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martes, 21 de julio de 2026

576. Lacan en 1966: su proyecto es un retorno a Freud

 En 1966, Paolo Caruso entrevista a Jacques Lacan en un momento clave de su enseñanza, cuando acaban de publicarse los Écrits y su nombre empieza a circular más allá del ámbito estrictamente francés. Lejos de presentarse como “innovador” que deja atrás a Freud, Lacan insiste en algo mucho más incómodo: su proyecto es un retorno a Freud, pero un retorno exigente, que supone aprender de nuevo a leer. Según él, buena parte de la educación moderna se dedica precisamente a impedir que sepamos leer un texto, es decir, a impedir que entremos en su lógica interna. 

Este punto atraviesa toda la entrevista: para Lacan, volver a Freud no es repetir fórmulas, sino aplicar a los textos freudianos el mismo método con el que Freud trabaja el inconsciente, prestando atención al modo, al registro y a la estructura del discurso. De ahí que pueda afirmar, sin pudor, que en su artículo “Más allá del principio de realidad” no hay nada “extra freudiano”: se trata, más bien, de hacer visible lo que ya estaba en Freud y que la lectura académica había domesticado. 

Caruso le plantea una objeción que muchos lectores comparten: sus textos son difíciles, a veces casi indescifrables. Lacan no lo niega, pero desplaza la cuestión: su estilo no es un capricho, sino una forma de bordear el objeto perdido que estructura al sujeto, lo que él llama objeto a. Recurre incluso al ejemplo del seno materno para mostrar cómo ciertos objetos adquieren un lugar privilegiado en la fantasía, más allá de cualquier explicación puramente genética o de “fijación”. 

Ese “manierismo” lacaniano, que algunos leen como oscuridad gratuita, aparece entonces como una tentativa de no eludir la carencia sobre la que se constituye el sujeto. El estilo se dirige a un auditorio muy preciso –los analistas– y busca transmitir algo que no pasa sólo por el contenido, sino por la forma misma del decir. 

Otro eje fuerte de la entrevista es la articulación entre lenguaje, tiempo y sujeto. Lacan recuerda que el sujeto, tal como le interesa al psicoanálisis, es efecto del significante: el inconsciente “está estructurado como un lenguaje”, y no se trata de una metáfora. Aquí marca su “distancia” con Freud: mientras Freud inventaba una nueva manera de leer los fenómenos del inconsciente sin disponer aún de la lingüística, Lacan puede apoyarse en Saussure y en el desarrollo posterior de la disciplina para nombrar lo que ya operaba en la clínica freudiana. 

Desde esta perspectiva, también el tiempo analítico deja de ser el simple cronómetro de la sesión estándar de 45 minutos. Lacan cuestiona ese estándar y reivindica la libertad del analista para jugar con la duración, porque el tiempo que importa es el de la repetición significante, el ritmo, la cadencia y las puntuaciones que organizan la cadena. En su texto sobre el “tiempo lógico”, introducirá incluso la idea de “precipitación identificadora” para pensar cómo ciertos actos del sujeto sólo se comprenden a partir de un efecto retroactivo de la significación. 

La entrevista funciona además como un mapa de las posiciones de Lacan frente a otras corrientes y autores. Sobre Melanie Klein, por ejemplo, reconoce la importancia de sus hallazgos en el psicoanálisis infantil, pero considera inaceptables muchas de sus teorizaciones sobre el cuerpo materno y el Edipo precoz, aunque integrables dentro de un marco freudiano más riguroso. Frente a la psicología del yo norteamericana, su juicio es mucho más severo: ve allí una verdadera traición al descubrimiento freudiano, al convertir el yo en una “esfera sin conflictos” y diluir el psicoanálisis en la psicología general. 

En cuanto a Sartre, Lacan valora el brillo literario de sus descripciones sobre el sadismo y la “mirada objetivante” en El ser y la nada, pero las considera falsas desde el punto de vista clínico y representativas de los límites de una fenomenología del “vivido” que no alcanza la estructura. Autores como Marcuse o Norman Brown le resultan estimulantes, pero, en su lectura, permanecen en un plano descriptivo que no llega a producir una articulación estructural capaz de transformar realmente las coordenadas de la civilización contemporánea. 

Hacia el final, aparecen indicios de la ética lacaniana. Lacan niega que el objetivo del psicoanálisis sea eliminar la culpa: ésta puede funcionar como defensa frente a la angustia, y no conviene imaginar una purificación sin resto. El síntoma, lejos de ser un simple error a corregir, es definido como lugar de verdad, un “signo de despertar” que exige ser escuchado más que suprimido. 

En diálogo con las catástrofes del siglo XX –el nazismo, por ejemplo–, Lacan se distancia tanto de las teleologías históricas como de las ilusiones de control absoluto mediante teorías psicoanalíticas aplicadas a la cultura. Para él, el psicoanálisis amplía el campo de lo racional, pero las grandes mutaciones de las costumbres dependerán sobre todo del desarrollo de las ciencias y de las tecnologías del lenguaje y la comunicación. En este cruce entre deseo, lenguaje e historia se juega, quizá, la vigencia actual de aquella conversación de 1966.

miércoles, 10 de marzo de 2010

40. El parricidio.

En muchas ocasiones se ha escuchado la noticia de padres que asesinan a sus hijos e hijos que asesinan a sus padres; al primero se le denomina filicida, y al que da muerte a su padre, parricida. De hecho, el parricidio fue situado por Sigmund Freud como lo que dio inicio a la actual organización social. Él supuso, basado en teorías darwinianas, que en el origen de nuestra cultura, existían hordas en las cuales un padre violento y celoso gobernaba y se reservaba a todas las mujeres para sí. Los hijos varones eran expulsados del clan una vez crecían, y aquel padre dominante era envidiado y temido por éstos. Freud advierte que este estado primordial de la sociedad no ha sido observado en ningún lugar, pero él elabora este mito -el último gran mito moderno- sobre el estado original de la sociedad humana.

Los hermanos de la horda odiaban al padre; él constituía un obstáculo para la satisfacción de sus deseos sexuales y de poder. Arrojados del clan, deciden unirse para asesinarlo y devorarlo -lo cual era algo natural entre tribus caníbales-. Logran así lo que cada uno deseaba: ocupar el lugar del padre y quedarse con sus mujeres, poniendo fin a la horda paterna.

Como también amaban y admiraban al padre, tras su asesinato se abrió paso una serie de sentimientos que delataban un arrepentimiento por lo hecho, naciendo de este modo la conciencia de culpa. El padre muerto se volvió más fuerte de lo que era en vida y lo que él prohibía fue acatado por todos los hermanos: declararon interdicto el parricidio y renunciaron a tomar a las mujeres.

Con la devoración del padre se origina la primera fiesta de la humanidad, el banquete totémico, el cual sería la repetición y celebración recordatoria de aquella hazaña memorable y criminal con la que tuvieron comienzo las organizaciones sociales, las limitaciones éticas y las religiones. Desde esa conciencia de culpa del hijo varón se crearon las dos prohibiciones fundamentales que están en el origen de toda cultura: la prohibición de matar y la prohibición del incesto.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...