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martes, 4 de noviembre de 2025

560. El sujeto no es como se piensa: cinco ideas sorprendentes y contraintuitivas

¿Por qué se piensa lo que se piensa? ¿Por qué se desea lo que se desea y se tropieza una y otra vez con las mismas piedras? El psicoanálisis lacaniano responde a estas preguntas con cinco ideas sorprendentes y contraintuitivas que Miller (2015) exploró en sus seminarios en Caracas y Bogotá. Veamos.

Primero. La mente no es un palacio ordenado, es una casa después de un terremoto. Miller (2015) compara la teoría de Freud no con un palacio, sino con la ciudad de Caracas: un "zaperoco" vibrante, un desorden que creció orgánicamente, lleno de vitalidad y contradicciones. Esta idea es liberadora, ya que enseña que la experiencia de entender al sujeto no es un paseo por un jardín, sino más bien por una casa extraña en la oscuridad, donde inevitablemente se tropezará y se harán "chichones". Esto permite aceptar las contradicciones del sujeto sin buscar una coherencia perfecta que, simplemente, no existe.

Segundo. No es el sujeto el que habla el lenguaje; el sujeto es hablado por el lenguaje. Se cree que el lenguaje es una herramienta que el sujeto usa a voluntad para expresar sus pensamientos. El psicoanálisis invierte radicalmente esta idea: el gran descubrimiento de Freud sobre el inconsciente es, en esencia, que el sujeto es "hablado por el lenguaje" (Miller, 2015).

Cuando el sujeto habla en un análisis, donde se lo invita a decir lo que se le venga a la mente, se revela una estructura que precede al sujeto, que lo moldea y lo constituye. El lenguaje no es un simple vehículo; es la matriz misma donde los pensamientos, deseos y conflictos toman forma, a menudo de maneras que lo sorprenden. Así pues, los lapsus, chistes o actos fallidos no son errores de comunicación. Al contrario, son la prueba de que algo más habla a través de del sujeto. Como decía Lacan, "todo acto fallido es un discurso logrado" del inconsciente. Es el lenguaje mismo revelando una verdad que el sujeto no pretendía decir.

Tercero. El significado de lo que se dice se decide hacia atrás. Se piensa que el sentido de una frase se construye de forma lineal: la primera palabra, luego la segunda, y así sucesivamente. Lacan muestra que la ley del discurso es exactamente la opuesta. Por ejemplo, el remate final de un chiste es lo que resignifica todo lo que se dijo antes, dándole un sentido completamente nuevo e inesperado. De la misma manera, el sentido completo de lo que dice un sujeto solo se fija retroactivamente, desde un punto futuro. 

Esto se aplica a la escala de la vida entera. Un evento que ocurre hoy puede resignificar por completo una experiencia que se tuvo hace veinte años, dándole un sentido que nunca antes tuvo. Esta idea invita al sujeto a permanecer abierto, a aceptar que el significado de sus historias personales nunca está completamente cerrado. La ley propia del discurso es que siempre es a partir del punto que está delante, en retorno, como el sujeto se acerca al sentido de lo que ya se recorrió.

Cuarto. El deseo más profundo del sujeto no busca ser satisfecho. Se vive en una cultura que confunde constantemente la necesidad con el deseo y que promete la satisfacción total como meta última. El psicoanálisis traza una distinción crucial y radical. Una necesidad, como el hambre, se calma con un objeto específico (la comida). Una vez satisfecha, desaparece. El deseo, en el sentido freudiano, funciona de una manera completamente distinta. Miller (2015), siguiendo a Freud y Lacan, lo describe como "indestructible" y "esencialmente insatisfecho".

El deseo nace de una falta que no puede ser colmada, como si faltara una pieza del rompecabezas. Es una falta constitutiva del ser, una falta en ser. Por eso, va en contra de toda la cultura de la autoayuda que promete la plenitud. De hecho, fue la figura de la histérica quien guio a Freud en sus inicios, precisamente porque "es el sujeto en el que la insatisfacción del deseo es más manifiesta". La ética del psicoanálisis, según Lacan, no es lograr la satisfacción, sino algo mucho más complejo: "no ceder en cuanto al deseo". El deseo, en el sentido de Freud, el deseo inconsciente, es un deseo siempre particular para cada sujeto, excéntrico, que no camina en el sentido de la supervivencia y la adaptación; es esencialmente insatisfecho. (Miller, 2015)

Quinto. El verdadero poder no está en hablar, sino en escuchar. Se suele asociar el poder en una conversación con quien habla. Lacan presenta una tesis sorprendente: el poder fundamental, el "poder discrecional", reside en quien escucha. Así pues, el sentido de un discurso no está contenido únicamente en las intenciones del hablante. Es la escucha del oyente lo que le confiere su significado. 

El analista, explica Miller (2015), toma este poder y lo eleva a "una potencia segunda" para guiar la cura. Esto revela la responsabilidad que tiene el analista al ofrecer su escucha, un acto capaz de dar forma a la realidad del otro. No solo el sentido del discurso reside en el que lo escucha, sino que es de su acogida de la que depende quién lo dice.

jueves, 28 de septiembre de 2017

464. El sujeto no se reduce al cerebro

La mereología, "el estudio de las relaciones entre partes, tanto de las partes con el todo, como de las partes con otras partes" (Varzi, 2010), se convierte en una falacia en el momento de abordar el estudio del cerebro. "Adscribir al cerebro capacidades subjetivas sería un ejemplo de falacia mereológica" (Levy Yeyati, 2017). Si bien se le adscriben al cerebro todo tipo de capacidades cognitivas, perceptivas y volitivas, el problema es que el cerebro no es un sujeto: "ver, saber, creer es propio de la experiencia humana, no de los sistemas y aparatos del cuerpo humano" (Levy Yeyati). Reducir el sujeto o la subjetividad humana al cerebro, es un craso error de las neurociencias, a partir del cual piensan que las patologías del individuo responden a daños en el funcionamiento del cerebro, y que basta con corregir esos daños para que el sujeto empiece a funcionar "bien" de nuevo, es decir, piensan que el sujeto se puede arreglar "reseteando" el cerebro o interviniendo su quimismo y funcionamiento eléctrico.

Así pues, si el sujeto padece de algún síntoma, los neuropsicólogos escanean el cerebro haciendo una resonancia magnética; buscan localizar el lugar exacto donde hay un “cable suelto”. El problema de las neurociencias es que intentan localizar todas las funciones subjetivas en el sistema nervioso central; no se han dado cuenta de que “hay algo de la dimensión subjetiva fundamental que no puede localizarse en el sistema nervioso central, que es exterior a él, que actúa como una suerte de parásito del sistema nervioso central y algunos (neurocientíficos) se dan cuenta de que eso es el lenguaje (Bassols, 2012)”. El lenguaje, que preexiste al sujeto y constituye un Otro extranjero para él en un primer momento, es una especie de "alienígena" que viene a alienar (valga la redundancia) al sujeto. Es una alienación necesaria si se quiere hacer de ese organismo, de ese sistema nervioso central, un sujeto, un ser humano.

En efecto, Lacan nos ha enseñado que el Otro simbólico -el lenguaje-, es una suerte de parásito que una vez se “apodera” del cerebro, trastorna todo el sistema nervioso central, modificándolo permanentemente, incluso patologizándolo, y transformando ese organismo en un cuerpo, es decir, en una representación que hace el sujeto de sí mismo, representación que solo es posible en la medida en que el sujeto hace uso del símbolo, del lenguaje. A partir de ese momento, cuerpo y organismo no son la misma cosa, así las neurociencias sigan pensando que se puede reducir el cuerpo y la subjetividad al organismo (Bassols, 2012).

Lacan siempre rechazó localizar la génesis del trastorno mental en el sistema nervioso (Laurent, 2008), ya que él tenía claro que lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico, cosa que la ciencia y las neurociencias no logran comprender. No hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje y que por lo tanto también es materia–, con esa otra sustancia que es el organismo físico, incluido el cerebro. El psicoanálisis no niega ese soporte físico para la subjetividad que es el cerebro; el problema está en que eso que el psicoanálisis llama «sujeto», es el que determina el sentido, el sentido de todo: de la vida, de las palabras, de los hechos; es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene el «sujeto», ese que funda la subjetividad (Bassols, 2012).

El cerebro, sustancia física, funciona como una memoria; pero así funcione como una memoria, no sabe nada (Bassols, 20012). Esta situación se parece a lo que sucede con Google, el cual es un cerebro virtual gigante: tiene mucha información guardada en sus servidores, en sus “cerebros”, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando se busca una información en Google aparecen un sin número de resultados. Y esto sucede porque una palabra no tiene un solo sentido; una palabra tiene muchos sentidos, es polivalente, tiene múltiples significados. ¡Esto es lo que hace bruto a Google!; Google cumple con saber dónde está la información, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller). Y es por esta razón que la subjetividad no se puede reducir al funcionamiento del cerebro.

viernes, 17 de junio de 2016

449. La causalidad psíquica no es causalidad física.

Lacan, en su texto Acerca de la causalidad psíquica, "rechaza localizar en el sistema nervioso la génesis del trastorno mental" (Laurent, 2008); esto porque, para el psicoanálisis, lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico. Esto es algo que la ciencia, y particularmente las neurociencias, no logran comprender: no hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje–, con esa otra sustancia física que es el organismo, el cerebro. Mientras que la neuropsiquiatría se ha dedicado a describir la "actividad psíquica" del cerebro, el psicoanálisis determina otro típo de causalidad para los trastornos del sujeto; ya no una causalidad orgánica, sino subjetiva, sobretodo allí donde se presenta el sujeto del inconsciente: en "el fallo, el defecto, la falta" (Miller citado por Laurent). En efecto, el psicoanálisis va a encontrar al sujeto allí donde –digámoslo de esta manera– el "sistema" falla, allí donde el sujeto erra, se equivoca, se tropieza –piénsese por ejemplo en los actos fallidos y en los síntomas–. "Lacan opone a "la actividad psíquica, repetición del funcionamiento neuronal", la "cadena bastarda de destino e inercia, de golpes de dados y estupor, de falsos éxitos y encuentros desconocidos que constituye el texto corriente de una vida humana"" (Lacan (1966) citado por Laurent)

Así pues, los fenómenos clínicos observados en la neurósis, y más aún en las psicosis, como lo es, por ejemplo, la alucinación, se observa que lo que se pone en juego es "una significación personal que apunta al sujeto" (Laurent, 2008), es decir que "la locura es vivida íntegra en el registro del sentido" (Lacan (1966) citado por Laurent). Y el sentido, la significación, ¿dónde se localiza en el cerebro? El psicoanálisis no niega para nada que hay un soporte físico –el cerebro– donde los significantes –trazas materiales– dejan una huella –huella mnémica–, así como también el significante –materia fónica­– puede quedar inscrito en una grabadora, o en un cuaderno, o en un computador; el problema es que ¡los significantes no son significados! (Bassols, 2012), es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene esa extraña "sustancia" a la que llamamos «sujeto», que es la que funda la subjetividad.

El cerebro es una sustancia física donde se puede guardar mucha información; se parece, entonces, a un disco duro de un computador (siendo, por supuesto, mucho más complejo el cerebro que un disco duro); pero el cerebro funciona como una memoria, solo que no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google, que parece un cerebro virtual gigante: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando Ud. busca una información en Google y coloca significantes en el buscador, aparecen un sin número de resultados. ¿Esto por qué? ¡Porque una palabra no tiene un solo sentido! Un significante es polivalente, tiene múltiples significados. Esto es lo que hace a Google bruto; Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller).

Entonces, ¿qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. ¿Entonces quién? Pues, ¡el sujeto!

Es por todo lo anterior que el psicoanálisis dice que, para los trastornos mentales –no todos, por supuesto– hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica. ¿Dónde se localiza esta causa si el psiquismo si no es objetivable? El gran pecado de la ciencia positivista es que piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis, en cambio, ubica la causa de la subjetividad –del psiquismo–, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo; el lenguaje funciona como una especie de "parásito" que afecta el funcionamiento del organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa o cuando se enamora: ¡hay que ver cómo se afecta el quimismo del cerebro cuando este se enamora! Así pues, la materialidad del inconsciente, del sujeto del inconsciente, "está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir" (Laurent, 2008). Por eso la causalidad psíquica que plantea el psicoanálisis es distinta a la que plantea la psicología, es opuesta a la de "los principios de funcionamiento del sistema nervioso, que competen a las leyes de la biología y la física" (Laurent).

martes, 1 de abril de 2014

394. «La salud mental… no nos la creemos»

“La salud mental, seamos francos, no nos la creemos. Si, no obstante, hemos usado ese término, es porque nos ha parecido que podía mediar entre el discurso analítico y el discurso común, el de la masa” (Miller, 3013). En efecto, el psicoanálisis pone en cuestión este concepto, incluso llega a decir que ella, la salud mental, no existe, así se aspire a ella.

Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que “cada uno tiene su vena de loco” (Miller, 2013), incluidos, por supuesto, los psicoanalistas; por eso Miller (2013) dice que el psicoanalista está implicado en cada caso clínico. “Estamos dentro del cuadro clínico y no sabríamos descontar nuestra presencia ni prescindir de sus efectos. Tratamos, sin duda, de comprimir esa presencia, de esmerilar sus particularidades, de alcanzar el universal de lo que llamamos el deseo del analista (…) lavar las escorias remanentes que interfieren en la cura” (Miller).

En la antigüedad “a la salud mental se le llamaba sabiduría o virtud. Para establecerla, se la ponía en relación con el amor por el otro, con el amor por el Otro divino” (Miller, 2013). Por esta razón, la salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. “El dominio de la parte racional del alma toma hoy día la forma del discurso de la ciencia y es a través de la ciencia como el amo promueve la salud mental y se preocupa de protegerla, de restablecerla, de difundirla entre lo que se llaman las poblaciones” (Miller).

El paradigma de la ciencia es pensar que hay una concordancia del sujeto con lo real, que su mente y su cuerpo pueden armonizar con su mundo, olvidando por completo lo que Freud denominó «malestar en la cultura». “Desde Freud, ese malestar ha crecido en tales proporciones que el amo ha tenido que movilizar todos sus recursos para clasificar a los sujetos según el orden y los desórdenes de esta civilización. Ahora es como si la enfermedad mental estuviera por todos lados; en todos los casos, lo psy se ha convertido ya en un factor de la política” (Miller, 2013). El discurso del amo ha penetrado la dimensión psy, lo mental, de tal modo que “el acceso a los psicotropos está ya ampliamente conseguido y la psicoterapia se expande en sus modos autoritarios” (Miller).

Este dominio, que ayer escapaba en gran parte a los gobiernos, es objeto ahora de regulaciones con exigencias cada vez más grandes. Eso va paralelo al reconocimiento público del psicoanálisis pero con la intención, aunque sea desconocida para sus promotores, de desvirtuarlo. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller, 2013). El sujeto es el primero en protestar contra el malestar en la civilización, y en el momento de acudir al discurso analítico, “este discurso se pondrá en marcha para él solo: para él, el Uno solo, como decía Lacan, separado de su trabajo, de su familia, de sus amigos y de sus amores. Lo que el sujeto encuentra en el psicoanálisis es su soledad y su exilio” (Miller).

Para el psicoanálisis solo existe el Uno solo. “Un psicoanálisis comienza por ahí, por el Uno solo, cuando uno no tiene más remedio que confesarse exiliado, desplazado, indispuesto, en desequilibrio en el seno del discurso del Otro” (Miller, 2013), del discurso del amo. Al final del análisis se espera que el sujeto ya no sea más un incauto, un ingenuo respecto de su inconsciente y sus artificios, y que el síntoma, “una vez descargado de su sentido no por eso deja de existir aunque bajo una forma que ya no tiene más sentido” (Miller). Esa es la única salud mental que el sujeto es capaz de conseguir.

domingo, 20 de febrero de 2011

243. Imaginería magnética.

Es indudable que el cognitivismo le aporta a la neurobiología y a la observación de imágenes cuestiones psicológicas. “A saber: ¿qué pasa en el cerebro? ¿Qué es observable en la imaginería cuando hay transmisión de informaciones? ¿Cuándo hay conocimiento? ¿Cuándo hay emoción? ¿Qué se ve cuando hay tristeza? ¿Qué se ve cuando hay alegría? ¿Qué se ve cuando hay decisión? ¿Qué se ve cuando hay palabra y escucha, escritura y lectura?” (Miller, 2008). Gracias a esa observación los neuropsicólogos recolectan gran cantidad de hechos de observación, a partir de los cuales el cognitivismo infierne procesos mentales que estarían causando los comportamientos del sujeto y que darían cuenta de las observaciones hechas en las resonancias magnéticas, las cuales se ha constituido en la herramienta esencial de las investigaciones de estos behavioristas. Es lo que Miller denomina «imaginería magnética», la cual muestra claramente la explotación que hace el cognitivismo de los métodos de la biología. Se observan, entonces, cuales son las neuronas y las zonas cerebrales que están activas en el sujeto en determinados momentos, y porque se constata una correlación entre unos y otros, se piensa que se está más cerca de los mecanismos del pensamiento.

Como bien dice Miller (2008), “la psicología ha pasado, aquí, de la observación de comportamientos a la observación de las neuronas”, legitimando así la reducción de la realidad humana al cerebro, es decir, “que el hombre es esencialmente un cerebro, y que el cerebro es una máquina para tratar la información.” (Miller). Es darle un estatuto de objetividad a la subjetividad a través de esa imaginería cerebral. Dicha observación responde, a su vez, a ese nuevo ideal contemporáneo del positivosmo y el discurso científico de cuantificar todo lo humano.

lunes, 4 de octubre de 2010

168. ¿Mente sana en cuerpo sano?

Hoy en día se observa el poder de influencia y de manipulación que tienen los medios de comunicación sobre la psiquis de niños, jóvenes y adultos. Son muchos y muy variados los mensajes y las voces que los medios de comunicación (radio, televisión, revistas, Internet, etc.) envían a todo el mundo. Son mensajes que están permanentemente al servicio del mercado, es decir, del consumismo "alocado" al que se ha acostumbrado nuestra sociedad; precisamente por eso se la llama «sociedad de consumo».

Esas voces, voces publicitarias, están diciendo constantemente a todos los sujetos a qué deben parecerse y cómo deben ser y, por supuesto, qué consumir: cómo vestir, cómo actuar, cómo comportarse, qué poseer, qué comprar, con quien salir, a dónde ir, que bebida tomar, qué droga automedicarse, etc. Es de destacar el hecho de que la mayoría de esos mensajes tienen una estrecha relación con el comportamiento sexual y con la agresividad. La mayoría de los mensajes sobre tendencias, modelos y modas, involucran a una mujer o a un hombre esculturales, con diminutas prendas, y junto a ellos, el producto que se vende, o si no, los muestran en acciones heroicas, llenas de adrenalina y rudeza, para poder explotar, con estas maniobras publicitarias, el deseo sexual y el deseo de poder.

Voces e imágenes inundan, irremediablemente, todo el espacio familiar, y nos dicen a qué hay que igualarse para estar al día, para estar en forma, para parecer más joven, para parecer un hombre de verdad o un empresario competente; para parecer la mujer, la madre, el niño y el joven que hay que ser.

Esta parece ser la consigna del mundo moderno: «más limpios, más blancos, más sanos» más «ligth». Se ha vuelto a la antigua sentencia griega de «mente sana en cuerpo sano», sólo que ahora esto se ha convertido en un imperativo que ha llevado a las personas, presas del consumismo, a gastar su tiempo y dinero en gimnasios, dietas, cirugías y productos de belleza. Esto por un lado, porque por el otro está todo aquello que sirve para la ostentación, el lujo, la apariencia de poder: el vehículo más potente, el equipo de sonido con más «wats» de salida, el computador más rápido, los tenis más lujosos, lo último en tecnología, lo más sofisticado de la ciencia, etc.

Se observa, entonces, una relación estrecha entre la ciencia y el mercado: El mercado explota el deseo de los seres humanos con el capitalismo. La tecnología, hija de la ciencia, nos hace creer que lo que nos falta está en el mercado, pero el psicoanálisis nos enseña que ningún objeto puede completar al sujeto. Aparece contemporáneamente un hombre siervo de la ciencia y una definición nueva de hombre: el esclavo moderno, el proletariado, el consumidor. Este no es más que un sujeto perseguido por la ciencia y el mercado, y alienado en esta «sociedad de consumo».

sábado, 24 de abril de 2010

59. Lo mental no anda.

Cuando se habla de “patología” en el ser humano, se alude a un daño, a un desorden en el cuerpo físico. El organismo humano como tal, suele tener, si no ha sido dañado o maltratado en alguno de sus órganos, un funcionamiento armónico y saludable. Si algo no funciona o funciona mal, entonces hay enfermedad, es decir “patología”. Pero esta palabra también se emplea a propósito de la mente, de la psique humana.

Los trastornos mentales o “psicopatológicos”, hacen referencia a que algo “no anda bien” en la mente de un sujeto. La “psicopatología” describe los trastornos mentales en la medida en que lo psíquico es considerado como un órgano más del cuerpo, el cual tiene como función fundamental, ayudar a la adaptación del ser humano a la realidad. El hecho de considerar la mente como un órgano, es lo que ha llevado a la ciencia contemporánea a reducir toda psicopatología a la ciencia del cerebro; es decir que la causa de la enfermedad mental se la busca únicamente en la materia gris.

En los animales también hay una dimensión mental. Si un ser viviente tiene un aparato sensorial -vista, oído, tacto, olfato y gusto- que le permita sentir y percibir el ambiente, entonces se puede decir que tiene una mente. Lo mental como órgano sólo es posible si hay un aparato sensorial; lo uno es consecuencia de lo otro.

El psiquismo es, entonces, aquello que viene a completar la parte orgánica del ser viviente. El aparato sensorial, más lo mental, le permite a cualquier animal, buscar y encontrar lo necesario para sobrevivir. El animal que está libre en su hábitat natural, testimonia una adecuación entre lo mental y lo físico. Y esto es un estado ideal, un ideal que el ser humano expresa con el refrán “mente sana en cuerpo sano”.

Pero mientras que los animales forman parte de un todo armónico con el espacio que los rodea, el ser humano parece no funcionar así. Éste demuestra tener una fuerte inclinación a destruir su entorno y su organismo. Y este comportamiento autodestructivo por parte del sujeto habla de una profunda patología en él. Algo “no anda bien” en su psiquismo, en su mente; y ésto, que hace parte de su "naturaleza", no parece tener solución en él.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...