Vivimos con la sensación universal de que la vida moderna es cada vez más acelerada, que el tiempo se escurre entre los dedos y que nunca llegamos a nada. Miller en su texto Todo el mundo es loco (2013), ofrece respuestas sorprendentes a estas ansiedades contemporáneas. Incluso él explica por qué hasta la tierra está girando más rápido. El fenómeno climático de "La Niña" ha enfriado las aguas del Pacífico, ralentizando los vientos del oeste (los vientos alisios) y, por una ley de la física llamada conservación del momento cinético, ha acelerado la rotación del planeta: nuestros días se han acortado en un milésimo de segundo. Aunque este dato parece minúsculo, Miller lo usa como un gancho para explicar que las verdaderas razones de nuestra aceleración son mucho más profundas. Son el resultado de una mutación radical en nuestra civilización, que cuestiona la forma en que se entiende el mundo, el amor y la propia identidad. Veamos.
Miller (2013) describe una transición fundamental en nuestra civilización. Pasamos de una "producción ligada a la necesidad", que por naturaleza es limitada, a una "producción ligada al deseo", que es mucho más amplia. Anteriormente había una producción ligada a la necesidad: se fabricaban objetos que eran necesarios para llevar una vida cómoda. Ahora no; hay una producción ligada al deseo (ilimitada), donde el deseo se conecta más tarde con el goce, es decir, con el consumo compulsivo de objetos que no se necesitan. Pero la verdadera mutación se dio al entrar en una "producción ligada al goce" (Miller): un disfrute que busca tapar un vacío insaciable con objetos de consumo acelerado. Es lo que Miller denomina “objeto a tapón", objetos que intentan obturar un agujero imposible de colmar (la falta constitutiva del sujeto). El iPhone, con su obsolescencia programada, es el ejemplo perfecto: apenas se lo compra, ya es una antigüedad, empujando al sujeto a seguir el movimiento sin fin de lo "nuevo" para tapar una falta que nunca se satisface.
Para ilustrar esta nueva lógica, esa mutación radical en la civilización, Miller (2013) traza una distinción brillante en la criminología. Los crímenes de antes, como en las novelas de Agatha Christie, eran asuntos de familia: se mata al pariente que molesta, al vecino que conoce un secreto; el asesino conoce a su víctima. En cambio, el fenómeno moderno del asesino en serie, encarnado por figuras como Ted Bundy, o Dahmer (serie de Netflix basada en una historia real) responde a otra lógica. Ellos no conocen a sus víctimas; solo tiene una silueta en mente (mujer joven, pelo largo, joven homosexual) y los tratan como objetos intercambiables en una serie numérica: uno, dos, tres, cuatro...
A partir de esta analogía, Miller (2013) acuña el término "amante en serie" para describir cómo esta lógica de consumo ha penetrado los vínculos más íntimos del sujeto. Relata el caso clínico de una mujer que, tras un matrimonio monógamo y pasional, reaparece en su consulta años después gestionando su vida sentimental como una cartera de inversiones con cuatro amantes simultáneos. Cada uno era, en sus propias palabras, como una "planta salvaje a la que sabía encontrarles un uso" (Miller). Su portafolio incluía al esclavo intelectual, un escritor con quien compartía cultura, pero no sexo; al amo político, un hombre poderoso que la trataba como un objeto de su posesión; al proxeneta generoso, que le hacía regalos y le proporcionaba los mejores orgasmos; y al joven hippie, a quien ella había "formado" para la vida. Cada hombre cumplía una función específica y reemplazable, un objeto en una serie que satisface una función particular.
Esta lógica "serial" revela una forma contemporánea de adicción. Ya no se trata del objeto único e individualizado que causa el deseo (objeto a), sino de objetos y personas que se vuelven cuantificables, indiferenciados e intercambiables. Son "tapones" para un agujero que nunca se llena.
Se está entonces frente a una producción basada en el goce, caracterizada por la indiferenciación del objeto, su cuantificación y, por lo tanto, frente a una manera de gozar que toma la forma de la adicción. Esto se ve claramente en esta época en la que se consume de todo. Ya la adicción al alcohol y las drogas parece vieja; hoy se habla de la adicción a las nuevas tecnologías, al juego –ludopatía–, al sexo, al ejercicio –vigorexia–, al trabajo; casi que se podría ser adicto a cualquier objeto o actividad que el mercado ofrece imperativamente hoy en día.
Esta lógica adictiva, basada en el número y la serie, no se limita a los vínculos: es el motor de lo que Miller (2013), siguiendo a Nietzsche, llama la "desertificación" del mundo, un fenómeno que ha transformado la noción de felicidad. Tomando esa idea de Nietzsche y Heidegger, Miller afirma que el mundo se está convirtiendo en un "desierto" debido a la cuantificación universal. Todo se mide, se califica y se compara. Esta es la era del "último hombre" de Nietzsche, aquel que proclama haber "inventado la felicidad" a través de la medición de todo y la evitación sistemática de cualquier riesgo o malestar.
Esta filosofía no es una simple abstracción; se ha convertido en una política de estado. Miller (2013) cita el ejemplo de Lord Layard en el Reino Unido, un economista que impulsó un plan masivo para tratar la depresión con terapeutas cognitivo-conductuales (TCC). Su argumento no era humanista, sino puramente económico: la inversión se autofinanciaría con creces al disminuir el ausentismo laboral y aumentar la productividad. La felicidad se convierte así en una variable más del Producto Interno Bruto.
Se ha pasado entonces del viejo ideal del "hombre de calidad" al "hombre de cantidad". Esta lógica reduce toda la experiencia humana a cifras. La pregunta central ya no es sobre la cualidad, sino "¿cuánto?". El mundo moderno no pregunta por la pasión de cada sujeto por un objeto (su objeto a causa del deseo), sino por la cantidad. Este fenómeno fue profetizado hace más de un siglo por Nietzsche, quien describió con una precisión escalofriante a estos hombres modernos que han reducido la existencia a una gestión de su bienestar.
¿Cómo responde el psicoanálisis a esta vida moderna tan acelerada? La idea más radical y provocadora de Miller (2013) es su afirmación de que "Todo el mundo es loco, es decir, es delirante". Esta frase no busca patologizar a toda la humanidad, sino disolver la frontera rígida que se ha trazado entre la "normalidad" y la "locura". Así pues, desde esta perspectiva, lo que se llama "delirio" o "locura" no es una falla o una enfermedad, sino la "solución" particular que cada sujeto inventa para lidiar con un hecho fundamental de la existencia: la falta de una "ley" última, de un sentido garantizado en el universo (lo que en términos lacanianos se denomina la "no existencia de la relación sexual"). En términos más sencillos, esto significa que no existe una armonía natural o un guion preestablecido que dicte cómo debemos relacionarnos con el mundo, con los demás o con nuestro propio deseo. Ante esta ausencia de un sentido último, cada persona debe inventar una solución singular -su "delirio"- para que la vida resulte vivible.
Esta idea va aún más lejos. Miller sostiene que todo saber, en su estructura más fundamental, funciona como un delirio. El saber consiste en articular un significante (S2) a un significante previo que estaba solo y sin sentido (S1), creando así una significación. Construimos cadenas de sentido para dar coherencia a un real que, en sí mismo, carece de ella. La ciencia, la filosofía, la religión y las creencias más personales no son más que delirios sofisticados que permiten organizar el caos. Esta tesis, que iguala a todos los sujetos en su singular manera de construir la realidad, se resume en esta frase tan simple como demoledora: "Todo el mundo es loco, es decir, es delirante".
Si se aceptan estas ideas, la conclusión es inevitable: no existe un mundo "normal" al que se deba adaptar. Cada sujeto construye su propia realidad y la habita. Cada individuo, con su particularidad, inventa una solución para existir. La "normalidad" no es más que el delirio compartido por la mayoría. Esta perspectiva libera al sujeto de la tiranía de la norma y lo invita a respetar la invención singular de cada ser hablante.
UN BLOG SOBRE PSICOANÁLISIS LACANIANO. Los textos cortos aquí publicados, aparecieron en el semanario La Hoja de Medellín, entre los años 1995 y 1999, en una columna titulada «Sentido Común». A partir del 18 de julio de 2007, he empezado a publicar otros textos cortos, reflexiones, ideas, desarrollos teóricos del psicoanálisis lacaniano. Espero les sea de utilidad para pensar al sujeto y como introducción al psicoanálisis. Bienvenidos!!
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viernes, 3 de octubre de 2025
559. Las mutaciones radicales de nuestra civilización: aceleración, cuantificación y "desertificación"
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miércoles, 20 de junio de 2018
473. El derecho a la singularidad
El psicoanálisis nos enseña que aquello que enferma al ser humano de
forma radical es la ausencia de la relación sexual; esto significa que
“nada podría colmar ni curar la distancia entre un sexo y otro, que cada
uno, como sexuado, está aislado de lo que siempre quiso considerar como
su complemento” (Miller, 2011). Uno de los aspectos más importantes que
el psicoanálisis ha dilucidado sobre el sujeto es que «la relación
sexual no existe». ¿Esto qué significa? Que entre los sexos no hay
proporción sexual; que los hombres no están hechos para las mujeres y
las mujeres no lo están para los hombres. En la relación entre hombres y
mujeres hay una falla esencial que es la no inscripción simbólica de la
relación entre el hombre y la mujer. Esto significa que en el lugar del
Otro hay un saber que no está ahí, un real imposible de nombrar, de
escribir: esto es la relación sexual. No hay pues saber sobre los sexos,
lo cual funda ese desencuentro permanente entre ellos. Además, “la
ausencia de relación sexual invalida toda noción de salud mental y de
terapéutica como retorno a la salud mental” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
El discurso imperante, gubernamental, psicológico, y hasta religioso, profesa la idea de que es posible tener una salud, un equilibrio mental. La salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y es un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. El psicoanálisis se opone a esta idea de una tal salud mental y a toda terapéutica que se supone que conduce a ella. “La salud mental, seamos francos, no nos la creemos” (Miller, 2013). Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que cada uno tiene su vena de loco, y esa vena de loco que tiene cada sujeto, tiene que ver con el deseo singular del sujeto, deseo que objeta a la salud mental. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller).
El deseo singular del sujeto es algo que “está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extranormativo. Y si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo en su singularidad, este no puede desarrollarse más que rechazando toda intención terapéutica” (Miller, 2011). Toda psicoterapia lo que busca es “estandarizar el deseo para encarrilar al sujeto en el sendero de los ideales comunes, de un como todo el mundo” (Miller). Al contrario de esto, el deseo singular de cada sujeto apunta a un «no como todo el mundo». Mientras que el discurso imperante –el discurso del amo– quiere el «como todo el mundo», el psicoanálisis representa “la reivindicación, la rebelión del no como todo el mundo, el derecho a una desviación experimentada como tal, que no se mide con ninguna norma” (Miller). Esto es lo que hace frágil al psicoanálisis, y que esté siempre amenazado: por esa posición subversiva en la que se sostiene con respecto al discurso del amo. “Solo se sostiene por el deseo del analista de dar lugar a lo singular del Uno (…) el deseo del analista se pone del lado del Uno. Con una voz temblorosa y bajita, el psicoanalista hace valer el derecho a la singularidad” (Miller).
sábado, 28 de agosto de 2010
138. «¿Quién está enfermo, la cultura o yo?»
Los profesionales que manipulan a la sociedad de consumo conocen muy bien el poder de la palabra «nuevo» para vender. La ciencia, en su alianza con la economía de mercado, lanza todos los días nuevos objetos tecnológicos que hacen que lo nuevo permanezca cada vez menos y menos tiempo nuevo. Así pues, la novedad se hace cada vez más insistente y exigente, y a su vez, establece una rivalidad de carácter mortífero con todo lo que es obsoleto. (Miller, 1998). El computador que se compra hoy, ya mañana es viejo: hay que actualizarlo o comprar uno más poderoso. Así pues, lo nuevo parece ser sólo nuevo en el minuto presente; en el siguiente pasa a ser viejo. ¿Cómo se defienden cada uno de los seres humanos que habitan esta sociedad, de la decadencia en la que entran a partir de la exigencia permanente de lo nuevo?
Frente al síntoma de la novedad que caracteriza a la cultura de hoy, lo único que puede resistir el carácter sintomático de lo siempre nuevo, es otro síntoma. (Miller, 1998). Todos los seres humanos, en algún momento de su vida, se experimentan a sí mismos como desechos de la cultura contemporánea, ya sea porque no hay experiencias nuevas en su vida, o porque no se sienten bellos con relación al patrón de belleza que propone la cultura, o porque no usan la ropa de moda, o no han comprado el último televisor, etc. En todo caso, si no se está con lo último, se está caduco, desactualizado. Y estar desactualizado es, de cierta manera, un síntoma con respecto a la norma de la cultura.
Si se sigue la norma de la cultura de consumir siempre lo nuevo, entonces a esto se le llama alineación. Pero si no se siguen los imperativos culturales, si no se marcha al ritmo de la moda, esto es un síntoma respecto del patrón cultural, y a esto se le llama separación. Así pues, la norma social es sintomática, pero si no sigo la norma, si no me inserto en las exigencias de la cultura, también es sintomático. Por esto los seres humanos contemporáneos se hallan ante aquello que constituye el malestar de la cultura de hoy, el cual se podría formular así: «¿Quién está enfermo, la cultura o yo?».
domingo, 15 de agosto de 2010
132. La crisis de autoridad del padre.
La crisis de autoridad del padre se observa en la corrupción de los Estados modernos y en la política en general, en la promoción de dioses oscuros -sectas satánicas, nueva era, crecimiento del esoterismo, líneas psíquicas, etc.-, y en los efectos renovados de la segregación en todo el mundo. Los ideales universales, establecidos milenariamente como certezas, son derrotados por la actual globalización de la empresa y la economía totalitaria. Esta globalización arrastra, atraviesa, fisura y acaba con esos ideales. Por eso nuestra época se caracteriza principalmente por esta «carencia del padre», cuya personalidad está ausente, humillada o dividida.
A todo este malestar se le llama crisis: de valores, educativa, social, en la justicia, etc. Pero estas crisis no parecen ser sino la consecuencia directa de un defecto fundamental, un defecto que tiene que ver con la manera como un padre le transmite a un hijo una responsabilidad por las consecuencias de sus actos y un respeto por las normas que rigen la convivencia en sociedad. El obstáculo mayor es que la solución a esta «falla» no depende de un ejercicio educativo. No es diciéndole a los padres lo que tienen que hacer con sus hijos como se le va a dar solución a este nuevo estado de las cosas. Se necesita de un cambio en la posición subjetiva, en la manera de educar, que no depende necesariamente del acto de instruir o adiestrar, y que además involucra una reflexión profunda sobre la función de la autoridad en el seno de la institución familiar.
¿Cómo debe ejercer la autoridad un padre de familia? Los padres son, en primera instancia, los únicos responsables de la transmisión de la normatividad y, por tanto, en sus manos está la posibilidad de que su hijo sea un ser humano civilizado y un hombre de bien. El padre como representante de la ley dentro de la familia, es el que está llamado a ejercer la autoridad y a hacer una transmisión de la norma. A ambos padres les corresponde pensar la manera como van a poder hacer esto; lo más importante es que sepan que es algo que se tiene que hacer, a pesar de ser una tarea no grata.
sábado, 24 de julio de 2010
116. El respeto por la autoridad.
Hacer de un hijo un hombre de bien depende de que los padres le transmitan un respeto por la autoridad. Por esta razón, ni el trabajo de los padres, ni la ausencia de uno de ellos, ya sea por muerte, separación, o porque trabaje en otra ciudad, deben servir de excusa para dejar de transmitir dicho respeto. Tampoco se debe dejar esta tarea en manos de empleadas domesticas, niñeras, abuelos, tíos, etc. Transmitir un respeto por las normas y la autoridad es en gran medida responsabilidad de los padres o de las personas que están al cuidado del niño.
La función más importante de todo aquel que se llame padre es ejercer una autoridad que sea firme, coherente, consistente y justa. Si las personas que representan la autoridad se muestran inseguras, culposas, temerosas o indecisas en el momento de poner límites a sus hijos, o lo hacen de una manera caprichosa o incoherente, esto tendrá como efecto la pérdida del respeto por la autoridad, primero hacia las personas que la encarnan, y luego hacia las demás figuras que la representan en la cultura.
Hacerse respetar como autoridad está en estrecha relación con la posición subjetiva de un hijo desde el momento de nacer, la cual es la de una «dependencia de amor». Los hijos aman a sus padres si estos a su vez les demuestran amor. Pero los hijos los amarán aun más si estos les enseñan a respetarlos. Aquí no se trata para nada de un amor desmedido o irracional, sino de un amor con límites, un amor que sabe que no todo está permitido para los hijos. Cuando los padres aman sin medida, sus hijos suelen ser muy caprichosos y groseros con aquellos.
La «dependencia de amor» en la que se encuentran los hijos al comienzo de su vida, hace que lo que ellos más teman sea perder el amor de sus padres. Y un padre que exige respeto, sabrá hacer buen uso de esa dependencia para exigir un respeto por la autoridad. Esto se hace mostrándose seriamente disgustado por el mal comportamiento del hijo, y así hasta que aquel se corrija. Los hijos suelen dejar su mal comportamiento para no perder el amor de sus padres.
jueves, 22 de julio de 2010
115. Crisis de autoridad.
Uno de los grandes problemas de la cultura contemporánea es la falta de respeto a la autoridad, lo que habla de un desorden a escala familiar. La familia es el lugar donde los sujetos aprehenden e introyectan dicho respeto. Y la única condición para que este aprendizaje se dé, es que papá y mamá se hagan respetar. Esto depende completamente de ellos y es algo que cada cual debe inventar; se necesita, como mínimo, que los padres sean personas que a su vez respeten la autoridad, las leyes y las normas de la cultura. Es decir, que para transmitir un respeto por la autoridad, se necesita de un padre que tenga una posición clara ante los actos de ley, o sea, un padre que cuando represente la autoridad, la haga respetar.
El desfallecimiento de la autoridad tiene enormes consecuencias en la posición subjetiva de los hijos frente a los actos de ley y el respeto de las normas. La mayoría de las consultas psicológicas por indisciplina, inquietud, desatención, rebeldía, desobediencia, grosería, irrespeto, caprichos, agresividad e "hiperactividad", tienen una estrecha relación con dicho desfallecimiento. Lo peor es que a muchos padres todas estas conductas no les parecen graves, sino mas bien normales; excusan a sus hijos diciendo que hoy en día todos los niños son así, o hacen de esos problemas virtudes: «mi hijo no es un tonto», «es mejor atajar locos que empujar bobos», etc. Pareciera que ser culto y respetuoso está pasado de moda, lo que se nota en que los hijos ya no dicen «por favor», sino que sus demandas son siempre imperativas: «déme», «tráigame», etc. Los hijos de la modernidad se han convertido en unos pequeños patanes!
Si para ganarse el respeto como padres se hace necesario ser severo; esto es preferible a mostrarse débil o impotente. Dicha severidad no debe ser entendida como tiranía, intransigencia, capricho o maltrato, sino en el sentido de ser rigurosos en el acatamiento de las normas y la ley. En una familia donde cada cual hace lo que le viene en gana y se desconoce la autoridad de los padres, los hijos muy probablemente tendrán grandes dificultades de convivencia y socialización con los demás miembros de su comunidad.
miércoles, 21 de julio de 2010
114. ¿Democracia familiar?
En los años '50 se presentó un cambio en las familias norteamericanas -es de Norteamérica de donde se importan los modelos de educación vigentes aquí- que consistió en la introducción de la democracia dentro de la familia. «Democracia familiar», se la llamó, y se basó en la idea de que los niños pequeños son básicamente sensatos y buenos, y perfectamente capaces de resolver su propio destino. Pero sólo el más insensato de los padres puede pensar que esto sea así. Un niño no sabe lo que quiere en la vida; él necesita de límites, orientación y guía permanente. A partir de dicha democracia familiar controlar a un hijo se denominó «autoritarismo», y se rechazó a los padres como «antidemocráticos».
El castigo empezó a ser visto como una forma de abuso contra la niñez, generador de traumas y otros supuestos problemas psicológicos. Por eso hoy parece escandaloso hablar de sancionar a los hijos, sobretodo porque con el discurso de los derechos humanos y el de los derechos del niño, pareciera un delito intervenir sobre ellos. Éstos hasta hacen uso de dichos derechos para reclamarle a los padres por su proceder, cuando les imponen algún límite a sus conductas. Ser un buen padre se ha vuelto equivalente a dejar a los hijos hacer lo que les dé la gana. Pues bien, ya se sabe cuales han sido los estragos, no solo en Norteamérica, sino también aquí en nuestra sociedad, de ese estilo de educación.
Los padres deben fijar límites razonables a la conducta de su hijo para que él adquiera control sobre sus propios impulsos. Los hijos que se muestran seguros y decididos en la vida son hijos de padres que son firmes en su autoridad y en el manejo de su familia -lo cual no significa que haya que ser autoritario, tirano o déspota- , y que exigen el cumplimiento de las reglas. Dichos hijos también tienen un mayor respeto y afecto por sus padres.
Si los padres no asumen la responsabilidad de fijar y hacer cumplir con las normas y los límites, reducirán en sus hijos la capacidad para desarrollar un control de sus impulsos. La disciplina es necesaria; ayuda a que el sujeto se haga responsable de las consecuencias de sus propios actos.
martes, 20 de julio de 2010
113. La autoridad en la familia y la escuela.
El respeto por la autoridad es garantía de que un ser humano ingrese a la sociedad, es decir, que participe como miembro de una comunidad. Si dicha comunidad es la familia, allí se debe transmitir a los hijos una serie de normas que hacen posible la convivencia, y esa transmisión la hace una autoridad, es decir, los padres en la medida en que la encarnan.
La autoridad es el ejercicio de un poder sobre los hijos, un poder que se funda sobre el amor, es decir, que los hijos sólo respetan la autoridad de los padres que aman. Si no hay amor entre padres e hijos, no habrá respeto por la autoridad. Pero si hay sólo amor, es decir, un amor exagerado y alcahueta -amor que puede llegar a ser muy dañino-, entonces los padres fácilmente dejan de ejercer su autoridad, lo que no deja de traer consecuencias en el sujeto.
Por ejemplo, muchos de los problemas disciplinarios dentro de la institución educativa tienen su origen en la falta de respeto hacia la autoridad paterna. En este tipo de situaciones se genera una confusión en los alumnos, pues allí donde perciben que sus padres son permisivos, el colegio no lo es, convirtiéndose este en una institución tirana y torturadora; ante esto los hijos y sus padres suelen adoptar la posición de víctimas, lo que se convierte en una excusa para no cambiar los comportamientos perturbadores.
Hay que ejercer una autoridad dentro del hogar y en la escuela, porque los hijos necesitan límites, normas y reglas que les permitan organizar su vida y orientar sus relaciones con otros seres humanos. La autoridad es constitutiva de la organización familiar; su fracaso tiene enormes consecuencias en la posición subjetiva de los hijos frente a los actos de ley y el respeto de las normas. La familia es el lugar privilegiado donde los seres humanos aprehenden e introyectan dicho respeto, y la única condición para que este aprendizaje se dé, es que los padres, papá y mamá, se hagan respetar. Cuando esa introyección de la autoridad no acontece, vendrán entonces los problemas disciplinarios con los que se enfrentan los hijos en la escuela.
martes, 13 de julio de 2010
108. Educar para el fracaso con disciplina.
La educación no solo debe enseñar a conquistar unos ideales y valores, sino también a hacer soportable y aceptable el fracaso. En la vida no siempre se gana ni las cosas salen como se quieren. Vivimos en un mundo competitivo en donde somos objeto de agresiones e injusticias. Se necesita de una educación que prepare al alumno para estas cosas. Las dificultades suelen ser fructíferas si se enfrentan y se les saca provecho; habría que colocar una seria duda sobre todo lo que se considere fácil (tareas fáciles, dinero fácil, vida fácil, etc.).
Si bien de un lado hay que educar para el fracaso, del otro lado está el educar con exigencia, con disciplina y con diálogo. Si bien el diálogo es el instrumento al que hay que recurrir cada vez que hay dificultades con los hijos y alumnos, este no siempre garantiza alcanzar algún acuerdo. Se necesita, más allá de la buena voluntad de las partes, del deseo decidido por darle solución a las dificultades. Además, sólo se puede dialogar con quien reconozca sus errores; no se puede conversar con quien no entiende razones o se muestre terco al sostener sus propios puntos de vista, y mucho menos con quien cree tener siempre la razón.
Cuando el diálogo se agota, entonces hay que recurrir a la ley, a la norma, a la exigencia y a la sanción. Y esto vale tanto dentro como por fuera de la familia, es decir, en la escuela y la sociedad. Por esto el maestro y los padres de familia, en su función de agentes de la ley, son también generadores de malestar en el alumno y en los hijos, por lo que representan de exigencia y dificultad para aquellos. Pero el esfuerzo, la exigencia y la disciplina son necesarias para tener una relación productiva con el saber y con la comunidad en general. Sin un nivel de exigencia adecuado, los niños y jóvenes no rendirán lo esperado y no se asumirán como miembros responsables de una comunidad. Detentar ante la juventud una autoridad clara y segura, capaz de exigir disciplina, orden, y un respeto por la ley, es contribuir a que se supere el despotismo y la tiranía que actualmente exhibe.
domingo, 11 de julio de 2010
107. La ley y la educación.
Las prohibiciones y los límites tienen un esencial carácter positivo y formativo. La ley es condición de la libertad y del «deseo», así como la disciplina, lo es de la responsabilidad y el orden. Establecer un límite define un campo de posibilidades al brindar unas reglas para obrar y comunicarse con los demás. Asumir la ley es reconocer que no se está solo. La ley, en tanto instancia tercera, es la que media en todas las relaciones de nuestra vida. Las normas y pactos sociales son los que regulan los vínculos laborales, de amistad y sexuales de todos los seres humanos. La ley es un poder que cobra a cada cual una cuota de sacrificio para poder vivir en sociedad.
La inscripción de la ley y la exigencia de una disciplina es un asunto de malestar para todo sujeto sometido a ellas. Aquel que hace respetar la norma o exige disciplina generará inevitablemente descontento. Esta molestia es el costo que todo sujeto debe pagar para gozar de los beneficios de vivir en comunidad. Ser agente de la ley o ser quien exige disciplina, implica estar investido de una autoridad que es reconocida y respetada.
El adulto actual, padre o maestro, no parece comprometido con su papel de agente de la ley y le da temor ser exigente. Muestra de ello es su ansiosa búsqueda por ser el compañero de sus hijos o el amigo de sus alumnos. Con esta actitud se destituyen de su lugar y pierden autoridad. Cuestionar la supuesta «fraternidad paterna» o la «amistad profesoral» no es negar que entre padres e hijos o profesores y alumnos puedan y deban darse relaciones de diálogo, cordialidad y respeto. Pero padres y maestros, en tanto agentes de la ley, no son semejantes a su prole y a sus discípulos. La semejanza e igualdad esta bien para la amistad, pero regirse por esta fantasía de igualación, negándose a ejercer una autoridad, termina por diluir el necesario sometimiento del hijo y del alumno a la ley, y de paso, se degrada la figura del padre y del maestro, los cuáles se quedan sin piso para exigir de aquellos el cumplimiento de una disciplina y el respeto por la autoridad (Gallo, 1998).
martes, 22 de junio de 2010
92. Identificación y socialización.
La socialización del ser humano abarca el aprendizaje por identificación -proceso psíquico que hace posible que un sujeto adopte los comportamientos de otros-. Su efecto es la interiorización de sentimientos, actitudes, pautas y valores del grupo social al que pertenece el sujeto. Mediante este proceso de identificación el ser humano encuentra un lugar en su medio social y sabe comportarse de acuerdo con él. Importante en este proceso es que el niño interiorice las normas, los límites de su comportamiento, aprenda de deberes y de derechos, y sobretodo, aprenda a ser un sujeto responsable de las consecuencias de sus actos y palabras.
Por esto, el aspecto más importante de la socialización es el “baño de lenguaje” que recibe el sujeto desde el momento de nacer. Si la familia como formación humana se inscribe en el reino de la cultura, en oposición a la familia animal que se inscribe en el reino de la naturaleza, se debe precisamente al lenguaje, a que el ser humano habla.
El lenguaje es la condición esencial de la estructura de la familia humana, ya que gracias a él se puede nombrar la relación de parentesco, y en función de esa nominación las personas se reconocen en un lugar como hijos de, hermanos de, esposa de o marido de; gracias al lenguaje, en la familia un sujeto puede contarse como hijo, nieto o biznieto, y puede construir un árbol genealógico hasta donde hay una inscripción simbólica. Existe entonces una dependencia radical del ser humano con el lenguaje, en tanto que el lenguaje es el que determina la posibilidad de existencia del sujeto, es decir, que gracias al lenguaje, un ser humano puede llegar a saber quién es, cómo se llama, dónde vive, en que ciudad nació, qué nacionalidad tiene, como llegar a su casa, etc.
Quienes transmiten todo este saber y una historia a un hijo son los padres, dando comienzo al proceso de socialización. El lenguaje, además, es el instrumento más importante en el establecimiento de vínculos sociales y en la transmisión de la cultura, las leyes y normas que rigen a una sociedad.
sábado, 19 de junio de 2010
89. Hiperactividad.
El término “hiperactividad” es hoy tan popular que casi cualquier conducta extravagante de un niño lo hace merecedor del nombre de hiperactivo. Este término, promovido por el prestigio y autoridad del discurso médico, parece sustituir los de necedad, inquietud, mala educación, desobediencia, etc. ¿No se trata acaso de niños a los que les ha faltado la transmisión de un orden y una disciplina en el hogar?
En el DSM IV -libro de la psiquiatría oficial de los Estados Unidos- dice que el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, conocido anteriormente con el nombre de Disfunción Cerebral Mínima, define una falta de atención con comportamientos perturbadores, los cuales interfieren “la actividad social, académica o laboral” (DSM-IV). También describe niños con “baja tolerancia a la frustración, arrebatos emocionales, autoritarismo, testarudez, insistencia excesiva en que se satisfagan sus peticiones, etc.” (DSM-IV).
La prueba, el diagnóstico y la medicación, suelen estar en manos del neurólogo, pero paradójicamente no hay un compromiso orgánico demostrado, tal como lo expresa el mismo DSM-IV: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir que no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. A lo anterior se suma el abuso que hay en el empleo del medicamento llamado Ritalina.
Antes de llevar a un niño inquieto donde el neurólogo -el cual será daignósticado como hiperactivo- y recurrir a un tratamiento farmacológico, habría que preguntarse cómo han contribuido los padres para que su hijo haya llegado a ser como es y en qué han fallado como pareja en la transmisión de un respeto por la norma y su autoridad como papás. Tampoco se debe excluir la responsabilidad de estos pequeños perturbadores en lo que les sucede por el hecho de que sean menores de edad. Tampoco se puede caer en el error de disculpar las conductas indeseables de un hijo porque haya sido diagnosticado como hiperactivo.
domingo, 6 de junio de 2010
80. Autoridad supuesta.
¿Cómo se podría definir la autoridad? La autoridad es ante todo un poder, o mejor, un supuesto poder que los hijos atribuyen a sus padres al sentir que dependen de ellos, pues al nacer, todo niño está en una posición de indefensión y de dependencia de amor hacia aquellos. Lo primero hace referencia a que los niños necesitan de otro para sobrevivir, para ser cuidados y alimentados; lo segundo hace alusión a la reciprocidad del amor: el niño ama a sus padres si es amado por aquellos. Los padres al ser investidos de dicho poder podrán ejercer un mando, un dominio, un control, un derecho sobre sus hijos.
Como la autoridad es un supuesto -el niño le supone a sus padres el ejercicio de este poder y, a su vez, éstos quedan investidos de dicho poder desde el momento en que se hacen padres-, los hijos pueden muy bien dejar de atribuir ese poder debido a la inconsistencia, incoherencia y debilidad de los padres al ejercer la autoridad. La autoridad necesita del respeto, es decir, del acatamiento y el miramiento por ella, y dicho respeto se pierde fácilmente sobretodo cuando los mismos padres son personas que ni respetan ni hacen respetar las leyes que rigen lo social. Así es como se introducen las incoherencias e inconsistencias en el ejercicio de la autoridad.
Lo anterior se puede ilustrar cuando, por ejemplo, un padre ordena a sus hijos llegar temprano a la casa y él es el primero en transgredir esta orden al llegar él tarde. También se introduce un resquebrajamiento de la autoridad paterna cuando los padres son muy caprichosos o insensatos al impartir un mandato, o cuando son crueles, violentos o muy estrictos. También cuando son definitivamente débiles a la hora de ejercer la autoridad, de hacerse respetar y hacer que sus hijos respeten las normas de convivencia. Es importante entonces que todo padre de familia sostenga un comportamiento firme y razonable en el ámbito de su autoridad si desea transmitirle a sus hijos un respeto hacia ellos y hacia el cumplimiento de las normas tanto en la familia como en la sociedad.
sábado, 5 de junio de 2010
79. Educación y autoridad.
Muchos de los jóvenes de hoy se comportan de forma anárquica, sin ningún tipo de control o autogobierno sobre su comportamiento, no dando muestras de asumir una responsabilidad sobre sus propios actos. O se conducen de tal manera que parecen obedecer más a sus impulsos que a la razón, como si nada mediara entre lo que quieren y lo que hacen para obtenerlo. Estos sujetos tienen más bien un carácter egocéntrico e individualista, no respetan las normas y mucho menos a las personas que las representan en las figuras de autoridad.
Producto de esta situación es esa pedagogía liberal y alcahueta que dice que hay que complacer en todo a los hijos por temor a frustrarlos y traumatizarlos. A esto se suma la importancia que ha adquirido el niño en la sociedad moderna: él se ha convertido en un consumidor en potencia, que hace demandas y para el que se fabrican miles de productos que pretenden satisfacer sus “necesidades” -léase “necedades”-. ¿Son los padres responsables de la “mala educación”, falta de respeto y ausencia de civilidad de sus hijos hacia los mayores? A esta pregunta hay que responder, sin duda, que sí.
A todo el malestar generado por la falta de una autoridad que gobierne a los jóvenes se le ha llamado crisis: de valores, educativa, social, en la justicia, etc. Pero todas estas dificultades no parecen ser sino la consecuencia directa de un defecto fundamental, un defecto que tiene que ver con la forma como se le transmite a un sujeto una responsabilidad por las consecuencias de sus actos y un respeto por las normas que rigen la convivencia en sociedad.
El mayor obstáculo está en que la solución a esta “falla” no depende de un ejercicio educativo. No es educando a los padres y diciéndoles qué tienen que hacer con sus hijos como se le va a dar solución a este problema. Se necesita de un cambio de posición de los papás en la manera de educar que no depende necesariamente del acto de instruir o adiestrar, y que, además, involucra una reflexión profunda sobre la función de la autoridad en el seno de la familia.
viernes, 28 de mayo de 2010
74. La autoridad en la adolescencia.
Los adolescentes se tienen que enfrentar permanentemente al enjuiciamiento que hacen de ellos sus padres y adultos. Sus comportamientos y actitudes están siempre bajo la mirada de quienes los rodean. También los padres son evaluados por otros; la adolescencia de los hijos suele coincidir con momentos críticos de la pareja, uno de los cuales es el ejercicio de la autoridad, la cual sufre un debilitamiento; primero, porque el joven ya no es más un niño sumiso, y segundo, porque los padres se enfrentan con sujetos que están confrontando los valores que se les transmitieron con la realidad.
En el ejercicio de la autoridad se pone en juego algo muy importante: si desde niños a los hijos no se les ha transmitido un respeto por la autoridad, en la adolescencia difícilmente ellos respetarán a sus padres, maestros y demás figuras de autoridad, y sus relaciones con la ley y las normas serán más complicadas. Pero hay que tener en cuenta aquí un hecho que es crucial, y es que un padre de familia puede transmitir un respeto por la autoridad sólo cuando él mismo también da muestras de respetar y hacer respetar a la autoridad y a la ley.
Muy fácilmente un padre puede dejar de ser respetado por sus hijos en su autoridad, y en la adolescencia este es un asunto crítico, debido a que el joven es un sujeto que ya hace rato ha abierto los ojos al mundo y se ha dado cuenta de cómo se comportan sus padres y los adultos. Los niños tienden más bien a creer ciegamente en sus papás, en lo que ellos saben, dicen o hacen. Pero a medida que los hijos crecen, estos van comprendiendo que sus padres no lo saben todo ni lo pueden todo. Y si a esto se suma el hecho de que el padre es un trasgresor de la ley o alguien que no respeta a la autoridad, incluyendo la suya propia -como por ejemplo, el padre que ordena a sus hijos que lleguen temprano a la casa cuando él mismo es quien llegar tarde-, entonces fácilmente el hijo adolescente le pierde el respeto -como se le pierde al padre alcohólico, drogadicto, mantenido o patán-; es así como empiezan los problemas de autoridad con los hijos en el hogar.
miércoles, 28 de abril de 2010
61. Ética, medicina y salud.
Tanto la medicina como la ética hacen referencia a la norma. La ética se puede definir a partir de la norma, como el discurso en el cual se plantean modelos de conducta, de buen comportamiento, etc. Entre la medicina y la ética hay una conexión dada por la norma; tanto así, que en la historia de la medicina hubo un momento en que ética y salud se identificaban. La ética antigua intervenía significativamente en la medicina, y esta era casi un capítulo de la ética. Por esta razón la medicina decía cómo comportarse bien, como estar en armonía con la naturaleza, mantener el cuerpo en forma y tener buena salud.
En la televisión norteamericana -y mundial- se puede hallar una forma moderna de la ética de la antigüedad: son los programas de ejercicios que se transmiten y que ayudan a las personas a cuidar el cuerpo, desarrollarlo, mantenerlo delgado, fuerte y sano. Hoy, como ayer, se ha vuelto un deber ético mantener la salud física y mental. Pero en el modo contemporáneo universal, a través de la televisión, dicho deber se reformula bajo un tono imperativo: “¡Es absolutamente necesario estar en forma!”, y lo que era un consejo de la sabiduría antigua se ha vuelto una obligación. Hay pues una conjunción entre ética y buena salud en la gimnasia moderna, pero de manera forzosa. La salud del cuerpo se ha vuelto un valor ético, bien que en el ámbito de la salud mental, se trata de otra cosa.
Definir la salud mental no es sencillo. La salud mental de una sociedad, o de un sujeto, más bien depende de la norma, del equilibrio que dicha sociedad o sujeto posean. Por esta razón el psicoanálisis define a la salud mental a partir del orden público. Un buen criterio de la pérdida de la salud mental es una perturbación del orden público. Esto significa que allí donde el orden público es alterado, es difícil hablar de salud mental; ésta depende directamente de aquel. En una sociedad aplicada, donde impera la ley y el orden, se puede decir que hay más y mayor salud mental que en una donde lo que impera es la impunidad, el despotismo, la arbitrariedad y la ilegalidad.
domingo, 4 de octubre de 2009
13. Su majestad el niño.
La sobreestimación de la persona amada, que se presenta en el enamoramiento, se manifiesta muy frecuentemente entre los padres y sus hijos; es algo que suele gobernar el vínculo afectivo entre ellos. Por esta razón prevalece una exigencia a atribuir al niño toda clase de perfecciones, y a encubrir y olvidar todos sus defectos.
Gracias a esa sobreestimación, también prevalece la propensión a suspender frente al niño todas esas conquistas culturales cuya aceptación hubo de arrancarse al narcisismo y al egoísmo de cada uno de nosotros. Los adultos suelen pensar que el niño debe tener mejor suerte que sus padres, que no debe estar sometido a las necesidades objetivas y a las exigencias de la vida cuyo imperio hubo de reconocerse en algún momento. Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia para el niño; las leyes de la naturaleza y la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser el centro y el núcleo de la creación: «Su majestad el niño», como una vez nos creímos. Además debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres.
El conmovedor amor paternal no es otra cosa que el narcisismo resurgido de los padres. Éstos se comportan entonces como si los derechos de los niños no tuviesen límites. Por esta razón, controlar, suprimir o corregir un comportamiento inconveniente en ellos se puede convertir en una tarea imposible, ya que se suele recurrir al discurso de “los Derechos de los Niños”, a pedagogías liberales y a supuestas frustraciones y traumatizaciones para ampararlos de la ley y las normas, sin pensar que así se termina empujándolos a algo peor: la tiranía que se observa en los niños de hoy sobre sus padres.
lunes, 14 de septiembre de 2009
10. Los hijos de padres alcahuetas.
El padre alcahuete es aquel que encubre a su hijo en algo que se quiere ocultar. Si esta es la posición subjetiva de un padre, esto tiene consecuencias en el hijo. Algunas son: Éste no asume ninguna responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos; justifica sus faltas y le echa la culpa a otros; esta dispuesto a reclamar todos sus Derechos sin pensar en sus Deberes: Cree tener derecho a todo, por sobre todo y todos. Son hijos egoístas; este individualismo los conduce a un hedonismo desmedido. Suelen ser sujetos caprichosos; se aburren y se deprimen fácilmente, sobre todo cada vez que encuentran obstáculos en su vida; no disfrutan de actividades comunes y corrientes; no encuentran satisfacción en las pequeñas cosas de la vida; son volubles, intransigentes, intolerantes, malgeniados, agresivos y anárquicos. No saben que quieren en la vida; viven el presente sin pensar en el futuro. Son dependientes del padre que los alcahuetea, a la vez que la relación con éste es demandante, tensa y difícil. Son propensos a transgredir la ley -realizan actos delincuenciales- y a volverse adictos de los tóxicos. No sienten pasión por todo lo que implique esfuerzo, tiempo y dedicación; piensan que sus padres lo deben hacer todo por ellos, y así lo exigen.
El hogar y la escuela son lugares donde se puede transmitir el respeto por la ley. Representar la ley es una función desagradable, pero es la única manera de transmitir unos límites que son inherentes a la normatividad y que son necesarios para la convivencia y la civilidad. Si se quiere vivir en sociedad, el respeto y la tolerancia son indispensables, y de esto cada persona se debe hacer responsable!
domingo, 30 de agosto de 2009
7. El soborno y el chantaje, comportamientos de hoy.
El soborno es ese comportamiento en el que se pretende corromper a alguien ofreciéndole dádivas para obtener de él un beneficio. El chantaje es la amenaza que se hace a alguien con el objetivo de obtener de él un provecho. Los padres de familia suelen caer en este tipo de prácticas con sus hijos.
A todo padre que soborna le corresponde un hijo chantajista. Los padres caen en el error de ofrecerles regalos a sus hijos para obligarlos a cumplir con sus deberes o para hacerlos obedecer, ya que no saben ejercer su autoridad de manera firme y consistente. Ante esto los hijos responden manipulando a los padres con chantajes; estos les ponen condiciones a los padres para cumplir con los deberes y las normas. Si un padre promete un regalo a su hijo a cambio de algo -soborno-, la próxima vez que le pida un favor o le dé una orden, su hijo lo podrá amenazar diciéndole que lo hará solo si le da a cambio algún obsequio -chantaje-, tal y como su padre se lo ha enseñado.
Este tipo de conducta tiene consecuencias. Con el soborno se condiciona el cumplimiento del deber y el respeto por las normas al hecho de recibir un estímulo o beneficio, así que no se cumple con el deber por el deber mismo, y que no se respeten las normas como condición de una convivencia amable en la familia. Lo anterior no significa que no se pueda estimular o premiar el buen comportamiento de los hijos. Tampoco significa que no se le pueda dar un apoyo moral o un estímulo afectivo cada vez que él obtiene un éxito académico o deportivo. El problema está en hacer de esto una costumbre y en dejar que los hijos condicionen su comportamiento al tipo de estímulo que puedan recibir.
A todo padre que soborna le corresponde un hijo chantajista. Los padres caen en el error de ofrecerles regalos a sus hijos para obligarlos a cumplir con sus deberes o para hacerlos obedecer, ya que no saben ejercer su autoridad de manera firme y consistente. Ante esto los hijos responden manipulando a los padres con chantajes; estos les ponen condiciones a los padres para cumplir con los deberes y las normas. Si un padre promete un regalo a su hijo a cambio de algo -soborno-, la próxima vez que le pida un favor o le dé una orden, su hijo lo podrá amenazar diciéndole que lo hará solo si le da a cambio algún obsequio -chantaje-, tal y como su padre se lo ha enseñado.
Este tipo de conducta tiene consecuencias. Con el soborno se condiciona el cumplimiento del deber y el respeto por las normas al hecho de recibir un estímulo o beneficio, así que no se cumple con el deber por el deber mismo, y que no se respeten las normas como condición de una convivencia amable en la familia. Lo anterior no significa que no se pueda estimular o premiar el buen comportamiento de los hijos. Tampoco significa que no se le pueda dar un apoyo moral o un estímulo afectivo cada vez que él obtiene un éxito académico o deportivo. El problema está en hacer de esto una costumbre y en dejar que los hijos condicionen su comportamiento al tipo de estímulo que puedan recibir.
viernes, 28 de agosto de 2009
6. Sobre la aplicación de sanciones a los hijos.
Al aplicar un castigo no es necesario pegarle al hijo para hacer que obedezca; esto es posible si no ha habido un desfallecimiento de la función paterna; esta hace referencia a que el padre pueda ejercer la autoridad de manera firme, consistente y justa.
Lo que más teme un niño es perder el amor del padre, debido a su dependencia afectiva -dependencia de amor-. Al aplicar un castigo, hay que transmitirle al niño que está en juego la pérdida de dicho amor. Esto no consiste en decir que no se le ama, sino en hacerle saber que se está enojado por la falta cometida. Si la sanción tiene efecto, se debe al amor y respeto que el hijo le pueda tener a sus padres. Si un hombre transgrede una norma, debe recibir un castigo, para que no vuelva a cometer la falta y asuma una responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El castigo es ejemplar si sirve de escarmiento.
Los padres, a nombre de una pedagogía liberal, se han vuelto alcahuetas; no ponen límites a la conducta de sus hijos; se los ve impotentes para transmitir un respeto por la ley. El castigo no debe ser caprichoso, se debe corresponder a la falta cometida. Es importante ser justo en el momento de aplicarlo; igualmente, quien lo reciba debe sentirse culpable, es decir, responsable. El castigo debe ser significativo; el sujeto debe sentir que se le priva de algo. Por eso el mejor método de castigo en los niños es retirarle aquello que anhelan o que les gusta hacer.
Quien aplique la sanción debe estar investido de autoridad y hacerlo con firmeza, sin ceder en pesares; se debe transmitir la idea de que se está hablando en serio. Es importante aplicar el castigo prometido y no cambiarlo por otro menos severo. Además, los padres no deben desautorizarse entre sí y estar de acuerso en las sanciones que imponen a sus hijos. Si la autoridad desfallece en estos puntos, se estimula la irresponsabilidad de los hijos sobre las consecuencias de sus actos.
Lo que más teme un niño es perder el amor del padre, debido a su dependencia afectiva -dependencia de amor-. Al aplicar un castigo, hay que transmitirle al niño que está en juego la pérdida de dicho amor. Esto no consiste en decir que no se le ama, sino en hacerle saber que se está enojado por la falta cometida. Si la sanción tiene efecto, se debe al amor y respeto que el hijo le pueda tener a sus padres. Si un hombre transgrede una norma, debe recibir un castigo, para que no vuelva a cometer la falta y asuma una responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El castigo es ejemplar si sirve de escarmiento.
Los padres, a nombre de una pedagogía liberal, se han vuelto alcahuetas; no ponen límites a la conducta de sus hijos; se los ve impotentes para transmitir un respeto por la ley. El castigo no debe ser caprichoso, se debe corresponder a la falta cometida. Es importante ser justo en el momento de aplicarlo; igualmente, quien lo reciba debe sentirse culpable, es decir, responsable. El castigo debe ser significativo; el sujeto debe sentir que se le priva de algo. Por eso el mejor método de castigo en los niños es retirarle aquello que anhelan o que les gusta hacer.
Quien aplique la sanción debe estar investido de autoridad y hacerlo con firmeza, sin ceder en pesares; se debe transmitir la idea de que se está hablando en serio. Es importante aplicar el castigo prometido y no cambiarlo por otro menos severo. Además, los padres no deben desautorizarse entre sí y estar de acuerso en las sanciones que imponen a sus hijos. Si la autoridad desfallece en estos puntos, se estimula la irresponsabilidad de los hijos sobre las consecuencias de sus actos.
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