y esfuerzo, sobre todo a nivel
ético. Si bien "el psicoanálisis no es una psicología" (Pérez, 2015),
tampoco es una filosofía o una ontología, aunque, paradójicamente, el
psicoanálisis también aborda temas relacionados con estos discursos. Lo
anterior no significa tampoco que el psicoanálisis no haga parte del
campo "psi"; es más, el psicoanálisis es fundador de ese campo del
conocimiento interesado en estudiar el psiquismo y el comportamiento del
ser humano.
¿Qué es entonces el psicoanálisis? El psicoanálisis es una práctica clínica que busca tratar el sufrimiento del sujeto atravesado por sus síntomas; su herramienta de trabajo es la palabra del sujeto (Pérez, 2015). El psicoanálisis también es un método de investigación y un saber teórico formalizado sobre la condición humana. ¿Cómo se forma entonces un psicoanalista? Un analista es producto de su propio análisis, es decir, un psicoanalista se forma en un proceso de análisis personal con otro psicoanalista, un proceso que suele ser largo y dispendioso; al psicoanalista también lo forma el estudio de la clínica y la teoría psicoanalítica, y el control o supervisión que hace de sus casos una vez se autoriza a atender sus propios pacientes. Estos son los tres pilares de la formación de un psicoanalista: su análisis, sus estudios y la supervisión. La formación del psicoanalista se parece a la del músico: ¡es para toda la vida!
El psicoanálisis es una terapéutica distinta de las demás, así pues, el analista no hace sugestión ni da consejos. Freud rechaza las técnicas de la hipnosis porque se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión. ¿Y los consejos, desde dónde se dan? Pues desde el saber del sujeto, sus experiencias, sus prejuicios e incluso desde las estadísticas que dan los estudios "científicos", es decir, se dan desde lo que denomina el psicoanálisis, el fantasma del sujeto. Para dar consejos, ni siquiera se necesita estudiar psicología. Si un psicólogo se dedica en su práctica a aconsejar o a dirigir la conciencia de sus pacientes, ha perdido su tiempo estudiando, porque esto es lo que hace una madre con sus hijos: aconsejarlos, indicarles el "buen camino". Un terapeuta no debe comportarse como un padre u un buen amigo, porque si así lo hace, está interviniendo desde su propio fantasma, esa Otra escena que guía sus decisiones y su destino; el fantasma es, en otras palabras, la manera como el sujeto ve e interpreta el mundo que le rodea, con sus prejuicios, esquemas mentales y paradigmas adquiridos en la educación recibida, lo que se denomina vulgarmente «psicología del sentido común». Es por esto que un analista, "debe "olvidar lo que sabe": tiene la obligación de olvidarlo" (Pérez, 2015) ¡y hacerse psicoanalizar!
¿Qué es entonces el psicoanálisis? El psicoanálisis es una práctica clínica que busca tratar el sufrimiento del sujeto atravesado por sus síntomas; su herramienta de trabajo es la palabra del sujeto (Pérez, 2015). El psicoanálisis también es un método de investigación y un saber teórico formalizado sobre la condición humana. ¿Cómo se forma entonces un psicoanalista? Un analista es producto de su propio análisis, es decir, un psicoanalista se forma en un proceso de análisis personal con otro psicoanalista, un proceso que suele ser largo y dispendioso; al psicoanalista también lo forma el estudio de la clínica y la teoría psicoanalítica, y el control o supervisión que hace de sus casos una vez se autoriza a atender sus propios pacientes. Estos son los tres pilares de la formación de un psicoanalista: su análisis, sus estudios y la supervisión. La formación del psicoanalista se parece a la del músico: ¡es para toda la vida!
El psicoanálisis es una terapéutica distinta de las demás, así pues, el analista no hace sugestión ni da consejos. Freud rechaza las técnicas de la hipnosis porque se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión. ¿Y los consejos, desde dónde se dan? Pues desde el saber del sujeto, sus experiencias, sus prejuicios e incluso desde las estadísticas que dan los estudios "científicos", es decir, se dan desde lo que denomina el psicoanálisis, el fantasma del sujeto. Para dar consejos, ni siquiera se necesita estudiar psicología. Si un psicólogo se dedica en su práctica a aconsejar o a dirigir la conciencia de sus pacientes, ha perdido su tiempo estudiando, porque esto es lo que hace una madre con sus hijos: aconsejarlos, indicarles el "buen camino". Un terapeuta no debe comportarse como un padre u un buen amigo, porque si así lo hace, está interviniendo desde su propio fantasma, esa Otra escena que guía sus decisiones y su destino; el fantasma es, en otras palabras, la manera como el sujeto ve e interpreta el mundo que le rodea, con sus prejuicios, esquemas mentales y paradigmas adquiridos en la educación recibida, lo que se denomina vulgarmente «psicología del sentido común». Es por esto que un analista, "debe "olvidar lo que sabe": tiene la obligación de olvidarlo" (Pérez, 2015) ¡y hacerse psicoanalizar!
jueves, 26 de septiembre de 2013
381. El poder discrecional del oyente.
¿Qué pasa cuando el analizante habla, cuando un hablante se dirige a un oyente? Desde el momento en que hay uno que habla, se puede ubicar también el lugar del Otro, que es el lugar en el que se encuentra el analista que escucha. Lo que sucede es que el oyente es quien tiene la decisión respecto de lo que el hablante ha dicho; esto porque la estructura misma de la palabra hace que lo que uno quiere decir sea decidido, no por el sujeto que habla, sino por el que escucha; depende del Otro el sentido de lo dicho.
El sentido profundo de la palabra es decidido por el receptor; a esto Lacan lo llamó "el poder discrecional del oyente"; es un poder que implica una gran responsabilidad por parte de la persona del analista, ya que con él puede hacer sugestión o desciframiento; la práctica analítica es una práctica de desciframiento, y de esta manera se vincula con la función de la palabra. Freud (1976), al respecto dice: "En verdad, entre la técnica sugestiva y la analítica hay la máxima oposición posible: aquella que el gran Leonardo Da Vinci resumió, con relación a las artes per vía di porre y per vía di levare. La pintura, dice Leonardo, trabaja per vía di porre; en efecto, sobre la tela en blanco deposita acumulaciones de colores donde antes no estaban; en cambio la escultura procede per vía di levare pues quita de la piedra todo lo que recubre las formas de la estatua contenida en ella. De manera en un todo semejante, señores, la técnica sugestiva busca operar per vía di porre; no hace caso del origen, de la fuerza y la significación de los síntomas patológicos, sino que deposita algo, la sugestión, que, según se espera, será suficientemente poderosa para impedir la exteriorización de la idea patógena. La terapia analítica, en cambio, no quiere agregar ni introducir nada nuevo, sino restar, retirar, y con ese fin se preocupa por la génesis de los síntomas patológicos y la trama psíquica de la idea patógena, cuya eliminación se propone como meta" (p. 250).
Esta estructura de la palabra demuestra que hay una escisión entre lo que uno dice y lo que se quiere decir, o sea que el lenguaje hace del ser hablante un ser dividido siempre entre enunciado y enunciación. El hablante depende entonces de la respuesta del oyente; el analista en cuanto intérprete opera desde este lugar y desde ahí también operan todos las psicoterapias que lo único que terminan haciendo es sugestión, puesto que se dirigen al sujeto del enunciado olvidando el sujeto de la enunciación. Si Freud rechaza las técnicas de la hipnosis y la sugestión es porque él se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión, y esta no permite la emergencia del sujeto del inconsciente (sujeto de la enunciación) desconociendo, por lo tanto, la significación de los síntomas y la emergencia de su deseo, el cual aparece velado en las palabras o el decir del paciente. Es al analista al que le toca correr ese velo por medio de la interpretación que se debe ceñir a las leyes del Otro o del lenguaje: "Jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la Zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos del autocastigo, disfraces de la perversión; tales son los hermetismos que nuestra exégesis resuelve, los equívocos que nuestra invocación disuelve, los artificios que nuestra dialéctica absuelve, en una liberación del sentido aprisionado que va desde la revelación del palimpsesto hasta la palabra dada del misterio y el perdón de la palabra" (Lacan, 1981, p. 270).
El sentido profundo de la palabra es decidido por el receptor; a esto Lacan lo llamó "el poder discrecional del oyente"; es un poder que implica una gran responsabilidad por parte de la persona del analista, ya que con él puede hacer sugestión o desciframiento; la práctica analítica es una práctica de desciframiento, y de esta manera se vincula con la función de la palabra. Freud (1976), al respecto dice: "En verdad, entre la técnica sugestiva y la analítica hay la máxima oposición posible: aquella que el gran Leonardo Da Vinci resumió, con relación a las artes per vía di porre y per vía di levare. La pintura, dice Leonardo, trabaja per vía di porre; en efecto, sobre la tela en blanco deposita acumulaciones de colores donde antes no estaban; en cambio la escultura procede per vía di levare pues quita de la piedra todo lo que recubre las formas de la estatua contenida en ella. De manera en un todo semejante, señores, la técnica sugestiva busca operar per vía di porre; no hace caso del origen, de la fuerza y la significación de los síntomas patológicos, sino que deposita algo, la sugestión, que, según se espera, será suficientemente poderosa para impedir la exteriorización de la idea patógena. La terapia analítica, en cambio, no quiere agregar ni introducir nada nuevo, sino restar, retirar, y con ese fin se preocupa por la génesis de los síntomas patológicos y la trama psíquica de la idea patógena, cuya eliminación se propone como meta" (p. 250).
Esta estructura de la palabra demuestra que hay una escisión entre lo que uno dice y lo que se quiere decir, o sea que el lenguaje hace del ser hablante un ser dividido siempre entre enunciado y enunciación. El hablante depende entonces de la respuesta del oyente; el analista en cuanto intérprete opera desde este lugar y desde ahí también operan todos las psicoterapias que lo único que terminan haciendo es sugestión, puesto que se dirigen al sujeto del enunciado olvidando el sujeto de la enunciación. Si Freud rechaza las técnicas de la hipnosis y la sugestión es porque él se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión, y esta no permite la emergencia del sujeto del inconsciente (sujeto de la enunciación) desconociendo, por lo tanto, la significación de los síntomas y la emergencia de su deseo, el cual aparece velado en las palabras o el decir del paciente. Es al analista al que le toca correr ese velo por medio de la interpretación que se debe ceñir a las leyes del Otro o del lenguaje: "Jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la Zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos del autocastigo, disfraces de la perversión; tales son los hermetismos que nuestra exégesis resuelve, los equívocos que nuestra invocación disuelve, los artificios que nuestra dialéctica absuelve, en una liberación del sentido aprisionado que va desde la revelación del palimpsesto hasta la palabra dada del misterio y el perdón de la palabra" (Lacan, 1981, p. 270).
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miércoles, 11 de septiembre de 2013
380. El sujeto recibe su propio mensaje en forma invertida.
Lacan (1981) va a aclarar cómo la comunicación en el tratamiento psicoanalítico tiene unos rasgos particulares que cuestionan a las teorías de la comunicación, las cuales presentan a la comunicación como un proceso simple en el que un emisor le envía un mensaje a un receptor. El psicoanálisis nos enseña que en la palabra del emisor hay una intencionalidad que va más allá del propósito consciente del sujeto, y que el emisor es siempre al mismo tiempo un receptor.
Así pues, el analizante, cuando habla, también se dirige un mensaje a sí mismo, sólo que no es consciente de esto. Parte de la tarea del analista consiste en hacer posible que el analizante oiga el mensaje que se está dirigiendo inconscientemente a sí mismo. De hecho, esto es en sí el inconsciente: eso que el sujeto dice de más, o de menos, y que escapa a su intencionalidad consciente. La interpretación tiene la función de devolverle el mensaje al sujeto en su verdadera dimensión. De aquí que Lacan (1981) defina la comunicación analítica como el acto mediante el cual “el emisor recibe del receptor su propio mensaje bajo una forma invertida, [es decir], que la palabra incluye siempre subjetivamente su respuesta” (p. 287).
Lo que se busca en la palabra, dice Lacan (1981), es la respuesta del Otro. Llamar a alguien con su nombre, es darle cabida a la función subjetiva que el lenguaje define en su expresión. Aparece entonces así, “la función decisiva de mi propia respuesta y que no es solamente, como suele decirse, ser recibida por el sujeto como aprobación o rechazo de su discurso, sino verdaderamente reconocerlo o abolirlo como sujeto. Tal es la responsabilidad del analista cada vez que interviene con la palabra.” (p. 289).
Las psicoterapias, al igual que el psicoanálisis, tienen como herramienta a la palabra. Toda palabra llama, entonces, a una respuesta; es en el tipo de respuesta que se le da a la palabra, donde podemos hallar la diferencia entre psicoterapia y psicoanálisis. "Mostraremos que no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que‚ este es el meollo de su función en el análisis" (Lacan, 1981, p. 237). Dicha respuesta depende de la concepción que tenga el analista sobre la función de la palabra en el análisis.
Así pues, el analizante, cuando habla, también se dirige un mensaje a sí mismo, sólo que no es consciente de esto. Parte de la tarea del analista consiste en hacer posible que el analizante oiga el mensaje que se está dirigiendo inconscientemente a sí mismo. De hecho, esto es en sí el inconsciente: eso que el sujeto dice de más, o de menos, y que escapa a su intencionalidad consciente. La interpretación tiene la función de devolverle el mensaje al sujeto en su verdadera dimensión. De aquí que Lacan (1981) defina la comunicación analítica como el acto mediante el cual “el emisor recibe del receptor su propio mensaje bajo una forma invertida, [es decir], que la palabra incluye siempre subjetivamente su respuesta” (p. 287).
Lo que se busca en la palabra, dice Lacan (1981), es la respuesta del Otro. Llamar a alguien con su nombre, es darle cabida a la función subjetiva que el lenguaje define en su expresión. Aparece entonces así, “la función decisiva de mi propia respuesta y que no es solamente, como suele decirse, ser recibida por el sujeto como aprobación o rechazo de su discurso, sino verdaderamente reconocerlo o abolirlo como sujeto. Tal es la responsabilidad del analista cada vez que interviene con la palabra.” (p. 289).
Las psicoterapias, al igual que el psicoanálisis, tienen como herramienta a la palabra. Toda palabra llama, entonces, a una respuesta; es en el tipo de respuesta que se le da a la palabra, donde podemos hallar la diferencia entre psicoterapia y psicoanálisis. "Mostraremos que no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que‚ este es el meollo de su función en el análisis" (Lacan, 1981, p. 237). Dicha respuesta depende de la concepción que tenga el analista sobre la función de la palabra en el análisis.
viernes, 3 de febrero de 2012
332. Lo que piensa el psicoanálisis de las terapias comportamentales.
El conductismo inició con Watson, quien partió de la idea de que no hay
que ocuparse de la “caja negra”, es decir, de los pensamientos que la
gente tiene en la cabeza, sino de lo observable, los comportamientos. A
Watson se le suma luego Pavlov y su famoso "condicionamiento operante":
un perro babosea frente al alimento, se asocia un timbre a la
presentación de su comida, y en un tercer tiempo, bastará con tocar el
timbre para que el perro babosee. Luego vendrá Skinner, quien en los
años 30 domestica ratas y palomas: “las domestica recompensándolas
cuando su comportamiento es el que se espera de ellas. De ahí, pasa a la
domesticación humana” (Miller, 2005).
Skinner pensaba que "no nos podemos pagar el lujo de ser libres", por eso escribió una novela titulada Walden Two (1948); se trata de la posibilidad de crear una comunidad basada en las leyes del conductismo, es decir, dirigida por entrenadores y planificadores que tiran de los hilos de sus marionetas desde la más tierna edad (Miller, 2005). La obra de Skinner fue considerada como "siniestra" por el New York Times de esa época. En México existe una localidad, llamada Los Horcones, situada en el Municipio de La Colorada (en el Estado de Sonora), que vive bajo las ideas skinnerianas acerca del conductismo y su ingeniería de la conducta; tiene una población de no más de ¡15 habitantes!
Luego, con Beck, el conductismo, “una pobre vieja cosa” (Miller, 2005) se vistió con el nuevo traje del cognitivismo. Ahora sí se interesaron en esa “caja negra”, pero con el modelo aportado por la informática: el ser humano es equivalente a un computador, al que se le puede programar o desprogramar, y los problemas del sujeto tienen que ver con la transmisión y almacenaje de la información dentro del cerebro, de tal manera que si el sujeto funciona mal, esto se debe a que adquirió una serie de “esquemas maladaptativos tempranos”, los cuales se pueden corregir, es decir, reprogramar. El tratamiento de los pacientes, por tanto, se reduce a un tratamiento de la información y las personas, bajo este modelo, son consideradas como máquinas.
Para saber si el sujeto tiene esos “esquemas”, se hacen entonces encuestas, y con ellas, cálculos, frecuencias, probabilidades, distribuciones, etc. Se extienden las encuestas a poblaciones numerosas por la vía administrativa, y se pasa a ser epidemiólogo (Miller, 20005). El fundamento del cognitivismo es suponer un sujeto transparente a sí mismo, que responde las encuestas o los test que se le aplican donde corresponde, sin ningún obstáculo (Miller). Se trata de nuevo ideal de conocimiento, un conocimiento total; un nuevo ideal de cuantificación de todo lo humano; una “cuantificación enloquecida, que es un puro simulacro del discurso científico” (Miller, 2009), que se extiende por todas partes y busca recubrir todos los aspectos de la vida. ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro en el campo de las psicoterapias? El psicoanálisis, que es un tratamiento que consiste en hablar libremente y no en hacer encuestas a los pacientes, que cuestiona “todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad” (Miller), tendrá que reinventarse, sin renunciar a volver legible el goce que prevalece para cada sujeto.
Skinner pensaba que "no nos podemos pagar el lujo de ser libres", por eso escribió una novela titulada Walden Two (1948); se trata de la posibilidad de crear una comunidad basada en las leyes del conductismo, es decir, dirigida por entrenadores y planificadores que tiran de los hilos de sus marionetas desde la más tierna edad (Miller, 2005). La obra de Skinner fue considerada como "siniestra" por el New York Times de esa época. En México existe una localidad, llamada Los Horcones, situada en el Municipio de La Colorada (en el Estado de Sonora), que vive bajo las ideas skinnerianas acerca del conductismo y su ingeniería de la conducta; tiene una población de no más de ¡15 habitantes!
Luego, con Beck, el conductismo, “una pobre vieja cosa” (Miller, 2005) se vistió con el nuevo traje del cognitivismo. Ahora sí se interesaron en esa “caja negra”, pero con el modelo aportado por la informática: el ser humano es equivalente a un computador, al que se le puede programar o desprogramar, y los problemas del sujeto tienen que ver con la transmisión y almacenaje de la información dentro del cerebro, de tal manera que si el sujeto funciona mal, esto se debe a que adquirió una serie de “esquemas maladaptativos tempranos”, los cuales se pueden corregir, es decir, reprogramar. El tratamiento de los pacientes, por tanto, se reduce a un tratamiento de la información y las personas, bajo este modelo, son consideradas como máquinas.
Para saber si el sujeto tiene esos “esquemas”, se hacen entonces encuestas, y con ellas, cálculos, frecuencias, probabilidades, distribuciones, etc. Se extienden las encuestas a poblaciones numerosas por la vía administrativa, y se pasa a ser epidemiólogo (Miller, 20005). El fundamento del cognitivismo es suponer un sujeto transparente a sí mismo, que responde las encuestas o los test que se le aplican donde corresponde, sin ningún obstáculo (Miller). Se trata de nuevo ideal de conocimiento, un conocimiento total; un nuevo ideal de cuantificación de todo lo humano; una “cuantificación enloquecida, que es un puro simulacro del discurso científico” (Miller, 2009), que se extiende por todas partes y busca recubrir todos los aspectos de la vida. ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro en el campo de las psicoterapias? El psicoanálisis, que es un tratamiento que consiste en hablar libremente y no en hacer encuestas a los pacientes, que cuestiona “todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad” (Miller), tendrá que reinventarse, sin renunciar a volver legible el goce que prevalece para cada sujeto.
miércoles, 25 de enero de 2012
331. «¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas?»
Las terapias cognitivo-conductuales (TCC) parecen ser hoy el modelo
dominante de la terapia-por-la-palabra. Ellas constituyen un nuevo Otro
en el campo psi, un Otro "que pide tratamientos más rápidos, menos
costosos, enteramente predecibles y cuya terminación y duración pueden
ser anticipadas" (Miller, 2005). Ellas también responden, en nuestra
sociedad, a un nuevo ideal de conocimiento: el conocimiento total; se
trata de un nuevo ideal de cuantificación general de todo lo humano
(Miller). ¿Cómo responde el psicoanálisis a este nuevo Otro?
El psicoanálisis es una práctica especializada que busca "cuestionar todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad" (Miller, 2005). Esto hace que él parezca salvaje, indomable. Por eso para mucha gente, y sobre todo para el Estado, el psicoanálisis es considerado como algo intolerable. En cambio, las TCC parecen responder bastante bien a los intereses, el control y la burocracia del Estado. Lo curioso es que las TCC son un "producto secundario del psicoanálisis mismo. Eso es lo novedoso. Son, en algún sentido, post-analíticas, post-freudianas” (Miller).
En efecto, Aaron Beck, fundador de las TCC, siendo psicoanalista se aburría mucho con sus pacientes y quería tener alguna otra cosa para hacer. Así lo confiesa en las entrevistas que el New York Times y el Washington Post le hicieron en su momento; él era psicoanalista y se aburrió de la práctica analítica. Así pues, las TCC son un subproducto del psicoanálisis norteamericano, subproducto que además tiene una idea de lo que es el lenguaje -ese Otro simbólico tan importante para el psicoanálisis lacaniano-, sólo que consideran que el lenguaje "no es ambiguo, o al menos que el lenguaje puede fácilmente ser utilizado de una manera inequívoca y que puede ser explícito. Por eso, estas terapias creen que es posible tener un acuerdo previo entre paciente y terapista sobre cuál es el problema y como curarlo" (Miller, 2005). Es decir, las TCC tratan el lenguaje como si en él no se diera el malentendido o no hubiese ambigüeades, como una especie de “software” que serviría para “adaptar” al sujeto, por eso piensan que éste –que a su vez es pensado como una máquina–, puede ser programado y reprogramado –puede aprender y desaprender–, pudiendo corregir sus conductas o esquemas maladaptativos, buscando el control y la regulación del sujeto, y coincidiendo así con los propósitos del Estado contemporáneo. Por esto Miller (2005) se pregunta: “¿Aceptará la gente este nivel de control y regulación estatal? ¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas? ¿O lo irán a rechazar?”. Eso dependerá de la actitud de la civilización hacia este nuevo Otro.
El psicoanálisis es una práctica especializada que busca "cuestionar todas las creencias, todos los fines, todas las nociones de beneficio y aún la noción misma de realidad" (Miller, 2005). Esto hace que él parezca salvaje, indomable. Por eso para mucha gente, y sobre todo para el Estado, el psicoanálisis es considerado como algo intolerable. En cambio, las TCC parecen responder bastante bien a los intereses, el control y la burocracia del Estado. Lo curioso es que las TCC son un "producto secundario del psicoanálisis mismo. Eso es lo novedoso. Son, en algún sentido, post-analíticas, post-freudianas” (Miller).
En efecto, Aaron Beck, fundador de las TCC, siendo psicoanalista se aburría mucho con sus pacientes y quería tener alguna otra cosa para hacer. Así lo confiesa en las entrevistas que el New York Times y el Washington Post le hicieron en su momento; él era psicoanalista y se aburrió de la práctica analítica. Así pues, las TCC son un subproducto del psicoanálisis norteamericano, subproducto que además tiene una idea de lo que es el lenguaje -ese Otro simbólico tan importante para el psicoanálisis lacaniano-, sólo que consideran que el lenguaje "no es ambiguo, o al menos que el lenguaje puede fácilmente ser utilizado de una manera inequívoca y que puede ser explícito. Por eso, estas terapias creen que es posible tener un acuerdo previo entre paciente y terapista sobre cuál es el problema y como curarlo" (Miller, 2005). Es decir, las TCC tratan el lenguaje como si en él no se diera el malentendido o no hubiese ambigüeades, como una especie de “software” que serviría para “adaptar” al sujeto, por eso piensan que éste –que a su vez es pensado como una máquina–, puede ser programado y reprogramado –puede aprender y desaprender–, pudiendo corregir sus conductas o esquemas maladaptativos, buscando el control y la regulación del sujeto, y coincidiendo así con los propósitos del Estado contemporáneo. Por esto Miller (2005) se pregunta: “¿Aceptará la gente este nivel de control y regulación estatal? ¿Desearán las personas ser consideradas como máquinas? ¿O lo irán a rechazar?”. Eso dependerá de la actitud de la civilización hacia este nuevo Otro.
viernes, 25 de marzo de 2011
274. Incidencia política del psicoanálisis en la cura.
El analista es libre en su táctica, menos libre en la estrategia y no es nada libre en su política. Según Leguil (1998), esto es el reverso de la guerra, donde el militar es libre en su política, menos libre en su estrategia y no es nada libre en su táctica. La política en la cura es, entonces, el nivel de la elección forzada: «psicoanálisis o nada», es decir, psicoanálisis o psicoterapia, psicoanálisis o sugestión. El psicoanalista es como un guerrero, un guerrero que jamás va al campo de batalla. Su compromiso, su acto, su política, es que él está en el lugar donde el poder de la palabra se ejerce sin sugestión; el psicoanalista se coloca en un lugar en el que su presencia no tiene nada de sugestiva. Por lo tanto, la política del psicoanalista es aquella por la cual no tiene ninguna elección: él está en el lugar donde va a darle una oportunidad a su paciente de aprender que su inscripción en el campo de la palabra, es sin magia.
Por lo anterior es que se puede decir que “no se ejerce jamás una actividad tan crucial como la de cambiar la condición del sujeto sin una incidencia política” (Leguil, 1998). Es decir, que la cura misma de un sujeto hace parte de las incidencias políticas del psicoanálisis. Alguien que sufre va donde un psicoanalista y ve su vida profundamente modificada por este acto, y ya, por este sólo hecho, hay consecuencias políticas; lo cual quiere decir que, así cómo ningún sujeto gobierna de manera impune, nadie cura impunemente, nadie psicoanaliza de manera impune. Esta es la razón por la que hay que hablar de ética del psicoanálisis, una ética que está más del lado de la responsabilidad que de la convicción, una ética que es el fundamento de su clínica.
Es también por razones políticas que la práctica clínica se modifica de un lugar a otro: es muy diferente psicoanalizar en un país pobre que en un país rico, y el psicoanálisis debe adaptarse a la condición social y económica del lugar donde se ejerce, si bien que -y es algo muy paradójico- en todos los lugares donde la estructura política, el Estado, le ha dado un estatuto al psicoanálisis, el psicoanalista ha tenido una tendencia a desaparecer; es una cuestión para pensar e investigar.
lunes, 28 de febrero de 2011
250. Los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente.
Toda psicoterapia está enmarcada dentro del discurso del Amo; el discurso analítico es su revés. Las psicoterapias son sugestivas, lo que las hace opuestas al análisis. Las terapias de orientación analíticas no se podrían considerar psicoanálisis. Esto es importante tenerlo en cuenta por la cantidad de "analistas" que abundan en nuestro medio cuya prácticas no responde a la denominación que tienen. No basta con llamarse analista; su práctica tiene que responder a una ética y a una formación: ser producto de un análisis. No se trata de portar un nombre, el de analista, se trata de un ser de analista que se manifiesta como una paradoja en la medida en que su posición cuenta con la falta en ser. "Es sin duda en la relación con el ser donde el analista debe tomar su nivel operatorio, y las oportunidades que le ofrece para este fin el análisis didáctico no deben calcularse únicamente en función del problema que se supone ya resuelto para el analista que le guía en él" (Lacan, 1975, p. 595).
Freud se refiere al trabajo del análisis como saber tocar el instrumento anímico. Lacan agrega que en el tocar ese instrumento el analista hace parte del mismo, está implicado. No solo lee la partitura sino que hace parte de ella. "Los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente, puesto que constituyen aquello a lo que este se dirige" (Lacan, 1975, p. 813). Saber qué lugar ocupa en esta partitura y saber cómo responder desde su falta en ser, esto es, sostener su lugar desde una ética y no desde una técnica, sólo se lo permite su propio análisis. Si el psicoanálisis ha establecido cuál es la función y el campo de la palabra en él es para que su acción no sea considerada mágica y para que su uso no sea considerado una "pedagogía materna, una ayuda samaritana, o una maestría dialéctica" (Lacan, 1975, p. 233).
"Hemos querido únicamente recordaros el a, b, c, desconocido de la estructura del lenguaje, y haceros deletrear de nuevo el b-a, ba, olvidado de la palabra. ¿Pues qué receta os guiaría en una técnica que se compone de la una y saca sus efectos de la otra, si no reconocieseis el campo y la función del uno y del otro?" (Lacan, 1975, p. 309).
domingo, 27 de febrero de 2011
249. El analista debe curarse de su furor sanandi.
Todo psicoterapeuta se encuentra en una posición de poder respecto a sus pacientes, y en esa posición él puede hacer uso de la sugestión sobre aquel. La acción del psicoanalista no es sugestiva; su acción se reduce o es consecuente con la estructura de la palabra. Por eso dice Lacan (1975) que el analista debe aspirar a un dominio tal de su palabra que sea idéntica a su ser; el analista debe saber en qué su acto, que es un acto de desciframiento, corresponde a la estructura de la palabra. La palabra es algo que rebasa al sujeto, es decir, no es de su dominio, ni del dominio del analista; la palabra es del dominio del Otro. Por esta razón el poder en la relación analítica es el poder discrecional del oyente, no el poder del Amo; poder discrecional que consiste en que el sentido de lo que se dice, depende de quien lo escucha.
En la psicoterapia la palabra del terapéuta suele responder al pedido del paciente, satisfaciendo su demanda, lo que coloca al terapeuta en posición de Amo, de aquel que sabe lo que el otro necesita en tanto que se conduce por su furor sanandi; esto es lo que lo mueve, es decir, el deseo de sanar, el cual es lo que en última instancia opera en la psicoterapia. Sobre esto Freud dice que el analista debe curarse de su furor sanandi, y es por esto por lo que el analista se debe psicoanalizar. ¿Si el deseo no es el de curar, cuál es el deseo del analista? No es otro que el deseo de que otro descubra su inconsciente y se las vea con él, de la misma manera que él lo ha hecho en su propio análisis.
Un análisis es la cura que se espera de un analista, dice Lacan con ironía. ¿Es entonces una psicoterapia la cura que se espera de un psicoterapeuta? ¿Qué diferencia hay entre una cura y otra, además de la diferencia en el empleo de la palabra? El analista es el producto de un análisis. ¿De qué es producto el psicoterapeuta? Parece ser que cuando alguien no se somete al análisis se vuelve psicoterapeuta, producto también de discursos universitarios y del amo, que creen saber cómo responder al sufrimiento del otro. Lacan dirá que una psicoterapia es una manipulación bien lograda.
sábado, 26 de febrero de 2011
248. ¿En qué radica la diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia?
Toda psicoterapia involucra unos ideales y por lo tanto opera con prejuicios. El análisis tiene una especificidad tal que queda por fuera de todo ideal; inclusive está por fuera del alcance de toda explotación ideológica en la que cae la psicoterapia al jugar su rol dentro del discurso ideológico imperante, reduciendo su trabajo a una técnica de reeducación emocional o afectiva o a una readaptación de las relaciones, técnica que termina siendo un fracaso ante la insistencia del inconsciente y de la pulsión, por eso el análisis no cambia en nada la realidad del sujeto sino que modifica su posición frente a esa realidad.
Las psicoterapias responden a la fuerte demanda que se orienta en el mundo contemporáneo a la ideología moderna, lo que tiene como efecto transformarlas en un objeto de consumo que ha llegado inclusive a reducir el análisis a una relación dual. El dominio implica siempre una técnica, es por esto por lo que las psicoterapias recurren a ella. Si uno busca lo especifico del análisis en este nivel de lo terapéutico‚ con lo que se encuentra es con una babel de opiniones. En el nivel de lo terapéutico no se puede encontrar lo específico del análisis. Este no responde de una técnica sino de una ética, esto es, de una posición en la que el analista no aplica ningún método estándar; a quien hay que interrogar sobre la aplicación de un método es al paciente, quien es el que asocia libremente.
Las psicoterapias siempre conciben la relación terapéutica como una relación dual, desconociendo la presencia de la palabra como tercero simbólico, lugar donde radica el efecto de la palabra, porque ella realiza en ese Otro sus "trucos" -metáfora y metonimia- en tanto que "el inconsciente tiene la estructura radical del lenguaje" (Lacan, 1999, p. 574). La palabra en la técnica analítica opera de tal manera que en la sincronía de la palabra (p. ej. el lapsus) aparece la diacronía del sujeto, es decir, una palabra resume toda su historia, por eso es posible matematizar la función de la palabra en el psicoanálisis. La psicoterapia le da primacía a la palabra como narración diacrítica de la historia del trauma del sujeto, cuando lo que ocurre es que la historia del sujeto se escribe en la sincronía que delata su fantasma fundamental, objeto del análisis que se conduce hasta sus últimas consecuencias.
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miércoles, 23 de febrero de 2011
246. ¿Sugestión o terapia analítica?
Hoy en día y cada vez más se encuentra el sujeto que sufre con un menú de posibilidades terapéuticas‚ que van desde la más reconocidas y antiguas, hasta las más inconcebibles, y que abarcan desde la sugestión y la hipnosis, la psicoterapia de orientación analítica, la psicología del yo, la psicología evolutiva, las diferentes terapias psicológicas, hasta las terapias bioenergéticas, como por ejemplo, la aromaterapia, danzoterapia, cristaloterapia, regresión hipnótica, teoterapia, colorterapia, sanación y demás métodos terapéuticos, desde los más esotéricos hasta los más extravagantes, difundidos como productos de consumo fácil y garantes de buenos resultados. Si bien no soy conocedor del estatuto científico de estas prácticas, si me pregunto sobre lo que ellas le deben a la sugestión. Existen manuales que enseñan su utilización, la que generalmente se reduce a una autoaplicación del método, prescindiendo del terapeuta: son los manuales de autoayuda. Aparentemente, algunas de las psicoterapias mencionadas no tienen a la palabra como su instrumento principal, pero ella se hace necesaria en el empleo de otros instrumentos -cristales, flores, piedras, música, colores, etc.-
¿Tiene el psicoanálisis un lugar en este menú? Las psicoterapias como el psicoanálisis emplean como herramienta la palabra. Toda palabra, según Lacan (1984), llama a una respuesta; es en el tipo de respuesta que se le da a la palabra donde podemos hallar la diferencia entre psicoterapia y análisis. "Mostraremos que no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que‚ este es el meollo de su función en el análisis" (p.237). Dicha respuesta depende de la concepción que tenga el terapeuta sobre la función de la palabra. ¿Cuál es pues la estructura de la palabra?
Veamos. ¿Qué pasa cuando uno habla, cuando el hablante se dirige al oyente? Si hay uno que habla se debe ubicar también el lugar del Otro que escucha. Lo que sucede es que el oyente es quien tiene la decisión respecto de lo que el hablante ha dicho; esto porque la estructura misma de la palabra hace que lo que uno quiere decir sea decidido, no por el sujeto que habla, sino por el que escucha; depende del Otro el sentido de lo dicho. El sentido profundo de la palabra es decidido por el receptor; a esto Lacan lo llamó "el poder discrecional del oyente"; es un poder que implica una gran responsabilidad por parte del sujeto que escucha, ya que con él puede hacer sugestión o desciframiento; la práctica analítica es una práctica de desciframiento, de esta manera se vincula con la función de la palabra. Freud (1905), al respecto, dice: "En verdad, entre la técnica sugestiva y la analítica hay la máxima oposición posible: aquella que el gran Leonardo Da Vinci resumió, con relación a las artes per vía di porre y per vía di levare. La pintura, dice Leonardo, trabaja per vía di porre; en efecto, sobre la tela en blanco deposita acumulaciones de colores donde antes no estaban; en cambio la escultura procede per vía di levare, pues quita de la piedra todo lo que recubre las formas de la estatua contenida en ella. De manera en un todo semejante, señores, la técnica sugestiva busca operar per vía di porre; no hace caso del origen, de la fuerza y la significación de los síntomas patológicos, sino que deposita algo, la sugestión, que, según se espera, será suficientemente poderosa para impedir la exteriorización de la idea patógena. La terapia analítica, en cambio, no quiere agregar ni introducir nada nuevo, sino restar, retirar, y con ese fin se preocupa por la génesis de los síntomas patológicos y la trama psíquica de la idea patógena, cuya eliminación se propone como meta" (p.250)
martes, 22 de febrero de 2011
245. La relación entre psicoanálisis y psicoterapia.
Freud fué el primero en pensar la relación entre psicoanálisis y psicoterapia. En su texto Sobre psicoterapia (1904), él elabora la posición como analista en relación a las prácticas psicoterapéuticas. ¿Por qué todavía seguimos distinguiendo el análisis de las psicoterapias si ya Freud lo había hecho en 1904 cuando dijo que la psicoterapia no hace caso de la significación de los síntomas? Parece ser que la diferencia entre la práctica psicoanalítica y cualquier otra práctica que sea subsumida por el significante psicoterapia, no termina de aclararse del todo.
¿En qué punto se relacionan y dónde se separan el psicoanálisis y la psicoterapia? Partiendo del texto de Freud citado, se puede decir que el psicoanálisis, como la mayoría de las psicoterapias, utilizan el mismo instrumento: La palabra. La palabra es la principal mediadora del influjo que un hombre pretende ejercer sobre el psiquismo de otro, por eso Freud dice que el tratamiento anímico es el tratamiento médico históricamente más antiguo, ya que el médico se ha apoyado en el peso de la palabra para lograr la curación de las enfermedades. Si el psicoanálisis y las psicoterapias utilizan la palabra, ¿qué estatuto, y por lo tanto, qué empleo le da cada uno de ellos?
En su texto Sobre psicoterapia (1904) Freud elabora esta distinción al mostrar como el análisis no debe ser confundido con el tratamiento sugestivo hipnótico, el cual había utilizado por cerca de diez años y que abandona por considerar que tenía varios inconvenientes: solo una parte de los enfermos era hipnotizable, y de otro lado, la técnica sugestiva no se preocupaba por el origen y la significación de los síntomas. Este abandono favorece el desarrollo del psicoanálisis. En la técnica hipnótica la palabra es utilizada para hacer la sugestión, pero Freud le da a la palabra una función distinta a la de la sugestión. Dicha función distingue la posición del analista de la del psicoterapeuta, posición que depende de una elección del sujeto, que desde Freud se vislumbra cuando él dice que existiendo varios métodos psicoterapéuticos‚ él escoge uno: el método analítico. ¿A qué responde esta elección? A un deseo, el de Freud, deseo que funda el psicoanálisis.
martes, 19 de octubre de 2010
182. ¿Es la psicología utilitarista?
El psicoanálisis es una psicoterapia, pero no como las demás. Las psicoterapias suelen estar orientadas por el pragmatismo y, por lo tanto, responden a la demanda de cura que hace el sujeto. Mientras que la mayoría de las psicoterapias responden a la demanda del sujeto, el psicoanálisis no lo hace; el psicoanálisis responde a la demanda del paciente con otra demanda: "hable de lo que le está pasando". Por esta razón es que se puede decir que Freud no reduce el sujeto al silencio. Cuando se le da una droga o una solución inmediata al paciente, se le suele callar su síntoma, se le silencia, y esto es contrario a lo que hace el psicoanalista. El psicoanalista pone a hablar al sujeto sobre sus relaciones con aquello de lo cual se queja y que casi siempre tiene que ver con la forma como él encuentra una satisfacción en el malestar. Es a esto a lo que se llama «goce» en el psicoanálisis lacaniano: a esa extraña satisfacción que el sujeto encuentra en el dolor, en el displacer, en el malestar.
La psicología es fundamentalmente utilitarista y obedece a la ideología imperante en el discurso de los hombres, es decir, el capitalismo. La psicología trata al sujeto como un objeto más del discurso científico, por esta razón lo "cosifica", lo reduce al organismo, borrando su subjetividad. El psicólogo deberá preguntarse, entonces, sobre su lugar en este rechazo que la ciencia y el capitalismo hacen contemporáneamente de la subjetividad, es decir, de las causas psíquicas del malestar del sujeto.
La psicología pretende adaptar a aquellos que el funcionamiento social señala como inadaptados; es lo que se llama una sociatría. La psicología está entonces al servicio del Amo capitalista y por tal razón pretende que el sujeto responda a las demandas que dicho Amo le hace: que sea productivo, exitoso, hermoso, competente, etc. ¿Qué pasa cuando el sujeto no responde a dichas demandas? Se busca adaptarlo para que responda a ellas. Pero, ¿es esto a lo que está abocada la psicología?
La psicología es fundamentalmente utilitarista y obedece a la ideología imperante en el discurso de los hombres, es decir, el capitalismo. La psicología trata al sujeto como un objeto más del discurso científico, por esta razón lo "cosifica", lo reduce al organismo, borrando su subjetividad. El psicólogo deberá preguntarse, entonces, sobre su lugar en este rechazo que la ciencia y el capitalismo hacen contemporáneamente de la subjetividad, es decir, de las causas psíquicas del malestar del sujeto.
La psicología pretende adaptar a aquellos que el funcionamiento social señala como inadaptados; es lo que se llama una sociatría. La psicología está entonces al servicio del Amo capitalista y por tal razón pretende que el sujeto responda a las demandas que dicho Amo le hace: que sea productivo, exitoso, hermoso, competente, etc. ¿Qué pasa cuando el sujeto no responde a dichas demandas? Se busca adaptarlo para que responda a ellas. Pero, ¿es esto a lo que está abocada la psicología?
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viernes, 8 de octubre de 2010
172. En qué son diferentes el psicoanálisis y las psicoterapias III.
Las psicoterapias conciben la relación terapéutica como una relación dual, desconociendo la presencia, no de la palabra, sino de la palabra como tercero simbólico, ese lugar del Otro (con mayúscula) que determina al sujeto. La palabra en la técnica psicoanalítica opera de tal manera que en la sincronía de la palabra -un lapsus por ejemplo-, aparece la diacronía del sujeto, es decir, una palabra puede resumir toda su historia como sujeto, por eso es posible matematizar la función de la palabra en el psicoanálisis.
La psicoterapia le da la primacía a la palabra como narración diacrónica de la historia del trauma del sujeto, cuando lo que ocurre es que la historia del sujeto se escribe en la sincronía de la palabra -es decir, a todo lo que alude un lapsus-. Así pues, la intervención del terapéuta es sugestiva, mientras que la acción del psicoanalista tiene en cuenta la estructura de la palabra, no para hacer sugestión, sino desciframiento del síntoma, el cual, a su vez, está estructurado como un lenguaje: el síntoma habla.
En la psicoterapia se suele responder a la demanda del paciente, satisfaciéndolo, lo que coloca al terapéuta en posición de Amo, de aquel que sabe lo que el otro necesita en tanto que se conduce por su furor sanandi; lo que mueve al terapéuta es el deseo de sanar al paciente. El deseo del analista no es el deseo de curar; él se ha curado de ese deseo en su propio análisis. Digamos que el deseo del analista es conducir al sujeto al descubrimiento del inconsciente y se las vea con él, así como lo ha hecho él mismo en su propio análisis.
El psicoanálisis no está constituído a nivel de la terapéutica; cuando se busca lo específico del psicoanálisis a este nivel, lo que encuentra es una babel de opiniones. La práctica analítica es una práctica, en principio, de desciframiento; es por eso que ella se vincula con la función del lenguaje y de la palabra. Lacan define el análisis como la cura que se espera de un analista. Un analista es, a su vez, producto de su propio análisis. ¿De qué es producto un psicoterapéuta? Al parecer, aquel que no se somete a un análisis personal, se vuelve psicoterapéuta de orientación analítica -psicólogo dinámico-, producto del discurso universitario y del discurso del Amo; éstos creen saber cómo responder al sufrimiento del paciente, por eso Lacan dirá en su texto Posición del inconsciente que "una psicoterapia es una manipulación bien lograda" (1975).
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jueves, 7 de octubre de 2010
171. En qué son diferentes el psicoanálisis y las psicoterapias II.
El el texto Sobre psicoterapia (1905), Freud elabora una distinción entre el psicoanálisis y las psicoterapias; él muestra allí cómo el análisis no debe ser confundido con el tratamiento sugestivo (hipnosis), el cual había utilizado por cerca de diez años y que abandona por considerar que tenía varios inconvenientes: sólo una parte de los enfermos son hipnotizables y, de otro lado, la técnica sugestiva no se preocupa por el origen y la significación de los síntomas. El abandono de Freud de la hipnosis favoreció el desarrollo del psicoanálisis.
En la técnica hipnótica la palabra es utilizada para hacer sugestión, pero Freud le da a la palabra una función disitnta a la de la sugestión. Dicha función es la que distingue al psicoanalista del psicoterapéuta -llámese éste dinámico, humanista o cognitivo-. Dice entonces Freud: "En verdad, entre la técnica sugestiva y la analítica hay la máxima oposición posible: aquella que el gran Leonardo da Vinci resumió, con relación a las artes, en las fórmulas per via di porre y per via di levare. La pintura, dice Leonardo, trabaja per via di porre; en efecto, sobre la tela en blanco deposita acumulaciones de colores donde antes no estaban; en cambio, la escultura procede per via di levare, pues quita de la piedra todo lo que recubre las formas de la estatua contenida en ella. De manera en un todo semejante, señores, la técnica sugestiva busca operar per via di porre; no hace caso del origen, de la fuerza y la significación de las síntomas patológicos, sino que deposita algo, la sugestión, que, según se espera, será suficientemente poderosa para impedir la exteriorización de la idea patógena. La terapia analítica, en cambio, no quiere agregar ni introducir nada nuevo, sino restar, retirar, y con ese fin se preocupa por la génesis de los síntomas patológicos y la trama psíquica de la idea patógena, cuya eliminación se propone como meta." (1905).
La estructura de la palabra nos demuestra que hay una escisión entre lo que uno dice y lo que se quiere decir, es decir que el lenguaje hace del ser hablante un ser dividido siempre entre enunciado y enunciación. El hablante depende entonces de la respuesta que le de el oyente; el psicoanalista, en cuanto intérprete, opera deste este lugar, y desde ahí operan también todas las psicoterapias; pero la diferencia está en que, miestras las psicoterapias hacen sugestión en la medida en que se dirigen al sujeto del enunciado, el psicoanalista se dirige al sujeto de la enunciación, permitiendo la emergencia del sujeto del inconsciente y por tanto, la significación de los síntomas y la emergencia de su deseo.
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miércoles, 6 de octubre de 2010
170. En qué son diferentes el psicoanálisis y las psicoterapias I.
Las psicoterapias, como el psicoanálisis, emplean como herramienta la palabra: la palabra del paciente. Este es el medio, el único con el que cuentan las unas y el otro para tratar al sujeto que consulta por algún problema. Toda palabra, dice Lacan, llama a una respuesta. Es en el tipo de respuesta que se le da a la palabra, donde podemos hallar la diferencia entre psicoterápia y psicoanálisis, o si se quiere, es en lo que escucha el analista de los dichos del analizante, donde encontramos dicha diferencia. "Mostraremos que no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que este es el meollo de su función en el análisis" (Lacan, 1984). La concepción que tenga el terapéuta sobre la función de la palabra en su trabajo, marcará la diferencia entre psicoterápia y psicoanálisis.
Si hay un sujeto que habla, se debe ubicar también el lugar del Otro que escucha. Lo que sucede es que el oyente es quien tiene la decisión respecto de lo que el hablante ha dicho; esto porque la estructura misma de la palabra hace que lo que uno quiere decir sea decidido, no por el sujeto que habla, sino por el que escucha; depende del Otro el sentido de lo dicho por el sujeto. El sentido profundo de la palabra es decidido por el receptor; a esto Lacan lo llamó «el poder discrecional del oyente»; es un poder que implica una gran responsabilidad por parte de la persona que escucha, ya que con él puede hacer sugestión o desciframiento, es decir, psicoterápia o análisis. La práctica analítica es una práctica de desciframiento y es de esta manera que se vincula con la función de la palabra.
Las psicoterapias conciben la relación terapéutica como una relación dual, desconociendo la presencia de de ese tercero simbólico que determina la posición del sujeto con respecto a sus dichos -localización subjetiva- y donde encontramos al sujeto de la enunciación, más allá del sujeto del enunciado. En las psicoterapias el terapéuta suele responder al pedido del paciente satisfaciéndo sus demandas, lo que coloca al terapéuta en posición de amo, de aquel que sabe lo que el otro necesita, ya que se conduce por su furor sanandi (deseo de curar, del cual Freud aconseja que el analista debe curarse).
El psicoanálisis ha establecido cuál es la función y el campo de la palabra y del lenguaje para que su acción no sea considerada una práctica mágica, y en donde su uso no sea considerado una "pedagogía materna, una ayuda samaritana, o una maestría dialéctica" (Lacan, 1984). La psicoterapia no le suele reconocer un sentido al síntoma, o reconociéndoselo, lo obtura por la manera como interviene en el sujeto.
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