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viernes, 1 de abril de 2011

281. La ética de la buena intención Vs. la ética de las consecuencias.

Es raro encontrar en el discurso del psicoanálisis una especie de precepto dirigido a orientar la existencia del sujeto; el psicoanálisis no es amigo de dar sugerencias o recomendaciones que sirvan para guiar la vida de alguien; este ejercicio es contrario a su ética, que es una ética de la responsabilidad sobre las consecuencias de los propios actos, es decir, que cada sujeto debe asumir la dirección de su propia existencia, sin que venga otro a decirle lo que tiene que hacer con ella. Pero Miller (1999) subraya que no solo se trata de un gran principio para los psicoanalistas, sino que también lo ofrece como un principio de dirección del comportamiento: no hacer las cosas de buena fe, no hacerlas a partir de las buenas intenciones; es decir, que no hay que ser inocentes, sino más bien maliciosos.

Dice Miller (1999) que el malicioso es un sujeto que al menos ensaya ganarle al inconsciente, como lo hace también el hombre de ingenio. Puede que fracase, pero al menos tiene el mérito de tratar valientemente de engañar, y por esto es más perdonable. Es más perdonable que dejarse llevar por su inconsciente. Engañar, no ser de buena fe, implica al menos enfrentarse al Otro -al inconsciente- de otra manera que con esa inocencia beata que da testimonio de estar dominado por el inconsciente.

Es claro que hay una oposición entre la ética de la buena intención y la ética de las consecuencias, de los resultados. “Lacan, por razones de fondo, se sitúa desde el principio hasta el fin de su enseñanza, del lado de la ética de las consecuencias, de los resultados, y no de la ética de la intención. Además, es lo primero que retuvo de Hegel: la ley del corazón, el delirio de presunción, y más tarde, en La fenomenología del espíritu, el alma bella. Son otras tantas versiones de las morales de la intención” (Miller, 1999, p. 101). La ética del psicoanálisis es, pues, el reverso de la ética del alma bella. La ética de las consecuencias, llamada por Miller consecuencialista, si es la que vale para el psicoanálisis, es porque es la única que permite juzgar al acto; es la única que permite juzgar el estatuto del acto y su valor. “Juzgar el acto por sus consecuencias, que el estatuto del acto dependa de sus consecuencias, es para mí un principio cardinal de la política lacaniana” (Miller, p 94).

martes, 1 de febrero de 2011

233. El estadío del espejo y el conocimiento paranoico de sí mismo.

Dice Lacan que la clave del «estadío del espejo» está en el carácter prematuro de la cría humana –él habla de una “insuficiencia orgánica de su realidad natural” (1984, p. 89)–, ya que a los seis meses el niño carece todavía de coordinación motriz. Sin embargo, su sistema visual está relativamente avanzado en madurez, pudiéndose reconocer en el espejo antes de haber alcanzado el control de sus movimientos corporales.

Dice entonces Lacan que la «fase del espejo», hasta la edad de dieciocho meses, nos revela un dinamismo libidinal que es problemático para el sujeto, es decir, el hecho de catectizar o cargar de libido la propia imagen; y “una estructura ontológica del mundo humano que se inserta en nuestras reflexiones sobre el conocimiento paranoico” (Lacan, 1984, p. 87), es decir que el estadío del espejo demuestra que el yo es producto del desconocimiento -él mismo no sabe qué acontecimiento lo produce- e indica el sitio donde el sujeto se aliena a sí mismo: su propia imagen.

Lacan distingue el conocimiento con su carácter imaginario, del saber que tendría un carácter simbólico. Tanto el conocimiento, como su correlato, el desconocimiento, hacen parte del autoconocimiento propio del registro imaginario. Es por la vía del reconocimiento de su propia imagen reflejada en el espejo que el sujeto llega al conocimiento de sí mismo, constituyendo su «yo», el cual, en última instancia, es un tipo ilusorio de autoconocimiento. Es éste conocimiento imaginario de sí mismo, alienado en el reconocimiento de la propia imagen, el que Lacan denomina «conocimiento paranoico», ya que él tiene la misma estructura de la paranoia. Para decirlo de otra manera: así como el neurótico constituye una estructura de desconocimiento por su alineación en el conocimiento de sí mismo, por su alienación a la imagen de sí, el desconocimiento de sí es también la estructura del delirio paranoico.

Como el niño se vive al principio como despedazado, no hace ninguna diferencia entre lo que es él y el cuerpo de su madre, entre él y el mundo exterior. Llevado por su madre, él va a reconocer su imagen en el espejo, anticipando imaginariamente la forma total de su cuerpo. Pero el niño se vive y se posiciona en primer lugar como otro, el otro del espejo en su estructura invertida; así se instaura el desconocimiento de todo ser humano en cuanto a la verdad de su ser y su profunda alienación en la imagen que se va a dar de sí mismo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

43. Buscando la felicidad.

El ser humano recurre a una serie de tareas con las que espera ser feliz. Entre ellas se destaca el trabajo, el cual desempeña un importante papel a nivel psicológico: inserta al sujeto en la comunidad humana; el trabajo afianza y justifica la vida en sociedad.

Están también las ilusiones que el sujeto se crea en la vida: sus fantasías; en ellas se cumplen deseos de difícil realización -de poder, sexuales y/o agresivos-. Entre las satisfacciones de la fantasía está el goce de las obras de arte, el cual procura una débil narcosis que sustrae pasajeramente de los apuros de la vida.

Otro procedimiento para alcanzar la felicidad y sentirse dichoso de alguna manera, es el rompimiento del vínculo con la realidad, fuente de todo padecer. El psicoanálisis es de la opinión de que cada sujeto, en algún momento de la vida, se comporta como los locos, que corrigen algún aspecto insoportable del mundo, de acuerdo a sus deseos, e introducen un delirio que crea una transformación de la realidad. Todo sujeto procura vivir una realidad que le es propia, y que cree única y verdadera. Las religiones se caracterizan por unos tales delirios de masas: desfiguran de forma delirante la imagen del mundo real, imponiendo a todos por igual su camino para conseguir satisfacción y protegerse del sufrimiento.

Una cuarta orientación sitúa al amor como aquel del que se espera toda felicidad: amar y ser amado. El amor sexual procura la experiencia más intensa de placer, siendo este el paradigma de toda dicha. Pero nunca estamos menos protegidos contra las penas y el dolor que cuando se ama; nunca más desdichado que cuando se ha perdido a la persona amada y a su amor.

Si bien muchos sujetos se empeñan en ser felices, dicho objetivo parece irrealizable. No por esto se debe renunciar al propósito de acercarse de algún modo a su cumplimiento. Cada uno tiene que ensayar por si mismo la forma de alcanzarlo. Lo que importa es cuanta satisfacción se puede esperar del mundo exterior y la independencia que se alcance respecto de él. También cuenta para esto la fuerza con la que se crea contar para modificar al mundo según los propios deseos, sin excederse en extremos.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...