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martes, 20 de febrero de 2024

539. ¿Cómo explica el psicoanálisis la parálisis del sueño?

"La interpretación de los sueños (1900)" es el texto con el que Freud dio a conocer al mundo científico y académico su teoría psicoanalítica; sin embargo, no abordó específicamente la parálisis del sueño en su obra. Este fenómeno ha sido estudiado principalmente en el ámbito de la medicina y la psicología contemporáneas, donde su explicación se encuentra en términos de neurociencia y fisiología del sueño.

Las teorías neuropsicológicas contemporáneas consideran que la parálisis del sueño es un trastorno en el cual una persona, al despertar o quedarse dormida, experimenta una incapacidad temporal para moverse o hablar. Esto suele ir acompañado de sensaciones de presión en el pecho, alucinaciones visuales o auditivas, y una sensación de terror por la imposibilidad de moverse o levantarse. Se cree que este fenómeno está relacionado con una interrupción en la transición entre las etapas del sueño REM (movimiento ocular rápido) y el sueño NREM (no REM), lo que puede temporalmente desconectar la mente del cuerpo.

Así, los investigadores contemporáneos relacionan esta parálisis con aspectos neurofisiológicos y la interrupción en la transición entre las etapas del sueño REM y NREM. Se centran en la actividad cerebral durante el sueño y cómo pueden ocurrir disfunciones en el proceso de despertar del sueño REM. Durante el sueño REM, el cuerpo se paraliza naturalmente para evitar que las personas actúen físicamente sus sueños, como ocurre en el sonambulismo, considerado también un trastorno del sueño.

En el caso de la parálisis del sueño, esta parálisis temporal puede persistir brevemente, causando la sensación de estar atrapado en el propio cuerpo o incluso de separación del mismo (lo que la parapsicología denomina desdoblamiento). Las explicaciones de la mitología popular atribuyen la parálisis a la presencia de íncubos, duendes, demonios o brujas.

¿Cómo explica el psicoanálisis la parálisis del sueño? Para el psicoanálisis, la parálisis del sueño responde a un conflicto psíquico entre dos fuerzas en pugna, similar a lo que sucede en la formación de un síntoma psíquico. Este conflicto es siempre una formación de compromiso entre dos fuerzas opuestas que buscan su satisfacción: lo represor (las demandas morales y culturales) y lo reprimido (las demandas pulsionales y deseos reprimidos).

En la parálisis del sueño, las dos fuerzas en conflicto son las demandas culturales que exigen al sujeto cumplir con sus deberes y tareas, y la realización de un deseo muy poderoso en los individuos: el deseo de seguir durmiendo y descansar. Por esta razón, la parálisis del sueño suele ocurrir cuando el sujeto intenta tomar una siesta después del almuerzo o por la mañana antes de despertar, pero se ve obligado a levantarse para cumplir con sus responsabilidades laborales, académicas o domésticas.

En este momento, el deseo de dormir entra en conflicto con las exigencias del yo para despertarse y trabajar, lo que lleva a experimentar la parálisis del sueño. Durante este estado, el sujeto puede sentir que no puede levantarse, lo que puede llevarlo a gritar, llamar a alguien o pedir ayuda, aunque en realidad está soñando. Sin embargo, estos sueños suelen ser muy vívidos, lo que lleva a que se experimenten como alucinaciones. En algunos casos, el sujeto puede soñar que se levanta y comienza a realizar sus tareas cotidianas: se lava los dientes, se alista para salir, se sube a su automóvil, hace el viaje hasta la oficina, y cuando llega a la oficina… ¡se despierta! Y se da cuenta de que lo cogió la tarde para llegar al trabajo.

En resumen, el conflicto en juego en este fenómeno se encuentra entre el deseo de dormir y las demandas imperativas del yo para cumplir con los deberes y responsabilidades.

jueves, 21 de julio de 2022

520. La depresión: ¿serotonina, angustia o trauma psíquico?

Una revisión sistemática publicada recientemente en Molecular Psychiatry (ver: Moncrieff, J., Cooper, R.E., Stockmann, T. et al. The serotonin theory of depression: a systematic umbrella review of the evidence. Mol Psychiatry (2022)), plantea que la hipótesis de que la depresión es causada por un desbalance en neurotransmisores como la serotonina, no tiene sustento de evidencia científica. Lacan ya lo había advertido en su texto Acerca de la causalidad psíquica; él rechaza localizar en el sistema nervioso la génesis del trastorno mental. Para el psicoanálisis lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico. Esto es algo que la ciencia, y particularmente las neurociencias, no logran comprender: no hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje–, con esa otra sustancia física que es el organismo, el cerebro. El gran pecado de la ciencia positivista es pensar que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis va a ubica la causa del sufrimiento psíquico en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual no deja de afectar de manera radical al organismo.

Los autores del artículo mencionado, La teoría de la depresión de la serotonina: una revisión general sistemática de la evidencia, llegaron a la siguiente conclusión: "Nuestra revisión exhaustiva de las principales líneas de investigación sobre la serotonina muestra que no hay pruebas convincentes de que la depresión esté asociada o sea causada por una menor concentración de serotonina en el cerebro. La mayoría de los estudios no encontraron pruebas de una menor actividad de la serotonina en las personas con depresión en comparación con las que no la padecen."

Aquí no se trata de desestimar el funcionamiento de los fármacos; el estudio no pretende decir que los fármacos no funcionan, sino que no se puede decir que la falta de serotonina es la que ocasiona el trastorno depresivo; "es como decir, en palabras de Lacasse y Leo (2005), que sólo porque la aspirina alivie eficazmente los dolores de cabeza no podemos concluir que los dolores de cabeza los causa la falta de aspirina" (Psicofacil, 2022). ¿Qué causa entonces la depresión? Este estado de ánimo se caracteriza por una tristeza persistente que invade al sujeto, que dura quince días como mínimo -una tristeza normal un par de días no más-; también se caracteriza porque el sujeto deprimido no tiene ganas de amar (indiferencia afectiva) y desánimo (no hay ganas de hacer nada) (Nasio, 2022).

Para Nasio (2022) la depresión, que se ha convertido en un problema de salud pública a nivel mundial, sobre todo durante y después de la pandemia, es la pérdida de una ilusión. La angustia que genera una pandemia se transforma fácilmente en tristeza, en depresión. "Nos encontramos que la pandemia crea angustia y la angustia genera depresión. Tenemos una mayor incidencia de la depresión en la población, en general, desde hace dos años en que la pandemia está atacando al ser humano” (Nasio). La depresión causada por la pandemia, muy ligada a una situación de angustia, no es exactamente una depresión clásica, "la cual está más ligada a una situación de decepción". Sabemos que la psiquiatría moderna habla de dos grandes tipos de depresión: la depresión endógena y la depresión exógena, cuya mayor diferencia es la causa que las provoca; cuando se habla de la depresión endógena se establecen casusas biológicas, ya sean genética (que aun no se comprueban) o una falla en el quimismo del cerebro: la falta de serotonina sin causa externa que lo justifique, que es justamente lo que el estudio de Moncrieff, J., Cooper, RE, Stockmann, T. et al. (2022) trata de desmentir.

Para el psicoanálisis, que busca la causa del malestar del sujeto en el psiquismo y no en el organismo, la depresión clásica la padecen sujetos que Nasio (2022) denomina frágiles, predispuestos a la depresión. "La persona predispuesta a la depresión es una persona que ha establecido un vínculo demasiado enfermizo con algo que ella ama excepcionalmente. Y ese objeto que ama, ese ser que ama, ese animal que ama, esa casa que ama, ese trabajo que ama de manera enfermiza se pierde. Y cuando eso sucede, se pierde una ilusión en la persona que ha enfermado de depresión" . Por eso él insiste en que la depresión es una pérdida de ilusión, es decir, el sujeto se deprime cuando pierde algo a lo que estaba enfermizamente apegado; puede ser un objeto, una persona, un trabajo, algo que le daba "ser" o identidad al sujeto. A la pérdida de una ilusión se le suma también una rabia. "El paciente deprimido es un paciente enojado, además de estar triste" (Nasio).

Hay entonces en la depresión cuatro tiempos: "Primer tiempo: un apego enfermizo a algo o a alguien. Segundo tiempo: pérdida de ese algo con el cual yo estaba apegado, decepción de eso. Desilusión de perder aquello que me daba la fuerza de ser lo que era en ese momento. Tercer tiempo: me enojo" (Nasio, 2022). El sujeto se enoja porque pierde aquello que lo ilusionaba. Pero, además de todo esto, hay que añadirle, a la depresión, un trauma. "He constatado que la mayor parte de las personas que se deprimen, en las que la depresión se instala como una enfermedad, siendo niños han sufrido un traumatismo" (Nasio). Ese trauma de la infancia, en el que el psicoanálisis hace tanto énfasis en el momento de hablar de la causa psíquica de los síntomas neuróticos, es lo que va a hacer de ese sujeto, en el futuro, un adulto deprimido. Si el sujeto es frágil, psíquicamente hablando, es porque él ha sufrido de niño un trauma. "Todo traumatismo en la infancia y en la pubertad fragiliza a la persona y la deja expuesta a la depresión" (Nasio). Y es muy probable que ese trauma de la infancia tenga que ver con la pérdida de un objeto al que se estaba muy apegado.

 

miércoles, 29 de enero de 2020

491. El Otro es una alteridad radical

Las neurociencias han podido constatar que las mismas áreas del cerebro se disparan o se iluminan cuando un sujeto se quema con una taza de café o cuando la pareja dice ha sido infiel. Estos dos hechos producen el mismo efecto en lo real (Bassols, 2012). ¿Cómo es esto posible, si el primero de los hechos es un estímulo real y el otro son solo palabras? Esto quiere decir que el daño que producen unas palabras “es tan real para el sistema nervioso central como el quemarse con una taza de café” (Bassols), por eso hay palabras que causan daño, dolor, así como otras causan alivio y bienestar. Hay que entender, entonces, qué significa vivir en un mundo de lenguaje. Incluso se podría decir que el objeto de estudio del psicoanálisis lacaniano es los efectos del lenguaje sobre el sujeto.

Para el psicoanálisis, el medio natural del sujeto es el lenguaje, lo simbólico. Es lo primero que enseña Lacan al comenzar con su enseñanza: el lenguaje es algo exterior al sujeto; por eso el nombre de Otro, ese Otro exterior que constituye lo simbólico y que funda al inconsciente estructurado como un lenguaje; por eso no se lo puede localizar únicamente en el cerebro. El aparato del lenguaje es algo separado del cerebro, y se lo encuentra por todas partes, por todos lados (Bassols, 2012).

Así pues, el Otro del lenguaje es “como una alteridad radical a cualquier idea de individualidad que podamos tener” (Bassols, 2012); esta es la razón por la que no hay que confundir los huesos, la carne, el organismo y/o el cerebro con el sujeto. El lenguaje es el que determina la existencia del sujeto, por eso hay que distinguir entre el conjunto de los huesos de una tumba y el conjunto de lo simbólico (el lenguaje). ¿Por qué “es fundamental entonces estudiar los modos simbólicos del lenguaje” (Bassols)? Porque es gracias al lenguaje, ese Otro que lo antecede, que existe el sujeto.

Y así como el lenguaje no se puede localizar en el cerebro, al parecer la conciencia tampoco. Es la conclusión a la que han llegado dos neurocientífico, Edelman y Tononi (citados por Bassols, 2012) después de un largo estudio sobre la conciencia: “llegan a la idea de que la conciencia no puede localizarse en ninguna parte del cerebro” (Bassols), y además, que la conciencia es el resultado de la relación del sujeto con el mundo exterior, con la alteridad. “Sin saberlo descubren algo del estadio del espejo lacaniano, que sólo hay constitución del yo a través del exterior de la imagen especular” (Bassols). Lo simpático de todo esto es que Freud ya lo había dicho desde los comienzos de su teoría, sobre todo cuando aborda los problemas de la psicología social: El sujeto solo se puede constituir como tal en sus vínculos con los otros; sin otros, no hay sujeto, sin otras conciencias no hay conciencia.

Edelman y Tononi en su investigación llegan a la conclusión de que la conciencia no puede ser objeto científico. “La conciencia es un objeto que se hurta como objeto científico, en las condiciones actuales de la ciencia, nos introduce algo que en cada persona -la expresión es de ellos-, es comparable a nada. Es decir, no podemos hacer ningún estudio comparativo de una conciencia en relación a otra” (Bassols, 2012). Esto es muy interesante para el psicoanálisis, el cual hace mucho énfasis en la clínica del uno por uno, “del sinthome como lo más singular, como aquello que no se puede comparar con nada” (Bassols).

Entonces, tanto la conciencia como el lenguaje no son localizables en el cerebro; más bien, tal y como lo enseña el psicoanálisis, se trata de una alteridad, de un universo exterior al sujeto, el Otro, y que “actúa como una suerte de parásito al sistema nervioso central y algunos se dan cuenta de que eso es el lenguaje” (Bassols, 2012). Quienes quieren reducir “el saber a conocimiento cognitivo y el conocimiento a su vez a un asunto de mera información inscrita en un disco duro” (Bassols, 2012), hacen que se pierda lo más inherente al ser humano: el saber inconsciente en la medida en que está estructurado por el lenguaje.

jueves, 26 de septiembre de 2019

487. Lo real es lo que no cesa de no escribirse

Hay una vertiente "localizacionista" en las neurociencias, que intenta situar el lenguaje en una zona del cerebro. A Lacan esto le pareció un delirio, ya que el sujeto está habitado por el lenguaje; “cuando vivimos en el campo del lenguaje, cualquier parte de nuestro cuerpo puede pensar” (Bassols, 2012). Esto significa que hay un saber inscrito en el cuerpo; “el saber puede estar inscrito en mi cuerpo, por ejemplo, en un síntoma sin que yo lo sepa, es un saber que me habita” (Bassols). Es lo que descubre Freud estudiando los síntomas histéricos, que una conversión histérica (como la de Sabina en la película Un método peligroso) es un síntoma inscrito, o mejor, escrito en el cuerpo, un síntoma que dice una verdad que el sujeto mismo ignora o calla, una verdad que el sujeto ha reprimido.

Lo anterior significa que en algún lugar hay un saber en el cuerpo “que no se puede resumir en la información de su sistema cibernético neuronal” (Bassols, 2012); los sueños, así como los síntomas histéricos, enseñan claramente que ahí se articula un saber más allá de la conciencia (Bassols). La vertiente localizacionista de las neurociencias piensa al lenguaje como un software, un software que se trae de fábrica, inscrito en las neuronas o en los genes, pero esta idea es la que Lacan señala como delirante; incluso fue un deliro que Freud tuvo, lo cual se puede ver en su texto Proyecto de una psicología para neurólogos, en el cual él dice que el lenguaje está inscrito en las neuronas, una idea muy cercana a la de las neurociencias actuales (Bassols).

¿Está todo inscrito en las neuronas? Freud mismo también llegó a dudarlo; se lo dice a Fliess, su colega: “no sé cómo he podido endilgarte ese delirio, todo eso no puede estar inscrito en las neuronas, ¡cuidado!” (Bassols, 2012). Este es el sueño de las neurociencias, que ve con muy buenos ojos como la informática intenta construir un aparato cibernético que pueda recordar, que pueda tener escrito o inscrito en su “cerebro” todo lo real, “un sistema que permitiera reproducir lo real en un sujeto y permitiera después borrarlo por supuesto, y volver a recuperarlo de alguna manera” (Bassols). Muchos psicoanalistas se han sumado a este propósito, además porque piensan que el futuro del psicoanálisis está en las neurociencias; por eso existe, desde hace ya algunos años, el neuropsicoanálisis; pero ¡cuidado!, como dijo Freud, “ahí el psicoanálisis no sólo desaparece como tal, sino que además es totalmente infiel a sus principios” (Bassols).

Lo que Freud descubre con la idea de inconsciente, es que este “no se deja atrapar en una huella inscrita en el sistema nervioso central ni en cualquier lugar que pensemos, en ningún soporte físico” (Bassols). Y esto tiene que ver con que el “el sujeto que habla está habitado por lo que llamamos significantes y los significantes no son signos, no son simplemente signos […] por ejemplo, el humo como signo de que hay fuego. El signo tiene una relación unívoca entre lo percibido y el signo que utilizamos para nombrarlo o para significarlo: donde hay humo hay fuego” (Bassols). El problema es que un significante no tiene nada que ver con eso; un significante, elemento último en el que se descompone el lenguaje, “no es una inscripción en la naturaleza, sea el sistema nervioso central, sea incluso un chip o una parte de un disco duro” (Bassols); un significante es más bien “una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos la huellas” (Bassols).

Mientras que en el mundo animal los animales dejan y siguen huellas (por eso se les puede seguir o cazar), solo los seres humanos pueden borrar sus huellas, y engañar; los animales no pueden borrar sus huellas para engañar o para significar alguna otra cosa. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro” (Bassols, 2012). Cuando se descubre que alguien ha borrado su huella, se puede estar seguro “de que ahí hay sujeto del lenguaje, hay sujeto del significante, hay sujeto del goce y del deseo también (Bassols). Así pues –es el gran problema de las neurociencias actuales– “el sujeto humano no funciona por inscripciones, por huellas, no es que un acontecimiento haya marcado una huella en mi cerebro, y eso lo haga más o menos traumático y haya que modificarlo; sino que el sujeto humano, el sujeto del placer, el sujeto del goce y del lenguaje funciona por huellas borradas […] cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).

Esto que parece tan enigmático, se puede explicar con la clínica. Cuando un sujeto pasa por una experiencia traumática (una bomba, un atraco, un accidente), el psicoanálisis se encuentra con que lo que queda en el sujeto, lo que se repite, lo que vuelve una y otra vez, en sus sueños o en sus síntomas, es algo que no había ocurrido, como por ejemplo, no poder ayudar a una persona en un accidente, o no poder defenderse en un atraco, o no haber tomado otra ruta en el estallido de una bomba, etc. Así pues, “lo traumático es lo que no llegó a ocurrir, lo verdaderamente traumático es lo que no llegó a ocurrir y ahora voy a usar una expresión profundamente lacaniana, lo profundamente traumático es lo que no dejaba de no ocurrir” (Bassols). Y esto es lo que Lacan llamó lo real en el psicoanálisis; para el psicoanálisis lo real no es lo que se percibe, sino aquello que no cesa de no representarse, aquello que no cesa de no escribirse en lo que se recuerda o se percibe. “Es aquello que está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas” (Bassols). Lo real es lo que no cesa de no escribirse.

miércoles, 10 de julio de 2019

485. El lenguaje, el organismo y la dimensión subjetiva

El psicoanálisis sabe de la importancia de dialogar con el campo de la ciencia, así el psicoanálisis no sea una ciencia natural o positiva. El psicoanálisis tiene claro que no es una ciencia porque las condiciones de reproducibilidad del método científico no son posibles cuando se aborda la subjetividad; el sufrimiento y el malestar de un sujeto no se pueden medir, cuantificar; el significado subjetivo de un síntoma, el significado de una experiencia, un evento significativo para la vida de un sujeto no se puede medir, como tampoco se pueden reproducir las mismas condiciones para un sueño, una interpretación, un acto fallido o un lapsus freudiano. Pero para dialogar con la ciencia se necesita de “científicos que tengan cierta idea de qué es el sujeto de la palabra y del lenguaje que Lacan introdujo como fundamental en la experiencia psicoanalítica” (Bassols, 2012).

Probablemente los científicos más cercanos al psicoanálisis son, paradójicamente, los neurocientíficos, dentro de los cuales hay una gran división: están los que “intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central, son reduccionistas a tope; y los no localizacionistas, los que se dan cuenta de que hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito al sistema nervioso central y algunos se dan cuenta de que eso es el lenguaje” (Bassols, 2012). En efecto, es el Otro del lenguaje, esa dimensión de la que tanto habla el psicoanálisis lacaniano, ese Otro simbólico que funciona en el ser humano como “una suerte de parásito que parasita el sistema nervioso central modificándolo continuamente, cambiando todo el organismo en un cuerpo” (Bassols).

Cambiar el organismo en un cuerpo es lo que permite ubicar al organismo del lado de las neurociencias, y al cuerpo del lado del psicoanálisis; no son lo mismo. Para la ciencia positiva y reduccionista, el cuerpo se puede reducir al organismo, es decir, un conjunto de elementos reales: células, genes, neuronas, etc., y, no es así. El psicoanálisis sabe, por ejemplo, que no es un gen el que determina la homosexualidad, como pretenden mostrarlo algunas noticias pseudocientíficas, pero tampoco un gen determina la heterosexualidad. Si algo sabe el psicoanálisis, desde los tiempos de Freud, es que es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual, y “nada en lo real del organismo determina eso, mucho menos un gen” (Basssols, 2012). El sujeto homosexual y el heterosexual se tienen que hacer a un cuerpo homosexual o heterosexual, es decir que tener un pene o una vagina no hace al sujeto hombre o mujer; se llega a ser homosexual o heterosexual, no se nace siendo lo uno o lo otro. Incluso “hay sujetos que no pueden construirse un cuerpo, por ejemplo, los niños autistas que sufren de eso, de no poder construirse un cuerpo de no poderlo localizar en el espacio tridimensional, eso no tiene una causalidad genética, puede haber predisposiciones genéticas no lo dudamos; pero el andamiaje causal que finalmente produce un sujeto autista no puede entenderse sin ese parásito del lenguaje, del que el autista por otra parte, está dando da testimonio continuamente” (Bassols).

Igualmente, los nuevos paradigmas en la ciencia han roto esa unidad denominada «individuo»; ya no se sabe dónde está el individuo, ya que “no está claro dónde empieza el individuo y dónde empieza el ambiente (…) ¿dónde empieza el ambiente?, el ambiente empieza fuera de mi piel o el ambiente empieza ya en ese interior que son partes de mis órganos que están ya en contacto con el ambiente y modificándose continuamente” (Bassols, 2012). Por esta razón, la ciencia de hoy no parte de la idea de un individuo ya constituido funcionando como tal con una identidad; esto es lo que ha llevado a los neurocientíficos a hablar de plasticidad cerebral, es decir que el cerebro es un aparato que se está modificando continuamente, y resulta que –es de lo que se están dando cuenta los investigadores que estudian el cerebro sin reducirlo al organismo– “el mayor agente de modificación del cerebro, entendido como un órgano, es el lenguaje; no tanto la percepción de la realidad, no tanto los estímulos exteriores, sino el lenguaje” (Bassols), y por este camino se produce una intersección, o mejor, una coincidencia entre la neurociencia y el psicoanálisis.

martes, 11 de junio de 2019

484. El «índice subjetivo» Vs. El cientificismo

Las neurociencias andan preocupadas en localizar el lenguaje en el cerebro, o hasta en los genes, como lo sugiere Chomsky, pero no logran localizarlo, como tampoco han logrado localizar eso que se llama conciencia, "eso que la psicología desde siempre ha llamado conciencia, eso que las ciencias cognitivas hoy siguen llamando conciencia o cognición a veces también y que el psicoanálisis desde Freud llamó el yo" (Bassols, 2012). Para el psicoanálisis es claro que la conciencia "no es todo el sujeto, es una parte del sujeto, es esa parte que se sabe o que se cree consciente de sí mismo y que funciona con una identidad más o menos siempre vacilante" (Bassols). En efecto, la consistencia del yo es muy vacilante, desaparece cuando el sujeto duerme, y medio aparece cuando el sujeto se despierta, pero la idea de conciencia es muy vaporosa, pero muy interesante de seguir, "seguir el debate de las neurociencias para localizar esos dos grandes fenómenos fundamentales que son el lenguaje, la palabra y la conciencia" (Bassols).

Tal vez la respuesta a la pregunta a qué es la conciencia nos la de la máquina, aquella que el día de mañana se despierte preguntándose "¿quién soy yo?", tal y como lo proponen contemporáneamente algunas películas del cine de ficción, como Yo robot, Ex-machina, Eva, Her, Yo soy madre, y muchas otras más; hasta Terminator cabría allí. Y en efecto, cuando en esas películas de ficción las máquinas toman conciencia de sí mismas, entran en una especie de crisis existencial, la misma por la que pasan los seres humanos por hacer uso del lenguaje, como le sucedió a Mafalda, quien se preguntaba «¿por qué a mí ha tenido que ocurrirme ser yo?», y "lo declaraba profundamente porque es cierto que ser yo, ser consciente en un mundo, nos inadapta muchísimo a la realidad" (Bassols, 2012). Por hablar y ser consciente de sí, el sujeto empieza a hacerse preguntas por el sentido de su existencia, lo cual se la complica bastante. Esto no sucede con los animales, ni con las máquinas (no todavía); a ellos no les preocupan preguntas como "¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿cuál es mi misión en el mundo?, ¿a qué vine yo a esta vida?", preguntas que el sujeto trata de responder durante todo el transcurso de su vida.

Así pues, esa conciencia que se tiene de sí, ese "índice subjetivo es lo que empieza a sintomatizar nuestra vida de cuarenta mil maneras, empezamos a preguntarnos: qué soy para el Otro, tengo miedo del deseo del Otro, el Otro me puede devorar, el Otro me puede querer, me puede no querer, me puede abandonar, me puede ser infiel y ahí vas al psicoanalista, no vas a IBM. Vas al psicoanalista, es muy importante en efecto que a partir de ahí se puede formular una demanda de tratamiento y no a partir de tengo un cable que no va" (Bassols, 2012).

Las neurociencias insistirán en que hay un cable que no va, y para saber cuál es, pues se pasa a escanear, a hacer imágenes de resonancias magnéticas, tratando de encontrar el sitio exacto de la falla, y si se encuentra dónde el cableado no va bien, "podremos manejarlo un buen día, tú no te preocupes, un día vamos a manejar eso y podremos finalmente resolver ese síntoma de tu sufrimiento" (Bassols, 2012). Aquí es donde entra el boom de la farmacología en esta contemporaneidad; ahora casi que existe la receta médica para cada falla del sujeto, lo cual suena bastante a un control social autoritario. Esto es lo que Bassols (2012) denomina cientificismo, "la idea de cierto uso de la ciencia que llegaría a todos los rincones del ser humano para manejar, intentar reparar, intentar prometer un cierto bien bajo la idea de que manejando nuestro sistema nervioso central vamos a conseguir eliminar el malestar subjetivo", tal y como lo plantean películas como Las mujeres perfectas, Invasión, Fharenheit 451, Vice, Sin límites, Lucy, Gattaca, Matrix, La isla y muchas otras más, incluidos muchos de los capítulos de la serie Black Mirror, historias todas donde se busca el control de los sujetos en base a sustancias químicas, cambios genéticos o fuerzas extraterrestres. Afortunadamente ese «índice subjetivo» del que habla Bassols, no se reduce ni al cerebro, ni a los genes, ni a los cromosomas, ni a nada en el organismo.

martes, 7 de mayo de 2019

483. ¿El inconsciente en el cerebro?

Al inconsciente se lo imagina en el cerebro. Incluso hay toda una corriente del psicoanálisis, el neuropsicoanálisis, "que trata de localizar el mapa del inconsciente en el mapa del cerebro" (Bassols, 2019); pero hay otros neurólogos que van más allá de de esta imaginarización de la psique en el sistema nervioso, es decir, que no reducen el psiquismo al cerebro. Ellos han encontrado que hay algo que no es localizable en el mapa del sistema nervioso del cerebro, y eso no localizable tiene que ver con la singularidad de la experiencia de cada sujeto, es decir, su subjetividad, eso que lo hace único. Eso inlocalizable no es otra cosa que "la experiencia del cuerpo hablante que no puede ser cuantificada o categorizada por la neurociencia actual" (Bassols).

Entonces, localizar en el cerebro toda la singularidad del sujeto no se puede. Muchos neurocientíficos han empezado a sospechar que "la activación de todo el funcionamiento del sistema nervioso sólo es posible a través de la presencia de un otro, de otro sujeto o de un Otro como lenguaje, de la cultura, de la sociedad" (Bassols, 2019). Y esto es justamente lo que enseña el psicoanálisis: que la existencia del sujeto depende de la existencia del Otro, del lenguaje, el cual está, en principio, afuera: el lenguaje preexiste a la existencia del sujeto, pero luego está adentro, inscrito en el cerebro, es más, poniendo a funcionar el cerebro, así como el software pone a funcionar el hardware. Pero cuidado: el sujeto es irreductible al mapeo de las neurociencias.

Se puede hacer, sí, un mapa del cerebro, pero ¿dónde localizamos al que maneja ese mapa, al mapeador? Esto se parece a lo que sucede con Google, cerebro virtual gigante, que tiene el mapeo de toda la información del mundo, pero no sabe nada, ya que cuando se busca información en Google, aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar “la palabra en su estúpida materialidad” (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro; ¡el mapeador no se encuentra en el mapa del cerebro! El problema aquí es que ese Otro que es el lenguaje que pone a funcionar el cerebro, no funda una ciencia positivista, ya que no es cuantificable, controlable, medible.

Los neurólogos han llegado a concluir que el lenguaje cumple con una función cognitiva: gracias al lenguaje el sujeto puede hacer una cartografía de la realidad (Bassols, 2019), es decir, el sujeto puede hacerse una representación del mundo que le rodea y de sí mismo. Pero aquí justamente, el neurólogo se encuentra con un punto de real, el límite de un real "que no puede ser reintegrado en un sistema, en una cartografía de fronteras más o menos establecidas en el cuerpo hablante, y eso que no encaja en la cartografía del cerebro es precisamente el encuentro con el otro del lenguaje; tal vez podamos decir con el Otro del cuerpo, o en todo caso con una dimensión Otra" (Bassols). Precisamente, con Lacan, este es el nuevo objeto de estudio del psicoanálisis: los efectos del lenguaje en el sujeto, es decir, el encuentro particular del sujeto con el lenguaje.

viernes, 29 de marzo de 2019

482. El sujeto de las neurociencias y el sujeto del psicoanálisis

Hay en las neurociencias actuales una división entre los científicos que intentan localizar todas las funciones subjetivas del sujeto, en el sistema nervioso central; se puede decir de ellos que son reduccionistas, positivistas extremos, que suponen la causa de los síntomas psíquicos en algún lugar del cerebro, el cual no anda bien, lugar que se puede localizar con imágenes de resonancias magnéticas, y que una vez localizado, un buen día se puede manejar y así ponerle fin a ese síntoma que hace sufrir al sujeto (Bassols, 2012). Pero existen otros neurocientíficos que se han dado cuenta "de que hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito al sistema nervioso central" (Bassols), y eso que actúa como un parásito en el cerebro es el lenguaje.

Lacan le da al lenguaje un lugar: el lugar del Otro, el Otro simbólico, que no se localiza en ninguna parte, más bien está por todas partes; el lenguaje, entonces, "es una suerte de parásito que parasita el sistema nervioso central modificándolo continuamente, cambiando todo el organismo en un cuerpo" (Bassols, 2014). El organismo se puede poner del lado de la neurociencia, ese que está hecho de un sinnúmero de aparatos: respiratorio, óseo, reproductor, nervioso, etc.; el cuerpo se pone del lado del psicoanálisis, como producto de la intervención del lenguaje sobre el organismo, afectando su funcionamiento, como lo muestran claramente los síntomas histéricos, en los que, como lo dice Freud claramente, se trata de un síntoma que afecta el funcionamiento de los órganos del cuerpo, sin causar una lesión o un daño físico al órgano; por esta razón los médicos positivistas se enfrentan a un enigma cuando el órgano funciona mal, pero las pruebas clínicas salen bien. Así pues, organismo y cuerpo no son lo mismo, y por esa misma razón, el cuerpo no se reduce al organismo, a un conjunto de células, hormonas o neuronas (Bassols).

Ese paradigma cientificista que reduce la subjetividad al organismo es el que publica en los periódicos noticias de la ciencia actual, como por ejemplo, el descubrimiento del gen de la homosexualidad o el gen del autismo, lo cual no deja de ser muy delirante (Bassols, 2012). ¿Se puede imaginar lo que sucedería si fuese cierto que la homosexualidad es causada por un gen "gay"? Sucedería que los homosexuales empezarían a extinguirse, ya que las mujeres en embarazo se harían una amnioscentesis antes de los tres meses de embarazo, un examen para evaluar el material genético del feto, y si se encuentra dicho gen, se puede suponer que la mayoría de estas mujeres abortarían. ¿Qué padre de familia querría que su hijo fuese homosexual? Mejor se desecha antes de que nazca, dirían muchos padres.

El psicoanálisis enseña que "para ser homosexual hay que construirse un cuerpo homosexual, no basta con un organismo, como también para ser heterosexual por otra parte" (Bassols, 2012). Freud lo descubrió desde el momento mismo en que se puso a estudiar la sexualidad humana: es igual de difícil llegar a ser homosexual que heterosexual; "es tan complicado constituirse heterosexual o constituirse como homosexual, hay que hacer un rodeo enorme, nada en lo real del organismo determina eso, mucho menos un gen" (Bassols). Nacer con un pene o con una vagina tampoco hace al sujeto un hombre o una mujer. Para el psicoanálisis, se llega a ser hombre o se llega a ser mujer; no se nace siendo un hombre o una mujer, y nada en el organismo determina esto. Es un asunto puramente psíquico, cosa que los positivistas no logran comprender.

Así pues, para las neurociencias "el inconsciente sería localizable en el cerebro. Neurotransmisores y hormonas son la explicación a todo mal y a todo bien. Está triste: se trata del fallo de un neurotransmisor. Se enamoró: es porque se produjo la liberación de una hormona. Se encuentra deprimido: por supuesto, se trata de la disfunción provocada en el cerebro después del ictus" (Teixidó, 2019). El discurso supuestamente científico de las neurociencias es un discurso muy seductor, debido a que le brinda una explicación a todo malestar, determina la supuesta causa exacta del síntoma psíquico, lo cual no solo tranquiliza al sujeto, sino que le evita pensar en las causas psíquicas de aquel, es decir, lo desresponsabiliza; por eso se dice que el discurso de la ciencia forcluye, borra la subjetividad del sujeto. Y por esta razón se puede concluir que “el sujeto de las neurociencias y del psicoanálisis no es el mismo” (Ubieto, 2019).

jueves, 28 de febrero de 2019

481. ¿Es el sujeto equivalente a una máquina?

¿Se puede dialogar con una máquina? Al parecer, todavía no, pero si se pudiera, como lo hace Theodore Twombly con su sistema operativo en la película Her (Ella), habría que preguntarse si allí, en la máquina, encontraremos un sujeto. Lacan decía que una máquina puede pensar, pero no puede saber nada, es decir, que un sistema cibernético puede manejar mucha información, pero eso no significa que sabe mucho; manejar información no es saber (Bassols, 2012). "Google nos da mucha información, pero es tonta como un cubo; es decir, no sabe nada, dispone de mucha información que nos puede ser muy útil, pero saber, lo que se llama saber, nada" (Bassols).

El saber complica mucho la existencia del sujeto, es algo que le impide adaptarse a la realidad; "lo más óptimo para adaptarse a la realidad es tener información, pero no saber demasiado. Cuando uno sabe demasiado empieza a ser peligroso para el sistema, peligroso incluso para el sistema educativo, especialmente para el sistema educativo que reduce el saber a la información" (Bassols, 2012). En efecto, la información está por todos lados; solo hay que saber dónde hallarla. Pero tener una posición crítica frente a lo que se aprende y lo que se enseña, eso es otra cosa. Esto es lo que hace al sujeto ineducable, ingobernable, difícil de adoctrinar, como pretenden ciertas ideologías políticas contemporáneas, las cuales, a su vez, buscan que el sujeto sea un ignorante para poderlo manipular. El sujeto no es una máquina que se dedica a repetir lo que se le enseña -como sucede con la educación contemporánea-; el sujeto también sabe, es decir, reflexiona, interpreta; digámoslo al revés: para que haya saber, se necesita de la existencia de un sujeto; sin sujeto lo que hay es información. El sujeto es el que le da sentido a la información; éste aparece allí donde la información adquiere alguna significación.

Hay otra cosa que la máquina tampoco puede hacer: gozar, es decir, satisfacer sus pulsiones, y gozar sí que complica la vida del sujeto. Además, para gozar se necesita de un cuerpo, de un organismo vivo, cosa que la máquina no tiene. "Lo que una máquina no podrá hacer nunca, al menos hasta que tengamos noticia de ello, es gozar" (Bassols, 2012). Una máquina no puede dar signos de goce, dar signos de que está gozando, como tampoco da signos de que engaña. Una máquina no engaña, no sabe engañar, cosa que sí sabe hacer el sujeto. El sujeto puede gozar, puede saber y sobre todo que puede fingir que finge (Bassols), es decir, engañar. Las máquinas no engañan; ellas responden adecuadamente y sin mentir a lo que se les solicita; en cambio, si algo sabe hacer el sujeto es mentir, engañar, borrar sus huellas.

"Cuando hay un sujeto las cosas se complican mucho, es cierto, el sujeto está profundamente inadaptado a la realidad, por el hecho de hablar, por el hecho de gozar hablando" (Bassols, 2012). Por esta razón al sujeto se lo encuentra cuando este falla, erra, se equivoca, se tropieza o miente. Un sujeto habla, un sujeto goza, un sujeto desea, y eso lo hace absolutamente distinto de una máquina, de un sistema cibernético. El sistema cibernético es el sistema con el que la psicología cognitiva piensa al ser humano, lo cual es contrario a lo que plantea el psicoanálisis, ya que para este "el sujeto que habla no puede ser reducido a un sistema cibernético" (Bassols) o al cerebro, como lo hacen los neurocientíficos, quienes buscan reducir el inconsciente a una memoria o una huella en el cerebro; por eso, a la hora de pensar "¿quién piensa?", se le complican las cosas: ¿piensa el cerebro?, ¿piensan las neuronas?, ¿acaso éstas gozan? Aquí es donde el psicoanálisis interviene introduciendo su concepto de sujeto, sujeto de la palabra, del lenguaje y del goce (Bassols).

martes, 17 de julio de 2018

474. «La agitación y el movimiento son propios de la infancia»

Hasta el día de hoy, no existen evidencias científicas "de que eso que llamamos TDAH sea algo rigurosamente establecido desde el punto de vista científico. Ni marcadores biológicos ni evidencias genéticas" (Ubieto, 2018). En efecto, el mismo DSM IV dice lo siguiente: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir que no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. Entones, ¿por qué se sigue diagnosticando el trastorno de hiperactividad? El inventor de este término, Leon Eisenberg, dijo poco antes de morir, a sus 87 años, que el TDAH es una enfermedad ficticia, que él la inventó para responder a un síntoma que se viralizaba a mediados del siglo XX. Se trata de niños que encuentran dificultades para aprender, porque son inquietos, no prestan atención, no obedecen, son distraídos, es decir, niños que hacen demandas que habría que atender con inmediatez, antes de que hagan un berrinche. Probablemente los niños no harían berrinche si los padres no corren a atender sus demandas. Así de simple.

El TDAH es un síntoma que se presenta fundamentalmente en el contexto educativo, ya que este le hace a los niños un sinnúmero de demandas: atención, obediencia, quietud, disciplina, etc. Pero, ¿qué niño no es inquieto? "La agitación y el movimiento son propios de la infancia y no tienen, en ellos mismos, nada de patológico" (Ubieto, 2018). Los niños inquietos, es decir, casi todos, enfrentan una serie de dudas e inquietudes que son normales durante su desarrollo, "preguntas del tipo ¿qué lugar tengo yo en ésta familia? ¿Qué soy, como hijo, en el deseo de mis padres? ¿Perderé su amor si les fallo o me confronto a ellos? ¿Por qué prefieren a mi hermano/a?" (Ubieto). Todo niño se ve enfrentado a resolver estas preguntas que tienen que ver con su ser y su existencia dentro de una familia o contexto que lo acoja y le brinde lo necesario, no solo para sobrevivir, sino, sobretodo, que le brinde amor. Lo más importante para todo niño, desde el momento que nace, es sentirse amado.

Para responder esas preguntas que los angustia y los agita, el niño recurre a sus recursos simbólicos, es decir, el lenguaje y la palabra; pero si estos recursos son precarios, "sea por la edad u por otras razones, siempre les queda el paso al acto, “hablar con el cuerpo” para encontrar alguna respuesta o al menos tranquilizarse" (Ubieto, 2018). En efecto, en ocasiones, cuando el niño está muy agitado y no se calma, estamos frente a un niño que sufre por algo, algo a lo que le falta ponerle palabras; por eso hay que buscar la manera de escucharlo. "Allí es donde debemos poner nuestros esfuerzos clínicos y, cuando sea necesario, recurrir a la medicación" (Ubieto). Lacan ya lo había señalado en «Dos notas sobre el niño»: la posición del niño responde a lo que hay de sintomático en la pareja; de cierta manera, el niño es el síntoma de los padres, es el síntoma de lo que no marcha en la relación de pareja.

Para los padres es un alivio que su hijo necio, que no se queda quieto y hace berrinches, sea diagnosticado con TDAH, ya que esto los desresponsabiliza de lo que le puede estar pasando al niño; y a su vez, el niño queda desresponsabilizado de su comportamiento hiperactivo: «no soy yo, es mi trastorno». No deja de ser un alivio para todos "reducir todo este embrollo a una cuestión objetiva y localizada en el cerebro o el cuerpo, como cualquier enfermedad" (Ubieto, 2018); pero como ya vimos, no hay evidencias científicas que den cuenta de dicho trastorno, por más que los neuropsicólogos así lo afirmen, mostrando los escaners o electroencefalogramas del niño. Ya Lacan lo advertía, en 1946: "los riesgos futuros no vendrían de la indocilidad de las personas sino de la pasión por etiquetar y reducir las complejidades humanas a categorías simples" (Ubieto). Lo que pasa es que a los neuropsicólogos se les olvida que lo subjetivo existe e insiste, que la subjetividad no se reduce al cerebro. ¿Qué es lo subjetivo? Pues lo psíquico, el psiquismo, eso tan extraño que llamamos la «psique» y que es el objeto de estudio de la psicología, eso que no se localiza en ningún lugar del cerebro, así se necesite de este para funcionar. Si el psiquismo y la subjetividad se redujera al cerebro, los psicólogos estudiarían medicina y la psicología no existiría.

viernes, 23 de junio de 2017

461. ¿Existe el TDAH? «A hijo hiperactivo, padre sin autoridad»

Leon Eisenberg, el inventor del término “hiperactividad”, dijo poco antes de morir, a sus 87 años, que el TDAH es una enfermedad ficticia, que él la inventó para responder a un síntoma que se viralizaba a mediados del siglo XX. Se trata de niños que encuentran dificultades para aprender, porque son inquietos, no prestan atención, no obedecen, son distraídos, “elevados” e “himperativos”, como dicen algunas de sus madres al describir el trastorno, es decir, niños que hacen demandas que habría que atender con inmediatez, antes de que hagan un berrinche. Es un síntoma que se presenta fundamentalmente en el contexto educativo, que responde a las demandas educativas: atención, obediencia, quietud, disciplina, etc. Pero, ¿qué niño no es inquieto?, nos podríamos preguntar.

A mediados del siglo XX la causa de dichos comportamientos se asoció a un daño cerebral. Tomaban fuerza las neurociencias y los psicólogos se fueron a buscar la causa de los comportamientos en el cerebro. Con la hipótesis neurobiológica aparece el diagnóstico de hiperactividad y se constituye como un nombre contemporáneo para ese síntoma escolar (Ubieto, 2014). El problema es que no existen evidencias biológicas o genéticas que permitan diagnosticar el TDAH; “no hay ningún marcador biológico ni genético que de cuenta que el TDAH esté relacionado con lo que sería una enfermedad” (Ubieto). La prueba, el diagnóstico y la medicación, suelen estar en manos del neuropsicólogo, pero no hay un compromiso orgánico demostrado; hasta el mismo DSM-IV lo planteaba así: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir, no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. “Una enfermedad es, precisamente, algo que debería tener marcadores biológicos pero no existe ni una analítica, ni ninguna prueba genética que nos permita decir eso respecto al TDAH” (Ubieto).

¿Entonces qué pasa con estos niños? Primero hay que decir que no hay dos niños iguales. Además hay que ir a buscar a qué responde ese síntoma en cada niño. Son muchos los casos en los que, tal y como lo plantea Lacan en «Dos notas sobre el niño», el síntoma del niño representa la verdad de la pareja parental, es decir, la posición del niño responde a lo que hay de sintomático en la pareja; de cierta manera, el niño es el síntoma de los padres, es el síntoma de lo que no marcha en la relación de pareja. ¿Y qué es eso que no anda bien en la pareja parental? La clínica psicoanalítica nos enseña que lo que no marcha bien en los padres del niño “hiperactivo” es el manejo de la autoridad, es decir, un padre que sepa ponerle un límite a los comportamientos indeseables del niño: sus caprichos, sus demandas “himperativas”, su necedad. La fórmula diría más o menos así: «Un niño hiperactivo es un niño sin autoridad», ó «a hijo hiperactivo, padre sin autoridad». El niño hiperactivo suele ser más bien un niño muy necio al que no se le han puesto límites. Eso sí, teniendo siempre muy en cuenta que “desde el punto de vista de cómo pensar el lugar que esos actos y conductas ocupan dentro de lo que es el psiquismo de un niño, no hay nunca dos niños iguales” (Ubieto, 2014).

jueves, 30 de marzo de 2017

458. ¿Quién soy Yo verdaderamente? Las MAMI responden.

En la época de las redes sociales, el Yo parece haberse multiplicado en un sin número de identidades; se trata de un "Yo desmultiplicado que goza de la no identidad consigo mismo" (Bassols, 2011). Es por esta razón que se puede decir que «tu yo no es tu yo», o por lo menos no se sabe en verdad quién eres: ¿eres el perfil falso de Facebook? ¿Y el verdadero qué tan verdadero es? ¿O eres el que aparece en Instagram, porque en el de Linkedin pareces ser otro?

Así y todo, también existe en esta hipermodernidad una "reivindicación de un Yo más fuerte e independiente, más autónomo" (Bassols, 2011), a pesar de su anonimato y multiplicación; por eso se recurre tanto a la autoayuda, a la programación neurolinguística (PNL), al coaching -tan de moda hoy-, a las terapias alternativas (bioenergética), o a la corrección de algún error cognitivo (esquemas maladaptativos): "MAMI (Métodos de Autocoerción Mental Inducida) sería, en realidad, el nombre más adecuado para muchas de las terapias que hoy se ofrecen con un sello científico" (Miller, 2005). [A todo esto el escritor Odin Dupeyron lo denomina «Pensamiento mágico pendejo»]. Lo que sucede con estas terapias es que se recurre a un Otro que le dice al sujeto quién es él, que le dice cuál es su verdadero Yo (Bassols, 2011).

Si no encuentras la respuesta a «quién eres tú» en las terapias MAMI, la ciencia te puede dar la respuesta, yendo a mirar algunas secuencias de tu ADN -las cuales ya están siendo patentadas y por lo tanto no puedas disponer de ellas "sin pagar un precio a determinar por el Otro" (Bassols, 2011)-, con una consecuencia problemática a este nivel: la desresponsabilización del sujeto como efecto del discurso de la ciencia: ya el responsable de sus actos no es el sujeto, sino sus genes, o sus hormonas, o su quimismo cerebral, como lo indican en muchas ocasiones noticias que se vuelven virales, como la del gen que es el causante de la infidelidad (Ver: La infidelidad es cuestión de genética). Ya un hombre le puede decir a su pareja cuando es infiel: "no fui yo, fue mi ADN". "Ese Yo podrá muy bien decir que él no es el responsable de sus actos y de sus elecciones, que lo son sus genes, los del Otro" (Bassols, 2011). Así pues, incluso la ciencia contemporánea puede decir: «no eres tu, tu yo no es tuyo, es nuestro». "Tu yo es del Otro que se hace existir en el gen o en la neurona. Ese tu Yo anida, aunque tal vez un poco diseminado, entre las circunvoluciones del cerebro coloreado que estamos a punto de cartografiar en su totalidad" (Bassols, 2011).

Si bien “lo neuro-real (así lo llama Miller) es lo que está llamado a dominar los próximos años” (2008), la ciencia, esa que escanea cada rincón del cerebro, "no hace más que toparse con el fantasma del Yo" (Bassols, 2011), es decir, con la «conciencia», esa propiedad del sujeto que hace posible que él se perciba a sí mismo en el mundo -la conciencia de sí-. En otras palabras, mientras que la ciencia sigue intentando localizar al sujeto en "lo más real de su objeto: en la física, en la biología, y sobre todo en las llamadas neurociencias" (Bassols, 2011), aquel se le sigue escapando: hasta el día de hoy la ciencia no logra explicar todavía cómo genera el cerebro la conciencia.

viernes, 17 de junio de 2016

449. La causalidad psíquica no es causalidad física.

Lacan, en su texto Acerca de la causalidad psíquica, "rechaza localizar en el sistema nervioso la génesis del trastorno mental" (Laurent, 2008); esto porque, para el psicoanálisis, lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico. Esto es algo que la ciencia, y particularmente las neurociencias, no logran comprender: no hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje–, con esa otra sustancia física que es el organismo, el cerebro. Mientras que la neuropsiquiatría se ha dedicado a describir la "actividad psíquica" del cerebro, el psicoanálisis determina otro típo de causalidad para los trastornos del sujeto; ya no una causalidad orgánica, sino subjetiva, sobretodo allí donde se presenta el sujeto del inconsciente: en "el fallo, el defecto, la falta" (Miller citado por Laurent). En efecto, el psicoanálisis va a encontrar al sujeto allí donde –digámoslo de esta manera– el "sistema" falla, allí donde el sujeto erra, se equivoca, se tropieza –piénsese por ejemplo en los actos fallidos y en los síntomas–. "Lacan opone a "la actividad psíquica, repetición del funcionamiento neuronal", la "cadena bastarda de destino e inercia, de golpes de dados y estupor, de falsos éxitos y encuentros desconocidos que constituye el texto corriente de una vida humana"" (Lacan (1966) citado por Laurent)

Así pues, los fenómenos clínicos observados en la neurósis, y más aún en las psicosis, como lo es, por ejemplo, la alucinación, se observa que lo que se pone en juego es "una significación personal que apunta al sujeto" (Laurent, 2008), es decir que "la locura es vivida íntegra en el registro del sentido" (Lacan (1966) citado por Laurent). Y el sentido, la significación, ¿dónde se localiza en el cerebro? El psicoanálisis no niega para nada que hay un soporte físico –el cerebro– donde los significantes –trazas materiales– dejan una huella –huella mnémica–, así como también el significante –materia fónica­– puede quedar inscrito en una grabadora, o en un cuaderno, o en un computador; el problema es que ¡los significantes no son significados! (Bassols, 2012), es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene esa extraña "sustancia" a la que llamamos «sujeto», que es la que funda la subjetividad.

El cerebro es una sustancia física donde se puede guardar mucha información; se parece, entonces, a un disco duro de un computador (siendo, por supuesto, mucho más complejo el cerebro que un disco duro); pero el cerebro funciona como una memoria, solo que no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google, que parece un cerebro virtual gigante: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando Ud. busca una información en Google y coloca significantes en el buscador, aparecen un sin número de resultados. ¿Esto por qué? ¡Porque una palabra no tiene un solo sentido! Un significante es polivalente, tiene múltiples significados. Esto es lo que hace a Google bruto; Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller).

Entonces, ¿qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. ¿Entonces quién? Pues, ¡el sujeto!

Es por todo lo anterior que el psicoanálisis dice que, para los trastornos mentales –no todos, por supuesto– hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica. ¿Dónde se localiza esta causa si el psiquismo si no es objetivable? El gran pecado de la ciencia positivista es que piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis, en cambio, ubica la causa de la subjetividad –del psiquismo–, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo; el lenguaje funciona como una especie de "parásito" que afecta el funcionamiento del organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa o cuando se enamora: ¡hay que ver cómo se afecta el quimismo del cerebro cuando este se enamora! Así pues, la materialidad del inconsciente, del sujeto del inconsciente, "está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir" (Laurent, 2008). Por eso la causalidad psíquica que plantea el psicoanálisis es distinta a la que plantea la psicología, es opuesta a la de "los principios de funcionamiento del sistema nervioso, que competen a las leyes de la biología y la física" (Laurent).

jueves, 28 de junio de 2012

345. Lo que no cesa de no escribirse.


El sujeto que habla está inmerso en lo simbólico; como un pez en el agua, está habitado por significantes. El significante es una traza material, es lineal, es decir, ocupa un tiempo y un espacio, por eso es posible ir a buscarlo en el cerebro, en las huellas mnémicas que de algún modo o de alguna manera se inscriben en la materia gris. Es un poco lo que están encontrando ahora los neurocientíficos cuando escanean el cerebro con la resonancia magnética: que este responde de determinada manera a ciertos estímulos de palabras, que ciertas áreas del cerebro se activan cuando el sujeto escucha determinadas palabras, el problema es que se activan las mismas zonas frente a palabras opuestas, de tal manera que el sentido de las palabras no está localizado en el cerebro. Si bien el significante es una traza material, el significante también es la presencia de una ausencia y, además, puede tener muchos sentidos, puede significar cualquier cosa. Es decir que una palabra no tiene un solo sentido, y el sentido se le escapa al cerebro. El cerebro parece más bien memorizar los significantes, tal y como lo hacen los computadores, pero se le escapa el sentido. Parodiando a Miller (2007), el computador sería inteligente si pudieran dar cuenta de las significaciones, por eso, cuando se busca un dato con el buscador del computador, éste arroja un montón de información allí donde encuentra el significante, pero es al sujeto al que le toca darle sentido a esa información que resulta de la búsqueda de una palabra. Esta es la razón por la que un significante solo, no significa nada.

Que un significante pueda significar cualquier cosa, significa que "los significantes no son signos, no son simplemente signos" (Bassols, 2012). Así, por ejemplo, el humo es signo de que hay fuego; hay una relación unívoca entre el humo y el fuego. El problema es que el significante no tiene una relación unívoca con el significado; un significante puede significar cualquier cosa, y además, el significante es una huella borrada, y "sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas" (Bassols). Los animales no pueden borrar sus huellas, no pueden engañar; los seres humanos sí. Allí donde alguien ha borrado su huella, ahí vamos a encontrar un sujeto del lenguaje, y como el sujeto y el lenguaje funcionan por huellas borradas, esto se vuelve un problema para las neurociencias, que andan buscando huellas en el cerebro (Bassols).

Ahora bien, eso que "está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas" (Bassols, 2012), es lo que Lacan llamó lo real; es decir, la categoría de real en el psicoanálisis no es lo que se percibe, no es la realidad, sino que "es aquello que no cesa de no representarse, es aquello que no cesa de no escribirse en lo que recordamos, percibimos, etc." (Bassols). Es lo que Freud denominó trauma cuando estudió la sexualidad humana, ya que es en la sexualidad donde eso que no cesa de no escribirse se hace más presente.

Bassols (1912) en su conferencia Psicoanálisis, sujeto y neuro-ciencias nos da un muy buen ejemplo para explicar esta definición de real que da Lacan como «lo que no cesa de no escribirse». Cuando el 11 de marzo de 2004 explotaron unas bombas en los trenes de Madrid, algunos psicoanalistas de la ciudad se ofrecieron a escuchar a las personas que quisieran hablar de esta experiencia tan traumática, y lo que encontraron es que, si bien el estallido de las bombas fué muy traumático, "lo que quedaba, lo que se repetía, lo que volvía una y otra vez, era algo que no había llegado a ocurrir" (Bassols): el no poder ayudar a la persona que estaba al lado, el no poder salir del lugar, el no haber tomado el tren anterior y así haberse salvado, etc. Es decir, que lo verdaderamente traumático para el sujeto, es lo que no llegó a ocurrir, "lo que no dejaba de no ocurrir" (Bassols).

viernes, 1 de junio de 2012

343. ¿Dónde está el lenguaje? ¿En el cerebro?

Los neurocientíficos contemporáneos parten de la idea de que el sistema nerviosos central es algo maleable; es lo que denominan plasticidad neuronal, es decir, el cerebro es un organismo vivo que se va modificando continuamente, y los neurólogos han encontrado que el mayor agente de modificación del cerebro es… ¡el lenguaje! (Bassols, 2012). El lenguaje, las palabras, son el agente que más modifica el cerebro; “existir en un campo del lenguaje como existimos sólo los seres humanos, nos está modificando cada día, nos está transformando cada día de una manera que ningún estímulo físico podrá hacer” (Bassols).

Pero, ¿y dónde está el lenguaje? Hay una vertiente localizacionista en las neurociencias que pretende localizar el lenguaje en el cerebro, pero el lenguaje está en todos lados; el ser humano vive en el campo del lenguaje. ¿Y dónde está el saber? -saber que existe y se transmite gracias al lenguaje-. Los síntomas de la histeria nos enseñan que “ahí se articula un saber más allá de la conciencia” (Bassols, 2012). El saber se inscribe en el cuerpo a través de un síntoma, un síntoma que grita una verdad no sabida por el sujeto. La histérica no habla, calla, reprime algo de lo que no quiere saber, y entonces su cuerpo habla por ella. Se trata de un saber que está más allá de la conciencia del sujeto, como el que aparece en los sueños.

En efecto, el lenguaje funciona como un software, pero ¿se puede localizar en el cerebro, en los genes? Esto último funciona mas bien como un hardware, pero entonces, ¿dónde localizamos el lenguaje? Freud, en su Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), tenía una intuición: “que las relaciones con el lenguaje está inscrito en las neuronas (…) el lenguaje, las cosas escuchadas, las cosas que han marcado mi vida están inscritas en las neuronas de alguna manera” (Bassols, 2012), lo cual se parece bastante a lo que dicen las neurociencias hoy. ¿Se puede reducir el inconsciente a una huella mnémica inscrita en el sistema nervioso central? No era lo que Freud pensaba; es verdad que el sujeto está habitado por el lenguaje, por significantes, pero los significantes no son signos. Los signos son unívocos, por eso los significantes no tienen nada que ver con éstos, porque el significante es polivalente; “un significante, voy a decirlo así, es una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas” (Bassols). Los animales dejan huellas, pero no pueden borrarlas como los seres humanos, no pueden engañar. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro (…) cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).

¿Qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. Y entonces, ¿dónde está el lenguaje, el cual está hecho de significantes? Pues ¡está en todas partes! Es un lugar, el lugar del Otro, de lo simbólico, de la palabra; “el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar; eso quiere decir que el lugar no hay que buscarlo necesariamente en el cerebro, por supuesto que también hay aparato del lenguaje en el cerebro. Pero Freud se dio cuenta muy pronto (que) el sprache apparat, el aparato del lenguaje, el aparato psíquico me está rodeando continuamente, estamos habitados, estamos sumergidos en un campo del lenguaje” (Bassols, 2012).

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...