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lunes, 15 de junio de 2026

573. El Falo y el amor: amar es dar lo que no se tiene

En el Seminario IV: La relación de objeto, Lacan (1956-1957) desarrolla la función del falo como significante del deseo de la madre y la posición del niño en esa economía. Lo primero que se aclara allí es que, en el psicoanálisis, el falo no es el pene: el pene es el órgano biológico, mientras que el falo es un significante imaginario. ¿Por qué, en un principio, imaginario? Por la famosa "tríada imaginaria" que Lacan (1994) utiliza para describir el primer tiempo del Edipo: madre-hijo-falo, en el que el niño, en su etapa temprana, no solo desea a la madre como objeto de amor y deseo, sino que desea ser el objeto de deseo de la madre, aquel que completa su falta, la falta de la madre, su castración.

Cuando una madre tiene un hijo, lo ha deseado y esperado, porque el niño llega como sustituto de otra cosa: ella, siendo niña, esperaba recibir un hijo de su padre como sustituto del falo que no tiene, y así sustituye el deseo del falo por el deseo de un hijo. El niño se identifica con el objeto de deseo de la madre y, por tanto, desea ser el falo que le falta a la madre, es decir, desea ser aquello que la colme. Esta es la primera manifestación de que "el deseo del sujeto es el deseo del Otro": no se desean cosas, se desea ser el objeto de deseo del Otro, el objeto que llene la falta de aquel a quien se ama, la madre.

"Para la madre, el niño está lejos de ser sólo el niño, porque es también el falo, constituye una discordancia imaginaria, y se plantea la cuestión de saber cómo se introduce al niño en ella" (Lacan, 1994, p. 184).

En esa relación madre-hijo, el amor se pone en juego como aquello que viene a colmar esa falta. En la dialéctica de la frustración, Lacan explica que cuando un objeto (un juguete, un dulce) se ofrece no para saciar una necesidad, sino como un signo, se transforma en un don de amor. Así pues, el valor del objeto reside en que representa la voluntad del Otro de desprenderse de algo. Se ama, entonces, cuando el sujeto es capaz de ofrecer su propia falta al otro. Lacan hace saber que el amor verdadero reside en la capacidad del sujeto de reconocerse en falta, castrado. El don de amor tiene, por tanto, un carácter simbólico, ya que lo que se da no colma, sino que señala un vínculo de amor.

El primer gran objeto de amor es, entonces, la madre: "Para ambos sexos eso empieza con la madre" (Miller, 2011). Entre el niño y la madre se establece, así, un vínculo fundamental para la constitución subjetiva del niño: la dependencia de amor. Dicho vínculo se sostiene en una falta fundamental, la de esa madre, en la medida en que ella ha subjetivado su castración —"no lo tengo, el falo"—; por eso, para el psicoanálisis, solo puede amar aquel que se siente en falta, el sujeto castrado, quien es fundamentalmente el sujeto neurótico.

Así pues, amar es dar lo que no se tiene; amar es reconocer la falta y dársela al otro. Amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008).

viernes, 29 de abril de 2022

517. ¿Cómo funciona el lenguaje en el sujeto?

El neurótico es un ser atrapado en su inconsciente, es decir, "alienado a un yo que desconoce esa segunda escena que transcurre a sus espaldas y que condiciona su vida" (Dessal, 2015), la «otra escena» de la que habló Freud, esa que determina lo que hacemos, pensamos y decimos, la mayoría de las veces en contra del bienestar del sujeto. 

La alienación de la que va a hablar Lacan es la alienación del lenguaje en el sujeto. "Lacan llegó a la raíz del asunto cuando postuló una concepción inédita del lenguaje, una concepción que estaba implícita en la obra de Freud pero que nadie había comprendido antes (Dessal, 2015). Lacan rompe la unión ilusoria que la lingüística moderna estableció entre el significante y el significado. Lacan le va a dar una primacía al significante sobre el significado: la letra S mayúscula, encima de una barra, como la que se utiliza cuando se escribe una fracción, y debajo de la barra la letra s minúscula. "Eso es el alma de la palabra: la barra que separa la materialidad fónica de su significado" (Dessal). Esos dos elementos ya no forman más una unidad; este, se podría decir, es el aporte de Lacan a la lingüística sausseriana: los elementos que componen el signo lingüístico no van juntos, van separados en el uso que hacemos del lenguaje, y además, uno prima sobre el otro.

Como muy bien lo indica Dessal (2015), con el ejemplo sobre la palabra mujer, el significado no va pegado al significante: "Si yo digo la palabra mujer, por ejemplo, parece obvio que eso remite a un sujeto del género femenino. La materialidad varía según las lenguas, pero el significado no cambia. Puedo decir woman, o donna o femme. En todo caso, el objeto al que remite parece ser el mismo. Sin embargo, no es así. La palabra mujer no tiene un significado absoluto y universal. Remite a lo que en psiquiatría denominamos significación personal, es decir, que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor".

Hay pues, una independencia, una separación del significado respecto del significante; esto es lo que hace al lenguaje mágico y maldito a la vez: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, pueda significar cualquier otra cosa; es lo que nos lo enseña la poesía y la literatura: una palabra puede significar cualquier cosa. Esta es la condición poética del ser humano, es decir, "que fabrica significados cuando habla, sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal. 2015). El aspecto maldito del lenguaje tiene que ver con el malentendido, el cual está siempre presente cuando hacemos uso del lenguaje. El sentido de lo que se dice no depende del emisor, sino del receptor; como decía Lacan, «Ud. puede saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó». "Es por eso que alguien puede decir soy una mujer dentro de un cuerpo de hombre. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que cuando se nombra a sí mismo, los términos mujer y hombre designan para él significados personales, que no pueden comprenderse a la luz del sentido común" (Dessal).

¿Cómo funciona entonces el lenguaje? La respuesta que da el psicoanálisis es que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla, nadie sabe lo que dice. El psicoanálisis se dedica a explotar esa propiedad humana, el sinsentido que habita en todo lo que decimos, y que hace que la comunicación humana "no sea un intercambio recíproco de mensajes comprensibles, sino un malentendido crónico disfrazado de un entendimiento aparente" (Dessal, 2015). Por eso se puede decir que la realidad no existe en un sentido universal del concepto, sino que lo que existe es una ficción en la que cada uno vive, ficción fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. "La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal). Es lo que nos enseña la asociación libre, el método creado por Freud y que funda la técnica psicoanalítica: que el sujeto termina enredándose los pies, "diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir" (Dessal). El lenguaje funciona, pues, como una máquina regida por leyes que no son de capricho, sino que son leyes combinatorias y formales propias, las leyes del lenguaje a las que queda sometido el sujeto y sobre las que él no tiene ninguna incidencia.

lunes, 27 de diciembre de 2021

513. El sentido del humor es signo de una buena “salud mental”

Aunque desde el psicoanálisis se plantean serias dudas sobre la posibilidad de que el sujeto alcance un estado de ‘salud mental’ completo[1], en la medida en que “cada uno tiene su vena de loco” (Miller, 2013, párr. 3), existe una manera de defenderse de las adversidades que trae la existencia, es decir, de ser menos chiflado, “un intento desesperado de nuestro psiquismo por evitar el displacer” (Ríos Madrid, 2006, párr. 1).

Siempre he pensado que el sentido del humor es un signo de buena ‘salud mental’, sobre todo si el sujeto también se ríe de sí mismo:

"El humor es un recurso para ganar el placer a pesar de los afectos penosos que lo estorban; se introduce en lugar de ese desarrollo de afecto, lo reemplaza. Su condición está dada frente a una situación en que de acuerdo con nuestros hábitos estamos tentados a desprender un afecto penoso, y he ahí que influyen sobre nosotros ciertos motivos para sofocar ese afecto in statu nascendi" (Freud como se citó en Ríos Madrid, 2006, párr. 13).

Así pues, gracias al sentido del humor –del cual dice Freud (como se citó en Ríos Madrid, 2006) es una operación psíquica “elevada” apreciable en los grandes pensadores–, el sujeto se defiende de afectos que le pueden causar algún tipo de displacer. Esta es la razón por la que “tras el placer del humor suelen encontrarse entre otros, sentimientos como desprecio, indignación, enojo, dolor y ternura” (Ríos Madrid, 2006, párr. 18).

El mecanismo que Freud descubre detrás de la comicidad de un sujeto es el desplazamiento de afectos asociados a una representación penosa, de tal manera que dicho afecto se asocia con otra cosa que resulta cómica, y que puede terminar contagiando a algún otro receptor, produciéndose así el efecto humorístico (Ríos Madrid, 2006). Lo interesante de este asunto es que, si el sujeto no recurre al humor para defenderse de un afecto que le causa displacer, lo que resulta de ello es una psiconeurosis, es decir, un penoso síntoma psíquico que resultaría mucho más molesto que hacer un chiste sobre la situación que perturba. Es por esta razón que “el humor puede concebirse como la más elevada de esas operaciones (psíquicas) defensivas” (Ríos Madrid, 2006, párr. 19), en la que aquello que venía a producirle displacer al sujeto, termina produciéndole placer.

Entonces, “el humor puede entenderse como una ‘operación defensiva’; con tal defensa busca el yo sustraerse de aquello que es sentido como peligroso o displacentero, provenga del interior o del exterior” (Ríos Madrid, 2006, párr. 22); es un recurso con el que cuentan los sujetos, con una chispa de inteligencia, para enfrentar las situaciones difíciles de la existencia.

"Con su defensa frente a la posibilidad de sufrir, ocupa un lugar dentro de la gran serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos ha desplegado a fin de sustraerse de la compulsión del padecimiento, una serie que se inicia con la neurosis y culmina en el delirio, y en la que se incluyen la embriaguez, el abandono de sí, el éxtasis" (Freud como se citó en Ríos Madrid, 2006, párr. 40).

Así pues, el sentido del humor es una salida nada desdeñable frente al sufrimiento inherente a la vida humana (Ríos Madrid, 2006).

(Este artículo fue publicado originalmente en el Blog Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó)

jueves, 26 de septiembre de 2019

487. Lo real es lo que no cesa de no escribirse

Hay una vertiente "localizacionista" en las neurociencias, que intenta situar el lenguaje en una zona del cerebro. A Lacan esto le pareció un delirio, ya que el sujeto está habitado por el lenguaje; “cuando vivimos en el campo del lenguaje, cualquier parte de nuestro cuerpo puede pensar” (Bassols, 2012). Esto significa que hay un saber inscrito en el cuerpo; “el saber puede estar inscrito en mi cuerpo, por ejemplo, en un síntoma sin que yo lo sepa, es un saber que me habita” (Bassols). Es lo que descubre Freud estudiando los síntomas histéricos, que una conversión histérica (como la de Sabina en la película Un método peligroso) es un síntoma inscrito, o mejor, escrito en el cuerpo, un síntoma que dice una verdad que el sujeto mismo ignora o calla, una verdad que el sujeto ha reprimido.

Lo anterior significa que en algún lugar hay un saber en el cuerpo “que no se puede resumir en la información de su sistema cibernético neuronal” (Bassols, 2012); los sueños, así como los síntomas histéricos, enseñan claramente que ahí se articula un saber más allá de la conciencia (Bassols). La vertiente localizacionista de las neurociencias piensa al lenguaje como un software, un software que se trae de fábrica, inscrito en las neuronas o en los genes, pero esta idea es la que Lacan señala como delirante; incluso fue un deliro que Freud tuvo, lo cual se puede ver en su texto Proyecto de una psicología para neurólogos, en el cual él dice que el lenguaje está inscrito en las neuronas, una idea muy cercana a la de las neurociencias actuales (Bassols).

¿Está todo inscrito en las neuronas? Freud mismo también llegó a dudarlo; se lo dice a Fliess, su colega: “no sé cómo he podido endilgarte ese delirio, todo eso no puede estar inscrito en las neuronas, ¡cuidado!” (Bassols, 2012). Este es el sueño de las neurociencias, que ve con muy buenos ojos como la informática intenta construir un aparato cibernético que pueda recordar, que pueda tener escrito o inscrito en su “cerebro” todo lo real, “un sistema que permitiera reproducir lo real en un sujeto y permitiera después borrarlo por supuesto, y volver a recuperarlo de alguna manera” (Bassols). Muchos psicoanalistas se han sumado a este propósito, además porque piensan que el futuro del psicoanálisis está en las neurociencias; por eso existe, desde hace ya algunos años, el neuropsicoanálisis; pero ¡cuidado!, como dijo Freud, “ahí el psicoanálisis no sólo desaparece como tal, sino que además es totalmente infiel a sus principios” (Bassols).

Lo que Freud descubre con la idea de inconsciente, es que este “no se deja atrapar en una huella inscrita en el sistema nervioso central ni en cualquier lugar que pensemos, en ningún soporte físico” (Bassols). Y esto tiene que ver con que el “el sujeto que habla está habitado por lo que llamamos significantes y los significantes no son signos, no son simplemente signos […] por ejemplo, el humo como signo de que hay fuego. El signo tiene una relación unívoca entre lo percibido y el signo que utilizamos para nombrarlo o para significarlo: donde hay humo hay fuego” (Bassols). El problema es que un significante no tiene nada que ver con eso; un significante, elemento último en el que se descompone el lenguaje, “no es una inscripción en la naturaleza, sea el sistema nervioso central, sea incluso un chip o una parte de un disco duro” (Bassols); un significante es más bien “una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos la huellas” (Bassols).

Mientras que en el mundo animal los animales dejan y siguen huellas (por eso se les puede seguir o cazar), solo los seres humanos pueden borrar sus huellas, y engañar; los animales no pueden borrar sus huellas para engañar o para significar alguna otra cosa. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro” (Bassols, 2012). Cuando se descubre que alguien ha borrado su huella, se puede estar seguro “de que ahí hay sujeto del lenguaje, hay sujeto del significante, hay sujeto del goce y del deseo también (Bassols). Así pues –es el gran problema de las neurociencias actuales– “el sujeto humano no funciona por inscripciones, por huellas, no es que un acontecimiento haya marcado una huella en mi cerebro, y eso lo haga más o menos traumático y haya que modificarlo; sino que el sujeto humano, el sujeto del placer, el sujeto del goce y del lenguaje funciona por huellas borradas […] cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).

Esto que parece tan enigmático, se puede explicar con la clínica. Cuando un sujeto pasa por una experiencia traumática (una bomba, un atraco, un accidente), el psicoanálisis se encuentra con que lo que queda en el sujeto, lo que se repite, lo que vuelve una y otra vez, en sus sueños o en sus síntomas, es algo que no había ocurrido, como por ejemplo, no poder ayudar a una persona en un accidente, o no poder defenderse en un atraco, o no haber tomado otra ruta en el estallido de una bomba, etc. Así pues, “lo traumático es lo que no llegó a ocurrir, lo verdaderamente traumático es lo que no llegó a ocurrir y ahora voy a usar una expresión profundamente lacaniana, lo profundamente traumático es lo que no dejaba de no ocurrir” (Bassols). Y esto es lo que Lacan llamó lo real en el psicoanálisis; para el psicoanálisis lo real no es lo que se percibe, sino aquello que no cesa de no representarse, aquello que no cesa de no escribirse en lo que se recuerda o se percibe. “Es aquello que está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas” (Bassols). Lo real es lo que no cesa de no escribirse.

jueves, 15 de diciembre de 2016

455. Demanda de amor y deseo.

Lacan va a distinguir entre la demanda simple y la demanda de amor. La demanda simple es la demanda de satisfacción de una necesidad –alimento, calor, etc.–. En cambio, la demanda de amor es demanda de nada, ““demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”” (Miller, 2011). ¿Por qué el sujeto demanda la ausencia del Otro? Porque la presencia del Otro solo adquiere valor en la medida en que ha estado ausente, en la medida en que no está. De aquí que esas parejas que están siempre presentes, el uno al lado del otro, terminan en el hastío y el aburrimiento; no hay el anhelo de ver al otro, de demandar su presencia. “La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir simplemente: “Aquí estoy”” (Miller). Así pues, si el Otro dice “aquí estoy”, su presencia solo adquiere valor en la medida en que no está. Es porque no está que en verdad vale algo. “Por eso Lacan, en su Seminario XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor. En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está” (Miller).

Entonces, por un lado tenemos la demanda del objeto que satisface la necesidad –hambre, sed, etcétera–, y por el otro lado tenemos la demanda de amor, la cual “apunta radicalmente a la nada –un simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda simple es algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una amalgama entre algo y nada” (Miller, 2011). Ese objeto del deseo que se presenta en esta conjunción, es lo que Lacan llamará objeto a. Ahora bien, mientras que la demanda de amor apunta a la nada, el deseo se relaciona con algo en el Otro, algo enigmático, y en ese sentido puede ser angustiante (Miller).

“El deseo, según la fórmula que Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú: involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso no conocida por ese Otro” (Miller, 2011). El nombre que Miller le da a esa zona ominosa del Otro es el de “extimidad”. Mientras que el amor depende de los signos de amor del Otro, el deseo está estimulado por algo que se despega del Otro: el objeto causa del deseo, el objeto a. Si bien el amor y el deseo tienen la misma estructura –los dos hablan de una falta, hablan de una nada en el sujeto–, Lacan los opone: mientras que en el amor el sujeto está sometido al Otro, el deseo está ligado a algo que se desprende de ese Otro, “algo que Lacan llamará la causa del deseo” (Miller).

Así pues, con la causa del deseo, ese enigmático objeto a, el sujeto no queda sujetado al Otro, demandando la presencia del Otro y buscando sus signos de amor. El deseo, en cambio, "es una relativa emancipación respecto de los signos de amor” (Miller, 2011). Pero cuidado: un deseo decidido por el Otro no se preocupa por los signos de amor, y eso puede no estar bien, ya que un deseo decidido no excusa todo. “A deseo decidido, amor tanto más cortés” (Miller).

martes, 22 de noviembre de 2016

454. Amar: entre la falta y el signo de amor.

El problema del amor es que se aprende a amar demasiado temprano en la vida –cuando se es un infante–, y en un mal lugar: al lado de los padres. Esto es lo que hace al amor un tanto traumático para los seres humanos. El primer gran objeto de amor es la madre. “Para ambos sexos eso empieza con la madre” (Miller, 2011). Entre el niño y la madre se establece, entonces, un vínculo que es fundamental para la constitución subjetiva del niño: la dependencia de amor. Dicho vínculo se sostiene en una falta fundamental: la de esa madre en la medida en que ella ha subjetivado su castración –“no lo tengo, el falo”–; por eso, para el psicoanálisis, solo puede amar aquel que se siente en falta, el sujeto castrado, quien es fundamentalmente el sujeto neurótico.

Así pues, amar es dar lo que no se tiene, amar es reconocer la falta y dársela al otro; amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008). Pero en el amor también cuentan el arte y la manera: “si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional” (Miller, 2011). Por eso al amor hay que rodearlo de una suerte de ceremonia: hay que cortejar al otro, hacer un rito para dar lo que no se tiene, esa nada tan deliciosa (Miller).

De aquí la importancia de que el amante no se presente tan completo, sino más bien incompleto. Los sujetos que en el amor se presentan completos –autosuficientes, independientes, autónomos– ni aman ni son amados, ya que el amor está siempre del lado de la falta. Para ser amado, hay que presentarse en falta, incompleto, con un agujero que haga posible que se desencadene el amor en el otro: “es que lo veo muy desvalido”, “es que no sabe escoger su ropa”; “es que es un poco tonta”: ¡una falta, una pequeña! ¡Cualquiera que esta sea!

Además, “para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor” (Miller, 2011). Las mujeres siempre están en la búsqueda de los signos de amor en el otro, por eso ellas se dedica a espiar: revisan el móvil, la libreta, la ropa, buscando que ese signo de amor no se dirija a otra. El problema es que el signo de amor es frágil, fugaz, y además diferente de la prueba de amor. “La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones” (Miller). Es decir, renunciar a lo que se tiene es una muy buena prueba de amor: renunciar a otras mujeres, a los amigos, etc. Siempre que se ama a otro, hay sacrificios, renuncias. Y enseguida, hay que dar un signo, una señal que le haga saber a esa mujer que se eligió, que se la ama.

jueves, 11 de septiembre de 2014

407. El síntoma como tratamiento de lo real por lo simbólico.

Las frases del sujeto en análisis son un nudo de significantes. Decir una frase es un nudo de significantes; esto es algo que se sabía desde el Discurso de Roma, donde Lacan (1960) enseña que un síntoma es un mensaje, que un síntoma es una metáfora, y que por lo tanto un síntoma como una frase, es un nudo de significantes. El síntoma consiste, pues, en un nudo de significantes, tal y como lo indica Lacan (1977) en Televisión, y precisa: anudar y desanudar no son metáforas, se trata de nudos que se construyen realmente para hacer cadena de la materia significante. Así pues, la definición del síntoma como metáfora ya era la definición del síntoma como cadena, es decir, como nudo. Esto es lo que conduce a Lacan a hablar del nudo borromeo.

Hay dos formas de pensar la cadena significante: la primera es la frase, la frase que espera su última palabra para que su significación aparezca. Por esta razón la frase es simbolizada como S1-S2, dos significantes entre los cuales una significación se abrocha a las palabras. Pero la otra forma de la cadena es la metáfora. Lacan (1960) dice en Subversión del sujeto..., que «la estructura de la cadena es la metáfora», de tal manera que la metáfora constituye una cadena entre dos significantes, uno consciente, y otro reprimido.

El paso de la cadena al nudo esta dado en Lacan por su interés en el signo. Lacan deja de interesarse en el significante y pasa a interesarse en el signo; él está interesado en aislar un elemento unario. Él pone el acento sobre el Uno para oponerse a la cadena significante; lo contrario de la cadena es el Uno, y el Uno sólo es posible pensarlo a partir del signo, es decir, a partir de Un significante que no está encadenado, de Un significante que se puede aislar como Uno (Soler, 1998). Es así como podemos entender el desplazamiento de acento en Lacan, desde el significante hasta el signo; se trata de un desplazamiento desde lo múltiple de la cadena, hasta el Uno, hasta el signo, ya que lo que distingue efectivamente un signo de un significante es que un signo no tiene una estructura binaria, mientras que el significante, por definición, tiene una estructura binaria.

Con el significante no podemos hablar del Uno del significante, podemos hablar de dos que permiten definir un significante. Lo que permite extraer el Uno de la lengua es Un significante que se extrae como objeto, es decir, Un significante promovido como Uno por vía de una investidura de satisfacción, es decir, de goce (Soler, 1998). Lacan opone entonces el Uno singular, como artículo indefinido, al significante en tanto que sería uno entre los demás; el Uno singular se opone al significante cualquiera en su definición diferencial, binaria. Para que un significante cualquiera, uno entre otros, se vuelva Uno, se necesita implicar, no al sentido, sino al goce.

El sentido se encuentra implicado cuando hay cadena, cuando hay dos significantes. Cuando el significante sale de la cadena, cuando se separa de la cadena, se vuelve Uno de excepción y toma un estatuto de objeto por la vía de una investidura de satisfacción. Un significante se aísla, y es lo que el síntoma hace de manera salvaje. El síntoma es un Uno encarnado, y la expresión Uno encarnado, que se encuentra en el seminario Aún, evoca a la carne, y con la carne nos encontramos con el registro de la satisfacción, es decir, con el registro del goce del síntoma (Soler, 1998).

En este punto nos encontramos nuevamente con el síntoma como tratamiento de lo real por lo simbólico; ese síntoma (sinthome) que va a venir a ocupar el lugar del Uno, como un S1 que se separa del resto de la cadena y que va a nombrar la presencia de lo simbólico en lo real. El síntoma, dirá Lacan (citado por Soler, 1998), es lo único que demuestra que hay una incidencia de lo simbólico en lo real, conduciendo al sujeto a decir «tú eres tu síntoma». Esto es la identificación al síntoma. La identificación al síntoma aparece en el final del análisis porque el síntoma como satisfacción de la pulsión, no puede ser interpretado.

Lacan retoma, a partir de RSI, el concepto de identificación al síntoma, como partenaire sexual del sujeto, como un nombre propio de goce del sujeto. La identificación al síntoma es lo que se va a llamar «saber hacer con». Saber hacer con el síntoma, ese es el fin del análisis, en la medida en que el sujeto sabe desembrollarlo, sabe manipularlo. La identificación al síntoma significa tener que arreglárselas con el síntoma como partenaire. El síntoma es el partenaire con el que el hablanteser tendrá que vivir desde el fin de análisis.

miércoles, 12 de febrero de 2014

390. No hay saber sobre los sexos.

Es más que evidente que hay saber en lo real, y ese saber está esperando al científico, al descubridor, para ser develado. Hay un saber a la espera, enterrado u oculto, que haría pensar que no hay nada nuevo bajo el sol. Igual sucede con el inconsciente: los significantes van saliendo de esa supuesta “bolsa”, el saber va saliendo de ahí, del Otro como tesoro de los significantes, no importa que no se lo localice en ningún lugar específico. El psicoanálisis es entonces una práctica que desentierra el saber que está ahí. Es más, si no se supone que hay saber –esto es el Sujeto–supuesto–Saber–, el dispositivo analítico no arranca (Miller, 1999).

La ficción del Sujeto supuesto Saber hace arrancar el dispositivo. El final del dispositivo, el final de la cura es: no hay todo el saber, no hay saber sobre los sexos. Un análisis demuestra que no es cierto que el saber estaba ahí; por lo menos un saber no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: la relación sexual. Es el límite del Sujeto supuesto Saber, su falsedad, su falla, la objeción al Sujeto supuesto Saber (Miller, 1999). Si la transferencia asegura que hay saber a la espera o supuesto, la constatación de la falta de un saber es lo que abre las puertas a la invención. Esta es la vía para el acto analítico. En este punto toca inventar. La vía de llegada del acto analítico es la invención y la pequeña invención del análisis es un saber hacer con el síntoma. Donde no hay saber viene un saber hacer que no sea del orden de la repetición.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 1999). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.

viernes, 30 de agosto de 2013

379. Comunicación, signo y significante: el lenguaje es un sistema de significantes.

Para el psicoanálisis se hace importante tener en cuenta la estructura de la comunicación en el lenguaje y distinguirla del signo natural. Es la misma diferencia que se puede estableces entre la comunicación humana y los códigos en el ámbito de la comunicación animal. Mientras que los elementos de un lenguaje son los «significantes», los elementos de un código son los «índices». El índice es un signo que tiene una relación existencial con el objeto que representa; por ejemplo, el humo es índice del fuego. Para Lacan (1981), índice y significante son opuestos. Lacan concibe el índice como un «signo natural», en el cual hay una correspondencia unívoca fija entre signo y objeto; entre un índice y su referente hay una relación fija, biunívoca, a diferencia del significante, que no tiene ningún vínculo fijo con el significado.

Un buen ejemplo de comunicación animal basada en códigos o sistema de señales, es el de las abejas, las cuales transmiten a sus compañeras, por dos clases de danzas, la indicación de la existencia de miel y polen a una determinada distancia de la colmena. La segunda de las danzas es la más notable, dice Lacan (1981), pues la abeja describe un 8 que, dependiendo de la frecuencia y el tiempo en que la realiza, la abeja indica a las otras con exactitud, la dirección del botín en función de la inclinación solar, por una parte, y por otra parte, la distancia en el que se encuentra.

En el lenguaje, “los signos toman su valor de su relación los unos con los otros” (Lacan, 1981, p. 152). El elemento fonológico del signo es el significante, y el significante es, a su vez, el elemento último en el que se descompone el lenguaje. El significante es, pues, un elemento material que forma parte de un sistema diferencial cerrado. Para Lacan el lenguaje no es, entonces, un sistema de signos, sino un sistema de significantes. Siendo las unidades básicas del lenguaje, ellos están “sometidos a la doble condición de ser reducibles a elementos diferenciales últimos y de combinarse según las leyes de un orden cerrado” (Lacan, p. 152). El significante tiene, entonces, un carácter fundamentalmente diferencial.

El significante es la unidad constitutiva del orden simbólico. El campo del significante es el campo del Otro, lugar que Lacan va a denominar como «tesoro de los significantes» o «batería de los significantes». Lacan va a definir al significante como “lo que representa a un sujeto para otro significante”, en oposición al signo, el cual es definido como “lo que representa algo para alguien”. Resumiendo, la única condición que caracteriza a algo como significante, es que esté inscrito en un sistema en el que adquiere valor exclusivamente en virtud de su diferencia con los otros elementos del sistema. Esta naturaleza diferencial del significante es lo que hace que nunca pueda tener un sentido unívoco o fijo, sino que su sentido varía según la posición que ocupa en la estructura.

jueves, 6 de junio de 2013

372. El síntoma está estructurado como un lenguaje.

El inconsciente es el discurso del Otro. Es lo que enseñó Freud desde la Traumdeutung, en donde muestra claramente “que el sueño tiene la estructura de una frase, o más bien, si hemos de atenernos a su letra, de un rébus [acertijos gráficos], es decir de una escritura...” (Lacan, 1981, p. 257). También otras «formaciones del inconsciente» enseñan claramente que el discurso del sujeto es el discurso del Otro, es decir, que dichas formaciones, como el acto fallido –del que Lacan dice que es un discurso logrado– y el lapsus, designan al inconsciente como el efecto sobre el sujeto de la palabra que le es dirigida desde otro lugar, desde «otra escena» –lugar psíquico con el que Freud describió al inconsciente–. Así pues, el gran Otro es el lugar desde donde está constituida la palabra, palabra que está, por tanto, determinada desde ese lugar. Esta es la razón por la que “el síntoma [así como todas las formaciones del inconsciente] se resuelve por entero en un análisis del lenguaje, porque él mismo está estructurado como un lenguaje, porque es lenguaje cuya palabra debe ser librada.” (Lacan, p. 258).

La sobredeterminación se constituye así, en una característica general de las formaciones del inconsciente. Lacan dirá entonces que “...para admitir un síntoma, sea o no neurótico, en la psicopatología psicoanalítica, Freud exige el mínimo de sobredeterminación que constituye un doble sentido, símbolo de un conflicto difunto que terminó más allá de su función en un conflicto presente no menos simbólico...”. (Lacan, 1981, p. 258). La razón de ello es que el síntoma se halla «estructurado como un lenguaje», y por consiguiente constituido por deslizamientos y superposiciones de sentido; jamás es el signo unívoco de un contenido inconsciente único, de igual modo que la palabra no puede reducirse a una señal. El resorte propio del inconsciente lo vamos a encontrar, entonces, en la naturaleza misma del lenguaje, y “es en el orden de existencia de sus combinaciones, es decir en el lenguaje concreto [...], donde reside todo lo que el análisis revela al sujeto como su inconsciente.” (Lacan, p. 258).

jueves, 28 de junio de 2012

345. Lo que no cesa de no escribirse.


El sujeto que habla está inmerso en lo simbólico; como un pez en el agua, está habitado por significantes. El significante es una traza material, es lineal, es decir, ocupa un tiempo y un espacio, por eso es posible ir a buscarlo en el cerebro, en las huellas mnémicas que de algún modo o de alguna manera se inscriben en la materia gris. Es un poco lo que están encontrando ahora los neurocientíficos cuando escanean el cerebro con la resonancia magnética: que este responde de determinada manera a ciertos estímulos de palabras, que ciertas áreas del cerebro se activan cuando el sujeto escucha determinadas palabras, el problema es que se activan las mismas zonas frente a palabras opuestas, de tal manera que el sentido de las palabras no está localizado en el cerebro. Si bien el significante es una traza material, el significante también es la presencia de una ausencia y, además, puede tener muchos sentidos, puede significar cualquier cosa. Es decir que una palabra no tiene un solo sentido, y el sentido se le escapa al cerebro. El cerebro parece más bien memorizar los significantes, tal y como lo hacen los computadores, pero se le escapa el sentido. Parodiando a Miller (2007), el computador sería inteligente si pudieran dar cuenta de las significaciones, por eso, cuando se busca un dato con el buscador del computador, éste arroja un montón de información allí donde encuentra el significante, pero es al sujeto al que le toca darle sentido a esa información que resulta de la búsqueda de una palabra. Esta es la razón por la que un significante solo, no significa nada.

Que un significante pueda significar cualquier cosa, significa que "los significantes no son signos, no son simplemente signos" (Bassols, 2012). Así, por ejemplo, el humo es signo de que hay fuego; hay una relación unívoca entre el humo y el fuego. El problema es que el significante no tiene una relación unívoca con el significado; un significante puede significar cualquier cosa, y además, el significante es una huella borrada, y "sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas" (Bassols). Los animales no pueden borrar sus huellas, no pueden engañar; los seres humanos sí. Allí donde alguien ha borrado su huella, ahí vamos a encontrar un sujeto del lenguaje, y como el sujeto y el lenguaje funcionan por huellas borradas, esto se vuelve un problema para las neurociencias, que andan buscando huellas en el cerebro (Bassols).

Ahora bien, eso que "está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas" (Bassols, 2012), es lo que Lacan llamó lo real; es decir, la categoría de real en el psicoanálisis no es lo que se percibe, no es la realidad, sino que "es aquello que no cesa de no representarse, es aquello que no cesa de no escribirse en lo que recordamos, percibimos, etc." (Bassols). Es lo que Freud denominó trauma cuando estudió la sexualidad humana, ya que es en la sexualidad donde eso que no cesa de no escribirse se hace más presente.

Bassols (1912) en su conferencia Psicoanálisis, sujeto y neuro-ciencias nos da un muy buen ejemplo para explicar esta definición de real que da Lacan como «lo que no cesa de no escribirse». Cuando el 11 de marzo de 2004 explotaron unas bombas en los trenes de Madrid, algunos psicoanalistas de la ciudad se ofrecieron a escuchar a las personas que quisieran hablar de esta experiencia tan traumática, y lo que encontraron es que, si bien el estallido de las bombas fué muy traumático, "lo que quedaba, lo que se repetía, lo que volvía una y otra vez, era algo que no había llegado a ocurrir" (Bassols): el no poder ayudar a la persona que estaba al lado, el no poder salir del lugar, el no haber tomado el tren anterior y así haberse salvado, etc. Es decir, que lo verdaderamente traumático para el sujeto, es lo que no llegó a ocurrir, "lo que no dejaba de no ocurrir" (Bassols).

viernes, 1 de junio de 2012

343. ¿Dónde está el lenguaje? ¿En el cerebro?

Los neurocientíficos contemporáneos parten de la idea de que el sistema nerviosos central es algo maleable; es lo que denominan plasticidad neuronal, es decir, el cerebro es un organismo vivo que se va modificando continuamente, y los neurólogos han encontrado que el mayor agente de modificación del cerebro es… ¡el lenguaje! (Bassols, 2012). El lenguaje, las palabras, son el agente que más modifica el cerebro; “existir en un campo del lenguaje como existimos sólo los seres humanos, nos está modificando cada día, nos está transformando cada día de una manera que ningún estímulo físico podrá hacer” (Bassols).

Pero, ¿y dónde está el lenguaje? Hay una vertiente localizacionista en las neurociencias que pretende localizar el lenguaje en el cerebro, pero el lenguaje está en todos lados; el ser humano vive en el campo del lenguaje. ¿Y dónde está el saber? -saber que existe y se transmite gracias al lenguaje-. Los síntomas de la histeria nos enseñan que “ahí se articula un saber más allá de la conciencia” (Bassols, 2012). El saber se inscribe en el cuerpo a través de un síntoma, un síntoma que grita una verdad no sabida por el sujeto. La histérica no habla, calla, reprime algo de lo que no quiere saber, y entonces su cuerpo habla por ella. Se trata de un saber que está más allá de la conciencia del sujeto, como el que aparece en los sueños.

En efecto, el lenguaje funciona como un software, pero ¿se puede localizar en el cerebro, en los genes? Esto último funciona mas bien como un hardware, pero entonces, ¿dónde localizamos el lenguaje? Freud, en su Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), tenía una intuición: “que las relaciones con el lenguaje está inscrito en las neuronas (…) el lenguaje, las cosas escuchadas, las cosas que han marcado mi vida están inscritas en las neuronas de alguna manera” (Bassols, 2012), lo cual se parece bastante a lo que dicen las neurociencias hoy. ¿Se puede reducir el inconsciente a una huella mnémica inscrita en el sistema nervioso central? No era lo que Freud pensaba; es verdad que el sujeto está habitado por el lenguaje, por significantes, pero los significantes no son signos. Los signos son unívocos, por eso los significantes no tienen nada que ver con éstos, porque el significante es polivalente; “un significante, voy a decirlo así, es una huella borrada, sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas” (Bassols). Los animales dejan huellas, pero no pueden borrarlas como los seres humanos, no pueden engañar. “Cuando alguien borra su huella, ahí hay un sujeto seguro (…) cuando hay una huella borrada, una huella que falta, ahí hay sujeto del lenguaje” (Bassols).

¿Qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. Y entonces, ¿dónde está el lenguaje, el cual está hecho de significantes? Pues ¡está en todas partes! Es un lugar, el lugar del Otro, de lo simbólico, de la palabra; “el significante introduce esa dimensión del Otro del lenguaje como lugar; eso quiere decir que el lugar no hay que buscarlo necesariamente en el cerebro, por supuesto que también hay aparato del lenguaje en el cerebro. Pero Freud se dio cuenta muy pronto (que) el sprache apparat, el aparato del lenguaje, el aparato psíquico me está rodeando continuamente, estamos habitados, estamos sumergidos en un campo del lenguaje” (Bassols, 2012).

domingo, 21 de agosto de 2011

311. El paradigma indiciario en la investigación con el psicoanálisis.

El paradigma indiciario es un enfoque formalizado por el historiador Carlo Ginzburg, el cual le permitió fundar a la sucesora de la historia de las mentalidades bajo el título de microhistoria (Ramírez, 2001). Según Ramírez, este paradigma pudo haber partido en Freud en la medida en que él se ocupó de un orden de fenómenos inédito: los fenómenos psíquicos. “Fue a partir de indicios despreciados por la ciencia de inspiración galileana, la escoria refusée -los sueños, los lapsus, los chistes y los síntomas- que pudo descubrir en esos productos desechados del pensamiento dominante las formaciones del inconsciente, como concepto sistemático, ya que inconsciente era una palabra corriente, incluso utilizada por Morelli al hablar de esos detalles que él resaltaba y que el pintor hacía plasmando en ellos su singularidad” (p. 39).

El paradigma indiciario se diferencia del galileano -que domina en la ciencia positivista-, en que, mientras este último da prioridad a lo repetible, a lo medible, a lo comunicable, a las generalizaciones y coincidencias, privilegiando lo cuantitativo y volcando su interés sobre lo universal y la regla, descartando las características individuales, el paradigma indiciario prioriza lo irrepetible, lo singular, lo original, lo sorprendente, por tanto, su intervención es más cualitativa, en la medida en que se ocupa de lo excepcional, volcando su interés hacia lo individual, hacia el caso particular (Pulice, Mason, & Zelis, 2000).

El paradigma indiciario se pone de relieve en la contemporaneidad en 1979, con la publicación del texto titulado Spie. Radici di un paradigma indiziario de C. Ginzburg, en el texto compilado por Gargani, Crisidellaragione. Dicho artículo es traducido inmediatamente a varios idiomas y editado en español en las obras El signo de los tres: Dupin, Holmes, Peirce de Eco & Sebeok (1989, pp. 116-163), con el título “Morelli, Freud y Sherlock Holmes: indicios y método científico”; y en Mitos, Emblemas, Indicios - Morfología e Historia (Ginzburg, 1994, pp. 138-175), con el mismo título del artículo ya indicado (Padvalskis, 2010).

Según Ginzburg (1979, citado por Padvalskis, 2010) existen ciertos elementos –huellas, indicios, síntomas, signos–­ que hacen posible descifrar la realidad que habitualmente se presenta opaca. Dicho desciframiento puede considerarse un saber que constituye el fundamento de las denominadas ciencias conjeturales, que ha sido utilizado desde las épocas más remotas, cuando la humanidad vivía de la caza y se dedicaba a rastrear hechos aparentemente insignificantes: huellas en terrenos blandos, olores, ramitas rotas, excrementos, etc. Se trata de un “saber rastreador en el que se busca reconstruir casos particulares a partir de huellas, síntomas o indicios, a través de las mismas operaciones intelectuales, el análisis, la comparación y la clasificación” (Padvalskis, 2010). La filología, el arte de reconocer manuscritos, la grafología y la práctica de los “entendidos” en arte, son ejemplos claros del uso eficaz del paradigma indiciario, al igual que la práctica diagnóstica utilizada en la medicina y en lectura de señales de la escena del crimen, hoy conocida como CSI, investigación de la escena del crimen, en la investigación forense (Ramírez, 2001).

Según Ramírez (2001), la relevancia del texto de Ginzburg es la relación que él muestra que existe entre los métodos de investigación de tres autores de finales del siglo XIX: Giovani Morelli, dedicado a la investigación de la autenticidad de las obras de arte; Conan Doyle, quien encarna en su personaje Sherlock Holmes el método de investigación detectivesca; y Freud, con su método de investigación con el psicoanálisis, basándose los tres en la observación de síntomas, signos y señales que a los ojos de otros pueden parecer irrelevantes (Padvalskis, 2010). Un ejemplo paradigmático del empleo del método indiciario en Freud, es el texto El Moisés de Miguel Ángel (1914), en el cual su autor se aplica en el estudio de los detalles de la figura de Moisés hecha por Miguel Ángel.

miércoles, 12 de enero de 2011

226. El equívoco como interpretación.

¿En qué consiste el equívoco como interpretación? Consiste en que "se dice parecido y se escribe de otro modo. Desde el momento en que se interpreta jugando con el equívoco significante, se interpreta por la escritura, por lo que es letra.” (Miller, 1998, p. 297). El síntoma es pues, lo que del inconsciente puede traducirse por una letra. ¿Por qué? Porque el síntoma, a partir de esta nueva concepción del síntoma, no depende del significante, sino de la letra. La letra y el significante son, entonces, cosas diferentes. Mientras que el significante es siempre diferente de sí mismo, la letra no. Al nivel de la letra lo que se encuentra es identidad, mientras que a nivel del significante lo que hay es pura diferencia.

La letra es un tipo particular de significante. Y si Lacan se interesa en el signo es porque este le permite incluir a la vez, tanto al significante como a la letra. Así pues, “...el significante es el signo en tanto que tiene efecto de sentido, mientras que la letra es el signo considerado por su efecto de goce.” (Miller, 1998, p. 308). El punto de vista del significante conduce a implicar al Otro en el lenguaje, y el punto de vista de la letra conduce a hablar del goce, de un goce que no implica al Otro, es decir que se trata de un goce autista. Este efecto de goce que acompaña en el síntoma al efecto de sentido, es lo que le permitirá hablar a Lacan de efecto de goce–sentido. El goce–sentido es el resultado de complementar el efecto de sentido del síntoma con su efecto de goce. Así pues, todo síntoma no es sino un modo de gozar del inconsciente, y en este sentido, se trata de un goce completamente autista.

lunes, 10 de enero de 2011

225. ¿Qué es la interpretación analítica?

¿Qué es la interpretación analítica?, se pregunta Miller en su texto Los signos del goce (1998), y responde citando a Lacan en Aun: “«[...] a lo que se enuncia como significante se le da una lectura diferente de lo que significa».” Y agrega: “Por referencia a la escritura, ustedes dan a lo que se enuncia de significante en la palabra una lectura distinta que el efecto de significación. De modo que Lacan puede formular esa enormidad de que el inconsciente es, ante todo, lo que se lee.” (p. 281). Así pues, formular que el inconsciente es ante todo lo que se lee, es formular que es del orden de lo que se escribe.

Hacer del inconsciente escritura, cifrado, es lo que va a permitir acceder al goce del sujeto. El síntoma mismo es un modo de gozar del sujeto; “...es un modo de gozar del inconsciente en tanto el inconsciente determina al sujeto”. (Miller, 1998, p. 289). El síntoma tiene entonces dos caras: una cara significante y una cara de goce; en el síntoma el significante está confundido con el goce. Como el goce reside en el cifrado del inconsciente, Lacan va a recurrir al signo, al concepto de signo, signo que se puede definir como el significante con sus efectos de significado, pero que también es letra cuando se considera el goce que produce con el cifrado.

El significante más el goce (S1–a) conforman el síntoma en la medida en que él está articulado a un proceso de escritura; por esta razón la clave del síntoma no está en el desciframiento que puede hacer el Otro del síntoma. La clave del síntoma está en su escritura, en la letra que él es. La interpretación del analista ha de apuntar a otra cosa distinta a la de descifrar el síntoma. Así como el paciente está del lado del habla en el análisis –en el análisis sólo se puede hablar–, el analista está del lado de la escritura, “...del lado del analista hay escritura.” (Miller, 1998, p. 297). De tal modo que la interpretación se hace con referencia a lo escrito y por medio del equívoco. “Desde esta perspectiva, la interpretación es la respuesta de la escritura a la palabra”. (Miller, p.297).

martes, 28 de diciembre de 2010

221. Efecto de goce del síntoma.

Si se aborda al síntoma en su dimensión puramente simbólica, éste pasa a ser algo interpretable, es decir que se lo considera como un mensaje. Desde esta perspectiva, el síntoma introduce el significante por tener efectos de significado. Pero si el síntoma también tiene efectos de goce, es una forma de gozar del inconsciente por parte del sujeto, ya no se puede seguir sosteniendo que solamente el significante tiene efectos de significado, efectos de sentido, sino que el significante tiene también efectos de goce. Esto conducirá a Lacan a recurrir de nuevo al signo, después de haber dado privilegio durante tantos años al significante.

El signo, según la clásica definición de Pierce, es lo que representa algo para alguien. Es en oposición a esta definición, que Lacan introduce su ya clásica definición de significante: es lo que representa al sujeto para otro significante. La oposición del signo y del significante pone en primer plano la articulación significante, la batería significante, esa que habla del sujeto. Pero Lacan vuelve a hablar del signo para referirse al síntoma, ya que no basta con comprenderlo como hecho únicamente del material significante. No basta con afirmar que el síntoma tiene una estructura significante, que la tiene; hay que agregar, además, que él implica un goce, un goce que se sostiene en el cuerpo.

El síntoma es un mensaje cifrado, por esta razón se le puede descifrar con la interpretación. Si se toma esta vía, se le da cabida al sentido, a la significación, a la palabra, lo cual tiene un efecto de fascinación, un efecto imaginario, en la medida en que “el sentido –dice Lacan– es lo que nos fascina de la palabra” (Miller, 1998, p. 276). Es el efecto imaginario de la palabra: el de la significación, el del sentido, que puede llevar a un análisis a ser un trabajo infinito. Por esta razón es que hay que tener presente que el síntoma no se agota en su efecto de significación; hay que tener en cuenta también el efecto de goce del síntoma.

martes, 21 de diciembre de 2010

219. El síntoma hace insignia.

Lacan llamó «insignia» a las marcas de respuesta del Otro. Así, por ejemplo, la insignia emerge a partir de la respuesta al grito. El niño grita y su grito adquiere sentido a partir de la respuesta del Otro. El grito se transforma, entonces, en llamado. Es por la intervención del Otro que el grito se transforma en llamado, produciéndose el reconocimiento de la identidad del sujeto por parte del Otro. Por el acuse de recibo del Otro, el grito en bruto, el grito como trozo de realidad, deviene una significación del sujeto. A partir de la respuesta del Otro, a partir del significante del Otro, el grito tiene al sujeto como significación. A este significante de la respuesta es a lo que Lacan va a llamar «insignia».

Ahora bien, “El síntoma es lo que hace insignia” (p. 255), nos dice Miller (1998) en su texto Los signos del goce. El síntoma es eso que insiste en un sujeto, «signo de lo que no anda en lo real», dice Lacan, y en el que Freud encontró, gracias a esa insistencia, un placer desconocido para el sujeto mismo, un placer inconsciente, debido a una satisfacción de la pulsión. Es lo que Freud denominó «reacción terapéutica negativa» y que Lacan nombró como goce, goce del síntoma. El goce es la satisfacción de la pulsión en el síntoma.

Hay, pues, en el síntoma, un goce que resiste, y es lo que Freud descubrió, como ya lo dije, bajo la forma de la reacción terapéutica negativa, que es lo que hace, por ejemplo, que un sujeto se vaya de análisis. El sujeto no solamente goza del síntoma, sino que también goza de sus fantasmas -léase fantasías inconscientes-. Lacan va a proponer, al final de su enseñanza, el concepto de sinthome para enfatizar el goce que se despliega, no solamente del lado del síntoma, sino también, del lado del fantasma del sujeto.

martes, 12 de octubre de 2010

176. La categoría de «sujeto» en el psicoanálisis.

¿De dónde y cómo emerge la categoría de sujeto en el psicoanálisis? Ella resulta necesaria ya que el psicoanálisis establece una dependencia radical del ser humano con el lenguaje, en tanto que el lenguaje es aquel que determina la posibilidad de existencia del sujeto -el hecho de que el organismo humano pase a ser un ser hablante-. Si el lenguaje no existiera, tampoco existiría el sujeto, es decir, el ser humano tal y como lo conocemos hoy. El lenguaje, el hecho de hablar, es lo que distingue más radicalmente al hombre de los animales; la filosofía dice que es la razón, el hecho de pensar, lo que nos separa de los animales, pero si pensamos y razonamos es gracias a la existencia del lenguaje.

Por habitar el lenguaje, el sujeto sólo aparece como representado, por esta razón el psicoanálisis define al sujeto como aquel que está representado por un significante para otro significante. ¿Qué es el significante? Es el elemento último en el que se descompone el lenguaje. El signo lingüístico, según Saussure, se divide en significado y significante, pero Lacan le dio al significante un lugar predominante en la determinación del significado; hay una primacía del significante sobre el significado, ya que un significante adquiere un determinado sentido dependiendo de las relaciones que establece con otros significantes. Por ejemplo, el significante "perlas" adquiere un significado completamente distinto en cada una de las siguinetes frases: «Las perlas de tu boca» o «las perlas del collar».

Si el sujeto es lo que representa un significante para otro significante, esto quiere decir que el sujeto no es más que una pura y simple representación. Si el sujeto se pregunta «¿quien soy yo?», sólo podrá responder a esta pregunta gracias a que habla, a que piensa, a que habita el lenguaje. Pero en el lenguaje el sujeto no encontrará la respuesta a esta pregunta más que en términos de saber, y no en términos de ser, lo que significa que falta el ser del sujeto. No hay nada en el lenguaje que le asegure al sujeto lo que él es, no hay nada que le asegure su ser, él solo puede aparecer allí únicamente como representación significante. Se introduce entonces en todo ser humano, por hablar, lo que el psicoanálisis denomina la falta de ser.

El sujeto, entonces, no se aprehende sino como falta entre dos significantes. Él solo aparece representado por un significante para otro significante, y si aparece representado es porque no está o no es. Si al sujeto no se lo representa con un significante, él no existe. Entonces, a la pregunta por nuestro ser -¿quién soy yo verdaderamente?-, solo obtenemos respuestas substitutivas: soy esto, aquello o esto otro, pero nada en el lenguaje me dice a mi quién soy de forma definitiva o cuál es mi verdadero ser.

viernes, 12 de marzo de 2010

41. La eficacia simbólica.

El día de las brujas y los cuentos sobre las hechiceras de los pueblos de Antioquia, hacen pensar en por qué tienen efecto los sortilegios, el “mal de ojo”, los maleficios, los ensalmos, los hechizos, etc., en muchos seres humanos.

A nivel médico hay un fenómeno que se puede comparar con las prácticas anteriores: se trata de los medicamentos placebos, los cuales están destinados a hacer efecto por medio de la sugestión psíquica y no porque contengan algún componente químico, curando al enfermo de algún dolor u otro malestar menor.

A este efecto psicológico del medicamento placebo sobre el sujeto, se le llama eficacia simbólica. Simbólica porque en ella se pone siempre en juego la palabra, el significante. El significante es el elemento último en el que se descompone el lenguaje. El signo lingüístico se divide en significado y significante. El psicoanálisis le da al significante un lugar predominante en la determinación del significado, del sentido de las palabras. En la eficacia simbólica lo que se observa son las consecuencias del poder de las palabras, del significante, cuando estas son utilizadas como herramienta para sugestionar.

Este poder terapéutico de la palabra invade todo el campo de la salud; es algo que se sigue provocando sin que se sepa que se trata de mera sugestión, como sucede en muchas prácticas terapéuticas. Así como se puede sugestionar con piedras, colores y aromas, también se puede hacer con hechizos y encantamientos. Esto sucede porque el poder de esas prácticas está en la eficacia del símbolo, de la palabra.

Ahora bien, dado que la sugestión es un fenómeno psicológico por el cual una idea, un sentimiento, un comportamiento, se imponen al psiquismo por la acción de una influencia externa, para poder sugestionar se necesita de personas sugestionables, es decir, de sujetos que crean en lo que se les dice y/o que confíen en la persona que les habla. Si la persona no es receptiva, nada tendrá efecto en ella, ni brujerías, ni terapias basadas en la sugestión.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...