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lunes, 10 de agosto de 2026

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infelicidad, sino el hecho de ser parlêtres (seres hablantes). Para ese «personaje repugnante» que es el sujeto promedio, el drama comienza cuando el lenguaje se encarna. A diferencia del animal, que simplemente vive, el humano es el único que «goza» y sufre simultáneamente a través de la palabra.

Bajo la luz de la clínica analítica, el pasaje bíblico «Al principio era el Verbo» adquiere una dimensión sórdida. El lenguaje es lo que introduce la falta de ser, pero es también lo único que permite "disfrutar" de la propia neurosis. Si no hubiera Verbo, el análisis no tendría razón de ser, pues el sujeto solo vuelve a la consulta una y otra vez para consumir su ración de palabras, para regocijarse en ese intercambio de sentido que es, en el fondo, lo único que lo mantiene ligado a la existencia.

Dicha producción de sentido de la religión lleva a Lacan (2006) a sostener una visión pesimista sobre el futuro del psicoanálisis. Él define al psicoanálisis como un «síntoma» nacido de un malestar específico, un breve relámpago de verdad que corre el riesgo de ser reabsorbido por el discurso religioso. Para él, la «verdadera religión» es la romana —el catolicismo—, no por una cuestión de piedad, sino por su inmensa pericia política para gestionar el «desecho» de la humanidad y ahogar cualquier asomo de verdad en una marea de sentido.

En este mercado global de creencias, Lacan (2006) recuerda que «la fe es la feria» (juego entre la fe es la fiera y la foire): un despliegue de ofertas en el que cada rincón busca vender un marco de referencia -"vendedores de humo"-. Según él, la religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis, devolviéndola al confort de una Verdad que lo explique todo, incluso lo inexplicable.

«Se curará a la humanidad del psicoanálisis. A fuerza de ahogarlo en el sentido, en el sentido religioso, por supuesto, se logrará reprimir este síntoma» (Lacan, 2006, p. 81).

Así pues, la visión lacaniana deja al sujeto ante un espejo que devuelve una imagen deformada. La soledad moderna, marcada por un vacío que la tecnología llena de objetos pero no de propósitos, deja al sujeto más hambriento de fe que nunca. El éxito de la técnica no lo ha hecho más racional; solo lo ha hecho más vulnerable a las máquinas de sentido: las religiones.

Al final, parece que el sujeto contemporáneo está atrapado entre el consumo frenético de gadgets que lo devoran y lo convierten en un adicto, o el retorno a un sentido religioso que lo anestesia, como sucede con los creyentes y sus irracionales frases de consuelo: «los tiempos de Dios son perfectos», «Dios tiene un propósito con esto», «todo pasa por algo», «los caminos del Señor son inescrutables», «así lo quiso Dios», etcétera.

Ante este panorama, cabe preguntar: ¿podrá el hombre moderno sostenerse en la «antisabiduría» de reconocer que hay cosas que simplemente no funcionan, o sucumbirá inevitablemente al mercado de la feria, eligiendo cualquier fe que le prometa que, al final, todo girará en redondo?

miércoles, 8 de julio de 2026

575. La relación de objeto y la estructura de la falta

En el Seminario IV de Jacques Lacan, titulado La relación de objeto, esta no se presenta como una etapa evolutiva de la maduración instintiva, sino como un campo de tensiones determinado por la primacía del significante. Este seminario marca una ruptura definitiva con la perspectiva biológico-evolutiva predominante en el posfreudismo, que perseguía el espejismo de un «objeto genital» armónico. Lacan denuncia esta noción de adecuación perfecta como un desconocimiento de la discordancia estructural del sujeto. La relectura del Entwurf freudiano revela que el objeto no es una meta por alcanzar mediante la maduración de las pulsiones, sino algo que está, por definición, perdido desde el origen.

Bajo la ley de la Wiederfindung —el reencuentro—, el sujeto no busca un objeto real, sino que está condenado a una repetición imposible. El objeto se halla siempre bajo el signo de una hiancia estructural: lo que se busca no es lo mismo que lo que se encuentra, pues el objeto solo es «vuelto a encontrar» a través de los desfiladeros del significante. Esta exigencia estructural implica que la relación de objeto es, ante todo, una relación de falta. Por tanto, la insuficiencia de la relación dual —esa ilusión de simetría entre dos— obliga a introducir una mediación topológica: el esquema Z (o L).

El esquema Z constituye la herramienta topológica fundamental para desarticular la pretensión de una comunicación directa entre sujetos. Lacan demuestra que la relación de palabra —en la que el sujeto (S) debería recibir su propio mensaje desde el lugar del Otro (A) de forma invertida— sufre un «cortocircuito» permanente. Este mensaje es interceptado, detenido y deformado por la interposición de la línea imaginaria a-a', que vincula al yo (ego) con su semejante u objeto especular.

El sujeto se encuentra radicalmente alienado en su propia imagen. Esta captura en el plano del espejismo inhibe y revierte la relación de palabra, sumiendo al sujeto en un profundo desconocimiento de su verdad. La discordancia entre el sujeto y su propia realidad queda explicada mediante el «esquema de las paralelas», en el que el significante y el significado no coinciden, dejando un vacío irreductible. Si la relación está mediada por esta alienación imaginaria, el objeto que circula en ella no puede ser una entidad plena, sino un elemento marcado por la falta que el orden simbólico impone.


lunes, 25 de mayo de 2026

570. El concepto de interpretación en «La interpretación de los sueños»

 En La interpretación de los sueños (Freud, 1979/1900, Amorrortu) puede observarse una serie de oscilaciones y vacilaciones en la posición teórica del autor, que van de un extremo al otro y se reflejan también en el tratamiento de la noción de interpretación onírica. Básicamente, Freud fluctúa entre la posibilidad de otorgarle una interpretación completa a los sueños y su imposibilidad; y vacila asimismo entre el desciframiento analítico del sueño como método de interpretación y la interpretación sustentada en un simbolismo onírico. Esta oscilación es a veces tan pronunciada a lo largo del libro que el lector no logra discernir cuál es la postura verdadera del autor. Su actitud es más bien la de un tenaz investigador que busca resolver el problema del sentido del sueño intentando conciliar las diversas elucidaciones que encuentra en su camino.

De todos modos, La interpretación de los sueños es un texto fundamental —un textus princeps— para el estudio de la interpretación freudiana, pese a las oscilaciones que encontramos en su autor. En lo esencial, puede decirse que la interpretación de un sueño —que Freud define como un trabajo— consiste en realizar la operación inversa al trabajo del sueño. Este último transforma los pensamientos oníricos latentes en el contenido manifiesto, valiéndose de la condensación, el desplazamiento y la figuración como mecanismos para disfrazar el deseo censurado que busca realizarse.

La interpretación del sueño tiene, entonces, como tarea fundamental hallar el sentido oculto y verdadero del sueño: parte del contenido manifiesto para llegar al contenido latente original. Mientras el sueño ha cifrado ciertos pensamientos, el trabajo de interpretación los descifra y les otorga un sentido cabal y completo, según afirma Freud. Dicho trabajo busca, en lo fundamental, cancelar el trabajo del sueño, que ha operado desfigurando el contenido original mediante la condensación, el desplazamiento y la transposición de pensamientos en imágenes visuales.

Freud parte de la idea de que todo sueño posee un sentido, por más absurdo o incoherente que parezca, y de que interpretar un sueño significa indicar su "sentido" —lo que puede escribirse como s(A)—, es decir, sustituirlo por algo que se inserte como eslabón de pleno derecho en el encadenamiento de nuestras acciones anímicas. Esto implica concebir el sueño como un acto anímico y no como un proceso somático. Para hallar dicho sentido, Freud elaboró un trabajo de interpretación basado en la técnica de la asociación libre. Antes de desarrollarlo, sin embargo, estudió los métodos empleados desde la antigüedad para la interpretación de los sueños, identificando fundamentalmente dos: la interpretación simbólica y el "método de descifrado".

La interpretación de los sueños no fue inventada por Freud; es una práctica que existe desde la antigüedad. En todos los tiempos, los no especialistas han supuesto que el sueño encierra un sentido oculto destinado a sustituir otro proceso de pensamiento; bastaría con develar acertadamente ese sustituto para acceder al significado latente. En ese mundo de intérpretes no especializados se han empleado dos métodos esencialmente distintos. El primero es la interpretación simbólica (p. 118), que toma en consideración la totalidad del contenido onírico e intenta reemplazarlo por otro contenido comprensible y análogo en algún aspecto. Freud advierte que este método fracasa ante los sueños confusos o incoherentes. El camino hacia la interpretación simbólica queda librado a la ocurrencia aguda, a la intuición directa y a la percepción de semejanzas por parte del intérprete; puede decirse que este se coloca en la posición del Otro con mayúscula: se identifica con él y con el saber que ese Otro contiene.

El segundo método, más difundido, puede definirse como "método de descifrado" (p. 119): trata el sueño como una especie de escritura cifrada en la que cada signo debe traducirse, mediante una clave fija, en otro de significado conocido. Es la interpretación propia de los "libros de sueños", donde cada elemento onírico tiene una traducción específica y el sentido del sueño queda en manos de la interpretación que el propio soñante otorgue a los elementos consignados en el libro.

El método de descifrado no se dirige a la totalidad del sueño, sino a cada uno de sus fragmentos por separado, como si el sueño fuera un conglomerado cuyos bloques constitutivos reclamasen, cada uno, una interpretación particular. De cierto modo, este método es una respuesta ante los sueños confusos y sin orden aparente. Freud señalará que, para el tratamiento científico del tema, ambos procedimientos populares resultan totalmente inservibles. El método simbólico, en su opinión, es de aplicación restringida y no puede generalizarse a todos los sueños; en cuanto al método de descifrado, todo dependería de la confiabilidad de la "clave" —el libro de sueños—, y sobre eso no existe garantía alguna, del mismo modo que tampoco la hay con el método simbólico. Freud lo advierte al señalar que, en la interpretación simbólica, la clave de la simbolización es escogida arbitrariamente por el intérprete (pp. 347-348). Con todo, Freud estaba convencido de que el sueño posee realmente un significado y de que es posible establecer un procedimiento científico para interpretarlo.

La técnica que Freud expone se aparta de la de los antiguos en un punto esencial: le otorga al propio soñante el trabajo de interpretación, invirtiendo así el modo clásico de proceder. No toma en cuenta lo que pueda ocurrírsele al intérprete —sus intuiciones o su saber constituido—, sino lo que al soñante se le ocurre en relación con cada elemento del sueño. Cabe señalar que en Oriente la interpretación del sueño también requería la cooperación del soñante, pero la explicación era realizada mediante una oposición a los elementos del contenido manifiesto, proceso en el que se introducía necesariamente la subjetividad del intérprete. En los libros orientales de sueños, la interpretación de los elementos oníricos se hacía, además, a través de la homofonía y la semejanza de palabras. Un ejemplo ilustrativo es el sueño de Alejandro de Macedonia: soñó con un sátiro, lo cual fue interpretado como presagio de la conquista segura de la ciudad de Tiro, puesto que la palabra sátiro puede leerse literalmente como "tuya es Tiro" (p. 121).

El procedimiento al que llega Freud para la interpretación de los sueños requiere, como primer paso, no tomar como objeto de atención el sueño en su totalidad, sino los fragmentos singulares de su contenido. Se presenta al paciente el sueño dividido en fragmentos, y para cada uno de ellos el paciente ofrece una serie de ocurrencias que pueden definirse como los "segundos pensamientos" de esa parte del sueño. Al proceder de esta manera, el método freudiano de interpretación se aleja de la interpretación simbólica popular y se aproxima al segundo método, el "de descifrado": como este último, se trata de una interpretación en detalle y no en conjunto.

martes, 28 de abril de 2026

567. La idea de "comprensión" psicológica es, en el fondo, un espejismo

Lacan (1984) sostiene con claridad, en su seminario Las psicosis, que no es el sujeto quien habla el lenguaje, sino que es el lenguaje el que habla a través de él. Las palabras que el sujeto supone dominar constituyen, en realidad, la arquitectura misma de su ser y de su realidad. En este sentido, cabe preguntarse: ¿qué es el sujeto más allá de los significantes que lo habitan?

Desde esta perspectiva, la noción de “comprensión” psicológica se revela, en el fondo, como un espejismo. Se asume habitualmente que ciertas reacciones son evidentes: si alguien está triste, es porque carece de algo; si un niño recibe una bofetada, llora. Sin embargo, para Lacan, esta supuesta evidencia no se sostiene. Existen situaciones en las que un niño, al ser golpeado, pregunta: “¿Es una caricia o una cachetada?”. Solo tras la respuesta —si se le indica que se trata de una cachetada— se pone a llorar, en consonancia con el marco simbólico de la situación. Asimismo, las respuestas posibles ante un golpe son múltiples: devolverlo, ofrecer la otra mejilla o incluso interpelar al agresor.

Por su parte, Karl Jaspers situó la “relación de comprensión” en el centro de su psicopatología. No obstante, para Lacan, dicha relación es inasible, siempre al borde de disolverse. El hecho, a menudo sorprendente, de que se registren más suicidios en primavera que en otoño se inscribe en esta misma ilusión comprensiva.

De ahí que Lacan sostenga que la psicología humana no es “natural”, sino un entramado de convenciones y de estructuras simbólicas. En consecuencia, pretender comprender al otro desde el sentido común resulta, en rigor, una empresa ingenua. Este planteamiento, de carácter radical, obliga a cuestionar los fundamentos mismos de la empatía cotidiana y a adoptar una posición de mayor humildad frente a la opacidad del otro.

En este marco, Lacan propone partir de una premisa fundamental: asumir que no se comprende. Es preciso reconocer el malentendido como condición estructural. Sin esta disposición inicial, no hay razón para no creer que se comprende todo y cualquier cosa. (Ver El Seminario. Libro 3: Las psicosis).

jueves, 1 de enero de 2026

562. El Yo es engañoso y la transferencia no es un obstáculo

En muchas corrientes psicológicas, y en el sentido común, el "yo" (o ego) es visto como el centro de la personalidad del sujeto, por eso muchas terapias se enfocaron en buscar "fortalecer el yo". Lacan (1953-54) va a invertir radicalmente esta premisa. Para él lejos de ser un aliado, el yo es la fuente principal del autoengaño y la resistencia. El yo cumple más bien una función de "desconocimiento", proceso que se observa bastante bien en la fase del espejo, en la que el sujeto construye una imagen de sí mismo que lo aliena: “yo soy ese otro con el que me identifico”, es decir, “yo soy otro”.  El yo no es el director de la obra, sino un actor que ha olvidado que está en un escenario, creyendo ser el personaje que interpreta, y, además, es una construcción del orden imaginario.

La implicación de esta idea es impactante: en el análisis, no se busca fortalecer al yo, sino precisamente analizar lo engañoso que es. El objetivo no es hacer al yo más fuerte, sino permitir que, a través de sus fisuras, emerja una palabra más verdadera del sujeto, una verdad que pertenece al orden simbólico.

Uno de los obstáculos que se presentan en el análisis del sujeto es la transferencia, ese conjunto de sentimientos intensos (amor, odio, admiración) que el paciente proyecta sobre el analista. Lacan, siguiendo a Freud, presenta una idea paradójica: la transferencia no es un simple efecto secundario, sino que emerge precisamente para servir a la resistencia. Cuando el discurso del paciente se acerca a un núcleo doloroso o reprimido, el discurso se apoya en un "movimiento de báscula de la palabra hacia la presencia del oyente" (Lacan, 1953-54). La transferencia aparece como una maniobra para desviar la atención: en lugar de hablar sobre el tema que lo llevó a análisis, el sujeto de repente se vuelve consciente del analista y comienza a hablar sobre él o para él.

Así pues, toda vez que el sujeto se acerca al complejo patógeno, la parte del complejo que puede convertirse en transferencia es la que es impulsada hacia lo consciente, y aquella que el paciente se empecina en defender con la mayor tenacidad. Esta visión transforma por completo la función de la transferencia. De ser un problema a resolver, se convierte en la brújula más precisa del análisis. Su aparición no es un obstáculo, sino una señal inequívoca de que se está exactamente en el lugar donde reside el núcleo del conflicto del sujeto. El obstáculo es, en realidad, el camino.

jueves, 3 de abril de 2025

553. Las clínicas de urgencias subjetivas

Las clínicas de urgencias subjetivas son espacios dedicados a atender crisis emocionales o psíquicas desde una perspectiva psicoanalítica lacaniana, enfocándose en la singularidad del sujeto y su relación con el deseo y el síntoma. A diferencia de la psiquiatría tradicional, estas clínicas no buscan suprimir los síntomas rápidamente, sino escuchar y entender el significado del síntoma en la estructura psíquica del individuo. El enfoque se basa en permitir que el paciente articule su experiencia y conflicto, ayudándole a simbolizar lo que no puede expresarse directamente. El trabajo del psicoanalista en estas situaciones se centra en escuchar sin imponer interpretaciones rígidas, facilitando que el sujeto encuentre su propia salida simbólica a la crisis.

Desde una perspectiva psicoanalítica, la atención se centra en reconocer la particularidad del individuo y su relación con el deseo, el síntoma y el inconsciente. Las crisis subjetivas son momentos de colapso psíquico, generados por conflictos inconscientes que alteran la estabilidad mental sin manifestaciones físicas evidentes, como en las urgencias médicas tradicionales.

A diferencia de la psicología o psiquiatría convencionales, que buscan intervenciones rápidas, las clínicas de urgencias subjetivas valoran el discurso del sujeto y la función del síntoma en su estructura psíquica. No se impone un diagnóstico inmediato; en cambio, el analista escucha cuidadosamente lo que la crisis revela del individuo, acompañándolo en su proceso sin apresurarlo. Se evita la supresión rápida de síntomas, enfocándose en comprender el significado del síntoma para el sujeto.

El tratamiento se basa en la escucha y el diálogo, permitiendo que el paciente dé sentido a su crisis, comprenda su posición frente a ella y encuentre su propia solución simbólica. Las crisis pueden reflejar un conflicto en la relación del sujeto con el Otro, el orden simbólico o su propio deseo. El objetivo es que, a través de la palabra, el individuo pueda articular sus deseos y el lugar que el síntoma ocupa en su psique.

Los casos típicos tratados en clínicas de urgencias subjetivas son: crisis de angustia o ataques de pánico: momentos de ansiedad extrema que paralizan al sujeto y que pueden ser manifestaciones de un conflicto inconsciente que no ha sido simbolizado; episodios depresivos agudos: la depresión, vista como una caída en la relación del sujeto con su deseo, puede manifestarse en urgencias donde el sujeto experimenta una sensación de vacío o desesperación; descompensaciones psicóticas: en algunos casos, un sujeto con una estructura psíquica frágil puede atravesar momentos de ruptura con la realidad, donde la urgencia subjetiva requiere una intervención especializada; y crisis existenciales o de identidad: situaciones en las que el sujeto enfrenta dudas profundas sobre su sentido de vida o su identidad, lo que puede llevar a un colapso emocional.

Estas clínicas, influenciadas por el psicoanálisis lacaniano, surgieron en Francia en los años 80 y 90, y se han expandido a otros países como Argentina, Brasil, México, España, y Estados Unidos. Desde entonces, han proliferado en diversos países, brindando atención integral y colaborando con otros profesionales de la salud mental cuando es necesario.

martes, 7 de enero de 2025

550. «No hay ética más que del bien decir»

Podemos identificar la política del psicoanálisis con su ética, una ética orientada a los psicoanalistas y a su posición en la clínica. "No hay clínica sin ética", afirma Miller, y podríamos añadir: "y esta ética es, precisamente, su política" (1991, p. 122-34). A su vez, la ética del psicoanálisis se define como la ética del «bien decir». Lacan introduce este concepto en Televisión, en 1973. El «bien decir» lo plantea como una nueva formulación de la ética psicoanalítica. "No hay ética más que del bien decir".

La ética del psicoanálisis no es una ética como la de los filósofos, no es una ética universal válida para todos. Es una ética de lo particular. Tampoco se trata de una doctrina de valores o normas que señalen dónde está el bien del sujeto. El bien decir no indica dónde está el bien; el psicoanálisis no es un directorio de conciencia ni un manual de conductas para la vida. Es una ética que se corresponde con la práctica del psicoanálisis, que no opera sino a través de la palabra en el campo del lenguaje. En este sentido, es una ética relativa al discurso.

Cualquier ética implica un juicio sobre el acto y supone una elección que se da dentro de un campo ya estructurado, un discurso determinado por el tipo de lazo social que une a los sujetos parlantes. La elección ética de cada sujeto se enmarca dentro del discurso en el que se inserta. Por lo tanto, podríamos pensar que a cada uno de los cuatro discursos le corresponde una ética particular.

El bien decir trata de que el sujeto se encuentre en el inconsciente, en tanto este está estructurado como un lenguaje. Que el sujeto se reconozca en los efectos que la simple combinatoria de los significantes determina, es decir, en la realidad de la experiencia analítica, donde «ello habla». Encontrarse en los efectos de la combinatoria significante significa no perder de vista lo real, orientarse hacia eso para producir, en el decir, algo de lo real del sujeto. La ética del psicoanálisis se organiza en torno a lo real, pero no se trata de decir lo real, porque lo real es precisamente lo imposible de decir.

El bien decir también se refiere a la palabra en tanto que funda un hecho: es la palabra que produce un acto y modifica al sujeto en sus dichos y en su relación con lo real. Este acto se orienta hacia la rectificación del goce, al nivel mismo de la pulsión. “El bien decir (le bien dire) no es el decir bello (beau dire), no es el decir elegante, refinado o literario; no se trata de oratoria ni de retórica. No es un significante ‘bueno’, sino que se refiere más bien a un lugar, a una posición subjetiva, más que a los enunciados. La ética del psicoanálisis se sitúa del lado de la enunciación y no del lado de los enunciados.” (Rubio, 2018)

Así, del lado del analista, el bien decir concierne a la interpretación, y es lo que le permitirá operar con su acto, es decir, afectar el deseo del Otro. “Del lado del analizante, el bien decir también está presente. La regla fundamental, la regla de decirlo todo, introduce la incompatibilidad entre el deseo y la palabra, introduce el medio decir de la verdad, pero también el bien decir como un imperativo ético para el analizante. La ética del analizante se formula, tanto para Freud como para Lacan, en la frase Wo Es war, soll Ich werden; llegar por el decir allí donde eso estaba.” (Rubio, 2018).

miércoles, 22 de noviembre de 2023

536. ¿Todos autistas?

Hoy en día existe una tendencia a etiquetar a individuos como autistas; cualquiera parece ajustarse al espectro autista: Elon Musk, Lionel Messi, Bill Gates, Keanu Reeves, Tim Burton, Gustavo Petro, entre otros. Casi cualquier persona excéntrica o "rara" puede ser diagnosticada como autista sin una evaluación profesional adecuada. Pareciera que convertirse en autista está de moda, o tal vez, en última instancia, esto nos enseña que cada individuo puede tener algo de "raro", es decir, de autista, una suerte de «autismo generalizado». Dado que no hay un niño autista típico y cada niño es diferente, todos somos diferentes en algún aspecto singular.

De todos modos, a nivel clínico, es crucial ser preciso en el diagnóstico del autismo. El autismo se ha descrito como la soledad y la inmutabilidad; son niños inmersos en actividades repetitivas (Tendlarz, 2023). El niño parece encapsulado en una especie de burbuja, aislado de cualquier vínculo con los demás. De hecho, este es el primer signo de autismo en el niño: la incapacidad para establecer vínculos afectivos con sus cuidadores; se muestra ausente, sin prestar atención al otro. Por eso, muchos padres llevan a sus hijos en este estado a consultar al médico, pensando que están ciegos o sordos, ya que no miran al otro ni responden a su llamado. El médico, por supuesto, encuentra que el niño está bien de la vista y el oído, solo que está absorto en sí mismo.

En cuanto a las repeticiones, no son necesariamente obsesiones, sino intereses específicos que pueden utilizarse para conectar con el niño; es un funcionamiento singular que persiste a lo largo de la vida. Esto es algo que es muy importante respetar: las soluciones singulares que cada individuo autista elabora, sobre todo porque el trabajo analítico se apoya en ellas para desplazar el encapsulamiento autista en el que el niño se encuentra y así ayudarlo a incluirse en el mundo de manera efectiva. Por lo tanto, es crucial respetar la singularidad de cada individuo autista y su manera única de estar en el mundo (Tendlarz, 2023).

Junto al respeto por la singularidad de cada individuo, lo cual es válido para cualquier persona en este mundo, es fundamental hacer hincapié en la importancia de la inclusión y la lucha contra la segregación de estos niños. Desde la perspectiva psicoanalítica, se busca comprender esa singularidad y no ver al autista como un sujeto deficitario que debe ser entrenado para ser funcional.

El autista, entonces, es un sujeto que se aparta, que se cierra al intercambio con los demás, debido a una insondable decisión del ser que se proclama como identidad, según indica Lacan. "Cada uno de nosotros cae al mundo, al mar del lenguaje, y de allí no podemos salir, y aunque esto nos concierna a todos, la modalidad de respuesta a este hecho de estructura es absolutamente singular. Algunos reclaman a los otros para salir adelante, otros no, se apartan, se cierran al intercambio con los demás" (Coccoz, 2023). El autismo, desde la perspectiva lacaniana, se constituye en una posición de defensa extrema ante la realidad de la palabra misma; "se considera el autismo como un funcionamiento subjetivo, singular, una forma de ser, que permanece constante a lo largo de la vida, que no se cura, lo cual no significa que no se pueda atemperar, no significa que el sujeto que lo padece no pueda llegar a saber hacer con él" (Lagos, 2023).

Los aportes de Freud al entendimiento del funcionamiento del aparato psíquico nos enseñan a comprender las inhibiciones o pérdidas del interés en la vida, en el amor, en la comunicación, consideradas en las descripciones de los síntomas autísticos. Lacan nos enseñó que «el lenguaje hace el ser»", que el lenguaje es lo que nos da el ser, y esta es precisamente la gran dificultad del sujeto autista: tiene trastornado el hablar, el vivir, el amar, el gozar, el hacer. "Nadie puede proclamar su ser sin un nombre, ni encontrar o echar en falta las satisfacciones propias de la vida, sin gozar de la lengua que habla. Por eso, con el psicoanálisis nos ocupamos de saber sobre esa realidad y sobre las consecuencias que tienen las palabras sobre nosotros y nuestros próximos" (Cocozz, 2023).

jueves, 28 de septiembre de 2023

534. El sujeto no sabe lo que dice

"No saber lo que se dice" es la posición natural de todo sujeto, y al mismo tiempo, eso es el inconsciente. Cuando un paciente se queja de que nadie lo entiende, en realidad, quien no se entiende es el propio sujeto. Por eso se le invita a asociar libremente con la consigna "¿Qué quiere decir usted con eso?". Lo que el dispositivo analítico busca es que el paciente escuche lo que dice y tome consciencia de lo que realmente quiere expresar. La escucha analítica va acompañada de la interpretación, que en esencia significa: "Te digo que has expresado algo diferente de lo que querías decir" (Miller, 2021).

Desde los albores del psicoanálisis, se enseña que el sujeto no sabe completamente lo que dice; siempre hay un exceso en su expresión. El sujeto no tiene control absoluto sobre su pensamiento, lo que le cuesta reconocer: que él no es el soberano absoluto de su propio ser, que hay un "Otro" dentro de él que lo gobierna. Este "Otro" se revela cada vez que ocurre un lapsus; el sujeto quiere decir una cosa y termina diciendo otra, como decir "mi madre" en lugar de "mi mujer". "El Otro dice algo distinto a lo que yo quería expresar; el Otro es más poderoso que yo. ¿Cómo es esto posible? En el interior de cada uno de nosotros reside un "Otro" (por eso Lacan lo escribe con mayúscula) más influyente, que actúa sobre el sujeto y a pesar del sujeto. Este "Otro" es la otra escena de la que hablaba Freud; Lacan lo llamó el "sujeto del inconsciente."

En análisis, el sujeto puede expresar todas sus ideas sin asumir plenamente la responsabilidad de lo que dice. Puede hablar de odios, deseos, temores y pensamientos en los que no se reconoce y que rechaza, tratando de disociarse de ellos: "No estoy ahí, soy inocente, no soy yo". Sin embargo, el análisis no se limita a producir declaraciones de las cuales el sujeto no se hace cargo; esos enunciados son relevantes para él, aunque no lo reconozca de inmediato. Este es el "sujeto del inconsciente", aquel que eventualmente, durante el proceso terapéutico, llega a reconocerse en lo que dice, incluyendo sus odios, temores y deseos.

"Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal, 2015). La noción de que "el sujeto no sabe lo que dice" está en consonancia con lo que nos enseña el psicoanálisis al introducir el concepto del inconsciente: que existen una serie de procesos que están más allá de nuestro control consciente. Estos procesos incluyen deseos, pensamientos y emociones sobre los cuales no tenemos control. Por lo tanto, el inconsciente organiza nuestra experiencia y define quiénes somos. La afirmación de que "el sujeto no sabe lo que dice" se refiere al hecho de que, al hablar o comunicarnos, no siempre somos conscientes de las implicaciones completas de nuestras palabras; es decir, a menudo decimos más o menos de lo que queremos, o cometemos errores al hablar (lapsus). Por lo tanto, nuestras expresiones verbales revelan deseos, conflictos y pensamientos inconscientes que operan en un nivel oculto para nosotros mismos.

En resumen, "el sujeto no sabe lo que dice" porque nuestras palabras son el resultado de procesos inconscientes que ocultan nuestros deseos y conflictos internos. Esto concuerda con la afirmación de Freud de que el sujeto no es el dueño y señor absoluto de su propia casa, es decir, de su psiquismo, lo que constituye una herida narcisista significativa. A menudo, el sujeto tiende a considerarse como el gobernante consciente de sus pensamientos y percepciones internas, lo que le permitiría tomar decisiones que estén en línea con sus deseos; sin embargo, esta creencia es un error. "El hombre no es dueño en su propia casa; y seguramente lo mejor que podría hacer sería ocuparse en conseguir su emancipación de ese señorío extraño" (Freud, 1927).

jueves, 23 de febrero de 2023

527. ¿Por qué el chiste es una formación del inconsciente?

El texto de Freud (1905) "El Chiste y su relación con el Inconsciente" examina cómo los chistes y el humor son una manifestación del inconsciente, ya que los chistes permiten que los deseos y pensamientos reprimidos surjan de manera disfrazada, permitiendo al individuo satisfacer sus impulsos inconscientes, fundamentalmente los sexuales y agresivos, de una forma socialmente aceptable.

El Witz (el chiste) se refiere sobre todo a las ocurrencias que decimos intempestivamente y nos hacen reír, o cuando hacemos "charlas" con los amigos. Contando chistes o haciendo charlas podemos hablar de temas indecorosos, pecaminosos, indebidos, es decir, reprimidos, ya sean de carácter sexual o agresivo. Se trata de juegos de palabras que pueden producir un doble sentido. Dice Freud (1905) en su texto: “advertimos de pronto que estamos frente a formas de «doble sentido» o de «juegos de palabras» desde hace mucho tiempo conocidas y apreciadas universalmente como técnica del chiste” (p. 36).

Según el psicoanálisis, nos reímos con los chistes porque nos permiten liberar tensiones y emociones reprimidas de una manera segura y socialmente aceptable. Los chistes a menudo contienen elementos de humor relacionados con temas que de otro modo podrían ser considerados tabú o inapropiados, como el sexo, la muerte, la violencia o la vergüenza. La risa es una forma de liberar la energía psíquica que se ha acumulado en nuestra mente, y que se expresa a través del acto placentero de reír. Así pues, Freud (1905) indica que “tanto para establecer como para conservar una inhibición psíquica (léase represión) se precisa de un «gasto psíquico» (…) esa ganancia de placer (que produce el chiste) corresponde al gasto psíquico ahorrado” (p. 114).

Entonces, el secreto en el efecto placentero del chiste es el ahorro en gasto de sofocación (represión) de los impulsos hostiles y sexuales que habitan la psique humana. Lo que gastamos en represión de esos impulsos, se libera en la risa que produce el juego de palabras, juego que burla la censura psíquica. “La risa nace cuando un monto de energía psíquica antes empleado en la investidura de cierto camino psíquico ha devenido inaplicable, de suerte que puede experimentar una libre descarga” (Freud, 1905, p 140).

Así pues, nos reímos con los chistes porque nos permiten liberar la energía psíquica acumulada; el humor y los chistes son una manifestación de los deseos y conflictos inconscientes del ser humano, y cómo pueden ser utilizados como una forma de liberación y resistencia social. Ahora bien, advierte Freud (1905): “El trabajo del chiste no está a disposición de todos, y en generosa medida sólo de poquísimas personas, de las cuales se dice, singularizándolas, que tienen gracia (Witz). «Gracia» aparece aquí como una particular capacidad, acaso dentro de la línea de las viejas «facultades del alma», y ella parece darse con bastante independencia de las otras: inteligencia, fantasía, memoria, etc. Por lo tanto, en las cabezas graciosas hemos de presuponer particulares disposiciones o condiciones psíquicas que permitan o favorezcan el trabajo del chiste” (p. 134). Al parecer, no todo el mundo posee un sentido del humor.

Concluyendo, el chiste es una forma de expresar deseos reprimidos, es decir, que contando chistes yo puedo hablar de temas sexuales y agresivos burlando la censura psíquica que recae regularmente sobre ellos. Al hacer un chiste, estamos revelando algo que no podríamos expresar de otra manera, y que está relacionado con nuestros impulsos más profundos y reprimidos, ya que dichos impulsos y deseos inconscientes son difíciles de expresar directamente en la vida diaria. A través del humor, podemos expresar estos pensamientos y emociones de manera disfrazada y menos amenazante para nuestra conciencia.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

525. La escucha analítica y la interpretación

Miller (2021) realiza una conferencia por zoom dirigida a los rusos sobre lo que es la escucha analítica. Veamos lo que él dice allí sobre esta. Miller empieza indicando que hoy se acepta en todo el mundo que escuchar a alguien decir sus desdichas, decir lo que le pasa en su vida y le es doloroso, escucharlo sin sancionarlo, sin castigarlo, sin desaprobarlo, se admite que esto le hace bien al sujeto; ser escuchado de esa manera, sin juzgarlo, le produce una gran satisfacción, al sujeto, un alivio; por eso es siempre terapéutico poder hablar de lo que causa sufrimiento.

Así pues, en la civilización universal de hoy la escucha como tal es muy valorizada, incluso por la mayoría de las prácticas psicológicas. Esto es algo conocido desde siempre, por la práctica de la confesión en el discurso religioso; pero, ojo, “el dispositivo de la confesión es totalmente diferente al dispositivo freudiano” (Miller, 2021). La confesión es un sacramento que busca perdonar los pecados del quien se confiesa; Dios es quien juzga y ante sus ojos el sujeto es culpable. En el dispositivo freudiano no hay un gran juez; no hay pecado, no hay castigo ni perdón. Escuchar a alguien es aceptarlo, y solo por esto, ya está perdonado, sin importar lo que haya hecho, lo cual produce un alivio en el sujeto. Esto se observa claramente en los homosexuales que no han confesado a su familia y amigos que lo son, porque se sienten culpables de serlo. Cuando lo confiesan en el dispositivo analítico, se quitan un peso de encima; igual sucede cuando se lo hacen saber a la familia y amigos.

La entrada en análisis es, pues, una liberación. Lo mismo sucede con los trans cuando dicen que es natural querer cambiar de sexo. Estas son las cosas que hay que escuchar en el dispositivo, ya que el dispositivo dice otra cosa, va más adelante que los psicoanalistas. “Hay que intentar atrapar los efectos del psicoanálisis que van más rápido que los psicoanalistas” (Miller, 2021). Esto tiene como efecto la despatologización de las enfermedades mentales, de tal manera que las enfermedades mentales dejan de ser enfermedades y pasan a ser formas de ser. Esta es una de las consecuencias del dispositivo de escucha del psicoanálisis en la cultura.

La escucha analítica va acompañada de la interpretación. Dice Miller (2021) en su conversación con los rusos que ella es en el fondo esto: "Te digo que dijiste otra cosa que lo que querías decir". Es algo que enseña el psicoanálisis desde sus comienzos: el sujeto no sabe lo que dice; el sujeto siempre dice más de lo que quiere; el sujeto no controla su pensamiento, lo cual le cuesta reconocer: que él no es el amo de su propia casa, que hay Otro dentro de él que lo gobierna. Es lo que se encuentra cada vez que hay un lapsus; el sujeto quiere decir una cosa y dice otra; por ejemplo, dice “mi madre” en lugar de decir “mi mujer”. “El Otro dice otra cosa de lo que yo quería decir; el Otro es más fuerte que yo. ¿Cómo puede ser esto así? En el interior de cada uno hay un Otro (por eso Lacan lo escribe así, con mayúscula) más poderoso que actúa. Y no es un tumor que se quita con una cirugía” (Miller). Ese Otro es la otra escena de la que hablaba Freud, el sujeto del inconsciente decía Lacan. Ahora bien, ese Otro no actúa de la misma manera en la cabeza de un neurótico que en la cabeza de un psicótico. En la psicosis ese Otro se puede presentar como una voz que le habla al sujeto en su cabeza.

Con la homofonía de las palabras también sucede que Ud. puede decir una cosa que puede ser escuchada de otra manera; igual sucede cuando hay repetición de significantes en el discurso del sujeto; esto es lo que escucha e interpreta el psicoanalista, esos «juegos de palabras». Así pues, “se le otorga un privilegio a la escucha sobre la interpretación. Es la escucha sin interpretación” (Miller, 2021). Esto es problemático, porque hoy en día se cree que lo que dice el sujeto, esa es la verdad, que es así. Por ejemplo, cuando un niño trasn de cuatro años dice “no es mi cuerpo, necesito otro”, esto trae una enorme presión que se ejerce sobre la familia para satisfacerlo, y se corre a cambiarle el nombre, se le somete a tratamientos hormonales y se planea su cirugía para el cambio de sexo. Pero es un niño de cuatro años y puede cambiar de opinión. Sus palabras pueden ser la manera de interpretar un malestar que tiene y la verdad de este malestar quizá es diferente (Miller). El psicoanálisis ha hecho de la escucha un dispositivo universalmente apreciado, pero tomar la palabra del otro como verdadera es una manera de rechazar la interpretación de la palabra del Otro. El niño trans dice eso, pero se le puede interpretar de otra manera.

martes, 29 de noviembre de 2022

524. La Ley Trans: Género, identidad sexual y sexuación

En Colombia ha iniciado el trámite el proyecto de ley que busca reformar y actualizar el Código Electoral colombiano. El artículo 89 plantea la ‘corrección del componente sexo’ en los documentos de identificación y registros civiles (artículo que ya ha sido retirado de dicho proyecto). Lo anterior significa que cada sujeto podrá definirse como masculino, femenino, transexual, no binario y todas las demás identidades sexuales que eventualmente se reconozcan legal o jurisprudencialmente. El problema aquí es que hay un parágrafo, el número 2 de dicho artículo, que plantea que “podrá tramitarse la corrección del componente sexo de los menores de edad, a partir de los cinco años”. Esto significa que a partir de los cinco años a un niño le pueden cambiar el sexo en su identificación. No se trata del sexo biológico, sino el de su identidad sexual. ¿Puede un niño, a sus cinco años, antes de la barrera del incesto, definir su identidad sexual? ¿Puede también, a esta edad, cambiar el sexo en su identificación? Lo que la clínica nos muestra es que ya hay niños trans desde los siete años; antes, no sé. Pero la pregunta es: ¿puede un niño de cinco años autodeterminarse? En Colombia, desde el 2015 existe un decreto, el 1227 del 4 de Junio, en el que una persona puede corregir el componente sexo en el Registro del Estado Civil de nacimiento, y tiene como requisito la presentación de la cédula de ciudadanía; los menores de edad lo pueden hacer en compañía de un representante legal del menor, reconociendo el derecho fundamental del libre desarrollo de la personalidad y de la autodeterminación de los menores de edad; el decreto no indica desde qué edad un menor puede solicitar dicho cambio (fallo de tutela T-675 de 2017 de la Corte Constitucional).

En España el tema también está candente (en Francia y EE. UU. igual). Hay una Ley Trans presentada por el partido político Unidas Podemos que propone que los menores, entre los 14 y los 16 años, podrán presentar la solicitud de cambio de sexo por sí mismos -aunque asistidos por sus representantes legales- y los que tienen entre 12 y 14 años necesitarán autorización judicial. Aquí ya se trata del cambio de sexo real, lo cual también define su identidad. Una de las enmiendas al proyecto plantea que los menores de 12 años también puedan cambiar de sexo. "La autodeterminación de género se concedería a aquellos que lleven dos años con el nombre cambiado (...) La autodeterminación de género de la Ley Trans quiere permitir a los menores elegir, decidir y actuar libremente respecto a su sexo-género, sin la interferencia de sus padres o progenitores." (Arribas, 2022).

Para el psicoanálisis la cuestión se juega en cuanto al goce: cómo cada sujeto se ubica en cuanto al goce, lo que se denomina la sexuación; esto es algo que según Lacan "no es en sí mismo cultural, aunque esté afectado por lo cultural. Decir que la sexuación no es cultural es decir que no se puede colectivizar" (Arribas, 2022). La sexuación tiene que ver con cómo el cuerpo se sexualiza, lo cual no tiene que ver con la biología ni con la distinción sexual que se hace al observarlo, de que se tiene o no se tiene un pene. La sexuación tampoco tiene que ver con la identificación, es decir, con los ideales de masculinidad y feminidad que el Otro, la cultura, le provee al sujeto, lo que tiene que ver con el discurso de género, ese que alude al conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres (los roles sociales asignados a los hombres y las mujeres). Lacan va a pensar la sexuación del cuerpo a partir de una elección que hace el sujeto en relación con el goce (Brodsky, 2004), es decir, él se ubica del lado masculino o del lado femenino con relación al goce, goce que en el psicoanálisis es, aparentemente, binario: goce fálico -masculino- y goce del Otro -femenino-. Digo aparentemente porque la mujer comparte con el hombre el goce fálico. Para el hombre, no existe más goce que el goce fálico, es decir, un goce limitado, sometido a la castración, goce fálico que constituye la identidad sexual del hombre. El goce femenino es un goce distinto, un goce Otro que no tiene límites, indecible para las mujeres.

Resumiendo, hay el cambio de sexo y hay la identidad sexual, y tenemos tres aspectos en juego: la posición sexual, que el sujeto se sienta ser un hombre o una mujer independientemente de su sexo biológico; esto es algo íntimo, subjetivo, que depende del paso del sujeto por su complejo de Edipo y de la sexuación, la posición que asume el sujeto con relación al goce y que responde a dicha historia infantil. Y el discurso de género, que determina el rol que como hombre o mujer debe cumplir un sujeto en la sociedad; el género es una ordenación y distribución cultural o social de posiciones. Ahora bien, con respecto a la identidad sexual, para el psicoanálisis el sujeto no nace siendo hombre o mujer; se llega a ser un hombre o una mujer. No se nace siendo heterosexual, ni homosexual ni transgénero, se llega a serlo; ser hombre o mujer es una conquista subjetiva del sujeto que se alcanza en la primera infancia (antes de los seis años), elección que es producto de los vínculos afectivos que el niño experimenta en su relación con los primeros objetos de amor y de deseo, es decir, las personas que participaron en su crianza, y que el psicoanálisis denomina Complejo de Edipo. “El reconocimiento de que la infancia está atravesada por la sexualidad se lo debemos a Freud” (Arribas, 2022), y es en la primera infancia donde el sujeto conquista una posición sexual que involucra tanto su goce, su identidad y lo cultural.

Entonces, si un niño dice que quiere cambiar de sexo, ya sea su identidad o su sexo biológico, hay, por supuesto, que escucharlo, pero “el psicoanálisis no propone simplemente escuchar al niño y tomar sus dichos como verdaderos, al pie de la letra (…) la escucha no puede ir sin interpretación. La interpretación no consiste en creer al niño o verificar lo que dice, sino en leer lo que escapa a la intención de la significación, esto es, apuntar a su saber inconsciente” (Arribas). Es decir que cuando el sujeto habla, él siempre quiere decir alguna otra cosa; es lo que nos enseña el psicoanálisis: que los dichos del sujeto no son su verdad; que detrás de los dichos hay una verdad velada, oculta, que hay que interpretar, es decir, descifrar. Mientras que la Ley Trans toma la palabra del niño como su verdad, apuntando a respetar sus derechos humanos, el psicoanálisis, en cambio, propone cuestionar, interrogar la palabra del niño para descifrar lo que hay detrás de su demanda. Esto le permitiría tomar una mejor decisión.

viernes, 29 de abril de 2022

517. ¿Cómo funciona el lenguaje en el sujeto?

El neurótico es un ser atrapado en su inconsciente, es decir, "alienado a un yo que desconoce esa segunda escena que transcurre a sus espaldas y que condiciona su vida" (Dessal, 2015), la «otra escena» de la que habló Freud, esa que determina lo que hacemos, pensamos y decimos, la mayoría de las veces en contra del bienestar del sujeto. 

La alienación de la que va a hablar Lacan es la alienación del lenguaje en el sujeto. "Lacan llegó a la raíz del asunto cuando postuló una concepción inédita del lenguaje, una concepción que estaba implícita en la obra de Freud pero que nadie había comprendido antes (Dessal, 2015). Lacan rompe la unión ilusoria que la lingüística moderna estableció entre el significante y el significado. Lacan le va a dar una primacía al significante sobre el significado: la letra S mayúscula, encima de una barra, como la que se utiliza cuando se escribe una fracción, y debajo de la barra la letra s minúscula. "Eso es el alma de la palabra: la barra que separa la materialidad fónica de su significado" (Dessal). Esos dos elementos ya no forman más una unidad; este, se podría decir, es el aporte de Lacan a la lingüística sausseriana: los elementos que componen el signo lingüístico no van juntos, van separados en el uso que hacemos del lenguaje, y además, uno prima sobre el otro.

Como muy bien lo indica Dessal (2015), con el ejemplo sobre la palabra mujer, el significado no va pegado al significante: "Si yo digo la palabra mujer, por ejemplo, parece obvio que eso remite a un sujeto del género femenino. La materialidad varía según las lenguas, pero el significado no cambia. Puedo decir woman, o donna o femme. En todo caso, el objeto al que remite parece ser el mismo. Sin embargo, no es así. La palabra mujer no tiene un significado absoluto y universal. Remite a lo que en psiquiatría denominamos significación personal, es decir, que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor".

Hay pues, una independencia, una separación del significado respecto del significante; esto es lo que hace al lenguaje mágico y maldito a la vez: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, pueda significar cualquier otra cosa; es lo que nos lo enseña la poesía y la literatura: una palabra puede significar cualquier cosa. Esta es la condición poética del ser humano, es decir, "que fabrica significados cuando habla, sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal. 2015). El aspecto maldito del lenguaje tiene que ver con el malentendido, el cual está siempre presente cuando hacemos uso del lenguaje. El sentido de lo que se dice no depende del emisor, sino del receptor; como decía Lacan, «Ud. puede saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó». "Es por eso que alguien puede decir soy una mujer dentro de un cuerpo de hombre. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que cuando se nombra a sí mismo, los términos mujer y hombre designan para él significados personales, que no pueden comprenderse a la luz del sentido común" (Dessal).

¿Cómo funciona entonces el lenguaje? La respuesta que da el psicoanálisis es que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla, nadie sabe lo que dice. El psicoanálisis se dedica a explotar esa propiedad humana, el sinsentido que habita en todo lo que decimos, y que hace que la comunicación humana "no sea un intercambio recíproco de mensajes comprensibles, sino un malentendido crónico disfrazado de un entendimiento aparente" (Dessal, 2015). Por eso se puede decir que la realidad no existe en un sentido universal del concepto, sino que lo que existe es una ficción en la que cada uno vive, ficción fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. "La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal). Es lo que nos enseña la asociación libre, el método creado por Freud y que funda la técnica psicoanalítica: que el sujeto termina enredándose los pies, "diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir" (Dessal). El lenguaje funciona, pues, como una máquina regida por leyes que no son de capricho, sino que son leyes combinatorias y formales propias, las leyes del lenguaje a las que queda sometido el sujeto y sobre las que él no tiene ninguna incidencia.

martes, 10 de diciembre de 2019

490. El aparato del lenguaje: el significante no es el significado

El real del que habla el psicoanálisis es un real que no es el real de la ciencia; es un real que no se puede escanear ni al que se le puede hacer resonancia magnética; “ese real no aparece en ningún escáner, ese real sólo puede abordarse a través de la palabra y del lenguaje” (Bassols, 2012). Y esto a pesar de que la ciencia esté fascinada con las resonancias magnéticas; todos los días aparece en algún periódico la foto del cerebro con los colores rojo y azul, mostrando dónde queda el sentimiento religioso, o la moral, o la psicopatía; la ciencia está fascinada por esto, creyendo poder localizarlo todo en el cerebro (Bassols).

Ya la ciencia ha logrado “descifrar la actividad eléctrica en una región del sistema auditivo humano llamada circunvolución temporal superior, es algo que está claramente localizado en el cerebro. Al analizar el patrón de actividad de estas áreas fueron capaces de reconstruir las palabras que los sujetos escuchaban en una conversación normal" (Bassols, 2012). En efecto, las palabras dejan huellas en el sistema nervioso y es posible, entonces, reproducir un sonido a partir de los impulsos eléctricos detectados en el cerebro, pero ¿qué es lo que se pudo reproducir? “Se pudo reproducir un significante, lo que llamamos significante como materia, soportada en una materia fónica que incluso se podría traducir en impulsos eléctricos, ¡¿por qué no?!” (Bassols). Pero estas cosas ya se ven funcionar cuando se transmiten a través de impulsos eléctricos los significantes que todos pueden escuchar a través de los altavoces o audífonos; en efecto, hay un soporte físico mediante las ondas fónicas o electromagnéticas que llegan al oído del oyente. “Hay un soporte físico que está funcionando y lo que transmite es eso, significantes, pero no significados; transmite significantes, transmite soportes materiales que pueden estar localizados donde ustedes quieran” (Bassols), ¡pero no significados! Esto es lo que hace a Google bruto; él solo busca significantes y no significados; es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de dar un sentido a su búsqueda.

Entonces, ¿dónde está el lenguaje? ¿En el cerebro? “No hay que buscarlo necesariamente en el cerebro, por supuesto que también hay aparato del lenguaje en el cerebro. Pero Freud se dio cuenta muy pronto del sprache apparat, del aparato del lenguaje” (Bassols, 2012), como algo separado del cerebro. Esto quiere decir que el lenguaje, el cual está hecho de significantes, está ¡por todos lados!, ¡en todas partes! Es más, “el lenguaje es el lugar, el lenguaje mismo es el que hace posible que estemos en un lugar y no sólo que vivamos como un cuerpo sin lugar” (Bassols). Ese lugar es el que Lacan llamó el lugar de lo simbólico, el Otro escrito así con mayúscula; si “el Otro de la palabra existe es porque el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar; eso quiere decir que el lugar no hay que buscarlo necesariamente en el cerebro” (Bassols). Se tiene la idea de que los significantes tienen que estar alojados en el cerebro, como si no pudieran estar en Otro lugar, ¡y lo están!; el lenguaje, esa Otra escena freudiana y que Lacan traduce como «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», es el que hace posible todo lo humano; es lo que vivifica el cuerpo y determina le existencia del sujeto; sin lenguaje el sujeto sería una especie de planta con pies y manos, un organismo sin historia y sin afectos. El lenguaje es el medio natural del sujeto; sin lenguaje, no hay sujeto. Esto significa que el lenguaje es en sí mismo el lugar; no hay que buscarlo adentro, o afuera; ¡está tanto adentro como afuera!. "Si hay lugar simbólico, si el Otro de la palabra existe es porque el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar” (Bassols).

jueves, 28 de febrero de 2019

481. ¿Es el sujeto equivalente a una máquina?

¿Se puede dialogar con una máquina? Al parecer, todavía no, pero si se pudiera, como lo hace Theodore Twombly con su sistema operativo en la película Her (Ella), habría que preguntarse si allí, en la máquina, encontraremos un sujeto. Lacan decía que una máquina puede pensar, pero no puede saber nada, es decir, que un sistema cibernético puede manejar mucha información, pero eso no significa que sabe mucho; manejar información no es saber (Bassols, 2012). "Google nos da mucha información, pero es tonta como un cubo; es decir, no sabe nada, dispone de mucha información que nos puede ser muy útil, pero saber, lo que se llama saber, nada" (Bassols).

El saber complica mucho la existencia del sujeto, es algo que le impide adaptarse a la realidad; "lo más óptimo para adaptarse a la realidad es tener información, pero no saber demasiado. Cuando uno sabe demasiado empieza a ser peligroso para el sistema, peligroso incluso para el sistema educativo, especialmente para el sistema educativo que reduce el saber a la información" (Bassols, 2012). En efecto, la información está por todos lados; solo hay que saber dónde hallarla. Pero tener una posición crítica frente a lo que se aprende y lo que se enseña, eso es otra cosa. Esto es lo que hace al sujeto ineducable, ingobernable, difícil de adoctrinar, como pretenden ciertas ideologías políticas contemporáneas, las cuales, a su vez, buscan que el sujeto sea un ignorante para poderlo manipular. El sujeto no es una máquina que se dedica a repetir lo que se le enseña -como sucede con la educación contemporánea-; el sujeto también sabe, es decir, reflexiona, interpreta; digámoslo al revés: para que haya saber, se necesita de la existencia de un sujeto; sin sujeto lo que hay es información. El sujeto es el que le da sentido a la información; éste aparece allí donde la información adquiere alguna significación.

Hay otra cosa que la máquina tampoco puede hacer: gozar, es decir, satisfacer sus pulsiones, y gozar sí que complica la vida del sujeto. Además, para gozar se necesita de un cuerpo, de un organismo vivo, cosa que la máquina no tiene. "Lo que una máquina no podrá hacer nunca, al menos hasta que tengamos noticia de ello, es gozar" (Bassols, 2012). Una máquina no puede dar signos de goce, dar signos de que está gozando, como tampoco da signos de que engaña. Una máquina no engaña, no sabe engañar, cosa que sí sabe hacer el sujeto. El sujeto puede gozar, puede saber y sobre todo que puede fingir que finge (Bassols), es decir, engañar. Las máquinas no engañan; ellas responden adecuadamente y sin mentir a lo que se les solicita; en cambio, si algo sabe hacer el sujeto es mentir, engañar, borrar sus huellas.

"Cuando hay un sujeto las cosas se complican mucho, es cierto, el sujeto está profundamente inadaptado a la realidad, por el hecho de hablar, por el hecho de gozar hablando" (Bassols, 2012). Por esta razón al sujeto se lo encuentra cuando este falla, erra, se equivoca, se tropieza o miente. Un sujeto habla, un sujeto goza, un sujeto desea, y eso lo hace absolutamente distinto de una máquina, de un sistema cibernético. El sistema cibernético es el sistema con el que la psicología cognitiva piensa al ser humano, lo cual es contrario a lo que plantea el psicoanálisis, ya que para este "el sujeto que habla no puede ser reducido a un sistema cibernético" (Bassols) o al cerebro, como lo hacen los neurocientíficos, quienes buscan reducir el inconsciente a una memoria o una huella en el cerebro; por eso, a la hora de pensar "¿quién piensa?", se le complican las cosas: ¿piensa el cerebro?, ¿piensan las neuronas?, ¿acaso éstas gozan? Aquí es donde el psicoanálisis interviene introduciendo su concepto de sujeto, sujeto de la palabra, del lenguaje y del goce (Bassols).

martes, 17 de julio de 2018

474. «La agitación y el movimiento son propios de la infancia»

Hasta el día de hoy, no existen evidencias científicas "de que eso que llamamos TDAH sea algo rigurosamente establecido desde el punto de vista científico. Ni marcadores biológicos ni evidencias genéticas" (Ubieto, 2018). En efecto, el mismo DSM IV dice lo siguiente: “Esta entidad clínica descarta toda base orgánica, no hay pruebas de laboratorio que hayan sido establecidas como diagnósticas en la evaluación clínica del trastorno por déficit”, es decir que no hay un daño neurológico, no hay una lesión cerebral real. Entones, ¿por qué se sigue diagnosticando el trastorno de hiperactividad? El inventor de este término, Leon Eisenberg, dijo poco antes de morir, a sus 87 años, que el TDAH es una enfermedad ficticia, que él la inventó para responder a un síntoma que se viralizaba a mediados del siglo XX. Se trata de niños que encuentran dificultades para aprender, porque son inquietos, no prestan atención, no obedecen, son distraídos, es decir, niños que hacen demandas que habría que atender con inmediatez, antes de que hagan un berrinche. Probablemente los niños no harían berrinche si los padres no corren a atender sus demandas. Así de simple.

El TDAH es un síntoma que se presenta fundamentalmente en el contexto educativo, ya que este le hace a los niños un sinnúmero de demandas: atención, obediencia, quietud, disciplina, etc. Pero, ¿qué niño no es inquieto? "La agitación y el movimiento son propios de la infancia y no tienen, en ellos mismos, nada de patológico" (Ubieto, 2018). Los niños inquietos, es decir, casi todos, enfrentan una serie de dudas e inquietudes que son normales durante su desarrollo, "preguntas del tipo ¿qué lugar tengo yo en ésta familia? ¿Qué soy, como hijo, en el deseo de mis padres? ¿Perderé su amor si les fallo o me confronto a ellos? ¿Por qué prefieren a mi hermano/a?" (Ubieto). Todo niño se ve enfrentado a resolver estas preguntas que tienen que ver con su ser y su existencia dentro de una familia o contexto que lo acoja y le brinde lo necesario, no solo para sobrevivir, sino, sobretodo, que le brinde amor. Lo más importante para todo niño, desde el momento que nace, es sentirse amado.

Para responder esas preguntas que los angustia y los agita, el niño recurre a sus recursos simbólicos, es decir, el lenguaje y la palabra; pero si estos recursos son precarios, "sea por la edad u por otras razones, siempre les queda el paso al acto, “hablar con el cuerpo” para encontrar alguna respuesta o al menos tranquilizarse" (Ubieto, 2018). En efecto, en ocasiones, cuando el niño está muy agitado y no se calma, estamos frente a un niño que sufre por algo, algo a lo que le falta ponerle palabras; por eso hay que buscar la manera de escucharlo. "Allí es donde debemos poner nuestros esfuerzos clínicos y, cuando sea necesario, recurrir a la medicación" (Ubieto). Lacan ya lo había señalado en «Dos notas sobre el niño»: la posición del niño responde a lo que hay de sintomático en la pareja; de cierta manera, el niño es el síntoma de los padres, es el síntoma de lo que no marcha en la relación de pareja.

Para los padres es un alivio que su hijo necio, que no se queda quieto y hace berrinches, sea diagnosticado con TDAH, ya que esto los desresponsabiliza de lo que le puede estar pasando al niño; y a su vez, el niño queda desresponsabilizado de su comportamiento hiperactivo: «no soy yo, es mi trastorno». No deja de ser un alivio para todos "reducir todo este embrollo a una cuestión objetiva y localizada en el cerebro o el cuerpo, como cualquier enfermedad" (Ubieto, 2018); pero como ya vimos, no hay evidencias científicas que den cuenta de dicho trastorno, por más que los neuropsicólogos así lo afirmen, mostrando los escaners o electroencefalogramas del niño. Ya Lacan lo advertía, en 1946: "los riesgos futuros no vendrían de la indocilidad de las personas sino de la pasión por etiquetar y reducir las complejidades humanas a categorías simples" (Ubieto). Lo que pasa es que a los neuropsicólogos se les olvida que lo subjetivo existe e insiste, que la subjetividad no se reduce al cerebro. ¿Qué es lo subjetivo? Pues lo psíquico, el psiquismo, eso tan extraño que llamamos la «psique» y que es el objeto de estudio de la psicología, eso que no se localiza en ningún lugar del cerebro, así se necesite de este para funcionar. Si el psiquismo y la subjetividad se redujera al cerebro, los psicólogos estudiarían medicina y la psicología no existiría.

miércoles, 22 de febrero de 2017

457. El deseo del analista apunta a la cochinada.

Cuando un psicoanalista interviene a su paciente, su propósito fundamental es permitir que el sujeto se exprese sin ninguna censura. Es a esto a lo que se le llama «acto analítico». "El acto analítico es como tal un corte, es practicar un corte en el discurso, es amputarlo de cualquier censura, al menos virtualmente" (Miller, 2016). Esto va de la mano con la técnica fundamental del psicoanálisis: la asociación libre, es decir, la solicitud que hace el psicoanalista de que su paciente diga todas sus ocurrencias, así le parezcan inapropiadas, indecorosas o indebidas. "El acto analítico es liberar la asociación -es decir, la palabra- de lo que la constriñe, para que discurra libremente. Y entonces constatamos que la palabra liberada recupera recuerdos, pone en presente el pasado, y bosqueja un porvenir" (Miller).

El acto analítico va de la mano con lo que se denomina «el deseo del analista», que no es un deseo del orden del hacer, sino que es más bien una posición: la posición del analista en la cura, la cual "consiste esencialmente en la suspensión de cualquier demanda de parte del analista" (Miller, 2016). Esto significa que, si algo sabe hacer un psicoanalista, es suspender cualquier demanda de ser: "no se les pide (a los pacientes, a los analizantes) ser inteligentes, no se les pide siquiera ser verídicos, no se les pide ser buenos, no se les pide ser decentes, sólo se les pide hablar de lo que se les pasa por la cabeza, se les pide que entreguen lo más superficial de lo que viene a su conciencia" (Miller). Esto para nada es fácil: dejar de hacerle demandas al otro, dejar de pedirle que sea de tal o cual manera, o que responda a determinados ideales sociales, culturales, familiares, etc.; eso que se denomina en el lenguaje psicológico «el deber ser», lo cual es una demanda imperativa y constante del Otro social, del Otro cultural, y que es lo que Freud llamó el superyó. Es lo que los sujetos hacen todo el tiempo con sus semejantes, y que los llevan a juzgar permanentemente la forma de ser de los otros.

Para poder dejar de lado esa demanda de ser que regularmente los sujetos le hacen a sus parternaires, el psicoanalista debe pasar por su análisis personal. Este es el aspecto más importante de su formación: pasar por una experiencia de análisis en la que se realice con su ser una ascesis, una limpieza de ese ser -el cual no es otra cosa que una falta de ser-. Esta ascesis implica que el analizante deje de lado sus ideales, sus prejuicios, sus certezas, sus creencias, todo aquello que el sujeto cree que él es; llegar a saber que el Otro en el que él creía, no existe, no está, no va más.

El deseo del analista, entonces, no busca ajustar al analizante a nada, ni busca hacerle el bien; tampoco se trata de curarlos (MIller, 2016), por eso Freud insistía en que el psicoanalista -y todo psicoterapéuta en general- debe curarse de su furor sanandi, de su deseo de curar, si no quiere producir estragos en sus pacientes, el mismo estrago que producen las personas que intervienen a otras queriénloles hacer un bien o las que intervienen desde sus buenas intenciones.

Lo que busca el deseo del analista es llegar a obtener lo más singular que constituye el ser del sujeto, es decir, que el sujeto llegue a delimitar lo que lo diferencia como sujeto de los demás y asumirlo como propio (Miller, 2016), es decir: "Yo soy esto que no está bien, que no es como los demás, que no apruebo, pero que es esto -lo cual sólo se obtiene, en efecto, por una ascesis, una reducción-" (Miller). El deseo del analista apunta, entonces, a obtener una  diferencia absoluta, diferencia que "no se vincula con ninguna pureza, porque esta diferencia nunca es pura. Al contrario está enganchada con algo que Lacan no dudaba en llamar cochinada, esa que ustedes pescaron del discurso del otro y que rechazan, sobre la que no quieren saber nada" (Miller). Pues bien, esa cochinada es lo que Lacan denominó en su teoría «objeto a» minúscula.

viernes, 20 de noviembre de 2015

438. «La locura es consustancial a la condición humana»

¿Por qué los sujetos están todos locos? Porque cada sujeto tiene sus singularidades, y estas estorban, fastidian o molestan a los demás. Esa singularidad es el modo como cada sujeto alcanza la satisfacción de sus pulsiones sexuales -esos peculiares "gustos" que encuentran los sujetos en ciertas actividades y que pueden llegar a parecer bastante extrañas a otros, y que van, por ejemplo, desde comerse las uñas, hasta torturar animales; desde pelearse con la pareja cada fin de semana, hasta maltratar a los padres; desde tomarse unos tragos diariamente, hasta tener relaciones sexuales riegosas con desconocidos; desde lavarse las manos cada vez que se saluda, hasta elegir como pareja a un abusador o a un mantenido; etc., etc., etc.-; esta extraña satisfación que los sujetos encuentran en el malestar -lo que el psicoanálisis llama «goce»- es un asunto bastante amplio en posibilidades y mortífero para el sujeto. Esto porque el sujeto, el sujeto neurótico, alienado al inconsciente que lo determina, que condiciona su vida, lo hace la mayoría de las veces en contra de su bienestar (Dessal, 2015) -lo que el psicoanálisis denomina «pulsión de muerte»-.

Si bien "la locura es consustancial a la condición humana" (Dessal, 2015), hay un tipo de locura que, siendo también singular, es la locura del psicótico; "todos locos", sí, pero dentro de ese universal hay el loco de verdad. Para Lacan la locura fue su primera escuela, y gracias a ella, pudo postular una concepción inédita del lenguaje: él rompe "la unión ilusoria entre el significante y el significado" (Dessal, 2015), separarando la materialidad fónica del significante, del significado. Esto significa que cada sujeto tiene una significación personal de lo que escucha, es decir, "que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor" (Dessal).

"Esa independencia del significado respecto del significante (la diversidad material según las distintas lenguas), es la propiedad mágica y maldita del lenguaje humano: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, más allá de su sentido inmediato" (Dessal, 2015). Esto es lo que hace que cada sujeto sea siempre un poco loco, porque fabrica significados permanentemente cada vez que habla, "sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal).

En efecto, el psicoanálisis enseña "que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla" (Dessal, 2015), que hay un sinsentido en todo lo que decimos y un malentendido permanente en la comunicación. Es lo que nos muestra la regla del método psicoanalítico, la asociación libre, que le solicita al sujeto decir todas sus ocurrencias sin censurarlas; esto conduce al sujeto “irremediablemente a su locura personal, a enredarse los pies diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir” (Dessal). Así pues, si todos estamos locos, es " porque no existe la realidad, en el sentido universal del concepto, sino la ficción en la que cada uno vive, y que está fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal).

viernes, 6 de noviembre de 2015

437. ¿Cómo se forma un psicoanalista?

"Un diploma no autoriza a un analista. Mucho menos un diploma en psicología" (Pérez, 2015). El problema es que muchos egresados de los programas de psicología se autorizan como analistas, o hacen uso del dispositivo analítico como una herramienta más de intervención, o van a terapia durante un mes y ya se creen autorizados a psicoanalizar a otros, o hacen uso de un diván sin conocer el sentido de este mueble: ¡tener un diván en el consultorio no los hace psicoanalistas! Un diploma de pregrado o posgrado tampoco hace al psicoanalista, como si sucede con otras profesiones, como la psicología, el derecho, la medicina, etc. También existen profesiones que no requieren de títulos, pero si bien el psicoanálisis no requiere de uno, si demanda un gran compromiso y esfuerzo, sobre todo a nivel ético. Si bien "el psicoanálisis no es una psicología" (Pérez, 2015), tampoco es una filosofía o una ontología, aunque, paradójicamente, el psicoanálisis también aborda temas relacionados con estos discursos. Lo anterior no significa tampoco que el psicoanálisis no haga parte del campo "psi"; es más, el psicoanálisis es fundador de ese campo del conocimiento interesado en estudiar el psiquismo y el comportamiento del ser humano.

¿Qué es entonces el psicoanálisis? El psicoanálisis es una práctica clínica que busca tratar el sufrimiento del sujeto atravesado por sus síntomas; su herramienta de trabajo es la palabra del sujeto (Pérez, 2015). El psicoanálisis también es un método de investigación y un saber teórico formalizado sobre la condición humana. ¿Cómo se forma entonces un psicoanalista? Un analista es producto de su propio análisis, es decir, un psicoanalista se forma en un proceso de análisis personal con otro psicoanalista, un proceso que suele ser largo y dispendioso; al psicoanalista también lo forma el estudio de la clínica y la teoría psicoanalítica, y el control o supervisión que hace de sus casos una vez se autoriza a atender sus propios pacientes. Estos son los tres pilares de la formación de un psicoanalista: su análisis, sus estudios y la supervisión. La formación del psicoanalista se parece a la del músico: ¡es para toda la vida!

El psicoanálisis es una terapéutica distinta de las demás, así pues, el analista no hace sugestión ni da consejos. Freud rechaza las técnicas de la hipnosis porque se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión. ¿Y los consejos, desde dónde se dan? Pues desde el saber del sujeto, sus experiencias, sus prejuicios e incluso desde las estadísticas que dan los estudios "científicos", es decir, se dan desde lo que denomina el psicoanálisis, el fantasma del sujeto. Para dar consejos, ni siquiera se necesita estudiar psicología. Si un psicólogo se dedica en su práctica a aconsejar o a dirigir la conciencia de sus pacientes, ha perdido su tiempo estudiando, porque esto es lo que hace una madre con sus hijos: aconsejarlos, indicarles el "buen camino". Un terapeuta no debe comportarse como un padre u un buen amigo, porque si así lo hace, está interviniendo desde su propio fantasma, esa Otra escena que guía sus decisiones y su destino; el fantasma es, en otras palabras, la manera como el sujeto ve e interpreta el mundo que le rodea, con sus prejuicios, esquemas mentales y paradigmas adquiridos en la educación recibida, lo que se denomina vulgarmente «psicología del sentido común». Es por esto que un analista, "debe "olvidar lo que sabe": tiene la obligación de olvidarlo" (Pérez, 2015) ¡y hacerse psicoanalizar!

lunes, 20 de abril de 2015

423. ¿Por qué se encuentra en el lenguaje la condición de la familia humana?

Lacan (1971), en Función y campo de la palabra y del lenguaje, aísla el principio formal que rige la alianza entre las familias humanas y lo nombra “Ley primordial”; esta Ley primordial es lo que separa al mundo humano del mundo animal y, además, esta ley se hace conocer como siendo idéntica al mundo del lenguaje. Es el lenguaje el que introduce un principio formal que traza un abismo entre el ser hablante y el dominio de los seres vivientes, los cuales no tienen posibilidad de acceder a la palabra ni de inscribirse en el campo del lenguaje.

Así pues, el lenguaje es la condición esencial de la estructura de la familia humana. ¿Por qué se encuentra en el lenguaje la condición de la familia humana? ¿Qué es lo que caracteriza la familia humana? La diferencia entre la familia humana y la familia animal es que en la familia humana se pueden nombrar las relaciones de parentesco, y en función de esa nominación los sujetos se reconocen en un lugar como hijos de, hermanos de, nietos de, sobrinos de, esposa de o marido de... entonces, primero se tiene, gracias al lenguaje, el funcionamiento de la nominación, que permite diferenciar un lugar, una plaza; permite también diferenciar las generaciones en el hilo de un linaje. Es decir, que en la familia humana un sujeto encuentra un lugar en el mundo, pudiéndose contar como hijo, nieto, biznieto o tataranieto; y puede también construir un árbol genealógico hasta donde hay una inscripción simbólica (Lacan, 1971).

La Biblia maldice la confusión de generaciones. ¿Cuándo se produce confusión de generaciones entre los seres hablantes? Cuando ciertos principios que rigen la diferenciación de la generación no se cumplen. No es lo mismo tener una inscripción como sujeto y un lugar en una familia, y un lugar en una generación, que no tenerlo. El que padece la confusión de generaciones está absolutamente asignado a un lugar que no le permite asumirse ni como hombre ni como mujer, ni como sujeto. Entonces, ¿cuál es la condición formal para la diferenciación de las generaciones? Se sabe que a los niños les gusta jugar a la familia y ponen en juego el principio fundamental de organización de ésta, porque el juego en los niños es una actividad fundamentalmente lógica. Es decir, que los niños juegan, entre otras cosas, para resolver problemas de orden lógico, así como los matemáticos los resuelven en una elaboración matemática -los que hacen un análisis los resuelven en una elaboración analítica-.

Los problemas de orden lógico con los que los niños se confrontan en su existencia, los resuelven en el juego; en todo caso, tratan de articularlos en el juego. Entonces, los niños que juegan a la "familia" saben muy bien que para construir una familia hay que construir un conjunto. ¿Qué quiere decir “construir un conjunto”? quiere decir meter en el interior de un círculo una serie de elementos que están adentro porque responden todos a una característica, o porque hay un rasgo que los define como siendo todos miembros de ese conjunto. Por ejemplo, se puede aislar el conjunto de los rojos, de los verdes, de las frutas, de las flores, etc.; así pues, en el conjunto de los rojos caen todos los “X” que se subsumen al nombre rojo (Lacan, 1971).

Ahora bien, ¿cuál es en la familia conyugal el elemento identificatorio que permite seriar la propiedad identificatoria del grupo familiar? En la familia conyugal esa propiedad está asegurada por el apellido. El apellido identifica al grupo familiar y es aquello que se transmite de una generación a otra por vía patrilineal, es decir, que se transmite de padre a hijo; es el padre quien hace posible que haya transmisión del apellido al hijo. Se dirá que el apellido es una mera inscripción civil, pero la experiencia analítica enseña que aquellos sujetos en cuyo linaje se encuentra una adulteración del apellido, una mentira con respecto al apellido, una no inscripción del apellido del padre porque no reconoció al hijo, esos sujetos llevarán toda la vida la marca de un defecto a nivel de la identificación simbólica. Más allá de la identidad civil, que el asegura al sujeto la inscripción, el apellido es un elemento que depende de una función que en el psicoanálisis lacaniano se denomina «Nombre-del-Padre».

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...