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miércoles, 4 de abril de 2012

338. El carácter del neurótico obsesivo.

El carácter, ese conjunto de cualidades propias de una persona, que la distingue por su modo de ser u obrar, es un tema que Freud desarrolló en su texto Carácter y erotismo anal (1908). Freud aborda allí tres rasgos del carácter del neurótico obsesivo -el orden, la avaricia y la terquedad- y explica cómo se forman éstos a partir de mecanismos psíquicos como las formaciones reactivas (expresión opuesta a la de un deseo reprimido que el sujeto evita expresar) y la sublimación (orientar la pulsión sexual hacia objetos de la cultura). El neurótico obsesivo, entonces, fue un sujeto que, en su infancia, gozaba de metas sexuales en la zona erógena del ano. Como las excitaciones provenientes de las zonas erógenas -como las del ano- se vuelven inutilizables para metas sexuales en nuestra civilización actual, se crean en la vida psíquica formaciones reactivas como la vergüenza, el asco y la moral -denominados por Freud diques psíquicos, en cuanto que se oponen a la activación de la satisfacción sexual pulsional- (Freud, 1976). Por tanto, en los rasgos de carácter que presentan los antiguos poseedores del erotismo anal, es decir, los neuróticos obsesivos, se verán los efectos de esas formaciones reactivas y la sublimación: orden, avaricia y terquedad.

Pero el orden, la avaricia y la obstinación no son las únicas características del neurótico obsesivo. También se caracteriza por la procrastinación (aplazar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes), la ubicuidad (querer presenciarlo todo) y la oblatividad (la entrega al deseo del Otro), que hace del obsesivo un sujeto que rebaja su deseo a la demanda del Otro, presentándose como muy complaciente -"le pertenezco", "hay que cumplir con el patrón"-, o mejor, con una gran pasión por la esclavitud (García, 2007). Esto lo hace un trabajador leal, que gusta del trabajo forzado. Esto mismo es lo que hace que él espere la muerte del Amo, con la ilusión de que su vida recién comenzará cuando muera su jefe.

También el obsesivo suele renegar de la muerte; se suele sentir culpable de todo -es un sujeto muy moralista-; su deseo se suele manifestar como deseo de lo imposible (la imposible satisfacción del deseo del Otro); suele sostener una eterna deuda que no paga, y es cruel y déspota con las personas que ama; le cuenta sobremanera manifestar sus sentimientos, por eso parece tener un "corazón de piedra"; si manifiesta sus sentimientos, se presenta como un sujeto en falta, y si algo aterra al obsesivo, es mostrarse castrado, en falta. Por esta misma razón es que no reconoce fácilmente sus errores, presentándose terco y obstinado en sus argumentos -"yo tengo la razón, el que se equivoca eres tu"-. Suele ser también un sujeto narcisista y, por tanto, rechaza con vehemencia las diferencias -"los que no están conmigo, están contra mi"-. Sus preguntas existenciales se dirigen al ser y la muerte y, finalmente, la pregunta estructural del obsesivo bordea una imposibilidad lógica: "¿cómo ser padre sin matar a mi padre?" (García, 2007).

lunes, 18 de abril de 2011

298. Conciencia de culpa y renuncia a lo pulsional.

Freud se pregunta en El malestar en la cultura (1930) por qué razón la conciencia moral de los sujetos más buenos y obedientes alcanza una severidad tan extraordinaria, lo cual resulta verdaderamente paradójico. Él responde a esta pregunta de la siguiente manera: “Al comienzo, la conciencia moral (mejor dicho: la angustia, que más tarde deviene conciencia moral) es por cierto causa de la renuncia de lo pulsional, pero esa relación se invierte después. Cada renuncia de lo pulsional deviene ahora una fuente dinámica de la conciencia moral; cada nueva renuncia aumenta su severidad e intolerancia, y estaríamos tentados de profesar una tesis paradójica: la conciencia moral es la consecuencia de la renuncia de lo pulsional; de otro modo, la renuncia pulsional impuesta desde afuera crea la conciencia moral, que después reclama más y más renuncias”. (1980, p. 124)

Paradójico también es el hecho de que esa conciencia de culpa castigadora es en gran medida necesaria para garantizar la convivencia entre los seres humanos. “Puesto que la cultura obedece a una impulsión erótica interior, que ordena a los seres humanos a unirse en una masa estrechamente atada, sólo puede alcanzar esta meta por la vía de un refuerzo siempre creciente del sentimiento de culpa. Lo que había empezado en torno del padre se consuma en torno de la masa.” (Freud, 1980, p. 128). Es decir, así como la constitución de la sociedad reposa en la culpa compartida por el crimen perpetrado en común -el asesinato del padre de la horda primitiva-, la ética va a estar supeditada a las necesidades objetivas de la sociedad y a las expiaciones exigidas por la conciencia de culpa. Así pues, el lazo entre ética y sentimiento de culpa es, a partir del psicoanálisis, inescindible.

miércoles, 23 de marzo de 2011

272. Misión política de los psicoanalistas.

Con respecto al trabajo y la cultura, la idea de Freud es que el primero reprime la libido, y la segunda reprime la pulsión, y si bien él luchó contra la opresión sexual, hay que señalar que la licencia sexual que se observa contemporáneamente, es también causa de sufrimiento neurótico, lo que se puede traducir como «a menor represión, mayor pulsión» -y por lo tanto, paradójicamente, mayor sufrimiento-. Entonces, ¿qué hacer? La respuesta del psicoanálisis es que no es a causa de la cultura que hay sufrimiento, sino que la cultura está hecha para reprimir la pulsión. Así pues, no se puede pensar más a la cultura como la causa del sufrimiento, sino que ella es efecto, es síntoma. La cultura es el síntoma del fracaso de los seres humanos por reprimir la pulsión. Cuanto más se reprime la pulsión, más la pulsión persevera, volviendo a los seres humanos culpables. En el fondo, toda sociedad está construida sobre la tentativa de limitar la pulsión; así por ejemplo, si se piensa que el hombre explota al hombre para gozar más, a partir de que la cultura es un síntoma -un efecto-, habría que pensar que la explotación es una de las formas que tiene el ser humano para tratar a la pulsión.

Existe pues, desde Freud, una asignación política dada al psicoanalista en nombre de la razón, y es la de luchar contra los traumatismos infligidos a la pulsión y contra la ilusión provocada por la sed de autoridad. La autoridad es invocada precisamente para ponerle un límite a la pulsión. Pero la nueva misión que Freud le asigna a los psicoanalistas -misión de carácter político- es la de habituar a los hombres a vivir sin ilusiones. Por ejemplo, al nivel de los ideales de justicia social, Freud propone el abandono de dichos ideales. Si Freud asigna esto al psicoanálisis es para hacer de la justicia, no un ideal, sino una certeza, es decir, la causa de un deseo. No se trata para nada de suprimir los ideales de la sociedad, sino hacer de esos ideales, no ideas, sino puntos de real. Por eso al psicoanalista le inquieta el hecho de que los valores humanos sean ideales, y no puntos de certeza.

Entonces, la lección política de Freud es que cada uno sienta en sí mismo esa profunda maldad que habita en cada ser humano -la pulsión de muerte-, no como algo moral, sino como un punto de certeza (Leguil, 1998); que cada sujeto haga la experiencia de esa porquería, no como ideal, sino como que nuestro ser está en la pulsión, y que la pulsión arruina los ideales -es de esto que se testimonia en el pase-. Esta es la razón por la que, para un psicoanalista, la igualdad, la libertad y la fraternidad no son valores, sino síntomas de la sociedad contemporánea.

viernes, 19 de noviembre de 2010

202. La posición sexual: ¿psíquica o biológica?

El psicoanálisis no es una teoría ambientalista en el sentido de la ciencia positivista. El psicoanálisis sería una teoría “ambientalista” si se considera que el medio "natural" del ser humano es el lenguaje, y no, el medio ambiente natural. Así, por ejemplo, si el psicoanálisis tiene en cuenta la relación del sujeto con sus padres, es en la medida en que ellos le transmiten, gracias al lenguaje, con sus enunciados y sus enunciaciones, con sus dichos y sus decires, cuál es el lugar que él ocupa en el deseo de aquellos, lo cual determina, en gran medida, su posición subjetiva en el mundo; entre otras cosas: si se siente como un hombre o como una mujer, independientemente de que tenga un pene o una vagina. Esto significa, en términos sencillos, que la posición subjetiva de los hijos, se corresponde con el tipo de padres que la persona ha tenido. Hay aquí una determinación, ya no genética o ambiental, sino psíquica. Con respecto a la posición sexual del sujeto, el discurso de la ciencia -del cual el psicoanálisis es su reverso- plantea que el medio ambiente hormonal del embrión -y de los genes en los cromosomas- son los responsables de la masculinización o feminización del cerebro. Se trata entonces de dos paradigmas diferentes, en el cual la determinación del sujeto en uno de ellos es psíquica, y en el otro, física, es decir, biológica.

De esta manera, que la ciencia diga que la posición sexual de un sujeto depende de las hormonas, es una manera de desresponsabilizar al sujeto de su posición sexual. Para el psicoanálisis, todo sujeto es responsable de su posición subjetiva, por esta razón, es tan irresponsable el homosexual que diga que no tiene la culpa de ser así, como el heterosexual que diga que no tiene la culpa de ser así. La culpa es la enfermedad de la responsabilidad, es decir, sólo se siente culpable aquel que se siente responsable de lo que hace o dice, y responder por las consecuencias de nuestros actos y por nuestra posición en la vida, es lo mínimo que se le exige a un ser humano en tanto que es un ser ético. ¿O es que acaso la ética depende de un gen o alguna hormona? Justamente, la conciencia moral de los seres humanos introduce una dimensión que lo separa de las determinaciones de la naturaleza. La ciencia lo sabe bastante bien, por esta razón los científicos positivistas no se han puesto a buscar el gen o la encima que en el cerebro determina la «conciencia moral» o «conciencia de culpa». Aunque no falta mucho para que esto suceda y la ciencia especule diciendo que ya lo ha encontrado.

sábado, 6 de noviembre de 2010

194. ¿Qué es ser hombre y qué es ser mujer?

Hoy en día casi es una herejía decir que un homosexual se hace, ya que el discurso de la ciencia, tan imperativo, tan dominante, tan presente en el discurso de los hombres, insiste en decir reiteradamente que los homosexuales nacen; el discurso de la ciencia se hace hipótesis que dicen que la homosexualidad obedece a un asunto del quimismo del cerebro, o de su tamaño en algunas de sus partes, o a un gen, un gen “gay”. Es decir que la ciencia reduce el sujeto al organismo y por esta razón, delira. Hoy casi todos los homosexuales dicen que nacieron así; repiten lo que dice el discurso del Otro, el discurso de la ciencia, discurso que los des-responsabiliza de su posición subjetiva, es decir, ellos ya no se sienten más responsables de su posición sexual, después de todo, la culpa la tiene un gen. Para el psicoanálisis el sujeto heterosexual, tanto como el homosexual, se hace, y es igual de difícil llegar a ser homosexual como heterosexual.

La pregunta, entonces, que nos debemos hacer, es: ¿Qué es ser hombre y qué es ser mujer? La respuesta del discurso de la ciencia a esto es: tener pene es ser un hombre y tener vagina es ser una mujer. Los médicos así lo dicen y se lo creen, por eso no entienden por qué un sujeto con vagina quiera ser un hombre o un sujeto con pene quiera ser mujer... a lo cual la ciencia responde ¡con una cirugía! “Todo se puede”, es el imperativo del discurso de la ciencia, y procede a hacer un cambio de sexo al que lo quiera. El sexo también se puede determinar con la fórmula de los cromosomas: un sujeto es XX o XY. El psicoanálisis dice que el asunto no es tan sencillo, es más complicado. El psicoanálisis dice que la posición sexual de un sujeto se juega alrededor de un significante: el falo. El falo marca la diferencia sexual entre hombres y mujeres de una manera muy sencilla: se lo tiene o no. Pero tenerlo o no tenerlo, lo cual es un dato dado, por ejemplo, por la observación, necesita de la subjetivación para que el sujeto llegue a inscribirse en el conjunto de los hombres o en el de las mujeres. Y esto es lo complicado: cómo un sujeto subjetiva su sexo.

Miller se pregunta: “¿Cómo se subjetiva la existencia o inexistencia del pene en el cuerpo?” (2002, pág. 153). Una primera respuesta es: se subjetiva diciendo “lo tengo” o “no lo tengo”. Subjetivar el pene significa que este recibe por parte del sujeto, una significación. La significación que le da el sujeto al pene es lo que hace de él el falo. El falo es, entonces, el nombre que recibe el pene una vez éste a sido significantizado, es decir, subjetivado por el sujeto. A partir de este momento, el falo es un significante; ya no es más el pene, sino un significante.

viernes, 1 de octubre de 2010

165. Parricidio, culpa y cultura.

Para explicar cómo la culpa está en la fundación de la cultura humana, Freud escribió un texto llamado Tótem y tabú. En dicho texto, el «parricidio» fue situado por Freud como lo que dio inicio a la actual organización social. Él supuso, basado en teorías darwinianas, que en el origen de nuestra cultura existían hordas en las cuales un padre violento y celoso gobernaba y se reservaba a todas las mujeres para sí. Sus hijos varones eran expulsados del clan una vez crecían, por lo que era envidiado y temido. Freud advierte que este estado primordial de la sociedad no ha sido observado en ningún lugar, pero él elabora este «mito» sobre el estado original de la sociedad humana para poder explicar, entre otras cosas, el origen del sentimiento ético de los hombres.

Los hermanos de la horda odiaban al padre; él constituía un obstáculo para la satisfacción de sus deseos sexuales y de poder. Arrojados del clan, deciden unirse para asesinarlo y devorarlo. Logran así lo que cada uno deseaba: ocupar el lugar del padre y quedarse con sus mujeres, poniendo fin a la horda paterna. Como también amaban y admiraban al padre, tras su asesinato se abrió paso una serie de sentimientos que delataban un arrepentimiento por lo hecho, naciendo de este modo la conciencia o sentimiento de culpa. El padre muerto se volvió más fuerte de lo que era en vida y lo que él prohibía, todos los hermanos lo acataron: declararon interdicto el parricidio y renunciaron a tomar como objeto sexual a las mujeres.

Con la devoración del padre se origina la primera fiesta de la humanidad, el banquete totémico, el cual será la repetición y celebración recordatoria de aquella hazaña memorable y criminal con la que tuvieron comienzo las organizaciones sociales, las limitaciones éticas y las religiones. Desde esa conciencia de culpa del hijo varón se crearon las dos prohibiciones fundamentales que están en el origen de toda cultura: la prohibición de matar y la prohibición del incesto. Se ve, pues, claramente, en este texto, la relación que Freud establece entre la culpa y la cultura.

jueves, 30 de septiembre de 2010

164. Sentimiento de culpa y lazo social.

El superyó es una instancia psíquica establecida por el psicoanálisis para pensar el funcionamisnto del psiquismo de hombre; la conciencia moral es una de las funciones que Freud le atribuye al superyó, junto a las de vigilar, enjuiciar y castigar las acciones y los propósitos del sujeto, es decir que el superyó ejerce una censura sobre los actos e intenciones del sujeto y lo hace sentir culpable.

El sentimiento de culpa es equivalente a la severidad de la «conciencia moral»; es la percepción que tiene el sujeto de ser vigilado en todos sus actos, incluido el acto del pensar. Popularmente se ha representado a la conciencia moral como un diablito y un angelito que, situados a cada lado de los oídos del sujeto, le hablan y le reclaman por manejarse bien o por manejarse mal. No importa si el sujeto se maneja bien o mal, igual, siempre habrá un reclamo por parte del superyó. Ahora bien, ¿qué tiene que ver el superyó, el sentimiento de culpa del sujeto, algo que parece tan personal, tan íntimo, con la cultura y con lo social?

Primero hay que decir que para el psicoanálisis, «el sentimiento de culpa es la patología de la responsabilidad», es decir, que el sentimiento de culpa es la enfermedad de la responsabilidad ética de un sujeto. El sentimiento de culpa es la manifestación patológica de la responsabilidad ética en el ser humano. El sentimiento de culpa significa que el sujeto se siente responsable de cualquier cosa: de haber bebido, de haber maltratado, de haber pensado o deseado algo, etc. El sentimiento de culpa es un afecto del sujeto en la medida en que él es un sujeto ético, es decir, responsable, y en este sentido, si por algo es importante el sentimiento de culpa en relación con la cultura, es porque dicho sentimiento es el fundamento mismo del lazo social, es decir, que gracias a que existe en el sujeto un sentimiento de culpa, él puede establecer vínculos sociales y por lo tanto, hace existir a la cultura.

El sentimiento de culpa es lo que nos permite saber que ahí, frente a nosotros, tenemos un sujeto capaz de responder. Un sujeto responsable es un sujeto que responde por lo que hace y lo que dice; esta es la razón por la que sólo se puede castigar al hombre que se considera responsable de sus propios actos. El sentimiento de culpa es un afecto del sujeto en la medida en que él es un sujeto ético, de tal modo que toda persona ética estará afectada por sentimientos de culpa. El sentimiento de culpa es, entonces, el fundamento mismo del lazo social, ya que se necesita de un sujeto capaz de responder, capaz de ser responsable, para que haya vínculos sociales.

lunes, 27 de septiembre de 2010

161. Sentimiento de culpa, felicidad y pulsión de muerte.

El superyó es en el sujeto, esa instancia psíquica que representa en él la autoridad de los padres, y que, una vez introyectada, le reclama cumplir con lo prescrito por esa autoridad, es decir, que hace del sujeto un acusado. Para que se hagan a una idea clara de lo que es el superyó, es lo que Freud encontró bajo la forma del sentimiento de culpa del sujeto, es decir, que la culpa es una de las manifestaciones del superyó.

Freud encuentra, por todos los lados, la función del sentimiento de culpa en el sujeto. En El malestar en la cultura él llega a decir que el sentimiento de culpa es el problema más importante del desarrollo de la humanidad; es decir, que el precio por el progreso cultural y social, lo ha pagado el sujeto con un «déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de culpa». Una de las fuentes de malestar en la cultura es precisamente este sentimiento de culpa que, en la mayoría de los casos, permanece inconsciente para el sujeto, y sólo sale a la luz bajo la forma de una mortificación, una ansiedad o un descontento, cuando no, bajo la forma de una necesidad de castigo, que empuja al sujeto hacia lo peor. Ahora bien, que el sujeto se procure una autopunición nos hace saber que no existe ninguna razón para pensar que él quiera su propio bien. Este es probablemente el descubrimiento más importante del psicoanálisis: los seres humanos no buscan la felicidad como bien supremo, sino que lo que buscan, en muchos casos, es el sufrimiento, la infelicidad.

En el discurso corriente se dice que el ser humano tiene como meta en la vida, alcanzar la felicidad. Por un lado quiere la ausencia de dolor, y por otro, desea vivenciar un intenso placer. El psicoanálisis revela que el propósito de que el hombre sea dichoso en la vida no está contemplado dentro de los planes de la Creación. La felicidad es más bien una satisfacción repentina y episódica. El ser humano está estructurado de tal manera que sólo goza con intensidad del contraste, y muy poco de un estado de felicidad permanente. A su vez, se suele pensar que el ser humano tiende a buscar su propio bienestar y el de los demás. Pero el psicoanálisis verifica una y otra vez que lo malo no solo es lo perjudicial y dañino para un individuo, sino también lo que anhela y lo que en muchas ocasiones le brinda placer o satisfacción. Pero se trata de un placer muy extraño; se trata de una satisfacción que está del lado del malestar, de la maldad, y no del lado del bienestar. Ese empuje a lo peor, ese gusto que tienen las personas por el mal, y que el psicoanálisis denomina pulsión de muerte, es, probablemente -como dije hace un momento-, el descubrimiento más importante del psicoanálisis.

jueves, 2 de septiembre de 2010

141. Banalización del secuestro.

Los secuestros masivos de personas que hacía la guerrilla hace algún tiempo, aquí en Colombia, marcan una diferencia respecto de secuestros con fines extorsivos o políticos. Hubo lo que se puede denominar, una «desubjetivación» del secuestrado, de tal manera que no se plagiaba a alguien, sino a cualquiera; todos los habitantes de este país pasaron a ser secuestrables, todos podrian ser víctimas de una «pesca milagrosa».

En esa época -época que puede regresar en cualquier momento- ya no se secuestraba al empresario, al comerciante, al extranjero, al político, a «fulanito de tal»: un alguien con nombre propio e indentificable, no. Ya no se trataba más de una persona con una subjetividad determinada, sino que podía ser cualquiera: «todos objetos del secuestro», sin importar si se era rico o pobre, hombre público o no; se borra la subjetividad del sujeto y todos pasamos a ser «objetos» de una contabilidad -tantos secuestrados allí, otros tantos retenidos allá- y «objetos» de un intercambio -como sucede con los retenidos por la guerrilla de las FARC ahora-.

Uno de los periodistas que cubrió una entrega de rehenes en la ciudad de Cali, dijo que eso se parecía a lo sucedido a las víctimas de los «campos de concentración», y si bien la comparación parece exagerada, no lo es para nada en un punto: la gestión a la que se dedicaron los nazis para hacer desaparecer a los judíos fue una gestión sin presencia de la subjetividad: sin angustia, sin sentimiento de culpa, sin pesadillas. Es igual que los secuestros en masa que se han dado aquí en Colombia, en donde, de parte de los secuestradores -los grupos guerrilleros en este caso- no hay ninguna implicación subjetiva; tienen una misión que cumplir sin importar sobre quién recaiga: si sobre ancianos, niños, gente enferma o sana, etc., en donde la única relación con las víctimas es, no la palabra, sino la intimidación con las armas. Y del lado de los plagiados, de esos sujetos reducidos a «cosas», no hay ya diferencia entre ellos: todos iguales; ya no interesa quienes son -exceptuando algunos casos-, ni lo que hacen, ni si son adinerados, simplemente pasan a ser objeto de una negociación, de un intercambio. Este fenómeno de desubjetivación en el secuestro es lo que explica su banalización.

lunes, 21 de junio de 2010

91. Culpa y responsabilidad.

Hay sujetos que sostienen una posición subjetiva en la vida que es la siguiente: se quejan de todo y por todo; además, la culpa de lo que les pasa es siempre de los demás: “yo soy así a causa de mis padres”, “la culpa es de tal hombre que no me deja en paz” o “de esa mujer que no me quiere”, etc. Se quejan y no asumen para nada una posición responsable respecto de lo que les sucede. Se esperaría que todo sujeto que padece un sufrimiento, antes que nada, piense si todo eso de lo que se queja, tiene algo que ver con su manera de ser, de pensar o de actuar.

La posición subjetiva “normal” de la mayoría de los seres humanos es más bien la de responsabilizar a otros por lo que les pasa a ellos, quejándose de los demás sin percibir la responsabilidad subjetiva personal en esa queja. Inclusive, sucede también que la persona culpa de su sufrimiento a su propio inconsciente -El inconsciente es un saber no sabido por el sujeto-, de tal manera que las personas dicen “me traicionó el subteniente”, cuando por ejemplo se equivocan al hablar o realizan un acto fallido accidental. Su posición se puede describir así: “¡Es mi inconsciente! Yo no soy responsable de nada...”. Por eso es importante transmitirle a todo sujeto, que él es el único responsable de todo lo que le pasa -con excepción de algunos accidentes-. Es decir, que -para decirlo dramáticamente-, la persona que habla, que se queja y que sufre, está siempre, desde esta perspectiva, en posición de acusada. Pero decir acusada, es decir también responsable; esto significa que ese sujeto está en capacidad de responder por lo que hace y lo que dice.

Hay sujetos que no se sienten implicados en el ámbito de su responsabilidad, que no responden por nada. Es la posición del canalla, el cual busca siempre una excusa para sus actos. Otros, en cambio, buscan siempre disculpar a otro de lo que hace, como es el caso de algunos padres con sus hijos.

Un sujeto que responda por lo que dice y hace, es la clase de sujeto que se espera en todo vínculo social, es decir, un sujeto no sólo responsable de su sufrimiento, sino también, y en última instancia, de su destino.

miércoles, 5 de mayo de 2010

63. Salud mental, ética y responsabilidad.

El psicoanálisis no se puede enmarcar dentro de los discursos que trabajan por la salud mental. Él más bien interroga ese concepto, ya que no hay armonía del ser humano con su ambiente y con su propio cuerpo. Si lo mental es lo que le sirve a un organismo para adaptarse de forma adecuada a su medio ambiente, el ser humano parece tener enormes dificultades para hacerlo sin destruir el ambiente o a sí mismo. El ser humano es, de por sí, disarmónico con la realidad. Por esto el psicoanálisis no trabaja con el parámetro de “salud mental”.

Si el psicoanálisis puede tratar la enfermedad mental, es con la condición de que exista el sujeto como ético, como sujeto de derecho; en otras palabras, un sujeto que sea responsable, un sujeto que pueda responder por lo que hace y lo que dice, un sujeto capaz de juzgar su conducta.

El sujeto ético es aquel que puede y es capaz de emitir un juicio sobre lo que ha dicho. Si esto falta, la terapia psicoanalítica no se puede llevar a cabo, ya que se trata de una experiencia donde los sujetos van a hablar de su sufrimiento. Por esta misma razón el psicoanálisis puede intervenir en sujetos que se sienten culpables de lo que hacen o dicen, ya que el sentimiento de culpa es la enfermedad de la responsabilidad. El sentimiento de culpa es la manifestación patológica de la responsabilidad ética en el ser humano (Miller, 1999).

El sentimiento de culpa significa que el sujeto se siente responsable de... cualquier cosa —de haber bebido, de haber maltratado, de haber pensado o deseado algo, etc.—. El sentimiento de culpa es un afecto del sujeto en la medida en que él es un sujeto ético; todo sujeto ético estará afectado por sentimientos de culpa. Es más, el sentimiento de culpa es el fundamento mismo del lazo social, ya que se necesita de un sujeto capaz de responder por sus actos para que haya vínculos sociales.

Por eso el psicoanálisis rechaza de su práctica al canalla. ¿Qué es un canalla? Es alguien que se inventa siempre disculpas por lo que hace. Puede que sufra, pero la culpa es siempre de los demás. Sin responsabilidad, no hay tratamiento.

domingo, 11 de abril de 2010

54. Sentimiento de culpa y educación.

Existe la idea, dentro de ciertas prácticas pedagógicas e inclusive psicológicas, de que si a un niño se lo educa exigiéndole el cumplimiento de sus deberes e imponiéndole límites razonables a su comportamiento, de adulto será un hombre “reprimido”, que no gozará de la vida y que se sentirá culpable por pensar o hacer cosas que quisiera emprender. A raíz de esta creencia, se ha considerado que la educación de un niño debe estar libre de represiones, límites, sanciones, etc. El psicoanálisis ha comprobado que la severidad del sentimiento de culpa desarrollado por un niño, en modo alguno se puede explicar por la severidad del trato que haya experimentado en su infancia.

Con respecto a los dos principales tipos de educación, el psicoanálisis sabe, como lo sabe la mayoría de los sujetos, que “todo extremo es vicioso”: Una educación excesivamente severa o demasiado consentidora, tienen efectos nocivos en el psiquismo del niño.

El padre que tiene con su hijo un comportamiento desmedidamente blando e indulgente, ocasionará en aquel la formación de un sentimiento de culpa muy estricto. Como la conciencia moral se forma a partir de la introyección o incorporación dentro de sí de la inclinación agresiva propia del ser humano, los padres que son muy alcahuetas con sus hijos le transmiten a éstos la impresión de que son muy amados, de tal modo que si los hijos tienen impulsos agresivos hacia sus padres, no tienen otra salida para su agresión que volverla hacia adentro.

Según el psicoanálisis, una conciencia moral severa se produce con la ayuda de dos efectos: primero, la frustración de impulsos agresivos dirigidos hacia los padres -impulsos que son corrientes en todos los seres humanos-, lo que se observa cuando la educación es muy estricta; y segundo, una experiencia de amor que le transmite al hijo la idea de que no puede expresar su agresividad hacia sus padres porque estos son demasiado buenos, es decir, alcahuetas con aquellos, lo que se observa cuando la educación es blanda y carente de obligaciones y límites.

miércoles, 7 de abril de 2010

52. Sentimiento de culpa y necesidad de castigo.

El psicoanálisis ha encontrado que en el ser humano su conciencia moral presenta una peculiaridad que, a su vez, posee un carácter paradójico. Consiste en que la conciencia moral se vuelve mucho más rigurosa en la medida en que el sujeto es cada vez más virtuoso; para decirlo de otra manera, aquellos que más se acercan a la santidad, son los que con más tenacidad se reprochan sus errores, faltas o pecados. Una conciencia moral más severa y vigilante sería el rasgo característico del sujeto virtuoso.

El psicoanálisis también ha verificado la existencia en el ser humano de una voluntad, generalmente inconsciente, por hacerse a una sanción, es decir, por autocastigarse. Y nada mejor que una racha de supuesta “mala suerte” para satisfacer dicha necesidad de castigo. La conciencia moral suele promover su poder sobre el sujeto aprovechando las frustraciones con las que necesariamente se encuentra toda persona en la vida. Aquella se comporta de tal manera que si al sujeto le va bien, su conciencia moral es indulgente con él; pero si lo agobia la desventura, la conciencia moral le impone sacrificios y castigos mediante mortificaciones y recriminaciones.

Puesto que nada se le puede ocultar a la conciencia moral, y mucho menos los deseos que están prohibidos -fundamentalmente el deseo de agredir y abusar sexualmente de otros-, ella busca la manera de que el sujeto sea castigado por esos deseos. Si bien el sujeto se ve obligado a renunciar a la satisfacción de dichos deseos, para la conciencia moral -superyó- dicha renuncia no le es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante el superyó; entonces sobrevendrá en él el sentimiento de culpa, el cual en ocasiones no es consciente. Esta es la gran desventaja que tiene la formación del superyó o de la conciencia moral en el ser humano. Si bien ella sirve para ponerle un límite a todos sus impulsos sexuales y agresivos, queda en él un sentimiento de culpa que además aumenta en la medida en que el sujeto se esfuerza en obedecer a una moralidad.

sábado, 3 de abril de 2010

51. El bien y el mal.

¿Cómo aprenden los sujetos a distinguir el bien del mal? Es claro que los seres humanos no nacen con un saber sobre lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, para ellos y para sus semejantes. Dicho saber viene del exterior; es siempre una influencia externa lo que determina lo que es malo o bueno para alguien.

El origen de dicha influencia, según lo piensa el psicoanálisis, está en el desvalimiento y la dependencia del sujeto para con sus padres. Dicha dependencia el psicoanálisis también la designa como angustia frente a la pérdida de amor. Se la puede denominar así debido a que si, por ejemplo, un niño pierde el amor de sus padres, de quienes depende, queda también desprotegido frente al mundo exterior y sobre todo frente al peligro de que ellos, que son considerados por el niño mucho más fuertes y poderosos, le muestren su superioridad castigándolo por las cosas que ha hecho mal.

Lo que en un comienzo se considera malo es aquello por lo cual el niño es amenazado con la pérdida de amor; a partir de aquí él se esforzará en evitarlo por la angustia frente a dicha pérdida. Importa poco que ya se haya hecho algo malo o solo se lo quiera hacer; en ambos casos, el peligro sólo se comienza a percibir cuando la autoridad parental lo descubre.

Consecuentemente, el psicoanálisis llega a la conclusión de que la conciencia o sentimiento de culpa, es una manifestación de la angustia frente a la pérdida de amor. Esta, que es siempre la situación del niño, es también la situación de muchos adultos, apenas modificada por el hecho de que la comunidad humana pasa a reemplazar en ellos a la autoridad parental. La sociedad toda funciona aquí como una gran conciencia moral -un superyó social-, que vigila permanentemente el comportamiento de sus miembros. Pero hay sujetos que se suelen comportar mal reiteradamente cuando están seguros de que dicha autoridad “social” no los descubrirá o no les podrá hacer nada; son personas que se manejan mal al sospechar que no serán atrapados; sólo sienten angustia ante la posibilidad de ser descubiertos.

viernes, 2 de abril de 2010

50. La conciencia moral.

El psicoanálisis ha establecido que la conciencia moral se forma a partir de la introyección o incorporación dentro de sí de la inclinación agresiva propia del ser humano; esto constituye la principal herramienta de la que se vale la cultura para volver inofensivo el gusto que tienen los sujetos por agredirse unos a otros.

Este tema introduce el problema de la capacidad que tiene el ser humano para diferenciar el bien del mal. Dicho entendimiento no es ni originario, ni innato; el sujeto no nace aprendido para distinguir el bien del mal. Es una influencia exterior, ya sea una moral religiosa o una ética social, la que determina lo que es malo o bueno para alguien, influencia que deberá introyectarse por la vía de una identificación.

Como conciencia moral, la agresividad está lista para ejercer contra el sujeto la misma severidad agresiva que ella habría satisfecho de buena gana en sus semejantes. El psicoanálisis designa como conciencia de culpa a la tensión que se produce entre esa parte del Yo que ha interiorizado la agresividad -y que en el argot analítico se llama superyó-, y el Yo, que quiere expresar sin restricciones su cuota de agresividad. Con este mecanismo de “meter adentro” el peligroso gusto agresivo del individuo, la cultura coarta el impulso agresivo y lo debilita, quedando el sujeto bajo una especie de vigilancia permanente. Esa instancia situada en su interior no es otra que su conciencia moral, la cual, a la manera de una voz interior, le va diciendo si lo que quiere hacer está mal o bien hecho.

Al sentimiento de culpa los creyentes le dicen pecado. Pero el problema con la “psicología del pecado”, es que hay sujetos que se sienten culpables a pesar de que no han hecho nada malo o a pesar de ser buenos y de seguir una vida recta y consecuente con sus creencias religiosas o sus ideales. Esto se debe a que dichas sujetos perciben en ellos, muchas veces de manera inconsciente, el propósito de obrar mal; de tal manera que la intención de obrar mal pasa a ser considerada como equivalente a la práctica de la agresión o la maldad.

miércoles, 10 de marzo de 2010

40. El parricidio.

En muchas ocasiones se ha escuchado la noticia de padres que asesinan a sus hijos e hijos que asesinan a sus padres; al primero se le denomina filicida, y al que da muerte a su padre, parricida. De hecho, el parricidio fue situado por Sigmund Freud como lo que dio inicio a la actual organización social. Él supuso, basado en teorías darwinianas, que en el origen de nuestra cultura, existían hordas en las cuales un padre violento y celoso gobernaba y se reservaba a todas las mujeres para sí. Los hijos varones eran expulsados del clan una vez crecían, y aquel padre dominante era envidiado y temido por éstos. Freud advierte que este estado primordial de la sociedad no ha sido observado en ningún lugar, pero él elabora este mito -el último gran mito moderno- sobre el estado original de la sociedad humana.

Los hermanos de la horda odiaban al padre; él constituía un obstáculo para la satisfacción de sus deseos sexuales y de poder. Arrojados del clan, deciden unirse para asesinarlo y devorarlo -lo cual era algo natural entre tribus caníbales-. Logran así lo que cada uno deseaba: ocupar el lugar del padre y quedarse con sus mujeres, poniendo fin a la horda paterna.

Como también amaban y admiraban al padre, tras su asesinato se abrió paso una serie de sentimientos que delataban un arrepentimiento por lo hecho, naciendo de este modo la conciencia de culpa. El padre muerto se volvió más fuerte de lo que era en vida y lo que él prohibía fue acatado por todos los hermanos: declararon interdicto el parricidio y renunciaron a tomar a las mujeres.

Con la devoración del padre se origina la primera fiesta de la humanidad, el banquete totémico, el cual sería la repetición y celebración recordatoria de aquella hazaña memorable y criminal con la que tuvieron comienzo las organizaciones sociales, las limitaciones éticas y las religiones. Desde esa conciencia de culpa del hijo varón se crearon las dos prohibiciones fundamentales que están en el origen de toda cultura: la prohibición de matar y la prohibición del incesto.

sábado, 22 de agosto de 2009

5. La responsabilidad como castigo.

El establecer normas dentro de un estado lleva implícito una serie de sanciones para quien no cumplan con ellas. Toda norma va seguida de una punición. El castigo es la pena que se impone al que comete una falta o transgrede la ley.

La dificultad al aplicar el castigo es que este solo adquiere sentido si produce malestar, si hiere el narcisismo del sujeto. Unas nalgadas en un niño duelen más a nivel del amor propio que a nivel físico. El castigo que causa un daño real tiene una significación de violencia. Las leyes consagradas en el Código del Menor protegen a los niños de dicho abuso.

La sanción que se da por transgredir una norma, tiene la función de permitirle al padre transmitir a su hijo un sentido de responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos. La responsabilidad como castigo es una de las características esenciales a la idea de hombre que prevalece en nuestra sociedad. Solo se puede castigar al hombre que se considera responsable de sus propios actos. El castigo permite establecer límites y hacer cumplir las normas -estas son necesarias para regular los vínculos entre los seres humanos-. Es también el medio para hacer a una persona responsable de su comportamiento.

Sólo al sujeto que se le exige el cumplimiento de unos deberes es a la que se puede sancionar. La responsabilidad es aquí crucial, es decir, el hecho de decidir si ella es responsable y por lo tanto culpable. Si es irresponsable, no se la podrá sancionar. Ser irresponsable significa que los demás tienen derecho a decidir por alguien, y que se deja de ser un sujeto de pleno derecho. El sujeto de pleno derecho es el que responde de lo que hace y dice, el que responde de sí mismo. El irresponsable, en cambio, no da razón de sus actos.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...