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lunes, 7 de marzo de 2011

257. La estructura perversa y los rasgos de perversión.

La estructura perversa tiene como paradigma al sujeto fetichista, aquel que necesita de un objeto fetiche -unas medias rotas, unos zapatos rojos, un liguero, unas trenzas, un lunar en el seno, etc.-, para alcanzar la satisfacción sexual. Lo que fundamentalmente caracteriza al sujeto con una estructura perversa es que él tiene una certeza sobre su goce, es decir que él sabe muy bien cómo, dónde y con quien alcanzar la satisfacción sexual. Un verdadero perverso es un sujeto que “ya sabe todo lo que hay que saber sobre el goce” (Miller, 1997, p. 27).

La estructura perversa abarca también a las denominadas desviaciones de la conducta sexual, como por ejemplo, la pederastia o pedofilia, la necrofilia, la zoofilia, la gerontofilia, como también el sadismo, el masoquismo, el voyeurismo, el exhibicionismo, etc., conductas estas que en la psiquiatría contemporánea se denominan parafilias.

Con respecto a la estructura perversa y al concepto de perversión en el psicoanálisis, hay que aclarar que es lo uno y qué es lo otro. Es decir que en el discurso psicoanalítico, la palabra «perversión» tiene dos acepciones: una de ellas hace referencia a la estructura clínica o psíquica de un sujeto, y la otra a la sexualidad humana, la cual tiene, a su vez, un carácter perverso; toda la sexualidad humana, esa que denominamos “normal”, también contiene toda una serie de comportamientos de carácter perverso; se denominan en el argot psicoanalítico «rasgos perversos» o «rasgos de perversión». Con Freud la perversión como concepto alude a la alteración del supuesto objeto normal de la sexualidad -el sexo opuesto-, y la alteración de la supuesta meta normal de la sexualidad -el coito-.

Es muy distinto, pues, que un sujeto sea un verdadero perverso, a que un sujeto neurótico tenga en su sexualidad un rasgo de perversión. Es muy importante tener claro todo lo relacionado con la sexualidad humana, ya que, en principio, se podría decir que cada una de las estructuras clínicas -la neurosis, la psicosis y la perversión-, son formas de organizar la sexualidad, o si se quiere, son respuestas a la forma como se estructura la sexualidad en el sujeto. También se podría decir que son formas de respuesta a la historia sexual infantil del sujeto, historia que se desenvuelve en lo que Freud denominó «el complejo de Edipo» y su núcleo central: el «complejo de castración».

lunes, 6 de septiembre de 2010

145. Satisfacción en la agresividad.

La conducta agresiva de los animales, que está regulada por el instinto, no entra para nada en conflicto con el medio natural; ella es utilizada para la conservación de la especie y la demarcación de un territorio ocupado. En cambio, si algo distingue al ser humano en su relación con la naturaleza, es que éste la ha ido destruyendo, a tal punto, que hoy no se para de hablar del tema ecológico. Además, la agresividad humana no se detiene en el plano egoísta de la conservación de la especie; ella suele ir hasta la crueldad, cuyo resorte no es la expresión de algún instinto, sino una tendencia compulsiva a producirle dolor al semejante y, lo que es más preocupante, a encontrar satisfacción en ello, un extraño placer o satisfacción de carácter sexual.

Si causar dolor a los demás o hacérselo causar a sí mismo -lo que parece ser una condición generalizada en los seres humanos- llega a convertirse en fuente de satisfacción, habría que pensar en una patología de la vida sexual humana, que consiste en que la excitación sexual no la genera el erotismo de las caricias y de las palabras de amor, sino el dolor físico de los golpes y el dolor moral del agravio y la humillación (Gallo, 1998). Por esta vía se puede hasta llegar a la forma más grave de maltrato físico, a saber, la tortura.

Las manifestaciones agresivas de los seres humanos recaen principalmente sobre los sujetos más vulnerables, es decir, sobre los niños, las mujeres y los ancianos; son ellos los que están más expuestos a la humillación, la explotación y el maltrato por su grado de dependencia frente al semejante, dependencia que lejos de despertar la compasión, el deseo de protegerlos o de amarlos, desencadena más bien ese impulso sádico a someterlos y maltratarlos bajo cualquier justificación.

La agresividad es algo que está más allá de los valores morales, de los ideales -reciprocidad, diálogo, convivencia, participación, amor-, de la buena educación y los prejuicios; ella habla de que en el ser humano existe una tendencia inconsciente a satisfacerse en el mal, que de él emana un extraño empuje a la maldad.

viernes, 16 de julio de 2010

111. Ética del bien y agresividad.

La agresividad en el ser humano es una pasión mortífera, que se opone a la civilidad -la agresividad animal obedece al instinto de conservación o de territorialidad de la especie-. El ser humano suele encontrar una satisfacción inconsciente en sus actos violentos, satisfacción que en muchas ocasiones tiene un carácter sexual, ya sea sádico -cuando alguien encuentra "placer" o satisfacción con el sufrimiento de otro- o masoquista -cuando lo encuentra en el propio sufrimiento-. El vínculo de la crueldad con la sexualidad se establece en el ser humano desde su infancia, y desde ese momento hay que empezar a reprimirla.

Una ética del bien, basada en valores e ideales sociales y que busca adoctrinar a los sujetos basándose en modelos a imitar (como los sujetos que se llegan a considerar la medida de la realidad en la que el otro debe encajar), desconoce de manera radical el deseo particular del sujeto. Los seres humanos no suelen desear lo que quieren o necesitan. Un adolescente puede querer ser un hombre de bien, y, sin embargo, se maneja mal a pesar de que sabe que no debe hacerlo; «yo sé que hago mal, pero no puedo dejar de hacerlo». Se porta mal a su pesar, lo que define uno de tantos comportamientos donde se evidencia esa satisfacción en el mal, ese empuje a lo peor que habita al ser humano y que se repite una y otra vez.

El ideal educativo de uniformar a los hombres, convertirlos en personas razonables y justas, fracasa frente a esa complacencia irracional en la agresividad. El orgulloso afán de moldear al otro a imagen y semejanza del modelo, inscribe en el seno mismo de la ética del ideal (o del modelo a imitar) un movimiento de malestar que adopta un carácter «agresivo» para el sujeto, al desconocérsele su singularidad -es decir que el sujeto agrede a aquel que no reconoce su deseo-. Esto demuestra que, aunque el mal es lo peor, el bien tampoco es lo mejor, pues en su nombre también se maltrata, se tortura y se mata -piensese, por ejemplo, en las "limpiezas sociales" que realizan supuestos "ciudadanos de bien"-. En lugar de educar en nombre del bien y de la felicidad del hijo, los padres deberían preocuparse por transmitir un tipo de responsabilidad subjetiva con relación a las consecuencias de los actos de cada uno.

579. La religión ganará porque tiene los recursos para curar a la humanidad del psicoanálisis

 Para Lacan (2006), el ser humano es un «animal enfermo» porque está devastado por el Verbo. No es su biología la que lo condena a la infeli...