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miércoles, 13 de abril de 2011

293. El fundamento de la ética en Freud.

Por el hecho de hablar, el hombre está separado de su organismo. No es más el instinto el que regula su acción, sino que él se introduce en el «hábitat» del lenguaje. La pulsión es el nombre que le da Freud al impulso sexual en la criatura humana en tanto que ella no está regulada por el instinto, como sí sucede en los animales. El hombre es más bien un ser desnaturalizado. Y podríamos agregar: por ser un ser desnaturalizado, es por lo que pasa a ser un ser ético.

Toda reflexión acerca del origen de la ética y su lugar antes y después del asesinato del padre primordial, coincide con una frase de Lacan que aparece en la Respuesta a unos estudiantes de filosofía sobre el objeto del psicoanálisis. Dice: “...es necesario, como lo es en el fundamento de todo derecho, un paso al acto...”. Si la ética es un juicio sobre los actos del sujeto, entonces es claro que a partir de ella se puedan determinar los derechos del sujeto; hasta se podría definir a la ética como un conjunto de derechos y deberes, en la medida en que estos sirven para regular la acción de los sujetos. “Para volver a la ética (dice Freud), diríamos a modo de conclusión: una parte de sus preceptos se justifican con arreglo a la ratio por la necesidad de deslindar los derechos de la comunidad frente a los individuos, y los de ellos entre sí” (1980, p. 118). Podemos entonces situar en el fundamento de la ética ese paso al acto que es el asesinato del padre primordial. Así pues, tener derecho equivale a inscribirse en una versión simbólica del padre.

Freud (1980) lo dice así en su Tótem y tabú: “Hemos concebido los primeros procesos morales y restricciones éticas de la sociedad primitiva como una reacción frente a una hazaña que dio a sus autores el concepto del crimen. Ellos se arrepintieron de esa hazaña y decidieron que nunca más debía repetirse y que su ejecución no podía aportar ganancia alguna.” (p. 160).

sábado, 9 de abril de 2011

289. La primera forma de organización social.

Freud hace de la renuncia de lo pulsional, el origen de la ética, renuncia que está en estrecha relación con el asesinato del padre primordial, asesinato con el cual se habría iniciado el orden social, las leyes éticas y la religión. Se puede decir, entonces, que dicha renuncia tiene por causa al padre, o mejor, el asesinato del padre. Dice Freud (1980) en su Moisés y la Religión Monoteísta:

“Cabe suponer que al parricidio siguiera una larga época en que los hermanos varones lucharon entre sí por la herencia paterna, que cada uno quería ganar para sí solo. La intelección de los peligros y de lo infructuoso de estas luchas, el recuerdo de la hazaña libertadora consumada en común, y las reciprocas ligazones de sentimiento que habían nacido entre ellos durante las épocas de la expulsión, los llevaron finalmente a unirse, a pactar una suerte de contrato social. Nació la primera forma de organización social con renuncia de lo pulsional, reconocimiento de obligaciones mutuas, erección de ciertas instituciones que se declararon inviolables (sagradas); vale decir: los comienzos de la moral y el derecho. Cada cual renunciaba al ideal de conquistar para sí la posición del padre, y la posesión de madre y hermanas. Así se establecieron el tabú del incesto y el mantenimiento de la exogamia” (p. 79).

Freud llama, entonces, «primera forma de organización social» a la surgida después del asesinato del padre; esto parece entrar en contradicción con lo postulado por Darwin −del cual Freud extrae la hipótesis del imperio de un macho viejo sobre la horda−, quien denomina a dicha horda “estado social primordial del ser humano” (1980, p. 128). ¿Acaso se puede llamar a esta primera organización, la de «la horda primitiva», una organización social? ¿Y cómo llamar entonces a la unión entre los hermanos parricidas que pactan un contrato social? Estas preguntas sirven para pensar lo que sería el estado de cosas antes y después del asesinato del padre primordial; se trata del problema del paso de la naturaleza a la cultura, o en términos de Lévi−Strauss, de lo crudo a lo cocido.

lunes, 21 de marzo de 2011

270. La dimensión política en Freud.

El rechazo de la política en nombre de la clínica psicoanalítica no parece ser para nada un asunto freudiano, y menos aun lacaniano. En Freud se encuentran una serie de textos que se pueden denominar «los escritos políticos de Sigmund Freud», que serían diferentes a los escritos técnicos, pero que hablan de una preocupación permanente en él sobre temas relacionados con la polis, la ciudad y lo social; no es para nada una preocupación moral la de Freud, sino que es su pensar que lo social es aquello en lo cual está sumergida la patología del sujeto. Así por ejemplo, su texto de Psicología de las masas y análisis del yo es un intento por integrar la psicología de las masas en el corazón de la experiencia analítica, en la medida en que Freud hace del par analista-analizante, una masa de dos. También está su texto de El malestar en la cultura, del cual se pueden extraer una serie de ideas que hablan de la incidencia política del psicoanálisis en la civilización.

En Freud la dimensión política siempre fue una inquietud, sobretodo porque la práctica misma del psicoanálisis tiene un carácter revolucionario, así pues, dice François Leguil (1998), el niño que es formado por el psicoanálisis puede después adoptar una posición subjetiva tal que ni es un sujeto opresivo, ni reaccionario; es decir, que el niño formado por el psicoanálisis será tan suficientemente revolucionario como para rechazar el campo de la reacción y de la opresión.

La dimensión política en Freud fue destacada por Lacan cuando dijo que nadie había gritado como él contra el acaparamiento del goce de aquellos que lo acumulaban sobre las espaldas de los demás. Freud rechazó enérgicamente la desigualdad que se presenta entre las personas que están del lado del goce y otras que están del lado de la necesidad. Esta es, pues, una fibra de justicia que se encuentra en Freud y que hace parte de su espíritu revolucionario, el cual ha permanecido desconocido hasta hoy. Freud, por ejemplo, estaba comprometido en un combate, un combate por la liberación sexual y contra la moral sexual. Este punto revela sin duda una posición política y revolucionaria en Freud: él denunció la opresión sexual de la civilización, la represión que la civilización impone a la pulsión sexual; él fue el primero en decir que una liberación sexual era deseable para luchar por la cura del sufrimiento humano. Este combate él lo ganó, por eso hoy se observa en todo el mundo una disminución de la represión sobre la vida sexual.

miércoles, 16 de marzo de 2011

265. ¿Está el discurso analítico al servicio del discurso político imperante?

Lacan responde que no: “No hay ninguna razón para que nos hagamos los garantes del ensueño burgués” (Lacan, 1988, p. 362). El ensueño burgués, tal y como lo entiende Lacan, consiste en promover, hasta sus últimas consecuencias, el ordenamiento universal del servicio de los bienes, movimiento en el que se arrastra hoy en día a todo el mundo. Pero, “El ordenamiento del servicio de los bienes en el plano universal no resuelve sin embargo el problema de la relación actual de cada hombre en ese corto tiempo entre su nacimiento y su muerte, con su propio deseo.” (p. 362).

Sólo existe el discurso psicoanalítico como aquel que es capaz de ofrecer al hombre la posibilidad de resolver el problema de la relación con su propio deseo, de tal manera que lo enfrente con la realidad de la condición humana. Así pues, “La ética del análisis no es una especulación que recae sobre la ordenanza, sobre la disposición, de lo que se llama el servicio de los bienes. Implica, hablando estrictamente, la dimensión que se expresa en lo que se llama la experiencia trágica de la vida” (Lacan, 1988, p. 372).

Se puede, entonces, delimitar a partir de ahora, dos campos de acción de la ética -léase también política- tradicional y la ética del psicoanálisis: la una al servicio de los bienes, la otra al servicio del deseo, núcleo de la experiencia de la acción humana y sobre el cual es posible hacer un juicio ético: “¿ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita?” (Lacan, 1988, p. 373). Justamente es a este polo del deseo que se opone la ética tradicional, la ética de la política moderna, de la cual se puede decir que forcluye el deseo. Es verdad que lo explota, lo usa para sus fines, es a él al que dirige sus promesas, pero lo forcluye porque de la estructura del deseo, nada quiere saber; además, no le conviene, porque entonces sería su fin. Por eso Lacan concluye diciendo -aludiendo a Alejandro llegando a Persépolis al igual que Hitler llegando a París-: “La moral del poder, del servicio de los bienes, es: En cuanto a los deseos, pueden ustedes esperar sentados. Que esperen” (p. 375).

martes, 15 de marzo de 2011

264. Política de la cura y felicidad.

En la historia del psicoanálisis ha habido orientaciones que han puesto al analista en posición de responder a la demanda de felicidad del sujeto. Son orientaciones que han hecho girar todo el logro de la felicidad alrededor del acto genital. Pero, si ni siquiera esto lo tiene el analista para dar, entonces ¿qué da? Lo que tiene el analista para dar “...no es más que su deseo, al igual que el analizado, haciendo la salvedad de que es un deseo advertido.

“¿Qué puede ser un deseo tal, el deseo del analista principalmente? A partir de ahora, podemos de todos modos decir lo que no puede ser. No puede desear lo imposible” (Lacan, 1988, p. 358). Así pues, si hay algo contrario a lo que se denomina la política de la cura, esto es el establecimiento de una relación dual entre el analista y su analizante, relación que existiría en la medida en que se responda a la demanda de felicidad. O como dice Eric Laurent en su texto La familia moderna: “Es saber precisamente, que el psicoanalista es ése cuya función política, es de recordar que el universal no arreglará jamás más cuestiones, que el goce en su particularidad más abominable. Está ahí como protestación contra el ideal: más querramos los ideales, más fabricamos el mal, lo que Lacan llamó «representación exaltada del mal»”.

Ahora bien, si los pacientes recurren al psicoanálisis con la esperanza de acceder a la posibilidad de una felicidad sin sombras, y si bien el análisis puede permitir al sujeto ubicarse en una posición tal que las cosas le vayan bien, hay algo contra lo cual estos propósitos se revientan: la instancia moral del hombre, esa que Freud denominó el superyó, y que es de una economía tal que “cuantos más sacrificios se le hacen tanto más exigente deviene” (Lacan, 1988, p. 361). Este desgarro del ser moral no está permitido al analista olvidarlo en su práctica, puesto que dicho olvido puede llevarlo a, verdaderamente, prometer el ideal de la felicidad, y así conducirse como un político corriente. Dice Lacan: "Hacerse el garante de que el sujeto puede de algún modo encontrar su bien mismo en el análisis es una suerte de estafa" (p. 361).

martes, 23 de noviembre de 2010

204. ¿Existe una correcta orientación sexual?

La ciencia suele pensar que el ser humano es una especie zoológica más que debe tener programadas en su material genético las instrucciones que lo llevan espontáneamente a tener determinadas conductas, como, por ejemplo, una correcta orientación sexual. Pero, ¿cuál es esa «correcta» orientación sexual en la que piensa la ciencia? Este es evidentemente un juicio moral -o prejuicio, si se quiere- sobre el comportamiento humano, apoyado en una hipótesis genética. El psicoanálisis es un discurso que no hace juicios morales sobre las conductas de los sujetos -eso se lo deja, por ejemplo, a la religión-, en la medida en que sabe que el ser humano, por hablar, por habitar el lenguaje, por hacer de lo simbólico su «medio ambiente natural», se ha desnaturalizado, es decir, se ha separado de la naturaleza y por lo tanto ha perdido sus instintos.

El ser humano no obedece más, por hablar, a las leyes de la naturaleza, sino a las leyes del lenguaje. Y si hay una dimensión en donde esto se observa claramente, es en la dimensión sexual. Si el hombre respondiera instintivamente –o espontáneamente, como lo sugiere la ciencia- en su sexualidad, se comportaría como su especie zoológica, es decir, como los mamíferos, a los cuales se les ve desencadenar la respuesta sexual natural, «espontánea y correcta», ante un estímulo proveniente de la hembra -generalmente un olor- de su misma especie. Esto sucede instintivamente -el instinto es un saber que viene programado en los genes de los animales y que les ayuda a orientarse en el medio ambiente natural-, y en el ser humano, nada demuestra que sea así -por ejemplo, no se observa a los hombres perseguir a las mujeres cuando éstas están en su período de fertilidad-.

Por lo anterior es que en el psicoanálisis no se habla de instinto sino de pulsiones sexuales. La pulsión sexual es lo que viene a reemplazar el instinto en el ser humano, en la medida en que él se ha separado de la naturaleza por hablar. Además, Si fuese verdad que el material genético tiene las instrucciones para llevar al sujeto, espontáneamente, a una correcta orientación sexual, no habrían, entonces, desviaciones sexuales: no existiría la homosexualidad, la pedofilia, el fetichismo, ni ninguna otra perversión sexual.

miércoles, 11 de agosto de 2010

130. El hombre de comienzos de siglo.

W. Erb, neurólogo de comienzos de siglo, citado por S. Freud en su texto La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), decía: «...las extraordinarias conquistas de la Edad Moderna, los descubrimientos e invenciones en todos los sectores y la conservación del terreno conquistado contra la competencia cada vez mayor, no se han alcanzado sino mediante una enorme labor intelectual, y sólo mediante ella pueden ser mantenidos. Las exigencias planteadas a nuestra capacidad funcional en la lucha por la existencia son cada vez más altas, y sólo podemos satisfacerlas poniendo en el empeño la totalidad de nuestras energías anímicas. Al mismo tiempo, las necesidades individuales y el ansia de goces han crecido en todos los sectores; un lujo inaudito se ha extendido hasta penetrar en capas sociales a las que jamás había llegado antes; la irreligiosidad, el descontento y la ambición han aumentado en amplios sectores del pueblo; el extraordinario incremento del comercio y las redes de telégrafos y teléfonos que envuelven el mundo han modificado totalmente el ritmo de la vida; todo es prisa y agitación; (...) hasta los 'viajes de recreo' exigen un esfuerzo al sistema nervioso. (...) La vida de las grandes ciudades es cada vez más refinada e intranquila. Los nervios agotados, buscan fuerzas en excitantes cada vez más fuertes, en placeres intensamente especiados, fatigándose aún más en ellos. La literatura moderna se ocupa preferentemente de problemas sospechosos, que hacen fermentar todas las pasiones y fomentar sensualidad, (...) las artes plásticas se orientan con preferencia hacia lo feo, repugnante o excitante, sin espantarse de presentar a nuestros ojos, con un repugnante realismo, lo más horrible que la realidad puede ofrecernos.»

Así describe Erb la vida de los seres humanos ¡a comienzos del siglo XX!, descripción que coincide totalmente con el inicio del siglo XXI. Palabras más que proféticas las de Erb. Nada indica que halla en el futuro cercano ese tan anhelado cambio en la «conciencia» del hombre, sino más bien una exacerbación de sus conflictos psíquicos y una vida cada vez más agitada.

miércoles, 4 de agosto de 2010

125. Televisión y agresividad en los niños.

«¿A voz qué te gusta de Dragón Ball?» Preguntó hace poco un periódico a unos niños que respondieron: «porque se la pasan peleando, matan a los malos, se pegan y sale sangre». Es un hecho que a la mayoría de los niños les gusta este y otros muchos dibujos animados por las peleas, los golpes y la sangre, ¿Por qué? ¿Esta bien que los niños vean este tipo de programas? ¿Éstos los harán agresivos?

Vamos por partes. Primero, si a un niño le gusta un programa como Dragón Ball, es porque se identifica con el protagonista, el cual, al salir airoso luego de enfrentar grandes riesgos y peligros, es considerado un héroe. Es por esta identificación con el héroe que los niños juegan a ser como él. Si los niños se identifican con los héroes de la T.V. es porque no poseen una «identidad» definida. La «identidad» es algo que se va adquiriendo con ayuda del mecanismo de la identificación. Estas identificaciones a los héroes suelen ser frágiles y cambian fácilmente; no así un cierto tipo de identificaciones que se denominan «simbólicas», y que hacen que los niños se parezcan a sus padres, quienes se constituyen en los primeros héroes para los hijos.

Segundo, si a los niños les gusta la violencia de estos dibujos animados, es porque encuentran una satisfacción en ello, una satisfacción que va más allá de cualquier consideración moral. Entonces, junto a la identificación al héroe, está la satisfacción de los impulsos agresivos, al ver que aquél puede dañar, matar y destruir a sus enemigos. ¿Significa esto que los niños serán agresivos? El asunto es que los niños, como todos los seres humanos, ¡ya lo son! La agresividad es un componente del modo como se constituye el psiquismo de todos los seres humanos -la agresividad es constitutiva del modo como el sujeto se hace a una imagen de sí mismo-, por eso en los niños se observan expresiones espontáneas de su agresividad que no se explican diciendo simplemente que el niño las aprendió viendo televisión. El problema no consiste entonces en prohibirle al niño que vea dichos programas, sino en limitar o impedir que exprese su agresividad de forma tal que le haga daño a sus semejantes o a sí mismo.

miércoles, 30 de junio de 2010

99. Madres omnipotentes.

Todo sujeto tiene que dar respuesta a una pregunta que surge de la relación con su madre: «¿qué quiere mi mamá de mí?». En esa relación de amor del niño con la madre, ella es quien responde a las demandas iniciales del niño: lo alimenta, lo cambia, lo cuida, etc. Pero aquí la madre demuestra tener el poder de responder o no a las demandas del niño en función de su capricho: ella tendrá ganas o no de responder -de alimentar, cambiar o cuidar de su hijo-.

Esta posibilidad absoluta de responder que tiene la madre hace que para el niño la madre sea omnipotente, todopoderosa. Ella tiene el poder absoluto de la respuesta, de gratificar o de frustrar, y ella lo hace en función de su capricho. Se necesita entonces frenar semejante «potencia de capricho» que al mismo tiempo es necesaria, porque si la madre no responde a las demandas del niño, si, por ejemplo, no lo alimenta, este se muere.

Esta madre omnipotente que responde a la «ley del capricho» engendra en el niño una pregunta angustiosa: «¿Qué es lo que ella quiere?», «¿Qué es lo que a ella le satisface?». Y lo que sucede a continuación es que el niño se acomoda a lo que imagina que a ella la satisface. Por esta razón hay niños exageradamente dependientes de sus madres: porque sus madres desean depender de sus hijos; o hijos que fracasan, o «bobos», o indisciplinados, etc., ¡porque ellos responden al deseo inconsciente y caprichoso de la madre de tener un hijo así!. El niño esta completamente a merced de esa «potencia materna», poder que ella, a lo mejor, no sabe que posee. Es el poder de la madre en la medida en que también es ella la que transmite al niño las costumbres de la familia, la cultura, los valores, el lenguaje, una moral, etc.

Para que haya la posibilidad de que el niño acceda a una "independencia", para que psicológicamente se separe de la madre, es necesario que a ese «Deseo-de-la-Madre», tan caprichoso, se le ponga un límite, y es el padre -el padre como esa instancia que está más allá de la madre y el hijo; no tanto la persona del padre, sino ese que opera como límite al deseo de la madre- es el padre, decía, quien está llamado a ponerle freno a esa «potencia materna» de la que el niño está a merced. Es a esto a lo que se le llama comúnmente «destetarse», es decir, despegarse de las faldas de la mamá.

miércoles, 7 de abril de 2010

52. Sentimiento de culpa y necesidad de castigo.

El psicoanálisis ha encontrado que en el ser humano su conciencia moral presenta una peculiaridad que, a su vez, posee un carácter paradójico. Consiste en que la conciencia moral se vuelve mucho más rigurosa en la medida en que el sujeto es cada vez más virtuoso; para decirlo de otra manera, aquellos que más se acercan a la santidad, son los que con más tenacidad se reprochan sus errores, faltas o pecados. Una conciencia moral más severa y vigilante sería el rasgo característico del sujeto virtuoso.

El psicoanálisis también ha verificado la existencia en el ser humano de una voluntad, generalmente inconsciente, por hacerse a una sanción, es decir, por autocastigarse. Y nada mejor que una racha de supuesta “mala suerte” para satisfacer dicha necesidad de castigo. La conciencia moral suele promover su poder sobre el sujeto aprovechando las frustraciones con las que necesariamente se encuentra toda persona en la vida. Aquella se comporta de tal manera que si al sujeto le va bien, su conciencia moral es indulgente con él; pero si lo agobia la desventura, la conciencia moral le impone sacrificios y castigos mediante mortificaciones y recriminaciones.

Puesto que nada se le puede ocultar a la conciencia moral, y mucho menos los deseos que están prohibidos -fundamentalmente el deseo de agredir y abusar sexualmente de otros-, ella busca la manera de que el sujeto sea castigado por esos deseos. Si bien el sujeto se ve obligado a renunciar a la satisfacción de dichos deseos, para la conciencia moral -superyó- dicha renuncia no le es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante el superyó; entonces sobrevendrá en él el sentimiento de culpa, el cual en ocasiones no es consciente. Esta es la gran desventaja que tiene la formación del superyó o de la conciencia moral en el ser humano. Si bien ella sirve para ponerle un límite a todos sus impulsos sexuales y agresivos, queda en él un sentimiento de culpa que además aumenta en la medida en que el sujeto se esfuerza en obedecer a una moralidad.

sábado, 3 de abril de 2010

51. El bien y el mal.

¿Cómo aprenden los sujetos a distinguir el bien del mal? Es claro que los seres humanos no nacen con un saber sobre lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, para ellos y para sus semejantes. Dicho saber viene del exterior; es siempre una influencia externa lo que determina lo que es malo o bueno para alguien.

El origen de dicha influencia, según lo piensa el psicoanálisis, está en el desvalimiento y la dependencia del sujeto para con sus padres. Dicha dependencia el psicoanálisis también la designa como angustia frente a la pérdida de amor. Se la puede denominar así debido a que si, por ejemplo, un niño pierde el amor de sus padres, de quienes depende, queda también desprotegido frente al mundo exterior y sobre todo frente al peligro de que ellos, que son considerados por el niño mucho más fuertes y poderosos, le muestren su superioridad castigándolo por las cosas que ha hecho mal.

Lo que en un comienzo se considera malo es aquello por lo cual el niño es amenazado con la pérdida de amor; a partir de aquí él se esforzará en evitarlo por la angustia frente a dicha pérdida. Importa poco que ya se haya hecho algo malo o solo se lo quiera hacer; en ambos casos, el peligro sólo se comienza a percibir cuando la autoridad parental lo descubre.

Consecuentemente, el psicoanálisis llega a la conclusión de que la conciencia o sentimiento de culpa, es una manifestación de la angustia frente a la pérdida de amor. Esta, que es siempre la situación del niño, es también la situación de muchos adultos, apenas modificada por el hecho de que la comunidad humana pasa a reemplazar en ellos a la autoridad parental. La sociedad toda funciona aquí como una gran conciencia moral -un superyó social-, que vigila permanentemente el comportamiento de sus miembros. Pero hay sujetos que se suelen comportar mal reiteradamente cuando están seguros de que dicha autoridad “social” no los descubrirá o no les podrá hacer nada; son personas que se manejan mal al sospechar que no serán atrapados; sólo sienten angustia ante la posibilidad de ser descubiertos.

viernes, 2 de abril de 2010

50. La conciencia moral.

El psicoanálisis ha establecido que la conciencia moral se forma a partir de la introyección o incorporación dentro de sí de la inclinación agresiva propia del ser humano; esto constituye la principal herramienta de la que se vale la cultura para volver inofensivo el gusto que tienen los sujetos por agredirse unos a otros.

Este tema introduce el problema de la capacidad que tiene el ser humano para diferenciar el bien del mal. Dicho entendimiento no es ni originario, ni innato; el sujeto no nace aprendido para distinguir el bien del mal. Es una influencia exterior, ya sea una moral religiosa o una ética social, la que determina lo que es malo o bueno para alguien, influencia que deberá introyectarse por la vía de una identificación.

Como conciencia moral, la agresividad está lista para ejercer contra el sujeto la misma severidad agresiva que ella habría satisfecho de buena gana en sus semejantes. El psicoanálisis designa como conciencia de culpa a la tensión que se produce entre esa parte del Yo que ha interiorizado la agresividad -y que en el argot analítico se llama superyó-, y el Yo, que quiere expresar sin restricciones su cuota de agresividad. Con este mecanismo de “meter adentro” el peligroso gusto agresivo del individuo, la cultura coarta el impulso agresivo y lo debilita, quedando el sujeto bajo una especie de vigilancia permanente. Esa instancia situada en su interior no es otra que su conciencia moral, la cual, a la manera de una voz interior, le va diciendo si lo que quiere hacer está mal o bien hecho.

Al sentimiento de culpa los creyentes le dicen pecado. Pero el problema con la “psicología del pecado”, es que hay sujetos que se sienten culpables a pesar de que no han hecho nada malo o a pesar de ser buenos y de seguir una vida recta y consecuente con sus creencias religiosas o sus ideales. Esto se debe a que dichas sujetos perciben en ellos, muchas veces de manera inconsciente, el propósito de obrar mal; de tal manera que la intención de obrar mal pasa a ser considerada como equivalente a la práctica de la agresión o la maldad.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...