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domingo, 13 de febrero de 2011

238. Narcisismo y agresividad.

Un aspecto que Lacan destaca como importante en el estadio del espejo, es la constitución en el sujeto del «narcisismo primario», “con el que la doctrina designa la carga libidinal propia de ese momento” (1984, p. 91). En efecto, lo que le da forma al Yo en el estadio del espejo, es esta identificación primaria con la imagen especular. Pero el narcisismo no solamente tiene un carácter erótico, sino también agresivo, como lo señala Lacan un poco más adelante en su texto, cuando habla de la libido sexual y de los impulsos de destrucción y de muerte. Es erótico porque el sujeto siente una fuerte atracción por la gestalt de su imagen, la cual lo fascina; pero también es agresivo porque el carácter de totalidad de esta imagen especular contrasta fuertemente con la incoordinación fragmentada del cuerpo real del sujeto, apareciendo amenazado con la desintegración. Así pues, la relación narcisista se constituye en la dimensión imaginaria de todas las relaciones humanas, y la agresión y el erotismo van a subyacer en todas las formas de identificación, constituyendo ésto una característica esencial del narcisismo.

La identificación que se pone en juego en este momento es «imaginaria», es decir, es el mecanismo por el cual se crea el Yo en el estadio del espejo. El estadio del espejo constituye entonces esta identificación primaria que da origen al yo ideal. Pero ella ilumina también la oposición dinámica que se encuentra en el concepto mismo de «libido», cuando se lo invoca para explicar la relación evidente de la libido narcisista con la función enajenadora del yo [je] y con la agresividad, agresividad que se desprende de la libido en toda relación con el otro, con el semejante, incluso cuando se le brinda una ayuda samaritana. Lacan lo dice claramente hacia el final de su texto: “el sentimiento altruista es sin promesas para nosotros, que sacamos a luz la agresividad que subtiende la acción del filántropo, del idealista, del pedagogo, incluso del reformador”. (Lacan, 1984, p. 93). En otras palabras, la acción del hombre más generoso, llámese benefactor, soñador, docente o prefecto, conlleva en sí misma un alto grado de agresividad hacia sus semejantes.

viernes, 4 de febrero de 2011

234. La identificación con la imagen en el espejo.

Para poder entender todo lo que se pone en juego en el estadio del espejo, Lacan señala que basta para ello comprender a dicho estadio como una identificación, la cual es definida claramente como “la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago”. (Lacan, 1984, p. 87)

La noción de «imago» está claramente relacionada con la palabra «imagen», pero lo que Lacan pretende al incluirla aquí, en esta definición de la identificación, es subrayar la determinación subjetiva de la imagen. Las imagos son fundamentalmente imágenes de otras personas; Jung, quien fue el que introdujo la palabra imago en la teoría, habla, por ejemplo, de imago paterna, imago materna, etc.

La imagen especular, con la que se identifica el infante, es asumida por él con júbilo, en la medida en que se encuentra en un estado de “impotencia motriz”. Así pues, lo que sucede en este momento es que “el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto”. (Lacan, 1984, p. 87)

Lo que ha sucedido es, entonces, que la criatura ve su propia imagen como un todo, hace una gestalt de su imagen en el espejo, y la síntesis de esta imagen genera una sensación de contraste con la falta de coordinación del cuerpo, el cual es experimentado como «cuerpo fragmentado». Es decir que su cuerpo es experimentado como dividido -ya que el infante carece todavía de coordinación motriz– en la medida en que su cuerpo es contrastado con su reflejo en el espejo, del cual ya se ha hecho una síntesis: se lo ve como una totalidad.

Lacan lo dice así en el noveno párrafo de su texto: "Es que la forma total del cuerpo, gracias a la cual el sujeto se adelanta en un espejismo a la maduración de su poder, no le es dada sino como Gestalt, es decir en una exterioridad donde sin duda esa forma es más constituyente que constituida, pero donde sobre todo le aparece en un relieve de estatura que la coagula y bajo una simetría que la invierte, en oposición a la turbulencia de movimientos con que se experimenta a sí mismo animándola. (1984, p. 87-88)

domingo, 10 de octubre de 2010

174. La relación analítica no es una relación dual.

La relación analítica, donde psicoanalista y paciente están para comprenderse el uno al otro, es lo que se denomina una relación dual o especular. En este tipo de relación, la interpretación se concibe como la ayuda que el analista le debe brindar al paciente, en tanto que éste padece de alguna debilidad. Esta es una referencia de Lacan (1975) al yo débil de la psicología del yo, el cual quedaría reforzado con la interpretación.

El analista que hace de la relación analítica una relación dual -entre dos sujetos-, se mueve por sus pasiones, las cuales lo llevan a evitar parecer un ignorante ante su paciente -lo cual es justamente su error-, a no decepcionarlo -lo que quiere decir satisfacerlo-, y a estar por encima de él -lo que da cuenta de su necesidad de gobernarlo- (Lacan, 1975). Es lo que sucede cuando el analista concibe la relación analítica como una comunicación de inconsciente a inconsciente.

Los analistas, por lo general, no quieren pensar en la relación con el paciente, ya que así se garantizan un modo de existencia en esa relación en la que se evita la ruptura; en efecto, donde hay comprensión es muy difícil que haya ruptura. La ruptura es más fácil allí donde un sujeto no comprende al otro.

Darle a esta relación dual el nombre de técnica y emplearla para enseñar o civilizar al paciente, pase, pero esto no es para nada una relación analítica ni es un psicoanálisis. Este tipo de relación se reduce a un forcejeo entre el paciente y su analista, en el que el analista tiene como único fin reforzar el Yo del paciente y acomodarlo a la realidad. ¿Cuál realidad? ¡La del analista!, el cual hace de esta posición -la de gobernar- una técnica para domesticar al paciente según los parámetros de su propio Yo.

583. El deseo del sujeto es el deseo del Otro

Para el psicoanálisis, el deseo profundo es una maquinaria mucho más compleja que la simple búsqueda de un objeto. En su Seminario 6: El des...