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jueves, 2 de abril de 2026

565. El Nombre-del-Padre es un significante crucial en la estructuración del inconsciente

Freud, al descifrar los sueños y los síntomas, actuó como un "genio lingüista". Lacan sistematiza esta idea afirmando que el inconsciente se estructura como un lenguaje, y que sus mecanismos clave son dos figuras retóricas: la metáfora y la metonimia. La metáfora es una sustitución de una palabra por otra que, basándose en una similitud, crea un nuevo significado, como, por ejemplo, cuando se le dice a una persona el nombre de otra (lapsus linguae). La metonimia es un desplazamiento basado en la conexión y asociación: la parte por el todo, la causa por el efecto. Se usa una palabra para referirse a otra con la que tiene relación; la metonimia aparece como un desplazamiento del sentido: el paciente no dice algo directamente, sino que lo va rodeando mediante asociaciones.

Lo anterior significa que los síntomas y deseos no son aleatorios; están estructurados como un lenguaje. Una fobia podría ser una metáfora de una idea reprimida, mientras que una cadena de pensamientos obsesivos opera por metonimia, donde un pensamiento lleva al siguiente a través de una conexión oculta. Así pues, la arquitectura del denominado gran Otro, tesoro de los significantes (Lacan, 1964), no es una colección aleatoria. Está anclada por ciertos significantes maestros que evitan que el sentido se deslice hacia el caos. El más crucial de ellos es el que Lacan denomina el "Nombre-del-Padre". Con él, Lacan no se refiere a la persona real del padre, sino a su función simbólica: la encarnación de la ley que organiza el mundo. Estos significantes clave son los "puntos de almohadillado" (points de capiton) que anclan la realidad (Lacan, 1956. Ver El Seminario, Libro 3: Las psicosis).

Lacan utiliza una potente metáfora para explicar su función: la carretera principal es el significante "Nombre-del-Padre". Es una vía primordial que organiza todo el espacio psíquico, crea nudos de sentido (como las ciudades en un mapa) y da una estructura clara al territorio. Cuando esta carretera principal falta (cuando el Nombre-del-Padre ha sido forcluido o rechazado), el sujeto debe orientarse por una red caótica de caminos secundarios. Para no perderse, necesita desesperadamente "carteles" indicadores.

Para Lacan, estos carteles que irrumpen a la orilla del camino son las alucinaciones verbales del psicótico: palabras que aparecen en lo real porque el significante maestro que debería haber estructurado el mundo simbólico está ausente -«Lo que es rechazado (forcluido) del orden simbólico, reaparece en lo real» (Lacan, 1956, p. 88–89)-. Según este análisis, el famoso caso del presidente Schreber, cuyo delirio giraba en torno a convertirse en la mujer de Dios, carecía precisamente de este significante fundamental: el "Nombre-del-Padre". Así pues, aquello que no se inscribe en lo simbólico no desaparece, sino que retorna desde lo real (por ejemplo, en alucinaciones).


jueves, 3 de abril de 2025

553. Las clínicas de urgencias subjetivas

Las clínicas de urgencias subjetivas son espacios dedicados a atender crisis emocionales o psíquicas desde una perspectiva psicoanalítica lacaniana, enfocándose en la singularidad del sujeto y su relación con el deseo y el síntoma. A diferencia de la psiquiatría tradicional, estas clínicas no buscan suprimir los síntomas rápidamente, sino escuchar y entender el significado del síntoma en la estructura psíquica del individuo. El enfoque se basa en permitir que el paciente articule su experiencia y conflicto, ayudándole a simbolizar lo que no puede expresarse directamente. El trabajo del psicoanalista en estas situaciones se centra en escuchar sin imponer interpretaciones rígidas, facilitando que el sujeto encuentre su propia salida simbólica a la crisis.

Desde una perspectiva psicoanalítica, la atención se centra en reconocer la particularidad del individuo y su relación con el deseo, el síntoma y el inconsciente. Las crisis subjetivas son momentos de colapso psíquico, generados por conflictos inconscientes que alteran la estabilidad mental sin manifestaciones físicas evidentes, como en las urgencias médicas tradicionales.

A diferencia de la psicología o psiquiatría convencionales, que buscan intervenciones rápidas, las clínicas de urgencias subjetivas valoran el discurso del sujeto y la función del síntoma en su estructura psíquica. No se impone un diagnóstico inmediato; en cambio, el analista escucha cuidadosamente lo que la crisis revela del individuo, acompañándolo en su proceso sin apresurarlo. Se evita la supresión rápida de síntomas, enfocándose en comprender el significado del síntoma para el sujeto.

El tratamiento se basa en la escucha y el diálogo, permitiendo que el paciente dé sentido a su crisis, comprenda su posición frente a ella y encuentre su propia solución simbólica. Las crisis pueden reflejar un conflicto en la relación del sujeto con el Otro, el orden simbólico o su propio deseo. El objetivo es que, a través de la palabra, el individuo pueda articular sus deseos y el lugar que el síntoma ocupa en su psique.

Los casos típicos tratados en clínicas de urgencias subjetivas son: crisis de angustia o ataques de pánico: momentos de ansiedad extrema que paralizan al sujeto y que pueden ser manifestaciones de un conflicto inconsciente que no ha sido simbolizado; episodios depresivos agudos: la depresión, vista como una caída en la relación del sujeto con su deseo, puede manifestarse en urgencias donde el sujeto experimenta una sensación de vacío o desesperación; descompensaciones psicóticas: en algunos casos, un sujeto con una estructura psíquica frágil puede atravesar momentos de ruptura con la realidad, donde la urgencia subjetiva requiere una intervención especializada; y crisis existenciales o de identidad: situaciones en las que el sujeto enfrenta dudas profundas sobre su sentido de vida o su identidad, lo que puede llevar a un colapso emocional.

Estas clínicas, influenciadas por el psicoanálisis lacaniano, surgieron en Francia en los años 80 y 90, y se han expandido a otros países como Argentina, Brasil, México, España, y Estados Unidos. Desde entonces, han proliferado en diversos países, brindando atención integral y colaborando con otros profesionales de la salud mental cuando es necesario.

jueves, 14 de noviembre de 2024

548. La lógica del fantasma: el «fantasma fundamental»

El décimo cuarto seminario de Lacan se titula La lógica del fantasma, un título que puede parecer paradójico o discordante, ya que el fantasma remite a la imaginación o, como lo expresa Lacan, al registro de lo Imaginario, mientras que la lógica es una manipulación de símbolos que, según Lacan, pertenece al registro Simbólico (Miller, 2023). El fantasma tiene un triple estatuto: primero, como ensueño, es decir, las ensoñaciones que el sujeto elabora en solitario, estando consciente, y que ajusta según sus preferencias.

El segundo estatuto es más delicado: "es el fantasma como medio de goce, un goce solitario también aquí. Son las imágenes, pensamientos, frases y escenarios que suscitan y acompañan la masturbación" (Miller, 2023). El tercer estatuto es el más complejo; se refiere al fantasma inconsciente, al fantasma fundamental que estructura la vida mental del sujeto y que se revela en el proceso de la cura psicoanalítica.

Lacan formula el fantasma con una notación simbólica: la letra S mayúscula barrada ($), un rombo (◊), y, del otro lado, la letra a minúscula. El $ representa al sujeto, el rombo indica un conjunto de relaciones, y la a minúscula es un objeto: ($◊a). El $ es el sujeto constituido por el inconsciente (el sujeto del inconsciente). "El inconsciente está formado por pensamientos en los que el sujeto no puede decir 'Yo' [Je]. Eso es lo que constituye el inconsciente. Como dice Lacan: 'Pienso allí donde no soy', lo que expresa el significado del $” (Miller, 2023).

El rombo (◊), en el contexto del fantasma fundamental, significa que el sujeto está fascinado y fijado por ese objeto a minúscula, mientras que él mismo está en proceso de desaparición (fading); es decir, el sujeto puede borrarse mientras queda hipnotizado por este objeto. Pero ¿qué es el objeto a? Se trata de lo que en psicoanálisis se denomina el objeto parcial: un objeto separado del cuerpo que concentra la máxima intensidad del goce (un plus de goce) (Miller, 2023).

"Freud identificó dos de estos objetos: el objeto oral y el objeto anal, que son bien conocidos. Lacan añadió dos más: la mirada, que destaca en la psicosis, donde el sujeto puede sentir que es vigilado constantemente, y la voz, que también se manifiesta en primer plano en la psicosis, donde el sujeto escucha voces en su cabeza" (Miller, 2023). Hay un quinto objeto en juego: el falo, pero como un objeto ausente. Lacan señala que no existe un objeto fálico, por lo que lo representa con la letra griega -φ (menos fi), ya que el falo está marcado por la castración.

La lógica del fantasma en Lacan se refiere a la combinación de símbolos, como en las matemáticas, dado que Lacan aspiraba a convertir el psicoanálisis en una ciencia, por lo que emula este método inventando un álgebra para formular los conceptos clave de Freud. Esto es lo que hace con el fantasma. “Lacan crea fórmulas imitando las matemáticas, pero llega a algo fundamental en este seminario: afirma que hay una cosa que no puede ser formulada, y es el acto sexual” (Miller, 2023).

La relación sexual no existe", afirma Lacan, lo que significa que no hay normas sexuales universales; en la sexualidad humana no existe una regla que la rija. “Es decir, en lo real, en lo inconsciente, no hay ninguna prescripción sobre el sexo” (Miller, 2023). En los animales, por ejemplo, sí hay normas sexuales, donde el partenaire está siempre especificado: el objeto sexual de cada animal es el sexo opuesto de su misma especie. ¿Y en los seres humanos? No existe una norma sexual, sino "normas sociales que ocupan ese lugar y nos indican qué se debería hacer con el sexo y cuál sería la forma adecuada de gozar" (Miller, 2023).

Freud no logró definir lo masculino y lo femenino en el psicoanálisis. La biología, por su parte, sí: a nivel microscópico, se sabe que los hombres producen espermatozoides y las mujeres óvulos; y en términos cromosómicos, las mujeres tienen el cromosoma XX y los hombres el XY. Este es un real en el sentido biológico, pero no es el mismo real en el sentido que le otorga Lacan (Miller, 2023). Así, existe una indeterminación sexual, y por eso puede surgir toda una variedad de posiciones subjetivas y modos de goce que hoy en día se denominan "género".

viernes, 19 de enero de 2024

538. El declive del patriarcado y la clínica del sinthome

Nos encontramos en una era marcada por una crisis de autoridad, estrechamente relacionada con una crítica al patriarcado. El sistema simbólico que ordenaba las formas de disfrutar, la propia diferencia (identidad), los géneros y otras diferencias binarias, está en crisis. La crisis del patriarcado, formulada por Lacan antes de la Segunda Guerra Mundial, se manifiesta hoy como un declive social de la imago paterna (Bassols, 2023). La figura del padre, promovida como autoridad por el patriarcado, se ha vuelto insoportable; la autoridad paterna resulta ahora intolerable. Este declive de la función paterna coincide con una demanda, un llamado, una exigencia de algo que ocupe el lugar de esa función simbólica que organiza las formas de goce del sujeto (Bassols). Socialmente, esto se refleja en el aumento de formas autoritarias que se creían obsoletas, como se observa en la política, por ejemplo, con Trump en EE. UU., Milei en Argentina y Bukele en El Salvador. Esta demanda da lugar a nuevas formas sintomáticas a nivel social y personal; de ahí las quejas de los padres que no saben cómo lidiar con hijos que sufren de bullying, cutting, hiperactividad, adicciones, crisis de identidad, intentos de suicidio, autismo, desconexión de la realidad, entre otros.

Lacan formalizó la función paterna en la década de 1950 con su famosa "metáfora paterna". El Nombre del Padre era el significante que metaforizaba el deseo de la madre y proporcionaba al sujeto una forma de ubicarse en relación con su cuerpo, su goce y el deseo del Otro (Bassols, 2023). La falta de inscripción del Nombre del Padre en el sujeto diferenciaba el campo de las neurosis del de las psicosis, estableciendo una clínica estructural binaria. Sin embargo, la renuncia a la función paterna en la actualidad no implica una mejora; tampoco se trata de "reivindicar el sistema social fundado en el patriarcado. No hay retorno posible" (Bassols, 2023). El patriarcado es un sistema obsoleto, por lo que es necesario interpretar ese llamado al Otro como una invitación a otras formas de organización social y de goce. Esto da lugar a nuevas formas sintomáticas y a una diversidad de acciones simbólicas que generan una nueva clínica.

En la década de 1970, Lacan pluralizó la metáfora paterna, adaptándose al declive de la función paterna. Redujo el Nombre del Padre a un operador lógico, introduciendo fronteras móviles en las estructuras clínicas y pasando de una clínica continuista a una clínica de nudos. En esta nueva clínica, cualquier significante puede operar la función de anudamiento de lo simbólico; la "evaporación" del padre no implica su desaparición, sino más bien una dispersión de la función simbólica en diversas formas de nominación que el sujeto contemporáneo utiliza para representarse (Bassols).

El sujeto moderno llega a terapia con un diagnóstico, intentando nombrar una forma singular de goce. En el DSM, cada vez más en declive, los cuadros clínicos son cada vez más indefinidos, como se ve en el trastorno del espectro autista y el término "trans". El sujeto intenta nombrar lo más singular de un goce disruptivo en el cuerpo, generando fronteras más flexibles y móviles en el campo simbólico. La pluralización de los nombres del padre deja atrás la clínica estructural y nos sumerge en una nueva clínica basada en los nudos, los anudamientos y desanudamientos (Bassols, 2023). Esta es la clínica del sinthome.

El sinthome es el nombre singular del goce de cada sujeto, introducido por Lacan en 1975 en su seminario, continuando con la elaboración de su topología -nudo borromeo- y la exploración de los escritos de James Joyce. Lacan consideraba que el síntoma está inscrito en un proceso de escritura; ya no es un mensaje a descifrar, sino un puro goce que no se dirige a nadie (Thurston, 2007). El sinthome designa un núcleo de goce inmune a la eficacia de lo simbólico, permitiendo al sujeto vivir.

Todo esto lleva a Miller a proponer un nuevo ordenamiento de la clínica con el término "psicosis ordinarias", fenómenos clínicos que incluyen signos discretos, eventos corporales imperceptibles y sutilezas en el discurso. Este término no pretende ser una nueva categoría clínica, sino un neologismo que orienta al clínico donde no se distingue entre neurosis y psicosis. La psicosis ordinaria se convierte en una anticategoría, subvirtiendo el orden clínico heredado de la psiquiatría y respondiendo a la crisis del patriarcado. La clínica del sinthome, al escuchar las nuevas formas de producir síntomas y goces, prescinde de la clínica clásica para atender la singularidad de cada caso (Bassols). Esto es la clínica del sinthome.

miércoles, 26 de julio de 2023

532. ¿Cómo es el sujeto autista?

Para el psicoanálisis lacaniano el autismo hace parte de las estructuras psicóticas, junto a la paranoia y la esquizofrenia, que se presenta desde la infancia; no es una psicosis que se desencadena en la adolescencia o la adultez, sino que ya, desde que se es un niño, se presenta la psicosis. El niño autista nos enseña que ha habido un problema en su relación con el Otro, es decir, con lo simbólico. La tesis del psicoanálisis lacaniano es que el niño no encuentra un lugar en el deseo del Otro, su madre, y por esta razón se aísla de ese Otro; queda como ensimismado, encerrado en una burbuja, aislado de todo lo que le rodea. Esta es la razón por la que el sujeto autista no es capaz de establecer un vínculo afectivo con su madre o cualquier otra figura importante en su vida, y como resultado, queda atrapado en esa "burbuja" que lo separa de los demás y de todo lo que lo rodea.

Por lo anterior es que el niño autista se caracteriza por una serie de comportamientos, como la falta de contacto visual, la incapacidad de comunicarse verbalmente; muchos de estos niños son llevados al médico, a la edad de dos, tres, cinco años, con la queja de que el niño es sordo -no atiende las demandas de sus padres, como si no escuchara- o ciego -mira fijamente hacia un punto lejano sin dirigir la mirada hacia sus cuidadores-. El examen médico les hace saber a los padres que el niño sí ve y sí escucha, y que se puede tratar de un trastorno autista. El niño también suele presentar comportamientos repetitivos; muchas veces son autoagresiones -golpes en la cabeza- o permanecen tirados en el suelo sin moverse -catatonia: mutismo, mirada fija, rigidez-.

El psicoanálisis le da gran relevancia al lenguaje como herramienta, no solo de comunicación, sino de formación del «ser». "El lenguaje, más allá de ser un instrumento de comunicación, que lo es, o un instrumento de información, es el camino en el que el ser se forma, entonces con esas maderitas formamos el ser, y los autistas están en un apuro muy grande para mantenerse a flote, porque tienen pocas maderitas, y la cuestión es, con esas pocas maderitas, cómo ayudarles a que se mantengan a flote" (Coccoz, 2012. Ver https://bit.ly/3DvWNRW). Así pues, el niño autista cuando habla utiliza las palabras de otra manera, hace uso de neologismos o toma las palabras a la letra; por eso ellos enseñan sobre lo más profundo del ser humano: que el lenguaje es lo que nos constituye como sujetos.

Para un niño autista, el entorno puede resultar abrumador debido a las sensaciones auditivas o visuales intensas; el mundo exterior, la calle, le es hostil -el metro, la gente que habla, los pitos de los autos-, todo es una realidad muy intrusiva. Estas experiencias sensoriales pueden dificultar la capacidad del niño para procesar y defenderse mentalmente; el niño no tiene la "pantalla mental" que es la que nos permite entender, a nosotros los seres humanos "normales", cada cosa que nos ocurre; el niño autista carece de esa "pantalla" que permite darle sentido a lo que ocurre alrededor. Los sujetos neuróticos tenemos una "pantalla mental" que nos permite comprender y filtrar las experiencias, poderles dar un sentido, una significación a nuestras experiencias, pero los autistas tienen dificultades con esto.

El psicoanálisis, en el abordaje que hace del autismo, enseña que "no es posible hacer nada en este mundo por obligación" (Coccoz, 2012. Ver https://bit.ly/3DvWNRW). El niño autista no va a ser como el común de los mortales. Lo importante es que cada niño, incluso cada sujeto (así no sea autista), se pueda dar un lugar al lado de otros sujetos, y que puedan gozar de su propia vida. Hay muchos modos de estar en la vida, de arreglárselas con la vida. Cada niño autista es único en su forma de ser y de lo que se trata, en el tratamiento psicoanalítico de esos sujetos, es pensar cómo se pueden abrir puertas para conectar con ellos. Los niños autistas sueles hacerse a intereses individuales, como las motos o la fórmula 1, los dinosaurios o los pingüinos, como el personaje de la serie de Netflix Atypical. Es importante reconocer estas diferencias y adaptarse a ellas para poder conectar con el sujeto; es eso consiste el tratamiento psicoanalítico de este trastorno. No se trata de cambiar a la persona autista, sino de comprenderla y encontrar formas de conexión con ella a través del particular interés del niño con un objeto; no se trata solo de aceptarlo tal como es, sino también de adaptarse a sus necesidades individuales. Entonces, no hay una única norma o manera correcta de vivir; cada persona tiene su propia forma de ser y adaptarse.

lunes, 29 de mayo de 2023

530. La voz y la mirada

La «voz» y la «mirada» son dos de los objetos pulsionales más relevantes en la psicología de los sujetos (objetos a, objetos con los que se satisface la pulsión). Se podría decir que hay toda una psicología de la voz y otra de la mirada. Lacan añade estos dos objetos a los ya establecidos por Freud en su teoría sexual: el seno, las heces y el falo; la voz y la mirada se diferencian de los anteriores por un rasgo: “no tienen ninguna imagen especular” (Lacan, Escritos, p. 315), es decir, no los vemos en el reflejo de la imagen en el espejo; los otros sí se reflejan.

Además, se trata de objetos parciales, es decir, asociados a las pulsiones, que son también parciales. Los seres humanos no tienen una única pulsión (nombre que le da Freud al impulso sexual de los seres humanos), sino que tienen varias, asociadas a los agujeros del cuerpo (zonas erógenas). Para el objeto voz la pulsión se denomina «invocante», y para el objeto mirada, «escópica». “Dice Lacan que las pulsiones son parciales, no en el sentido de que sean partes de un todo (de una “pulsión genital”), sino porque solo representan parcialmente la sexualidad” (Evans, 1997, p. 159). La voz y la mirada son pulsiones relacionadas con el deseo. “Las pulsiones son manifestaciones parciales del deseo” (Evans).

El objeto voz, entonces, se refiere a cómo las palabras y los sonidos que emitimos y recibimos pueden funcionar como objetos de deseo en sí mismos. Así pues, la voz no solo es un medio para comunicar información, sino que también puede ser percibida como un objeto que se anhela y se busca en la medida en que le brinda la sujeto una satisfacción, un «plus de goce», es decir, una satisfacción de carácter sexual. El nombre de pulsión invocante se relaciona con esa demanda del sujeto de recibir una respuesta o un reconocimiento del otro. Es decir, el sujeto demanda que alguien responda a sus palabras y así ser reconocido como sujeto válido y existente. El reconocimiento que le da el otro al sujeto, en una relación intersubjetiva, hace posible su existencia como tal.

Entonces, la voz es un objeto que satisface la pulsión invocante. Invocar significa llamar a alguien, demandar su presencia y/o su voz, lo que le brindará al sujeto una satisfacción. Es decir, podemos desear la voz de alguien no solo por lo que dice, sino por el hecho de que nos responde y nos reconoce como sujetos. Un ejemplo de esto podría ser una persona que tiene una relación romántica y anhela la voz de su pareja. No solo quiere escuchar lo que su pareja tiene que decir, sino que también busca la confirmación de que su pareja la reconoce y la valora. En este caso, la voz se convierte en un objeto que satisface la pulsión invocante del sujeto. Otro ejemplo podría ser un sujeto que disfruta mucho de hablar por teléfono. A pesar de que no hay una comunicación física directa, la persona encuentra satisfacción en escuchar la voz del otro y en recibir una respuesta a lo que está diciendo; la voz del otro se convierte en un objeto que satisface la pulsión invocante. A veces basta con que haya una radio o un televisor encendido en la habitación; esto hace que le sujeto se sienta acompañado, lo cual lo satisface. No es gratuito que el “Reality” más famoso de la televisión en el mundo se llame “La Voz”, ya que también el sujeto encuentra una gran satisfacción escuchando cantantes y canciones, y música en general. Ese es el objeto «voz».

La pulsión «escópica» (que significa "con la mirada") se refiere al deseo del sujeto de ver, observar y ¡ser observado! Es una pulsión que se pone en juego en la satisfacción de contemplar la belleza, el arte, al ser amado y, en general, todo aquello que despierta la curiosidad visual del sujeto, pero también en ser mirado. Así pues, el objeto mirada se refiere a cómo la mirada del otro puede ser percibida como un objeto de deseo en sí misma, es decir, no solo nos interesa lo que el otro mira, sino también el acto mismo de mirar. La mirada se convierte así en un objeto de deseo y de satisfacción; encuentro satisfacción (plus de goce) mirando y siendo mirado.

Un ejemplo de esto podría ser una persona que disfruta mucho de mirar obras de arte en un museo. No solo disfruta de las obras en sí mismas, sino también de la experiencia de mirar y de ser mirado por otros visitantes del museo. La mirada de los otros se convierte en un objeto de deseo y de satisfacción para ese sujeto; por eso asistimos a eventos (conciertos, lugares de moda) para mirar y ser mirados y así mismo reconocidos, lo cual nos da un estatus y un lugar en el mundo. Igualmente, un sujeto puede sentirse muy atraído por la mirada de su pareja; no solo le interesa lo que su pareja mira, sino también la forma en que su pareja lo mira a él. La mirada de la pareja se convierte en un objeto de deseo y de satisfacción para este sujeto. El objeto «mirada», asociado a la pulsión escópica, es un objeto de deseo que lleva al sujeto a buscar satisfacción en la actividad de ver (contemplar los objetos del mundo que lo rodea) y ser visto (la mirada del otro como un objeto de deseo y de satisfacción).

El objeto «mirada» nos permite pensar que una persona invidente no ve, pero sí mira; ver y mirar no son la misma cosa, por esta razón el sujeto puede experimentar que un personaje de un cuadro lo puede estar mirando, como lo hace también una muñeca en la repisa de su cuarto. La voz y la mirada son dos objetos que se ponen en juego de manera ominosa en las películas de terror ¡y en las psicosis! (alucinación de la voz y el delirio paranoico).

miércoles, 14 de diciembre de 2022

525. La escucha analítica y la interpretación

Miller (2021) realiza una conferencia por zoom dirigida a los rusos sobre lo que es la escucha analítica. Veamos lo que él dice allí sobre esta. Miller empieza indicando que hoy se acepta en todo el mundo que escuchar a alguien decir sus desdichas, decir lo que le pasa en su vida y le es doloroso, escucharlo sin sancionarlo, sin castigarlo, sin desaprobarlo, se admite que esto le hace bien al sujeto; ser escuchado de esa manera, sin juzgarlo, le produce una gran satisfacción, al sujeto, un alivio; por eso es siempre terapéutico poder hablar de lo que causa sufrimiento.

Así pues, en la civilización universal de hoy la escucha como tal es muy valorizada, incluso por la mayoría de las prácticas psicológicas. Esto es algo conocido desde siempre, por la práctica de la confesión en el discurso religioso; pero, ojo, “el dispositivo de la confesión es totalmente diferente al dispositivo freudiano” (Miller, 2021). La confesión es un sacramento que busca perdonar los pecados del quien se confiesa; Dios es quien juzga y ante sus ojos el sujeto es culpable. En el dispositivo freudiano no hay un gran juez; no hay pecado, no hay castigo ni perdón. Escuchar a alguien es aceptarlo, y solo por esto, ya está perdonado, sin importar lo que haya hecho, lo cual produce un alivio en el sujeto. Esto se observa claramente en los homosexuales que no han confesado a su familia y amigos que lo son, porque se sienten culpables de serlo. Cuando lo confiesan en el dispositivo analítico, se quitan un peso de encima; igual sucede cuando se lo hacen saber a la familia y amigos.

La entrada en análisis es, pues, una liberación. Lo mismo sucede con los trans cuando dicen que es natural querer cambiar de sexo. Estas son las cosas que hay que escuchar en el dispositivo, ya que el dispositivo dice otra cosa, va más adelante que los psicoanalistas. “Hay que intentar atrapar los efectos del psicoanálisis que van más rápido que los psicoanalistas” (Miller, 2021). Esto tiene como efecto la despatologización de las enfermedades mentales, de tal manera que las enfermedades mentales dejan de ser enfermedades y pasan a ser formas de ser. Esta es una de las consecuencias del dispositivo de escucha del psicoanálisis en la cultura.

La escucha analítica va acompañada de la interpretación. Dice Miller (2021) en su conversación con los rusos que ella es en el fondo esto: "Te digo que dijiste otra cosa que lo que querías decir". Es algo que enseña el psicoanálisis desde sus comienzos: el sujeto no sabe lo que dice; el sujeto siempre dice más de lo que quiere; el sujeto no controla su pensamiento, lo cual le cuesta reconocer: que él no es el amo de su propia casa, que hay Otro dentro de él que lo gobierna. Es lo que se encuentra cada vez que hay un lapsus; el sujeto quiere decir una cosa y dice otra; por ejemplo, dice “mi madre” en lugar de decir “mi mujer”. “El Otro dice otra cosa de lo que yo quería decir; el Otro es más fuerte que yo. ¿Cómo puede ser esto así? En el interior de cada uno hay un Otro (por eso Lacan lo escribe así, con mayúscula) más poderoso que actúa. Y no es un tumor que se quita con una cirugía” (Miller). Ese Otro es la otra escena de la que hablaba Freud, el sujeto del inconsciente decía Lacan. Ahora bien, ese Otro no actúa de la misma manera en la cabeza de un neurótico que en la cabeza de un psicótico. En la psicosis ese Otro se puede presentar como una voz que le habla al sujeto en su cabeza.

Con la homofonía de las palabras también sucede que Ud. puede decir una cosa que puede ser escuchada de otra manera; igual sucede cuando hay repetición de significantes en el discurso del sujeto; esto es lo que escucha e interpreta el psicoanalista, esos «juegos de palabras». Así pues, “se le otorga un privilegio a la escucha sobre la interpretación. Es la escucha sin interpretación” (Miller, 2021). Esto es problemático, porque hoy en día se cree que lo que dice el sujeto, esa es la verdad, que es así. Por ejemplo, cuando un niño trasn de cuatro años dice “no es mi cuerpo, necesito otro”, esto trae una enorme presión que se ejerce sobre la familia para satisfacerlo, y se corre a cambiarle el nombre, se le somete a tratamientos hormonales y se planea su cirugía para el cambio de sexo. Pero es un niño de cuatro años y puede cambiar de opinión. Sus palabras pueden ser la manera de interpretar un malestar que tiene y la verdad de este malestar quizá es diferente (Miller). El psicoanálisis ha hecho de la escucha un dispositivo universalmente apreciado, pero tomar la palabra del otro como verdadera es una manera de rechazar la interpretación de la palabra del Otro. El niño trans dice eso, pero se le puede interpretar de otra manera.

jueves, 20 de enero de 2022

514. «El analista debe ser dócil a lo trans»

¿Qué hacer con lo trans? Miller (2021) en su texto Dócil a lo trans advierte que el analista debe ser dócil a lo trans así como Freud lo fue con el discurso histérico (Bassols, 2021), para aprender lo que dichos sujetos tienen para enseñarnos sobre la sexualidad humana. ¿Qué nos enseñan? Algo que el psicoanálisis ya había advertido: no hay saber sobre los sexos. Con relación a la identidad sexual, todos estamos extraviados; la posición sexual es una conquista del sujeto. El sexo biológico no es el que determina la identidad sexual, como todavía lo siguen pensando muchos discursos, como el discurso médico y el religioso, los cuales ya son anacrónicos con respecto a lo que sucede hoy con la diversidad sexual. Por eso, mejor preguntar, ¿por qué tanta diversidad en esta contemporaneidad? La respuesta del psicoanálisis a esta pregunta tiene que ver con lo que Miller planteó como la época donde el Otro no existe y de la caída del Nombre del Padre, es decir, ya no operan más esos ideales (significantes amo) que gobernaban y guiaban las identificaciones del sujeto para responder la pregunta quién soy yo.

Anteriormente, hasta comienzos del siglo XX, para responder esa pregunta los sujetos se fijaban, por ejemplo, en la figura paterna, figura ideal y de autoridad, un referente firme que le permitía al niño saber cómo ser un hombre. La autoridad de la imago paterna era un referente universal; el padre era un ideal social, modelo edípico, garantía última del orden social, y por lo tanto, la norma de la identidad social (lo mismo vale para la mujer con la imago materna, esa madre que tenía como ideal llegar a ser madre y ocuparse de los cuidados de su hogar, por ejemplo). Pero ha habido una declinación del padre, un desfallecimiento de la figura paterna, declinación de la figura paterna que se inició con la llegada del discurso de la ciencia, discurso que puso en cuestión el poder, no solo del padre, sino de todos los referentes ideales de la sociedad patriarcal. “Lacan ya se dio cuenta en los años cuarenta del declive imparable de esta imago y del propio patriarcado, pero no para pensar que lo que venía después sería necesariamente mejor. Más bien: del padre a lo peor” (Bassols, 2021). Esto no significa que haya que volver a lo anterior, no; esa mítica autoridad paterna ya no se puede recuperar; la imago paterna ha declinado para siempre, para bien o para mal, lo cual ha modificado las relaciones laborales, sociales, familiares, de género y hasta el psiquismo de los hombres contemporáneos. Es un hecho, ya estamos en otro momento que hay que comprender.

La diversidad sexual es uno de los efectos del desfallecimiento del padre; el sujeto queda extraviado frente a la pregunta ¿quién soy?, pregunta que no responde el cuerpo biológico. Es decir que lo trans y el discurso de género “viene a llenar el vacío que abre la pregunta ¿qué es lo que quieres?” (Bassols, 2021). El surgimiento de la diversidad sexual devela una verdad: nunca ha habido garantía para el sujeto para saber cuál es su identidad sexual, su posición sexual: ¿soy hombre o soy mujer? En efecto, anteriormente se sabía claramente que era ser un hombre y una mujer; con el desfallecimiento de los ideales que soportaban esa respuesta, ya nadie sabe quién es, qué quiere. De cierta manera ahora todos somos trans, un poco como se conduce la moda hoy; ya no hay una moda estándar, única, como sucedía anteriormente, sino una gran diversidad a nivel de la moda. Anteriormente, en los años 20´ y 30´, los hombres vestían de saco, pantalón y sombrero, y las mujeres usaban elegantes vestidos; ahora ya no hay modas fijas, duraderas, y son muy variadas.

Volviendo a los trans; ellos nos enseñan que “hay que volver a interrogar lo que creemos entender sobre la sexualidad, sobre las identificaciones, sobre la diferencia entre los sexos, para actualizarlo y transmitirlo de una manera lo más clara posible” (Bassols, 2021). Cuando un niño o una niña de cinco años dice «yo soy una niña o soy un niño», ¿qué hacer ahí? Hay un proyecto de ley en Francia que propone que “sujetos entre los doce y los dieciséis años pueden pedir un tratamiento hormonal (o quirúrgico) sin consentimiento de los padres, sólo por intermedio de un representante legal que toma el enunciado yo soy un hombre o yo soy una mujer como una verdad sobre la que no hace falta preguntar nada” (Bassols). ¿Y si el sujeto se arrepiente después de sus tratamientos? “Cambiar al Padre por la testosterona no es necesariamente más benéfico. El paraíso soñado por el discurso trans puede ser un infierno para algunos sujetos.” (Bassols).

Lo que propone el psicoanálisis es preguntar, hacer un profundo análisis de lo que quiere decir para cada sujeto singular afirmar que es un hombre o una mujer. La ley que se propone deja por fuera al sujeto del inconsciente, al sujeto de la palabra y del goce. “La cuestión es fundamental si consideramos, ya desde Freud, que la pubertad supone un reinicio de la vida sexual del sujeto, que el encuentro con lo real del goce del cuerpo implica poner patas para arriba todo el andamiaje de las identificaciones en las que se sostiene su relación con el goce. Y es un tiempo para comprender que, hay que decirlo, hoy se extiende en muchos casos varias décadas en la vida del sujeto. Conocemos ya muchos casos de desencanto, incluso de experiencias trágicas, en sujetos que no han encontrado lo que esperaban y que no han sido escuchados antes en su singularidad. ¿Cómo hacer con esto una ley para todos?” (Bassols).

El psicoanálisis propone que cuantas menos leyes, mejor. “Es algo que Spinoza tenía claro: quien pretende regularlo todo por medio de leyes, produce estragos. Cuanto más se quiere legislar sobre las costumbres, sobre las formas de goce, más efectos negativos se producen en lo social. Precisamente por lo delicado que es la relación del sujeto con el sexo —complicado porque es singular, porque el deseo del sujeto está siempre fuera de la norma—, querer hacer una norma jurídica sobre las identidades sexuales, ya de entrada es una cuestión que hay que interrogar. Cuanto menos legislemos, mejor (…) Cuando se trata del goce, no hay modo de encontrar una norma jurídica que funcione como una ley del Otro que valga para todos. Hay que ir necesariamente uno por uno. Por lo tanto, es necesario ver caso por caso qué quiere decir un deseo trans. La impostura es querer regular normativamente una relación del sujeto con su cuerpo y con el goce sin escucharlo en su singularidad” (Bassols, 2021).

Por lo anterior es que, cuando un adolescente consulta por su identidad sexual o por un deseo trans, es fundamental poner por delante de la ley, a la palabra. Hay que preguntar por el momento en que apareció ese deseo y en qué coyuntura se produjo. “Hay que distinguir si se trata de una posición que es resultado de una forclusión de cualquier vínculo simbólico con el sexo, o si se trata de estrategias de identificación simbólica ante la aparición de un goce extraño” (Bassols, 2021), es decir, llegar a saber si se trata de una neurosis o de una psicosis, y acompañar al sujeto en su singularidad y sus preguntas.

viernes, 31 de agosto de 2018

475. Las tres respuestas del niño al deseo de la madre

El psicoanálisis lacaniano nos enseña sobre los tres lugares que puede ocupar el niño frente al deseo de la madre. El deseo de la madre se constituye en uno de los elementos clave en la relación del niño con un Otro significativo; el otro elemento es el Nombre del Padre, esta función simbólica que se separa del padre de familia y que hace posible la sustitución de la ley caprichosa de la madre, por la ley simbólica representada en la prohibición del incesto. Las tres posiciones del niño frente al deseo de la madre son: el niño como falo, el niño como síntoma y el niño como objeto en el fantasma de la madre. Cada una de estas posiciones determinan la estructura clínica del sujeto: perversión, neurosis y psicosis respectivamente.

El niño como falo de la madre es un niño que responde con una identificación al objeto de deseo de la madre: el falo, es decir, que la madre hace de él su objeto maravilloso, poniéndolo por encima del padre. Se trata de madres que sustituyen el deseo por el padre, o cualquier otro deseo, por el deseo por su hijo; su hijo se constituye en el bien más preciado, más que cualquier otra cosa. Se trata aquí de madres que suelen ser muy sobreprotectoras y alcahuetas con sus hijos, que hacen todo por ellos, y que hacen con ellos lo que se les antoja, es decir, dictan sobre ellos una ley absolutamente caprichosa. El destino para ese niño identificado al objeto de deseo la madre es la perversión, ya que, en esa posición, al lado de una madre que no se muestra en falta, deseante, sino como completa y satisfecha con su posesión -su hijo-, no hay lugar para la castración de ese niño, es decir, para la inscripción de la falta que lo hará un sujeto deseante. Cuando una mujer se reduce a ser solo mamá, el niño queda atrapado en su deseo como objeto fálico, situación que le dificulta el poder pasar a ser un sujeto a cabalidad.

El niño como síntoma de la madre tiene que ver, más específicamente, con el niño que se constituye como síntoma de sus padres; y esto es algo estructural, es decir, el niño es producto de ese malentendido estructural que se da entre los padres, ya que el niño es producto del parloteo de sus padres, parloteo de un par de sujetos que no hablan la misma lengua, que difícilmente se ponen de acuerdo; hombres y mujeres parecen de especies diferentes, ya que no hablan la misma lengua, no se entienden entre ellos, por eso en toda relación de pareja está tan presente el malentendido, y el niño, se puede decir así, es producto de ese malentendido, es decir, un síntoma de la pareja parental. El niño se constituye, entonces, en un síntoma de los problemas y las dificultades que se presentan entre los padres, así pues, en muchos casos los síntomas neuróticos de los niños son la respuesta a ese malentendido estructural que hay en la pareja parental. Y casi que se podría concluir que todo sujeto neurótico es un síntoma de la relación de pareja.

Y el niño como objeto del fantasma de la madre es, en este caso, el niño que no es un objeto maravilloso, deseado, sino más bien un objeto de desecho. Esta situación se da cuando el niño no encuentra un lugar en el deseo del Otro, no encuentra un espacio en el deseo de la madre. El niño, aquí ya no se encuentra frente a un Otro deseante, en falta, sino que más bien se encuentra frente a un Otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como puro objeto de ese goce. Esto lo que produce es que el Nombre del Padre, ese significante fundamental que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”, queda rechazado, forcluído, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho.

miércoles, 25 de abril de 2018

471. ¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto?

Si bien es cierto que un neurótico puede tener rasgos perversos −de hecho, todo neurótico los tiene−, una histérica tener rasgos obsesivos y un obsesivo tener rasgos psicopáticos, los rasgos no hacen la estructura psíquica. La estructura clínica responde a la posición subjetiva del sujeto, y se diagnostica a través de la escucha de sus dichos; por esta razón la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, diferente a la clínica psiquiátrica que es una clínica de la mirada, la cual observa los signos y los síntomas de la enfermedad para establecer el diagnóstico del síndrome o el trastorno. La clínica psicoanalítica, si bien tiene en cuenta estos aspectos de la clínica psiquiátrica, hace énfasis en lo que el sujeto tiene para decir sobre sus relaciones con sus semejantes, su trabajo, el amor, su propio sufrimiento, etc. El psicoanálisis sabe que es muy diferente la forma de ver y de relacionarse con el mundo de un paranoico, de un obsesivo, de un perverso, de un histérico o de un esquizofrénico. Saber y entender cuál es la posición subjetiva de un sujeto en el mundo −su estructura psíquica, su posición subjetiva como neurótico, psicótico o perverso−, determina también la forma como se va a intervenir, su tratamiento −si lo hay−.

¿De qué depende la estructura clínica de un sujeto? Depende del Otro; “ese lugar del Otro, es entonces el elemento determinante para el sujeto de la clínica lacaniana, su condición (neurosis o psicosis) dependerá de lo que tiene en el lugar del Otro, su destino estará ligado a lo que tiene lugar en el Otro articulado como un discurso, concepción que culmina en Lacan con la formulación que dice: el inconsciente es el discurso del Otro” (Nepomiachi, 1990, p. 11). A nivel de las neurosis –histeria, neurosis obsesiva y fobia−, el sujeto se las tiene que ver con el deseo del Otro, así pues, el tipo de neurosis dependerá de la relación que el sujeto entable con el deseo, que es a fin de cuentas el deseo del Otro; otro que si es deseante, es porque está en falta. Se trata entonces, en las neurosis, de un Otro castrado, en falta. “Abordar la clínica desde el deseo del Otro, será comprender a las neurosis como formas de mantener una relación con ese deseo, procurándolo por la insatisfacción en la histeria, asegurándolo como imposible en la neurosis obsesiva, así como a través de la angustia en esa forma más radical que es la fobia. Verdadera concepción de la angustia como confrontación al deseo del Otro.” (1990, p. 13).

Las psicosis –paranoia, esquizofrenia, autismo y melancolía–, también responden al Otro, solo que aquí ya no se trata de una relación con otro deseante o en falta. Aquí más bien se trata de otro que goza, un Otro completo, con una voluntad de goce tal que toma al sujeto como objeto de ese goce. Aquí el Otro deja de lado la inscripción de ese significante fundamental –forclusión del Nombre del Padre– que le permitiría al sujeto organizar su subjetividad de una manera “normal”; en las psicosis fracasa la metáfora paterna en el lugar del Otro, determinando “el defecto que condiciona la psicosis, es decir la ruptura del armazón del sujeto.” (Valiente, 1990, p. 102). Así pues, el sujeto psicótico ocupa el lugar de objeto en el fantasma del Otro, y en ese sentido, se trata de un sujeto que no es deseado como tal, no es deseado como sujeto, pasando más bien a ser un puro objeto de desecho. El sujeto psicótico queda, pues, preso de la voluntad de gode del Otro, sin ningún mecanismo de defensa frente a ello, exceptuando su delirio.

La perversión también es una estructura clínica en la que el sujeto está preso de la voluntad de goce del Otro, solo que aquí el sujeto tiene un recurso que no tiene el psicótico: la renegación de la castración del Otro. Por esta razón, el paradigma de la perversión es el fetichismo, ya que en él se puede observar claramente cómo el objeto fetiche tiene la función de tapar esa falta que se presenta en el Otro –su castración–, desmintiéndola. Así pues, para el perverso el Otro no está en falta; él lo completa ubicándose en el lugar de objeto causa de su deseo y respondiendo a la voluntad de goce del Otro. El perverso, entonces, no reprime su sexualidad, como lo hace el neurótico, sino que la realiza, la lleva a cabo; por eso Freud decía que la perversión es el negativo de las neurosis, haciendo uso de una metáfora fotográfica, cuando en la fotografía se hacía uso de los rollos o películas fotográficas.

lunes, 26 de febrero de 2018

469. Sobre el diagnóstico de la estructura clínica.

Para hacer el diagnóstico de la estructura, el psicoanalista no se fija en la conducta del paciente, ni en su inteligencia o su bondad, o si tiene buenas costumbres o viste de forma extravagante, no; “Seríamos muy inocentes si a juzgar por cómo viste un analizante podríamos elaborar un diagnóstico de estructura” (Pérez, 2018). El diagnóstico de la estructura la hace el analista escuchando al paciente. Por eso se dice que la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, opuesta a la clínica médica, que es una clínica de la mirada: ir a ver qué tiene el paciente: dónde le duele, qué lesión tiene, a qué responde su malestar: un virus, una bacteria, etc.

Así pues, “nada puede decir el psicoanálisis por la conducta de un sujeto; repito: nada. Si un sujeto se pone a gritar en una esquina cualquiera y, a la vez, a romper vidrios de un coche y, a la vez, a golpear a la gente: eso, para los psicoanalistas, no significa más que un sujeto que grita, rompe vidrios y golpea” (Pérez, 2018). Para hacer el diagnóstico de la estructura psíquica de un sujeto, es decir, llegar a saber si es un psicótico, un perverso o un neurótico, hay que determinar la posición subjetiva de ese sujeto, y esto solo se hace escuchando lo que él tiene para decir de lo que le está pasando y lo que está pensando sobre él mismo y el mundo que le rodea.

El diagnóstico de la estructura clínica es muy importante en el trabajo analítico, ya que con él se puede determinar si se recibe o no en análisis a ese paciente que viene a terapia. Para determinar la posición subjetiva del sujeto en cada una de las estructuras clínicas, se podría establecer, en términos generales, que "el neurótico es justamente el sujeto que tiene la más aguda experiencia de la falta de la causa de ser" (Miller, 1997), es decir, es el que experimenta, de la manera más aguda, su falta de ser: se pregunta «¿quién soy yo?», «¿para qué existo?», «¿cuál es el sentido de mi existencia?», y además, sabe que se va a morir. El sujeto neurótico es el sujeto de la duda, encarna perfectamente al sujeto cartesiano, ese que duda de todo: no sabe lo que quiere, no sabe para dónde va, no sabe si le gusta lo que hace, o si lo que hizo estuvo bien o mal hecho, etc.

En cuanto a la posición subjetiva de un perverso se puede decir que un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997). El sujeto perverso no tiene dudas sobre cómo alcanzar la satisfacción sexual: sabe a dónde ir, qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Es muy distinta esta posición a la del neurótico, el cual permanentemente se está preguntando si él está gozando o no, o si alcanzó la satisfacción sexual o no. Un verdadero perverso “sabe muy bien que existe para gozar y el goce le es, en sí mismo, una justificación de la existencia.” (Miller). Piénsese por ejemplo en el asesino en serie Garavito, abusador sexual y homicida de más de doscientos niños en Colombia.

Y con respecto a la psicosis, lo que fundamentalmente caracteriza al psicótico es que se trata de un sujeto de la certeza: él tiene una certeza sobre lo que le está pasando, y esta certeza funda su delirio -por ejemplo: «soy la mujer de Dios y he venido a crear una nueva raza de hombres» (caso Schreber de Freud, 1911)-. La certeza del psicótico suele recaer sobre su ser o sobre la persecución por parte de un extraño, es decir, el sujeto testimonia tener experiencias inefables o experiencias de certeza absoluta, ya sea con respecto a su identidad o que un enemigo lo está acosando. "Un paranoico sabe por qué existe, tiene una razón para existir” (Miller, 1997). Schreber, por ejemplo, “sabe que existe para transformarse en mujer y, con Dios, producir una nueva humanidad. Cuando alguien tiene una misión como ésta podemos decir que su existencia está justificada.” (Miller).

martes, 30 de mayo de 2017

460. El «continente negro»

El psicoanálisis nació a finales del siglo XIX, del encuentro de Freud con mujeres que padecían de síntomas histéricos. De hecho, la inventora de la técnica psicoanalítica –la asociación libre– fue una mujer, una “que le dijo a Freud: “Calle un poco, escuche lo que me hace sufrir y no puedo decir en otra parte”” (Bassols, 2016). Freud, por tanto, “se dejó enseñar por las mujeres. Le dio la palabra a la mujer reprimida por la época victoriana y planteó la pregunta: ¿qué quiere una mujer?” (Bassols); pregunta que Freud no pudo responder, es más, que nadie ha podido responder, porque hace parte de la constitución psíquica de las mujeres el no saber lo que quieren; ellas se identifican con la falta que es constitutiva del sujeto que pasa por la castración, el sujeto neurótico; por eso se presentan como seres en falta, seres que no saben con qué objeto llenar esa falta, o si lo saben –un hijo, un hombre, el estudio, el trabajo–, pues pueden errar, porque el deseo no se satisface con un objeto; no existe un objeto que pueda venir a satisfacer esa falta que llamamos deseo… ¡afortunadamente!, porque eso es lo que impulsa al sujeto a seguir buscando, e inventando, a ir más allá. Y si bien esto hace a las mujeres un tanto díscolas, pues es lo que hace a este mundo menos aburrido. ¿Aburrido?, ¡el mundo de los hombres!, un mundo calculado, predecible, obstinado, psicorrígido... ¿¡Qué sería de este mundo sin las histéricas!?

Por lo anterior es que Freud denominó a la mujer el “continente negro”, por tener una topografía desconocida, enigmática, oscura. Las mujeres suelen ser asimétricas al hombre; hay una asimetría radical entre los sexos, incluso a nivel de sus formas de gozar, incluido el goce sexual (Bassols, 2016). Es por esa asimetría que “el goce femenino sigue siendo hoy rechazado, segregado de múltiples formas” (Bassols). Esa asimetría es lo que explica, también, por qué Lacan formula que “La mujer no existe” y que “La mujer es el síntoma del hombre”. La primera fórmula “implica que cada mujer debe inventarse a sí misma, que no hay identificación posible a un modelo, menos todavía al modelo de la madre (Bassols). Esta fórmula se opone a la lógica masculina, regida por la lógica fálica, la lógica del Uno, esa que dice que “un vaso sea un vaso y una mujer sea una mujer, siempre según un concepto previo” (Bassols). Esto es lo que hace a los hombres seres elementales, obtusos, tercos, conservadores, predecibles y aburridos. Par un hombre un “sí” es un “sí”, y un “no” es un “no”; en cambio, para una mujer un “sí” puede ser un “no” y un “no” puede significar que “sí”. ¡Por eso los hombres no las entienden! “La feminidad es lo que hace que algo pueda ser siempre otra cosa distinta de lo que parece” (Bassols).

Y es también por lo anterior que los hombres piensan que las mujeres están locas; nadie las entiende, ni ellas mismas: ¡locas, brujas, pérfidas! ¡Continentes negros!, gritaría Freud. En efecto, si las mujeres son como locas es porque ellas tienen como pareja al Otro en falta, con el cual se identifican. Locas sí, pero no psicóticas, corrección que hace Lacan para distinguir esa condición femenina que las hace díscolas, pero no necesariamente inscritas en la estructura psicótica (Miller, 1998).

viernes, 17 de junio de 2016

449. La causalidad psíquica no es causalidad física.

Lacan, en su texto Acerca de la causalidad psíquica, "rechaza localizar en el sistema nervioso la génesis del trastorno mental" (Laurent, 2008); esto porque, para el psicoanálisis, lo mental es diferente a lo orgánico, a lo físico. Esto es algo que la ciencia, y particularmente las neurociencias, no logran comprender: no hay que confundir esa sustancia que llamamos "pensamiento" –que está hecha de lenguaje–, con esa otra sustancia física que es el organismo, el cerebro. Mientras que la neuropsiquiatría se ha dedicado a describir la "actividad psíquica" del cerebro, el psicoanálisis determina otro típo de causalidad para los trastornos del sujeto; ya no una causalidad orgánica, sino subjetiva, sobretodo allí donde se presenta el sujeto del inconsciente: en "el fallo, el defecto, la falta" (Miller citado por Laurent). En efecto, el psicoanálisis va a encontrar al sujeto allí donde –digámoslo de esta manera– el "sistema" falla, allí donde el sujeto erra, se equivoca, se tropieza –piénsese por ejemplo en los actos fallidos y en los síntomas–. "Lacan opone a "la actividad psíquica, repetición del funcionamiento neuronal", la "cadena bastarda de destino e inercia, de golpes de dados y estupor, de falsos éxitos y encuentros desconocidos que constituye el texto corriente de una vida humana"" (Lacan (1966) citado por Laurent)

Así pues, los fenómenos clínicos observados en la neurósis, y más aún en las psicosis, como lo es, por ejemplo, la alucinación, se observa que lo que se pone en juego es "una significación personal que apunta al sujeto" (Laurent, 2008), es decir que "la locura es vivida íntegra en el registro del sentido" (Lacan (1966) citado por Laurent). Y el sentido, la significación, ¿dónde se localiza en el cerebro? El psicoanálisis no niega para nada que hay un soporte físico –el cerebro– donde los significantes –trazas materiales– dejan una huella –huella mnémica–, así como también el significante –materia fónica­– puede quedar inscrito en una grabadora, o en un cuaderno, o en un computador; el problema es que ¡los significantes no son significados! (Bassols, 2012), es decir que la significación, el sentido de lo que se dice, no la tiene el cerebro, la tiene esa extraña "sustancia" a la que llamamos «sujeto», que es la que funda la subjetividad.

El cerebro es una sustancia física donde se puede guardar mucha información; se parece, entonces, a un disco duro de un computador (siendo, por supuesto, mucho más complejo el cerebro que un disco duro); pero el cerebro funciona como una memoria, solo que no sabe nada (Bassols, 20012). Es como Google, que parece un cerebro virtual gigante: tiene mucha información, pero no sabe nada. ¿Por qué? Porque cuando Ud. busca una información en Google y coloca significantes en el buscador, aparecen un sin número de resultados. ¿Esto por qué? ¡Porque una palabra no tiene un solo sentido! Un significante es polivalente, tiene múltiples significados. Esto es lo que hace a Google bruto; Google cumple una meta función: la de saber dónde está el saber, pero es una bestia, ya que el sentido se le escapa a Google (Miller, 2007). Es al sujeto al que le toca ponerse en la tarea de darle un sentido a su búsqueda, de encontrar, en toda la información que arroja el buscador, lo que tiene sentido para él, y esto no lo hace Google –ni el cerebro–, ya que los dos lo que hacen es memorizar "la palabra en su estúpida materialidad" (Miller).

Entonces, ¿qué es lo que de la palabra deja una huella en el sistema nervioso? El significante como materia, el significante soportado en la materia fónica, el significante que se graba en una grabadora, el que se escribe en un cuaderno o un computador, el que se transmite cuando se habla a través de las ondas sonoras o a través de impulsos eléctricos. Hay pues un soporte físico –como lo es el cerebro–, pero los significantes no son significados, este es el problema; el sentido, la significación no la tiene el cerebro. ¿Entonces quién? Pues, ¡el sujeto!

Es por todo lo anterior que el psicoanálisis dice que, para los trastornos mentales –no todos, por supuesto– hay una causalidad inédita e ignorada por la ciencia: la causalidad psíquica. ¿Dónde se localiza esta causa si el psiquismo si no es objetivable? El gran pecado de la ciencia positivista es que piensa que todo lo que le sucede al sujeto se puede reducir al organismo –al cerebro, a los genes, a las hormonas, a las moléculas, etc.–; el psicoanálisis, en cambio, ubica la causa de la subjetividad –del psiquismo–, en otro lugar, en el lugar del Otro, de lo simbólico, el cual afecta de manera radical al organismo; el lenguaje funciona como una especie de "parásito" que afecta el funcionamiento del organismo, como, por ejemplo, cuando un sujeto se sonroja al escuchar una palabra que le es indecorosa o cuando se enamora: ¡hay que ver cómo se afecta el quimismo del cerebro cuando este se enamora! Así pues, la materialidad del inconsciente, del sujeto del inconsciente, "está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir" (Laurent, 2008). Por eso la causalidad psíquica que plantea el psicoanálisis es distinta a la que plantea la psicología, es opuesta a la de "los principios de funcionamiento del sistema nervioso, que competen a las leyes de la biología y la física" (Laurent).

viernes, 20 de noviembre de 2015

438. «La locura es consustancial a la condición humana»

¿Por qué los sujetos están todos locos? Porque cada sujeto tiene sus singularidades, y estas estorban, fastidian o molestan a los demás. Esa singularidad es el modo como cada sujeto alcanza la satisfacción de sus pulsiones sexuales -esos peculiares "gustos" que encuentran los sujetos en ciertas actividades y que pueden llegar a parecer bastante extrañas a otros, y que van, por ejemplo, desde comerse las uñas, hasta torturar animales; desde pelearse con la pareja cada fin de semana, hasta maltratar a los padres; desde tomarse unos tragos diariamente, hasta tener relaciones sexuales riegosas con desconocidos; desde lavarse las manos cada vez que se saluda, hasta elegir como pareja a un abusador o a un mantenido; etc., etc., etc.-; esta extraña satisfación que los sujetos encuentran en el malestar -lo que el psicoanálisis llama «goce»- es un asunto bastante amplio en posibilidades y mortífero para el sujeto. Esto porque el sujeto, el sujeto neurótico, alienado al inconsciente que lo determina, que condiciona su vida, lo hace la mayoría de las veces en contra de su bienestar (Dessal, 2015) -lo que el psicoanálisis denomina «pulsión de muerte»-.

Si bien "la locura es consustancial a la condición humana" (Dessal, 2015), hay un tipo de locura que, siendo también singular, es la locura del psicótico; "todos locos", sí, pero dentro de ese universal hay el loco de verdad. Para Lacan la locura fue su primera escuela, y gracias a ella, pudo postular una concepción inédita del lenguaje: él rompe "la unión ilusoria entre el significante y el significado" (Dessal, 2015), separarando la materialidad fónica del significante, del significado. Esto significa que cada sujeto tiene una significación personal de lo que escucha, es decir, "que el significado es variable, y depende del sujeto que pronuncia la palabra, ya sea como emisor o como receptor" (Dessal).

"Esa independencia del significado respecto del significante (la diversidad material según las distintas lenguas), es la propiedad mágica y maldita del lenguaje humano: la posibilidad de que una palabra pueda significar otra cosa, más allá de su sentido inmediato" (Dessal, 2015). Esto es lo que hace que cada sujeto sea siempre un poco loco, porque fabrica significados permanentemente cada vez que habla, "sin saber en verdad lo que está diciendo" (Dessal).

En efecto, el psicoanálisis enseña "que nadie sabe lo que está diciendo cuando habla" (Dessal, 2015), que hay un sinsentido en todo lo que decimos y un malentendido permanente en la comunicación. Es lo que nos muestra la regla del método psicoanalítico, la asociación libre, que le solicita al sujeto decir todas sus ocurrencias sin censurarlas; esto conduce al sujeto “irremediablemente a su locura personal, a enredarse los pies diciendo cosas que no quería decir, que no pensaba decir, que no sospechaba que podría llegar a decir” (Dessal). Así pues, si todos estamos locos, es " porque no existe la realidad, en el sentido universal del concepto, sino la ficción en la que cada uno vive, y que está fabricada por el significado personal que le damos a las palabras. La cosa se complica mucho cuando es preciso añadir que en verdad nadie sabe cuál es ese significado. Creemos saber lo que estamos diciendo, pero no tenemos ni idea" (Dessal).

viernes, 9 de octubre de 2015

435. Sobre la técnica psicoanalítica.

Siempre es pertinente preguntarse por la técnica psicoanalítica, es decir, por el qué hacer cuando se recibe a un paciente en el consultorio. Lo primero que hay que tener en cuenta es que “no hay ningún punto técnico en el análisis que no se vincule con la cuestión ética” (Miller, 1997, p. 13). En al análisis las cuestiones técnicas son siempre cuestiones éticas por una razón muy precisa: porque el análisis va dirigido al sujeto. Como bien lo dice Miller, “la categoría de sujeto no es una categoría técnica” (1997), sino una categoría ética.

En la experiencia psicoanalítica de orientación lacaniana, no hay estándares ni patrones, pero sí hay principios de la práctica, los cuales se transmiten fundamentalmente a través del propio análisis y de la supervisión de los casos clínicos (Miller, 1997), pero también es importante hacer el esfuerzo de hacer transmisión de dichos principios formalizándolos en la teoría. Esto abarca tanto desde cómo se recibe a un paciente, hasta cómo es un final de análisis; desde que se hace con la demanda del paciente, hasta cómo se tramita la transferencia.

Miller (1997) plantea tres niveles para la entrada en análisis: la avaluación clínica, que abarca un diagnóstico preliminar de la estructura clínica del sujeto que demanda un análisis, es decir, si se trata de un neurótico, un perverso o un psicótico o prepsicótico; la localización subjetiva del sujeto, es decir, la posición que el paciente asume en su relación con su queja y sus síntomas; y la introducción al inconsciente, que tiene que ver con cómo el analista contribuye en el aprendizaje, por parte del paciente, del bien-decir, es decir, de cómo aproxima al paciente a decir lo que desea.

Así pues, la localización subjetiva no es sólo una avaluación de la posición del sujeto, sino también un acto ético del analista, en el que hay una reformulación de la demanda del paciente, un cuestionamiento de su deseo y una rectificación subjetiva. La rectificación subjetiva, uno de los aspectos más importantes en el momento de entrar en análisis, consiste en pasar de quejarse de los otros, para empezar a quejarse de sí mismo. Por lo general, la posición “normal” de todo sujeto neurótico, es quejarse de los demás. El acto analítico consiste en “implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja” (Miller, 1997, p. 70).

Entre los principios que rigen la práctica clínica psicoanalítica están: estudiar el saber clínico y utilizarlo en la experiencia –lo cual abarca el diagnóstico en base a las estructuras clínicas–; es esencial localizar el sujeto de la enunciación –y distinguirlo del sujeto del enunciado–; no comprender al paciente –lo que se denomina principio de comprensión–; y cansar al deseo del sujeto –lo que es una política del psicoanálisis–.

viernes, 29 de mayo de 2015

426. La impostura del padre.

¿Cómo se transmite el Nombre-del-Padre? ¿Qué es lo que en una familia transmite o no el Nombre-del-Padre, más allá de la transmisión del apellido? Cuando se dice Nombre-del-Padre, se habla de la posición de una ley que hace valer una autoridad en el lugar representado por el padre. Se sabe muy bien que hay sujetos que no reconocen esa ley; no se trata de la ley de la ciudad: no es la ley del código civil ni el código penal. Es la ley que hace que un sujeto se pueda reconocer en una cierta identidad. Es la ley que hace que un sujeto sea susceptible de asumirse como teniendo un cuerpo y que ese cuerpo se inscriba en un orden sexual que incluye la diferencia de sexos. Es la ley que hace que está prohibido el comercio sexual entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas. Es la ley que se llama “la ley del Nombre-del-Padre” y que se transmite en ciertas condiciones; en otras no se transmite. Se transmite si la madre en su discurso reconoce al padre como representante de esa posición. Es la madre, en la enseñanza de Lacan, la que tiene como tarea el reconocer, en lo que ella dice, un lugar de respeto y de amor.

¿Cuál es, entonces, la función del padre, si es la madre la que debe transmitir en su decir esa posición en la enunciación? En el primer momento de la enseñanza de Lacan, el padre no tiene una actividad con respecto a esta transmisión. Solamente hay algo que el padre no debe o no debiera hacer: para que el padre sea un padre que no obstaculice la transmisión de la ley, es necesario que no se identifique con el legislador, ni con el educador, es decir, que no se identifique con la ley, que no se crea “ser” la ley. Está probado en la experiencia analítica: hijo de padre legislador, hijo psicótico. Es decir, que el padre que se identifica con el lugar de la ley, no transmite a la generación que viene ese lugar en lo simbólico. El padre que se sustituye a la ley no engendra un Nombre-del-Padre para una generación que viene, porque para el padre es muy fácil mostrar en actos que está contradiciéndose en el lugar que se acuerda. Es decir, que es muy fácil para un padre que se hace el legislador o el educador, dejar entrever en lo que dice o en lo que no dice, en lo que hace o en lo que no hace, una posición de impostura con respecto a la ley.

De todas maneras, si el padre es aquel que transmite el Nombre-del-Padre, esto se hace posible solamente en la medida en que la función del padre no se corresponde con la del genitor. Una cosa es el genitor y otra cosa es la función del padre. Puede haber genitor y no haber función del padre. Puede ser que el padre no esté ahí, y sin embargo, para el hijo la función del padre sea algo que le ha sido transmitido. Esto regula la característica de esta ley simbólica, de esta función esencial que es la función del padre. Esto hace que la paternidad sea la consecuencia, en el orden del lenguaje, del significante. No hay paternidad sin significante. ¿Qué significa esto? Significa que para reconocer que un padre es el padre de tal hijo, es necesario que esté escrita la función del padre como símbolo, porque si ese símbolo no existe, no se le puede atribuir la paternidad.

lunes, 13 de enero de 2014

388. Lo real en la clínica de las psicosis y las neurosis.

En la clínica de la psicosis es donde más claramente se puede formalizar ese real en juego en la teoría lacaniana. Se lo ubica en la alucinación psicótica, la cual tiene para el sujeto un carácter de certeza. Certeza y real se vinculan estrechamente en la clínica de la psicosis, pero precisamente esto es lo que da luces a la clínica de la neurosis: allí también se trata de encontrar un punto de certeza. Mientras que el psicótico empieza su delirio con un punto de certeza, el neurótico empieza su análisis sin certeza alguna: lleno de dudas y preguntas sobre su ser o sobre su existencia.

El fenómeno elemental, presente en las psicosis, enseña claramente de qué se trata cuando en el psicoanálisis se habla de lo real. En el psicótico el fenómeno elemental es algo imposible de negar y traduce para él la emergencia de una certeza. Así como el delirio en la psicosis es una producción de saber de ese punto de real inamovible, el síntoma neurótico, como envoltura formal simbólica que es, recubre también ese punto de real del sujeto, que, tanto en la psicosis como en la neurosis, es incurable. Lo incurable, entonces, es otro nombre de lo real en el psicoanálisis.

Si el inconsciente mismo tiene algo de real, es porque él se impone por su regularidad, por el retorno una y otra vez de los mismos significantes: esto es la repetición. Es porque hay este real de la repetición por lo que un sujeto va a análisis. Esta repetición insistente en el aparato psíquico es lo que Miller (1998) denomina «el hueso de un análisis». Es porque hay repetición que se percibe y se puede aislar ese real, real que Lacan representa con la letra a minúscula. El objeto a es el hueso de la cura, y su producto también, como producto del inconsciente, es decir, como eso que se separa del automatón del inconsciente. La operación del análisis debe dirigirse hacia este objeto, hacia la caída, separación o reducción de este objeto, lo cual solo se produce si surge algo parecido al Witz (el chiste). El Witz aquí es ese enunciado esencial del sujeto en el que convergen todos sus enunciados; es el significante amo del destino del sujeto. El análisis conducirá, de este modo, al atravesamiento del fantasma, es decir, a la formulación de este significante amo y a la caída del objeto a.

viernes, 5 de julio de 2013

375. Las paradojas de la relación del sujeto con la palabra y el lenguaje.


“La ley del hombre es la ley del lenguaje” (Lacan, 1981, p. 261), y esta estructura legal–lingüística es el orden simbólico. Es en la palabra, más aún, en el significante, donde el símbolo toma su valor acabado. Si este, efectivamente, separa al hombre de la relación inmediata con la cosa –«La palabra es el asesinato de la cosa»–, es al mismo tiempo lo que la hace subsistir como tal más allá de sus trasformaciones o de su desaparición empíricas: «Es el mundo de las palabras el que crea el mundo de las cosas».

La ley primordial, esa que regula la alianza entre los seres humanos, es la que separa el reino de la cultura del reino de la naturaleza. “La prohibición del incesto no es sino su pivote subjetivo, despojado por la tendencia moderna hasta reducir a la madre y a la hermana los objetos prohibidos a la elección del sujeto...”. (Lacan, 1981, p. 266). Esta ley se da a conocer como idéntica a un orden de lenguaje, ley que, según como sea transmitida en el complejo de Edipo, tendrá en el sujeto o no, efectos patógenos. Esa transmisión de la ley es lo que Lacan va a denominar «función paterna», la cual “concentra en sí relaciones imaginarias y reales, siempre más o menos inadecuadas a la relación simbólica que la constituye esencialmente.” (Lacan, p. 267).

El significante del «nombre del padre» tendrá entonces la función de sostener la función simbólica que, “desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de la ley” (Lacan, 1981, p. 267). En el análisis de los casos se observarán claramente los efectos inconscientes de esa función simbólica, efectos que involucran la dimensión imaginaria a nivel del narcisismo, la imagen y la acción de la persona que la encarna.

Así pues, “los símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo a aquellos que van a engendrarlo "por el hueso y por la carne"” (Lacan, 1981, p.268). En medio de esa red que es el lenguaje, estructurante de las leyes sociales del intercambio, “se ve entonces que el problema es el de las relaciones en el sujeto de la palabra y del lenguaje.” (Lacan, p. 269).

Estas relaciones introducen tres paradojas: En la locura, la palabra renuncia a hacerse reconocer y se forma un delirio “que –fabulatorio, fantástico o cosmológico; interpretativo, reivindicador o idealista– objetiva al sujeto en un lenguaje sin dialéctica.” (Lacan, 1981, p. 269). El sujeto es aquí hablado por el Otro. La segunda paradoja está representada por los síntomas, la inhibición y la angustia en las diferentes neurosis. La palabra es aquí expulsada de la conciencia y el síntoma es “el significante de un significado reprimido de la conciencia del sujeto.” (Lacan, p. 270). Pero, a diferencia de la psicosis, la palabra del neurótico incluye el discurso del Otro, Otro en el que hayamos el “secreto de su cifra” (Lacan). La tercera paradoja de la relación del lenguaje con la palabra es la del sujeto que pierde su sentido en las objetivaciones del discurso. Es ésta, dice Lacan, “la enajenación más profunda del sujeto de la civilización científica”. (Lacan, 1981, p. 270). Esta es la razón por la que “El yo del hombre moderno ha tomado su forma [...] en el callejón sin salida dialéctico del "alma bella" que no reconoce la razón misma de su ser en el desorden que denuncia en el mundo” (Lacan).

miércoles, 7 de noviembre de 2012

356. Pulsiones sexuales, pulsiones yoicas y narcisismo.

Freud somete a examen el valor de los conceptos de «libido yoica» y «libido de objeto», extraídos de la clínica de la neurosis y la psicosis. “La separación de la libido en una que es propia del yo y una endosada a los objetos, es la insoslayable prolongación de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas” (Freud, 1914). Freud va a avalar esta división entre las pulsiones en la medida en que ella responde al distingo popular entre hambre y amor. Además, la separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar la doble función que tiene un individuo de tener a la sexualidad como uno de sus propósitos, a la vez que la de ser un simple apéndice de su plasma germinal, es decir que el sujeto es portador mortal de una sustancia inmortal.

Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.

Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.

La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».

La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).

jueves, 11 de octubre de 2012

354. Sobre el concepto de «narcisismo» en Sigmund Freud.

El narcisismo empezó siendo una perversión, y describía “aquella conducta por la cual un individuo da a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual; vale decir, lo mira con complacencia sexual, lo acaricia, lo mima, hasta que gracias a estos manejos alcanza la satisfacción plena” (Freud, 1914). Pero Freud hace del narcisismo un rasgo de conducta que aparece en muchas personas, de tal manera que “una colocación de la libido definible como narcisismo podía entrar en cuenta en un radio más vasto y reclamar su sitio dentro del desarrollo sexual regular del hombre” (Freud).

A Freud el narcisismo se le presenta como una barrera en el intento de mejorar el estado del sujeto. Freud concluirá que el narcisismo no es sino “el complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (Freud, 1914). Freud ha establecido hasta este momento una oposición entre las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo, o pulsiones de autoconservación. Pero justamente en este período de 1914 a 1920, él va comprendiendo que las pulsiones del yo son en sí mismas sexuales, lo que lo llevará a establecer un nuevo dualismo pulsional: la oposición entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte –en Mas allá del principio del placer de 1920–.

En cuanto al concepto de libido, Freud lo introdujo desde sus Tres ensayos de teoría sexual, y le fue muy útil en la construcción de su metapsicología –primera tópica–, sobretodo para pensar el aspecto económico de su aparato psíquico. La libido, esa energía sexual del aparato que puede aumentar, decrecer o desplazarse, Freud la introdujo para pensar los afectos en el sujeto, y particularmente, para pensar la angustia. La libido es lo que Lacan va a conceptualizar en términos de goce. En este texto, Freud va a vincular la libido con el narcisismo y la va a llamar «libido del yo».

A partir de la psicosis –la dementia praecox (Kraepelin) o esquizofrenia (Bleuler)–, Freud va a hablar de un «narcisismo primario», debido a que estos sujetos muestran dos rasgos fundamentales de carácter: “el delirio de grandeza y el extrañamiento de su interés respecto del mundo exterior (personas y cosas)” (Freud, 1914). Pero Freud observa que, también en la neurosis, el sujeto resigna el vínculo con la realidad, sin que se cancelen los vínculos eróticos con las personas y las cosas. Este vínculo los neuróticos lo siguen conservando en la fantasía; “vale decir –dice Freud–: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos” (Freud). A esto Jung lo llamó «introversión de la libido». En los psicóticos, en cambio –a los cuales Freud llama en este momento «parafrénicos»–, sucede que “retiran realmente su libido de las personas y cosas del mundo exterior, pero sin sustituirlas por otras en su fantasía” (Freud).

Freud se pregunta: ¿Cuál es el destino de la libido sustraída de los objetos en la esquizofrenia? El delirio de grandeza indica aquí el camino: la libido de objeto, la libido sustraída del mundo exterior, es trasladada al yo, lo que hablaría de un estado narcisista del sujeto. La hipótesis de Freud es que el delirio de grandeza no es una creación nueva del sujeto, sino “la amplificación y el despliegue de un estado que ya antes había existido” (Freud, 1914). Por tal razón, el narcisismo que se produce por el replegamiento de las investiduras de objeto, no es sino un «narcisismo secundario», que se edifica sobre la base del «narcisismo primario».

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...